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Acto cuarto

El avaro · Molière · 15 min de lectura

EscenaICLEANTO, MARIANA, ELISA, FROSINA

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CLEANTO.— Entremos aquí; estaremos mucho mejor. Ya no hay nadie sospechoso alrededor y podemos hablar libremente.

ELISA.— Sí, señora, mi hermano me ha confiado la pasión que siente por usted. Sé las penas y los disgustos que pueden causar semejantes contrariedades; y es, se lo aseguro, con una ternura extrema, que me intereso en su aventura.

MARIANA.— Es un dulce consuelo ver en sus intereses a una persona como usted; y le ruego, señora, que me guarde siempre esa generosa amistad, tan capaz de endulzarme las crueldades de la fortuna.

FROSINA.— Son ustedes, a fe mía, unos desdichados el uno y el otro, por no haberme advertido, antes que todo esto, de su asunto. Yo les habría, sin duda, evitado esta inquietud, y no habría llevado las cosas adonde se ve que están.

CLEANTO.— ¿Qué quieres? Es mi mala suerte la que lo ha querido así. Pero, bella Mariana, ¿cuáles son tus resoluciones?

MARIANA.— ¡Ay! ¿Estoy yo en poder de tomar resoluciones? Y, en la dependencia en que me veo, ¿puedo hacer más que deseos?

CLEANTO.— ¿Ningún otro apoyo para mí en tu corazón que simples deseos? ¿Ninguna piedad oficiosa? ¿Ninguna bondad socorredora? ¿Ninguna afección actuante?

MARIANA.— ¿Qué podría decirte? Ponte en mi lugar, y mira lo que puedo hacer. Considera, ordena tú mismo: me remito a ti; y te creo demasiado razonable para querer exigir de mí más que lo que me puede ser permitido por el honor y la decencia.

CLEANTO.— ¡Ay! ¿Adónde me reduces al remitirme a lo que me permitan los enojosos sentimientos de un riguroso honor y de una escrupulosa decencia?

MARIANA.— Pero ¿qué quieres que haga? Aunque pudiera pasar por alto una cantidad de miramientos a los que nuestro sexo está obligado, tengo consideración por mi madre. Ella me ha criado siempre con una ternura extrema, y no sabría resolverme a darle disgusto. Actúa, obra cerca de ella; emplea todos tus esfuerzos en ganar su ánimo. Puedes hacer y decir todo lo que quieras; te doy licencia; y, si no hace falta más que declararme en tu favor, bien quiero consentir en hacerle yo misma una confesión de todo lo que siento por ti.

CLEANTO.— Frosina, mi pobre Frosina, ¿querrías servirnos?

FROSINA.— A fe mía, ¿hace falta preguntarlo? Lo querría con todo mi corazón. Sabéis que, por naturaleza, soy bastante humana. El cielo no me ha hecho el alma de bronce, y tengo demasiada ternura para hacer pequeños servicios, cuando veo gente que se ama en todo bien y en todo honor. ¿Qué podríamos hacer en esto?

CLEANTO.— Piensa un poco, te lo ruego.

MARIANA.— Ábrenos luces.

ELISA.— Encuentra alguna invención para romper lo que has hecho.

FROSINA.— Esto es bastante difícil. (A Mariana.) En cuanto a vuestra madre, no es del todo irrazonable, y quizá se la podría ganar y resolver a transferir al hijo el don que quiere hacer al padre. (A Cleanto.) Pero el mal que encuentro en ello es que tu padre es tu padre.

CLEANTO.— Eso se entiende.

FROSINA.— Quiero decir que conservará resentimiento si se muestra que se le rechaza, y que no estará de humor después para dar su consentimiento a vuestro matrimonio. Habría que lograr, para hacerlo bien, que el rechazo viniera de él mismo, e intentar, por algún medio, disgustarlo de vuestra persona.

CLEANTO.— Tienes razón.

FROSINA.— Sí, tengo razón, lo sé bien. Eso es lo que haría falta, pero el diablo está en poder encontrar los medios. Esperad: si tuviéramos alguna mujer algo entrada en años que fuera de mi talento, y actuara bastante bien para hacerse pasar por una dama de calidad, por medio de un séquito preparado a toda prisa y de un nombre raro de marquesa o de vizcondesa, que supondríamos de la Baja Bretaña, tendría yo bastante habilidad para hacer creer a vuestro padre que sería una persona rica, además de sus casas, de cien mil escudos en dinero contante; que estaría perdidamente enamorada de él, y desearía verse su esposa, hasta darle todo su bien por contrato de matrimonio; y no dudo que prestara oído a la proposición. Porque, en fin, os ama mucho, lo sé, pero ama un poco más el dinero; y cuando, deslumbrado por ese señuelo, hubiera consentido una vez en lo que os toca, importaría poco después que se desengañara, al querer ver claros los efectos de nuestra marquesa.

CLEANTO.— Todo eso está muy bien pensado.

FROSINA.— Dejadme hacer. Acabo de acordarme de una de mis amigas que será nuestro asunto.

CLEANTO.— Ten la seguridad, Frosina, de mi reconocimiento, si logras el asunto. Pero, encantadora Mariana, comencemos, os lo ruego, por ganar a vuestra madre; siempre es mucho hacer romper este matrimonio. Haced de vuestra parte, os lo suplico, todos los esfuerzos que os sean posibles. Servíos de todo el poder que os da sobre ella esa amistad que tiene por vos. Desplegad sin reserva las gracias elocuentes, los encantos todopoderosos que el cielo ha colocado en vuestros ojos y en vuestra boca; y no olvidéis nada, os lo ruego, de esas tiernas palabras, de esas dulces súplicas, y de esas caricias conmovedoras a las que estoy persuadido de que no se sabría negar nada.

MARIANA.— Haré todo lo que pueda, y no olvidaré nada.

EscenaIIHARPAGÓN, CLEANTO, MARIANA, ELISA, FROSINA

HARPAGÓN, aparte, sin ser visto.— ¡Vaya! Mi hijo besa la mano de su pretendida madrastra; ¡y su pretendida madrastra no se defiende mucho! ¿Habrá algún misterio ahí debajo?

ELISA.— Ahí está mi padre.

HARPAGÓN.— La carroza está lista; pueden partir cuando gusten.

CLEANTO.— Puesto que usted no va, padre, voy a conducirlas yo.

HARPAGÓN.— No: quédate. Ellas irán bien solas, y te necesito.

EscenaIIIHARPAGÓN, CLEANTO

HARPAGÓN.— Bueno, interés de madrastra aparte, ¿qué te parece, a ti, de esa persona?

CLEANTO.— ¿Lo que me parece?

HARPAGÓN.— Sí, de su aire, de su talle, de su belleza, de su ingenio.

CLEANTO.— Así así.

HARPAGÓN.— ¿Pero todavía?

CLEANTO.— Hablándole francamente, no la he encontrado aquí lo que la había creído. Su aire es de franca coqueta, su talle es bastante torpe, su belleza muy mediocre, y su ingenio de los más comunes. No crea que sea, padre, para disgustársela; pues, madrastra por madrastra, me gusta tanto ésa como otra.

HARPAGÓN.— Le decías hace un momento sin embargo…

CLEANTO.— Le dije algunas palabras dulces en su nombre, pero era para complacerle.

HARPAGÓN.— ¿Así que no sentirías inclinación por ella?

CLEANTO.— ¿Yo? En absoluto.

HARPAGÓN.— Lo lamento, porque eso echa por tierra una idea que se me había ocurrido. Al verla aquí, he reflexionado sobre mi edad; y he pensado que podrán criticarme por casarme con una persona tan joven. Esta consideración me hacía abandonar el propósito; y como la he mandado pedir, y tengo un compromiso de palabra con ella, te la habría dado a ti, de no ser por la aversión que muestras.

CLEANTO.— ¿A mí?

HARPAGÓN.— A ti.

CLEANTO.— ¿En matrimonio?

HARPAGÓN.— En matrimonio.

CLEANTO.— Escuche. Es verdad que no es mucho de mi gusto; pero, para complacerle, padre, me decidiré a casarme con ella, si usted quiere.

HARPAGÓN.— Yo soy más razonable de lo que piensas. No quiero forzar tu inclinación.

CLEANTO.— Perdóneme; haré ese esfuerzo por amor a usted.

HARPAGÓN.— No, no. Un matrimonio no puede ser feliz donde no hay inclinación.

CLEANTO.— Es algo, padre, que quizá vendrá después; y dicen que el amor es a menudo un fruto del matrimonio.

HARPAGÓN.— No. Por parte del hombre, no se debe arriesgar el asunto; y son consecuencias enojosas en las que no voy a meterme. Si hubieras sentido alguna inclinación por ella, bueno; te la habría hecho desposar, en lugar de mí; pero, no siendo así, seguiré mi primer propósito, y me casaré yo mismo con ella.

CLEANTO.— ¡Pues bien! Padre, puesto que las cosas son así, debo descubrirle mi corazón; debo revelarle nuestro secreto. La verdad es que la amo desde el día en que la vi en un paseo; que mi propósito hace un rato era pedírsela a usted como esposa; y que nada me ha retenido sino la declaración de sus sentimientos, y el temor de disgustarle.

HARPAGÓN.— ¿Le ha hecho usted visitas?

CLEANTO.— Sí, padre.

HARPAGÓN.— ¿Muchas veces?

CLEANTO.— Bastantes para el tiempo que hace.

HARPAGÓN.— ¿Le han recibido bien?

CLEANTO.— Muy bien, pero sin saber quién era yo; y eso es lo que ha causado hace un rato la sorpresa de Mariana.

HARPAGÓN.— ¿Le ha declarado su pasión, y su propósito de casarse con ella?

CLEANTO.— Sin duda, e incluso había dado algún indicio de ello a su madre.

HARPAGÓN.— ¿Ha escuchado ella, por su hija, su proposición?

CLEANTO.— Sí, muy civilmente.

HARPAGÓN.— ¿Y la hija corresponde mucho a su amor?

CLEANTO.— Si debo creer las apariencias, me persuado, padre, de que siente alguna bondad hacia mí.

HARPAGÓN, bajo, a Valerio.— Me alegro mucho de haber conocido tal secreto; y eso es justo lo que quería saber. (Alto.) Ahora bien, hijo mío, ¿sabe lo que hay? Que debe pensar, si le parece, en desprenderse de su amor, en cesar todas sus pretensiones hacia una persona que yo quiero para mí, y en casarse pronto con la que le han destinado.

CLEANTO.— ¡Sí, padre; así es como me juega usted! ¡Pues bien! Ya que las cosas han llegado a este punto, le declaro que no renunciaré a la pasión que siento por Mariana; que no hay extremo al que no me abandone para disputarle su conquista; y que, si usted cuenta con el consentimiento de una madre, yo tendré otros apoyos, quizá, que lucharán por mí.

HARPAGÓN.— ¡Cómo, granuja! ¡Tienes la audacia de meterte en mi terreno!

CLEANTO.— Es usted quien se mete en el mío, y yo estuve primero.

HARPAGÓN.— ¿No soy tu padre? ¿Y no me debes respeto?

CLEANTO.— Estas no son cosas en las que los hijos estén obligados a deferir a los padres, y el amor no conoce a nadie.

HARPAGÓN.— Te haré conocerme bien con buenos golpes de bastón.

CLEANTO.— Todas sus amenazas no harán nada.

HARPAGÓN.— Renunciarás a Mariana.

CLEANTO.— En absoluto.

HARPAGÓN.— Traedme un bastón ahora mismo.

EscenaIVHARPAGÓN, CLEANTO, MAESE SANTIAGO

MAESE SANTIAGO.— ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! Señores, ¿qué es esto? ¿En qué piensan?

CLEANTO.— Me burlo de eso.

MAESE SANTIAGO, a Cleanto.— ¡Ah! Señor, despacio.

HARPAGÓN.— ¡Hablarme con tal impudencia!

MAESE SANTIAGO, a Harpagón.— ¡Ah! Señor, por favor.

CLEANTO.— No cederé en esto.

MAESE SANTIAGO, a Cleanto.— ¿Cómo! ¿A su padre?

HARPAGÓN.— Déjame hacer.

MAESE SANTIAGO, a Harpagón.— ¿Cómo! ¿A su hijo? Pase todavía conmigo.

HARPAGÓN.— Quiero hacerte a ti mismo, maese Santiago, juez de este asunto, para demostrar que tengo razón.

MAESE SANTIAGO.— Consiento. (A Cleanto.) Aléjese un poco.

HARPAGÓN.— Amo a una muchacha con la que quiero casarme; y el granuja tiene la insolencia de amarla al mismo tiempo que yo, y de pretenderla a pesar de mis órdenes.

MAESE SANTIAGO.— ¡Ah! Tiene la culpa.

HARPAGÓN.— ¿No es una cosa espantosa, un hijo que quiere competir con su padre? ¿Y no debe, por respeto, abstenerse de tocar mis inclinaciones?

MAESE SANTIAGO.— Tiene usted razón. Déjeme hablarle, y quédese ahí.

CLEANTO, a maese Santiago, que se acerca a él.— ¡Pues bien! Sí, puesto que quiere elegirte como juez, no retrocedo; no me importa quién sea; y también quiero remitirme a ti, maese Santiago, sobre nuestro diferendo.

MAESE SANTIAGO.— Es un gran honor que me hace.

CLEANTO.— Estoy enamorado de una joven que corresponde a mis deseos, y acoge tiernamente las ofrendas de mi fe; y a mi padre se le ocurre venir a turbar nuestro amor, con la petición que manda hacer de ella.

MAESE SANTIAGO.— Sin duda tiene la culpa.

CLEANTO.— ¿No le da vergüenza, a su edad, pensar en casarse? ¿Le sienta bien estar todavía enamorado? ¿Y no debería dejar esa ocupación a los jóvenes?

MAESE SANTIAGO.— Tiene usted razón. Se burla. Déjeme decirle dos palabras. (A Harpagón.) ¡Pues bien! Su hijo no es tan raro como usted dice, y entra en razón. Dice que conoce el respeto que le debe; que sólo se dejó llevar en el primer arranque, y que no se negará a someterse a lo que usted guste, con tal de que usted quiera tratarle mejor de lo que lo hace, y darle en matrimonio alguna persona de la que tenga motivo para estar contento.

HARPAGÓN.— ¡Ah! Dile, Maese Santiago, que con eso puede esperarlo todo de mí, y que, salvo Mariana, le dejo la libertad de elegir a la que quiera.

MAESE SANTIAGO.— Déjeme hacer. (A Cleanto.) ¡Vamos! Su padre no es tan poco razonable como usted lo pinta, y me ha manifestado que son sus arrebatos los que lo han puesto furioso; que solo le reprocha su manera de actuar, y que estará muy dispuesto a concederle lo que desea, con tal de que usted se conduzca con dulzura y le muestre las deferencias, el respeto y la sumisión que un hijo debe a su padre.

CLEANTO.— ¡Ah, Maese Santiago, puedes asegurarle que, si me concede a Mariana, me verá siempre como el más sumiso de los hombres, y que jamás haré cosa alguna que no sea según su voluntad!

MAESE SANTIAGO, a Harpagón.— Está hecho. Consiente en lo que usted dice.

HARPAGÓN.— Esto marcha de maravilla.

MAESE SANTIAGO, a Cleanto.— Todo arreglado; está contento con sus promesas.

CLEANTO.— ¡El cielo sea loado!

MAESE SANTIAGO.— Señores, no tienen más que hablar entre ustedes; ya están de acuerdo; y estaban a punto de reñir por no entenderse.

CLEANTO.— Mi pobre Maese Santiago, te estaré agradecido toda mi vida.

MAESE SANTIAGO.— No hay de qué, señor.

HARPAGÓN.— Me has dado gusto, Maese Santiago; y eso merece una recompensa. (Harpagón se lleva la mano al bolsillo; Maese Santiago tiende la mano; pero Harpagón sólo saca su pañuelo, y dice:) Anda, me acordaré, te lo aseguro.

MAESE SANTIAGO.— Le beso las manos.

EscenaVHARPAGÓN, CLEANTO

CLEANTO.— Le pido perdón, padre, por el arrebato que he tenido.

HARPAGÓN.— No es nada.

CLEANTO.— Le aseguro que lo lamento muchísimo.

HARPAGÓN.— Y yo tengo toda la alegría del mundo al verte sensato.

CLEANTO.— ¡Qué bondad la suya al olvidar tan pronto mi falta!

HARPAGÓN.— Se olvidan fácilmente las faltas de los hijos cuando vuelven al buen camino.

CLEANTO.— ¡Cómo! ¿No guardar ningún resentimiento por todas mis extravagancias?

HARPAGÓN.— Es algo a lo que me obligas, con la sumisión y el respeto que ahora muestras.

CLEANTO.— Le prometo, padre, que hasta la tumba conservaré en mi corazón el recuerdo de sus bondades.

HARPAGÓN.— Y yo te prometo que no habrá cosa alguna que no obtengas de mí.

CLEANTO.— ¡Ah, padre, ya no le pido nada más; y me ha dado bastante con darme a Mariana!

HARPAGÓN.— ¿Cómo?

CLEANTO.— Digo, padre, que estoy más que contento con usted, y que lo encuentro todo en la bondad que tiene de concederme a Mariana.

HARPAGÓN.— ¿Quién habla de concederte a Mariana?

CLEANTO.— Usted, padre.

HARPAGÓN.— ¿Yo?

CLEANTO.— Sin duda.

HARPAGÓN.— ¡Cómo! Eres tú quien ha prometido renunciar a ella.

CLEANTO.— ¿Yo, renunciar?

HARPAGÓN.— Sí.

CLEANTO.— En absoluto.

HARPAGÓN.— ¿No has desistido de pretenderla?

CLEANTO.— Al contrario, estoy más resuelto que nunca.

HARPAGÓN.— ¡Cómo, bribón, otra vez!

CLEANTO.— Nada puede hacerme cambiar.

HARPAGÓN.— Déjame hacer, traidor.

CLEANTO.— Haga todo lo que le plazca.

HARPAGÓN.— Te prohíbo que me veas jamás.

CLEANTO.— Enhorabuena.

HARPAGÓN.— Te abandono.

CLEANTO.— Abandone.

HARPAGÓN.— Te reniego como hijo.

CLEANTO.— Sea.

HARPAGÓN.— Te deshheredo.

CLEANTO.— Lo que usted quiera.

HARPAGÓN.— Y te doy mi maldición.

CLEANTO.— No necesito nada suyo.

EscenaVICLEANTO, LA FLECHA

LA FLECHA, saliendo del jardín con una cajita.— ¡Ah, señor, qué bien que lo encuentro! Sígame rápido.

CLEANTO.— ¿Qué pasa?

LA FLECHA.— Sígame, le digo; estamos de suerte.

CLEANTO.— ¿Cómo?

LA FLECHA.— Aquí está su asunto.

CLEANTO.— ¿Qué?

LA FLECHA.— He estado vigilando esto todo el día.

CLEANTO.— ¿Qué es?

LA FLECHA.— El tesoro de su padre, que he pescado.

CLEANTO.— ¿Cómo lo has hecho?

LA FLECHA.— Ya se lo contaré todo. ¡Escapémonos; lo oigo gritar!

EscenaVIIHARPAGÓN, solo, gritando ¡al ladrón! desde el jardín, y viniendo sin sombrero

¡Al ladrón! ¡al ladrón! ¡al asesino! ¡al criminal! ¡Justicia, justo cielo! ¡Estoy perdido, estoy asesinado; me han degollado: me han robado mi dinero! ¿Quién puede ser? ¿Qué se ha hecho? ¿Dónde está? ¿Dónde se esconde? ¿Qué haré para encontrarlo? ¿Adónde correr? ¿Adónde no correr? ¿No está allí? ¿No está aquí? ¿Quién es? ¡Alto! (A sí mismo, agarrándose del brazo.) Devuélveme mi dinero, bribón... ¡Ah, soy yo! Tengo el espíritu turbado, e ignoro dónde estoy, quién soy y qué hago. ¡Ay, mi pobre dinero, mi pobre dinero, mi querido amigo! Me han privado de ti; y puesto que me has sido arrebatado, he perdido mi sostén, mi consuelo, mi alegría: todo ha terminado para mí, y ya no tengo nada que hacer en el mundo. Sin ti, me es imposible vivir. Se acabó; no puedo más; me muero; estoy muerto; estoy enterrado. ¿No hay nadie que quiera resucitarme, devolviéndome mi querido dinero, o diciéndome quién lo ha cogido? ¿Eh? ¿Qué dice? No hay nadie. Hace falta, sea quien sea el que ha dado el golpe, que con mucho cuidado haya espiado la hora; y han elegido justamente el momento en que yo hablaba con mi traidor de hijo. Salgamos. Quiero ir a buscar la justicia y hacer dar tormento a toda mi casa; a criadas, a criados, a hijo, a hija, y a mí también. ¡Cuánta gente reunida! No poso la mirada en nadie que no me dé sospechas, y todo me parece mi ladrón. ¡Eh! ¿De qué hablan ahí? ¿Del que me ha robado? ¿Qué ruido hacen allá arriba? ¿Está ahí mi ladrón? Por favor, si alguien sabe noticias de mi ladrón, le suplico que me las diga. ¿No está escondido ahí entre ustedes? Todos me miran y se echan a reír. Verán que tienen parte, sin duda, en el robo que me han hecho. ¡Vamos, pronto, comisarios, alguaciles, prebostes, jueces, potros, horcas y verdugos! Quiero hacer colgar a todo el mundo; y si no encuentro mi dinero, me colgaré yo mismo después.

FIN DEL CUARTO ACTO.

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