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Libro primero

De los beneficios · Séneca · 28 min de lectura

LIBRO PRIMERO.

I. Entre los muchos y variados errores de quienes vivimos sin reflexión y sin juicio, nada podría yo llamar más vergonzoso, querido Liberal, que el hecho de que no sabemos ni dar favores ni recibirlos. De esto se sigue que lo mal dado se debe mal, y que de lo no devuelto nos quejamos demasiado tarde: porque ya estaba perdido cuando se daba. Y no es sorprendente que, entre tantos y tan grandes vicios, ninguno sea más frecuente que la ingratitud. Veo que esto ocurre por varias causas: la primera, que no elegimos a personas dignas de recibir nuestros favores; pero cuando vamos a dar un crédito, examinamos con diligencia el patrimonio y la solvencia del deudor; no arrojamos semillas en tierra agotada y estéril: los favores los tiramos sin elegir en absoluto, más que darlos. Y no puedo decir fácilmente qué es más vergonzoso, si negar un favor o reclamarlo; porque es un tipo de crédito del que solo debe recuperarse lo que se devuelve voluntariamente: quejarse de él es verdaderamente vergonzoso por el hecho mismo de que para quedar libre no hacen falta recursos, sino voluntad; porque devuelve el favor quien debe con gusto. Pero aunque la culpa está en quienes ni siquiera son agradecidos de palabra, también está en nosotros. A muchos encontramos desagradecidos, a más los hacemos: porque unas veces somos duros reprochadores y cobradores; otras veces ligeros, y nos arrepentimos poco después de nuestro regalo; otras veces quejosos y reclamando las minucias más pequeñas. Así corrompemos toda gratitud: no solo después de dar los favores, sino mientras los damos. ¿Quién de nosotros se conformó con que le pidieran algo con suavidad, o una sola vez? ¿Quién, al sospechar que se le iba a pedir algo, no frunció el ceño, apartó la mirada, simuló estar ocupado, quitó con conversaciones largas y que deliberadamente no encontraban salida la oportunidad de pedir, y eludió con diversos trucos las necesidades urgentes? Y cuando fue sorprendido en aprieto, ¿no aplazó, es decir, negó tímidamente, o prometió, pero con dificultad, pero con cejas contraídas, pero con palabras mezquinas y que apenas salían? Nadie, en cambio, debe con gusto lo que no recibió, sino que le fue arrancado. ¿Puede alguien ser agradecido con quien le arrojó el favor con arrogancia, o se lo lanzó enfadado, o se lo dio fatigado para quitarse un estorbo? Se equivoca si alguien espera que le responda quien lo agotó con dilaciones y lo torturó con la espera. Con el mismo ánimo se debe el favor con el que se da: y por eso no debe darse con negligencia: porque cada uno se debe a sí mismo lo que recibió de alguien que no se daba cuenta; ni tampoco debe darse tarde: porque, como en toda acción se valora mucho la voluntad del que da, quien hizo tarde lo que hizo, durante mucho tiempo no quiso hacerlo; ni desde luego con desprecio: porque, como está dispuesto por la naturaleza que las injurias penetran más hondo que los méritos, y que estos se desvanecen rápido mientras que la memoria de aquellas la guarda tenaz: ¿qué puede esperar quien ofende mientras obliga? Con él es bastante agradecido quien perdona su favor. Pero no debe hacernos más lentos para hacer el bien la multitud de desagradecidos. Porque en primer lugar, como dije, nosotros la aumentamos: luego, ni siquiera a los dioses inmortales los apartan de esta obligación tan extendida los sacrilegos y descuidados hacia ellos. Usan su naturaleza, y ayudan a todos, y entre ellos a los malos intérpretes de sus propios dones. Sigamos a estos guías, cuanto lo permita la debilidad humana: demos favores, no los prestemos a interés. Merece ser engañado quien, mientras daba, pensaba en recibir. ¿Pero si salió mal, y los hijos y los cónyuges defraudaron nuestra esperanza? Aun así educamos y nos casamos, y somos tan tenaces contra las pruebas que, vencidos, volvemos a la guerra, y náufragos, volvemos al mar. ¡Cuánto más conviene perseverar en dar favores! Si alguien no los da porque no recibió, dio para recibir, y hace buena la causa de los desagradecidos, a quienes les es vergonzoso no devolverlos, si pueden. ¡Cuántos son indignos de la luz! Y sin embargo amanece. ¡Cuántos se quejan de haber nacido! Y sin embargo la naturaleza engendra nueva descendencia, y soporta que existan los que habrían preferido no haber nacido. Esto es propio de un alma grande y buena, no perseguir el fruto de los favores, sino los favores mismos; y aun después de los malos buscar el bien. ¿Qué habría de magnífico en ayudar a muchos, si nadie engañara? Ahora hay virtud en dar favores que no necesariamente van a volver, favores cuyo fruto ya recogió inmediatamente el hombre ejemplar. Tanto no debe esto ahuyentarnos y hacernos más perezosos para la acción más hermosa que, si se me quitara la esperanza de encontrar a un hombre agradecido, preferiría no recibir favores a no darlos, porque quien no da, se adelanta al vicio del desagradecido. Diré lo que pienso: quien no devuelve un favor, peca más; quien no lo da, peca antes.

II. Cuando decidas repartir favores al vulgo, hay que perder muchos para dar bien uno solo.

En el primer verso puedes reprochar ambas cosas; porque no hay que derramarlos al vulgo; y de ninguna cosa, menos aún de los favores, es honesta la largueza; si les quitas el juicio, dejan de ser favores; caen en cualquier otro nombre. El sentido siguiente es admirable, el que con un solo favor bien dado consuela las pérdidas de muchos perdidos. Mira, te lo pido, si esto no es más verdadero, y más apropiado a la grandeza del que hace el bien, que lo exhortemos a dar aunque no vaya a dar bien ni uno solo. Porque aquello es falso, «hay que perder muchos». Ninguno se pierde: porque quien pierde, había hecho cuentas. La contabilidad de los favores es sencilla: solo se gasta; si algo vuelve, es ganancia: si no vuelve, no es pérdida. Yo di aquello para dar; nadie anota los favores en el calendario, ni, como cobrador avaro, reclama a hora y día. Nunca los piensa el hombre bueno, salvo que se lo recuerde quien los devuelve: de otro modo se convierten en forma de crédito. Es vergonzoso usurear, poner el favor en el debe. Cualquiera que sea el resultado de los anteriores, persevera en conferir otros; yacerán mejor entre desagradecidos, a quienes algún día podrán hacer agradecidos el pudor, o la ocasión, o la imitación. No ceses: cumple tu obra, y desempeña el papel del hombre bueno. A uno ayuda con bienes, a otro con tu palabra, a otro con tu influencia, a otro con tu consejo, a otro con preceptos saludables.

III. Hasta las fieras sienten los servicios: y no hay animal tan salvaje que el cuidado no lo ablande y lo vuelva al amor hacia uno. Los domadores tocan impunemente las fauces de los leones: el alimento hace bajar la fiereza de los elefantes hasta la obediencia servil. Tanto hasta lo que está fuera del entendimiento y la valoración del favor es vencido por la continuidad de un mérito tenaz. ¿Es desagradecido con un favor? No lo será con el segundo; ¿olvidó dos? El tercero le traerá también el recuerdo de los que se cayeron. Pierde los favores quien cree pronto haberlos perdido. Pero quien insiste, y carga los anteriores con los siguientes, arranca gratitud hasta de un pecho duro y olvidadizo. No se atreverá a levantar los ojos contra muchos; dondequiera que se vuelva, huyendo de su memoria, allí te ve: rodéalo con tus favores. Diré qué fuerza y qué naturaleza tienen, si antes me permites saltar por encima de esas cosas que no vienen al caso, por qué las Gracias son tres, y por qué son hermanas, y por qué con las manos entrelazadas, y por qué sonrientes, jóvenes, y vírgenes, y con vestido suelto y transparente. Unos, claro, quieren que parezca que una es la que da el favor: otra, la que lo recibe: la tercera, la que lo devuelve. Otros dicen que son tres los tipos de favores, de los que merecen, de los que devuelven, y de los que a la vez reciben y devuelven. Pero cualquiera de estas dos cosas que considere, ¿qué nos sirve ese conocimiento? ¿Qué nos dice ese coro de manos entrelazadas que vuelven sobre sí? Esto: que el orden del favor, pasando de mano en mano, vuelve sin embargo al que da, y pierde toda su belleza si en algún punto se interrumpe: es hermosísimo si se mantiene unido y guarda los turnos. Por eso sonrientes: hay sin embargo alguna dignidad mayor, como de quienes merecen. Los rostros son alegres, como suelen ser los de quienes dan, o reciben favores. Jóvenes: porque la memoria de los favores no debe envejecer. Vírgenes: porque son incorruptas, y sinceras, y sagradas para todos, en las cuales nada debe estar atado, ni sujeto; por tanto llevan túnicas sueltas: y transparentes, porque los favores quieren ser vistos. Haya alguien tan entregado a los griegos que diga que esto es necesario: ninguno habrá, sin embargo, que juzgue que viene al caso también esto, qué nombres les puso Hesíodo. Llamó Aglaya a la mayor de edad, Eufrosina a la mediana, Talía a la tercera. La interpretación de estos nombres cada uno la tuerce como le parece, y trata de llevarla a alguna explicación: cuando Hesíodo puso a sus muchachas el nombre que quiso. Así Homero le cambió el nombre a una, la llamó Pasítea, y la llevó al matrimonio, para que sepas que no son vestales. Encontraré a otro poeta en el que vayan ceñidas y salgan con vestidos frigios espesos de oro. Pues Mercurio está a su lado: no porque la razón o el discurso recomienden los favores, sino porque al pintor le pareció así. También Crisipo, en quien está aquella agudeza sutil, y que penetra en lo más profundo de la verdad, que habla con miras a la acción, y usa las palabras no más de lo suficiente para entender, llena todo su libro de estas tonterías: de modo que dice muy poco sobre la forma de dar, recibir y devolver favores; y no inserta estas cosas en las fábulas, sino las fábulas en estas. Porque además de esas cosas que Hecatón transcribe, Crisipo dice que las tres Gracias son hijas de Júpiter y Eurínome; pero menores en edad que las Horas, pero de rostro algo mejor, y por eso dadas como acompañantes a Venus. Y juzga que el nombre de la madre viene al caso. Porque se llamó Eurínome por ser del matrimonio de vasta extensión, repartir los favores; como si a la madre se le suela poner nombre después de las hijas, o los poetas diesen los nombres verdaderos. Igual que el nomenclátor tiene audacia en lugar de memoria, y a cualquiera a quien no puede devolver el nombre, se lo pone: así los poetas no creen que venga al caso decir verdad, sino que, forzados por la necesidad o corrompidos por el adorno, mandan llamar a cada cosa lo que queda bien para el verso. Y no les perjudica si llevaron al censo algo distinto: porque el poeta siguiente manda que lleven su nombre. Para que sepas que es así, mira, esta Talía de la que se está tratando ahora mismo, en Hesíodo es Caris, en Homero es Musa.

IV. Pero para no hacer lo que reprendo, dejaré todo eso, que está tan fuera de la cuestión que ni siquiera está en torno a ella. Tú solo defiéndeme, si alguien me objeta que he puesto a Crisipo en su sitio, hombre grande por Hércules, pero sin embargo griego, cuya agudeza demasiado fina se embota, y a menudo se repliega sobre sí: incluso cuando parece obrar algo, pincha, no perfora. Pero esto, ¿qué agudeza es? Hay que hablar de los favores, y ordenar la cosa que más une a la sociedad humana: hay que dar una ley de vida, para que no agrade, bajo la apariencia de generosidad, una facilidad irreflexiva; para que la liberalidad, que no debe faltar ni sobrar, no la restrinja esta misma vigilancia mientras la modera: hay que enseñar a recibir con gusto, a devolver con gusto, y proponerles a ellos mismos un gran certamen, de no solo igualar en obra y en ánimo a aquellos por quienes están obligados, sino de vencerlos: porque quien debe devolver gratitud nunca alcanza, si no se adelanta; estos deben ser enseñados a no anotar nada: aquellos a deber más. A esta contienda honestísima, de vencer favores con favores, así nos exhorta Crisipo, diciéndonos que hay que temer no sea que, porque las Gracias son hijas de Júpiter, portarse poco agradecidos sea sacrilegio, y se haga injuria a muchachas tan tiernas. Enséñame tú algo de aquello por lo cual me vuelva más benefactor, y más agradecido hacia quienes me merecen, por lo cual compitan los ánimos de los que obligan y los obligados, para que quienes dieron olviden; sea tenaz la memoria de los que deben. Esas tonterías, en verdad, déjaselas a los poetas, a quienes se les propone deleitar los oídos y tejer una fábula dulce. Pero quienes quieren sanar las conciencias, y mantener la fe en las cosas humanas, meter en los ánimos la memoria de los servicios, hablen en serio, y obren con grandes fuerzas: a no ser que pienses por casualidad que con discurso ligero y fabuloso, y con argumentos de viejas, puede prohibirse una cosa perniciocísima, las nuevas tablas de los favores.

V. Pero así como pasaré por encima de lo superfluo, así es necesario que exponga esto primero que tenemos que aprender: qué debemos cuando hemos recibido un favor. Porque uno dice que debe el dinero que recibió, otro el consulado, otro un sacerdocio, otro una provincia. Pero esas cosas son signos de los méritos, no méritos. No puede tocarse con la mano el favor: la cosa se hace con el ánimo. Hay mucha diferencia entre la materia del favor, y el favor; por tanto ni el oro, ni la plata, ni nada de lo que se recibe de los más próximos, es el favor, sino la voluntad misma del que otorga; los imperitos, en cambio, solo notan lo que aparece a los ojos, y lo que se entrega y se posee: por el contrario, desprecian aquello que en la cosa es raro y precioso. Estas cosas que tenemos, que vemos, en las que se pega nuestra codicia, son caducas; la fortuna y la injuria pueden quitárnoslas; pero el favor, incluso perdido lo que fue dado, dura. Porque es una acción bien hecha, que ninguna fuerza puede anular. Rescaté a un amigo de los piratas: otro enemigo lo capturó, y lo metió en la cárcel; no me quitó el favor, sino el uso de mi favor. Devolví a alguien los hijos arrebatados del naufragio, o del incendio: una enfermedad, o alguna injuria fortuita se los arrancó: permanece incluso sin ellos lo que se dio en ellos. Todas esas cosas, pues, que usurpan el falso nombre de favor, son servicios, por los cuales se despliega la voluntad amiga. Esto ocurre también en otras cosas, que una cosa es la apariencia de la cosa, otra la cosa misma. Un general premia a alguien con torques, con corona mural y cívica: ¿qué tiene de precioso por sí la corona? ¿Qué la toga pretexta? ¿Qué los fasces? ¿Qué el tribunal y el carro? Nada de esto es el honor, sino la insignia del honor. Así no es el favor lo que aparece a los ojos, sino la huella y la marca del favor.

VI. ¿Qué es, pues, el favor? Una acción benévola que otorga alegría, y la recibe al otorgarla, inclinada a lo que hace, y dispuesta espontáneamente. Por tanto no importa qué se haga, o qué se dé, sino con qué mente: porque el favor no consiste en lo que se hace o se da, sino en el ánimo mismo del que da o hace. Que entre estas cosas hay una gran diferencia, puedes entenderlo incluso por esto, que el favor es siempre un bien: pero lo que se hace o se da, no es ni bueno, ni malo. Es el ánimo el que ensalza lo pequeño, ilustra lo sórdido, deshonra lo grande y tenido en precio: las cosas mismas que se apetecen no tienen naturaleza de ni uno ni otro, ni de bueno, ni de malo; importa hacia dónde las empuje aquel rector, por quien se da forma a las cosas. No es, pues, el favor eso mismo que se cuenta, o se entrega; como tampoco en las víctimas, aunque sean opimas, y resplandezcan de oro, está el honor a los dioses; sino en la voluntad pía y recta de los venerantes. Por tanto los buenos son religiosos incluso con harina y vasija de barro; los malos, por el contrario, no escapan a la impiedad, aunque hayan ensangrentado los altares con mucha sangre.

VII. Si los favores consistieran en las cosas, no en la voluntad misma de hacer el favor, serían más grandes cuanto más grandes fueran las cosas que recibimos. Pero eso es falso; a veces nos obliga más quien dio cosas pequeñas magníficamente; quien igualó las riquezas de los reyes con su ánimo; quien otorgó algo exiguo, pero con gusto; quien olvidó su pobreza, mientras atendía a la mía; quien no solo tuvo voluntad de ayudar, sino deseo; quien creyó recibir un favor, cuando lo daba; quien dio como si no fuera a recibir, recibió como si no hubiera dado; quien ocupó y buscó la ocasión en que fuese útil. Por el contrario son ingratos, como dije, aunque parezcan grandes en cosa y apariencia, los favores que se arrancan o se caen de quien los da, y pesa mucho más lo que se da con mano fácil, que lo que se da con mano llena: lo que este empleó en mí es exiguo, pero no pudo más. Pero lo que aquel dio es grande: pero dudó, pero dilató, pero cuando lo daba, gimió, pero lo dio con arrogancia, pero lo anduvo pregonando, y no quiso agradar a aquel a quien lo prestaba; lo dio a su ambición, no a mí.

VIII. A Sócrates, cuando muchos le ofrecían muchas cosas según sus facultades de cada uno, Esquines, oyente pobre, le dijo: «Nada digno de ti, que pueda darte, encuentro, y solo de este modo siento que soy pobre. Así pues te dono lo único que tengo: a mí mismo. Este regalo te pido, cualquiera que sea, que lo aceptes bien, y pienses que los otros, aunque te dieron mucho, se dejaron más para sí». A lo cual Sócrates le dijo: «¿Cómo no me has dado tú un gran regalo, a no ser que acaso te estimes en poco? Tendré pues cuidado de devolverte mejor para ti de como te recibí». Esquines venció con este regalo el ánimo de Alcibíades, igual a sus riquezas, y toda la munificencia de los jóvenes opulentos.

IX. ¿Ves cómo el ánimo encuentra materia para la generosidad incluso en la estrechez? Me parece que se dijo: «Nada has conseguido, fortuna, queriendo hacerme pobre: sacaré de todos modos un regalo digno para este hombre, y puesto que de lo tuyo no puedo, daré de lo mío». Y no pienses que ese hombre se tuvo por despreciable quien hizo de sí mismo su precio: el ingenioso joven encontró el modo de darse a Sócrates. No hay que mirar cuánto valen las cosas, sino de quién vienen. El astuto no pone difícil acceso a quienes desean sin medida: alimenta con palabras las esperanzas perversas, aunque en nada ayudará con los hechos. Pero peor es, creo, quien áspero de lengua, grave de rostro, desplegó su fortuna con envidia. Pues cortejan y detestan al feliz, y si pudieran hacer lo mismo odian al que lo hace. A las mujeres ajenas, ni siquiera a escondidas sino abiertamente, las han convertido en escarnio, y las suyas las entregaron a otros. Rústico, sin urbanidad y de malas costumbres, y condición abominable entre las matronas es quien prohibió que su esposa fuera en litera y fuera llevada visible de todas partes con los espectadores admitidos en tropel. Si alguien no se hizo célebre por ninguna amante, ni paga una pensión anual a mujer ajena, a ese lo llaman las matronas humilde, de libido sórdida y entregado a las esclavas. De ahí el más elegante género de esponsales: el adulterio; y en consenso de viudez y celibato, nadie tomó esposa si no la raptó. Ya compiten por esparcir lo arrebatado, recoger lo esparcido con rapaz avaricia; no tener nada sagrado, despreciar la pobreza ajena, temer la propia más que cualquier otro mal; perturbar la paz con injurias, oprimir a los más débiles con violencia y miedo. Pues que las provincias sean saqueadas, y el tribunal se convierta en subasta, oída la puja de ambas partes, para adjudicarse al mejor postor, no es de extrañar, cuando es derecho de las gentes vender lo que has comprado.

X. Pero el ímpetu nos arrastra más lejos, provocándolo la materia. Así pues, terminemos aquí, para que la culpa no se asiente en nuestro siglo. De esto se quejaron nuestros mayores, de esto nos quejamos nosotros; de esto se quejarán nuestros descendientes: que los costumbres están trastornados, que reina la maldad, que los asuntos humanos y todo lo justo se deslizan hacia lo peor. Pero estas cosas se mantienen en el mismo lugar, y se mantendrán, moviéndose apenas un poco de un lado a otro, como las olas que la marea al subir alzó más lejos y al bajar mantuvo en una huella más interior de las playas. Ahora se pecará más en adulterios que en otras cosas, y la castidad romperá sus frenos: ahora florecerá la locura de los banquetes y la destrucción más vergonzosa de los patrimonios, la cocina: ahora el excesivo cuidado del cuerpo y la preocupación por la apariencia, mostrando la deformidad del espíritu: ahora la libertad mal administrada estallará en petulancia y audacia: ahora se irá a la crueldad privada y pública, y a la insania de las guerras civiles, con la que se profanará todo lo santo y sagrado. Alguna vez se rendirá honor a la embriaguez, y haber consumido muchísimo vino será virtud. Los vicios no esperan en un solo lugar; sino que se agitan móviles y discordantes entre sí, se empujan unos a otros y se ponen en fuga. Por lo demás, siempre deberemos pronunciar esto mismo sobre nosotros: somos malos, fuimos malos y, mal que me pese añadir, seremos malos. Habrá homicidas, tiranos, ladrones, adúlteros, raptores, sacrílegos, traidores: por debajo de todos estos está el desagradecido, salvo que todas esas cosas provienen de un ánimo desagradecido, sin el cual apenas creció crimen importante alguno. Tú guárdate de esto como del máximo crimen, de modo que no lo cometas: perdónalo como del más leve, si fue cometido. Pues esta es la suma de la injuria: perdiste el favor. Pero te queda a salvo de él lo que es mejor: lo diste. Así como hay que cuidar de conferir los favores sobre todo a aquellos que han de responder con gratitud: así haremos y daremos ciertas cosas, aunque se presagie mal de ellos, no solo si juzgáremos que serán desagradecidos, sino si supiéramos que lo fueron: como si puedo devolverle a alguien sus hijos, liberados de gran peligro, sin ninguno para mí, no dudaré. A quien sea digno lo protegeré aun a costa de mi sangre, y vendré a participar del riesgo: al indigno, si puedo arrebatárselo a los ladrones dando una voz, no me pesará lanzar ese grito salvador para el hombre.

XI. Sigue que digamos qué favores han de darse, y de qué modo. Primero demos lo necesario, luego lo útil, luego lo agradable, sobre todo lo que ha de durar. Pero hay que comenzar por lo necesario; pues de un modo llega al ánimo lo que sostiene la vida, de otro lo que la adorna o la equipa. Alguien puede ser desdeñoso al valorar aquello de lo que fácilmente carecerá, de lo que puede decir: «Tómalo de vuelta, no lo deseo: estoy contento con lo mío». A veces uno quiere no solo devolver lo que recibió, sino arrojarlo. De lo necesario, algunas cosas ocupan el primer lugar, sin las cuales no podemos vivir; otras el segundo, sin las cuales no debemos; otras el tercero, sin las cuales no queremos. Del primer tipo son: ser arrancado de las manos de los enemigos, y de la ira del tirano, y de la proscripción, y de los demás peligros que, variados e inciertos, asedian la vida humana. Cualquiera de estos que apartemos, cuanto mayor y más terrible sea, mayor gratitud alcanzaremos. Pues sobreviene el pensamiento de cuán grandes males fueron liberados: y el miedo precedente es un incentivo del regalo. Pero no debemos por ello salvar a alguien más tarde de lo que podemos, para que el temor imponga peso a nuestro favor. Próximas a estas son aquellas sin las cuales podemos vivir, pero de modo que la muerte sea preferible: como la libertad, y el pudor, y la buena conciencia. Después de estas tendremos por caras aquellas queridas por la unión, y la sangre, y el uso, y la larga costumbre: como los hijos, las esposas, los penates, y lo demás que el ánimo se aplicó a sí mismo hasta tal punto que juzga más grave ser arrancado de ellos que de la vida. Siguen las cosas útiles, cuya materia es variada y amplia. Aquí estará el dinero no superfluo, sino preparado para el sano modo de tener: aquí estará el honor, y el progreso de quienes tienden hacia cosas más altas; pues nada es más útil que hacerse útil para sí mismo. Ya las demás cosas vienen por añadidura, para hacer delicados. En estas procuraremos que sean gratas por la oportunidad, que no sean vulgares, y que pocos las hayan tenido, o pocos dentro de esta época, o de este modo; cosas que aunque no sean preciosas por naturaleza, lo sean por el tiempo o el lugar. Veamos qué cosa ofrecida será más placentera, qué cosa encontrará frecuentemente el que la tiene; para que esté con nosotros tantas veces como esté con él. Sobre todo cuidaremos de no enviar regalos superfluos: como armas de caza a una mujer o a un anciano, o libros a un campesino, o redes al dedicado a los estudios y las letras. Igualmente por el contrario cuidaremos de no enviar, queriendo enviar cosas gratas, lo que reprochará a cada uno su propia enfermedad; como vinos al borracho, y medicamentos al enfermo. Pues empieza a ser un insulto, no un regalo, aquello en que se reconoce el vicio del que lo recibe.

XII. Si está en nuestro arbitrio el dar, sobre todo buscaremos cosas que permanezcan, para que el regalo sea lo menos mortal posible. Pues pocos son tan agradecidos que piensen en lo que recibieron, aunque no lo vean. Incluso para los desagradecidos la memoria ocurre con el regalo mismo, cuando está ante los ojos, y no le permite olvidarse de sí mismo, sino que le impone y le inculca su autor. Por ello debemos buscar cosas más duraderas, porque nunca debemos recordarlo: que las cosas mismas despierten la memoria que se desvanece. Daré más a gusto plata labrada que acuñada: más a gusto estatuas que vestido, y lo que el breve uso desgasta. Pocos conservan la gratitud después de la cosa: más son aquellos en cuyo ánimo los regalos no están más tiempo que en el uso. Así que si puede hacerse, no quiero que mi regalo se consuma: que exista, que se adhiera a mi amigo, que conviva con él. Nadie es tan necio que necesite que se le advierta que no envíe a nadie gladiadores o cacería cuando ya dio el espectáculo, y vestidos de verano en invierno, de invierno en el solsticio. Haya sentido común en el favor: observe el tiempo, el lugar, las personas; porque algunas cosas son gratas e ingratas según los momentos. ¡Cuánto más aceptable es si damos lo que uno no tiene, que aquello de lo que abunda en cantidad! ¿Lo que busca hace tiempo y no encuentra, que lo que verá en todas partes? Que los regalos no sean tanto preciosos como raros y exquisitos, que incluso ante el rico se hagan su lugar: como incluso las frutas comunes, aunque vayan a caer en fastidio tras pocos días, deleitan si maduraron más temprano. Tampoco estarán sin honor aquellas que nadie más les dio, o que nosotros no dimos a nadie más.

XIII. Alejandro de Macedonia, cuando vencedor de Oriente alzaba sus ánimos por encima de lo humano, los corintios lo felicitaron por medio de legados, y lo obsequiaron con su ciudad. Cuando Alejandro se rió de este tipo de servicio, uno de los legados dijo: «Nunca dimos la ciudadanía a ningún otro que a ti y a Hércules». Recibió de buen grado el honor ofrecido, y acompañó a los legados con invitación y otra humanidad, pensando no en quiénes le daban la ciudad, sino a quién la habían dado. Y el hombre entregado a la gloria, de la que no conocía ni la naturaleza ni la medida, siguiendo las huellas de Hércules y de Líber, y ni siquiera resistiendo allí donde aquellas cesaban, miró hacia el compañero de su honor desde los que daban; como si poseyera el cielo, que abarcaba con mente vanísima, porque era igualado a Hércules. ¿Pues qué tenía él de semejante al joven demente, para quien en lugar de virtud había feliz temeridad? Hércules nada conquistó para sí: atravesó el orbe de las tierras, no codiciando sino castigando. ¿Qué iba a conquistar el enemigo de los malos, el vengador de los buenos, el pacificador de las tierras y del mar? Pero este desde la niñez bandido, y devastador de las gentes, tan destructor de los enemigos como de los amigos, que consideraba sumo bien ser terror para todos los mortales, olvidando que no solo las bestias más feroces sino también las más cobardes son temidas por su veneno malo.

XIV. Volvamos ahora a lo propuesto. Un favor que se da a cualquiera no es grato a nadie. Nadie se juzga huésped del posadero o del mesonero, ni comensal del que da el banquete, donde puede decirse: «¿Pues qué me confirió a mí? Exactamente esto que a aquel, y apenas bien conocido para sí, y a aquel incluso enemigo y hombre vergonzosísimo. ¿Acaso me juzgó digno? En absoluto; satisfizo su enfermedad». Lo que quieras que sea grato, hazlo raro; ¿quién tolera que se le imputen cosas vulgares? Nadie interprete esto como que reduzco la liberalidad, y la reprimo con frenos más estrechos. Que salga, por el contrario, cuanto quiera: pero que vaya, no que erre. Está permitido distribuir de modo que cada uno, incluso si recibió con muchos, no piense que está en la multitud; que cada uno tenga alguna nota familiar, por la cual espere haber sido admitido más de cerca. Que diga: «Recibí lo mismo que ese, pero espontáneamente. Recibí lo que aquel, pero yo en breve tiempo, cuando aquel había merecido durante largo. Hay quienes tienen lo mismo, pero no dado con las mismas palabras, no con la misma amabilidad del que lo da. Aquel recibió cuando rogó: yo, cuando me rogaban. Aquel recibió: pero fácilmente devolverá, y cuya vejez y orfandad libre prometía mucho: a mí me dio más, aunque dio lo mismo, quien dio sin esperanza de recibir». Así como la meretriz se divide entre muchos de modo que cada uno lleve alguna señal de ánimo familiar: así quien quiere que sus favores sean amables, que discurra cómo muchos sean obligados, y sin embargo cada uno tenga algo con qué preferirse a los demás. Yo ciertamente no pondré obstáculos a los favores: los cuales cuanto más numerosos y mayores fueren, más traerán alabanzas. Pero asista el juicio; pues no pueden ser gratos para nadie los dados por azar y temerariamente. Por lo cual si alguien estima que nosotros, al dar estos preceptos, devolvemos hacia adentro los límites de la benignidad, y le abrimos menos amplio lindero; que no escuche mal nuestras advertencias. ¿Pues qué virtud veneramos más? ¿A cuál añadimos más estímulos? ¿A quiénes conviene tanto esta exhortación, como a nosotros, que sancionamos la sociedad del género humano?

XV. ¿Qué es entonces? Siendo que ninguna fuerza honesta del ánimo, aunque haya comenzado con recta voluntad, existe sin que la medida la haya hecho virtud, prohíbo que la liberalidad derroché. Entonces agrada haber recibido un favor, y ciertamente con manos abiertas, cuando la razón lo conduce a los dignos: no adonde lo lleva el azar que va donde quiere y un impulso indigente de consejo: lo que agrada ostentar, e inscribirse para sí. ¿Llamas favores a aquellos cuyo autor da vergüenza reconocer? Pero aquellos cuánto más gratos son, y cuánto descienden a una parte más interior del ánimo para nunca salir, cuando deleita pensar más de quién que qué recibiste. Crispo Pasieno solía decir que el juicio de algunos prefería al favor; el favor de algunos prefería al juicio; y añadía ejemplos: «Prefiero, decía, el juicio del divino Augusto; prefiero el favor de Claudio». Yo en verdad pienso que no debe apetecerse el favor de nadie cuyo juicio es vil. ¿Qué entonces? ¿No había que aceptar lo que Claudio daba? Había que hacerlo: pero como de la Fortuna, sabiendo que al instante puede hacerse mala. ¿Qué entonces? ¿Separamos estas cosas mezcladas entre sí? No es favor aquello a lo que le falta la mejor parte, haber sido dado con juicio. De otro modo el dinero inmenso, si no fue donado con razón, ni con recta voluntad, no es más favor que un tesoro. Pero hay muchas cosas que conviene aceptar, sin deber.

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