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Libro quinto

De los beneficios · Séneca · 45 min de lectura

Libro V.

1. En los libros anteriores parecía haber completado mi propósito, tras haber tratado de qué modo debe darse un favor y de qué modo debe recibirse; esos son, en efecto, los límites de este deber. Todo aquello en que me demore más allá no lo dedico a la materia, sino que me permito una indulgencia: hay que seguirla adonde conduce, no adonde invita. Pues continuamente nacerá algo que provoque el ánimo con cierto atractivo, más superfluo que necesario. Pero ya que así lo quieres, continuemos, terminadas las cuestiones que atañían a la esencia del asunto, para examinar también aquellas que, a decir verdad, están enlazadas, no adheridas: quien las observe diligentemente no hace algo que valga la pena, pero tampoco pierde el esfuerzo. A ti, sin embargo, Ecilio Liberal, hombre óptimo por naturaleza y propenso a los favores, ningún elogio de ellos te satisface. Nunca vi a nadie tan generoso en apreciar incluso los servicios más leves. Tu bondad ha llegado hasta el punto de que crees que se te da un favor cuando se le da a cualquiera; estás dispuesto, para que nadie se arrepienta de un favor, a pagarlo en lugar de los desagradecidos. Tú mismo estás tan lejos de toda ostentación, tan dispuesto a aliviar inmediatamente a quienes obligas, que quieres que todo lo que confías a alguien parezca no un acto de dar, sino de devolver. Y por eso los favores así dados regresan a ti con mayor plenitud; pues generalmente los favores persiguen a quien no los reclama: y así como la gloria sigue más a quienes huyen, así el fruto de los favores responde con más agrado a aquellos por cuyo medio es lícito incluso ser desagradecidos. Desde luego, no hay nada por tu parte que impida que quienes recibieron favores vuelvan espontáneamente a por más: no te negarás a conceder otros, y a añadir más y mayores, ocultados y disimulados los anteriores. El propósito del hombre óptimo, de ánimo inmenso, es soportar al desagradecido el tiempo suficiente para volverlo agradecido. Ni te engañará esa estrategia; los vicios sucumben ante las virtudes, si no te apresuras a odiarlos demasiado pronto.

II. Aquello que te place de modo singular, como dicho de forma magnífica, es esto: «Es vergonzoso ser vencido por los favores». Si esto es verdadero, no sin razón suele preguntarse, y dista mucho de lo que concibes en tu mente. Pues nunca es vergonzoso ser superado en la contienda de las acciones honorables, con tal de que no arrojes las armas, y vencido también quieras vencer. No todos llevan al propósito bueno las mismas fuerzas, las mismas capacidades, la misma fortuna, que solo modera los resultados incluso de los mejores planes. La voluntad misma que busca lo recto ha de ser alabada, aunque otro la haya adelantado con paso más veloz: no es, como en los certámenes que se celebran para el espectáculo, que la palma declare al mejor; aunque también en ellos muchas veces el azar ha preferido al peor. Donde se trata del deber, que ambas partes desean que sea lo más completo posible desde su lado, si uno pudo más y tuvo a mano materia suficiente para su ánimo, si la fortuna le permitió todo cuanto intentó; el otro, sin embargo, es igual en voluntad, aunque haya devuelto menos de lo que recibió, o no haya devuelto nada en absoluto, pero quiere devolver y está concentrado con todo su ánimo en ello: este no está más vencido que quien muere en las armas; el enemigo pudo matarlo más fácilmente que apartarlo. Lo que tú estimas vergonzoso no puede ocurrirle a un hombre bueno, que sea vencido: pues nunca sucumbirá, nunca se rendirá: permanecerá de pie hasta el último día de su vida, y morirá en este puesto; mostrando que recibió cosas grandes, que quiso devolverlas por igual.

III. Los lacedemonios prohíben a los suyos competir en el pancracio o el pugilato, donde la confesión del vencido muestra al inferior. El corredor toca primero la meta: adelantó a otro en velocidad, no en ánimo. El luchador derribado tres veces perdió la palma, no la entregó. Como los lacedemonios estimaban en mucho que sus ciudadanos fueran invictos, los apartaron de aquellos certámenes en los que no hace al vencedor el juez, ni el resultado por sí mismo, sino la voz del que cede y ordena que se entregue. Lo que ellos custodian en sus ciudadanos, la virtud y la buena voluntad lo garantizan a todos, que nunca sean vencidos, puesto que el ánimo es invicto incluso entre las fuerzas que lo superan. Por eso nadie dice que los trescientos Fabios fueron vencidos, sino muertos. Y Régulo fue capturado por los cartagineses, no vencido; y cualquier otro oprimido por la violencia y el peso de una fortuna cruel, no somete su ánimo. Lo mismo ocurre con los favores: alguien recibió más, mayores, más frecuentes; sin embargo, no ha sido vencido. Quizá los favores han sido vencidos por los favores, si comparas entre sí los dados y los recibidos: si comparas al que da y al que recibe, cuyos ánimos deben valorarse por sí mismos, la palma no estará en manos de ninguno. Pues suele ocurrir que, aunque uno esté atravesado por muchas heridas, el otro levemente herido, se dice que salieron iguales, aunque uno parezca inferior.

IV. Por tanto nadie puede ser vencido por los favores, si sabe que debe, si quiere devolverlos, si lo que no puede con las cosas, lo iguala con el ánimo. Éste, mientras permanezca en ello, mientras mantenga la voluntad, prueba con señales su ánimo agradecido: ¿qué importa de qué lado se cuenten más regalitos? Tú puedes dar mucho; pero yo solo puedo recibir mucho: contigo está la fortuna, conmigo la buena voluntad; sin embargo soy tan igual a ti como desnudos, o ligeramente armados, lo son a muchos fuertemente armados. Nadie, pues, es vencido por los favores: porque cada cual es tan agradecido como quiso serlo. Pues si es vergonzoso ser vencido por los favores, no conviene recibir favor de hombres muy poderosos, a quienes no puedas devolver la gratitud: hablo de príncipes, de reyes, a quienes la fortuna colocó en aquel lugar desde el cual pueden prodigar mucho, recibir poquísimo y desigual a lo dado. Dije reyes y príncipes, a quienes sin embargo puede guardárseles con servicios, y cuyo poder excelso se sostiene por el consenso y el ministerio de los inferiores. Hay algunos apartados fuera de todo deseo, que apenas son tocados por anhelos humanos: a quienes nada puede ofrecer la fortuna misma. Es necesario que sea yo vencido por un favor de Sócrates; es necesario que lo sea por Diógenes, que atravesó desnudo por entre los tesoros de los macedonios, pisoteando las riquezas reales. Oh, ciertamente entonces él pareció con razón, a sí mismo y a los demás —a quienes no oscurecía niebla alguna para distinguir la verdad—, elevarse por encima de aquel bajo el cual yacía todo. Mucho más poderoso, mucho más rico fue que Alejandro, que entonces poseía todo; pues era más lo que este rechazaba recibir, que lo que aquel podía dar.

V. No es vergonzoso ser vencido por estos; pues no soy menos fuerte si me enfrentas con un enemigo invulnerable: ni por eso el fuego puede arder menos, si cae sobre materia inviolable a las llamas; ni por eso el hierro perdió la capacidad de cortar, si ha de dividirse una piedra sólida que no recibe el golpe e invencible contra lo duro por naturaleza. Lo mismo te respondo acerca del hombre agradecido. No es vencido vergonzosamente por los favores, si fue obligado por aquellos a quienes o la grandeza de la fortuna o una virtud extraordinaria cerró el paso a los favores que regresarían a ellos. Por los padres generalmente somos vencidos; pues los tenemos mientras los juzgamos gravosos, y mientras no comprendemos sus favores. Cuando la edad ha reunido ya alguna prudencia, y comienza a aparecer que debemos amarlos precisamente por aquellas cosas por las que no los amábamos, las amonestaciones, la severidad, y la cuidadosa custodia de nuestra inconsulta adolescencia, nos son arrebatados. La vida llevó a pocos hasta el verdadero fruto que han de percibir de sus hijos: los demás sintieron a los hijos como una carga. Sin embargo no es vergonzoso ser vencido por los favores de un padre; ¿por qué no habría de serlo, cuando no lo es por nadie? Pues somos iguales a algunos, y desiguales a otros: iguales en el ánimo que solo ellos exigen, que solo nosotros prometemos; desiguales en fortuna, que si a alguien le obstaculizó devolver la gratitud, no por eso debe avergonzarse como si hubiera sido vencido. No es vergonzoso no alcanzar, con tal de que persigas. A menudo es necesario pedir otros favores, antes de haber devuelto los primeros. Y no por eso no pedimos, o pedimos vergonzosamente, porque deberemos sin haber devuelto: porque no dependerá de nosotros que no seamos muy agradecidos. Pero intervendrá algo externo, que lo impida; sin embargo nosotros no seremos vencidos en el ánimo, ni seremos vencidos vergonzosamente por aquellas cosas que no están en nuestro poder.

VI. Alejandro, rey de los macedonios, solía gloriarse de que no había sido vencido por nadie en favores. No hay razón para que mire con excesiva soberbia de ánimo a macedonios, y griegos, y carios, y persas, y naciones dispersas sin ejército: ni para que juzgue que le dio esto su reino, extendido desde un rincón de Tracia hasta la costa de un mar desconocido. De lo mismo pudo gloriarse Sócrates, de lo mismo Diógenes, por quien ciertamente fue vencido. ¿Cómo no habría de ser vencido aquel día, en que aquel hombre, henchido de soberbia más allá de la medida humana, vio a alguien a quien no podía darle nada, ni quitarle nada? El rey Arquelao invitó a Sócrates a que fuera a su lado; se cuenta que Sócrates dijo: No quiero ir a aquel de quien recibiré favores, cuando no pueda devolverle otros iguales. Primero, estaba en su propio poder no recibir: además, él mismo empezaba a dar un favor primero. Pues venía invitado, y daba aquello que ciertamente aquel no iba a devolver a Sócrates. Todavía más: Arquelao iba a dar oro y plata, a recibir el desprecio del oro y la plata. ¿No podía entonces Sócrates devolver la gratitud a Arquelao? ¿Y qué tan grande habría recibido comparado con lo que daba, si hubiera mostrado a un hombre experto en la vida y la muerte, que conoce los límites de ambas? ¿Si hubiera admitido en la naturaleza de las cosas al rey que erraba en plena luz del día, hasta tal punto ignorante de ella que el día en que hubo un eclipse de sol, encerró el palacio, y rapó a su hijo como lo que es costumbre en el duelo y las circunstancias adversas? ¡Cuán grande habría sido el favor, si lo hubiera sacado de su escondite atemorizado, y le hubiera ordenado tener buen ánimo, diciéndole: «No es este un eclipse de sol, sino el encuentro de dos astros, cuando la luna, que cursa un camino más bajo, puso su orbe bajo el sol mismo, y lo ocultó interponiendo su masa: unas veces cubre partes pequeñas de él, si lo rozó de pasada; otras veces lo tapa más, si interpuso mayor parte de sí; otras veces excluye la vista de todo, si se situó en medio entre el sol y las tierras en recto equilibrio. Pero ya la velocidad propia separará esos astros aquí y allá; ya las tierras recibirán el día, y este orden se repetirá por los siglos; tienen días dispuestos y predichos, en los cuales el sol es impedido por el paso de la luna de derramar todos sus rayos. Espera un poco; ya emergirá, ya dejará esa nube, ya, liberado de los impedimentos, enviará libremente su luz». ¿Sócrates no podría devolver gratitud igual a Arquelao, si le hubiera enseñado a reinar? Sin duda era un favor demasiado pequeño el que Arquelao recibía de Sócrates, ¡si hubiera podido darle alguno a Sócrates! ¿Por qué entonces dijo esto Sócrates? Varón ingenioso, y cuyo discurso solía avanzar mediante figuras, burlador de todos, máximamente de los poderosos, prefirió negarle con agudeza, que de modo contumaz y soberbio. Dijo que no quería recibir favores de quien no podía devolverle otros iguales. Quizá temió que se le obligara a recibir lo que no quisiera; temió que recibiera algo indigno de Sócrates. Alguien dirá: Habría rechazado, si no hubiera querido. Pero habría incitado contra sí al rey insolente, y que quiere que se estime en mucho todo lo suyo. Nada importa para el caso si no quieres darle algo a un rey, o recibir de un rey: en igual lugar coloca ambos rechazos: y para el soberbio, ser desdeñado es más amargo que no ser temido. ¿Quieres saber qué quiso verdaderamente? No quiso ir a la servidumbre voluntaria aquel cuya libertad no pudo soportar la ciudad libre.

VII. Bastante, según creo, hemos tratado esta parte, si es vergonzoso ser vencido por los favores: quien lo pregunta, sabe que los hombres no suelen darse un favor a sí mismos; pues habría sido manifiesto que no es vergonzoso ser vencido por sí mismo. Y sin embargo entre algunos estoicos también se duda de esto, si alguien puede darse a sí mismo un favor, si debe devolverse a sí mismo la gratitud. Lo que hizo parecer que debía preguntarse fue esto: solemos decir «Me doy las gracias», y «De nadie puedo quejarme sino de mí»: «Me enojo conmigo», y «Yo exigiré de mí castigos», y «Me odio»; muchas cosas además de este tipo, por las que cada uno habla de sí, como de otro. «Si puedo, dice, dañarme: ¿por qué no también darme favores a mí mismo? Además, las cosas que, si las hubiera conferido a otro, se llamarían favores: ¿por qué si las conferí a mí, no lo son? ¿Por qué no debo lo que, si lo hubiera recibido de otro, debería? ¿Por qué soy desagradecido conmigo: lo cual no es menos vergonzoso que ser sórdido consigo mismo y duro y cruel consigo, y negligente de sí? Tan mal considerado está el proxeneta del cuerpo ajeno, como el del suyo. Sin duda es reprendido el adulador, y el que sigue las palabras ajenas, el elogiador dispuesto a la falsedad: no menos el que se complace en sí mismo, y se admira a sí, y, por decirlo así, su propio adulador. Los vicios no son odiosos solo cuando pecan hacia fuera, sino cuando se vuelven hacia sí mismos. ¿A quién admirarás más que a quien se manda a sí mismo, que a quien se tiene en su poder? Es más fácil gobernar gentes bárbaras, impacientes del arbitrio ajeno, que contenerse a sí mismo, y entregarse a sí. Platón, dice, da las gracias a Sócrates, porque aprendió de él: ¿por qué Sócrates no se las da a sí mismo, porque él mismo se enseñó? Marco Catón dice: Lo que te falta, préstatelo de ti mismo; ¿por qué no puedo donarme, si puedo prestarme? Innumerables son las cosas en que la costumbre nos divide. Solemos decir: Déjame hablar conmigo: y, Yo me tiraré de la oreja. Si estas cosas son verdaderas, así como alguien debe enojarse consigo, así también darse las gracias: así como reprenderse, así también alabarse: así como puede ser para sí daño, así también ganancia. Injuria y favor son contrarios; si de alguien decimos, Se hizo una injuria a sí mismo: podremos decir, Se dio un favor a sí mismo».

VIII. ¿Debe la naturaleza a sí misma? Es anterior la naturaleza, a que alguien deba, y después a que devuelva la gratitud; no hay deudor sin acreedor, como tampoco marido sin esposa, ni padre sin hijo. Alguien debe dar, para que alguien reciba: no es dar, ni recibir, transferir de la mano izquierda a la derecha. Así como nadie se porta a sí mismo, aunque mueva y traslade su cuerpo: así como nadie, aunque haya hablado en su defensa, se dice que estuvo presente para sí, ni se pone a sí mismo una estatua como a un patrono; así como, si un enfermo sanó con su cuidado, no exige de sí salario: así en todo asunto, aunque haya hecho algo para beneficiarse a sí mismo, no deberá sin embargo devolverse la gratitud a sí, porque no tendrá a quién devolverla. Aunque conceda que alguien se da a sí mismo un favor: mientras da, también recibe; aunque conceda que alguien recibe de sí un favor, mientras recibe lo devuelve. Se hace, como dicen, cambio en casa, y como nombre de jugador inmediatamente transita. Pues no es otro el que da que el que recibe, sino uno y el mismo. Esta palabra «Deber», no tiene lugar sino entre dos; ¿cómo entonces puede consistir en uno solo, que al obligarse se libera? Como en un círculo y en una esfera nada hay bajo, nada alto, nada extremo, nada primero, porque el movimiento cambia el orden, y lo que seguía precede, y lo que caía surge, todas las cosas de cualquier modo que fueran, retornan a lo mismo; así estima que ocurre en el hombre: cuando lo hayas cambiado en muchos, es uno. Se golpeó: no tiene con quién actuar por las injurias: se ató y encerró, no es responsable por la violencia; se dio un favor a sí mismo: inmediatamente lo devolvió al que lo dio. Se dice que la naturaleza de las cosas nada pierde, porque todo cuanto le es arrancado, vuelve a ella: ni nada puede perecer, que no tiene por dónde salir de ella, sino que se revuelve hacia donde partió. ¿Qué tiene de similar, dice, este ejemplo con la cuestión propuesta? Lo diré. Supón que eres desagradecido: no se perderá el favor: lo tiene quien lo dio; supón que no quieres recibirlo; está contigo, antes de ser devuelto. No puedes perder nada: porque lo que se sustrae, sin embargo se te adquiere. Dentro de ti mismo el círculo se mueve; recibiendo das: dando recibes.

IX. «Es preciso, dice, darse un favor a sí mismo: luego también es preciso devolver la gratitud». Primero, aquello de donde penden las siguientes es falso. Nadie se da un favor a sí mismo, sino que obedece a su naturaleza, por la cual fue dispuesto al amor de sí: de ahí que tenga sumo cuidado de evitar lo que va a dañar, de apetecer lo que va a aprovechar. Por tanto ni es liberal quien se dona a sí mismo, ni clemente quien se perdona a sí mismo, ni misericordioso quien se conmueve por sus males. Lo que es liberalidad, clemencia, misericordia, prestándolo a otros: prestándolo a sí, es naturaleza. El favor es cosa voluntaria: ayudarse a sí mismo, necesario. Quien más favores dio, más benefactor es. ¿Quién fue alabado alguna vez porque se hubiera auxiliado a sí mismo? ¿Porque se hubiera arrancado de los ladrones? Nadie se da un favor a sí mismo, como tampoco se da hospitalidad; nadie se dona a sí, como tampoco se presta. Si cada cual se da un favor a sí mismo, siempre lo da, sin interrupción lo da: no puede entrar en la cuenta de sus favores. ¿Cuándo entonces devolverá la gratitud, si por esto mismo, por lo cual devuelve la gratitud, da un favor? ¿Pues cómo podrá discernir si se da a sí mismo un favor, o lo devuelve, cuando la cosa se desarrolla dentro del mismo hombre? Me liberé de un peligro: me di un favor; me libro de nuevo del peligro: ¿doy un favor, o lo devuelvo? Además, aunque conceda aquello primero, que nos damos un favor a nosotros: no concederé lo que sigue; pues aunque demos, no debemos; ¿por qué? Porque inmediatamente recibimos. Es preciso que recibamos un favor, después que debamos, después que lo devolvamos. No hay lugar para el deber, porque recibimos sin ninguna demora. Nadie da, sino a otro: nadie debe, sino a otro: nadie devuelve, sino a otro. Lo que exige dos veces, no puede ocurrir dentro de uno solo.

X. Un beneficio es haber prestado algo de manera útil: ahora bien, la palabra «haber prestado» mira a otros. ¿No parecerá demente quien diga que se ha vendido algo a sí mismo? Porque la venta es una enajenación, y el traspaso de algo propio, y del derecho sobre ello, a otro. Pues bien, del mismo modo que vender, también dar algo es desprenderse de ello, y entregar lo que tenías para que otro lo posea. Si esto es así, nadie se hizo un favor a sí mismo: porque nadie se da a sí mismo. De otro modo dos contrarios coinciden en uno, de manera que dar y recibir serían lo mismo. Y todavía hay mucha diferencia entre dar y recibir: ¿cómo no?, siendo que esas palabras están puestas en sentido opuesto. Pero si alguien se hace un favor a sí mismo, no hay diferencia entre dar y recibir. Decía hace poco que ciertas cosas pertenecen a otros, y están formadas de tal modo que toda su significación se aparta de nosotros. Soy hermano, pero de otro; pues nadie es hermano de sí mismo. Soy igual, pero a alguien; ¿quién es igual a sí mismo? Lo que se compara no se entiende sin otro; lo que se une no existe sin otro. Así también lo que se da no existe sin otro: y el beneficio no existe sin otro. Esto se ve por la propia palabra, en la que está contenido esto: haber hecho un bien. Ahora bien, nadie se hace un bien a sí mismo, no más de lo que se favorece a sí mismo, o que es de su propio partido. Esto puede seguirse más extensamente y con más ejemplos; ¿cómo no?, siendo que el beneficio ha de contarse entre aquellas cosas que requieren una segunda persona. Algunas cosas, aunque sean honestas, bellísimas, de la más alta virtud, no tienen lugar si no es con otro. Se alaba la lealtad y se la cultiva entre los mayores bienes del género humano; ¿acaso alguien dice entonces que se mantuvo leal consigo mismo?

XI. Llego ahora a la última parte. Quien devuelve gratitud debe emplear algo, igual que quien paga dinero: ahora bien, nada emplea quien se devuelve gratitud a sí mismo, no más de lo que obtiene quien recibe de sí un beneficio. El beneficio y la devolución de gratitud deben ir de acá para allá: dentro de un solo hombre no hay reciprocidad. Quien devuelve gratitud, a su vez beneficia a aquel de quien obtuvo algo: quien se devuelve gratitud a sí mismo, ¿a quién beneficia? A sí mismo. ¿Y quién no piensa la devolución de gratitud en un sitio, y el beneficio en otro? Quien se devuelve gratitud a sí mismo, se beneficia a sí mismo; ¿y quién desagradecido no quiso hacer esto? Más aún, ¿quién no fue desagradecido para hacer esto? «Si debemos darnos las gracias a nosotros mismos, dice, también debemos devolvernos gratitud. Decimos, pues: Me doy las gracias a mí mismo por no haber querido casarme con aquella mujer, y por no haber entrado en sociedad con aquel». Cuando decimos esto, nos alabamos: y para aprobar nuestro acto, abusamos de las palabras de quienes dan las gracias. Un beneficio es lo que puede, aun dado, no devolverse: quien se hace un favor a sí mismo no puede no recibir lo que dio: luego no es un beneficio. Un beneficio se recibe en un momento, y en otro se devuelve. En el beneficio esto es admirable y digno de estima: que alguien, para beneficiar a otro, se olvidó entretanto de su propio provecho; que lo que dio a otro se lo quitó a sí; esto no lo hace quien se hace un favor a sí mismo. Dar un beneficio es cosa social, conquista a alguien, obliga a alguien: hacerse un favor a sí mismo no es cosa social, no conquista a nadie, no obliga a nadie, no induce a nadie a la esperanza de que diga: «Este hombre debe cultivarse: le hizo un favor a aquel: también me lo hará a mí». Un beneficio es lo que alguien da no por su causa, sino por la de aquel a quien lo da. El que se hace un favor a sí mismo, lo da por su causa: luego no es un beneficio.

XII. ¿Te parece que ya mentí en aquello que dije al principio? Dices que estoy lejos de quien hace algo que valga la pena, más aún, que pierdo todo el trabajo de buena fe. Aguarda: dirás esto con más verdad aún, tan pronto te conduzca a estos escondrijos: de los cuales cuando hayas escapado, no habrás conseguido nada más que haber evitado las dificultades en las que se te permitió no descender. ¿Pues qué bien hay en desatar trabajosamente nudos que tú mismo hiciste para desatarlos? Pero así como ciertas cosas se ligan para sí mismas en diversión y juego, de modo que su solución es difícil para el inexperto, pero aquel que las enredó las separa sin ningún esfuerzo porque conoce sus empalmes y sus trabas; y no obstante aquellas cosas tienen algún placer, pues ponen a prueba la agudeza de los ánimos y excitan su atención: así estas cuestiones que parecen astutas e insidiosas quitan la tranquilidad y la pereza del ingenio; al cual unas veces debe tenderse un campo por el que vaguen, otras debe arrojársele algo escarpado y quebrado, por donde resbalen y avancen con cautela. Se dice que nadie es desagradecido: esto se concluye así. Un beneficio es lo que aprovecha; ahora bien, nadie puede aprovechar a un hombre malo, según decís los estoicos: luego un malvado no recibe beneficio: y así tampoco es desagradecido. Además, un beneficio es cosa honesta y admirable. Para el malvado no hay lugar para ninguna cosa honesta o admirable; luego tampoco para el beneficio: y si no puede recibirlo, tampoco debe devolverlo; y por eso no se vuelve desagradecido. Además, como decís: el hombre bueno hace todo rectamente; si hace todo rectamente, no puede ser desagradecido. El hombre bueno devuelve el beneficio: el malvado no lo recibe; y si esto es así, ni ningún bueno es desagradecido, ni ningún malo: así nadie desagradecido existe en la naturaleza de las cosas. Pero esto es vacío. Para nosotros hay un solo bien, lo honesto: eso no puede llegar al malvado; dejará de ser malvado si la virtud entra en él. Ahora bien, mientras sea malvado, nadie puede darle un beneficio: porque los bienes y los males disienten, y no van a uno. Por eso nadie le aprovecha, porque todo lo que llega a él lo corrompe con uso perverso. Así como un estómago viciado por enfermedad y que acumula bilis, transforma cualesquiera alimentos que recibió, y convierte todo alimento en causa de dolor: así el ánimo ciego, todo lo que le confíes lo hace carga suya, y perdición y ocasión de miseria. Por tanto a los más felices y opulentos les hierve mayor agitación, y se encuentran menos, cuanto más cayeron en mayor materia con que perturbarse. Luego nada puede llegar a los malos que aproveche: más aún, nada que no dañe. Pues todo lo que les toca lo convierten en su naturaleza, y cosas que por fuera son hermosas y que aprovecharían si se dieran a alguien mejor, para ellos son pestilentes. Por eso tampoco pueden dar beneficios: puesto que nadie puede dar lo que no tiene: a este le falta la voluntad de hacer bien.

XIII. Pero aunque esto sea así, un malvado puede sin embargo recibir cosas que son semejantes a beneficios: y si no las devuelve, será desagradecido. Hay bienes del ánimo, hay del cuerpo, hay de la fortuna. Aquellos bienes del ánimo se apartan del necio y del malvado, a estos otros se le admite, que tanto puede recibir como debe devolver: y si no los devuelve, es desagradecido. Y esto no solo por nuestra concepción. También los peripatéticos, que ponen los límites de la felicidad humana a lo largo y a lo ancho, dicen que pequeños beneficios llegarán a los malvados; quien no los devuelve, es desagradecido. A nosotros no nos parece entonces que sean beneficios los que no van a hacer mejor al ánimo: sin embargo no negamos que aquellos son ventajas, y apetecibles. Estas puede el malvado darlas al hombre bueno, y recibirlas del bueno: como dinero, vestido, honores y vida; y si no las devuelve, caerá en el nombre de desagradecido. «Pero ¿cómo llamas desagradecido si no se devuelve lo que niegas que sea beneficio?» Algunas cosas, aunque no sean verdaderas, por su semejanza se han comprendido con la misma palabra. Así decimos un joyero de plata y de oro: así a un iletrado, no del todo rudo, pero no conducido a letras más altas: así quien vio a uno mal vestido y harapiento, dice que vio a uno desnudo. Aquellas cosas no son beneficios: pero tienen la apariencia de beneficio. «Como aquellas cosas son como beneficios, así también aquel es como desagradecido, no desagradecido». Falso; porque aquellas cosas el que las da las llama beneficios, y el que las recibe también. Así también quien engañó con la apariencia de un verdadero beneficio, es tan desagradecido como el envenenador que mezcló un somnífero, cuando creía que era veneno.

XIV. Cleantes actúa más vehementemente: «Aunque no sea beneficio, dice, lo que recibe, él sin embargo es desagradecido: porque no lo habría devuelto, aunque lo hubiera recibido. Así es ladrón, aun antes de que manche sus manos: porque ya está armado para matar, y tiene la voluntad de despojar y de matar. La maldad se ejercita y se muestra con la obra, no empieza. Lo mismo que recibió no era beneficio, pero se llamaba así. Los sacrílegos pagan penas, aunque nadie extienda sus manos hasta los dioses». ¿Cómo, dice, es alguien desagradecido hacia un malvado, cuando un beneficio no puede ser dado por un malvado? Por aquella razón, evidentemente, de que recibió de él algo de entre esas cosas que para los ignorantes son bienes; de los cuales si los malos tienen abundancia, él mismo también en materia semejante deberá ser agradecido, y aquellas cosas cualesquiera que sean, como las recibió por bienes, por bienes debe devolverlas. Se dice que tiene deudas tanto quien debe áureos como quien debe cuero marcado con sello público, cual fue el de los lacedemonios, que presta el uso de dinero contante. Con el género con que te obligaste, con ese salda tu fe.

XV. Qué sean los beneficios, si también hacia esta materia sórdida y humilde debe conducirse la grandeza de un nombre ilustre, no os pertenece a vosotros: la verdad se busca para otros. Vosotros disponed el ánimo a la apariencia de verdad: y mientras decís lo honesto, cualquier cosa que sea aquello que se proclama con el nombre de lo honesto, cultivadlo. «Como nadie según vosotros es desagradecido, dice, así a su vez todos son desagradecidos. Pues, como decís, todos los necios son malos: ahora bien, quien tiene un vicio los tiene todos: pero todos son necios y malos; luego todos son desagradecidos». ¿Qué pues? ¿No lo son? ¿No se hace reproche al género humano por todas partes? ¿No es queja pública que los beneficios se han perdido, y que poquísimos hay que no merezcan pésimamente de quienes bien merecieron de ellos? Y no hay por qué pienses que este es solo nuestro murmullo, de quienes contamos por pésimo y perverso todo lo que cayó lejos de la norma de lo recto. He aquí que alguien, no de la escuela de los filósofos, clama: desde medio de la asamblea se lanza una voz que condenará a pueblos y naciones:

Ni el huésped está seguro del huésped, ni el suegro del yerno; rara es también la gracia entre hermanos: el marido amenaza la muerte de la esposa, ella la del marido.

Esto ya es más; los beneficios se volvieron crimen: y no se perdona la sangre de aquellos por quienes debía derramarse sangre. Con espada y venenos perseguimos los beneficios: poner manos contra la propia patria, y oprimirla con los propios fasces, es poder y dignidad. Se cree estar en posición humilde y rebajada quien no se puso por encima de la república. Los ejércitos recibidos de ella se vuelven contra ella misma, y la arenga del general es esta: «Luchad contra las esposas, luchad contra los hijos: acometéis con armas altares, hogares, penates. Vosotros que ni siquiera triunfando debierais entrar en la Ciudad sin orden del senado, y a quienes, al traer de vuelta el ejército vencedor, se os ofrecía la Curia fuera de los muros: ahora, masacrados los ciudadanos, bañados en sangre de parientes, entrad en la Ciudad con banderas alzadas. Enmudezca la libertad entre las insignias militares, y aquel pueblo vencedor y pacificador de gentes, alejadas lejos las guerras, reprimido todo terror, sitiado dentro de los muros, tema sus propias águilas».

XVI. Desagradecido es Coriolano: piadoso tarde y tras arrepentimiento del crimen; depuso las armas, pero las depuso en medio del parricidio. Desagradecido Catilina: le parece poco tomar la patria, si no la destruye, si no lanza contra ella las cohortes de los alóbrogos, y el enemigo llamado desde el otro lado de los Alpes sacia sus odios viejos e innatos, y los jefes romanos pagan las exequias debidas hace mucho a las tumbas galas. Desagradecido Cayo Mario, conducido desde el calzado militar al consulado: que si no iguala las muertes romanas con las matanzas cimbricas, si no da la señal de la matanza y trucidación civil, sino que él mismo no es esa señal, sentirá su fortuna poco castigada y repuesta en su lugar anterior. Desagradecido Lucio Sila; que sanó la patria con remedios más duros que los peligros; que cuando desde la ciudadela prenestina hasta la puerta Colina hubo avanzado por sangre humana, libró otras batallas en la ciudad, otras matanzas: dos legiones, lo que es cruel, después de la victoria; lo que es nefasto, después de dada la fe, amontonadas en un rincón las degolló, e inventó la proscripción: ¡dioses grandes!, de modo que quien hubiera matado a un ciudadano romano recibiese impunidad y dinero, casi una corona cívica. Desagradecido Cneo Pompeyo: que por tres consulados, por tres triunfos, por tantos honores, la mayoría de los cuales había invadido antes de tiempo, devolvió esta gratitud a la república: que también a otros indujera a la posesión de ella, como si fuera a restar envidia a su poder si a muchos les fuera lícito lo que a nadie debió serle lícito: mientras codicia mandos extraordinarios; mientras distribuye las provincias para que él elija; mientras divide así la república con un tercero, de modo que sin embargo dos partes estén en su propia casa; redujo al pueblo romano a que no pudiera estar a salvo sino por el beneficio de la servidumbre. Desagradecido el propio enemigo y vencedor de Pompeyo: desde la Galia y Germania trajo la guerra rodeando hacia la Ciudad, y aquel plebeyo, aquel popular, puso el campamento en el circo Flaminio, más cerca de lo que habían estado los de Porsena. Moderó, sí, el derecho y la crueldad de la victoria: cumplió lo que solía decir: no mató a nadie sino armado. ¿Qué hay entonces? Los demás ejercieron las armas más cruentamente, pero saciados al fin las depusieron: este envainó pronto la espada, nunca la dejó. Desagradecido Antonio contra su dictador, al que pronunció justamente muerto, despachó a sus asesinos a provincias y mandos, pero a la patria desgarrada por proscripciones, incursiones, guerras, tras tantos males la destinó, no ya a reyes romanos, sino a que ella, que había devuelto derecho íntegro y libertad con inmunidad a aqueos, rodios y muchísimas ciudades ilustres, pagara ella misma tributo a eunucos.

XVII. Faltará el día para enumerar a los desagradecidos hasta las últimas ruinas de la patria. Igualmente inmenso será si empiezo a recorrer cuán desagradecida fue la propia república hacia los mejores y más entregados a ella, y con cuánta frecuencia no pecó menos de lo que se pecó contra ella misma. Envió a Camilo al exilio, despidió a Escipión; se exilió Cicerón después de Catilina, destruidos sus penates, saqueados sus bienes, hecho todo lo que el vencedor Catilina habría hecho. Rutilio pagó el precio de su inocencia, escondiéndose en Asia: al gran Catón el pueblo romano le negó la pretura, le negó con insistencia el consulado. Públicamente somos desagradecidos. Cada uno interrogúese a sí mismo: nadie no se queja de algún desagradecido. Pero no puede suceder que todos se quejen, si no hay de qué quejarse de todos: luego todos son desagradecidos. ¿Solo eso? Y todos codiciosos, y todos malignos, y todos temerosos, en primer lugar aquellos que parecen audaces. Añade: y todos son ambiciosos, y todos son impíos. Pero no hay por qué te irrites. Perdónalos: todos están locos. No quiero remitirte a cosas inciertas, para que diga: mira cuán desagradecida es la juventud. ¿Quién no desea, para ser inocente, el último día de su padre? ¿Para ser moderado, lo espera? ¿Para ser piadoso, lo piensa? ¿Cuán pocos temen la muerte de la mejor esposa, y no también la calculan? ¿A qué litigante defendido, pregunto, le duró el recuerdo de un beneficio tan grande más allá de los asuntos próximos? Aquello está confesado; ¿quién muere sin queja? ¿Quién en su último día se atreve a decir: Viví, y el curso que la fortuna había dado, lo terminé? ¿Quién no sale rehusando, quién no gimiendo? Pero esto es de desagradecido, no estar contento con el tiempo pasado. Siempre serán pocos los días, si los contaste. Piensa: no está el sumo bien en el tiempo: cuanto sea, consuélalo con el bien. Aunque se te prorrogue el día de la muerte, nada aprovecha a la felicidad: puesto que la vida no se hace más dichosa con la demora, sino más larga. ¡Cuánto mejor es ser agradecido hacia los placeres percibidos, no contar los años de otros, sino estimar con generosidad los propios, y ponerlos en ganancia! «Dios me juzgó digno de esto: esto basta. Pudo dar más; pero esto también es beneficio». Seamos agradecidos hacia los dioses, agradecidos hacia los hombres, agradecidos hacia aquellos que nos prestaron algo; agradecidos también hacia aquellos que prestaron algo a los nuestros.

XVIII. «Me obligas hasta el infinito, eh, dice, cuando dices: también a los nuestros; así que pon algún límite. Quien da un beneficio al hijo, según dices, también lo da a su padre. Primero pregunto: ¿de dónde, a dónde? Además aquello quiero que se me limite de todos modos: si también se da beneficio al padre, ¿acaso también al hermano? ¿Acaso al tío paterno? ¿Acaso al abuelo? ¿Acaso a la esposa y al suegro? Dime: ¿dónde debo detenerme, hasta dónde seguiré la serie de personas?». Si cultivaré tu campo, a ti te habré dado un beneficio: si tu casa ardiente la apago, o la sostengo para que no se derrumbe, ¿no te daré beneficio? Si salvé a tu esclavo, a ti te lo imputaré: si salvé a tu hijo, ¿no tendrás mi beneficio?

XIX. «Pones ejemplos que no son semejantes: porque quien cultiva mi campo no hace un favor al campo, sino a mí; y quien apuntala mi casa para que no se derrumbe, me lo hace a mí: la casa misma carece de sentimiento. Me tiene como deudor, porque no tiene otro. Y quien cultiva mi campo no quiere obligar al campo, sino a mí. Lo mismo diré del esclavo: es propiedad de mi patrimonio, se le sirve a mí: por eso yo debo en su lugar. El hijo en cambio es capaz de recibir el favor: por tanto él lo recibe; yo me alegro del favor; me toca, no me obliga». Sin embargo, quisiera que tú, que piensas que no debes, me respondas: La buena salud del hijo, la felicidad, el patrimonio, ¿no conciernen al padre? ¿Será más feliz si conserva a su hijo a salvo; más infeliz si lo pierde? ¿Qué pasa entonces? ¿El que por mí se vuelve más feliz y se libra del peligro de la mayor infelicidad, no recibe un favor? «No, dice; porque hay cosas que se confieren a otros, pero que llegan hasta nosotros; pero cada cosa debe exigirse a aquel a quien se confiere: como el dinero se reclama a aquel a quien se prestó, aunque de algún modo haya llegado hasta mí. No hay favor cuya ventaja no toque también a los allegados, a veces incluso a los más alejados. No se pregunta adónde se transfiere el favor desde aquel a quien se dio, sino dónde se colocó primero; la reclamación es al reo mismo y a la cabeza». ¿Qué pasa entonces? Te lo ruego, ¿no dices tú: Me has regalado a mi hijo, y si él hubiera muerto yo no habría sobrevivido? ¿No debes un favor por la vida de aquel cuya vida prefieres a la tuya? Todavía ahora, cuando he salvado a tu hijo, te postras de rodillas, haces votos a los dioses, como si tú mismo hubieras sido salvado. De ti salen estas palabras: Nada importa si salvaste lo mío o a mí mismo, salvaste a dos: más aún, a mí más. ¿Por qué dices eso, si no recibes el favor? «Porque si mi hijo tomara dinero prestado, yo pagaré al acreedor, pero no por ello yo estaré endeudado: porque si mi hijo fuera sorprendido en adulterio, me avergonzaré, pero no por ello yo seré adúltero. Digo que estoy obligado a ti por mi hijo, no porque lo esté, sino porque quiero ofrecerme a ti como deudor voluntario. Pero llega hasta mí el mayor placer por su salvación, la mayor utilidad, y he escapado de la gravísima herida de la orfandad. No se pregunta ahora si me has sido útil, sino si me has dado un favor; porque también son útiles un animal, una piedra y una hierba: y sin embargo no dan favor, porque el favor nunca se da sino por quien quiere. Tú en cambio no quieres dar al padre, sino al hijo: y entretanto ni siquiera conoces al padre. Así que cuando digas: ¿Entonces no di un favor al padre salvando a su hijo?, contraponle: ¿Entonces di un favor al padre, a quien no conozco, en quien no pensé? ¿Y qué pasa con que a veces sucede que odias al padre y salvas al hijo: parecerá que le diste un favor a aquel de quien entonces eras enemicísimo, cuando lo dabas?». Pero, dejando a un lado la disputa de los diálogos, para responder como jurisconsulto, hay que mirar la intención del que da. Dio el favor a aquel a quien quiso dárselo. Como si lo hizo en honor del padre, el padre recibió el favor: pero el padre no se obliga por un favor conferido al hijo, aunque se beneficie de él. Sin embargo, si tiene ocasión, querrá él mismo prestar algo; no como si tuviera la necesidad de pagar, sino como si tuviera el motivo de empezar. No debe reclamarse al padre el favor; si hace algo generosamente por esto, es justo, no agradecido. Pues aquello no puede terminarse: si doy un favor al padre, y a la madre, y al abuelo, y al tío, y a los hijos, y a los parientes y a los amigos, y a los esclavos, y a la patria. ¿Dónde entonces empieza a detenerse el favor? Porque surge aquel sorites inexplicable: al que es difícil poner límite, porque avanza poco a poco y no deja de arrastrarse. Suele preguntarse esto: Dos hermanos están enemistados; si salvo a uno, ¿doy un favor a aquel que no lamentará que el hermano odiado no haya muerto? No hay duda de que es un favor ser útil incluso contra la voluntad; como no dio favor quien fue útil contra su voluntad.

XX. «¿Llamas favor, dice, a aquello por lo que él se ofende, por lo que se atormenta?» Muchos favores tienen un rostro triste y áspero, como cortar y quemar para sanar, y coaccionar con cadenas. No hay que mirar si alguien sufre por el favor recibido, sino si debe alegrarse. No es mala una moneda que rechazó un bárbaro ignorante de la efigie pública. Odia el favor y lo recibió, con tal de que le sea útil, con tal de que quien lo dio lo dio para que le fuera útil; nada importa para la bondad de la cosa que alguien la reciba con mala disposición. Ea pues, voltea esto al contrario. Odia a su hermano, a quien le conviene tener: yo le maté a éste; no es un favor, aunque él diga que lo es, y se alegre. Hace daño de forma muy engañosa aquel a quien se dan gracias por un daño. Veo. Algo es útil, y por eso es favor: hace daño, y por eso no es favor. Mira, daré algo que ni es útil ni hace daño: y sin embargo es favor. Encontré al padre de alguien desmayado en soledad, sepulté su cuerpo: ni a él le fui útil; ¿qué le importaba de qué manera se desvanecía? ni al hijo; ¿qué ventaja le llegó por esto? Diré qué consiguió: cumplió por mí con un deber solemne y necesario. Hice por su padre lo que él mismo habría querido hacer, y no solo eso, sino que habría debido. Sin embargo, esto es favor así, si no lo di a la misericordia y la humanidad, como para ocultar cualquier cadáver, sino si reconocí el cuerpo, si pensé que entonces hacía esto por el hijo. Pero si eché tierra sobre un muerto desconocido, no tengo deudor de este deber, fui humano en general. Dirá alguien: ¿Por qué buscas tanto a quién diste el favor, como si fueras a reclamarlo alguna vez? Hay quienes piensan que nunca debe reclamarse, y aportan estas razones. El indigno no devolverá ni siquiera cuando se le reclame: el digno devolverá por sí mismo. Además, si se lo diste a un hombre bueno, espera, no le hagas injuria reclamando, como si no fuera a devolverlo espontáneamente; si se lo diste a un hombre malo, castígate. No conviertas el favor en préstamo con la palabra. Además, lo que la ley no ordenó reclamar, lo prohibió. Eso es verdad; mientras nada me apremia, mientras la fortuna nada me obliga, pediré el favor antes que reclamarlo: pero si se trata de la salvación de los hijos, si el peligro arrastra a la esposa, si la salvación y libertad de la patria me envía incluso adonde no querría ir, impondré algo a mi pudor, y testificaré que hice todo para no necesitar la ayuda de un hombre desagradecido; finalmente, la necesidad de recuperar el favor vencerá la vergüenza de reclamarlo. Luego, cuando doy un favor a un hombre bueno, lo doy como si nunca fuera a reclamarlo, a menos que sea necesario.

XXI. «Pero la ley, dice, al no permitir exigir, lo prohibió». Muchas cosas no tienen ley ni acción, a las que la costumbre de la vida humana, más fuerte que toda ley, da acceso. Ninguna ley ordena no revelar los secretos de los amigos; ninguna ley, mantener la fe incluso al enemigo. ¿Qué ley nos obliga a cumplir lo que prometimos a alguien? Me quejaré sin embargo con aquel que no guardó la conversación secreta; y me indignaré por la fe dada y no conservada. «Pero del favor, dice, haces un préstamo». En absoluto: porque no exijo, sino reclamo; y ni siquiera reclamo, sino advierto. Ni siquiera la última necesidad me llevará a ir a aquel con quien debo luchar largo tiempo. Al que es tan desagradecido que no le basta ser advertido, lo pasaré por alto, y no lo juzgaré digno de que se le obligue a ser agradecido. Como el prestamista no demanda a ciertos deudores, que sabe que quebraron y en cuyo pudor no queda nada que perder: así yo pasaré por alto a ciertos desagradecidos abierta y pertinazmente, y no reclamaré el favor a nadie, excepto a aquel de quien no voy a arrancarlo, sino a recibirlo.

XXII. Hay muchos que no saben negar lo que recibieron, ni devolverlo, que no son tan buenos como agradecidos, ni tan malos como desagradecidos, perezosos y lentos, deudas lentas, no malas. A éstos yo no los demandaré, sino que los recordaré, y los llevaré al deber cuando estén en otra cosa, quienes inmediatamente me responderán así: «Perdona, por Hércules no sabía que tú deseabas esto, de otro modo te lo habría ofrecido espontáneamente. Te ruego que no me consideres desagradecido: recuerdo lo que me prestaste». ¿Por qué dudaría yo en hacer a éstos mejores para sí y para mí? A todo el que pueda, le impediré pecar, mucho más al amigo, y que no peque, y que sobre todo no peque contra mí. Le hago otro favor, si no permito que sea desagradecido: y no le echaré en cara duramente lo que presté, sino de la manera más suave que pueda, para dar ocasión de devolver la gratitud, renovaré el recuerdo de aquello, y pediré un favor: él entenderá que estoy reclamando. Alguna vez usaré palabras más duras, si esperare que pueda enmendarse; pues al desesperado tampoco por esto lo hostigaré, para no hacer de un desagradecido un enemigo. Si además dejamos a los desagradecidos la vergüenza incluso de la advertencia, los haremos más perezosos para devolver los favores. Pero permitiremos que perezcan algunos sanables y que pueden hacerse buenos, si algo los mordiera, suprimida la advertencia, con la que también un padre corrigió alguna vez a un hijo, y una esposa redujo a sí al marido errante, y un amigo levantó la fe decaída de un amigo.

XXIII. Algunos, para despertarse, no deben ser golpeados, sino movidos; del mismo modo la fe de algunos para devolver la gratitud no cesa, sino que languidece; sacudámosla. No conviertas tu don en injuria. Porque es injuria, si no reclamas para que yo sea desagradecido. «¿Qué pasa si ignoro lo que deseas? ¿Qué pasa si, apretado por ocupaciones y llamado a otra parte, no observé la ocasión? Muéstrame qué puedo, qué quieres. ¿Por qué desesperas, antes de intentar? ¿Por qué te apresuras a perder el favor y el amigo? ¿De dónde sabes si no quiero, o ignoro; si me falta el ánimo o la facultad? Prueba». Advertiré pues, no con amargura, no abiertamente, sin insulto: de modo que piense que volvió a la memoria, no que fue devuelto a ella.

XXIV. Defendía una causa ante el divino Julio uno de los veteranos, un poco violento, contra sus vecinos, y la causa iba mal. «¿Recuerdas, dice, emperador, que en Hispania te torciste el tobillo cerca de Sucrón?» Cuando César dijo que lo recordaba: «Recuerdas sin duda, dice; bajo cierto árbol que apenas esparcía sombra, cuando querías descansar bajo el sol más ardiente, y el lugar era asperísimo, en el que de rocas agudas brotaba aquel único árbol, que uno de tus compañeros de armas puso debajo su capote». Cuando César dijo: «¿Cómo no he de recordar? Y además, consumido por la sed, porque impedido no podía ir a la fuente próxima, quería arrastrarme con las manos, si un compañero de armas, hombre fuerte y activo, no me hubiera traído agua en su casco». «¿Puedes entonces, dice, emperador, reconocer a aquel hombre, o aquel casco?» César dice que no puede reconocer el casco, al hombre muy bien; y añadió, creo que irritado, porque se le llevaba del conocimiento del asunto a una vieja historia: «Tú desde luego no eres aquél». «Con razón, dice, César, no me reconoces; pues cuando esto sucedió, yo estaba íntegro; después en Munda en la batalla me arrancaron un ojo, y me quitaron los huesos de la cabeza. Ni reconocerías aquel casco si lo vieras; pues fue partido por una espada hispana». César prohibió que se le causara molestia, y regaló a su soldado los campitos en los que el camino vecinal había sido causa de riñas y pleitos.

XXV. ¿Qué entonces? ¿No reclamó el favor al emperador, cuya memoria la multitud de asuntos había confundido? ¿A quien una fortuna inmensa, disponiendo ejércitos, no le permitía prestar atención a los soldados individuales? No es esto reclamar el favor, sino retomarlo bien colocado y preparado: para lo cual sin embargo, para tomarlo, hay que tender la mano. Lo reclamaré pues, porque esto o lo haré por necesidad, o por causa de aquel a quien se lo reclame. Tiberio César al principio, cuando alguien decía «¿Recuerdas?», antes de que presentara más señas de antigua familiaridad: «No recuerdo, dice, lo que fui». De éste ¿por qué no habría de reclamarse un favor? Era deseable el olvido. Rechazaba el conocimiento de todos los amigos y contemporáneos, y sólo quería que se mirara aquella fortuna suya presente, sólo quería que se pensara y narrara aquella; tenía como inquisidor al viejo amigo. Más oportuno es reclamar un favor, que pedirlo. Hay que usar moderación de palabras, para que ni el desagradecido pueda disimular. Hay que callar y esperar, si viviéramos entre sabios: y sin embargo también a los sabios habría sido mejor indicarles qué exige el estado de nuestros asuntos. A dios, a quien ninguna cosa escapa del conocimiento, le rogamos: y las súplicas no los persuaden, sino que los advierten. También a los dioses, digo, aquel sacerdote homérico les alega los servicios, y las aras religiosamente cultivadas. Querer y poder ser advertido, es la segunda virtud, y por lo que hagas obedientes, obedecen. El ánimo, el mejor rector de sí mismo, debe ser dirigido aquí y allá con las riendas ligeramente movidas por unos pocos. Los más próximos son los que advertidos vuelven al camino. A éstos no hay que quitarles el guía. A los ojos cerrados les está presente la agudeza, pero sin uso, que la luz enviada por los dioses llama a sus ministerios. Los instrumentos cesan, a menos que el artífice los mueva a su obra. Entretanto está presente en los ánimos la buena voluntad; pero languidece, ora por las delicias y el abandono, ora por la ignorancia del deber. Debemos hacerla útil, y no abandonarla irritados en el vicio, sino, como los maestros de los niños que aprenden, soportar pacientemente los tropiezos de la memoria que vacila. Ésta, como a menudo suministrada una o dos palabras, es llevada al contexto del discurso que debe devolverse, así para devolver la gratitud debe ser llamada de vuelta mediante la advertencia.

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