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Libro séptimo

De los beneficios · Séneca · 44 min de lectura

Libro séptimo.

I. Quiero, mi querido Liberal, que tengas buen ánimo: tenemos tierra entre las manos. No te voy a retener aquí con un largo poema, rodeos y largos preámbulos. Lo que queda lo reúne este libro, y, agotada ya la materia, miro a mi alrededor no qué decir, sino qué no he dicho. Sin embargo, tomarás a bien lo que sobre, puesto que te ha sobrado a ti. Si hubiera querido regalarme el oído, la obra debería haber crecido poco a poco, y reservar para el final aquella parte que cualquiera apetecería incluso saciado. Pero lo más necesario lo amontoné al principio: ahora recojo lo que se me escapó. Y, si me preguntas, no creo que importe demasiado para el asunto en qué lugar se digan las cosas que rigen las costumbres; perseguir el resto, que se ha inventado no para remediar el alma sino para ejercitar el ingenio. Pues Demetrio el Cínico, varón grande a mi juicio, incluso si se le compara con los más grandes, suele decir excelentemente esto: «Más provecho sacas si retienes pocos preceptos de sabiduría, pero los tienes a mano y los usas, que si has aprendido muchos, pero no los tienes al alcance. Así como, dice, es gran luchador no el que ha aprendido todos los números y agarres, cuyo uso es raro bajo el adversario, sino el que se ha ejercitado bien y diligentemente en uno o dos, y espera atento las ocasiones de estos: pues no importa cuánto sepa, si sabe lo suficiente para vencer; así en este estudio muchas cosas deleitan, pocas vencen. Aunque no sepas qué razón derrama y retira el Océano; por qué cada séptimo año imprime una marca en la edad; por qué la anchura de un pórtico, vista desde lejos, no guarda su proporción, sino que los extremos se juntan en estrecheces y los intervalos de las últimas columnas se unen; qué es lo que separa el concepto de los gemelos, pero junta el parto; si una sola unión se dispersa en dos, o fueron concebidos dos veces; por qué los nacidos a la vez tienen destinos distintos, y están separados por enormes espacios de acontecimientos cuando entre sus nacimientos hay mínimo intervalo. No te dañará mucho haber pasado por alto lo que ni se puede saber ni aprovecha. La verdad está envuelta y escondida en lo profundo. Ni podemos quejarnos de la mezquindad de la naturaleza: porque no hay cosa difícil de hallar, salvo aquella cuyo único fruto de haberla hallado es haberla hallado. Todo lo que va a hacernos mejores y felices, o lo puso a la vista o lo puso cerca. Si el alma ha despreciado lo fortuito, si se ha elevado sobre el miedo, y no abarca con ávida esperanza lo infinito, sino que ha aprendido a buscar en sí misma las riquezas; si ha expulsado el temor de dioses y hombres, y sabe que del hombre no hay mucho que temer, de Dios nada; si, despreciadora de todas las cosas con que se atormenta la vida mientras se adorna, ha llegado a este punto, que le quede claro que la muerte no es materia de ningún mal, sino fin de muchos; si ha consagrado el alma a la virtud, y piensa que, por donde quiera que ella llame, es llano; si, animal social y nacido para lo común, contempla el mundo como la única casa de todos, y abre su conciencia a los dioses, y vive siempre como en público, temiéndose más a sí mismo que a los otros: esa alma, sustraída a las tempestades, se ha plantado en lo sólido y sereno, y ha consumado la ciencia útil y necesaria; lo demás son entretenimientos del ocio. Pues aunque el alma ya se haya retirado a lugar seguro, puede también hacer excursiones a estas cosas, que aportan ornato, no robustez, a los ingenios».

II. Nuestro Demetrio ordena al que progresa que tenga esto con ambas manos; que nunca lo suelte, antes bien, que lo fije y lo haga parte de sí, y mediante la meditación cotidiana llegue a este punto, que lo saludable acuda por su propia cuenta, y esté presente en todas partes y al instante lo deseado, y sin ninguna demora venga aquella distinción de lo torpe y lo honesto, y sepa que no hay mal alguno sino lo torpe, ni bien alguno sino lo honesto. Que según esta regla distribuya las ocupaciones de la vida; según esta ley haga todas las cosas y las juzgue; y tenga por los más miserables de los mortales, en cualesquiera riquezas resplandezcan, a los entregados al vientre y a la lujuria, cuya alma se entorpece con el ocio inerte. Que se diga a sí mismo: el placer es frágil, breve, expuesto al hastío; cuanto más ávidamente se apura, más pronto recae en lo contrario, del cual una y otra vez es necesario que se arrepienta o que se avergüence. En él no hay nada magnífico, ni que convenga a la naturaleza del hombre, próxima a los dioses: cosa humilde, que viene mediante el servicio de miembros torpes y viles, de final sucio. Ese es el placer digno del hombre y del varón, no llenar el cuerpo, ni cebarlo, ni irritar los deseos, cuya quietud es lo más seguro: sino carecer de perturbación, tanto de aquella que la ambición de los hombres que riñen entre sí sacude, como de aquella que viene intolerable desde lo alto, cuando se ha creído en las historias sobre los dioses, y los hemos juzgado según nuestros vicios. Este placer, igual, intrépido, que nunca sentirá hastío de sí mismo, lo recibe aquel a quien damos forma en este momento; quien, por así decir, experto en el derecho divino y humano, goza de lo presente, no pende de lo futuro; pues nada firme tiene quien se inclina a lo incierto. Así pues, libre de grandes cuidados, y de los que tuercen la mente, nada espera ni desea, ni se lanza a lo dudoso, contento con lo suyo. Y no pienses que se contenta con poco; todo es suyo, no como fue de Alejandro: a quien, aunque había estado de pie en la orilla del mar Rojo, le faltaba más que por donde había venido; ni siquiera eran suyos lo que tenía o había vencido, cuando Onesícrito, enviado como explorador, erraba en el Océano y buscaba guerras en mar desconocido. ¿No resultaba suficientemente claro que era indigente quien llevaba las armas más allá de los límites de la naturaleza? ¿Quien se arrojaba absolutamente con avidez ciega al profundo, inexplorado e inmenso? ¿Qué importa cuántos reinos arrebató, cuántos dio, cuánta tierra oprime con su tributo? Le falta tanto como desea.

III. Y esto no fue vicio solo de Alejandro, a quien su feliz temeridad empujó por las huellas de Líber y de Hércules, sino de todos a quienes la fortuna irritó colmándolos. Pasa revista a Ciro y a Cambises, y a toda la dinastía del reino persa; ¿a quién encontrarás que la saciedad haya puesto límite al imperio? ¿Quién no terminó su vida con alguna intención de avanzar más allá? Y esto no es extraño; todo lo que alcanza el deseo se traga hasta el fondo y se oculta; ni importa cuánto amontones en lo que es insaciable. Uno solo es el sabio, para quien todo es suyo, y no es difícil de defender. No tiene que enviar legados a través de los mares, ni medir campamentos en riberas hostiles, ni disponer guarniciones en fortalezas oportunas: no necesita legión, ni escuadrones de caballeros. Así como los dioses inmortales rigen sin armas el reino, y tienen desde lo alto y tranquilo la custodia de sus cosas: así este cumple sus deberes, aunque se extiendan amplísimamente, sin tumulto; y ve bajo él a todo el género humano, el más poderoso y mejor de él. Puedes reírte: es cosa de espíritu inmenso, cuando hayas contemplado con el alma el Oriente y el Occidente, adonde penetran incluso lo remoto y lo interceptado por soledades, cuando hayas visto tantos animales, tanta copia de cosas que la naturaleza derrama feracísimamente, emitir esta voz de Dios: «Todo esto es mío». Así sucede que nada desea: porque nada hay fuera de todo.

IV. «Esto mismo, dices, quería; te tengo: quiero ver cómo te liberas de estos lazos, en los que caíste voluntariamente. Dime, ¿cómo puede alguien dar un favor al sabio, si todo es del sabio? Pues también eso que le da, es suyo. Por tanto, no se le puede dar un favor al sabio: porque lo que se le da, se da de lo suyo; y sin embargo, vosotros decís que se le puede dar un favor al sabio. Y sábete que pregunto lo mismo también sobre los amigos. Decís que todo es común para ellos: luego nadie puede dar nada a un amigo: pues da lo que es común para él». Nada prohíbe que algo sea tanto del sabio como de quien lo posee, a quien le fue dado y asignado. Según el derecho civil, todo es del rey: y sin embargo, aquellas cosas cuya posesión universal pertenece al rey, están descritas en dueños particulares, y cada cosa tiene su poseedor. Por tanto, podemos dar al rey casa y esclavo y dinero: y no se dice que le damos de lo suyo. Pues el poder de todo pertenece a los reyes, la propiedad a cada uno. Llamamos Ateniense o Campano a los límites, que luego los vecinos distinguen entre sí con terminación privada; y todo el campo es de esta o de aquella república: después parte se enumera bajo su propio dueño también; y por eso podemos dar nuestros campos a la república, aunque se diga que son de ella: porque son de ella de un modo, míos de otro. ¿Acaso hay duda de que el esclavo con el peculio es del dueño? Y sin embargo, da un regalo al dueño. Pues el esclavo no por eso no tiene nada, porque no va a tener si el dueño no quisiera que lo tuviera; ni por eso no es regalo, cuando lo dio voluntariamente, porque podía ser arrebatado, aunque no quisiera. Como probamos que todo es del sabio (pues ahora está convenido entre nosotros que todo es del sabio), hay que reunir lo que se pregunta, de qué modo subsiste la materia de la liberalidad hacia aquel de quien hemos concedido que todo es suyo. Todo es del padre, lo que está en manos de los hijos: ¿quién sin embargo ignora que el hijo también da algo al padre? Todo es de los dioses: sin embargo, también hemos puesto ofrenda a los dioses, y hemos echado la limosna. Lo que tengo no deja de ser mío, si es tuyo: pues puede ser mío y tuyo lo mismo. «Aquel, dice, cuyas son las prostitutas, es proxeneta: todo sin embargo es del sabio; entre todo están también las prostitutas; luego también las prostitutas son del sabio; pero es proxeneta aquel cuyas son las prostitutas: luego el sabio es proxeneta». Así le prohíben comprar; pues dicen: «Nadie compra cosa suya: todo sin embargo es del sabio: luego el sabio nada compra». Así prohíben también pedir prestado, porque nadie paga interés por su dinero. Son innumerables las cosas con que cavilan, cuando entienden perfectamente bien qué decimos nosotros.

V. Pues así digo que todo es del sabio, de modo que sin embargo cada uno tenga el dominio propio en sus cosas: como bajo un óptimo rey el rey posee todo por el mando, cada uno por el dominio. El tiempo de probar este asunto vendrá; de momento, para esta cuestión basta esto, que lo que de un modo es del sabio, de otro mío, yo puedo dárselo al sabio. Ni es extraño que se le pueda dar algo a aquel de quien es el todo. Alquilé una casa de ti: en esta algo es tuyo, algo es mío; tuya es la cosa: mío es el uso de tu cosa. Por tanto, ni tocarás los frutos, prohibiéndolo tu colono, aunque nazcan en tu posesión: y si la cosecha fuere más cara, o hubiere hambre, en vano contemplarás el gran montón ajeno nacido en lo tuyo, puesto en lo tuyo, que irá a graneros tuyos. Ni entrarás en mi alquiler, aunque seas dueño: ni arrebatarás a tu esclavo, mi mercenario: y cuando haya alquilado de ti un carruaje, recibirás un favor si te permito sentarte en tu vehículo. Ves pues que puede ocurrir que alguien, recibiendo lo que es suyo, reciba un regalo.

VI. En todas estas cosas que acabo de referir, ambos son dueños de la misma cosa; ¿cómo? Porque uno es dueño de la cosa, otro del uso. Decimos que los libros son de Cicerón: los mismos los llama suyos Doro el librero: y ambas cosas son verdad; uno los reivindica para sí como autor, el otro como comprador: y con razón se dicen de ambos. Pues de ambos son: pero no del mismo modo; así puede Tito Livio recibir o comprar de Doro sus libros. Puedo dar al sabio lo que individualmente es mío, aunque todo sea suyo. Pues cuando posee todo con su conciencia a manera de rey; sin embargo, de cada cosa la propiedad está dispersa en cada uno; y puede recibir regalo, y deber, y comprar, y alquilar. César tiene todo, su fisco solo lo privado y suyo: y todo está en su mando, en el patrimonio lo propio. Se pregunta qué es suyo, qué no es suyo, sin disminución del mando; pues incluso eso que se le adjudica como ajeno, de otro modo es suyo. Así el sabio posee todo con el alma, por derecho y dominio lo suyo.

VII. Bión unas veces prueba con argumentos que todos son sacrílegos, otras que ninguno. Cuando va a tirar a todos del peñasco, dice: Cualquiera que tomó y consumió y volvió a su uso lo que es de los dioses, es sacrílego: todo sin embargo es de los dioses: lo que cada uno toma, pues, toma de los dioses, cuyo es todo: luego cualquiera que toma algo, es sacrílego. Después, cuando manda forzar los templos y despojar el Capitolio impunemente, dice: Ningún sacrilegio hay; porque lo que fue sustraído del lugar que era de los dioses, se transfiere a ese lugar que es de los dioses. Aquí se responde: Todo es de los dioses, pero no todo está dedicado a los dioses. En esto se observa el sacrilegio, en lo que la religión adscribió al numen. Así también, el mundo entero es templo de los dioses inmortales, solo digno por su amplitud y magnificencia de ellos: y sin embargo, lo sacro se discierne de lo profano, y no todo es lícito en el rincón al que se impuso el nombre de santuario, lo que es lícito bajo el cielo y la vista de los astros. El sacrílego no puede hacer injuria al dios: su divinidad lo puso fuera del golpe: pero se castiga, porque hizo como si al dios. Nuestra opinión y la suya lo obliga a la pena. Como pues parece sacrílego el que retira algo de lo sacro, aunque a donde quiera que haya transferido lo que robó, está dentro de los límites del mundo: así también al sabio puede hacérsele hurto. Pues se le retira no de lo que tiene universalmente, sino de lo que está inscrito como dueño, lo que le sirve individualmente. Aquella otra posesión la reconocerá, esta no querrá tener, aunque podrá: y emitirá aquella voz que un emperador romano emitió, cuando se le decretaba, por su valor y por haber llevado bien la república, tanto campo como pudiera rodear arando en un solo día: No os hace falta, dijo, tal ciudadano, al que haga falta más que a un solo ciudadano. ¿Cuánto más grande varón piensas que fue rechazar este regalo, que merecerlo? Pues muchos quitaron límites a otros, nadie se los fijó a sí.

VIII. Luego, cuando contemplamos el alma del sabio poderosa sobre todo, y enviada por el universo, decimos que todo es suyo, cuando, según este derecho cotidiano, si la cosa lo exigiere, será censado por cabeza. Mucho importa si su posesión se estima por la grandeza del alma, o por el censo: todo ese universo, de que hablas, lo aborrecerá tener. No te referiré a Sócrates, a Crisipo, a Zenón, y a otros grandes varones, más grandes porque a la alabanza de los antiguos no se opone la envidia. Hace poco referí a Demetrio: a quien me parece que la naturaleza lo trajo a nuestros tiempos, para mostrar que ni él puede ser corrompido por nosotros, ni nosotros ser corregidos por él: varón de sabiduría acabada, aunque él lo niegue, y de firme constancia en lo que se propuso; y de aquella elocuencia que conviene a las cosas muy fuertes, no concertada ni solicita de palabras, sino que con alma ingente, según lo llevó el impulso, prosigue sus asuntos. No dudo que la providencia le dio tal vida y tal facultad de hablar, para que a nuestro siglo no le faltase ni ejemplo ni reproche.

IX. A Demetrio si alguno de los dioses quisiera entregarle nuestras cosas para poseerlas bajo ley cierta, que no le sea lícito dar, afirmaría que las rechazaría, y diría: «Yo ciertamente no me ato a ese peso inextricable, ni sumerjo a este hombre expedito en el lodo profundo de las cosas. ¿Por qué me traes los males de todos los pueblos? Que ni siquiera para dar los recibiría: puesto que veo muchas cosas que no me conviene dar. Quiero poner bajo mi vista lo que deslumbra los ojos de los pueblos y de los reyes; ¿quiero contemplar los precios de la sangre y de vuestras almas? Preséntame primero los despojos del lujo: ya sea que quieras extenderlos en orden, ya sea, como es mejor, darlos en un solo montón. Veo el caparazón laborado con escrupulosa distinción, y las testas de animales feísimos y lentísimos, compradas a inmensos precios, en las cuales esa misma variedad que agrada, al ponérsele medicamentos, se colorea a semejanza de lo verdadero. Veo allí mesas, y la madera estimada por censo de senador, tanto más preciosa cuanto más la infelicidad del árbol la retorció en más nudos. Veo allí cristal, cuya fragilidad enciende el precio; pues el placer de todas las cosas, entre los ignorantes, crece con ese peligro mismo que debe ahuyentar. Veo copas de mirra: poco ciertamente habría sido el lujo a gran precio, si no compitieran entre sí sobre qué vomitar en capacísimas gemas. Veo perlas, no solas comparadas para solas orejas: pues ya las orejas ejercitadas son para llevar la carga; se juntan entre sí, y sobre ellas se sobreponen otras a las dos: no ha sujetado bastante la demencia mujeril a los varones, si no han colgado dos o tres patrimonios en cada oreja. Veo vestidos de seda, si hay que llamarlos vestidos, en los cuales nada hay con que pueda defenderse el cuerpo, o finalmente el pudor: tomados los cuales, la mujer a duras penas jurará con boca sincera que no está desnuda. Estos se traen con inmensa suma de gentes ignoradas incluso para el comercio, para que nuestras matronas no muestren más de sí en el cubículo, ni siquiera a los adúlteros, que en público».

X. «¿Qué haces, avaricia? ¡Tu oro ha sido vencido por el valor de cuántas cosas! Todo lo que he enumerado está en mayor estima y precio. Ahora quiero revisar tus riquezas, esas láminas de uno y otro metal por las que nuestra codicia se ciega. Pero, por Hércules, la tierra, que sacó a la superficie todo lo que iba a sernos útil, enterró y sumergió eso, e inclinó todo su peso sobre las cosas nocivas y funestas para los pueblos a punto de salir a la luz. Veo que el hierro salió de las mismas tinieblas que el oro y la plata: para que no faltase ni el instrumento de las matanzas mutuas, ni el precio. Y todavía esas cosas tienen alguna materia: hay en ellas algo en lo que el ánimo pueda seguir el error de los ojos; veo allí documentos, contratos y pagarés, simulacros vacíos de posesión, sombras de una avaricia laboriosa, mediante las cuales engañan al ánimo que se alegra con la opinión de cosas vanas. Pues ¿qué son esas cosas? ¿Qué son el interés, el calendario y la usura, sino nombres buscados por la codicia humana fuera de la naturaleza? Puedo quejarme de la naturaleza porque no escondió el oro y la plata más adentro, porque no les impuso un peso mayor del que se les pudiera quitar. ¿Qué son esas tablillas, qué son esos cálculos, y el tiempo puesto en venta, y los intereses sangrientos? Males voluntarios que cuelgan de nuestra institución, en los que no hay nada que pueda mostrarse a los ojos, que pueda agarrarse con la mano, sueños vacíos de la avaricia. ¡Oh, desdichado aquel a quien deleita el gran libro de su patrimonio, y las vastas extensiones de tierras para cultivar mediante esclavos, y los inmensos rebaños de ganado para pacer por provincias y reinos, y una servidumbre mayor que naciones belicosas, y edificios privados que vencen en amplitud a grandes ciudades! Cuando haya contemplado bien esas cosas por las que distribuyó y derramó sus riquezas, y se haya hecho soberbio, si compara lo que tiene con lo que desea, es pobre. Suéltame, y devuélveme a mis riquezas. Yo conozco el reino de la sabiduría, grande, seguro; yo tengo todas las cosas de tal modo que son de todos».

XI. Por eso, cuando Cayo César le ofrecía doscientos mil sestercios, riéndose los rechazó, sin juzgar siquiera digna aquella suma como para jactarse de no haberla aceptado. Dioses y diosas, ¡con qué pequeño ánimo quiso o bien honrarlo o bien corromperlo! Hay que dar testimonio a ese varón egregio. Oí de él una frase grandiosa cuando se admiraba de la demencia de Cayo, que pensó que podía cambiarlo por tanto. Si había decidido tentarme, dijo, debió ponerme a prueba con todo el imperio.

XII. Así pues, puede dársele algo al sabio, aunque todo sea del sabio. E igualmente nada impide, cuando decimos que todo es común entre los amigos, que se dé algo a un amigo. Porque no tengo las cosas en común con mi amigo como con un socio, de modo que una parte sea mía, otra suya; sino como son comunes los hijos para el padre y la madre: cuando tienen dos, no es que cada uno tenga uno, sino que cada uno tiene dos. Ante todo, ya haré que cualquiera que sea ese que me llama a sociedad, sepa que no tiene nada en común conmigo. ¿Por qué? Porque esa comunidad solo existe entre sabios, entre los que hay amistad; los demás no son más amigos que socios. Además, las cosas son comunes de muchos modos. Los asientos ecuestres son de todos los caballeros romanos: sin embargo, en ellos el lugar que ocupé se hace propio mío; si se lo cedo a alguien, aunque le haya cedido de una cosa común, sin embargo parezco haberle dado algo. Ciertas cosas de ciertos hombres están bajo condición determinada; tengo lugar en los asientos ecuestres, no para venderlo, no para alquilarlo, no para habitarlo: solo para ver el espectáculo. Por eso no mentiré si digo que tengo lugar en los asientos ecuestres: pero cuando entro en el teatro, si están llenos los asientos ecuestres, tanto tengo derecho a un lugar allí, porque me es lícito sentarme; como no lo tengo, porque fue ocupado por aquellos con los que tengo el derecho común del lugar. Piensa que lo mismo ocurre entre amigos. Todo lo que tiene el amigo, es común para nosotros: pero es propio de aquel que lo posee; no puedo usar esas cosas si él no quiere. Me estás burlando, dices. Si lo que es del amigo es mío, déjame venderlo. No está permitido; porque tampoco puedes vender los asientos ecuestres, y sin embargo son comunes para ti con los demás caballeros. No es argumento de que algo no sea tuyo el que no puedas venderlo, ni consumirlo, ni cambiarlo para peor o para mejor. Pues es tuyo incluso lo que es tuyo bajo condición determinada. Lo he recibido, pero todos no menos».

XIII. Para no arrastrarte más lejos, el beneficio no puede ser mayor: las cosas por las que se da el beneficio pueden ser mayores y más numerosas, en las que la benevolencia se derrama por todas partes, y se complace consigo misma, como suelen hacer los amantes: cuyos besos más numerosos y abrazos más estrechos no aumentan el amor, sino que lo ejercitan. También esta cuestión que se presenta fue refutada en lo anterior: así que se tocará brevemente. Pues pueden trasladarse a esta los argumentos que se dieron para las otras. Se pregunta si quien hizo todo por devolver un beneficio, lo devolvió. Para que sepas, dice, que no lo devolvió: hizo todo por devolverlo. Es evidente, pues, que no se hizo aquello para cuya realización no tuvo ocasión: como no pagó dinero a su acreedor aquel que, para pagarlo, lo buscó por todas partes, y no lo encontró. Ciertas cosas son de tal condición que deben ofrecer el resultado: en otras vale por resultado haber intentado todo para lograrlo. Si hizo todo por sanar, el médico cumplió su parte; incluso si el reo fue condenado, al orador le consta el deber de la elocuencia, si usó todo derecho. La alabanza del mando se devuelve incluso al general vencido, si la prudencia, la industria y la valentía cumplieron sus deberes. Hizo todo por devolver el beneficio: se lo impidió tu felicidad. Nada se le presentó tan duro que probara la verdadera amistad. No pudo donar al rico, asistir al sano, socorrer al feliz: devolvió la gratitud, aunque tú no recibiste el beneficio. Además, quien siempre atento a esto y esperando su momento, invirtió en ello mucho cuidado, mucha diligencia, trabajó más que aquel a quien le tocó devolver gratitud pronto.

XIV. El ejemplo del deudor es distinto: para él no basta haber buscado el dinero, si no lo paga. Porque allí está el acreedor amargo sobre su cabeza, que no permite que día alguno pase gratis: este, en cambio, es benignísimo, que cuando te vio corriendo y solícito y ansioso, te dice: Aparta ese cuidado del pecho. Deja de acosarte molestamente; lo tengo todo de ti. Me haces injuria si juzgas que deseo algo más. Tu ánimo llegó a mí plenísimamente. «Dime —dice—: ¿dirías que devolvió el beneficio quien retribuyó gratitud así? Luego está en el mismo lugar el que devolvió y el que no devolvió». Ahora, en cambio, pon lo contrario: si hubiese olvidado el beneficio recibido, si ni siquiera hubiera intentado ser agradecido, negarías que devolvió gratitud. Pero este se fatigó días y noches, y renunció a todos los demás deberes, atendiéndose solo a este, y empeñándose para que no se le escapara ocasión alguna. ¿Estarán, pues, en el mismo lugar, aquel que abandonó el cuidado de devolver gratitud, y este que nunca se apartó de él? Eres injusto si me exiges el hecho, cuando ves que no faltó el ánimo. En suma, supón que, cuando habías sido capturado, yo pedí dinero prestado, poniendo mis bienes en garantía del acreedor, navegué en invierno ya feroz, por costas infestadas de latrocinios, recorrí todo el peligro que puede ofrecer incluso un mar pacífico: recorrí todas las soledades, cuando buscaba a quienes todos huían, finalmente llegué hasta los piratas; y ya otro te había rescatado; ¿negarás que devolví gratitud? ¿Acaso incluso si en aquella navegación perdí náufrago el dinero que había contraído para tu salvación? ¿Acaso incluso si caí yo mismo en las cadenas que quise quitarte? ¿Negarás que devolví gratitud? Pero, por Hércules, los atenienses llaman a Harmodio y Aristogitón tiranicidas; y la mano de Mucio dejada en el ara enemiga valió tanto como Porsena muerto, y siempre la virtud que luchó contra la fortuna brilló, incluso sin el efecto de la obra propuesta. Más cumplió quien persiguió las ocasiones que huían, y cazó una y otra por las que pudiera devolver gratitud, que aquel a quien la primera ocasión, sin sudor alguno, hizo agradecido.

XV. «Dos cosas —dice— te prestó él, la voluntad y la cosa: tú también le debes dos». Con razón dirías eso a quien te devolvió una voluntad ociosa: pero a este, que quiere y se esfuerza y no deja nada sin intentar, no puedes decírselo; pues presta ambas, cuanto está en él. Después, no siempre debe igualarse número con número; a veces una cosa vale por dos. Así pues, en lugar de la cosa sucede una voluntad tan propensa y deseosa de devolver. Pues si el ánimo sin cosa no vale para devolver gratitud: nadie es agradecido con los dioses, a quienes solo se aporta la voluntad. «A los dioses —dice— no podemos prestarles otra cosa». Pero si tampoco a este, a quien debo devolver gratitud, puedo prestarle otra cosa: ¿qué hay para que yo no sea agradecido con un hombre con lo que no aporto más a los dioses?

XVI. Sin embargo, si preguntas qué siento, y quieres señalar respuesta: que este juzgue que recibió el beneficio; aquel sepa que no lo devolvió. Este lo suelte: aquel se retenga; este diga: Lo tengo; aquel responda: Lo debo. En toda cuestión esté ante nosotros el bien público. Deben cerrarse las excusas a los desagradecidos, a las que puedan refugiarse, y bajo las que puedan cubrir su negación. ¡Hice todo! Hazlo también ahora. ¿Qué? ¿Acaso juzgas a nuestros mayores tan imprudentes que no entendieron que es injustísimo tener en el mismo lugar a quien consumió en libertinaje o juego el dinero que recibió del acreedor, y a quien perdió lo ajeno con lo propio en un incendio, o un robo, o algún caso más triste? No recibieron excusa alguna, para que los hombres supieran que la fe debe guardarse en todo caso. Pues era mejor que incluso una excusa justa no fuese acogida por unos pocos, que alguna fuese intentada por todos. Hiciste todo por devolver. Esto le baste a él: a ti no. Pues así como él, si permite que pase por nulo un esfuerzo tenaz y diligente, es indigno de que se le devuelva gratitud: así tú eres desagradecido si no debes con más gusto a aquel que aceptó la buena voluntad en pago, porque te suelta. No tomes esto, ni lo proclames: busca no obstante las ocasiones de devolver. Devuelve a él, porque lo reclama; a este, porque lo remite: a aquel, porque es malo; a este, porque no es malo. Y por eso no es para que juzgues que esta cuestión te pertenece: si quien recibió un beneficio de un sabio debe devolverlo, si aquel dejó de ser sabio, y se volvió en malo. Pues devolverías incluso el depósito que hubieses recibido del sabio: y devolverías el préstamo incluso al malo: ¿qué hay para que no también el beneficio? ¿Porque se cambió él, te cambia a ti? ¿Qué? Si hubieses recibido algo del sano, ¿no lo devolverías al enfermo, cuando siempre debemos más al amigo débil? Y este está enfermo del ánimo: ayúdesele, sopórtesele: la necedad es enfermedad del ánimo. Creo que hay que distinguir esto para que se entienda mejor.

XVII. Sean dos beneficios: uno, que solo puede dar el sabio al sabio: este es el beneficio absoluto y verdadero; el otro, vulgar, plebeyo, del cual hay comercio entre nosotros los ignorantes. De este no hay duda de que debo devolverlo a él cualquiera que sea, ya se haya vuelto homicida, ladrón o adúltero. Los crímenes tienen sus leyes: mejor los enmienda el juez que el desagradecido; que nadie te haga malo porque lo es. Al malo arrojaré el beneficio, al bueno lo devolveré; a este, porque debo; a aquel, para no deber.

XVIII. Se duda sobre el otro género de beneficio, que si no pude recibir sino siendo sabio, tampoco puedo devolverlo sino al sabio. Supón que lo devuelvo; él no puede recibirlo: ya no es capaz de esta cosa; perdió la ciencia de usarlo. ¿Qué si me mandas devolver la pelota al manco? Es necio dar a alguien lo que no puede recibir. Para responder empezando por lo último: No daré a él lo que no podrá recibir: devolveré, aunque no pueda recibir. Pues no puedo obligarme sino al que recibe: solo puedo liberarme si devuelvo. Él no podrá usarlo: allá él; la culpa estará en él, no en mí.

XIX. «Devolver es —dice— haber entregado al que va a recibir. ¿Pues qué si a quien debes vino, él te ordena que lo viertas en una redecilla, o en un cedazo? ¿Dirás que devolviste, o querrás devolver lo que, al devolverlo, se pierde entre ambos?» Devolver es dar de buen grado lo que debes, a aquel de quien es: esto es lo único que debo prestar. Que tenga lo que recibió de mí, ya es de cuidado ulterior. No le debo tutela, sino fe: y es mucho mejor que él no lo tenga, que yo no lo devuelva. Y devolveré al acreedor que irá a llevarlo de inmediato al mercado lo que reciba; aunque me haya delegado a su adúltera para que le pague, pagaré: y si los dineros que recibirá los derramará desceñido en su seno, los daré. Pues debo devolverlo, no guardarlo cuando lo devuelva, o protegerlo. Debo la custodia del beneficio recibido, no devuelto. Mientras esté conmigo, esté a salvo; en lo demás, aunque fluya por las manos del que lo recibe, debe darse al que lo reclama. Devolveré al bueno cuando convenga; al malo, cuando lo pida. «Un beneficio tal —dice— como el que recibiste, no puedes devolverlo a él. Pues lo recibiste de un sabio: lo devuelves a un necio». No; le devuelvo como ahora puede recibirlo: y no se hace por mí que sea peor, sino por él; lo que recibí, lo devolveré. A quien, si volvió a la sabiduría, devolveré como lo recibí: mientras está en los males, devolveré como puede recibirse de él. «¿Qué —dice—, si no solo se hizo malo, sino fiero, sino monstruoso, como Apolodoro, o Fálaris: también a este devolverás el beneficio que habías recibido?» El cambio del sabio solo la naturaleza no lo permite; pues en la caída de los óptimos a los pésimos, es necesario que incluso en el malo retenga huellas del bueno. Nunca se extingue tanto la virtud que no imprima marcas más ciertas en el ánimo, como para que algún cambio las borre. Las fieras educadas entre nosotros, cuando irrumpieron en las selvas, retienen algo de la antigua mansedumbre: y tanto distan de las placidísimas, cuanto de las fieras verdaderas que nunca sufrieron mano humana. Nadie cae en la suma iniquidad quien alguna vez se aferró a la sabiduría; está teñido demasiado hondo como para que pueda lavarse del todo, y pasar a otro color. Después pregunto, ¿ese es fiero solo de ánimo, o también irrumpe en perdición pública? Pues me propusiste a Apolodoro y al tirano Fálaris, si el malo tiene su naturaleza dentro de sí, ¿por qué no devolveré yo a este su beneficio, para no tener más derecho alguno con él? Si, en verdad, no solo goza y se alimenta de sangre humana, sino que también ejercita su crueldad insaciable con suplicios de todas las edades, y se enfurece no por ira, sino por cierta avidez de ensañarse; si degüella a los hijos ante el rostro de los padres, si no contento con muerte simple, los descoyunta, y no solo quema a los que van a morir, sino que los cuece; si su alcázar gotea siempre con sangre reciente: poco es no devolverle el beneficio. Cualquier cosa que fuera por la que me cohesionara con él, la sociedad del derecho humano cortada la cercenó. Si alguien me hubiese prestado algo, pero atacara las armas de mi patria: habría perdido cuanto había merecido, y devolverle gratitud se tendría por crimen. Si no ataca mi patria, pero es gravoso para la suya, y separado de mi pueblo azota al suyo: no obstante, tanta depravación de ánimo lo cercena; aunque no lo hace enemigo, me lo hace odioso: y la razón de aquel deber es para mí anterior y más poderosa, lo que debo al género humano, que lo que debo a un solo hombre.

XX. Pero aunque esto sea así, y desde aquel tiempo todo me sea libre respecto a él, desde que, corrompiendo todo lo justo, hizo que nada contra él fuera nefasto: creeré que debe guardárseme aquella medida, de que si mi beneficio a él no le va a dar mayores fuerzas para el exterminio común, ni a confirmar las que tiene; en cambio, va a ser lo que pueda devolverle sin perdición pública, se lo devolveré. Salvaré a su hijo infante; ¿qué daño hace este beneficio a alguno de aquellos a quienes lacera su crueldad? Dinero que mantenga con estipendio a su guardia, no lo suministraré. Si desea mármoles y vestidos, nada dañará a nadie aquello con que se provee su lujo: soldado y armas no suministraré. Si pide por gran regalo artistas de la escena, y prostitutas, y cosas que ablanden su fiereza, las ofreceré gustoso. A quien no mandaría trirremes y acorazadas, le mandaré barcos de recreo y dormitorios, y otros juguetes de reyes que lascivean en el mar. Y si su salud está del todo desesperada, daré con la misma mano beneficio a todos, se lo devolveré a él: cuando para ingenios tales la salida de la vida es remedio: y lo óptimo es perecer para quien nunca va a volver en sí. Pero esta maldad es rara, y siempre se tuvo por monstruo, como aberturas de la tierra, y erupciones de fuegos de las cavernas del mar. Así pues, apartémonos de ella: hablemos de estos vicios que detestamos sin horror. A este hombre malo, que puedo encontrar en cualquier foro, a quien todos temen, devolveré el beneficio que recibí. No debe aprovecharme su maldad: lo que no es mío, vuelva a su dueño, sea bueno o sea malo. Cuán diligentemente examinaría yo eso, si no fuera a devolver, sino a dar: Este lugar pide una fábula.

XXI. Un pitagórico había comprado unas sandalias a un zapatero, un artículo caro, sin pagar en el momento. Pasados algunos días llegó a la tienda para pagar, y como llamara largo tiempo a la puerta cerrada, alguien le dijo: «¿Para qué pierdes el tiempo? El zapatero que buscas ha salido de aquí, ha sido incinerado. Esto quizá nos resulta molesto a nosotros, que perdemos a los nuestros para siempre; a ti en absoluto, que sabes que va a renacer»: bromeaba con el pitagórico. Pero nuestro filósofo se llevó a casa, sin mano reacia, sus tres o cuatro denarios, sacudiéndolos de vez en cuando. Luego, cuando censuró en sí mismo ese placer silencioso de no pagar, comprendiendo que aquella ganancia le había sonreído, regresó a la misma tienda y dijo: «Ese hombre vive para ti: devuelve lo que debes». Después, por la rendija donde la junta se había aflojado, metió los cuatro denarios en la tienda y los envió, exigiéndose a sí mismo el castigo por el apetito inmoral, para no acostumbrarse a lo ajeno.

XXII. Lo que debes, busca a quién devolverlo: y si nadie pudiera recibirlo, cítate a ti mismo. Si es malo o bueno, no te atañe. Devuelve, y acusa, sin olvidar de qué modo se han repartido entre vosotros los deberes: a él se le ha ordenado el olvido, a ti te hemos encomendado recordar. Sin embargo, se equivoca si alguien piensa que, cuando decimos que quien dio el favor debe olvidarlo, le sacudimos la memoria de un acto sobre todo honrosísimo; algunas cosas las prescribimos más allá de la medida, para que vuelvan a lo verdadero y a lo suyo. Cuando decimos «no debe recordar», queremos que se entienda esto: no debe proclamarlo, ni jactarse, ni ser pesado. Algunos, en efecto, narran en todas las tertulias el favor que han dado; de esto hablan sobrios, esto no lo contienen ebrios; esto lo sueltan a desconocidos, esto lo confían a amigos. Para que remitiera esta memoria excesiva y reprochadora, ordenamos que olvide quien dio; y ordenando más de lo que podía cumplirse, aconsejamos el silencio.

XXIII. Siempre que hay poca confianza en aquellos a quienes mandas, hay que exigir más de lo suficiente, para que se cumpla lo suficiente. Con este fin toda hipérbole se extiende, para llegar a lo verdadero mediante la mentira. Así, quien dijo:

Que en blancura a la nieve, en carrera a las brisas aventajaran,

dijo algo que no podía suceder: para que se creyera cuanto máximamente podía. Y quien dijo:

Más inmóvil que los peñascos, más violento que el torrente,

no pensó que iba a persuadir a nadie de que alguien fuera tan inmóvil como un peñasco. Nunca espera la hipérbole tanto como se atreve: pero afirma lo increíble, para llegar a lo creíble. Cuando decimos «quien dio el favor, que lo olvide», decimos esto: que sea semejante al que lo olvidó; que la memoria de ello no aparezca ni se presente. Cuando decimos que no conviene reclamar el favor, no eliminamos del todo la reclamación: a menudo los malos necesitan un cobrador, e incluso los buenos una amonestación. ¿Qué entonces? ¿No mostraré la ocasión al que la ignora? ¿No le revelaré mis necesidades? ¿Para que mienta diciendo que no lo sabía, o que lo lamenta? Que intervenga alguna vez la advertencia, pero respetuosa, que no reclame ni lleve a juicio.

XXIV. Sócrates, oyéndole sus amigos, dijo: «Habría comprado un manto si tuviera dinero». No pidió a nadie, advirtió a todos; hubo competencia por quién sería el que diera. ¿Y cómo no iba a haberla? Porque, ¿qué pequeñez era lo que Sócrates recibía? Pero era mucho haber sido aquel de quien Sócrates recibió. ¿Podía haberlos amonestado con más suavidad? «Habría comprado, dijo, un manto si tuviera dinero». Después de esto, quien se apresuró, da tarde; ya le ha faltado a Sócrates. Por los cobradores ásperos prohibimos reclamar: no para que nunca se haga, sino para que se haga con moderación.

XXV. Aristipo, una vez deleitado por un perfume, dijo: «Mal les vaya a esos afeminados que han desacreditado algo tan hermoso». Lo mismo hay que decir: mal les vaya a esos malvados e inoportunos cuadruplicadores de sus propios favores, que han suprimido algo tan hermoso, la advertencia entre amigos. Yo, sin embargo, usaré este derecho de la amistad, y reclamaré el favor de quien habría pedido: quien va a recibir a cambio de otro favor el haber podido devolver. Nunca diré, ni siquiera quejándome:

Expulsado en la playa, indigente, lo acogí, y demente en parte del reino lo instalé.

Esa no es advertencia: es improperio. Esto es llevar los favores al odio; esto es hacer que ser desagradecido esté permitido o dé gusto. Basta, y sobra; con palabras humildes y familiares, revocar la memoria:

Si algo bueno merecí de ti, o fue para ti dulce algo mío.

Que él diga a su vez: «¿Cómo no ibas a merecerlo? Expulsado en la playa, indigente, me acogiste».

XXVI. «Pero, dice, no conseguimos nada: disimula, ha olvidado; ¿qué debo hacer?». ¿Preguntas la cosa más necesaria, y en la que conviene consumar este tema, cómo han de soportarse los desagradecidos? Con ánimo tranquilo, manso, grande. Nunca te ofenda alguien tan inhumano, y olvidadizo, y desagradecido que, sin embargo, no deleite haber dado. Nunca te empuje la injuria a estas voces: «¡Ojalá no lo hubiera hecho!». Que aun la infelicidad de tu favor te agrade. Siempre se arrepentirá él, si tú ni siquiera ahora te arrepientes. No hay por qué indignarse como si hubiera sucedido algo nuevo: más deberías admirarte si no hubiera sucedido. A uno lo disuade el esfuerzo, a otro el gasto; a otro el peligro, a otro la vergüenza torpe, no sea que devolviendo confiese haber recibido; a otro la ignorancia del deber, a otro la pereza, a otro la ocupación. Mira cómo las inmensas codicias de los hombres bostezaban siempre y reclaman: no te admirarás de que nadie devuelva allí donde nadie recibe bastante. ¿Quién de esos es de mente tan firme y sólida que deposites con seguridad tus favores en él? Uno delira por la pasión, otro sirve al vientre, otro es enteramente del lucro, del cual mira la suma, no los caminos; otro sufre de envidia, otro de ciega ambición, e irrumpe en las espadas. Añade el torpor de la mente y la vejez, y contraria a esta la agitación del pecho inquieto, y los tumultos perpetuos; añade la apreciación excesiva de sí mismo y la hinchazón, por las cuales es despreciable el insolente. ¿Qué digo de la contumacia de los que se esfuerzan en lo perverso, de la ligereza que salta siempre a otra cosa? A esto se añade la temeridad precipitada, y el temor que nunca dará consejo fiel, y mil errores en los que rodamos; la audacia de los más tímidos, la discordia de los más familiares, y el mal público, confiar en lo más incierto, desdeñar lo poseído, desear aquello que no hubo esperanza de conseguir.

XXVII. Entre afectos inquietísimos, ¿buscas la cosa más quieta, la lealtad? Si te ocurriera la imagen verdadera de nuestra vida, te parecerá ver la escena de una ciudad tomada en pleno saqueo, en la cual, omitido el respeto al pudor y a lo recto, las fuerzas están en el poder, como si se hubiera dado la señal para mezclar todo. No se abstienen ni del fuego ni del hierro; los crímenes están sueltos de las leyes; ni siquiera la religión, que protegió a los suplicantes entre las armas hostiles, es impedimento alguno para los que se precipitan al botín. Este arrebata de lo privado, este de lo público, este de lo profano, este lo sagrado; este derriba, este salta por encima, este no contento con el camino estrecho, derriba aquello mismo por lo que está cercado, y en la ruina viene el lucro. Este saquea sin matar, este lleva despojos con mano sangrienta; nadie no lleva algo de otro. En esta avidez del género humano, desde luego has olvidado demasiado la fortuna común, tú que buscas entre los que raptan al que devuelve. Si te indignas de que sean desagradecidos, indigna de que sean lujuriosos, indígante de que sean avaros, indígnate de los impúdicos, indígnate de que los enfermos sean deformes, los viejos pálidos. Es ese un vicio grave, es intolerable, y que disocia a los hombres, que desgarra y disipa la concordia, con la cual se sostiene nuestra debilidad: pero es hasta tal punto vulgar que ni siquiera aquel que se queja lo ha evitado.

XXVIII. Piensa en ti mismo si a todos cuantos te debían has devuelto la gratitud, si nunca se perdió en ti favor alguno, si la memoria de todos los beneficios te acompaña. Verás que los que te dieron de niño se te escaparon antes de la adolescencia; que los otorgados en la juventud no perduraron en la vejez. Unos los perdimos, otros los arrojamos, otros salieron poco a poco de nuestra vista; de algunos apartamos los ojos. Para excusarte tu debilidad, ante todo es frágil la memoria, y no basta para la turba de las cosas: es necesario que cuanto recibe, lo emita, y lo más antiguo lo cubra lo más reciente. Así sucedió que tuviera para ti mínima autoridad la nodriza: porque su beneficio lo puso más lejos la edad siguiente; así sucedió que del maestro no tuvieras veneración alguna; así ocurrió que al ocupado en torno a los comicios consulares, o al candidato a los sacerdocios, se le cayera el sufragante de la cuestura. Quizá el vicio del que te quejas, si te sacudes diligentemente, lo encuentres en tu seno. Injustamente te enfadas con el crimen público, neciamente con el tuyo; para que seas absuelto, perdona. Lo harás mejor soportándolo, sin duda peor reprochándole; no hay por qué endurecerle el rostro; deja que, si queda algo de pudor, lo conserve. A menudo la voz más clara del que reprocha rompió el pudor dudoso; nadie teme ser aquello que ya parece: el pudor sorprendido se pierde.

XXIX. Perdí el favor: ¿acaso decimos que hemos perdido lo que hemos consagrado? Entre lo consagrado está el favor, aunque haya respondido mal, habiendo sido bien otorgado. No es él el que esperábamos: seamos los que fuimos nosotros, desemejantes a él; el daño se hizo entonces, ahora apareció. No se saca a la luz al desagradecido sin nuestro pudor: puesto que la queja del favor perdido es señal de un favor no bien dado. Cuanto podamos, llevemos su causa ante nosotros: quizá no pudo, quizá lo ignoró; quizá va a hacerlo. Ciertos créditos un acreedor bueno y lento los ha hecho buenos, porque soportó, para no fomentar la mora. Lo mismo debemos hacer nosotros: alimentemos la lealtad lánguida.

XXX. ¡Perdí el favor! Necio, no conoces los tiempos de tu pérdida; lo perdiste, pero cuando lo dabas: ahora se ha hecho patente. También en aquello que parece perdido, la moderación aprovechó muchísimo. Como los de los cuerpos, así los vicios de los ánimos han de tratarse blandamente; a menudo lo que desarrolló la demora, la pertinacia del que tira lo ha roto. ¿Para qué las maldiciones? ¿Para qué las quejas? ¿Para qué la persecución? ¿Por qué lo liberas? ¿Por qué lo sueltas? Si es desagradecido, ya no debe nada. ¿Qué razón hay para exacerbarlo a aquel en quien conferiste grandes cosas, para que de amigo dudoso se haga enemigo no dudoso, y busque patrocinio en nuestra infamia? No falta: «No sé qué hay, que no pudo soportar a aquel a quien tanto debió; subyace algo». Todo el mundo, buscando la dignidad del superior, aunque no la manchó, la salpicó; y nadie se contenta con fingir cosas leves, cuando busca crédito con la magnitud de la mentira.

XXXI. Cuánto mejor aquel camino, por el cual se le conserva la apariencia de amistad, y, si quiere volver a la cordura, también la amistad. La bondad pertinaz vence a los malos; y nadie es de ánimo tan duro y hostil contra lo que ha de amarse, que no ame incluso a los buenos atraído por la fuerza; a los cuales también empezó a deberles esto, que no pagó impunemente. Dirige, pues, a aquellos tus pensamientos. No me devolvieron la gratitud: ¿qué haré? Lo que los dioses, óptimos autores de todas las cosas, que empiezan a dar favores a los ignorantes, perseveran con los desagradecidos. Uno les echa en cara nuestra negligencia, otro la injusticia; otro los echa fuera de su mundo y los deja ociosos, torpes, sin luz, sin obra alguna. Otro llama al sol, al cual debemos que dividimos el tiempo entre trabajo y descanso, que no sumergidos en tinieblas escapamos a la confusión de la noche eterna, que templa el año con su curso, y alimenta los cuerpos, llama a las siembras, cuece los frutos, piedra alguna o globo de fuegos fortuitos, y cualquier cosa antes que dios. No obstante los dioses, a la manera de los óptimos padres, que sonríen a las maldiciones de sus niños pequeños, no cesan de amontonar beneficios, mientras dudan del autor de los beneficios; sino que en tenor igual distribuyen sus bienes por gentes y pueblos, habiéndoles tocado en suerte un solo poder, el de aprovechar. Rocían las tierras con lluvias oportunas, mueven los mares con el soplo, marcan los tiempos con el curso de los astros, suavizan inviernos y veranos con la intervención de un espíritu más leve; soportan el error de los ánimos que caen, plácidos y propicios. Imitémoslos: demos, aunque muchas cosas se hayan dado en vano; demos no obstante a otros, demos a aquellos mismos con quienes se hizo pérdida. A nadie disuadió de levantar una casa la ruina; y cuando el fuego consumió los penates, ponemos los cimientos aún caliente el solar, y levantamos ciudades tragadas más veces en el mismo suelo. Hasta tal punto el ánimo es pertinaz hacia las buenas esperanzas. En tierra y mar cesarían las obras humanas, si no hubiera agradado intentar de nuevo lo que cayó mal.

XXXII. Es desagradecido: no me hizo injuria a mí, sino a sí; yo de mi favor, cuando lo daba, hice uso; y no por eso daré con menos ardor, sino con más cuidado; lo que en este perdí, lo recuperaré de otros. Pero a este mismo le daré un favor otra vez, y como buen agricultor, con cuidado y cultivo venceré la esterilidad del suelo. Se perdió mi favor: este, todos. No es de ánimo grande dar y perder: esto es de ánimo grande, perder y dar.

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