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Acto primero

El avaro · Molière · 25 min de lectura

EscenaIVALERIO, ELISA

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VALERIO.— ¡Cómo! ¿Encantadora Elisa, te vuelves melancólica después de las halagüeñas seguridades que has tenido la bondad de darme de tu fe? ¡Te veo suspirar, ay, en medio de mi alegría! ¿Es acaso remordimiento, dime, por haberme hecho dichoso? ¿Y te arrepientes de ese compromiso al que mi pasión ha podido obligarte?

ELISA.— No, Valerio, no puedo arrepentirme de todo lo que hago por ti. Me siento arrastrada por un poder demasiado dulce, y ni siquiera tengo fuerzas para desear que las cosas no fueran así. Pero, a decir verdad, el desenlace me inquieta; y mucho me temo que te amo un poco más de lo que debiera.

VALERIO.— ¡Eh! ¿Qué puedes temer, Elisa, en las bondades que tienes para conmigo?

ELISA.— ¡Ay! Cien cosas a la vez: el arrebato de un padre, los reproches de una familia, las censuras del mundo; pero más que todo, Valerio, el cambio de tu corazón, y esa frialdad criminal con que los de tu sexo pagan las más de las veces las muestras demasiado ardientes de un amor inocente.

VALERIO.— ¡Ah! No me hagas esa afrenta de juzgarme por los demás. Sospecha de mí todo lo que quieras, Elisa, antes que faltar a lo que te debo. Te amo demasiado para eso; y mi amor por ti durará tanto como mi vida.

ELISA.— ¡Ah, Valerio, todos dicen lo mismo! Todos los hombres son semejantes en las palabras; y solo las acciones los muestran diferentes.

VALERIO.— Puesto que solo las acciones dan a conocer lo que somos, espera al menos a juzgar mi corazón por ellas, y no me busques crímenes en los injustos temores de un penoso recelo. No me asesines, te lo ruego, con los sensibles golpes de una sospecha ultrajante; y dame tiempo de convencerte, con mil y mil pruebas, de la honradez de mi pasión.

ELISA.— ¡Ay! ¡Con qué facilidad nos dejamos persuadir por las personas que amamos! Sí, Valerio, considero tu corazón incapaz de engañarme. Creo que me amas con un amor verdadero, y que me serás fiel: no quiero dudarlo en absoluto, y reduzco mi pesar a los temores de la censura que puedan darme.

VALERIO.— Pero ¿por qué esa inquietud?

ELISA.— No tendría nada que temer si todo el mundo te viera con los ojos con que yo te veo; y encuentro en tu persona motivos para tener razón en las cosas que hago por ti. Mi corazón, en su defensa, tiene todo tu mérito, apoyado por el auxilio de un agradecimiento al que el cielo me obliga hacia ti. Me represento a cada instante aquel peligro asombroso que comenzó a ofrecernos a las miradas el uno del otro; aquella generosidad sorprendente que te hizo arriesgar tu vida para arrebatar la mía a la furia de las olas; aquellos cuidados llenos de ternura que me prodigaste después de sacarme del agua, y los homenajes asiduos de ese ardiente amor que ni el tiempo ni las dificultades han desalentado, y que, haciéndote descuidar parientes y patria, detiene tus pasos en estos lugares, mantiene por mi causa tu fortuna disfrazada, y te ha reducido, para verme, a revestirte del empleo de criado de mi padre. Todo eso produce en mí, sin duda, un efecto maravilloso; y es bastante, a mis ojos, para justificarme el compromiso al que he podido consentir; pero quizá no sea bastante para justificarlo ante los demás, y no estoy segura de que compartan mis sentimientos.

VALERIO.— De todo lo que has dicho, solo por mi amor pretendo merecer algo ante ti; y en cuanto a los escrúpulos que tienes, tu padre mismo se toma demasiado empeño en justificarte ante todo el mundo, y el exceso de su avaricia, y la manera austera con que vive con sus hijos, podrían autorizar cosas más extrañas. Perdóname, encantadora Elisa, si hablo así delante de ti. Ya sabes que, sobre ese tema, no se puede decir nada bueno. Pero en fin, si puedo, como espero, encontrar a mis padres, no tendremos mucha dificultad en ganárnoslos. Espero noticias con impaciencia, e iré yo mismo a buscarlas si tardan en llegar.

ELISA.— ¡Ah, Valerio, no te muevas de aquí, te lo ruego, y piensa solamente en meterte bien en el ánimo de mi padre!

VALERIO.— Ya ves cómo me las arreglo, y las hábiles complacencias que he tenido que poner en práctica para introducirme a su servicio; bajo qué máscara de simpatía y de afinidad de sentimientos me disfrazo para agradarle, y qué papel represento todos los días con él, a fin de conseguir su afecto. Hago progresos admirables; y compruebo que, para ganarse a los hombres, no hay mejor camino que adornarse a sus ojos con sus inclinaciones, que adoptar sus máximas, incensar sus defectos y aplaudir lo que hacen. No hay que temer cargar demasiado la complacencia; y por muy visible que sea la manera en que se les engaña, los más astutos son siempre grandes bobos en materia de adulación, y no hay nada tan impertinente y tan ridículo que no se haga tragar cuando se sazona con alabanzas. La sinceridad sufre un poco en el oficio que ejerzo; pero cuando se necesita de los hombres, hay que ajustarse a ellos, y puesto que no se los puede ganar sino de ese modo, no es culpa de quienes adulan, sino de quienes quieren ser adulados.

ELISA.— Pero ¿por qué no intentas también ganarte el apoyo de mi hermano, en caso de que la criada se le ocurra revelar nuestro secreto?

VALERIO.— No se puede manejar al uno y al otro; y el espíritu del padre y el del hijo son cosas tan opuestas, que es difícil acomodar estas dos confidencias juntas. Pero tú, por tu parte, actúa con tu hermano, y sírvete de la amistad que hay entre vosotros dos para atraerlo a nuestros intereses. Viene él. Me retiro. Aprovecha este momento para hablarle, y no le descubras de nuestro asunto más que lo que juzgues oportuno.

ELISA.— No sé si tendré fuerzas para hacerle esta confidencia.

EscenaIICLEANTO, ELISA

CLEANTO.— Me alegra encontrarte sola, hermana; me moría de ganas de hablarte para abrirte mi corazón y confiarte un secreto.

ELISA.— Aquí me tienes dispuesta a escucharte, hermano. ¿Qué tienes que decirme?

CLEANTO.— Muchas cosas, hermana, encerradas en una palabra. Estoy enamorado.

ELISA.— ¿Enamorado?

CLEANTO.— Sí, enamorado. Pero antes de seguir adelante, sé que dependo de un padre, y que mi condición de hijo me somete a su voluntad; que no debemos comprometer nuestra palabra sin el consentimiento de aquellos a quienes debemos la vida; que el cielo los ha hecho dueños de nuestros deseos, y que nos está mandado no disponer de ellos sino bajo su guía; que, al no estar cegados por ninguna pasión insensata, están en condiciones de equivocarse mucho menos que nosotros y de ver mucho mejor lo que nos conviene; que hay que fiarse más de las luces de su prudencia que de la ceguera de nuestra pasión; y que el arrebato de la juventud nos arrastra casi siempre a precipicios lamentables. Te digo todo esto, hermana, para que no te tomes la molestia de decírmelo tú; porque al fin y al cabo mi amor no quiere escuchar nada, y te ruego que no me hagas advertencias.

ELISA.— ¿Te has comprometido, hermano, con la que amas?

CLEANTO.— No; pero estoy resuelto a hacerlo, y te suplico una vez más que no me traigas razones para disuadirme.

ELISA.— ¿Soy acaso, hermano, una persona tan extraña?

CLEANTO.— No, hermana; pero tú no amas; ignoras la dulce violencia que un amor tierno ejerce sobre nuestros corazones, y temo tu sensatez.

ELISA.— ¡Ay, hermano! No hablemos de mi sensatez: no hay nadie que no la pierda al menos una vez en la vida; y si te abro mi corazón, quizá sea a tus ojos mucho menos sensata que tú.

CLEANTO.— ¡Ah, pluguiera al cielo que tu alma, como la mía...!

ELISA.— Terminemos primero con tu asunto, y dime quién es la que amas.

CLEANTO.— Una joven que vive desde hace poco en este barrio, y que parece hecha para inspirar amor a todos los que la ven. La naturaleza, hermana, no ha formado nada más amable; y me sentí arrebatado desde el momento en que la vi. Se llama Mariana y vive al cuidado de una buena mujer de madre que está casi siempre enferma, y por quien esa adorable muchacha siente un cariño inimaginable. La atiende, la compadece y la consuela con una ternura que te llegaría al alma. Se entrega de la manera más encantadora del mundo a las cosas que hace; y se ven brillar mil gracias en todas sus acciones, una dulzura llena de atractivos, una bondad totalmente cautivadora, una honestidad adorable, una... ¡Ah, hermana! Me gustaría que la hubieras visto.

ELISA.— Veo mucho, hermano, en las cosas que me dices; y para comprender cómo es, me basta con que la ames.

CLEANTO.— He descubierto discretamente que no andan muy acomodadas, y que su conducta discreta tiene dificultades para extender a todas sus necesidades los bienes que puedan tener. Figúrate, hermana, qué alegría puede ser levantar la fortuna de una persona a la que se ama; dar con delicadeza algunos pequeños socorros a las modestas necesidades de una familia virtuosa; y concibe qué disgusto es para mí ver que, por la avaricia de un padre, me encuentro en la imposibilidad de gozar esa alegría y de dar a esa hermosa ninguna muestra de mi amor.

ELISA.— Sí, concibo bastante bien, hermano, cuál debe ser tu pesar.

CLEANTO.— ¡Ah, hermana! Es más grande de lo que se puede creer. Porque, al fin y al cabo, ¿puede verse algo más cruel que ese riguroso ahorro que se ejerce sobre nosotros, que esa extraña sequedad en la que nos hacen languidecer? ¡Eh! ¿De qué nos servirá tener bienes si sólo nos llegan cuando ya no estemos en la mejor edad para disfrutarlos, y si para mantenerme incluso tengo que endeudarme ahora por todos lados; si me veo reducido contigo a buscar todos los días el socorro de los mercaderes para poder llevar ropas decentes? En fin, he querido hablarte para que me ayudes a sondear a mi padre sobre los sentimientos en que estoy; y si lo encuentro contrario, he resuelto irme a otros lugares con esa persona amada a disfrutar de la fortuna que el cielo quiera ofrecernos. Estoy buscando por todas partes dinero que tomar prestado para este propósito; y si tus asuntos, hermana, son semejantes a los míos, y nuestro padre se opone a nuestros deseos, lo dejaremos los dos y nos libraremos de esta tiranía en que nos tiene desde hace tanto tiempo su insoportable avaricia.

ELISA.— Es muy cierto que cada día nos da más y más motivos para lamentar la muerte de nuestra madre, y que...

CLEANTO.— Oigo su voz; alejémonos un poco para terminar nuestra conversación; y después uniremos nuestras fuerzas para atacar la dureza de su carácter.

EscenaIIIHARPAGÓN, LA FLECHA

HARPAGÓN.— Fuera de aquí ahora mismo, y que nadie replique. Vamos, largo de mi casa, maestro fullero titulado, auténtica carne de horca.

LA FLECHA, aparte.— Nunca he visto nada tan malvado como ese maldito viejo, y creo, con perdón, que tiene el diablo en el cuerpo.

HARPAGÓN.— ¿Murmuras entre dientes?

LA FLECHA.— ¿Por qué me echa usted?

HARPAGÓN.— ¡Bueno está que tú, granuja, me pidas razones! Sal rápido, antes de que te machaque.

LA FLECHA.— ¿Qué le he hecho yo?

HARPAGÓN.— Me has hecho que quiero que te vayas.

LA FLECHA.— Mi amo, su hijo, me ha dado orden de esperarlo.

HARPAGÓN.— Vete a esperarlo a la calle, y no estés en mi casa plantado como un poste, observando lo que pasa y sacando provecho de todo. No quiero tener sin cesar delante de mí un espía de mis asuntos, un traidor cuyos ojos malditos asedian todas mis acciones, devoran lo que poseo, y husmean por todos lados para ver si no hay algo que robar.

LA FLECHA.— ¿Cómo demonios quiere usted que se haga para robarle? ¿Es usted un hombre robable, cuando encierra todas las cosas bajo llave y monta guardia día y noche?

HARPAGÓN.— Quiero encerrar lo que me da la gana, y hacer centinela como me place. ¿No están ahí mis espías, vigilando lo que hago? (Bajo, aparte.) Tiemblo de que haya sospechado algo de mi dinero. (Alto.) ¿No serás tú hombre capaz de ir a hacer correr el rumor de que tengo dinero escondido en casa?

LA FLECHA.— ¿Usted tiene dinero escondido?

HARPAGÓN.— No, bribón, no digo eso. (Bajo.) ¡Me dan rabietas! (Alto.) Pregunto si, maliciosamente, no irías tú a hacer correr el rumor de que lo tengo.

LA FLECHA.— ¡Eh! ¿Qué nos importa que usted lo tenga o que no lo tenga, si para nosotros es lo mismo?

HARPAGÓN, levantando la mano para dar un bofetón a La Flecha.— ¡Tú te haces el razonador! Te voy a dar de este razonamiento por las orejas. Sal de aquí, una vez más.

LA FLECHA.— ¡Eh, bueno! Ya salgo.

HARPAGÓN.— Espera: ¿no te llevas nada?

LA FLECHA.— ¿Qué me llevaría?

HARPAGÓN.— Ven, acércate, que lo vea. Muéstrame las manos.

LA FLECHA.— Aquí están.

HARPAGÓN.— Las otras.

LA FLECHA.— ¿Las otras?

HARPAGÓN.— Sí.

LA FLECHA.— Aquí están.

HARPAGÓN, señalando los calzones de La Flecha.— ¿No has metido nada aquí dentro?

LA FLECHA.— Vea usted mismo.

HARPAGÓN, palpando la parte baja de los calzones de La Flecha.— Estos calzones tan grandes son propios para convertirse en receptáculos de las cosas que se roban; y quisiera que hubieran ahorcado a alguno por llevarlos.

LA FLECHA, aparte.— ¡Ah! ¡Un hombre como este merecería bien lo que teme! ¡Y qué alegría tendría yo de robarlo!

HARPAGÓN.— ¿Eh?

LA FLECHA.— ¿Qué?

HARPAGÓN.— ¿Qué es eso que hablas de robar?

LA FLECHA.— Le digo que usted registra bien por todas partes, para ver si le he robado.

HARPAGÓN.— Es lo que quiero hacer.

(Harpagón registra en los bolsillos de La Flecha.)

LA FLECHA, aparte.— ¡Que la peste se lleve la avaricia y los avaros!

HARPAGÓN.— ¿Cómo? ¿Qué dices?

LA FLECHA.— ¿Que qué digo?

HARPAGÓN.— Sí; ¿qué es eso que dices de avaricia y avaros?

LA FLECHA.— Digo que la peste se lleve la avaricia y los avaros.

HARPAGÓN.— ¿De quién quieres hablar?

LA FLECHA.— De los avaros.

HARPAGÓN.— ¿Y quiénes son esos avaros?

LA FLECHA.— Ruines y tacaños.

HARPAGÓN.— ¿Pero quién es el que entiendes por eso?

LA FLECHA.— ¿De qué se preocupa usted?

HARPAGÓN.— Me preocupo de lo que debo.

LA FLECHA.— ¿Cree usted que quiero hablar de usted?

HARPAGÓN.— Creo lo que creo; pero quiero que me digas a quién te refieres cuando dices eso.

LA FLECHA.— Hablo… hablo para mi gorro.

HARPAGÓN.— Y yo podría muy bien hablar para tu gorra.

LA FLECHA.— ¿Me impedirá usted maldecir a los avaros?

HARPAGÓN.— No; pero te impediré charlar y ser insolente. Cállate.

LA FLECHA.— No nombro a nadie.

HARPAGÓN.— Te moler a palos si hablas.

LA FLECHA.— Quien se sienta aludido, que se dé por aludido.

HARPAGÓN.— ¿Te callarás?

LA FLECHA.— Sí, a mi pesar.

HARPAGÓN.— ¡Ah! ¡Ah!

LA FLECHA, mostrando a Harpagón un bolsillo de su jubón.— Mire, aún queda un bolsillo: ¿está usted satisfecho?

HARPAGÓN.— Anda, devuélvemelo sin que te registre.

LA FLECHA.— ¿Qué?

HARPAGÓN.— Lo que me has quitado.

LA FLECHA.— No le he quitado nada en absoluto.

HARPAGÓN.— ¿Seguro?

LA FLECHA.— Seguro.

HARPAGÓN.— Adiós. Vete a todos los diablos.

LA FLECHA, aparte.— Ya estoy bien despedido.

HARPAGÓN.— Lo dejo sobre tu conciencia, al menos.

EscenaIVHARPAGÓN, solo

He ahí un criado bribón que me incomoda mucho; y no me gusta nada ver a ese perro cojo. Ciertamente, no es poca pena guardar en casa una gran suma de dinero; y bienaventurado quien tiene todo su caudal bien colocado, y conserva solamente lo que necesita para sus gastos. No es poco embarazoso inventar, en toda una casa, un escondite seguro; porque para mí, las cajas fuertes me resultan sospechosas y no quiero fiarme nunca de ellas. Las tengo precisamente por franco cebo para ladrones, y es siempre lo primero que se van a atacar.

EscenaVHARPAGÓN, ELISA y CLEANTO, hablando juntos, y quedándose al fondo del teatro

HARPAGÓN, creyéndose solo.— Sin embargo, no sé si habré hecho bien en enterrar en mi jardín diez mil escudos que me devolvieron ayer. Diez mil escudos en oro, en casa, es una suma bastante... (Aparte, al percibir a Elisa y Cleanto.) ¡Oh cielo! ¡Me habré traicionado a mí mismo! El calor me habrá arrebatado, y creo que he hablado alto razonando a solas. (A Cleanto y Elisa.) ¿Qué pasa?

CLEANTO.— Nada, padre.

HARPAGÓN.— ¿Hace mucho que estáis ahí?

ELISA.— Acabamos de llegar.

HARPAGÓN.— Habéis oído...

CLEANTO.— ¿Qué, padre?

HARPAGÓN.— Ahí...

ELISA.— ¿Qué?

HARPAGÓN.— Lo que acabo de decir.

CLEANTO.— No.

HARPAGÓN.— Sí, sí.

ELISA.— Perdone usted.

HARPAGÓN.— Veo bien que habéis oído algunas palabras. Es que me entretenía conmigo mismo sobre la dificultad que hay hoy en día para encontrar dinero, y decía que es bien dichoso quien puede tener diez mil escudos en casa.

CLEANTO.— Vacilábamos en abordarle, por temor a interrumpirle.

HARPAGÓN.— Me alegro de deciros esto, para que no vayáis a tomar las cosas al revés, y a imaginaros que digo que soy yo quien tiene diez mil escudos.

CLEANTO.— No entramos en sus asuntos.

HARPAGÓN.— ¡Pluguiera a Dios que los tuviera, diez mil escudos!

CLEANTO.— No creo...

HARPAGÓN.— Sería un buen negocio para mí.

ELISA.— Son cosas...

HARPAGÓN.— Buena falta me harían.

CLEANTO.— Pienso que...

HARPAGÓN.— Eso me vendría muy bien.

ELISA.— Usted es...

HARPAGÓN.— Y no me quejaría, como lo hago, de que los tiempos son miserables.

CLEANTO.— ¡Dios mío! Padre, no tiene usted motivo para quejarse y se sabe que tiene bastante hacienda.

HARPAGÓN.— ¿Cómo, que tengo bastante hacienda? Los que lo dicen han mentido. No hay nada más falso; y son unos bribones los que hacen correr todos esos rumores.

ELISA.— No se ponga usted furioso.

HARPAGÓN.— Es extraño que mis propios hijos me traicionen, y se conviertan en mis enemigos.

CLEANTO.— ¿Es ser enemigo suyo decir que usted tiene hacienda?

HARPAGÓN.— Sí. Discursos así, y los gastos que haces, van a conseguir que un día de estos vengan a mi casa a degollarme, pensando que voy forrado de pistolas.

CLEANTO.— ¿Qué grandes gastos hago yo?

HARPAGÓN.— ¿Qué? ¿Hay algo más escandaloso que ese suntuoso equipo que paseas por la ciudad? Ayer reñí a tu hermana; pero esto es todavía peor. Esto clama venganza al cielo; y, si te tomo desde los pies hasta la cabeza, ahí habría para hacer una buena fortuna. Te lo he dicho veinte veces, hijo mío, todos tus modales me disgustan muchísimo; te da furiosamente por el marqués; y, para ir así vestido, es forzoso que me robes.

CLEANTO.— ¡Eh! ¿Cómo robarle?

HARPAGÓN.— ¿Qué sé yo? ¿De dónde puedes sacar entonces para mantener el estado que llevas?

CLEANTO.— ¿Yo, padre mío? Es que juego; y, como tengo mucha suerte, me pongo encima todo el dinero que gano.

HARPAGÓN.— Eso está muy mal hecho. Si tienes suerte en el juego, deberías aprovecharla, y poner a honesto interés el dinero que ganas, para encontrarlo un día. Quisiera saber yo, sin hablar del resto, para qué sirven todas esas cintas con que vas mechado desde los pies hasta la cabeza, y si media docena de cordones no bastan para sujetar unos calzones. Es muy necesario gastar dinero en pelucas, cuando se puede llevar el pelo propio, que no cuesta nada. Voy a apostar que en pelucas y cintas hay por lo menos veinte pistolas; y veinte pistolas producen al año dieciocho libras seis sueldos ocho dineros, con sólo colocarlas al doce por ciento.

CLEANTO.— Tiene usted razón.

HARPAGÓN.— Dejemos eso, y hablemos de otro asunto. ¿Eh? (Advirtiendo a Cleanto y Elisa que se hacen señas.) ¡Eh! (Bajo, aparte.) Creo que se están haciendo señas el uno al otro para robarme la bolsa. (Alto.) ¿Qué quieren decir esos gestos?

ELISA.— Estamos regateando, mi hermano y yo, quién va a hablar primero; y los dos tenemos algo que decirle.

HARPAGÓN.— Y yo tengo también algo que deciros a los dos.

CLEANTO.— Es de matrimonio, padre mío, de lo que deseamos hablarle.

HARPAGÓN.— Y es de matrimonio también de lo que quiero hablaros.

ELISA.— ¡Ah, padre mío!

HARPAGÓN.— ¿Por qué ese grito? ¿Es la palabra, hija mía, o la cosa, lo que te asusta?

CLEANTO.— El matrimonio puede asustarnos a los dos, según cómo pueda usted entenderlo; y tememos que nuestros sentimientos no estén de acuerdo con su elección.

HARPAGÓN.— Un poco de paciencia; no os alarméis. Sé lo que os hace falta a los dos, y no tendréis, ni el uno ni el otro, ningún motivo para quejaros de todo lo que pretendo hacer; y, para empezar por un extremo, (A Cleanto.) ¿habéis visto, decidme, una joven llamada Mariana, que vive no lejos de aquí?

CLEANTO.— Sí, padre mío.

HARPAGÓN.— ¿Y tú?

ELISA.— He oído hablar de ella.

HARPAGÓN.— ¿Cómo encuentras a esa muchacha, hijo mío?

CLEANTO.— Una persona muy encantadora.

HARPAGÓN.— ¿Su fisonomía?

CLEANTO.— Muy honesta y llena de ingenio.

HARPAGÓN.— ¿Su aire y su manera?

CLEANTO.— Admirables, sin duda.

HARPAGÓN.— ¿No crees que una muchacha así merecería bastante que se pensara en ella?

CLEANTO.— Sí, padre mío.

HARPAGÓN.— ¿Que sería un partido deseable?

CLEANTO.— Muy deseable.

HARPAGÓN.— ¿Que tiene toda la traza de hacer un buen hogar?

CLEANTO.— Sin duda.

HARPAGÓN.— ¿Y que un marido tendría satisfacción con ella?

CLEANTO.— Seguramente.

HARPAGÓN.— Hay una pequeña dificultad: es que me temo que no haya, con ella, todo el bien que se podría pretender.

CLEANTO.— ¡Ah, padre mío, el bien no es considerable, cuando se trata de casarse con una persona honesta!

HARPAGÓN.— Perdóname, perdóname. Pero lo que hay que decir es que, si uno no encuentra en ella todo el bien que desea, puede intentar recuperar eso con otra cosa.

CLEANTO.— Eso se entiende.

HARPAGÓN.— En fin, me alegra veros en mis sentimientos; porque su comportamiento honesto y su dulzura me han ganado el alma, y estoy resuelto a casarme con ella, con tal que encuentre en ella algún bien.

CLEANTO.— ¿Eh?

HARPAGÓN.— ¿Cómo?

CLEANTO.— Está usted resuelto, dice… ?

HARPAGÓN.— A casarme con Mariana.

CLEANTO.— ¿Quién? ¿Usted, usted?

HARPAGÓN.— Sí, yo, yo, yo. ¿Qué quiere decir eso?

CLEANTO.— Me ha dado de pronto un mareo, y me retiro de aquí.

HARPAGÓN.— No será nada. Ve a beber enseguida a la cocina un gran vaso de agua fresca.

EscenaVIHARPAGÓN, ELISA

HARPAGÓN.— Ahí tenéis a mis señoritos melindrosos, que no tienen más vigor que las gallinas. Eso es, hija mía, lo que he resuelto para mí. En cuanto a tu hermano, le destino cierta viuda de la que, esta mañana, me han venido a hablar; y, para ti, te doy al señor Anselmo.

ELISA.— ¿Al señor Anselmo?

HARPAGÓN.— Sí. Un hombre maduro, prudente y sabio, que no tiene más de cincuenta años, y de quien se alaban los grandes bienes.

ELISA, haciendo una reverencia.— No quiero casarme, padre mío, si le parece bien.

HARPAGÓN, remedando a Elisa.— Y yo, hijita mía, mona mía, quiero que os caséis, si os parece bien.

ELISA, haciendo otra vez la reverencia.— Le pido perdón, padre mío.

HARPAGÓN, remedando a Elisa.— Te pido perdón, hija mía.

ELISA.— Soy muy humilde servidora del señor Anselmo; pero (Haciendo otra vez la reverencia.) con su permiso, no me casaré con él.

HARPAGÓN.— Soy vuestro muy humilde servidor; pero, (Remedando a Elisa.) con vuestro permiso, os casaréis esta misma noche.

ELISA.— ¿Esta misma noche?

HARPAGÓN.— Esta misma noche.

ELISA, haciendo otra vez la reverencia.— Eso no será, padre mío.

HARPAGÓN, remedando otra vez a Elisa.— Eso será, hija mía.

ELISA.— No.

HARPAGÓN.— Sí.

ELISA.— No, le digo.

HARPAGÓN.— Sí, te digo.

ELISA.— Es una cosa a la que no me reducirá.

HARPAGÓN.— Es una cosa a la que te reduciré.

ELISA.— Me mataré antes que casarme con semejante marido.

HARPAGÓN.— No te matarás, y te casarás. ¡Pero ved qué audacia! ¿Se ha visto jamás una hija hablar de ese modo a su padre?

ELISA.— ¿Pero se ha visto jamás un padre casar a su hija de ese modo?

HARPAGÓN.— Es un partido en el que no hay nada que objetar; y apuesto a que todo el mundo aprobará mi elección.

ELISA.— Y yo apuesto a que ninguna persona razonable lo aprobaría.

HARPAGÓN, viendo a Valerio a lo lejos.— Ahí está Valerio. ¿Quieres que entre los dos lo hagamos juez de este asunto?

ELISA.— Consiento.

HARPAGÓN.— ¿Te someterás a su juicio?

ELISA.— Sí. Pasaré por lo que diga.

HARPAGÓN.— Trato hecho.

EscenaVIIVALERIO, HARPAGÓN, ELISA

HARPAGÓN.— Ven aquí, Valerio. Te hemos elegido para que nos digas quién tiene razón, mi hija o yo.

VALERIO.— Usted, señor, sin lugar a dudas.

HARPAGÓN.— ¿Sabes siquiera de qué hablamos?

VALERIO.— No; pero usted no puede estar equivocado, y usted es toda la razón.

HARPAGÓN.— Quiero darle esta noche por esposo a un hombre tan rico como sensato; y la muy descarada me dice en mis narices que no piensa aceptarlo. ¿Qué dices de eso?

VALERIO.— ¿Qué digo?

HARPAGÓN.— Sí.

VALERIO.— ¡Eh! ¡Eh!

HARPAGÓN.— ¿Qué?

VALERIO.— Digo que, en el fondo, comparto su parecer; y usted no puede sino tener razón. Pero también ella no está del todo equivocada, y…

HARPAGÓN.— ¿Cómo? El señor Anselmo es un partido considerable; es un caballero noble, dulce, sosegado, sensato y muy acomodado, y al que no le queda ningún hijo de su primer matrimonio. ¿Podría ella encontrar mejor?

VALERIO.— Es cierto. Pero ella podría decirle a usted que es precipitar un poco las cosas, y que habría que dar al menos algún tiempo para ver si su inclinación podrá acomodarse.

HARPAGÓN.— Es una ocasión que hay que tomar por los pelos. Encuentro aquí una ventaja que no encontraría en otra parte; y él se compromete a tomarla sin dote.

VALERIO.— ¿Sin dote?

HARPAGÓN.— Sí.

VALERIO.— ¡Ah! No digo más nada. ¿Lo ve usted? Ahí tiene una razón del todo convincente; hay que rendirse a eso.

HARPAGÓN.— Es para mí un ahorro considerable.

VALERIO.— Desde luego; eso no admite contradicción. Es cierto que su hija podría representarle que el matrimonio es un asunto más grave de lo que se cree; que se trata de ser dichoso o desdichado toda la vida; y que un compromiso que debe durar hasta la muerte no debe hacerse jamás sino con grandes precauciones.

HARPAGÓN.— ¡Sin dote!

VALERIO.— Tiene usted razón: eso lo decide todo; se entiende. Hay gente que podría decirle que en tales ocasiones la inclinación de una hija es cosa sin duda en la que se debe tener consideración; y que esa gran desigualdad de edad, de humor y de sentimientos, hace un matrimonio sujeto a accidentes penosos.

HARPAGÓN.— ¡Sin dote!

VALERIO.— ¡Ah! No hay réplica a eso; se sabe muy bien. ¿Quién diablos puede ir contra eso? No es que no haya cantidad de padres que preferirían cuidar la satisfacción de sus hijas, antes que el dinero que podrían dar; que no querrían sacrificarlas al interés, y buscarían, más que ninguna otra cosa, poner en un matrimonio esa dulce conformidad que, sin cesar, mantiene en él el honor, la tranquilidad y la alegría; y que…

HARPAGÓN.— ¡Sin dote!

VALERIO.— Es cierto; eso cierra la boca a todo. ¡Sin dote! ¿Cómo resistirse a una razón como esa?

HARPAGÓN, aparte, mirando hacia el jardín.— ¡Vaya! Me parece que oigo ladrar a un perro. ¿No será que alguien anda detrás de mi dinero? (A Valerio.) No te muevas; vuelvo enseguida.

EscenaVIIIELISA, VALERIO

ELISA.— ¿Te burlas, Valerio, hablándole como lo haces?

VALERIO.— Es para no exasperarlo, y para salirme mejor con la mía. Chocar de frente con sus sentimientos es el modo de echarlo todo a perder; y hay ciertos espíritus a los que no hay que tomar sino de costado; temperamentos enemigos de toda resistencia; naturalezas rebeldes, a las que la verdad hace encabritarse, que siempre se endurecen contra el camino recto de la razón, y a las que sólo se conduce dando rodeos hacia donde se las quiere llevar. Finge consentir en lo que él quiere, alcanzarás mejor tus fines; y…

ELISA.— ¡Pero ese matrimonio, Valerio!

VALERIO.— Se buscarán modos de romperlo.

ELISA.— ¿Pero qué recurso encontrar, si debe concluirse esta noche?

VALERIO.— Hay que pedir un aplazamiento, y fingir alguna enfermedad.

ELISA.— Pero descubrirán el fingimiento, si llaman a los médicos.

VALERIO.— ¿Te burlas? ¿Entienden ellos algo? Vamos, vamos, podrás tener con ellos el mal que te plazca, te encontrarán razones para decirte de dónde viene.

EscenaIXHARPAGÓN, VALERIO, ELISA

HARPAGÓN, aparte, al fondo del teatro.— No es nada, gracias a Dios.

VALERIO, sin ver a Harpagón.— En fin, nuestro último recurso es que la fuga nos puede poner a cubierto de todo; y, si vuestro amor, bella Elisa, es capaz de firmeza… (Viendo a Harpagón.) Sí, una hija debe obedecer a su padre. No debe fijarse en cómo está hecho un marido; y cuando se encuentra la gran razón de sin dote, debe estar dispuesta a tomar todo lo que le den.

HARPAGÓN.— ¡Bien! ¡Eso está bien hablado!

VALERIO.— Señor, le pido perdón si me exalto un poco, y tomo la osadía de hablarle como lo hago.

HARPAGÓN.— ¿Cómo? Estoy encantado, y quiero que tomes sobre ella un poder absoluto. (A Elisa.) Sí, puedes escapar todo lo que quieras, le doy la autoridad que el cielo me da sobre ti, y exijo que hagas todo lo que él te diga.

VALERIO, a Elisa.— Después de esto, resiste a mis amonestaciones.

EscenaXHARPAGÓN, VALERIO

VALERIO.— Señor, voy a seguirla, para continuar las lecciones que le daba.

HARPAGÓN.— Sí, me harás un favor. Ciertamente…

VALERIO.— Es bueno tenerla un poco con las riendas cortas.

HARPAGÓN.— Es cierto. Hay que…

VALERIO.— No se preocupe, creo que saldré con la mía.

HARPAGÓN.— Hazlo, hazlo. Voy a dar una vueltecita por la ciudad, y vuelvo enseguida.

VALERIO, dirigiendo la palabra a Elisa, yéndose por el lado por donde ella salió.— Sí, el dinero es más precioso que todas las cosas del mundo, y debe dar gracias al cielo, por el honrado hombre de padre que le ha dado. Él sabe lo que es vivir. Cuando se ofrece tomar a una muchacha sin dote, no debe mirarse más allá. Todo está encerrado ahí dentro; y sin dote ocupa el lugar de belleza, de juventud, de alcurnia, de honor, de sabiduría, y de probidad.

HARPAGÓN.— ¡Ah, qué buen muchacho! Eso es hablar como un oráculo. ¡Dichoso quien puede tener un criado así!

FIN DEL ACTO PRIMERO.

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