Libro cuarto
Libro cuarto.
I. De todo lo que hemos tratado, Ecilio Liberal, puede parecer que nada es tan necesario ni, como dice Salustio, debe decirse con más cuidado que lo que tenemos entre manos: ¿Dar un favor y devolverlo con gratitud son cosas deseables por sí mismas? Se encuentran quienes cultivan lo honesto por recompensa, a quienes no les place una virtud gratuita que nada tiene de magnífico en sí si algo es venal. ¿Qué hay más vergonzoso que calcular cuánto vale un hombre bueno, cuando la virtud ni invita con el lucro ni aleja con las pérdidas, y de tal modo no corrompe a nadie con esperanza y promesa que antes bien manda gastar en ella, y con más frecuencia se halla en lo que se ofrece? Pisoteando las utilidades debe irse hacia ella, adonde llame, adonde envíe, sin mirar el patrimonio: a veces debe marcharse incluso sin ahorro alguno de la propia sangre, y nunca debe rechazarse su mandato. «¿Qué conseguiré —dice alguien— si hago esto con valentía, si lo hago con gratitud?» Que lo hayas hecho. Nada se te promete fuera de ello: si acaso sobreviene algún provecho, lo contarás entre lo accesorio. El precio de las cosas honestas está en ellas mismas. Si lo honesto es deseable por sí mismo, y el favor es honesto, no puede haber otra condición para él, ya que tiene la misma naturaleza. Que lo honesto es deseable por sí mismo se ha probado muchas veces y abundantemente.
II. En esta parte nuestra lucha es con la turba delicada y umbrátil de los epicúreos, que filosofan en sus banquetes: para ellos la virtud es servidora del placer. Ella le obedece, ella le sirve, ella la ve por encima de sí. «No hay placer —dicen— sin virtud.» Pero ¿por qué va antes el placer? ¿Crees que la discusión es sobre el orden? Se disputa sobre la cosa entera, sobre su potestad: no es virtud si puede seguir. El primer lugar es suyo: debe guiar, debe mandar, debe estar en el sitio supremo; tú le ordenas que pida la señal. «¿Qué te importa —dice—? También yo niego que la vida feliz pueda consistir sin virtud. Al placer mismo, al que sigo, al que me he entregado, cuando aquella se aparta lo rechazo y condeno; sobre esto único se disputa: si la virtud es causa del sumo bien, o si ella misma es el sumo bien.» ¿Crees que cuando solo se pregunta esto se trata meramente de un cambio de orden? Eso es confusión y ceguera manifiesta: preferir lo último a lo primero. No me indigno porque la virtud se coloque después del placer, sino porque en absoluto se la compare con el placer. Ella desprecia el placer y es su enemiga, y retrocede lejísimos de él, más familiar al trabajo y al dolor, a los inconvenientes viriles, que a ese bien afeminado.
III. Había que intercalar esto, mi Liberal, porque dar un favor, del que ahora tratamos, es propio de la virtud, y es vergonzosísimo darlo por causa de alguna otra cosa que el haberlo dado. Pues si lo concediéramos con esperanza de recibir, daríamos al más rico de todos, no al más digno; ahora bien, preferimos a un pobre antes que a un rico importuno: no es favor lo que mira a la fortuna. Además, si nos invitara la sola utilidad para ayudar, quienes menos deberían distribuir favores serían quienes con mayor facilidad pueden hacerlo: los ricos, los poderosos, los reyes, que no necesitan ayuda ajena. Los dioses, por su parte, no darían tantos regalos que derraman sin interrupción días y noches; pues en todo les basta la naturaleza, y los hace plenos, seguros e inviolables. Nadie, por tanto, dará un favor si la única causa de dar es mirarse a sí mismo y su provecho. Eso no es un favor, es un préstamo: andar mirando no dónde colocar mejor, sino dónde tener más ganancia, de dónde sacar con mayor facilidad. Como esto está muy alejado de los dioses, se sigue que ellos son generosos; porque si la única causa de dar un favor fuera la utilidad del que da, y de nosotros no puede esperarse ninguna utilidad para Dios, no hay para Dios ninguna causa de dar un favor.
IV. Sé qué se responde en este punto. «Por tanto Dios no da favores, sino que, seguro y negligente de nosotros, vuelto de espaldas al mundo, hace otra cosa o, lo que a Epicuro le parece la mayor felicidad, no hace nada, y no lo tocan más los favores que las injurias.» Quien dice esto no escucha las voces de los que suplican y hacen votos levantando las manos al cielo por todas partes, privados y públicos. Lo cual, por cierto, no sucedería, ni todos los mortales habrían consentido en esta locura de dirigirse a divinidades sordas y dioses ineficaces, si no conocieran sus favores, ora ofrecidos espontáneamente, ora dados a quienes ruegan, grandes, oportunos, que disuelven con su intervención inmensas amenazas. ¿Quién es tan miserable, tan desatendido, quién con hado tan duro y nacido para el castigo, que no haya sentido tan grande munificencia de los dioses? Mira a esos mismos que se lamentan de su suerte y se quejan; hallarás que no están del todo privados de los favores celestes: no hay nadie hacia quien no haya manado algo de aquella benignísima fuente. ¿Es poco lo que se distribuye por igual a los que nacen? Aunque pasemos por alto lo que sigue, repartido en medida desigual, ¿dio poco la naturaleza cuando se dio a sí misma?
V. ¡Dios no da favores! ¿De dónde, entonces, esto que posees? ¿Qué das? ¿Qué niegas? ¿Qué guardas? ¿Qué arrebatas? ¿De dónde estas cosas innumerables que halagan ojos, oídos, ánimo? ¿De dónde esa abundancia que también provee al lujo? Pues no solo se ha proveído a nuestras necesidades; hasta el deleite somos amados: tantos árboles, no solo fructíferos de un modo, tantas hierbas saludables, tantas variedades de alimentos distribuidas por todo el año, de modo que incluso al indolente le ofrecieran alimentos fortuitos de la tierra. Ya todos los animales de todo género: unos nacidos en lo seco y sólido, otros en lo húmedo, otros lanzados por lo alto; para que toda parte de la naturaleza tributara alguna contribución a nosotros. Estos ríos que ciñen los campos con amenos meandros, aquellos que habrán de dar vía al comercio, avanzando con curso vasto y navegable, de los cuales algunos arrastran en días fijos un admirable incremento, para que zonas áridas y sometidas a cielo ardiente las riegue la súbita violencia de un torrente estival. ¿Qué decir de las venas de torrentes medicinales? ¿Qué de la desbordante abundancia de aguas calientes en las mismas costas?
A ti, Lario máximo, y a ti, Bénaco, que te alzas con oleaje y estruendo marino.
VI. Si alguien te donara unas pocas yugadas, dirías que has recibido un favor: ¿los inmensos espacios de tierras que se extienden a lo ancho niegas que sean un favor? Si alguien te donara dinero y llenara tu arca, ya que eso te parece grande, lo llamarás favor: la tierra ha excavado tantos metales, ha soltado tantos ríos sobre cuyas arenas corre el oro; plata, bronce, hierro, inmensa mole sepultada en todos los lugares, de la que te dio la facultad de investigar y dispuso en la superficie de la tierra las señales de riquezas escondidas: ¿niegas haber recibido un favor? Si se te donara una casa en la que reluciera algo de mármol y un techo más brillante, salpicado de oro o colores, ¿la llamarás un regalo mediocre? Te construyó un domicilio inmenso, sin miedo alguno al incendio o a la ruina, en el cual ves no finas láminas, más delgadas que la hoja misma con que se cortan, sino bloques enteros de piedra preciosísima, sino masas enteras de materia varia y distinta, cuyos pequeños fragmentos tú admiras, y un techo que reluce de un modo de noche, de otro de día: ¿niegas haber recibido regalo alguno? Y cuando estimas en mucho esto que tienes, lo cual es propio de un hombre ingrato, ¿juzgas que no debes a nadie? ¿De dónde te viene ese aliento que respiras? ¿De dónde esa luz mediante la cual dispones y ordenas los actos de tu vida? ¿De dónde esa sangre con cuya circulación se mantiene el calor vital? ¿De dónde esas cosas que provocan tu paladar con sabores exquisitos más allá de la saciedad? ¿De dónde esos estimulantes del placer ya cansado? ¿De dónde ese descanso en el que te pudres y languideces? Si eres agradecido, ¿no dirás:
Dios nos dio estos ocios: pues él será para mí siempre Dios, su altar a menudo un tierno cordero de nuestros rebaños bañará. Él permitió que mis bueyes vagaran, como ves, y yo mismo jugara lo que quisiera con caramillo agreste.
Dios es él, no quien soltó unos pocos bueyes, sino quien por todo el orbe soltó rebaños, quien a los ganados que vagan por todas partes ofrece pasto; quien sustituye los pastos invernales por los estivales; quien no solo enseñó a cantar con caramillo y modular un canto agreste e inarmónico hacia algún deleite, sino que inventó tantas artes, tantas variedades de voz, tantos sonidos —unos por nuestro aliento, otros por aliento externo— para emitir cantos. Pues no digas que esto que hemos inventado es nuestro: no más que el crecer, que las funciones del cuerpo respondan a su tiempo establecido. Ahora la caída de los dientes infantiles, ahora para la edad que ya se alza y pasa a paso más robusto la pubertad, y aquel último diente que pone término a la juventud que asoma. Están implantadas en nosotros las semillas de todas las edades y de todas las artes, y Dios maestro desde lo oculto saca los talentos.
VII. La naturaleza —dices— me proporciona esto. No entiendes que cuando dices eso estás cambiando el nombre a Dios. ¿Qué otra cosa es la naturaleza sino Dios, y la razón divina, inserta en el mundo entero y en sus partes? Cuantas veces quieras, te es lícito interpelar de otro modo a ese autor de nuestras cosas; y con razón lo llamarás Júpiter óptimo y máximo, y tonante, y estator: no, como transmitieron los historiadores, porque después de un voto hecho se detuvo la línea de los romanos que huían, sino porque todas las cosas están en pie por favor suyo, es estator y estabilizador: si a este mismo lo llamares también hado, no mentirás; pues como el hado no es otra cosa que la serie entrelazada de causas, él es la primera de todas las causas, de la que penden las demás. Cualesquiera nombres querrás aplicarle con propiedad, siempre que contengan alguna fuerza y efecto de las cosas celestes. Tantas apelaciones puede tener cuantos regalos.
VIII. Los nuestros lo consideran también Padre Líber, y Hércules, y Mercurio. Padre Líber: porque es padre de todos, porque de él se inventó primero la fuerza de las semillas, que habría de proveer mediante el placer. Hércules: porque su fuerza es invicta, y cuando se haya cansado por las obras realizadas, habrá de retirarse al fuego. Mercurio: porque en él está la razón y el número, el orden y la ciencia. Adondequiera que te vuelvas, allí lo verás saliendo a tu encuentro; nada está vacío de él: llena su propia obra. Por tanto, nada logras, ingratísimo de los mortales, tú que niegas deberte a Dios sino a la naturaleza; porque ni la naturaleza existe sin Dios, ni Dios sin la naturaleza; sino que es lo mismo una y otro, y no difieren en función. Si hubieras recibido algo de Séneca, dirías debérselo a Anneo, o a Lucio: no cambiarías al acreedor, sino el nombre; ya que tanto si dijeras su prenombre, como si dijeras el nombre, como si dijeras el cognombre, sería el mismo. Así, llama a este Naturaleza, Hado, Fortuna: todos son nombres del mismo Dios, que usa variamente su potestad. Y justicia, probidad, prudencia, fortaleza, frugalidad, son bienes de un solo ánimo: cualquiera de ellos que te plazca, el ánimo te place.
IX. Pero para no tener otra discusión de soslayo, Dios confiere muchísimos favores y los mayores en nosotros sin esperanza de recibir: puesto que ni él necesita de lo conferido, ni nosotros podemos conferirle algo. Por tanto, el favor es cosa deseable por sí misma; solo se mira en él la utilidad del que recibe: acerquémonos a ella, dejadas de lado nuestras conveniencias. «Decís —dice alguien— que hay que elegir con cuidado a quiénes dar favores, porque tampoco los agricultores confían las semillas a las arenas. Lo cual si es verdad, en dar favores seguimos nuestra utilidad, tal como al arar y sembrar: pues sembrar no es cosa deseable por sí misma. Además preguntáis a quién dar el favor: lo cual no habría que hacer, si dar un favor fuera cosa deseable por sí misma; pues en cualquier lugar, y de cualquier modo que se diera, era un favor.» Seguimos lo honesto no por ninguna otra causa sino por sí mismo. Sin embargo, aunque no debe seguirse nada más, preguntamos qué hacer, y cuándo, y cómo: pues por esas cosas se realiza. Así que cuando elijo a quién dar un favor, hago eso para que sea un favor, porque si se da a uno indigno, ni puede ser honesto, ni puede ser un favor.
X. Devolver un depósito es cosa deseable por sí misma: pero no siempre lo devolveré, ni en cualquier lugar, ni en cualquier tiempo. A veces nada importa si lo niego o lo devuelvo abiertamente. Miraré la utilidad de aquel a quien voy a devolverlo, y le negaré el depósito si va a dañarlo. Lo mismo haré en el favor: veré cuándo darlo, a quién darlo, cómo, por qué. Pues nada debe hacerse sin razón; y no es favor sino lo que se da con razón, puesto que la razón es compañera de todo lo honesto. Cuando muchas veces oímos esta voz de hombres que reprochan su donación irreflexiva: «¡Preferiría haberlo perdido a habérselo dado a ese!» Vergonzosísimo género de pérdida es la donación irreflexiva, y mucho más grave haber dado mal un favor que no haberlo recibido. Pues es culpa ajena no recibirlo: que no eligiéramos a quién darlo es nuestra. En la elección miraré nada menos que esto que tú crees, de quién voy a recibir: pues elijo al que será agradecido, no al que me devolverá. Muchas veces el que no devolverá es agradecido; y el ingrato, el que devolvió. Mi estimación apunta al ánimo. Por eso pasaré de largo al rico, pero indigno: daré al varón pobre pero bueno. Pues será agradecido en suma pobreza, y cuando todo le falte, le sobrará ánimo. No capturo lucro del favor, ni placer, ni gloria. Contento con complacer a uno solo, daré para hacer lo que debo. Y lo que debo no es sin elección: preguntas ¿cuál habrá de ser?
XI. Elegiré un varón íntegro, sencillo, memoriado, agradecido, abstemio de lo ajeno, no avaramente apegado a lo suyo, benévolo. Cuando lo haya elegido, aunque la fortuna nada le tribute con lo que pueda devolver gratitud, el asunto se habrá realizado según mi sentencia. Si me hace generoso la utilidad y un cálculo sórdido, si a nadie ayudo sino para que a su vez él me ayude, no daré un favor al que parte hacia regiones diversas y lejanas, no daré al que va a estar ausente siempre, no daré al tan afectado que no tiene esperanza de recuperarse, no daré yo mismo desfalleciendo, pues no tengo tiempo de recibir. Y sin embargo, para que sepas que es cosa deseable por sí misma el hacer bien: socorremos a extranjeros apenas depositados en nuestro puerto, y que van a partir enseguida. A un náufrago desconocido le damos y equipamos nave en que regresar. Parte él, apenas conocido el autor de su salvación, y nunca más volverá a nuestra vista, y delega en los dioses que le paguen, y ruega que ellos devuelvan gratitud en lugar de él: entretanto nos deleita la conciencia del favor estéril. ¿Qué cuando estamos constituidos en el fin mismo de la vida, cuando ordenamos el testamento, no distribuimos favores que a nosotros no habrán de aprovechar en nada? ¡Cuánto tiempo se consume, cuánto tiempo se debate en secreto, a quiénes y cuánto dar! ¿Pues qué importa a quiénes demos, si de nadie vamos a recibir? Y sin embargo nunca damos con más cuidado, nunca atormentamos más nuestros juicios, que cuando, apartadas las utilidades, solo lo honesto estuvo ante los ojos: tan mal jueces de los deberes mientras los deprava la esperanza y el temor, y el vicio más inerte, el placer. Cuando la muerte ha interceptado todo, y envió al juez incorrupto a pronunciar sentencia, buscamos los más dignos a quienes entregar lo nuestro: y nada disponemos con más santo cuidado que lo que no nos atañe.
XII. Y por Hércules que entonces sobreviene gran placer al pensar: «A este lo haré más rico, a la dignidad de aquel, añadidas riquezas, le derramaré algo de esplendor.» Si no damos favores sino para recibir, debería morirse sin testar. «Decís —dice alguien— que el favor es un crédito insoluble: pero un crédito no es cosa deseable por sí misma.» Cuando decimos crédito, usamos imagen y traslación. Así también ley es regla de lo justo e injusto: y la regla no es cosa deseable por sí misma. A estas palabras descendemos por causa de demostrar la cosa. Cuando digo crédito, se entiende como crédito. ¿Quieres saberlo? Añado insoluble, cuando ningún crédito puede o debe no pagarse. Tan lejos está que el favor deba darse por causa de utilidad, que a menudo, como dije, debe darse con daño y peligro. Así defiendo al cercado por ladrones, para que se le permita pasar a salvo: amparo al acusado que trabaja bajo gracia, y vuelvo contra mí la facción de hombres poderosos, cuyas inmundicias él se quitó, tal vez habiéndolas de recibir yo bajo los mismos acusadores, pudiendo irme a la otra parte y mirar seguro las contiendas ajenas; salgo fiador por el condenado, y bajo la lista colgada en los bienes del amigo, habiendo de obligarme a sus acreedores: para poder salvar al proscrito, corro yo mismo el peligro de la proscripción. Nadie que va a comprar el Tusculano o el Tiburtino por causa de salubridad y retiro estival, discute en qué año va a comprarlo: cuando compró, debe cuidarse. La misma razón en los favores; pues cuando hayas preguntado qué devuelve, responderé: la buena conciencia. ¿Qué devuelve el favor? Tú dime a mí, ¿qué devuelve la justicia, qué la inocencia, qué la grandeza de ánimo, qué el pudor, qué la templanza? Si algo más que ellas mismas, no buscas ellas mismas.
XIII. ¿El mundo para qué cumple sus ciclos? ¿Para qué el sol alarga y acorta el día? Todo eso son beneficios: ocurren para aprovecharnos. Del mismo modo que es oficio del mundo hacer girar el orden de las cosas, y del sol cambiar de posición aquello desde donde sale y adonde se retira, y hacer esto sin recompensa para nuestro provecho: así es oficio del hombre, entre otras cosas, dar favores. ¿Por qué los da, entonces? Para no dejar de darlos, para no perder la ocasión de hacer un favor. Vosotros disfrutáis engordando vuestro cuerpecillo en la ociosidad inerte, y apetecéis una seguridad idéntica al sueño, y os escondéis bajo sombra espesa, y con pensamientos delicadísimos, a los que llamáis tranquilidad, entretenéis la pereza de un ánimo marchito, y con comidas y bebidas, dentro del escondite de los jardines, cebáis cuerpos que la inactividad ha puesto pálidos: nuestra diversión es dar favores, aunque sean laboriosos, con tal de aliviar los trabajos ajenos; o peligrosos, con tal de arrancar a otros de los peligros; o aunque vayan a agotar nuestros recursos, con tal de aliviar las necesidades y las estrecheces de los demás. ¿Qué me importa si recibo o no los beneficios? Hay que darlos incluso cuando no los reciba. El favor mira a la conveniencia de aquel a quien se presta, no a la nuestra: de otro modo nos lo damos a nosotros. Por eso muchas cosas que traen gran utilidad a otros pierden la gratitud por tener precio. El comerciante sirve a las ciudades, el médico a los enfermos, el tratante de esclavos a la mercancía: pero todos estos, porque vienen a la conveniencia ajena por la suya propia, no obligan a aquellos a quienes benefician.
XIV. No es favor lo que se lanza al lucro. «Esto daré, esto recibiré»: es una subasta. No diré que es casta la que rechazó al amante para encenderlo; la que temió a la ley o al marido, como dice Ovidio:
«La que, porque no le fue lícito, no se entregó, se entregó.»
No sin razón se la cuenta entre las pecadoras a la que guardó la castidad para el temor, no para sí. Del mismo modo, quien dio un favor para recibir, no lo dio. ¿Entonces damos nosotros un favor a los animales, cuando criamos a los que van a servirnos o a alimentarnos? ¿Damos un favor a los árboles que cultivamos, para que no padezcan por la sequedad o por la dureza del suelo inmóvil y descuidado? Nadie se acerca a cultivar un campo por derecho y justicia, ni a ninguna cosa cuyo fruto está fuera de ella misma. Al dar un favor no conduce un pensamiento ávido ni sórdido, sino humano, generoso, deseoso de dar incluso cuando ya ha dado, y de aumentar con nuevos favores los viejos, teniendo un solo propósito: cuánto bien será para aquel a quien lo presta; de otro modo es mezquino, sin alabanza, sin gloria, ser útil porque conviene. ¿Qué tiene de magnífico amarse, cuidarse, adquirir para sí? De todas esas cosas aparta el verdadero deseo de dar un favor: arrastra hacia la pérdida con mano tendida, y deja atrás las utilidades, dichosísimo con la obra misma de favorecer.
XV. ¿Hay alguna duda de que lo contrario al favor es la injuria? Del mismo modo que hacer una injuria es algo que hay que evitar y rehuir por sí mismo, así dar un favor es algo apetecible por sí mismo. Allí la torpeza vale contra todos los premios que empujan al crimen: hacia esto invita la especie del bien honesto, eficaz por sí misma. No mentiré si digo que nadie deja de amar sus propios favores, nadie deja de estar dispuesto en su ánimo a ver con más gusto a aquel sobre quien ha acumulado muchos; a quien no sea motivo para dar de nuevo un favor el haberlo dado una vez: lo que no ocurriría si los favores mismos no nos deleitaran. ¡Cuántas veces oyes decir a alguien: «No soporto abandonar a aquel a quien di la vida, a quien arranqué del peligro! Me pide que defienda su causa contra hombres influyentes. No quiero: ¿pero qué hago? Ya le asistí una vez, y otra»! ¿No ves que hay en esta cosa cierta fuerza propia, que nos obliga a dar favores? Primero porque conviene, luego porque los dimos. A quien al principio no había razón para prestarle algo, le prestamos algo por esto: porque se lo prestamos. Y hasta tal punto no nos impulsa a los favores la utilidad, que protegemos y fomentamos incluso los inútiles, por solo el cariño al favor: a quien, incluso dado sin éxito, indulgir es tan natural como a los hijos depravados.
XVI. Esos mismos reconocen que devolver la gratitud ellos mismos, no porque sea honesto, sino porque es útil; y que no es así hay que demostrarlo con menos trabajo, porque con los mismos argumentos con que concluimos que dar un favor es cosa apetecible por sí misma, también concluiremos esto. Está fijado aquello de donde parten nuestras demostraciones hacia lo demás: que lo honesto se cultiva por ninguna otra causa sino porque es honesto. ¿Quién, entonces, se atreverá a hacer controversia sobre si ser agradecido es honesto? ¿Quién no detesta al desagradecido, inútil incluso para sí mismo? ¿Qué más? Cuando te cuentan de uno que fue desagradecido frente a los máximos favores de su amigo, ¿cómo lo llevas? ¿Como si hubiera hecho algo torpe, o como si hubiera omitido algo útil para sí y provechoso? Creo que lo consideras un hombre vil; que necesita castigo, no curador: lo que no ocurriría si ser agradecido no fuera apetecible por sí mismo y honesto. Otras cosas quizá muestran menos su dignidad, y si son honestas necesitan intérprete: esto está manifiesto, y más hermoso de lo que permite que su esplendor brille dudosa o escasamente. ¿Qué tan laudable, qué tan igualmente recibido en los ánimos de todos, como devolver la gratitud a los que nos hicieron bien?
XVII. Dime además: ¿qué causa nos conduce a esto? ¿La ganancia? Quien no la desprecia es desagradecido. ¿La ambición? ¿Y qué jactancia hay en pagar lo que debías? ¿El miedo? Ninguno hay para el desagradecido; porque solo a esta cosa no le pusimos ley, como si la naturaleza hubiera provisto bastante: del mismo modo que ninguna ley ordena amar a los padres, ser indulgente con los hijos: es superfluo empujarnos a donde vamos. Así como nadie debe ser exhortado al amor de sí mismo, que arrastra desde que nace: así tampoco a esto, a buscar lo honesto por sí mismo. Agrada por su propia naturaleza, y hasta tal punto la virtud es agraciada, que incluso en los malos está implantado aprobar lo mejor. ¿Quién hay que no quiera parecer benefactor? ¿Quién no, entre crímenes e injurias, aspire a la opinión de bondad? ¿Quién no revista con alguna apariencia de rectitud incluso las cosas que hizo más tiránicamente, y quiera parecer incluso haber dado un favor a los que hirió? Por tanto soportan que estos, a quienes aplastaron, les den las gracias; y se fingen buenos y generosos, porque no pueden demostrarlo. Lo que no harían si no los obligara el amor a lo honesto y apetecible por sí mismo a buscar una opinión contraria a sus costumbres, y a ocultar la maldad cuyo fruto se codicia, pero que ella misma es odiosa y vergonzosa: ni nadie se ha apartado tanto de la ley natural y se ha despojado del ser humano que sea malo por gusto. Di, en efecto, a cualquiera de esos que viven del robo si preferiría llegar a las cosas que consiguen con latrocinios y hurtos por un camino bueno. Preferirá aquel para quien es ganancia asaltar y golpear a los que pasan encontrar aquello antes que arrebatarlo. No encontrarás a nadie que no prefiera disfrutar de los premios de la maldad sin la maldad. Tenemos este máximo mérito de la naturaleza: que la virtud deja pasar su luz a los ánimos de todos: incluso quienes no la siguen la ven.
XVIII. Para que sepas que el afecto del ánimo agradecido es apetecible por sí mismo: cosa que hay que rehuir por sí misma es ser desagradecido; ya que nada disocia y separa tanto la concordia del género humano como este vicio. Porque ¿con qué otra cosa estamos seguros sino con ayudarnos mutuamente con oficios? Solo con esto la vida está más equipada y más fortificada contra las acometidas repentinas, por el comercio de los favores. Supón que estamos solos: ¿qué somos? Presa de animales y víctimas, y sangre debilísima y facilísima. Puesto que a los demás animales les bastan las fuerzas para defenderse; los que nacen vagabundos y han de vivir su vida segregados están armados: al hombre lo rodea la debilidad: no la fuerza de las uñas, no la de los dientes, lo hizo terrible a los demás: desnudo e indefenso, la sociedad lo protege. Dos cosas le dio que lo harían fortísimo de indefenso: razón y sociedad. Así, quien no podría igualar a nadie si lo apartaran, domina las cosas. La sociedad le dio el dominio de todos los animales: la sociedad trasladó al nacido en tierra al imperio de una naturaleza ajena, y le ordenó dominar incluso en el mar. Esta rechazó los ataques de las enfermedades, previó apoyos para la vejez, dio consuelos contra los dolores: esta nos hace fuertes, porque es lícito llamarla en auxilio contra la fortuna. Quita esta: y desgarrarás la unidad del género humano, por la que se sostiene la vida; pero se quitará si logras que el ánimo desagradecido no deba evitarse por sí mismo, sino porque hay que temerle otra cosa. ¿Cuántos hay, en efecto, a quienes les es lícito ser desagradecidos sin peligro? Finalmente, llamo desagradecido a cualquiera que es agradecido por miedo.
XIX. Nadie sano teme a los dioses. Porque es locura temer lo que nos salva: ni nadie ama a quienes teme. Tú, por fin, Epicuro, haces a Dios desarmado: le quitaste todos los dardos, todo poder; y para que no fuera temible a nadie, lo arrojaste fuera del mundo. A este, por tanto, cercado por un muro inmenso e inexplicable, y separado del contacto y de la vista de los mortales, no tienes por qué temerlo: no tiene materia ni de otorgar ni de dañar. En el intervalo medio entre este cielo y otro, desierto, sin animal, sin hombre, sin cosa, evita las ruinas de los mundos que caen sobre él y a su alrededor, sin escuchar los votos ni curioso de nosotros. Y sin embargo quieres parecer que lo veneras, no de otro modo que a un padre, con ánimo agradecido, según creo: o si no quieres parecer agradecido, porque no tienes ningún favor de él, sino que te aglomeraron por azar y al tuntún los átomos y esas partículas tuyas, ¿por qué lo veneras? «Por su majestad», dices, «excepcional, y singular naturaleza». Aunque te lo conceda: sin duda haces esto sin esperanza, sin ningún precio que te induzca. Hay, pues, algo apetecible por sí mismo, hacia lo que te conduce su propia dignidad: eso es lo honesto. ¿Qué hay, además, más honesto que ser agradecido? La materia de esta virtud se extiende tan ampliamente como la vida.
XX. Pero hay en este bien, dice, también alguna utilidad. ¿A qué virtud no hay? Pero se dice que se apetece por sí mismo aquello que, aunque tenga algunas ventajas fuera de sí, apartadas e incluso suprimidas esas, agrada. Aprovecha ser agradecido: pero seré agradecido incluso si daña. El que es agradecido, ¿qué sigue? ¿Que esta cosa le concilie otros amigos, otros favores? ¿Qué, entonces, si alguien se va a acarrear ofensas? ¿Si alguien entiende que por esto no va a conseguir nada, sino que incluso ha de perder muchas cosas de las guardadas y adquiridas? ¿Descenderá gustoso a las pérdidas? Es desagradecido quien al devolver la gratitud ve algo segundo después de lo dado, quien espera cuando devuelve. Llamo desagradecido al que se sienta junto al enfermo porque va a hacer testamento, a quien le queda tiempo de pensar en la herencia o en el legado: aunque haga todo lo que debe hacer un buen amigo y que recuerda el deber, si en su ánimo se le presenta la esperanza, si es cazador de lucro y echa el anzuelo. Como las aves que se alimentan de lacerar cuerpos, acechan de cerca las reses fatigadas por la enfermedad y a punto de caer; así este se cierne sobre la muerte y vuela alrededor del cadáver.
XXI. El ánimo agradecido se deja capturar por la virtud misma de su propósito. ¿Quieres saber que es así, y que no lo corrompe la utilidad? Hay dos géneros de hombre agradecido. Se dice agradecido el que devuelve algo a cambio de lo que recibió. Este quizá puede ostentarse: tiene algo que jactar, que mostrar. Se dice agradecido el que recibió con buen ánimo el favor, con buen ánimo lo debe. Este está encerrado dentro de su conciencia; ¿qué utilidad puede tocarle de un afecto latente? Y sin embargo este, aunque no pueda hacer nada más, es agradecido: ama, debe, desea devolver la gratitud. Lo que más allá desees no le falta a él mismo. Es artífice incluso aquel a quien no le alcanza el instrumental para ejercer su arte, ni es menos experto en cantar aquel a quien el estruendo de los que braman no deja oír la voz. Quiero devolver la gratitud: después de esto me sobra algo, no para ser agradecido, sino para estar liberado. Porque a menudo también quien devolvió la gratitud es desagradecido; y quien no la devolvió, agradecido. Pues como de todas las demás virtudes, así de esta toda la estimación regresa al ánimo. Este, si está en su oficio, cualquier cosa que faltó, peca la fortuna. Del mismo modo que es elocuente incluso quien calla, fuerte incluso quien tiene las manos cruzadas o incluso atadas; del mismo modo que el piloto lo es incluso estando en seco, porque a la ciencia consumada nada le falta, aunque algo impida que la use: así es agradecido incluso quien solo quiere y no tiene otro testigo de esta voluntad suya que él mismo. Es más: añadiré algo más grande: a veces es agradecido incluso quien parece desagradecido, a quien una opinión intérprete malvada trata como contrario. Este, ¿qué otra cosa sigue sino la conciencia misma? La cual incluso sepultada deleita, la cual grita contra la asamblea y la fama, y deposita todo en sí, y cuando vio en el otro lado la inmensa turba que siente lo contrario, no cuenta los votos, sino que vence con una sola sentencia. Si ve además que la buena fe es afligida con suplicios de perfidia, no desciende de la altura sino que se yergue por encima de su castigo.
XXII. «Tengo», dice, «lo que quise, lo que busqué. No me arrepiento, ni me arrepentiré, ni ninguna iniquidad me llevará la fortuna a oír esta voz: ¿Qué me quise? ¿De qué me sirve ahora la buena voluntad?» Sirve incluso en el potro, sirve incluso en el fuego; si este se aplicara a cada miembro y paulatinamente rodeara el cuerpo vivo; aunque el cuerpo mismo lleno de buena conciencia destile: le agradará aquel fuego por el que brillará la buena fe. Ahora también redúzcase aquel argumento, aunque ya dicho. ¿Qué hay para que queramos ser agradecidos cuando morimos? ¿Por qué sopesamos los oficios de cada uno? ¿Por qué nos afanamos en toda nuestra vida, decidiendo la memoria, para que no parezcamos haber olvidado el oficio de nadie? Ya nada queda para que la esperanza se alargue: sin embargo, puestos en aquel quicio, queremos salir de las cosas humanas siendo los más agradecidos. Evidentemente hay en la obra misma gran recompensa, e inmensa potencia de lo honesto para atraer las mentes de los hombres: su belleza circunda los ánimos, y arrebata a los seducidos con la admiración de su luz y fulgor. Pero de ahí surgen muchas ventajas. Y más segura es la vida para los mejores, y el amor y el juicio favorable de los buenos, y la edad más segura, que sigue a la inocencia, que al ánimo agradecido. Porque habría sido injustísima la naturaleza de las cosas si hubiera hecho miserable, e incierto, y estéril este bien tan grande. Pero considera si hacia esa virtud, a la que a menudo se llega desde lo seguro y fácil, habrías ido también por un camino de rocas y riscos, y ocupado por fieras y serpientes.
XXIII. No por eso no es apetecible por sí mismo aquello a lo que además se adhiere algo de provecho fuera: porque las cosas casi más hermosas están acompañadas por muchas dotes también adventicias: pero estas las arrastran, aquellas preceden. ¿Hay duda de que este domicilio del género humano lo tempere con sus vicisitudes el curso del sol y de la luna? ¿De que por el calor del uno se alimenten los cuerpos, se abran las tierras, se repriman los humores excesivos, se quiebre la tristeza de la invernal que ata todo? ¿De que por el tibio calor del otro, eficaz y penetrante, madure la madurez de las mieses? ¿De que al curso de este responda la fecundidad humana? ¿De que aquel hiciera observable el año con su giro, esta el mes, dando vueltas en espacios menores? Pero si quitas eso, ¿no era el sol mismo espectáculo idóneo para los ojos, y digno de ser adorado, aunque solo pasara de largo? ¿No era digna de ser contemplada la luna, incluso si atravesara como astro ocioso? El mundo mismo, cuantas veces derramó por la noche sus fuegos, y resplandeció tanto de estrellas innumerables, ¿a quién no lo retiene atento a sí? ¿Quién, cuando los admira, piensa que eso le aprovecha? Mira aquellas cosas que resbalan con tácito desfile, cómo esconden su velocidad bajo la apariencia de una obra inmóvil y quieta. ¡Cuánto se hace en esta noche que tú observas en el número y distinción de los días! ¡Cuánta turba de cosas se desenvuelve bajo este silencio! ¡Qué serie de destinos saca el límite certero! Esas cosas que tú contemplas no de otro modo que esparcidas para el ornato, están cada una en obra. Porque no hay razón para que pienses que solo siete discurren, las demás se quedan quietas; el movimiento de unos pocos lo comprendemos: pero innumerables dioses, y retirados más lejos de nuestra vista, van y regresan. Y de estos que permiten nuestros ojos, la mayoría avanza con paso oscuro, y son conducidos por lo oculto. ¿Qué, pues? ¿No te cautiva el aspecto de mole tan grande, aunque no te gobierne, no te guarde, no te fomente, y te engendre, y te gobierne con su soplo?
XXIV. Estas cosas, aunque tienen un uso primordial y son necesarias y vitales, sin embargo su grandeza ocupa toda la mente; del mismo modo toda virtud, y sobre todo la del ánimo agradecido, presta mucho, sí, pero no quiere ser amada por eso: tiene en sí algo más grande, y no la entiende suficientemente quien la cuenta entre lo útil. ¿Es agradecido porque le conviene? Entonces lo será en la medida en que le convenga. La virtud no admite amante sórdido: hay que acercarse a ella con el pecho abierto. El desagradecido piensa esto: «Quería devolver la gratitud, pero temo el gasto, temo el peligro, temo la ofensa: haré más bien lo que me conviene». No puede el mismo razonamiento hacer al agradecido y al desagradecido. Como son distintas sus obras, así son distintos entre sí sus propósitos. Aquél es desagradecido, aunque no debe serlo, porque le conviene: éste es agradecido, aunque no le convenga, porque debe serlo.
XXV. Nuestro propósito es vivir según la naturaleza de las cosas y seguir el ejemplo de los dioses: los dioses, sin embargo, en todo lo que hacen ¿qué siguen además de la misma razón de hacerlo? A no ser que creas que perciben el fruto de sus obras en el humo de las entrañas y en el olor del incienso. Mira cuántas cosas emprenden cada día, cuántas distribuyen, de cuántos frutos llenan las tierras, con qué vientos oportunos que soplan hacia todas las costas remueven los mares; con qué lluvias, lanzadas de pronto, ablandan el suelo y renuevan las venas de los manantiales áridos, y los alimentan infundiéndoles un nutrimento por vías ocultas. Todo esto lo hacen sin paga, sin que de ello les venga ningún provecho. Nuestro razonamiento también, si no se aparta de su modelo, ha de observar esto: que no llegue mediante paga a las acciones honestas. Daría vergüenza que algún beneficio fuera venal: tenemos a los dioses gratuitos.
XXVI. «Si imitas a los dioses —dice—, da beneficios también a los desagradecidos: pues también para los criminales sale el sol, y los mares están abiertos a los piratas». En este punto preguntan si el hombre bueno dará un beneficio a un desagradecido, sabiendo que es desagradecido. Permíteme intercalar algo, para que no nos atrape una pregunta engañosa. Acepta dos tipos de desagradecidos según la definición estoica: uno es desagradecido porque es necio. El necio también es malo; quien es malo no carece de ningún vicio; por tanto también es desagradecido. Así decimos que todos los malos son intemperantes, avaros, lujuriosos, malignos: no porque todos esos vicios sean grandes y notorios en cada uno, sino porque pueden serlo; y lo son, aunque se oculten. El otro es desagradecido el que el vulgo llama así, inclinado y propenso por naturaleza a este vicio. A aquel desagradecido, que no está libre de esta culpa del mismo modo que no está libre de ninguna, el hombre bueno le dará un beneficio; pues no podrá dárselo a ninguno si aparta a tales hombres. A este desagradecido, que es un defraudador de beneficios y que ha volcado su ánimo hacia esta dirección, no le dará más un beneficio que prestaría dinero a un quebrado, o confiaría un depósito a quien ya se lo ha negado a muchos. Se dice que alguien es miedoso porque es necio: y esto acompaña a los malos, a quienes rodean vicios indistintos y universales; se dice miedoso en sentido propio quien por naturaleza se asusta hasta de vanos ruidos. El necio tiene todos los vicios, pero no está naturalmente inclinado hacia todos; uno se inclina hacia la avaricia, otro hacia la lujuria, otro hacia la insolencia.
XXVII. Por eso se equivocan quienes preguntan a los estoicos: «¿Entonces qué? ¿Aquiles es miedoso? ¿Entonces qué? ¿Arístides, a quien la justicia dio su nombre, es injusto? ¿Entonces qué? ¿Y Fabio, que con la dilación restauró la república, es temerario? ¿Entonces qué? ¿Decio teme la muerte? ¿Mucio es traidor? ¿Camilo desertor?» No decimos esto, que todos los vicios están en todos del modo en que algunos destacan en ciertos hombres; sino que el malo y el necio no carecen de ningún vicio; y ni siquiera al audaz lo absolvemos del miedo; ni siquiera al pródigo lo liberamos de la avaricia. Como el hombre tiene todos los sentidos, pero no por eso todos los hombres tienen la agudeza visual semejante a la de un lince: así quien es necio no tiene todos los vicios tan agudos y excitados como algunos tienen algunos. Todos los vicios están en todos; pero no todos destacan en cada uno. A éste la naturaleza lo empuja hacia la avaricia: éste está entregado a la lujuria, éste al vino: o si aún no está entregado, está formado de modo que sus costumbres lo lleven hacia ello. Así pues, para volver a lo propuesto, nadie que sea malo deja de ser desagradecido: pues tiene todas las semillas de la maldad: sin embargo se llama desagradecido propiamente quien se inclina hacia este vicio: a éste, pues, no le daré un beneficio. Como vela mal por su hija quien la casa con un hombre insultante y repudiado repetidas veces; como será tenido por mal padre de familia quien haya confiado el cuidado de su patrimonio a alguien condenado por gestión de negocios; como testará con gran locura quien haya dejado como tutor de su hijo a un despojador de pupilos: así dirá que da los beneficios pésimamente quien elija a desagradecidos, en quienes confiera cosas que van a perderse.
XXVIII. «Los dioses también —dice— conceden muchas cosas a los desagradecidos». Pero las habían preparado para los buenos; sin embargo les llegan también a los malos, porque no pueden separarse. Es mejor, pues, favorecer incluso a los malos por causa de los buenos, que faltar a los buenos por causa de los malos. Así, lo que mencionas, el día, el sol, el curso del invierno y del verano, y las temperaturas intermedias de la primavera y del otoño, las lluvias y los sorbos de las fuentes, los soplos fijos de los vientos, los dispusieron para todos: no pudieron excluir a individuos. El rey da honores a los dignos, el reparto público también a los indignos. El trigo público lo reciben tanto el ladrón como el perjuro y el adúltero, y, sin distinción de costumbres, cualquiera que esté inscrito; lo que sea otro tipo de cosa, lo que se da como a ciudadano, no como a bueno, lo reciben por igual buenos y malos. Dios también dio ciertos dones al género humano en conjunto, de los cuales nadie queda excluido; pues no podía suceder que el viento fuera favorable a los hombres buenos y contrario a los malos: era un bien común que el comercio del mar estuviera abierto, y que el dominio del género humano se extendiera. No podía darse ley a las lluvias que caerían, que no fluyeran sobre los campos de los malos e improbos. Ciertas cosas se ponen en común. Se fundan ciudades tanto para buenos como para malos: los monumentos de los ingenios los publicó la edición, aunque vayan a llegar también a los indignos; la medicina muestra ayuda incluso a los criminales. Nadie suprimió la composición de remedios saludables, para que no sanaran los indignos. Exige censura y apreciación de las personas en aquellas cosas que se dan separadamente como a digno: no en aquellas que admiten en promiscuidad a la multitud. Mucho importa, en efecto, si no excluyes a alguien o si lo eliges. Se dicta el derecho también al ladrón: de la paz disfrutan también los homicidas: recuperan lo suyo incluso quienes robaron lo ajeno. Los asesinos y quienes ejercen el hierro en casa, los defiende la muralla del enemigo: con el amparo de las leyes se protegen quienes más pecaron contra ellas. Ciertas cosas no podían alcanzar a los demás, si no se daban a todos. No tienes por qué discutir, pues, sobre aquellas cosas a las que fuimos públicamente invitados: aquello que debe llegar a alguien por mi juicio, no se lo daré a quien sé que es desagradecido.
XXIX. «Entonces —dice— ¿tampoco darás consejo al desagradecido que delibera, ni le permitirás sacar agua, ni le mostrarás el camino si anda perdido? ¿O harás esto, pero no le darás nada?» Distinguiré eso: al menos intentaré distinguir. Beneficio es una ayuda útil; pero no toda ayuda útil es un beneficio. Pues algunas son tan pequeñas que no ocupan el nombre de beneficio. Deben concurrir dos cosas que hagan un beneficio. Primero, la magnitud de la cosa: pues algunas están por debajo de la medida de este nombre. ¿Quién llamó beneficio a un cuarto de pan, o a la limosna de un as arrojado, o a haber dado posibilidad de encender fuego? Y a veces estas cosas ayudan más que las mayores: pero sin embargo su vileza les quita valor, incluso cuando resultaron necesarias por el momento. Luego, lo que es más importante, debe añadirse que lo haga por causa de aquel a quien quiero que llegue el beneficio, y que lo juzgue digno, y que lo conceda de buen grado, y que perciba gozo de mi regalo. Nada de esto hay en aquellas cosas de las que hablábamos. Pues no las concedemos como a dignos, sino negligentemente como cosas pequeñas: y no se las damos a un hombre, sino a la humanidad.
XXX. No negaré que a veces daré ciertas cosas incluso a los indignos, en honor de otros: como al solicitar honores en otro tiempo la nobleza prefirió a gente torpísima antes que a los trabajadores pero nuevos. No sin razón es sagrada la memoria de las grandes virtudes, y ayuda que haya más hombres buenos, si la gratitud de los buenos no cae con ellos mismos. ¿Qué cosa hizo cónsul al hijo de Cicerón, sino su padre? ¿Qué cosa recibió hace poco a Cina al consulado desde el campamento de los enemigos? ¿Qué cosa a Sexto Pompeyo, y a otros Pompeyos, sino la grandeza de un solo hombre, tan grande en otro tiempo que los alzara a todos los suyos, incluso con su ruina, bastante alto? ¿Qué hizo hace poco sacerdote a Fabio Pérsico, cuyo beso incluso impediría los votos de un hombre bueno, en no uno sino en varios colegios, sino Verrucoso, y Alobrogico, y aquellos trescientos que opusieron una sola casa a la incursión de los enemigos por la república? Esto debemos a las virtudes: que no las honremos solo presentes, sino también apartadas de la vista. Como aquéllos obraron de modo que no fueran útiles a una sola generación, sino que dejaran sus beneficios incluso después de ellos: así también nosotros seamos agradecidos no en una sola generación. Éste engendró hombres grandes, es digno de beneficios, sea cual sea: dio dignos. Éste ha nacido de mayores egregios: sea cual sea, que se oculte bajo la sombra de los suyos. Como los lugares sórdidos se iluminan con el reflejo del sol, así los ineptos resplandezcan con la luz de sus mayores.
XXXI. Quiero excusar en este punto, mi Liberal, a los dioses. Pues a veces solemos decir: «¿Qué se propuso la providencia, que puso en el reino a Aridayo?» ¿Crees que esto se le dio a él? Se le dio a su padre, y a su hermano. «¿Por qué puso al frente del orbe de las tierras a Cayo César, hombre avidísimo de sangre humana, a quien la mandaba fluir ante su vista no de otro modo que si fuera a recogerla con su boca?» ¿Qué? ¿Crees tú que esto se le dio a él? Se le dio a su padre Germánico, se le dio a su abuelo, bisabuelo, y antes de éstos a otros varones no menos ilustres, aunque pasaran la vida como privados e iguales a los demás. ¿Qué? Tú, cuando hiciste cónsul a Mamérco Escauro, ¿ignorabas que él recogía con la boca abierta el menstruo de sus esclavas? ¿Acaso él mismo lo disimulaba? ¿Acaso quería parecer limpio? Te referiré una frase suya sobre sí mismo, que recuerdo que circulaba, y se alababa en su presencia. A Asinio Polión que yacía, con palabra obscena, le había dicho que haría él lo que el otro prefería padecer; y como viera el rostro de Polión más contraído: «Lo que quiera de malo que dije —dijo—, para mí y para mi cabeza». Esta frase la narraba él mismo. ¿A un hombre tan abiertamente obsceno lo admitiste en los haces, y en el tribunal? Sin duda mientras piensas en aquel antiguo Escauro, jefe del senado, te parece indigno que su descendencia yazca.
XXXII. Es verosímil que los dioses traten a unos con más indulgencia por causa de sus padres y abuelos, a otros por causa de la futura índole de nietos y bisnietos, y de los descendientes que seguirán lejos. Pues conocida les es la serie de su obra: y la ciencia de todas las cosas que han de pasar por sus manos está siempre en evidencia para ellos: para nosotros viene de lo oculto; y lo que creemos repentino, para ellos viene previsto y familiar. Que sean éstos reyes, porque sus mayores no lo fueron, porque tuvieron por imperio supremo la justicia, la abstinencia, porque no se dedicaron la república a sí, sino ellos a la república. Que reinen éstos, porque cierto bisabuelo suyo fue hombre bueno, que llevó el ánimo por encima de la fortuna, que en la discordia civil, puesto que así convenía a la república, prefirió ser vencido antes que vencer. No pudo devolverse gratitud a aquél en tan largo espacio; en consideración a aquél que éste presida al pueblo: no porque sepa o pueda, sino porque otro mereció por él. Éste es deforme de cuerpo, feo de vista, y arrastrará sus ornamentos; ya me acusarán los hombres, me dirán ciego y temerario, ignorante del lugar en que pongo lo que se debe a los más altos y excelentes: pero yo sé que doy esto a otro, y pago lo debido tiempo atrás a otro. ¿De dónde saben ésos de aquel cierto, fugacísimo de la gloria siguiente, que iba a los peligros con el rostro con que otros vuelven del peligro; que nunca distinguió su bien del público? ¿Dónde está ése, dices, o quién es? ¿De dónde? No lo sabéis; ante mí se registran esas cuentas de gastos y de ingresos. Yo sé qué debo a quién; a unos les pago después de largo día; a otros por anticipado, y según la ocasión y la facultad de mi república lo permitió.
XXXIII. Al desagradecido, pues, a veces daré ciertas cosas, pero no por él mismo. «¿Qué si —dice— no sabes si es agradecido o desagradecido? ¿Esperarás hasta saber, o no perderás el tiempo de dar el beneficio?» Esperar es largo; pues, como dice Platón, difícil es la conjetura del ánimo humano: no esperar, temerario. A esto responderemos: nunca esperamos nosotros la comprensión certísima de las cosas; porque en lo arduo está la exploración de lo verdadero; sino que vamos por donde nos lleva la verosimilitud. Todo deber avanza por esta vía; así sembramos, así navegamos, así militamos, así tomamos esposas, así criamos hijos: como el resultado de todas estas cosas es incierto. Nos acercamos a aquellas cosas sobre las que creemos que hay que esperar bien. Pues ¿quién promete al que siembra la cosecha, al que navega el puerto, al que milita la victoria, al marido una esposa pudorosa, al padre hijos piadosos? Seguimos por donde nos arrastra la razón, no la verdad. Espera hasta que no hagas nada a no ser que vaya a salir bien, y hasta que, si no se comprueba la verdad, no te muevas a nada: abandonada toda actividad, la vida se detiene. Mientras me impulsen a esto o a aquello las cosas verosímiles, no las verdaderas: daré un beneficio a aquel del que será verosímil que será agradecido.
XXXIV. «Intervendrán —dice— muchas cosas, por las cuales incluso el malo se deslice como bueno, y el bueno desagrade como malo; pues engañosas son las apariencias de las cosas, en las que creemos». ¿Quién lo niega? Pero no encuentro otra cosa por la que guíe mi pensamiento. Por estas huellas debo seguir yo la verdad: más ciertas no las tengo. Pondré empeño en apreciarlas con la mayor diligencia, y no las asentaré a la ligera. Pues así puede suceder en la batalla que mi mano dirija mi dardo contra mi compañero, engañada por algún error; y que perdone al enemigo, como si fuera mío. Pero esto sucederá rara vez, y no por vicio mío: cuyo propósito es herir al enemigo, defender al ciudadano. Si sé que es desagradecido, no daré beneficio. —Pero se coló, te engañó. Aquí no hay culpa del que concede, porque di como a un agradecido. «Si prometiste —dice— que darás un beneficio, y después supieres que es desagradecido, ¿darás o no? Si lo haces, pecas a sabiendas: pues das a quien no debes; si niegas, también de este modo pecas; porque no das a quien prometiste. Vuestra constancia titubea en este lugar, y aquella soberbia promesa, que nunca el sabio se arrepiente de su hecho, ni nunca enmienda lo que hizo, ni cambia de consejo». El sabio no cambia de consejo, permaneciendo todas aquellas cosas que eran cuando lo tomó. Por eso nunca le asalta el arrepentimiento: porque nada mejor podía hacerse en aquel tiempo que lo que se hizo: nada mejor podía resolverse que lo que se resolvió. Por lo demás irá a todo con salvedad: «si nada sucede que lo impida». Por eso decimos que todo le sale bien, y que nada sucede contra su opinión, porque presume en su ánimo que puede intervenir algo que prohíba lo destinado. Esa confianza es de los imprudentes, prometer para sí la fortuna: el sabio piensa ambas partes de ella; sabe cuánto le es permitido al error, cuán inciertas son las cosas humanas, cuánto obstruye los consejos; suspendido sigue la suerte incierta y resbaladiza de las cosas, y los resultados inciertos con consejos ciertos. La salvedad, sin embargo, sin la cual nada destina, nada emprende, también aquí lo protege.
XXXV. Prometí el beneficio, si no sucediera algo por lo que no debiera darlo. Pues ¿qué, si lo que le prometí, mi patria me ordenara que se lo diera a ella? ¿Si se promulgara una ley para que nadie hiciera aquello que yo había prometido que haría a mi amigo? Te prometí a mi hija en matrimonio; después apareciste como extranjero: no tengo connubio con un externo. La misma cosa me defiende que lo prohíbe. Entonces faltaré a mi palabra, entonces oiré el cargo de inconstancia, si, siendo todas las cosas las mismas que eran cuando yo prometía, no cumpliera la promesa: por lo demás cualquier cosa que cambie hace libertad de consultar de nuevo, y me libera de la palabra. Prometí mi defensa en juicio: después apareció que mediante aquella causa se buscaba un prejuicio contra mi padre. Prometí que saldría contigo al extranjero: pero se anuncia que el camino está infestado de bandidos; iba a acudir a la cosa presente: pero me retiene un hijo enfermo, pero una esposa de parto. Todo debe ser igual a como fue cuando prometía, para que tengas atada la palabra del que promete. ¿Qué cambio puede ser mayor que si te descubrí hombre malo y desagradecido? Lo que iba a dar como a digno, lo negaré al indigno, y tendré también causa para enfadarme, engañado.
XXXVI. Examinaré, sin embargo, la magnitud de lo que está en juego: el tamaño de lo prometido me aconsejará. Si es pequeño, lo daré: no porque lo merezca, sino porque lo prometí; y no lo daré como un regalo, sino que rescataré mis palabras, y me tiraré de la oreja; castigaré con un daño la ligereza del que promete: así me dolerá y hablaré con más cautela en el futuro. Como solemos decir, me daré a mí mismo un «lenguajazo». Si es mayor, no cometeré el error de, como dice Mecenas, ser reprendido por diez millones de sestercios. Compararé una cosa con la otra. Algo es perseverar en lo que prometiste; pero mucho es también no dar un beneficio a quien no lo merece. No obstante, debo prestar atención a cuán grande sea: si es leve, hagamos la vista gorda; pero si va a causarme gran pérdida o vergüenza, prefiero excusarme una vez de por qué negué, que para siempre de por qué di. Todo, digo, está en calcular el precio de las palabras de mi promesa. No solo retendré lo que prometí a la ligera; sino que recuperaré lo que di incorrectamente. Es demente quien cumple su palabra dada a un error.
XXXVII. Filipo de Macedonia tenía un soldado valiente en el combate, cuya utilidad había experimentado en muchas campañas, y le había regalado repetidamente algo del botín como recompensa a su valor, y azuzaba a aquel hombre de alma venal con frecuentes pagos. Este náufrago fue arrojado a las propiedades de cierto macedonio; quien, apenas se lo anunciaron, acudió corriendo, le reanimó, lo llevó a su villa, le cedió su propia cama, restauró al medio muerto y extenuado, lo cuidó treinta días a su costa, lo recompuso, lo equipó con víveres para el viaje, mientras aquel decía repetidamente: «Te pagaré el favor: solo que me sea dado ver a mi general». Le contó a Filipo su naufragio, calló la ayuda, y enseguida pidió que le donara las tierras de alguien. Aquel alguien era su anfitrión, el mismo que lo había recibido, que lo había sanado. Entretanto los reyes regalan muchas cosas con los ojos tapados, sobre todo en la guerra; un solo hombre justo no basta para tantas codicias armadas; nadie puede al mismo tiempo ser un hombre bueno y un buen general. ¿Cómo se saciarán tantos miles de hombres insaciables? ¿Qué tendrán, si cada uno tiene lo suyo? Esto se dijo Filipo para sí cuando ordenó que aquel fuera instalado en los bienes que pedía. Expulsado de sus bienes, aquel no soportó la injuria en silencio como un campesino, contento con que no le hubieran regalado también a él; sino que escribió a Filipo una carta dura y libre. Al recibirla se encendió tanto que de inmediato ordenó a Pausanias que restituyera los bienes al dueño anterior; pero al pésimo soldado, al ingratísimo huésped, al avidísimo náufrago, que le grabara los estigmas que testimoniaran al huésped ingrato. Ciertamente mereció que aquellas letras no se le inscribieran sino que se le esculpieran, quien a su huésped, semejante a él mismo desnudo y náufrago, lo había expulsado a la misma playa en la que él había yacido. Pero veamos qué medida de castigo debió guardarse: desde luego había que quitarle lo que había invadido con sumo crimen. ¿Pero quién se conmovería por su castigo, quien había cometido aquello por lo cual nadie podría compadecerse de los miserables?
XXXVIII. ¿Te dará Filipo porque lo prometió, aunque no deba, aunque haga injusticia, aunque vaya a cometer un crimen, aunque con un solo acto vaya a cerrar las playas a los náufragos? No es ligereza apartarse de un error conocido y condenado; y hay que confesar francamente: «Pensé otra cosa: me equivoqué». Esta perseverancia es propia de una estupidez arrogante: «Lo que dije una vez, sea cual sea, quede fijo y ratificado». No es vergonzoso cambiar de opinión cuando cambian las circunstancias. Vamos, si Filipo hubiera dejado a aquel poseedor de aquellas playas que había tomado por naufragio, ¿no habría prohibido a todos los miserables el agua y el fuego? Mejor es, dice, que dentro de los límites de mi reino lleves tú grabadas esas letras ante los ojos con la frente más dura; muestra cuán sagrada es la mesa de la hospitalidad; presenta para leer en tu rostro ese decreto por el cual se establece que auxiliar a los miserables con un techo sea delito capital. Esta constitución será más firme así que si la hubiera grabado en bronce.
XXXIX. «¿Por qué entonces, dice, vuestro Zenón, cuando había prometido quinientos denarios en préstamo a alguien, y descubrió que aquel no era suficientemente idóneo, y sus amigos le aconsejaban que no los diera, perseveró en prestar porque había prometido?» Primero, una cosa es el crédito, otra el beneficio. El dinero mal prestado también tiene cobro; puedo llamar al deudor al vencimiento: y si cede el foro, llevaré una porción. El beneficio se pierde también entero, y de inmediato. Además, esto es propio de un mal hombre, aquello de un mal padre de familia. Luego ni siquiera Zenón, si la suma hubiera sido mayor, habría perseverado en prestar. Son quinientos denarios: aquello que suele decirse, que lo consuma en la enfermedad: valió la pena no retirar su promesa. Porque lo prometí iré a la cena, aunque haga frío: pero no si caen nieves. Me levantaré para los esponsales porque lo prometí, aunque no haya hecho la digestión: pero no si tengo fiebre. Compareceré como fiador porque lo prometí: pero no si me mandas garantizar en lo incierto, si me obligas al fisco. Subyace, digo, una excepción tácita: si puedo, si debo, si las cosas son así. Haz que sea el mismo estado cuando se exige que cuando prometí. No será ligereza faltar, si intervino algo nuevo; ¿por qué te extraña que, cuando ha cambiado la condición del que promete, haya cambiado el parecer? Dame todas las cosas iguales: y soy el mismo. Prometemos comparecer; sin embargo, faltas: no se da acción contra todos los que faltan; la fuerza mayor excusa.
XL. Ten por respuesta lo mismo también en aquella cuestión: si se debe devolver la gratitud de todos modos, y si hay que devolver el beneficio en todo caso. Debo prestar un ánimo agradecido: pero a veces mi infelicidad no me permite devolver la gratitud, a veces la felicidad de aquel a quien debo. Pues ¿qué devolveré a un rey, qué un pobre a un rico? Y más aún cuando algunos juzgan que recibir un beneficio es una injuria, y abruman los beneficios con otros beneficios seguidos. ¿Qué más puedo hacer hacia tales personas, que querer? Pues no debo por eso rechazar un nuevo beneficio porque todavía no he devuelto el anterior. Recibiré tan gustosamente como se me da: y me ofreceré a mi amigo como materia capaz para ejercitar su bondad. Quien no quiere recibir cosas nuevas, se ofende con las recibidas. No devuelvo la gratitud: ¿qué importa? La demora no está de mi parte, si me falta ocasión o medios. Él me prestó favor, precisamente cuando tuvo ocasión, cuando tuvo medios. ¿Es un hombre bueno o malo? Ante el bueno tengo buena causa: ante el malo no pleiteo. Ni siquiera estimo que deba hacerse esto: apresurarnos a devolver la gratitud incluso a quienes no lo desean, e insistir cuando se retiran. No es devolver la gratitud devolver contra su voluntad lo que recibiste de buena gana. Algunos, cuando se les envía algún regalito, enseguida devuelven otro inoportunamente, y testifican que no deben nada. Rechazar es una forma de enviar enseguida otra cosa a cambio, y borrar regalo con regalo. Algunas veces tampoco devolveré el beneficio, aunque pueda; ¿cuándo? Cuando me quitaré más a mí que lo que le aportaré a él; cuando él no sentirá ningún aumento al recibirlo, pero a mí, al devolverlo, me faltará mucho. Quien se apresura a devolver en todo caso, no tiene ánimo de agradecido, sino de deudor. Y para decirlo brevemente: quien desea pagar demasiado pronto, debe de mala gana; quien debe de mala gana, es un desagradecido.
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