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Acto segundo

El avaro · Molière · 20 min de lectura

EscenaICLEANTO, LA FLECHA

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CLEANTO.— ¡Ah, traidor! ¿Dónde diablos te habías metido? ¿No te había dado orden de…?

LA FLECHA.— Sí, señor; y me había plantado aquí para esperarle sin moverme; pero su padre, el más desagradable de los hombres, me echó a la calle a la fuerza, y por poco me muele a palos.

CLEANTO.— ¿Cómo va nuestro asunto? Las cosas apremian más que nunca; y desde que te vi he descubierto que mi padre es mi rival.

LA FLECHA.— ¿Su padre enamorado?

CLEANTO.— Sí; y me ha costado un mundo ocultarle la turbación en que me ha puesto esa noticia.

LA FLECHA.— ¿Él meterse a amar? ¿Qué demonios se le ha ocurrido? ¿Se burla del mundo? ¿Y el amor acaso se ha hecho para gente construida como él?

CLEANTO.— Por mis pecados ha tenido que venirle esa pasión a la cabeza.

LA FLECHA.— ¿Pero por qué razón hacerle un misterio de su amor?

CLEANTO.— Para darle menos sospechas, y conservarme, llegado el caso, salidas más fáciles para impedir ese matrimonio. ¿Qué respuesta te han dado?

LA FLECHA.— A fe mía, señor, los que piden prestado son bien desgraciados; y hay que aguantar cosas muy raras cuando uno se ve reducido a pasar, como usted, por las manos de los usureros.

CLEANTO.— ¿El asunto no se va a hacer?

LA FLECHA.— Al contrario. Nuestro Maese Simón, el corredor que nos han dado, hombre activo y lleno de celo, dice que ha hecho maravillas por usted, y asegura que sólo su fisonomía le ha ganado el corazón.

CLEANTO.— ¿Tendré los quince mil francos que pido?

LA FLECHA.— Sí; pero con algunas condiciones pequeñas que tendrá que aceptar, si quiere que las cosas se hagan.

CLEANTO.— ¿Te ha hecho hablar con el que debe prestar el dinero?

LA FLECHA.— ¡Ah, no! Eso no va así. Pone todavía más cuidado en ocultarse que usted, y son misterios mucho más grandes de lo que piensa. No quiere dar su nombre de ningún modo; y hoy tiene que reunirse con usted en una casa prestada, para que le informe usted mismo de sus bienes y de su familia; y no dudo que el solo nombre de su padre haga las cosas fáciles.

CLEANTO.— Y principalmente estando muerta nuestra madre, cuyo bien nadie puede quitarme.

LA FLECHA.— Aquí van algunos artículos que él mismo ha dictado a nuestro intermediario, para que se los muestren antes de hacer nada.

«Supuesto que el prestamista vea todas sus garantías, y que el prestatario sea mayor de edad, y de una familia en la que el bien sea amplio, sólido, seguro, claro y libre de todo embarazo, se hará una buena y exacta obligación ante notario, el hombre más honrado que se pueda, y que, para tal efecto será elegido por el prestamista, a quien importa más que el acta esté debidamente redactada.»

CLEANTO.— No hay nada que decir a eso.

LA FLECHA.— «El prestamista, para no cargar su conciencia con ningún escrúpulo, pretende dar su dinero sólo al cinco y medio por ciento.»

CLEANTO.— ¿Al cinco y medio por ciento? ¡Pardiez! Eso es honrado. No hay motivo de queja.

LA FLECHA.— Es verdad.

«Pero, como dicho prestamista no tiene en su casa la suma en cuestión, y para hacer un favor al prestatario se ve obligado él mismo a pedirla prestada a otro al treinta por ciento, convendrá que dicho primer prestatario pague ese interés, sin perjuicio del resto, dado que sólo para obligarle dicho prestamista se compromete a ese préstamo.»

CLEANTO.— ¡Cómo diablos! ¿Qué judío, qué árabe es ese? ¡Eso es más del veinticinco por ciento!

LA FLECHA.— Es verdad; eso es lo que yo he dicho. Usted tiene que ver eso.

CLEANTO.— ¿Qué quieres que vea? Necesito dinero, y tengo que consentirlo todo.

LA FLECHA.— Esa es la respuesta que he dado.

CLEANTO.— ¿Hay algo más?

LA FLECHA.— Ya no queda más que un pequeño artículo.

«De los quince mil francos que se piden, el prestamista sólo podrá contar en dinero doce mil libras; y, para los mil escudos restantes, tendrá que tomar el prestatario las ropas, baratijas y alhajas cuya memoria sigue, y que dicho prestamista ha puesto, de buena fe, al precio más módico que le ha sido posible.»

CLEANTO.— ¿Qué quiere decir eso?

LA FLECHA.— Escuche la memoria.

«Primeramente, una cama de cuatro pies con bandas de encaje de Hungría, aplicadas muy pulcramente sobre un paño de color de oliva, con seis sillas y la colcha a juego: todo ello en buen estado, y forrado de un pequeño tafetán tornasolado rojo y azul.

» Más, un pabellón de cola, de una buena sarga de Aumale rosa seca, con el molete y los flecos de seda.»

CLEANTO.— ¿Qué quiere que haga yo con eso?

LA FLECHA.— Espere.

«Más, un tapiz de tapicería de los amores de Gombaud y de Macée.

» Más, una gran mesa de madera de nogal, con doce columnas o pilares torneados, que se extiende por los dos extremos, y guarnecida, por debajo, de sus seis taburetes.»

CLEANTO.— ¿Qué tengo yo que ver, mordiós…?

LA FLECHA.— Tenga paciencia.

«Más tres grandes mosquetes guarnecidos enteramente de nácar de perla, con las tres horquillas a juego.

» Más un hornillo de ladrillo, con dos retortas y tres recipientes, muy útiles para los que son curiosos de destilar.»

CLEANTO.— ¡Me da rabia!

LA FLECHA.— Tranquilo.

«Más, un laúd de Bolonia, guarnecido con todas sus cuerdas, o poco le falta.

» Más, un trou-madame y un tablero de damas, con un juego de la oca, renovado de los griegos, muy propio para pasar el tiempo cuando no se tiene nada que hacer. Más, una piel de lagarto de tres pies y medio, rellena de heno: curiosidad agradable para colgar del techo de una habitación.

» El todo, arriba mencionado, valiendo lealmente más de cuatro mil quinientas libras, y rebajado al valor de mil escudos, por la discreción del prestamista.»

CLEANTO.— ¡Que la peste le ahogue con su discreción, al traidor, al verdugo que es! ¿Se ha hablado jamás de una usura semejante? ¿Y no le basta con el furioso interés que exige, sin querer además obligarme a tomar por tres mil libras los viejos trastos que va juntando? No sacaré ni doscientos escudos de todo eso; y sin embargo tengo que resolverme a consentir lo que quiere; porque está en situación de hacerme aceptarlo todo, y me tiene, el canalla, el puñal en la garganta.

LA FLECHA.— Aquí le veo a usted, señor, no se ofenda, en el camino ancho justamente que tomó Panurgo para arruinarse, tomando dinero por adelantado, comprando caro, vendiendo barato, y comiéndose el trigo en verde.

CLEANTO.— ¿Qué quieres que haga yo? A eso están reducidos los jóvenes por la maldita avaricia de los padres; ¡y después se extrañan de que los hijos deseen que se mueran!

LA FLECHA.— Hay que reconocer que el suyo encendería contra su vileza al hombre más sosegado del mundo. No tengo, gracias a Dios, inclinaciones muy patibularias; y, entre mis cofrades que veo meterse en muchos pequeños negocios, sé sacar hábilmente mi alfiler del juego, y desliarme prudentemente de todas las galanterías que huelan aunque sea un poco a la horca; pero, a decir verdad, me daría, con sus procedimientos, tentaciones de robarle; y creería, robándole, hacer una acción meritoria.

CLEANTO.— Dame un poco ese memorial, que lo vea otra vez.

EscenaIIHARPAGÓN, MAESE SIMÓN; CLEANTO y LA FLECHA, al fondo del teatro

MAESE SIMÓN.— Sí, señor, es un joven que necesita dinero; sus asuntos le apremian a encontrarlo, y pasará por todo lo que usted le prescriba.

HARPAGÓN.— Pero ¿cree usted, maese Simón, que no hay nada que periclitar? ¿Y sabe usted el nombre, los bienes y la familia de aquel por quien habla?

MAESE SIMÓN.— No. No puedo instruirle bien a fondo; y sólo por ventura me han dirigido a él; pero usted será de todas las cosas ilustrado por él mismo, y su hombre me ha asegurado que usted quedará contento cuando lo conozca. Todo lo que sabría decirle es que su familia es muy rica, que ya no tiene madre, y que se obligará, si usted quiere, a que su padre muera antes de ocho meses.

HARPAGÓN.— Eso es algo. La caridad, maese Simón, nos obliga a hacer placer a las personas, cuando podemos.

MAESE SIMÓN.— Eso se entiende.

LA FLECHA, en voz baja, a Cleanto, reconociendo a maese Simón.— ¿Qué quiere decir esto? ¡Nuestro maese Simón que habla con vuestro padre!

CLEANTO, en voz baja, a La Flecha.— ¿Le habrán dicho quién soy? ¿Y estarías tú para traicionarnos?

MAESE SIMÓN, a Cleanto y a La Flecha.— ¡Ah, ah! ¡Qué prisa tienen! ¿Quién les ha dicho que era aquí? (A Harpagón.) No he sido yo, señor, al menos, quien les ha descubierto vuestro nombre y vuestra casa; pero, a mi parecer, no hay gran mal en ello; son personas discretas, y pueden aquí explicarse juntos.

HARPAGÓN.— ¿Cómo?

MAESE SIMÓN, señalando a Cleanto.— El señor es la persona que quiere pedirle prestadas las quince mil libras de que le he hablado.

HARPAGÓN.— ¡Cómo, bribón! ¡Eres tú quien te abandonas a estas culpables extremidades!

CLEANTO.— ¡Cómo, padre mío! ¡Es usted quien se entrega a estas vergonzosas acciones!

(Maese Simón huye, y La Flecha va a esconderse.)

EscenaIIIHARPAGÓN, CLEANTO

HARPAGÓN.— ¡Eres tú quien te quieres arruinar con empréstitos tan condenables!

CLEANTO.— ¡Es usted quien busca enriquecerse con usuras tan criminales!

HARPAGÓN.— ¿Osas, después de eso, aparecer ante mí?

CLEANTO.— ¿Osa usted, después de eso, presentarse a los ojos del mundo?

HARPAGÓN.— ¿No tienes vergüenza, dime, de llegar a esos libertinajes, de precipitarte en gastos espantosos, y de hacer una vergonzosa disipación del bien que tus padres han amasado con tantos sudores?

CLEANTO.— ¿No se sonroja usted de deshonrar su condición con los negocios que hace; de sacrificar gloria y reputación al deseo insaciable de amontonar escudo sobre escudo, y de superar, en punto a intereses, las más infames sutilezas que hayan jamás inventado los más célebres usureros?

HARPAGÓN.— ¡Quítate de mis ojos, bribón; quítate de mis ojos!

CLEANTO.— ¿Quién es más criminal, a su parecer, o el que compra un dinero que necesita, o bien el que roba un dinero del que no tiene necesidad?

HARPAGÓN.— Retírate, te digo, y no me acalores las orejas. (Solo.) No estoy disgustado de esta aventura; y esto me es un aviso de poner el ojo más que nunca sobre todas sus acciones.

EscenaIVFROSINA, HARPAGÓN

FROSINA.— Señor…

HARPAGÓN.— Espere un momento; voy a volver a hablar con usted. (Aparte.) Es conveniente que haga un pequeño recorrido a mi dinero.

EscenaVLA FLECHA, FROSINA

LA FLECHA, sin ver a Frosina.— ¡La aventura es del todo cómica! Debe de tener en alguna parte un amplio almacén de ropas; pues no hemos reconocido nada en el memorial que tenemos.

FROSINA.— ¡Eh! Eres tú, mi pobre La Flecha! ¿De dónde viene este encuentro?

LA FLECHA.— ¡Ah, ah! Eres tú, Frosina! ¿Qué vienes a hacer aquí?

FROSINA.— Lo que hago en todas partes: entrometerme en asuntos, hacerme servicial a las gentes, y aprovechar, lo mejor que me es posible, los pequeños talentos que puedo tener. Ya sabes que, en este mundo, hay que vivir de maña, y que a las personas como yo el cielo no ha dado otras rentas que la intriga y la industria.

LA FLECHA.— ¿Tienes algún negocio con el patrón de la casa?

FROSINA.— Sí, trato para él algún pequeño asunto del que espero recompensa.

LA FLECHA.— ¿De él? ¡Ah, por mi fe, serás bien astuta si sacas algo de él; y te doy aviso de que el dinero aquí es muy caro!

FROSINA.— Hay ciertos servicios que tocan maravillosamente.

LA FLECHA.— Soy su servidor; y no conoces todavía al señor Harpagón. El señor Harpagón es, de todos los humanos, el humano menos humano, el mortal de todos los mortales el más duro y el más cerrado. No hay servicio que empuje su reconocimiento hasta hacerle abrir las manos. De alabanza, de estima, de benevolencia en palabras, y de amistad, cuanto usted guste; pero de dinero, ni hablar. No hay nada más seco y más árido que sus buenos favores y sus caricias; y dar es una palabra por la que tiene tanta aversión, que no dice jamás, Le doy, sino Le presto los buenos días.

FROSINA.— ¡Dios mío! Yo sé el arte de ordeñar a los hombres; tengo el secreto de abrirme su ternura, de halagar sus corazones, de encontrar los puntos por donde son sensibles.

LA FLECHA.— Tonterías. Te desafío a que ablandes en lo que toca al dinero al hombre del que hablamos. En eso es turco, pero de una turquería que desespera a todo el mundo; y uno podría reventar, que a él no le temblaría el pulso. En una palabra, ama el dinero más que la reputación, que el honor y que la virtud; y la vista de un solicitante le da convulsiones: es herirle por su punto mortal, es atravesarle el corazón, es arrancarle las entrañas; y si… Pero vuelve: me retiro.

EscenaVIHARPAGÓN, FROSINA

HARPAGÓN, bajo.— Todo va como debe. (Alto.) ¡Ea, bien! ¿Qué hay, Frosina?

FROSINA.— ¡Ah, Dios mío, qué bien se encuentra usted, y qué aspecto de salud tiene!

HARPAGÓN.— ¿Quién? ¿Yo?

FROSINA.— Jamás le vi un cutis tan fresco y tan lozano.

HARPAGÓN.— ¿De veras?

FROSINA.— ¡Cómo! Nunca en su vida ha estado usted tan joven como ahora; y veo gente de veinticinco años más vieja que usted.

HARPAGÓN.— Sin embargo, Frosina, tengo sesenta bien cumplidos.

FROSINA.— ¡Eh, bien! ¿Qué es eso, sesenta años? ¡Menuda cosa! Es la flor de la edad, eso; y entra usted ahora en la hermosa estación del hombre.

HARPAGÓN.— Es verdad; pero veinte años menos, sin embargo, no me vendrían mal, creo yo.

FROSINA.— ¿Se burla usted? No tiene necesidad de eso, y es usted de una pasta para vivir hasta los cien años.

HARPAGÓN.— ¿Tú lo crees?

FROSINA.— Sin duda. Tiene usted todas las señales. Quédese quieto un poco. ¡Oh, qué bien está ahí, entre sus dos ojos, una señal de larga vida!

HARPAGÓN.— ¿Tú te entiendes de eso?

FROSINA.— Sin duda. Muéstreme la mano. Dios mío, ¡qué línea de vida!

HARPAGÓN.— ¿Cómo?

FROSINA.— ¿No ve usted hasta dónde llega esa línea?

HARPAGÓN.— ¿Y bien? ¿Qué quiere decir eso?

FROSINA.— A fe mía, decía cien años; pero pasará usted de los ciento veinte.

HARPAGÓN.— ¿Es posible?

FROSINA.— Habrá que matarle a palos, se lo digo yo; y enterrará usted a sus hijos, y a los hijos de sus hijos.

HARPAGÓN.— ¡Tanto mejor! ¿Cómo va nuestro asunto?

FROSINA.— ¿Hace falta preguntarlo? ¿Y se me ve acaso mezclarme en algo que no lleve a buen término? Tengo, sobre todo para los casamientos, un talento maravilloso. No hay pareja en el mundo a la que no encuentre en poco tiempo el modo de emparejar; y creo que si me lo propusiera, casaría al Gran Turco con la República de Venecia. No había, sin duda, tan grandes dificultades en este asunto. Como tengo trato con ellas, he hablado a fondo con una y con otra de usted; y he dicho a la madre el propósito que ha concebido usted por Mariana, al verla pasar por la calle y tomar el aire en su ventana.

HARPAGÓN.— ¿Que ha respondido…?

FROSINA.— Ha recibido la propuesta con alegría; y cuando le expresé que deseaba usted mucho que su hija asistiese esta noche al contrato de matrimonio que ha de hacerse de la suya, ha consentido sin dificultad, y me la ha confiado para ello.

HARPAGÓN.— Es que estoy obligado, Frosina, a dar de cenar al señor Anselmo; y tendré mucho gusto de que ella esté en el agasajo.

FROSINA.— Tiene usted razón. Debe, después de comer, hacer una visita a su hija, de donde tiene pensado ir a dar una vuelta por la feria, para venir luego a la cena.

HARPAGÓN.— ¡Pues bien! Irán juntas en mi carroza, que les prestaré.

FROSINA.— Eso es justamente lo que le conviene.

HARPAGÓN.— Pero, Frosina, ¿has hablado con la madre tocante al bien que puede dar a su hija? ¿Le has dicho que era preciso que se ayudara un poco, que hiciera algún esfuerzo, que se sangrara para una ocasión como ésta? Pues tampoco se casa uno con una chica sin que aporte algo.

FROSINA.— ¿Cómo? Es una chica que le aportará doce mil libras de renta.

HARPAGÓN.— ¿Doce mil libras de renta?

FROSINA.— Sí. Primeramente, está criada y educada en una gran economía de comida. Es una chica acostumbrada a vivir de ensalada, de leche, de queso y de manzanas, y a la cual, por consiguiente, no le hará falta ni mesa bien servida, ni consomés exquisitos, ni cebadas perladas perpetuas, ni las otras delicadezas que harían falta para otra mujer; y eso no es tan poca cosa, que no suba bien todos los años a tres mil francos por lo menos. Además de eso, sólo es curiosa de un aseo muy sencillo, y no le gustan los trajes soberbios, ni las joyas ricas, ni los muebles suntuosos, a los que se entregan sus iguales con tanto ardor; y este artículo vale más de cuatro mil libras al año. Más aún, tiene una aversión horrible por el juego, lo que no es común en las mujeres de hoy día; y conozco a una de nuestro barrio que ha perdido, al treinta y cuarenta, veinte mil francos este año. Pero no tomemos de eso sino la cuarta parte. Cinco mil francos al año en el juego, y cuatro mil francos en vestidos y joyas, eso hace nueve mil libras; y mil escudos que ponemos para la comida: ¿no tiene usted ahí por año sus doce mil francos bien contados?

HARPAGÓN.— Sí; eso no está mal; pero esta cuenta no es nada real.

FROSINA.— Perdóneme. ¿No es algo real aportarle en matrimonio una gran sobriedad, la herencia de un gran amor a la sencillez de atavío, y la adquisición de un gran fondo de odio al juego?

HARPAGÓN.— Es una burla querer constituirme como dote suya todos los gastos que no hará. Yo no voy a dar recibo de lo que no recibo; y es menester que yo toque algo.

FROSINA.— ¡Dios mío! Tocará usted bastante; y me han hablado de cierto país donde tienen bienes, del cual será usted el dueño.

HARPAGÓN.— Habrá que ver eso. Pero Frosina, hay todavía una cosa que me inquieta. La chica es joven, como ves, y la gente joven, de ordinario, sólo ama a sus semejantes, no busca sino su compañía: temo que un hombre de mi edad no sea de su gusto, y que eso venga a producir en mi casa ciertos pequeños desórdenes que no me acomodarían.

FROSINA.— ¡Ah! ¡Qué mal la conoce usted! Esa es otra particularidad que tenía que decirle. Ella siente una aversión espantosa por todos los jóvenes, y solo ama a los viejos.

HARPAGÓN.— ¿Ella?

FROSINA.— Sí, ella. Ojalá la hubiera oído usted hablar de esto. No puede soportar en absoluto la vista de un hombre joven; pero nada la embelesa más, dice, que ver a un hermoso anciano con una barba majestuosa. Los más viejos son para ella los más encantadores; y le advierto que no vaya a hacerse más joven de lo que es. Quiere por lo menos que se sea sexagenario; y no hace ni cuatro meses, estando a punto de casarse, rompió en seco el matrimonio porque su amante dejó ver que solo tenía cincuenta y seis años y que no usó anteojos para firmar el contrato.

HARPAGÓN.— ¿Solo por eso?

FROSINA.— Sí. Dice que cincuenta y seis años no la satisfacen; y sobre todo le gustan las narices que llevan anteojos.

HARPAGÓN.— Ciertamente, me dices algo del todo nuevo.

FROSINA.— Esto va más allá de lo que puede imaginarse. Se le ven en su cuarto algunos cuadros y estampas; pero ¿qué cree usted que sean? ¿Adonis, Céfalos, Paris y Apolos? No: hermosos retratos de Saturno, del rey Príamo, del viejo Néstor y del buen padre Anquises sobre los hombros de su hijo.

HARPAGÓN.— Eso es admirable. Eso es lo que nunca habría pensado, y me alegra mucho saber que es de ese humor. En efecto, si yo hubiera sido mujer, no habría amado a los hombres jóvenes.

FROSINA.— Ya lo creo. ¡Vaya porquerías son los jóvenes, para amarlos! Son unos mocosos imberbes, unos petimetres, como para dar ganas de su pellejo. ¡Y me gustaría saber qué gracia tienen!

HARPAGÓN.— Yo no le encuentro ninguna, y no sé cómo hay mujeres que los aman tanto.

FROSINA.— Hay que estar rematadamente loca. Encontrar amable la juventud, ¿es tener sentido común? ¿Son hombres esos rubiales imberbes, y puede uno encariñarse con esos animales?

HARPAGÓN.— Es lo que digo yo todos los días: con su voz de gallina clueca y sus tres pelillos de barba levantados como bigotes de gato, sus pelucas de estopa, sus calzones caídos y sus chalecos desabrochados.

FROSINA.— ¡Eh! ¡Eso está bien hecho, comparado con una persona como usted! Eso sí que es un hombre; ahí hay algo que satisface la vista; y así es como hay que estar hecho y vestido para inspirar amor.

HARPAGÓN.— ¿Me encuentras bien?

FROSINA.— ¡Cómo! Está usted arrebatador, y su figura es digna de pintarse. Vuélvase un poco, por favor. No puede estar mejor. Déjeme verlo caminar. Ahí tiene un cuerpo esbelto, libre y desenvuelto como debe ser, y que no muestra ninguna indisposición.

HARPAGÓN.— No tengo de graves, gracias a Dios. Solo está mi catarro que me da de tiempo en tiempo.

FROSINA.— Eso no es nada. Su catarro no le sienta nada mal, y tiene gracia al toser.

HARPAGÓN.— Dime una cosa: Mariana, ¿no me ha visto todavía? ¿No se ha fijado en mí al pasar?

FROSINA.— No; pero hemos hablado mucho de usted. Le he hecho un retrato de su persona, y no he dejado de elogiarle su mérito y la ventaja que sería para ella tener un marido como usted.

HARPAGÓN.— Has hecho bien, y te lo agradezco.

FROSINA.— Tendría, señor, una pequeña súplica que hacerle. Tengo un pleito que estoy a punto de perder por falta de un poco de dinero (Harpagón pone cara seria.) y usted podría fácilmente procurarme ganar ese pleito si tuviera alguna bondad conmigo. No se imagina el placer que tendrá al verlo. (Harpagón vuelve a poner cara alegre.) ¡Ah, cuánto le gustará usted, y qué efecto admirable causará en su ánimo su gorguera a la antigua! Pero sobre todo quedará encantada con sus calzones atados al jubón con agujetas. ¡Es para volverla loca por usted; y un amante con agujetas será para ella un manjar delicioso!

HARPAGÓN.— Ciertamente, me encanta que me digas eso.

FROSINA.— En verdad, señor, ese pleito es para mí de una importancia del todo grande. (Harpagón vuelve a poner cara seria.) Estoy arruinada si lo pierdo; y alguna pequeña ayuda me restablecería mis asuntos… Ojalá hubiera visto el arrobamiento en que estaba al oírme hablar de usted. (Harpagón vuelve a poner cara alegre.) La alegría brillaba en sus ojos al relato de sus cualidades, y la he puesto por fin en una impaciencia extrema de ver este matrimonio enteramente concluido.

HARPAGÓN.— Me has dado gran placer, Frosina; y tengo contigo, te lo confieso, todas las obligaciones del mundo.

FROSINA.— Le ruego, señor, que me dé el pequeño auxilio que le pido. (Harpagón vuelve a poner cara seria.) Eso me pondrá en pie, y le estaré eternamente obligada.

HARPAGÓN.— Adiós. Voy a terminar mis asuntos.

FROSINA.— Le aseguro, señor, que no podría usted socorrerme nunca en mayor necesidad.

HARPAGÓN.— Dispondré que mi carroza esté lista para llevarte a la feria.

FROSINA.— No lo importunaría si no me viera forzada por la necesidad.

HARPAGÓN.— Y tendré cuidado de que se cene temprano, para no haceros enfermar.

FROSINA.— No me niegue la gracia que le solicito. No se imagina, señor, el placer que...

HARPAGÓN.— Me voy. Ahí me llaman. Hasta luego.

FROSINA, sola.— ¡Que la fiebre te apriete, perro tacaño, con todos los diablos! El avaro se ha mantenido firme ante todos mis ataques; pero no debo abandonar la negociación; y tengo el otro lado, en cualquier caso, de donde estoy segura de sacar buena recompensa.

FIN DEL SEGUNDO ACTO.

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