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Acto tercero

El avaro · Molière · 21 min de lectura

EscenaIHARPAGÓN, CLEANTO, ELISA, VALERIO, DOÑA CLAUDIA, con una escoba; MAESE SANTIAGO, LA MERLUCHE, BRINDAVOINE

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HARPAGÓN.— Vamos, vengan todos aquí; voy a distribuirles las órdenes para esta noche, y a asignar a cada uno su tarea. Acérquese, doña Claudia; empecemos por usted. (Ella lleva una escoba) Bien, ya la veo con las armas en la mano. La pongo a cargo de limpiar todo; y sobre todo tenga cuidado de no frotar los muebles demasiado fuerte, no sea que los desgaste. Además de eso, la nombro, durante la cena, responsable de las botellas; y si falta alguna, o si se rompe algo, me las pagaré con usted, y se lo descontaré del salario.

MAESE SANTIAGO, aparte.— Castigo político.

HARPAGÓN, a doña Claudia.— Puede irse.

EscenaIIHARPAGÓN, CLEANTO, ELISA, VALERIO, MAESE SANTIAGO, BRINDAVOINE, LA MERLUCHE

HARPAGÓN.— Ustedes, Brindavoine, y usted, La Merluche, los pongo a cargo de enjuagar los vasos y de dar de beber, pero solo cuando tengan sed, y no según la costumbre de ciertos impertinentes lacayos, que vienen a provocar a la gente, y la incitan a beber cuando ni siquiera lo están pensando. Esperen a que se lo pidan más de una vez, y acuérdense de poner siempre mucha agua.

MAESE SANTIAGO, aparte.— Sí. El vino puro se sube a la cabeza.

LA MERLUCHE.— ¿Nos quitamos las chaquetas, señor?

HARPAGÓN.— Sí, cuando vean llegar a las visitas; y cuiden bien de no estropear la ropa.

BRINDAVOINE.— Usted ya sabe, señor, que uno de los delanteros de mi chaqueta está cubierto de una gran mancha de aceite de la lámpara.

LA MERLUCHE.— Y yo, señor, tengo los calzones todos agujereados por detrás, y se me ve, con perdón…

HARPAGÓN, a La Merluche.— ¡Silencio! Colócate eso con maña del lado de la pared, y presenta siempre el frente a la gente. (A Brindavoine, mostrándole cómo debe ponerse el sombrero delante de la chaqueta, para ocultar la mancha de aceite.) Y tú, lleva siempre el sombrero así, cuando sirvas.

EscenaIIIHARPAGÓN, CLEANTO, ELISA, VALERIO, MAESE SANTIAGO

HARPAGÓN.— A ti, hija mía, te toca vigilar lo que se retire de la mesa, y cuidar de que no se eche nada a perder. Eso les sienta bien a las muchachas. Pero entre tanto prepárate a recibir como es debido a mi prometida, que ha de venir a visitarte y llevarte con ella a la feria. ¿Entiendes lo que te digo?

ELISA.— Sí, padre.

HARPAGÓN.— Sí, boba.

EscenaIVHARPAGÓN, CLEANTO, VALERIO, MAESE SANTIAGO

HARPAGÓN.— Y tú, hijo mío, señorito, a quien tengo la bondad de perdonar lo de hace un rato, no se te ocurra tampoco ponerle mala cara.

CLEANTO.— ¿Yo, padre? ¿Mala cara? ¿Y por qué razón?

HARPAGÓN.— Dios mío, ya sabemos cómo son los hijos cuyos padres vuelven a casarse, y con qué ojos suelen mirar a lo que se llama madrastra. Pero si quieres que olvide tu última diablura, te recomiendo sobre todo que obsequies con buena cara a esa persona, y que le hagas en fin el mejor recibimiento que te sea posible.

CLEANTO.— A decir verdad, padre, no puedo prometerle que me alegre de que se convierta en mi madrastra. Mentiría si se lo dijera; pero en cuanto a recibirla bien y hacerle buena cara, le prometo obedecerle puntualmente en ese capítulo.

HARPAGÓN.— Procura cumplirlo.

CLEANTO.— Ya verá usted que no tendrá motivo de queja.

HARPAGÓN.— Harás bien.

EscenaVHARPAGÓN, VALERIO, MAESE SANTIAGO

HARPAGÓN.— Valerio, ayúdame en esto. Vamos, Maese Santiago, acérquese, lo he dejado para el final.

MAESE SANTIAGO.— ¿Es a su cochero, señor, o a su cocinero a quien quiere hablar? Porque soy las dos cosas.

HARPAGÓN.— Es para los dos.

MAESE SANTIAGO.— ¿Pero a cuál de los dos primero?

HARPAGÓN.— Al cocinero.

MAESE SANTIAGO.— Aguarde entonces, hágame el favor.

(Maese Santiago se quita la casaca de cochero y aparece vestido de cocinero.)

HARPAGÓN.— ¿Qué demonios de ceremonia es ésa?

MAESE SANTIAGO.— No tiene más que hablar.

HARPAGÓN.— Me he comprometido, maese Santiago, a dar una cena esta noche.

MAESE SANTIAGO, aparte.— ¡Gran maravilla!

HARPAGÓN.— Dime una cosa: ¿nos harás buena comida?

MAESE SANTIAGO.— Sí, si me da mucho dinero.

HARPAGÓN.— ¡Qué diablos, siempre el dinero! Parece que no tienen otra cosa que decir: ¡El dinero, el dinero, el dinero! ¡Ah! Sólo tienen esa palabra en la boca, el dinero. ¡Siempre hablar de dinero! Ése es su latiguillo, ¡el dinero!

VALERIO.— Jamás he visto respuesta más impertinente que ésa. ¡Vaya una gran maravilla hacer buena comida con mucho dinero! Es la cosa más fácil del mundo, y no hay espíritu tan pobre que no hiciera otro tanto; pero, para obrar como hombre hábil, hay que hablar de hacer buena comida con poco dinero.

MAESE SANTIAGO.— ¿Buena comida con poco dinero?

VALERIO.— Sí.

MAESE SANTIAGO, a Valerio.— A fe mía, señor intendente, nos haría usted un favor si nos enseñara ese secreto y se quedara con mi oficio de cocinero; total, aquí dentro ya se las da usted de factótum.

HARPAGÓN.— Cállate. ¿Qué es lo que nos va a hacer falta?

MAESE SANTIAGO.— Ahí tiene usted a su intendente, que le preparará un buen banquete por poco dinero.

HARPAGÓN.— ¡Ea! Quiero que me contestes tú.

MAESE SANTIAGO.— ¿Cuántos van a ser a la mesa?

HARPAGÓN.— Seremos ocho o diez; pero basta con contar ocho. Cuando hay comida para ocho, hay de sobra para diez.

VALERIO.— Eso se entiende.

MAESE SANTIAGO.— Pues bien, harán falta cuatro sopas grandes y cinco platos... Sopas... Entradas.

HARPAGÓN.— ¡Qué demonios! Eso es para dar de comer a toda una ciudad.

MAESE SANTIAGO.— Asado...

HARPAGÓN, tapándole la boca a Maese Santiago.— ¡Ah, traidor, te estás comiendo toda mi hacienda!

MAESE SANTIAGO.— Entremeses.

HARPAGÓN.— , tapándole otra vez la boca a maese Santiago. ¿Todavía?

VALERIO.— , a maese Santiago. ¿Es que tiene usted ganas de reventar a todo el mundo? ¿Y es que el señor ha invitado a la gente para asesinarla a fuerza de comilona? Váyase a leer un poco los preceptos de la salud, y pregúntele a los médicos si hay algo más perjudicial para el hombre que comer en exceso.

HARPAGÓN.— Tiene razón.

VALERIO.— Aprenda, maese Santiago, usted y los de su calaña, que es un degolladero una mesa repleta de demasiados manjares; que para mostrarse buen amigo de aquellos a quienes se invita, es necesario que la frugalidad reine en los banquetes que se ofrecen; y que, según el dicho de un antiguo, hay que comer para vivir, y no vivir para comer.

HARPAGÓN.— ¡Ah, qué bien dicho! Acércate, que te abrace por esa frase. ¡Es la sentencia más hermosa que he oído en mi vida! Hay que vivir para comer, y no comer para vi… No, no es eso. ¿Cómo es que lo dices?

VALERIO.— Que hay que comer para vivir, y no vivir para comer.

HARPAGÓN, a Maese Santiago.— Sí. ¿Lo oyes? (A Valerio.) ¿Quién es el gran hombre que dijo eso?

VALERIO.— Ahora mismo no recuerdo su nombre.

HARPAGÓN.— Acuérdate de escribirme esas palabras: quiero hacerlas grabar en letras de oro sobre la chimenea de mi salón.

VALERIO.— No faltaré. Y en cuanto a su cena, no tiene más que dejarme hacer; lo arreglaré todo como es debido.

HARPAGÓN.— Hazlo pues.

MAESE SANTIAGO.— ¡Tanto mejor! Así tendré menos trabajo.

HARPAGÓN, a Valerio.— Hará falta de esas cosas que apenas se comen y que llenan enseguida; unas buenas judías bien grasientas, con un pastel en cazuela bien cargado de castañas. Vamos, que abunde.

VALERIO.— Descanse en mí.

HARPAGÓN.— Ahora, Maese Santiago, hay que limpiar mi carroza.

MAESE SANTIAGO.— Espere. Esto va dirigido al cochero. (Se vuelve a poner la casaca.) Usted decía…

HARPAGÓN.— Que hay que limpiar mi carroza y tener mis caballos listos para llevar a la feria…

MAESE SANTIAGO.— ¿Sus caballos, señor? A fe mía que no están en condiciones de andar. No le diré que están sobre la paja: las pobres bestias no la tienen, y sería hablar muy mal; pero usted les hace observar ayunos tan austeros que ya no son más que ideas o fantasmas, apariencias de caballos.

HARPAGÓN.— Vaya si están enfermos. No hacen nada.

MAESE SANTIAGO.— Y para no hacer nada, señor, ¿es que no hace falta comer nada? Más les valdría, a los pobres animales, trabajar mucho y comer lo mismo. Me parte el corazón verlos así extenuados. Porque, al fin y al cabo, tengo tanto cariño a mis caballos que me parece que soy yo mismo cuando los veo padecer. Todos los días me quito el pan de la boca por ellos; y es usted, señor, de natural demasiado duro al no tener ninguna compasión de su prójimo.

HARPAGÓN.— El trabajo no será grande yendo hasta la feria.

MAESE SANTIAGO.— No, señor, no tengo valor para llevarlos, y me remordería la conciencia darles latigazos en el estado en que están. ¿Cómo pretende que arrastren una carroza si no pueden ni arrastrarse a sí mismos?

VALERIO.— Señor, yo obligaré al vecino Picardo a encargarse de conducirlos; además nos hará falta aquí para preparar la cena.

MAESE SANTIAGO.— Sea. Prefiero todavía que mueran en manos de otro que en las mías.

VALERIO.— ¡Maese Santiago se hace el razonable!

MAESE SANTIAGO.— ¡El señor intendente se hace el indispensable!

HARPAGÓN.— Silencio.

MAESE SANTIAGO.— Señor, no puedo soportar a los aduladores; y veo que todo lo que hace él, que sus controles perpetuos sobre el pan y el vino, la leña, la sal y las velas, no son más que para halagarle y hacerle la corte. Me da rabia, y me duele todos los días oír lo que dicen de usted: porque, al fin y al cabo, siento por usted cariño, a mi pesar; y después de mis caballos, es usted la persona que más quiero.

HARPAGÓN.— ¿Podría saber de usted, Maese Santiago, qué es lo que dicen de mí?

MAESE SANTIAGO.— Sí, señor, si estuviera seguro de que eso no le disgustaría.

HARPAGÓN.— No, de ningún modo.

MAESE SANTIAGO.— Perdóneme; sé muy bien que le pondría furioso.

HARPAGÓN.— En absoluto. Al contrario, me hace un favor, y me alegraré de saber cómo hablan de mí.

MAESE SANTIAGO.— Señor, puesto que usted lo quiere, le diré francamente que se burlan de usted por todas partes, que nos lanzan por todos lados cien pullas a su costa, y que nada divierte más que agarrarle por el culo y las calzas y contar sin cesar historias de su tacañería. Uno dice que manda imprimir almanaques particulares en los que dobla los días de témporas y las vigilias para aprovecharse de los ayunos que impone a su gente; otro, que siempre tiene preparada una querella contra sus criados en época de aguinaldos o cuando se van de su casa, para encontrar una razón de no darles nada. Uno cuenta que una vez hizo citar al gato de un vecino por haberse comido los restos de una pierna de cordero; otro, que le sorprendieron una noche viniendo a robar usted mismo la avena de sus caballos, y que su cochero, el que había antes que yo, le dio en la oscuridad no sé cuántos bastonazos, de los que no quiso decir nada. En fin, ¿quiere que le diga? No se puede ir a ninguna parte sin oírle poner de vuelta y media. Es usted la fábula y el hazmerreír de todo el mundo, y nunca hablan de usted más que con los nombres de avaro, de tacaño, de miserable y de usurero.

HARPAGÓN, golpeando a Maese Santiago.— Eres un necio, un bellaco, un bribón y un desvergonzado.

MAESE SANTIAGO.— ¡Bueno! ¿No lo había adivinado? No me quiso creer. Bien se lo dije, que le disgustaría decirle la verdad.

HARPAGÓN.— Aprende a hablar.

EscenaVIVALERIO, MAESE SANTIAGO

VALERIO, riendo.— Por lo que veo, Maese Santiago, se paga mal su franqueza.

MAESE SANTIAGO.— ¡Morbleu! Señor recién llegado, que se da aires de importancia, no es asunto suyo. Ríase de sus bastonazos cuando se los den, y no venga a reírse de los míos.

VALERIO.— ¡Ah, señor Maese Santiago, no se enfade, se lo ruego!

MAESE SANTIAGO, aparte.— Se ablanda. Voy a hacerme el valiente, y si es tan tonto como para temerme, le sacudo un poco. (Alto.) ¿Sabe usted, señor risueño, que yo no me río, y que si me calienta la cabeza le haré reír de otro modo?

(Maese Santiago empuja a Valerio hasta el fondo del escenario amenazándole.)

VALERIO.— ¡Eh, despacio!

MAESE SANTIAGO.— ¿Cómo, despacio? A mí no me place.

VALERIO.— ¡Por favor!

MAESE SANTIAGO.— Usted es un impertinente.

VALERIO.— Señor maese Santiago…

MAESE SANTIAGO.— No hay señor maese Santiago que valga. Si agarro un palo, le voy a dar una paliza de importancia.

VALERIO.— ¿Cómo? ¿Un palo?

(Valerio hace retroceder a maese Santiago a su vez.)

MAESE SANTIAGO.— ¡Eh! Yo no hablo de eso.

VALERIO.— ¿Sabe usted bien, señor fatuo, que yo soy hombre para darle una paliza a usted mismo?

MAESE SANTIAGO.— No lo dudo.

VALERIO.— ¿Que usted no es, en resumidas cuentas, más que un miserable cocinero?

MAESE SANTIAGO.— Lo sé muy bien.

VALERIO.— ¿Y que todavía no me conoce?

MAESE SANTIAGO.— Perdóneme.

VALERIO.— ¿Me va a dar una paliza, dice usted?

MAESE SANTIAGO.— Lo decía en broma.

VALERIO.— Y a mí no me hace ninguna gracia su broma. (Dándole golpes de palo a maese Santiago.) Aprenda que usted es un mal bromista.

MAESE SANTIAGO, solo.— ¡Maldita sea la sinceridad! Es un mal oficio: desde ahora renuncio a ella, y no quiero decir la verdad nunca más. Pase todavía para mi amo: él tiene algún derecho a pegarme; pero en cuanto a ese señor intendente, me vengaré si puedo.

EscenaVIIMARIANA, FROSINA, MAESE SANTIAGO

FROSINA.— ¿Sabe usted, maese Santiago, si su amo está en casa?

MAESE SANTIAGO.— Sí, desde luego que está; lo sé demasiado bien.

FROSINA.— Dígale, se lo ruego, que estamos aquí.

MAESE SANTIAGO.— ¡Ah! ¡Vaya, vaya!

EscenaVIIMARIANA, FROSINA

MARIANA.— ¡Ay, Frosina, en qué extraño estado estoy, y, si he de decir lo que siento, cuánto temo esta vista!

FROSINA.— Pero ¿por qué, y cuál es su inquietud?

MARIANA.— ¡Ay! ¿Me lo pregunta usted? ¿Y no se figura las alarmas de una persona a punto de ver el suplicio al que la quieren atar?

FROSINA.— Ya veo que, para morir agradablemente, Harpagón no es el suplicio que usted quisiera abrazar; y conozco, por su cara, que el joven rubio del que me ha hablado le vuelve un poco a la cabeza.

MARIANA.— Sí. Es una cosa, Frosina, de la que no quiero defenderme; y las visitas respetuosas que él ha hecho a nuestra casa han tenido, se lo confieso, algún efecto en mi alma.

FROSINA.— Pero ¿ha sabido usted quién es?

MARIANA.— No, no sé quién es. Pero sé que tiene un aire que invita a amarlo; que, si pudiera poner las cosas a mi elección, lo tomaría a él antes que a otro; y que no contribuye poco a hacerme encontrar un tormento espantoso en el esposo que quieren darme.

FROSINA.— ¡Dios mío! Todos esos rubios son agradables, y hablan muy bien de lo suyo; pero la mayoría son pobres como ratas; vale más, para usted, tomar un marido viejo que le dé muchos bienes. Le confieso que los sentidos no encuentran tan bien su cuenta del lado que digo, y que hay algunos pequeños disgustos que soportar con semejante esposo; pero eso no es para que dure; y su muerte, créame, la pondrá pronto en condiciones de tomar uno más amable, que reparará todas las cosas.

MARIANA.— ¡Dios mío, Frosina! Es un asunto extraño, cuando, para ser feliz, hay que desear o esperar el fallecimiento de alguien; y la muerte no sigue todos los proyectos que hacemos.

FROSINA.— ¿Se burla usted? Usted no se casa con él sino con la condición de que la deje viuda pronto; y eso debe ser uno de los artículos del contrato. Sería muy impertinente no morirse en tres meses. Aquí está en persona.

MARIANA.— ¡Ay, Frosina, qué figura!

EscenaIXHARPAGÓN, MARIANA, FROSINA

HARPAGÓN, a Mariana.— No se ofenda, bella mía, si vengo ante usted con lentes. Sé que sus encantos hieren bastante los ojos, son bastante visibles por sí mismos, y que no hacen falta lentes para percibirlos; pero en fin, es con lentes como se observan los astros; y yo sostengo y garantizo que usted es un astro, pero un astro, el más bello astro que hay en el país de los astros. Frosina, ella no responde palabra, y no muestra, me parece, ninguna alegría de verme.

FROSINA.— Es que todavía está sorprendida; y, además, las muchachas siempre tienen vergüenza de mostrar de entrada lo que tienen en el alma.

HARPAGÓN, a Frosina.— Tienes razón. (a Mariana.) He aquí, bella preciosidad, mi hija que viene a saludarla.

Escena10HARPAGÓN, ELISA, MARIANA, FROSINA

MARIANA.— Cumplo muy tarde, señora, con semejante visita.

ELISA.— Ha hecho usted, señora, lo que yo debía hacer, y era a mí a quien correspondía adelantarme.

HARPAGÓN.— Ve usted que es alta; pero la mala hierba siempre crece.

MARIANA, bajo, a Frosina.— ¡Oh, qué hombre tan desagradable!

HARPAGÓN, bajo, a Frosina.— ¿Qué dice la bella?

FROSINA.— Que lo encuentra a usted admirable.

HARPAGÓN.— Es demasiado honor el que me hace, adorable preciosidad.

MARIANA, aparte.— ¡Qué animal!

HARPAGÓN.— Le estoy muy agradecido por esos sentimientos.

MARIANA, aparte.— Ya no puedo más.

EscenaXIHARPAGÓN, MARIANA, ELISA, CLEANTO, VALERIO, FROSINA, BRINDAVOINE

HARPAGÓN.— He aquí también mi hijo que viene a hacerle la reverencia.

MARIANA, bajo, a Frosina.— ¡Ah, Frosina, qué encuentro! ¡Es justamente aquel del que te he hablado!

FROSINA, a Mariana.— La aventura es maravillosa.

HARPAGÓN.— Veo que se asombran de verme con hijos tan grandes; pero pronto me desharé de uno y de otro.

CLEANTO, a Mariana.— Señora, a decir verdad, esta es una aventura con la que, sin duda, yo no contaba; y mi padre no me ha sorprendido poco cuando me ha dicho hace un momento el designio que había formado.

MARIANA.— Puedo decir lo mismo. Es un encuentro imprevisto que me ha sorprendido tanto como a usted; y no estaba preparada para semejante aventura.

CLEANTO.— Es verdad que mi padre, señora, no puede hacer una elección más hermosa, y que es para mí una alegría sensible el honor de verla; pero, con todo eso, no le aseguraré que me regocijo del designio en que usted podría estar de convertirse en mi madrastra. El cumplido, se lo confieso, es demasiado difícil para mí; y es un título, si le parece, que no le deseo. Este discurso parecerá brutal a los ojos de algunos; pero estoy seguro de que usted será persona para tomarlo como es debido; de que es un matrimonio, señora, en el que usted se imagina bien que debo tener repugnancia; que no ignora usted, sabiendo lo que soy, cómo choca con mis intereses, y que quiere usted bien en fin que le diga, con el permiso de mi padre, que, si las cosas dependieran de mí, esta boda no se haría.

HARPAGÓN.— ¡Vaya un cumplido impertinente! ¡Vaya hermosa confesión que hacerle!

MARIANA.— Y yo, para responderle, he de decirle que las cosas están muy igualadas; y que si a usted le repugnaría verme su madrastra, a mí no me repugnaría menos, sin duda, verle a usted mi hijastro. No crea, se lo ruego, que soy yo quien busca darle esta inquietud. Me dolería mucho causarle disgusto; y si no me viera forzada por una autoridad absoluta, le doy mi palabra de que no consentiré en el matrimonio que lo contraria.

HARPAGÓN.— Tiene razón. A cumplido necio, respuesta de la misma especie. Le pido perdón, hermosa mía, por la impertinencia de mi hijo; es un joven tonto que no sabe todavía el alcance de las palabras que dice.

MARIANA.— Le prometo que lo que me ha dicho no me ha ofendido en absoluto; al contrario, me ha complacido que me explique así sus verdaderos sentimientos. Me gusta de él una confesión semejante; y si hubiera hablado de otra manera, lo estimaría mucho menos.

HARPAGÓN.— Es mucha bondad de su parte querer así excusar sus faltas. El tiempo lo hará más sensato, y verá que cambiará de sentimientos.

CLEANTO.— No, padre mío, no soy capaz de cambiar, y ruego encarecidamente a la señora que lo crea.

HARPAGÓN.— ¡Pero miren qué extravagancia! Continúa todavía con más fuerza.

CLEANTO.— ¿Quiere que traicione mi corazón?

HARPAGÓN.— ¡Otra vez! ¿Tiene ganas de cambiar de discurso?

CLEANTO.— Está bien, ya que quiere que hable de otra manera, permita, señora, que me ponga aquí en el lugar de mi padre, y que le confiese que no he visto en el mundo nada tan encantador como usted; que no concibo nada igual a la dicha de agradarle, y que el título de su esposo es una gloria, una felicidad que preferiría a los destinos de los más grandes príncipes de la tierra. Sí, señora, la dicha de poseerla es, a mis ojos, la más hermosa de todas las fortunas; es donde pongo toda mi ambición. No hay nada que no sea capaz de hacer por una conquista tan preciosa; y los obstáculos más poderosos…

HARPAGÓN.— Despacio, hijo mío, haga el favor.

CLEANTO.— Es un cumplido que le hago por usted a la señora.

HARPAGÓN.— ¡Dios mío!, tengo lengua para explicarme yo mismo, y no necesito un intérprete como tú. Vamos, traigan sillas.

FROSINA.— No; es mejor que nos vayamos ahora mismo a la feria, para volver más pronto y tener después todo el tiempo de conversar.

HARPAGÓN, a Brindavoine.— Que enganchen los caballos a la carroza.

EscenaXIIHARPAGÓN, MARIANA, ELISA, CLEANTO, VALERIO, FROSINA

HARPAGÓN, a Mariana.— Le ruego que me excuse, hermosa mía, si no he pensado en darle un pequeño refrigerio antes de partir.

CLEANTO.— Yo me he encargado, padre mío, y he hecho traer aquí unas fuentes de naranjas de la China, de limones dulces y de confituras, que he mandado buscar de su parte.

HARPAGÓN, bajo, a Valerio.— ¡Valerio!

VALERIO, a Harpagón.— Ha perdido el juicio.

CLEANTO.— ¿Es que encuentra, padre mío, que no es bastante? La señora tendrá la bondad de excusarlo, haga el favor.

MARIANA.— Es algo que no era necesario.

CLEANTO.— ¿Ha visto usted jamás, señora, un diamante más vivo que el que ve que mi padre lleva en el dedo?

MARIANA.— Es verdad que brilla mucho.

CLEANTO, quitándole a su padre el diamante del dedo y dándoselo a Mariana.— Tiene que verlo de cerca.

MARIANA.— Es muy hermoso, sin duda, y arroja cantidad de destellos.

CLEANTO, poniéndose delante de Mariana, que quiere devolver el diamante.— No, señora, está en manos demasiado hermosas. Es un regalo que mi padre le hace.

HARPAGÓN.— ¡Yo!

CLEANTO.— ¿No es verdad, padre mío, que quiere que la señora lo guarde por amor a usted?

HARPAGÓN, bajo, a su hijo.— ¿Cómo?

CLEANTO, a Mariana.— ¡Hermosa pregunta! Me hace señas de que se lo haga aceptar.

MARIANA.— No quiero…

CLEANTO, a Mariana.— ¿Se burla? No piensa recuperarlo.

HARPAGÓN, aparte.— ¡Me enfurece!

MARIANA.— Sería…

CLEANTO, impidiendo siempre que Mariana devuelva el anillo.— No, le digo, es ofenderlo.

MARIANA.— Por favor.

CLEANTO.— De ninguna manera.

HARPAGÓN, aparte.— ¡La peste sea…!

CLEANTO.— Ya ve que se escandaliza de su rechazo.

HARPAGÓN, bajo, a su hijo.— ¡Ah, traidor!

CLEANTO, a Mariana.— Ve que se desespera.

HARPAGÓN, bajo, a su hijo, amenazándolo.— ¡Canalla!

CLEANTO.— Padre mío, no es culpa mía. Hago lo que puedo para obligarla a guardarlo; pero es obstinada.

HARPAGÓN, bajo, a su hijo, amenazándolo.— ¡Bribón!

CLEANTO.— Usted tiene la culpa, señora, de que mi padre me riña.

HARPAGÓN, bajo, a su hijo, con los mismos gestos.— ¡Pícaro!

CLEANTO, a Mariana.— Lo hará caer enfermo. Por favor, señora, no resista más.

FROSINA, a Mariana.— ¡Dios mío, cuántos melindres! Guarde el anillo, ya que el señor lo quiere.

MARIANA, a Harpagón.— Para no ponerlo en cólera, lo guardo ahora, y tomaré otro momento para devolvérselo.

EscenaXIIIHARPAGÓN, MARIANA, ELISA, CLEANTO, VALERIO, FROSINA, BRINDAVOINE

BRINDAVOINE.— Señor, hay ahí un hombre que quiere hablarle.

HARPAGÓN.— Dile que estoy ocupado y que vuelva en otro momento.

BRINDAVOINE.— Dice que le trae dinero.

HARPAGÓN.— Les pido perdón. Vuelvo enseguida.

EscenaXIVHARPAGÓN, MARIANA, ELISA, CLEANTO, VALERIO, FROSINA, LA MERLUCHE

LA MERLUCHE, corriendo y haciendo caer a Harpagón.— ¡Señor…!

HARPAGÓN.— ¡Ay, estoy muerto!

CLEANTO.— ¿Qué pasa, padre mío? ¿Se ha hecho daño?

HARPAGÓN.— El traidor seguramente ha recibido dinero de mis deudores para hacerme romper el cuello.

VALERIO, a Harpagón.— No será nada.

LA MERLUCHE, a Harpagón.— Señor, le pido perdón; creí hacer bien acudiendo deprisa.

HARPAGÓN.— ¿Qué vienes a hacer aquí, canalla?

LA MERLUCHE.— A decirle que sus dos caballos están desherrados.

HARPAGÓN.— Que los lleven rápidamente donde el herrador.

CLEANTO.— Mientras los hierran, haré por usted, padre mío, los honores de su casa, y conduciré a la señora al jardín, donde haré llevar el refrigerio.

EscenaXVHARPAGÓN, VALERIO

HARPAGÓN.— Valerio, échale un ojo a todo esto, y procura, te lo ruego, salvarme lo más que puedas para devolverlo al comerciante.

VALERIO.— Descuide.

HARPAGÓN, solo.— ¡Oh, hijo impertinente! ¿Acaso quieres arruinarme?

FIN DEL ACTO TERCERO.

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