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Libro segundo

De los beneficios · Séneca · 44 min de lectura

LIBRO SEGUNDO

I. Examinemos, Liberal, varón excelente, lo que aún resta de la parte anterior: cómo debe darse un favor. De este asunto creo que mostraré el camino más expedito. Demos como nosotros querríamos recibir: ante todo de buena gana, pronto, sin vacilación alguna. Desagradecido es el favor que se quedó mucho tiempo entre las manos del que lo da, que alguien pareció soltar a disgusto, y así, como arrancándoselo a sí mismo. Aunque sobrevenga alguna demora, evitemos de toda forma parecer que hemos deliberado. Está muy cerca de negar el que dudó, y no entra en deuda de gratitud ninguna. Porque siendo en el favor lo más grato la voluntad del que lo otorga, quien mediante la sola vacilación ha testimoniado que lo otorgó contra su deseo, no dio, sino que retuvo mal cuando le tiraban hacia el otro lado. Muchos hay, sin embargo, a quienes la debilidad del rostro hace liberales. Los favores más gratos son los que están dispuestos, fáciles y que salen al encuentro, donde no hubo demora sino en el pudor del que recibe. Lo mejor es anticiparse al deseo de cada cual; lo siguiente, seguirlo: aquello es mejor, ocuparse de ello antes de que nos rueguen; porque cuando al hombre honrado se le cierra la boca al rogar, y el rubor lo inunda, quien le remite este tormento multiplica su favor. No lo recibió gratis quien, tras haber rogado, recibió; puesto que, según ha parecido a nuestros mayores, hombres gravísimos, nada cuesta más caro que lo que se compra con ruegos. Los hombres harían votos con más parsimonia si hubieran de hacerlos en público; hasta tal punto preferimos rogar a los propios dioses, a quienes suplicamos con la mayor honestidad, en silencio y dentro de nosotros mismos.

II. Palabra molesta es «ruego», onerosa, y que ha de decirse con el rostro abatido. Hay que ahorrarla al amigo, y a cualquiera a quien vayas a hacer amigo favoreciéndolo. Apresúrese cuanto quiera, tardíamente dio el favor quien lo dio al que ruega. Por eso ha de adivinarse la voluntad de cada cual, y cuando se ha comprendido, hay que liberarlo de la gravísima necesidad de rogar. Aquel favor sabrás que es grato, y que vivirá en el espíritu, que salió al encuentro. Si no es posible anticiparse, cortemos la mayor parte de las palabras del que ruega, para que no parezcamos rogados: sino informados, prometamos al instante, y con la propia rapidez demostremos que íbamos a hacerlo incluso antes de que se nos interpelara. Así como en los enfermos la oportunidad del alimento es saludable, y el agua dada a tiempo ha ocupado el lugar de remedio; así, por leve y común que sea un favor, si estuvo a mano, si no perdió cada hora inmediata, se añade mucho a sí mismo, y vence la gratitud de un presente precioso, pero lento y largamente meditado. Quien hizo tan dispuesto, no hay duda de que lo hace con gusto. Así que lo hace alegre, y se reviste el rostro de su espíritu.

III. Inmensos favores de algunos los corrompió el silencio o la lentitud del hablar, que imitó gravedad y tristeza, cuando prometían con rostro de negadores. ¡Cuánto mejor añadir buenas palabras a las cosas buenas, y con ponderación humana y benévola recomendar lo que prestas! Para que él se reproche haber sido demasiado tardo al rogar, puedes añadir una queja familiar: «Me enojo contigo porque cuando deseabas algo no quisiste desde hace tiempo hacérmelo saber, porque rogaste tan diligentemente, porque acudiste a alguien. Yo verdaderamente me felicito de que te haya gustado poner a prueba mi espíritu: en adelante, cuanto desees lo exigirás con tu propio derecho. Una vez se perdona a tu rusticidad». Así lograrás que estime tu espíritu más que aquello, sea lo que sea, para pedir lo cual había venido. Entonces está la virtud suma del que otorga, entonces la benignidad, cuando aquel que se fue se dice a sí mismo: «¡Gran ganancia he hecho hoy! Prefiero haberlo hallado tal, que si esto multiplicado me hubiera llegado por otra vía. A él nunca le corresponderé con gratitud igual a su espíritu».

IV. Pero hay muchísimos que con aspereza de palabras y ceño tornan odiosos los favores, usando tal conversación, tal soberbia, que pesa haber conseguido. Luego sobrevienen otras demoras tras la cosa prometida; nada hay más amargo que cuando lo que has conseguido hay que pedirlo también. Los favores han de ser entregados de inmediato; de algunos es más difícil recibirlo que conseguirlo. Este hay que rogarle para que avise; aquel, para que lo remate. Así un solo favor se desgasta entre las manos de muchos: de donde queda la menor gratitud en el prometedor, porque a su autor le resta quien sea que haya de ser rogado después de él. Cuidarás esto, pues, si quieres que se estimen con gratitud las cosas que prestarás, de que tus favores lleguen intactos, completos, a aquellos a quienes han sido prometidos, sin deducción alguna, como dicen. Que nadie los intercepte, nadie los retenga: nadie puede hacer su gratitud en lo que darás sin disminuir la tuya.

V. Nada es igualmente amargo que quedar pendiente largo tiempo. Algunos con ánimo más ecuánime soportan que se les corte la esperanza que verse arrastrados. Pero hay muchísimos con este vicio, de diferir las promesas con ambición perversa, para que no sea menor la multitud de rogadores; tales son los ministros de la potencia regia, a quienes deleita el largo espectáculo de su soberbia, y juzgan que menos pueden si no han mostrado largo y repetidamente a uno tras otro cuánto pueden. Nada hacen de inmediato, nada de una vez; sus injurias son precipitadas, lentos sus favores. Por eso ten como muy verdadero lo que dijo aquel cómico: ¿Qué? ¿Tú no entiendes cuanta gratitud te quitas, cuanta demora añades? De ahí aquellas voces que el dolor ingenuo arranca: «Haz, si algo haces», y «No vale tanto la pena: prefiero que me lo niegues ya». Cuando el espíritu, llevado al hastío, empieza a odiar el favor mientras lo espera, ¿puede ser agradecido por ello? Así como es crueldad acerbísima la que arrastra la pena, y género de misericordia matar pronto, porque el tormento último trae consigo el fin de sí mismo; el tiempo que lo antecede es la mayor parte del suplicio venidero: así es mayor la gratitud del presente cuanto menos quedó pendiente. Porque incluso la expectativa de las cosas buenas es pesada para los ansiosos; y como muchísimos favores traen remedio de alguna cosa, quien permite que sea atormentado más largamente aquel al que de inmediato puede liberar, o alegrarse más tarde, pone mano a su favor. Toda benignidad se apresura; y es propio del que hace con gusto hacer con rapidez. Quien ayudó tarde, y sacando un día de otro día, no lo hizo de corazón. Así perdió las dos cosas máximas, el tiempo, y el argumento de la voluntad amiga; querer tarde, es de quien no quiere.

VI. En todo negocio, Liberal, no es mínima porción la de cómo se dice o se hace cada cosa; mucho hizo la rapidez, mucho quitó la demora. Así como en las armas es la misma fuerza del hierro: pero hay infinita diferencia entre que sean lanzadas con el brazo sacudido, o fluyan con mano floja; la misma espada rasga y traspasa; importa con qué apretado pulso llegó. Es lo mismo lo que se da; pero importa cómo se dé. ¡Cuán dulce, cuán precioso es, si quien dio no ha permitido que se le den gracias, si olvidó haber dado mientras da! Pues reprender a aquel a quien estás prestando algo máximamente, es demencia, e insertar contumelia en los merecimientos. Así que no hay que exasperar los favores, ni mezclarles nada triste. Incluso si hubiera algo de lo que quieras amonestar, elige otro tiempo.

VII. Fabio Verrucoso llamaba al favor dado ásperamente por un hombre duro «pan lapidoso», que es necesario aceptarlo para el hambriento, pero amargo comerlo. Tiberio César, rogado por Nepote M. Elio, pretoriano, para que socorriera su deuda, le ordenó entregarle los nombres de los acreedores. Esto no es donar, sino convocar acreedores. Cuando fueron entregados, escribió a Nepote que había ordenado que se pagara el dinero; una amonición contumaz añadida logró que ni tuviera deuda ni favor. Lo liberó de los acreedores, no se lo obligó a sí mismo. Tiberio persiguió algo; pienso que no quiso que muchos, para pedir lo mismo, concurrieran. Tal vez esa razón haya sido eficaz para reprimir con pudor las improbas codicias de los hombres: pero al que da un favor ha de seguirse un camino totalmente distinto.

VIII. Con todo género de cosas has de adornar lo que das, para que sea más aceptado. Esto verdaderamente no es dar un favor, es sorprender a alguien. Y para decir de paso también sobre esta parte qué pienso, ni siquiera al príncipe le es bastante decoroso donar con ignominia como causa. Aunque de este modo Tiberio no pudo escapar a la inquietud, por el cual la evitaba. Pues después se encontraron algunos que pedían lo mismo; a todos les ordenó que expusieran en el senado las causas de la deuda, y así les dio ciertas sumas. Eso no es liberalidad; es censura, no es auxilio; es tributo principal. No es favor aquello de lo que no puedo acordarme sin rubor. Fui enviado ante un juez: para conseguirlo, ¡expuse mi causa!

IX. Preceptúan, pues, todos los autores de sabiduría que algunos favores deben darse públicamente, algunos en secreto. Públicamente los que es glorioso conseguir: como dones militares, y honores y cualquier otra cosa que con la noticia se hace más bella. A su vez los que no exhiben ni hacen más honesto, sino que socorren la debilidad, la indigencia, la ignominia, han de darse en silencio: para que sean conocidos solo por aquellos a quienes aprovechan. A veces incluso al que es ayudado ha de engañársele: para que tenga, y no sepa de quién lo recibió.

X. Arcesilao, según cuentan, tenía un amigo pobre, y que disimulaba su pobreza, enfermo además, y ni esto confesaba, que le faltaba para el gasto de usos necesarios, cuando juzgó que debía socorrerlo ocultamente, puso bajo su almohadón, ignorándolo él, una bolsita, para que el hombre inútilmente vergonzoso encontrara más bien que recibiera lo que deseaba. ¿Qué, pues? ¿Ignorará de quién lo recibió? Primero que lo ignore, si esto mismo es parte del favor; luego haré muchas otras cosas, tributaré muchas, mediante las cuales entienda el autor de aquello también. En fin, que él ignore haber recibido: yo sé que di. Poco es, dices. Poco, si piensas prestarlo. Pero si das del modo que más aprovechará al que recibe, darás, te contentarás con que tú seas el testigo. Alioquin no deleita beneficiar, sino parecer haber beneficiado. «¡Quiero que lo sepa!», dices. ¿Buscas deudor? «¡Quiero sin duda que lo sepa!» ¿Qué, si para él es más útil no saberlo? ¿Si más honesto, si más grato? ¿No te irás hacia otra parte? «¡Quiero que lo sepa!» ¿Así tú no salvarás a un hombre en la oscuridad? No niego que, siempre que la cosa lo permita, ha de recogerse el gozo de la voluntad del que recibe: pero si es menester ayudarlo, y le avergüenza; si lo que prestamos ofende a menos que se oculte: no envío el favor a actas. ¿Por qué no? No voy a indicarle que yo le di, cuando entre los primeros y más necesarios preceptos está que nunca reproche, más aún, que ni siquiera recuerde. Esta es, en efecto, la ley del favor entre dos: el uno debe olvidar de inmediato lo dado, el otro nunca lo recibido. Lacera el espíritu y lo oprime la frecuente conmemoración de los merecimientos.

XI. Place exclamar lo que aquel, salvado en la proscripción triunviral por cierto amigo de César, exclamó cuando no pudo soportar la soberbia de él: «¡Devuélveme a César!» «¿Hasta cuándo dirás: "Yo te salvé, yo te arranqué de la muerte"?» Eso, si yo lo recuerdo a mi arbitrio, es vida; si al tuyo, es muerte. Nada te debo si me salvaste para que tuvieras a quien mostraras. ¿Hasta cuándo me paseas alrededor? ¿Hasta cuándo no dejas que olvide mi fortuna? Una vez habría sido llevado en triunfo». No hay que decir qué tributamos; quien recuerda, reclama. No hay que insistir, no hay que revocar la memoria: salvo que al dar otra cosa recuerdes la anterior. Tampoco debemos narrarlo a otros; quien dio un favor, calle: narre quien lo recibió. Se dirá, en efecto, lo que a aquel que en todas partes jactaba su favor: «¿Acaso negarás», dice, «que lo recibiste?» Y cuando respondió: «¿Cuándo?», «Muchas veces, ciertamente, y en muchos lugares: esto es, cuantas veces y dondequiera que lo narraste». ¿Para qué necesitas hablar tú? ¿Por qué ocupar oficio ajeno? Hay quien pueda hacer eso más honestamente: narrando él se alabará también esto, que tú mismo no narras. ¿Me juzgas desagradecido si, callándote tú, nadie va a saberlo? Hasta tal punto esto no debe cometerse, que incluso si alguien lo narrare en nuestra presencia, hay que responderle: «Dignísimo es, ciertamente, de mayores favores, pero yo sé más que quiero prestarle todo, que cuanto hasta ahora he prestado». Y esto mismo no venalmente, ni con aquella figura con que algunos rechazan lo que más quieren atraer hacia sí. Luego ha de añadirse toda humanidad. Perderá el agricultor lo que esparció si abandona sus labores en la simiente. Con mucho cuidado las siembras son llevadas hasta la cosecha: nada llega al fruto lo que igual cultivo no acompaña desde el principio hasta el final: la misma es la condición de los favores. ¿Acaso algunos pueden ser mayores que los que los padres confieren sobre los hijos? Estos, sin embargo, son inútiles si son abandonados en la infancia, a menos que larga piedad nutra su deber. La misma es la condición de los demás favores, a menos que los ayudes, los perderás; poco es haberlos dado, han de fomentarse. Si quieres tener agradecidos a quienes obligas, no solo conviene que des favores, sino que los ames. Sobre todo, como dije, perdonemos los oídos; la amonición hace hastío, el reproche odio. Nada igualmente en el dar de un favor ha de evitarse como la soberbia. ¿Para qué necesitas arrogancia del rostro? ¿Para qué hinchazón de palabras? La cosa misma te ensalza. Ha de quitarse la vana jactancia: las cosas hablarán, callándonos nosotros. No solo ingrato, sino odioso es el favor dado con soberbia.

XII. C. César dio la vida a Pompeyo Penno, si es que da quien no quita: luego, absuelto él, y dando gracias, le extendió para que besara el pie izquierdo. Quienes excusan, y niegan que esto se haya hecho por insolencia, dicen que quiso mostrar su borceguí dorado, más aún de oro, adornado con perlas. Así enteramente: ¿qué hay aquí de contumaz, si un varón consular besó oro y perlas? Y en otro aspecto, ¿ninguna parte en su cuerpo habría de elegir que besara más puramente? Hombre nacido para esto, para que los mores de la ciudad libre con servidumbre persiana cambiara, juzgó poco si un senador anciano, depuestos los honores, suplicante a él, a la vista de los príncipes, hubiera yacido en aquel modo en que los enemigos vencidos yacieron ante los enemigos; halló algo por debajo de las rodillas a donde deprimir la libertad. ¿No es esto pisotear la república? Y en verdad (dirá alguien, pues puede pertenecer al asunto), ¿con el pie izquierdo? Porque poco fea y furiosamente insolente había sido que de la cabeza de un varón consular oyera calzado, a menos que el emperador hubiera metido sus pantuflas en la boca del senador.

XIII. ¡Oh soberbia de la gran fortuna! ¡Oh mal estultísimo! ¡Cómo place no recibir nada de ti! ¡Cómo todo favor conviertes en injuria! ¡Cómo todas las cosas excesivas te deleitan! ¡Cómo todas te deshonran! Y cuanto más alto te has alzado, tanto más estás deprimido; y muestras que no reconoces esos bienes con los que tanto te inflas. Cuanto das, lo corrompes. Place, pues, preguntar, qué tan grandemente te vuelve hacia atrás, qué pervierte el rostro y hábito de la cara, que prefieres tener máscara que faz. Gratos son los que se tributan con frente humana, ciertamente serena, apacible, que cuando me los daba un superior, no brincó sobre mí, sino que fue cuanto pudo benignísimo, y descendió a lo igual, y quitó al don su pompa; así observó el tiempo idóneo, para que socorriera en la ocasión más bien que en la necesidad. De un solo modo persuadiremos a esos de que no pierdan sus favores con insolencia, si mostráramos que no por eso parecen mayores porque fueron dados más tumultuosamente; que ni ellos mismos por eso pueden parecer a nadie mayores; que es vana la magnitud de la soberbia, y que lleva incluso lo amable al odio.

XIV. Hay ciertas cosas que dañarán a los que las consiguen, que no darlas, sino negarlas, es favor. Estimaremos, pues, la utilidad más bien que la voluntad de los peticionarios. Pues muchas veces codiciamos lo nocivo, y no licita divisar cuán perniciosas sean, porque el afecto interpela el juicio; pero cuando se ha asentado la codicia, cuando cayó aquel ímpetu del espíritu flameante, que fuga el consejo; detestamos a los perniciosos autores de dones malos. Así como negamos agua fría a los enfermos, así como a los que lloran y están airados con sí mismos el hierro, o a los amantes cuanto el ardor va a usar contra sí y pide; así aquellas cosas que van a dañar, a los rogadores intensos y sumisos, no pocas veces incluso miserables, perseveraremos en no darlas. Entonces conviene mirar los inicios de sus favores, entonces también los éxitus; y dar aquellas cosas que no solo deleite recibirlas, sino también haberlas recibido. Muchos hay que dicen: «Sé que esto no le aprovechará; pero ¿qué hago? Ruega, no puedo resistir sus preces. Verá; de sí, no de mí, se quejará». Falso es: más bien de ti, y ciertamente con mérito, cuando haya vuelto a buen entendimiento, cuando aquel agregado, que inflamaba su espíritu, haya remitido. ¿Cómo no odiarlo, por quien ha sido ayudado hacia su daño y peligro? Dejarse rogar para pernicie de los que ruegan, es bondad cruel. Así como es hermosísima obra salvar incluso a los remisos y no querientes; así larguear cosas pestíferas a los que las piden, es odio blando y afable. Demos un favor que con el uso plazca más y más, que nunca se vuelva en mal. No daré dinero que sé que se numerará a una adúltera, para no hallarme en la sociedad de hecho y consejo torpe. Si pudiere, lo revocaré: si no, no ayudaré al crimen. Ya sea que a él lo impulse la ira adonde no debía, ya sea que un calor de ambición lo abduzca de lo seguro, no sufriré que se infiera fuerza a sí mismo de sí; no cometeré que pueda decir alguna vez: «Él me mató amándome». Muchas veces nada hay de diferente entre los dones de los amigos y los votos de los enemigos. Cuanto aquellos optan que les suceda, hacia eso empuja e instruye la intempestiva indulgencia de estos. Pero ¿qué hay más torpe que, lo que sucede frecuentísimamente, que nada haya de diferente entre el odio y el favor?

XV. No concedamos nunca lo que volverá contra nuestra indignidad. Como lo más alto de la amistad es hacer al amigo igual a uno mismo, hay que velar por ambos a la vez. Daré al necesitado, pero de modo que yo mismo no quede necesitado; socorreré al que perece, pero de modo que yo mismo no perezca, salvo que vaya a ser el precio de un gran hombre o de una gran causa. No daré ningún favor que me avergonzaría pedir; ni exageraré uno pequeño ni consentiré que se tomen grandes cosas por pequeñas. Pues así como el que echa en cara lo que dio destruye la gratitud, el que muestra cuánto da recomienda su regalo, no lo reprocha. Hay que considerar las propias facultades y fuerzas de cada uno; para no dar más de lo que podemos ni menos. Hay que estimar la condición de aquel a quien damos; pues ciertas cosas son demasiado pequeñas para que deban salir de grandes hombres; algunas son más grandes que quien las recibe. Compara pues la persona de ambos: y lo que vas a donar, examínalo entre ellas, no sea que para el que da sea gravoso o escaso; no sea que, por el contrario, quien va a recibirlo lo desprecie o no lo abarque.

XVI. Alejandro regaló una ciudad a cierto individuo, demente y hombre que no concebía en su alma nada que no fuera grande. Como aquel a quien se la regalaba, midiéndose a sí mismo, rehuyera la envidia de tan gran regalo, diciendo que no convenía a su fortuna: «No pregunto —dice— qué te conviene aceptar a ti, sino qué me conviene dar a mí». Parece una frase animosa y regia, cuando es estupidísima. Pues nada conviene a nadie por sí mismo: importa qué, a quién, cuándo, por qué, dónde, y las demás cosas sin las cuales no se entenderá la razón del hecho. ¡Animal hinchadísimo! si a él no le conviene aceptar esto, tampoco a ti darlo. Hay que guardar la proporción de las personas y dignidades: y como en todo hay medida de la virtud, peca igual lo que se excede que lo que se queda corto. Concédete enhorabuena eso, y que tu fortuna te haya elevado tanto que tus repartos sean ciudades; que cuánto más grande fue el ánimo de no aceptarlas que de esparcirlas. Pero hay alguien demasiado pequeño para que en su regazo deba plantarse una ciudad.

XVII. A Antígono le pidió un cínico un talento. Respondió: «Es más de lo que debe pedir un cínico». Rechazado, pidió un denario. Respondió: «Es menos de lo que conviene dar a un rey». Falsísima es esta clase de burla. Encontró cómo no dar ninguno; en el denario miró al rey, en el talento al cínico: cuando podía dar el denario como a un cínico y el talento como rey. Por mucho que haya algo más grande que lo que un cínico reciba, nada hay tan pequeño que no lo otorgue honestamente la humanidad de un rey. Si me preguntas, lo apruebo: es insoportable pedir monedas y despreciarlas. Declaraste odio al dinero; eso has profesado; ese papel has tomado: hay que representarlo. Es lo más injusto que tú adquieras dinero bajo la gloria de la pobreza. Así pues, hay que considerar no menos el propio papel de cada uno que el de aquel por quien piensa ocuparse. Quiero usar una comparación de nuestro Crisipo sobre el juego de pelota; que ella caiga no hay duda de que es culpa del que la lanza o del que la recibe. Entonces mantiene su trayectoria cuando, entre las manos de uno y otro, lanzada y recogida adecuadamente por ambos, va y viene; pero es necesario que un buen jugador la lance de un modo a un compañero alto y de otro a uno bajo. La misma es la razón del favor; si no se ajusta a ambas personas, la del que da y la del que recibe, ni saldrá de éste ni llegará a aquél como debe. Si tratamos con uno ejercitado y enseñado, lanzaremos la pelota más audazmente; como quiera que venga, una mano expedita y ágil la devolverá. Si con un novato e inepto, no tan rígidamente ni tan excusivamente, sino más lánguidamente y dirigiéndola a su misma mano, iremos blandamente al encuentro. Lo mismo hay que hacer en los favores. A algunos enseñémosles, y juzguemos suficiente que lo intenten, que se atrevan, que quieran. Pero las más veces hacemos desagradecidos, y favorecemos a que lo sean; como si sólo entonces fueran grandes nuestros favores cuando no se les pudo corresponder con gratitud: igual que los jugadores malignos tienen por propósito abatir al compañero, con daño desde luego del mismo juego, que no puede prolongarse si no hay cooperación. Muchos son de naturaleza tan perversa que prefieren perder lo que dieron a parecer haberlo recobrado, soberbios y echadores en cara. Cuánto mejor, cuánto más humano procurar que también ellos mantengan su papel; y favorecer que pueda serles devuelta la gratitud; interpretar todo benignamente, escuchar al que da gracias no de otro modo que si retornara; mostrarse fácil, hasta el punto de que a quien obligó quiera también liberarlo. Suele tener mala fama el prestamista si exige con dureza: igual si en el cobro tardo y difícil busca demoras; el favor hay que recibirlo tanto como no exigirlo. El mejor es aquel que dio fácilmente, nunca exigió: se alegró de que le devolvieran, de buena fe olvidó lo que prestó, quien recibió con ánimo de quien recibe.

XVIII. Algunos no sólo dan el favor con soberbia, sino que también lo reciben: lo cual no hay que permitir. Pues pasemos ya a la otra parte, para tratar cómo deben conducirse los hombres al recibir favores. Todo deber que consta de dos partes exige tanto de una como de otra. Cuando hayas examinado cómo debe ser el padre, sabes que no queda menos trabajo allí, para que examines cómo conviene que sea el hijo. Hay ciertas partes del marido, pero no menores las de la esposa. Estas cosas cuanto exigen, devuelven recíprocamente, y reclaman una norma pareja; la cual, como dice Hecatón, es difícil. Pues todo lo honesto está en lo arduo, incluso lo cercano a lo honesto; porque no sólo debe hacerse, sino hacerse con razón. Con ésta como guía hay que recorrer toda la vida; lo mínimo y lo máximo han de gestionarse según su consejo: como ella aconseje, hay que dar. Ahora bien, esto juzgará primero: no hay que aceptar de todos. ¿De quiénes aceptaremos entonces? Para responderte brevemente: de aquellos a quienes querríamos haber dado. Pues incluso con mayor selección hay que buscar a quién debamos que a quién otorguemos; pues, aunque no sigan molestias (y siguen muchísimas), es, sin embargo, grave tormento deber a quien no quieres. Por el contrario, es muy grato haber recibido un favor de aquel a quien puedes amar incluso después de una ofensa, cuando la causa hizo a la amistad, ya de por sí grata, también justa. Pero aquello es muy miserable para un hombre vergonzoso y honrado, si debe amar a quien no le complace. Tantas veces he de advertirte que es necesario: no hablo de los sabios, a quienes cuanto deben también complace; que tienen el ánimo en su potestad y se dictan la ley que quieren; y la que se dictaron, la guardan: sino de los hombres imperfectos, deseosos de seguir lo honesto, cuyos afectos a menudo obedecen tercamente. Así pues, hay que elegir de quién recibir un favor. Y ciertamente hay que buscar con más diligencia al acreedor del favor que al del dinero. Pues a éste debo devolverle cuanto recibí: y si devolví, estoy libre y suelto. Pero a aquél debo devolverle más: y sin embargo incluso devuelta la gratitud seguimos unidos; pues cuando devolví debo volver a empezar: la amistad aconseja no recibir de quien no lo merezca; así de sacratísimo es ciertamente el derecho de los favores, del que nace la amistad. «No siempre me es lícito decir: no quiero: a veces hay que aceptar el favor aun contra la voluntad. Da un tirano cruel e iracundo, que va a juzgar que desprecias su regalo como una injuria. ¿No aceptaré?». En el mismo lugar pongo al ladrón y al pirata que al rey que tiene el ánimo de ladrón y pirata. ¿Qué haré? poco digno es de que le deba. Cuando digo que hay que elegir a quién debas, excluyo la fuerza mayor y el miedo: puestos éstos, la elección perece. Si es libre para ti, si está en tu arbitrio querer o no, lo sopesarás en ti mismo; si la necesidad quita el arbitrio, sabrás que no aceptas sino obedeces. Nadie queda obligado por aceptar aquello que no le fue lícito rechazar. Si quieres saber si quiero, haz que pueda no querer. Sin embargo, te dio la vida; no importa qué sea lo que se da, si no se da de quien quiere a quien quiere. Si me salvaste, no por eso eres salvador. El veneno sirvió a veces de remedio; no por eso se cuenta entre las cosas saludables. Ciertas cosas aprovechan y no obligan.

XIX. Cierto Tuber dividió con la espada de un tirano que había venido a matarlo; no por eso le dio gracias el tirano de que, dañándolo, sanara lo que las manos de los médicos habían temido tratar. ¿Ves que no es grande el peso en la cosa misma, puesto que no parece haber dado un favor quien con mala intención aprovechó? Pues es un azar el favor, del hombre la injuria. En el anfiteatro vimos un león que, reconocido uno de los bestiarios, pues en otro tiempo había sido su maestro, lo protegió del ataque de las fieras. ¿Es acaso favor el auxilio de una fiera? En absoluto; porque ni quiso hacerlo ni lo hizo con ánimo de favorecer. Donde puse a la fiera, pon al tirano. Y éste dio la vida, y aquélla: ni éste ni aquélla dieron favor; porque no es favor ser forzado a aceptar; no es favor deber a quien no quieres. Antes conviene que me des el arbitrio sobre mí; luego el favor.

XX. Suele disputarse sobre Marco Bruto, si debió aceptar la vida de César el divino, cuando juzgara que había que matarlo. Qué razón siguió al matarlo, lo trataremos en otro lugar. Pues a mí, aunque fue un gran hombre en otras cosas, parece que en esto se equivocó vehementemente, y no se condujo según la enseñanza estoica, quien temió el nombre de rey, cuando el mejor estado de la ciudad está bajo un rey justo; o esperó que allí hubiera libertad donde era tan grande el premio tanto de mandar como de servir; o estimó que la ciudad podía ser devuelta a su forma anterior, perdidas las costumbres antiguas; y que habría allí igualdad del derecho civil y leyes firmes en su lugar, donde había visto tantos miles de hombres peleando, no sobre si servían, sino a quién. ¡Cuánto olvido de la naturaleza de las cosas o de su propia ciudad lo poseyó a él, que creyó que, muerto uno, faltaría otro que quisiera lo mismo: cuando se halló a Tarquinio, tras tantos reyes muertos por el hierro y por los rayos! Pero debió aceptar la vida: sin embargo no por eso tenerlo en lugar de padre, quien había venido en injuria al derecho de dar favor. Pues no salvó el que no mató; ni dio favor, sino perdón.

XXI. Aquello puede venir más a alguna disputa, qué debe hacerse con el cautivo a quien un hombre de cuerpo prostituido e infame de boca promete el precio del rescate. ¿Consentiré en ser salvado por un impuro? salvado luego, ¿qué gratitud le devolveré? ¿Viviré con un obsceno? ¿no viviré con un redentor? Qué me place, pues, diré: aceptaré incluso de alguno tal el dinero que pague por mi cabeza; pero lo aceptaré como préstamo, no como favor. Le devolveré el dinero y, si hubiera ocasión de salvar a quien peligra, lo salvaré: a la amistad, que une a semejantes, no descenderé; ni lo contaré en lugar de salvador, sino de prestamista, a quien sé que debo devolver lo que recibí. Hay alguien digno de quien yo acepte el favor, pero al dárselo le dañará; por eso no lo aceptaré, porque él está presto a beneficiarme con incomodidad o incluso con peligro para sí. Va a defenderme a mí como reo; pero por ese patrocinio va a hacerse enemigo de un rey. Sea yo enemigo, si, queriendo él peligrar por mí, yo no hago, lo que es más fácil, que peligre sin él. Esto pone Hecatón como ejemplo inepto y frívolo de Arcesilao, a quien dice no haber aceptado el dinero ofrecido por un hijo de familia, para que aquél no ofendiera a su padre tacaño. ¿Qué hizo digno de alabanza? ¿que no recibió un robo? ¿que prefirió no aceptar a devolver? ¿qué moderación es no aceptar algo ajeno? Si necesitamos ejemplo de gran ánimo, usemos el de Julio Grecino, varón egregio, a quien Cayo César mató sólo por esto, que era mejor hombre de lo que a un tirano convenía que alguien fuese. Cuando él recibía de sus amigos dineros que juntaban para el gasto de los juegos, no aceptó una gran suma enviada por Fabio Pérsico. Y reprochándole quienes no estimaban a los remitentes sino las cosas remitidas, que la hubiera rechazado: «Yo —dice— ¿aceptaré un favor de aquel de quien no aceptaría una copa?» Y como Rebilo, consular, hombre de la misma infamia, enviara una suma mayor e insistiera en que ordenara recibirla: «Te ruego —dice— que perdones; pues tampoco de Pérsico acepté». ¿Es esto aceptar regalos? ¿o es elegir al senado?

XXII. Cuando hayamos juzgado que hay que aceptar, aceptemos alegres, profesando el gozo; y eso sea manifiesto al que da, para que coseche el fruto presente. Pues causa justa de alegría es ver a un amigo alegre, más justa haberlo hecho. Indiquemos que llegó a nosotros gratamente con afectos efusivos: lo cual no sólo estando él presente, sino por doquier lo testiguemos. Quien aceptó gratamente un favor, pagó su primera cuota.

XXIII. Hay quienes no quieren aceptar sino en secreto: evitan testigo y conocedor del favor; puedes saber que piensan mal. Como al que da debe llevarse el conocimiento de su regalo sólo hasta donde vaya a complacer a aquel a quien se da; así el que recibe debe convocar una asamblea. Lo que te avergüenza deber, no lo aceptes. Algunos dan gracias furtivamente, y en un rincón, y al oído. No es eso vergüenza, sino especie de negación. Desagradecido es quien, retirados los testigos, da gracias. Algunos no quieren que se hagan cuentas con ellos, ni que se interponga un cajero, ni que se convoquen selladores, ni que se dé un documento escrito: lo mismo hacen quienes procuran que el favor conferido en ellos sea lo más desconocido posible. Temen llevarlo en público, para que se diga que lograron las cosas por su propia virtud y no por el auxilio ajeno. Más raros son en los oficios de aquellos a quienes deben la vida o la dignidad, y mientras temen la reputación de clientes, caen bajo la más grave de desagradecidos.

XXIV. Otros hablan muy mal de los que más merecieron de ellos. Más seguro es a algunos ofender que merecer: buscan en el odio el argumento de que no deben nada. Y sin embargo nada más hay que procurar que la memoria de los méritos se nos adhiera, la cual hay que renovar repetidamente: porque no puede devolver la gratitud sino quien recuerda; y quien recuerda, ya devuelve. Ni hay que aceptar con delicadeza, ni sumisa y humildemente. Pues quien es negligente al aceptar, cuando todo favor reciente complace, ¿qué hará cuando se haya enfriado su primer placer? Otro aceptó fastidiosamente, como quien dice: «No necesito, ciertamente; pero ya que tanto quieres, te daré potestad sobre mí». Otro supinamente, de modo que deja en duda al que da si se dio cuenta: otro apenas separó los labios, y fue más desagradecido que si hubiera callado. Hay que hablar más copiosamente en proporción de la magnitud de la cosa, y añadir aquello: «Has obligado a más de los que piensas». Pues nadie no se alegra de que su favor se extienda más lejos. «No sabes lo que me has dado: pero debes saber que es cuánto más de lo que estimas». En seguida es agradecido quien se carga: «Nunca podré devolverte gratitud; esto desde luego no dejaré de confesar en todas partes, que no puedo devolverla».

XXV. De ningún modo mereció más de César Augusto, y se hizo a sí mismo fácil para obtener otras cosas, Furnio que cuando, habiendo obtenido perdón para su padre que había seguido el partido de Antonio, dijo: «Ésta sola injuria tuya tengo, César: lograste que viva y muera desagradecido». ¿Qué hay tan propio de un ánimo agradecido como no satisfacerse en ningún modo a sí mismo, como ni siquiera acercarse a la esperanza de igualar alguna vez el favor? Con estas y semejantes palabras consigamos que la voluntad no se oculte, sino que se abra y resplandezca. Callen enhorabuena las palabras, si estamos afectados como debemos; la conciencia sobresaldrá en el rostro. Quien va a ser agradecido, en seguida mientras acepta piensa en devolver. Crisipo ciertamente dice que él, como puesto en la carrera y encerrado en los carceres, debe aguardar su tiempo, ante el cual, como dada la señal, salte. Y ciertamente le es necesaria gran celeridad, gran esfuerzo, para alcanzar al que va delante.

XXVI. Hay que ver ahora qué hace sobre todo a los desagradecidos. O la excesiva sospecha sobre sí y el vicio insito en la mortalidad de admirarse a sí mismo y a lo suyo: o la avidez, o la envidia. Empecemos por lo primero. Nadie no es indulgente juez de sí; de ahí que todos se estiman haberlo merecido todo, y lo reciben como pagado; y no piensan haber sido estimados al precio suficiente de lo suyo. Esto me dio; pero cuán tarde, pero tras cuántos trabajos. ¿Cuándo pude conseguir más cosas, si hubiera preferido cultivar a aquél, o a aquél, o a mí? Esto no esperaba. Fui echado a la turba; me juzgó digno de tan poco; más honroso fue ser pasado por alto.

XXVII. Cneo Léntulo, el augur, ejemplo máximo de riqueza antes de que los libertos lo empobrecieran (él, que vio cuarenta millones de sestercios suyos; he dicho bien: «vio», porque nada más que eso hizo), era de ingenio tan estéril como de ánimo mezquino. Siendo avaricísimo, soltaba dinero antes que palabras: tan pobre era su conversación. Debiendo todos sus progresos al divino Augusto, ante quien había llevado su pobreza, que gemía bajo el peso de su nobleza; convertido ya en uno de los primeros de la ciudad, en dinero y en influencia, solía quejarse continuamente de Augusto, diciendo que lo había apartado de sus estudios; que nada de cuanto se le había amontonado equivalía a lo que había perdido al abandonar la elocuencia. Y sin embargo, el divino Augusto le había otorgado, entre otras cosas, esto también: librarlo de la burla y del esfuerzo inútil. La avaricia no permite a nadie ser agradecido; nunca es suficiente lo que se da a una esperanza desmedida. Deseamos cosas mayores cuanto mayores nos llegan; y la avaricia es mucho más violenta cuando se asienta sobre la acumulación de grandes fortunas; como la fuerza de la llama es infinitamente más intensa cuanto mayor es el incendio del que brota. Del mismo modo la ambición no permite a nadie conformarse con aquella medida de honores que antes fue su deseo desvergonzado. Nadie agradece el tribunado, sino que se queja de que no ha sido llevado hasta la pretura; tampoco esta le satisface si falta el consulado; ni siquiera esto lo sacia, si es uno solo. El deseo se extiende más allá de sí mismo y no entiende su propia felicidad; porque no mira de dónde viene, sino adónde va.

XXVIII. Pero más violento e importuno que todos esos males es la envidia, que nos inquieta al compararnos. Me hizo esto; pero a aquel, más, y a aquel, más pronto; y luego no defiende causa alguna, sino que toma partido por sí mismo contra todos. ¡Cuánto más simple, cuánto más prudente es engrandecer el beneficio recibido, saber que nadie es valorado por otro en tanto como por sí mismo! Debí recibir más, pero a él no le fue fácil dar más; la liberalidad debía repartirse entre muchos. Esto es un comienzo; tomémoslo a bien, y evoquemos su ánimo acogiéndolo con gratitud. Hizo poco; pero lo hará más veces. Me prefirió a aquel, y a mí me antepuso a muchos. Aquel no es mi igual en virtudes ni en méritos: pero tuvo su encanto. Quejándome no lograré ser digno de mayores cosas, sino indigno de las que me dieron. A aquellos hombres indignísimos les dieron más; ¿y qué? ¿Con qué frecuencia juzga la Fortuna? Cada día nos quejamos de que los malos sean felices. A menudo el granizo que pasó de largo sobre los campos del peor destruyó la cosecha de los mejores. Cada uno lleva su suerte, tanto en las demás cosas como en las amistades. Ningún beneficio es tan completo que la malignidad no pueda criticarlo; ninguno tan escaso que un buen intérprete no lo amplíe. Nunca faltarán motivos de queja si miras los beneficios por su lado peor.

XXIX. Mira cuán injustos son los estimadores de los dones divinos, incluso algunos que profesan la sabiduría. Se quejan de que no igualemos a los elefantes en tamaño corporal, a los ciervos en velocidad, a las aves en ligereza, a los toros en ímpetu; de que la piel sea más sólida en las fieras, más hermosa en los gamos, más densa en los osos, más suave en los castores; de que los perros nos venzan en agudeza olfativa, las águilas en agudeza de la vista, los cuervos en duración de la vida, muchos animales en capacidad de nadar. Y como la naturaleza no permite que coincidan en lo mismo ciertas cualidades, como la velocidad corporal y la fuerza, consideran injusto que el hombre no esté compuesto de bienes diversos y opuestos; y lanzan la queja contra los dioses de que nos descuidan, porque no nos fue dada ni la salud firme ni la virtud invencible, ni la ciencia del futuro. Apenas se contienen de llegar a tal descaro que odien a la naturaleza porque estamos por debajo de los dioses, porque no nos colocó en pie de igualdad con ellos. ¡Cuánto mejor sería volver a la contemplación de tantos y tan grandes beneficios, y dar gracias porque quisieron que fuéramos los segundos en esta hermosísima morada, porque nos pusieron al frente de lo terrestre! ¿Alguien nos compara con aquellos animales cuyo poder está en nuestras manos? Cuanto se nos negó no pudo darnos. Así que tú, quienquiera que seas, estimador injusto de la suerte humana, piensa cuánto nos otorgó nuestro padre, cuántos animales más poderosos hemos puesto bajo el yugo, cuántos más veloces alcanzamos; que nada hay mortal que no esté bajo nuestro golpe. Hemos recibido tantas virtudes, tantas artes, el ánimo en fin, para el cual nada hay inaccesible, que en el mismo momento en que lo dirige llega a ello, más veloz que los astros, cuyos cursos futuros anticipa tras muchos siglos; luego tanto grano, tantas riquezas, tantas cosas amontonadas unas sobre otras. Recorre todo lo que quieras: y como no encontrarás nada que quisieras ser por completo, escogerás de todo las cosas individuales que quisieras que te dieran. Estimada bien la indulgencia de la naturaleza, te verás obligado a confesar que fuiste su delicia. Así es: nos tuvieron los dioses inmortales como carísimos, y nos tienen. Y el mayor honor que pudo otorgarse, nos situaron inmediatos a ellos mismos. Hemos recibido cosas grandes, no admitimos las mayores.

XXX. Estas cosas, querido Liberal, creí necesario decirlas, tanto porque había que hablar algo de los grandes beneficios cuando hablábamos de los pequeños, como porque de allí nace también en todo lo demás la audacia de ese vicio detestable. Pues ¿a quién responderá con gratitud, quién estimará algún regalo grande o digno de devolverse quien desprecia los beneficios supremos? ¿A quién deberá la salud, a quién el aliento, quien niega haber recibido de los dioses la vida que a diario les pide? Así pues, quien enseña a ser agradecidos defiende la causa de los hombres y de los dioses; a estos, no necesitados de cosa alguna, situados más allá del deseo, podemos con todo devolverles gratitud. No hay por qué nadie busque disculpa para su mente desagradecida en la debilidad y la pobreza, y diga: «¿Qué haré, pues, y cómo? ¿Cuándo devolveré gratitud a los superiores, a los dueños de todas las cosas?» Devolverla es fácil, si eres avaro, sin gasto; si eres perezoso, sin esfuerzo. En el mismo momento en que quedaste obligado, si quieres, quedaste a la par con quien sea: pues quien recibió con gusto un beneficio, lo devolvió.

XXXI. Esta de entre las paradojas de la escuela estoica es, en mi opinión, la menos sorprendente e increíble: que quien recibe con gusto un beneficio, lo devolvió. Pues como todo lo referimos al ánimo y cada uno hizo cuanto quiso, siendo la piedad, la lealtad, la justicia, en fin toda virtud, perfecta en sí misma, aunque no le fuera posible extender la mano, también puede ser agradecido el hombre con la voluntad. Siempre que consigue lo que se propuso, recoge el fruto de su obra. Quien da un beneficio, ¿qué se propone? Aprovechar a quien se lo da, y ser para sí mismo un placer. Si logró lo que quiso y su regalo llegó hasta mí y nos afectó con gozo mutuo, obtuvo lo que buscaba. Pues no quiso que a su vez se le devolviera algo: o no fue beneficio, sino negocio. Navegó bien quien alcanzó el puerto que se propuso. El disparo de una mano certera cumplió su función si hirió lo apuntado; quien da un beneficio quiere que se reciba con gratitud; tiene lo que quiso si fue bien acogido. Pero esperaba algún provecho: entonces no fue beneficio, cuyo carácter propio es no pensar en la devolución. Lo que recibía, si lo recibí con el mismo ánimo con que se daba, lo devolví. De otro modo, la mejor cosa tiene la peor condición: para ser agradecido se me envía a la Fortuna. Si ella se opone no puedo corresponder, basta el ánimo con el ánimo. ¿Qué, pues? ¿No haré también cuanto pueda para devolver? ¿No seguiré la ocasión de los tiempos y las circunstancias y querré llenar el regazo de aquel de quien recibí algo? Pero el beneficio está en mal lugar si no es lícito ser agradecido incluso con las manos vacías.

XXXII. Quien recibió un beneficio, dice, aunque lo haya recibido con ánimo muy benévolo, no ha consumado su deber; queda todavía la parte de devolverlo: así como en el juego es algo recibir la pelota con habilidad y diligencia, pero no se llama buen jugador sino quien, con destreza y prontitud, devolvió la que había recibido. Este ejemplo es diferente: ¿por qué? Porque la alabanza de esto está en el movimiento del cuerpo y en la agilidad, no en el ánimo; debe desplegarse, pues, del todo aquello de lo cual se juzga con los ojos. Y sin embargo no por eso dejaré de llamar buen jugador a quien recibió la pelota como debía, si por él no hubo demora para que no la devolviera. Pero aunque, dice, nada falte al arte del jugador, porque hizo una parte y puede hacer también la parte que no hizo, el juego mismo es imperfecto, pues se consuma con las alternativas de enviar y devolver. No quiero refutar esto más tiempo; supongamos que es así: falta algo al juego, no al jugador; así también en esto de que disputamos, falta algo a la cosa dada, a la cual se debe la otra parte, no al ánimo, que habiendo encontrado un ánimo igual a sí mismo, por lo que a él toca, logró lo que quiso.

XXXIII. Me dio un beneficio: lo recibí no de otro modo que como él mismo quiso que lo recibiera. Ya tiene lo que busca y lo único que busca: luego soy agradecido. Después de esto queda el uso de mí y alguna ventaja del hombre agradecido; esto no es la parte restante de un deber imperfecto, sino el añadido de uno perfecto. Fidias hace una estatua: una cosa es el fruto del arte, otra el del artificio; el del arte es haber hecho lo que quiso: el del artificio, haberlo hecho con provecho. Fidias perfeccionó su obra, aunque no la vendió. Triple es para él el fruto de su obra: uno de la conciencia; este lo recibió al acabar la obra: otro de la fama; un tercero de la utilidad, que traerá o la gratitud, o la venta, o alguna comodidad. Así el primer fruto del beneficio es el de la conciencia: este lo recibió quien hizo llegar su regalo adonde quiso; el segundo es el de la fama; el tercero el de aquellas cosas que pueden prestarse mutuamente. Así pues, cuando un beneficio es recibido benignamente, quien lo dio ya recibió la gratitud, pero todavía no la recompensa. Debo, pues, lo que está fuera del beneficio; el beneficio mismo lo saldé al recibirlo bien.

XXXIV. ¿Qué, pues? dice. ¿Devolvió la gratitud quien no hizo nada? Primero hizo: ofreció un bien con buen ánimo; y, lo que es propio de la amistad, de igual a igual. Después distingue: de un modo se salda un beneficio, de otro un préstamo. No hay por qué esperes que te muestre el pago: el asunto se realiza entre ánimos. Lo que digo no parecerá duro, aunque en un principio pugne contra tu opinión, si me prestas atención y piensas que hay más cosas que palabras. Inmensa es la multitud de cosas sin nombre, que notamos no con apelaciones propias sino con otras prestadas y tomadas. Decimos pie, y el nuestro, y el del lecho, y el de la vela, y el del verso: perro, y el de caza, y el marino, y el astro. Porque no bastamos para asignar términos individuales a cosas individuales, prestamos siempre que es necesario. La fortaleza es la virtud que desprecia los peligros justos, o la ciencia de rechazar, recibir o provocar peligros. Sin embargo llamamos también hombre fuerte al gladiador, y a un esclavo malvado a quien la temeridad impulsó al desprecio de la muerte. La frugalidad es la ciencia de evitar gastos superfluos, o el arte de usar moderadamente el patrimonio: sin embargo llamamos hombre frugalísimo al de ánimo mezquino y estrecho; cuando entre mesura y estrecheces hay distancia infinita. Estas cosas son diferentes por naturaleza: pero la pobreza del lenguaje hizo que llamemos frugal tanto a este como a aquel; como que se llame fuerte a aquel que desprecia la fortuna con razón y a este que corre a los peligros sin razón. Así el beneficio es tanto la acción, como dijimos, benéfica, como lo mismo que se da mediante aquella acción: como dinero, como casa, como toga pretexta. Uno es el nombre para ambos: el sentido y el poder en verdad son muy diferentes.

XXXV. Así que presta atención; pronto entenderás que no digo nada que tu opinión rechace. A aquel beneficio que perfecciona la acción se devolvió la gratitud si lo recibimos benévolamente: aquel otro que se contiene en la cosa, todavía no lo devolvimos, pero queremos devolverlo. A la voluntad satisficimos con la voluntad, a la cosa debemos la cosa. Así que, aunque digamos que devolvió la gratitud quien recibió el beneficio con gusto, sin embargo le ordenamos que devuelva algo semejante a lo que recibió. Algunas de las cosas que decimos chocan con el uso: luego desde otro camino vuelven al uso. Negamos que el sabio reciba injuria: y sin embargo quien lo haya golpeado con el puño será condenado por injurias. Negamos que la cosa sea del necio: y sin embargo quien le haya hurtado algo al necio será condenado por robo. Decimos que todos están locos; pero no a todos los curamos con eléboro: a esos mismos a quienes llamamos locos les confiamos el sufragio y la jurisdicción. Así decimos que quien recibió el beneficio con buen ánimo devolvió la gratitud: no por ello dejamos de mantenerlo en deuda, para que devuelva la gratitud, incluso cuando la ha devuelto. Es una exhortación, no una negación del beneficio. No temamos, ni, oprimidos por una carga intolerable, desmayemos de ánimo. Se me donaron bienes, se defendió mi fama, se me quitaron miserias, se me otorgó el aliento y la libertad más valiosa que el aliento; ¿y cómo podré devolver la gratitud? ¿cuándo vendrá ese día en que le muestre mi ánimo? Este mismo es en que él mostró el suyo. Recibe el beneficio, abrázalo; alégrate, no de que recibes, sino de que devuelves y de que vayas a deber. No te acercarás al peligro de cosa tan grande, de modo que el azar pueda hacerte desagradecido. No te propondré dificultades, para que no te desanimes, para que no desfallezcas en la expectativa de los trabajos y de la larga servidumbre; no te aplazo: que se haga con las cosas presentes. Nunca serás agradecido si no lo eres al instante. ¿Qué harás, pues? No hay que tomar las armas, y quizá habrá que tomarlas. No hay que medir los mares: quizá también zarparás con vientos amenazantes. ¿Quieres devolver el beneficio? Recíbelo benignamente, devolviste la gratitud; no para que pienses que te has liberado, sino para que debas con más tranquilidad.

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