Libro tercero
LIBRO III.
I. No devolver gratitud por los favores no solo es vergonzoso, sino que todos lo consideran así, Ecilio Liberal. Por eso hasta los mismos desagradecidos se quejan de los desagradecidos, cuando entretanto esto les afecta a todos, lo que a todos desagrada: y se llega tan al extremo contrario que tenemos como enemigos acérrimos a algunos no solo después de haberles hecho favores, sino precisamente por habérselos hecho. Que esto ocurre en algunos por perversidad de carácter no lo negaré: a la mayoría, porque el tiempo interpuesto les ha robado la memoria. Pues lo que permaneció vivo en ellos cuando era reciente, transcurrido un intervalo se vuelve obsoleto. Sé que tuve contigo una discusión sobre este asunto, cuando tú decías que no eran desagradecidos, sino olvidadizos; como si ese hecho disculpara al desagradecido, cuando es precisamente lo que lo hace tal; o como si, porque esto le ocurre a alguien, no fuera desagradecido, cuando esto no ocurre sino al desagradecido. Hay muchas clases de desagradecidos, como de ladrones, como de asesinos; cuyo vicio es uno, pero con gran variedad en sus especies. Desagradecido es quien niega haber recibido el favor que recibió: desagradecido es quien lo disimula: desagradecido, quien no lo devuelve: el más desagradecido de todos, quien lo olvida. Pues aquellos, aunque no paguen, al menos deben; y subsiste en ellos al menos un vestigio de los méritos, encerrado en una mala conciencia; y alguna vez pueden ser llevados a devolver la gratitud por alguna causa, si el pudor los advierte, si los invita un deseo súbito de obrar bien, como suele surgir temporalmente incluso en los malos corazones, si se presenta una ocasión favorable: este nunca puede ser agradecido, aquel de quien se le ha escapado por completo el favor. ¿Y a quién llamas peor, a aquel en quien se extingue la gratitud por el favor, o a aquel en quien se extingue incluso la memoria? Enfermos están los ojos que rehúyen la luz; ciegos, los que no la ven. Y no amar a los padres es impiedad, no reconocerlos, locura. ¿Quién es tan desagradecido como quien lo que debía estar colocado en la parte principal de su alma, y presentarse siempre, lo apartó y arrojó de tal modo que lo convirtió en ignorancia? Se ve que no pensó a menudo en devolverlo, a quien lo invadió el olvido.
II. En fin, para devolver gratitud se necesita virtud, y tiempo, y capacidad, y fortuna propicia. Quien recuerda, es agradecido sin gasto alguno. Quien no cumple esto, que no exige esfuerzo, ni recursos, ni felicidad, no tiene ningún refugio donde esconderse. Pues nunca quiso ser agradecido quien arrojó el favor tan lejos que lo puso fuera de su vista. Así como las cosas que están en uso, y soportan la mano y el tacto cada día, nunca corren peligro de enmohecerse; aquellas que no se traen de vuelta ante los ojos, sino que yacen apartadas de la vida diaria, como superfluas, acumulan suciedad con la vejez: así todo lo que el pensamiento frecuente ejercita y renueva, nunca se sustrae a la memoria, que nada pierde, salvo aquello a lo que no miró a menudo.
III. Además de esta causa, hay también otras que a veces nos ocultan los mayores méritos. La primera de todas y la más importante, que ocupados siempre en nuevos deseos, no miramos lo que tenemos, sino lo que buscamos, atentos no a lo que está, sino a lo que se apetece. Todo lo que está en casa es vil. Y se sigue que, cuando el deseo de novedades ha hecho leve lo que recibiste, tampoco esté en estima el autor de esos bienes. Amamos a alguien y lo admiramos, y profesamos que nuestra posición fue fundada por él, mientras nos placían las cosas que conseguimos: luego irrumpe en el alma la admiración por otros, y se hizo un impulso hacia eso, como es costumbre de los mortales desear de lo grande cosas más grandes: al instante se olvida lo que antes llamábamos favor entre nosotros. Y no miramos lo que nos puso por delante de los demás, sino solo lo que muestra la fortuna de quienes van delante. Pero nadie puede a la vez envidiar y dar las gracias; porque envidiar es propio del que se queja y está triste; dar las gracias, del que se alegra. Luego, porque ninguno de nosotros conoce sino el tiempo presente, que cuando más pasa, y rara vez alguien dirige su alma a lo pasado. Así ocurre que los maestros y sus favores desaparecen, porque abandonamos toda la infancia; así ocurre que lo otorgado a nuestra adolescencia se pierde, porque ella misma nunca se revisa. Nadie coloca lo que fue como en el pasado, sino como en lo perdido: y por eso es caduca la memoria de lo que se inclina al futuro.
IV. En este punto hay que dar testimonio de Epicuro, quien se queja asiduamente de que somos desagradecidos hacia lo pasado; de que los bienes que percibimos no los traemos de vuelta, ni los contamos entre los placeres: cuando no hay placer más cierto que el que ya no puede arrebatarse. Los bienes presentes aún no están del todo en lo seguro; puede caer sobre ellos algún azar: los futuros cuelgan, y son inciertos: lo que pasó, está guardado entre lo seguro. ¿Cómo entonces alguien puede ser agradecido hacia los favores, quien salta toda su vida con la mirada puesta en lo presente y en lo futuro? La memoria hace al agradecido: a la memoria tributa lo mínimo quien a la esperanza tributa lo máximo.
V. Así como, mi Liberal, ciertas cosas una vez percibidas permanecen; ciertas, para saberlas no basta haberlas aprendido: pues se extingue su conocimiento, a menos que se continúe: hablo de la geometría, y del curso de los astros, y de cualquier otra cosa que por su sutileza es resbaladiza: así algunos favores su magnitud no permite que se caigan; otros menores, pero más numerosos, y dados en tiempos diversos, se escapan; porque, como dije, no los tratamos de continuo; y no reconocemos de buen grado lo que debemos a cada cual. ¡Escucha las voces de los que piden! Todos dicen que la memoria vivirá siempre en su alma: todos profesan estar entregados y consagrados, y si encontraron alguna palabra más humilde con la cual comprometerse. Poco tiempo después, esos mismos evitan las palabras anteriores, como sórdidas y poco libres: llegan luego a donde, según pienso yo, llega todo el que es pésimo y muy desagradecido, a olvidar. Pues tan desagradecido es quien olvidó, como agradecido quien recuerda el favor.
VI. Se pregunta si este vicio tan odioso debe quedar impune: y si esta ley, que se practica en las escuelas, debe también establecerse en el Estado, por la cual se da acción contra el desagradecido, la cual parece justa a todos. ¿Por qué no? cuando también las ciudades reprochan a las ciudades lo que prestaron, y lo otorgado a los mayores lo exigen de los descendientes. Nuestros mayores, grandes hombres sin duda, solo reclamaron cosas de los enemigos: los grandes favores los daban con generosidad, con generosidad los perdían. Excepto la nación de los medos, en ninguna se dio acción contra el desagradecido: y este es gran argumento de que no debía darse: porque contra toda mala acción hay consenso; y del homicidio, del envenenamiento, del parricidio, de las religiones violadas, aquí y allá hay pena diversa, pero en todas partes alguna. Este crimen frecuentísimo no se castiga en ninguna parte, en todas partes se desaprueba: y no lo absolvemos; pero como era difícil la estimación de un asunto incierto, solo lo condenamos con el odio, y lo dejamos entre aquellas cosas que enviamos a los dioses como jueces.
VII. Pero se me ocurren muchas razones por las cuales este crimen no debe caer bajo la ley. En primer lugar, se pierde la mejor parte del favor, si se da acción, como de dinero cierto, o por arrendamiento y contrato. Pues esto es lo más hermoso en él, que lo dimos aun en riesgo de perderlo, que lo dejamos todo al arbitrio del que lo recibe. Si apelo, si convoco a juicio, empieza a no ser favor, sino préstamo. Luego, cuando es muy honroso devolver gratitud, deja de ser honroso, si es necesario; pues nadie alabará más al hombre agradecido, que al que devolvió un depósito, o pagó sin juicio lo que debía. Así corrompemos dos cosas, las más hermosas en la vida humana, al hombre agradecido y al que hace favores. Pues ¿qué hay de magnífico en este, si no da el favor, sino que lo presta? ¿o en aquel que lo devuelve, no porque quiere, sino porque es necesario? No es glorioso ser agradecido, a menos que sea seguro haber sido desagradecido. Añade ahora, que apenas bastarán todos los tribunales para esta sola ley. ¿Quién habrá que no litigue? ¿quién, contra quien no se litigue? todos enaltecen lo suyo, todos exageran incluso lo más mínimo que otorgaron a otros. Además, todo lo que cae en conocimiento judicial, puede comprenderse, y no dar licencia infinita al juez. Por eso parece mejor la condición de una causa buena, si se envía a un juez, que si se envía a un árbitro, porque a aquel lo encierra la fórmula, y le pone límites ciertos, que no puede exceder; de este la obligación es libre, y no atada por vínculo alguno, y puede quitar algo, y añadir, y regir su sentencia, no según lo persuade la ley o la justicia, sino según lo impulsa la humanidad y la misericordia. La acción del desagradecido no iba a atar al juez, sino a ponerlo en un reino libérrimo. Pues no hay acuerdo sobre qué es un favor: luego, por grande que sea, depende de cuán benignamente lo interprete el juez. Qué es un desagradecido, ninguna ley lo muestra. A menudo es desagradecido incluso quien devolvió lo que recibió; y es agradecido quien no lo devolvió. En algunos asuntos incluso un juez imperito puede abstenerse de votar: donde debe pronunciarse sobre haber hecho o no hecho, ahí presentados los documentos, se elimina la controversia. Pero donde entre disputantes la razón dicta el derecho, ahí debe tomarse la conjetura del ánimo: donde lo que solo la sabiduría puede decidir entra en controversia, no puede tomarse para esto un juez de la turba de los seleccionados, a quien el censo puso en la lista, y la herencia ecuestre lo envió.
VIII. Por tanto no pareció este asunto poco idóneo para ser llevado ante un juez. Pero no se encontró ningún juez bastante idóneo para este asunto: lo que no admirarás, si examinas qué dificultad habría tenido, quien hubiera actuado contra un reo tal. Uno donó gran dinero, pero rico, pero sin sentir el gasto. Otro donó, pero cediendo todo su patrimonio. La suma es la misma, el favor no es el mismo. Ahora añade: este pagó el dinero por un adicto, pero sacándolo de su casa; aquel dio lo mismo, pero lo tomó prestado, o lo pidió, y se dejó obligar por inmenso mérito. ¿Crees que está en el mismo lugar aquel que otorgó el favor con facilidad, y este, que recibió, para dar? Algunas cosas se hacen grandes por el tiempo, no por la suma. Es favor una posesión donada, cuya fertilidad puede aliviar la carestía: es favor un solo pan en el hambre. Es favor donar regiones, por las que corren muchos ríos y navegables: es favor, a los que se secan de sed, y apenas respiran por las fauces secas, mostrarles una fuente. ¿Quién comparará entre sí estas cosas? ¿quién las pesará? Difícil es la sentencia, que no busca la cosa, sino la fuerza de la cosa. Aunque sean iguales, dadas de otro modo no pesan igual. Este me dio el favor, pero no de buen grado, sino quejándose de haberlo dado, sino mirándome más arrogante que como solía, sino tan tarde que más habría logrado si hubiera negado rápidamente. ¿Cómo entrará el juez en la estimación de estas cosas, cuando el discurso, y la vacilación, y el rostro destruyen la gracia del mérito?
IX. ¿Qué decir de que algunos favores se llaman así porque se desean demasiado; otros no son de esta nota vulgar, sino mayores, aunque menos aparentes? ¿Llamas favor haber dado la ciudadanía de un pueblo poderoso, haber llevado a alguien a los catorce órdenes, y haber defendido a un reo capital? ¿qué haber aconsejado lo útil? ¿qué haber retenido a alguien, para que no se precipitara al crimen? ¿qué haber arrancado la espada al que iba a morir? ¿qué haber reanimado con remedios eficaces al que lloraba, y queriendo seguir a los que deseaba, lo llevó de vuelta al propósito de la vida? ¿qué haberse sentado junto al enfermo, y cuando su salud y salvación dependía de instantes, haber captado los momentos idóneos para el alimento, y haber reanimado las venas que caían con vino, y haber traído al médico al moribundo? ¿Quién estimará esto? ¿quién mandará compensar favores con favores disímiles? Te regaló una casa: pero yo predije que la tuya se derrumbaba sobre ti. Te dio un patrimonio: pero yo te di una tabla a ti que naufragabas. Luchó por ti, y recibió heridas: pero yo te di la vida con mi silencio. Cuando el favor se da de un modo, y se devuelve de otro, hacer pares es difícil.
X. Además, no se señala plazo para devolver el favor, como para el dinero prestado. Por tanto, puede devolver quien aún no devolvió. Dime, ¿dentro de qué tiempo será atrapado el desagradecido? los mayores favores no tienen prueba: a menudo se ocultan dentro de la conciencia tácita de dos. ¿Vamos a introducir que no demos favores sin testigo? Luego, ¿qué pena estableceremos para los desagradecidos? ¿una para todos, cuando los favores son dispares? ¿o desigual, y mayor o menor según el favor de cada cual? Vamos, la tasación girará en torno al dinero: ¿qué, cuando algunos favores son la vida, y mayores que la vida? ¿A estos qué pena se pronunciará? ¿Menor que el favor? es injusta. ¿Igual y capital? ¿qué más inhumano, que sean cruentos los desenlaces de los favores?
XI. Se dice: ciertos privilegios fueron dados a los padres. Así como de estos se tuvo consideración fuera del orden común, así debe tenerse también de los demás favores. Consagramos la condición de los padres, porque convenía que los hijos fueran criados: había que estimular a este trabajo a quienes iban a afrontar una fortuna incierta. No podía decírseles lo que se dice a los que dan favores: «Elige a quién des; quéjate contigo mismo, si fuiste engañado; ayuda al digno». En criar hijos nada se permite al juicio de los que los crían: todo el asunto es del voto. Por tanto, para que afrontaran la suerte con ánimo más ecuánime, había que darles algún poder. Luego, otra es la condición de los padres, que dan los favores con que dieron, y siguen dando y darán: y no hay peligro de que mientan habérselos dado a ellos. En los demás debe averiguarse, no solo si recibieron, sino si dieron. De estos los méritos están confesados: y porque es útil que la juventud sea regida, les impusimos como magistrados domésticos, bajo cuya custodia se contuviera. Luego, de todos los padres era uno el favor: por tanto pudo estimarse de una vez; los demás son diversos, disímiles, distantes entre sí por intervalos infinitos: por tanto no pudieron caer bajo ninguna regla, cuando era más justo dejar todo, que igualar todo.
XII. Algunos cuestan mucho a los que dan; otros son grandes para los que reciben, pero gratuitos para los que tributan; algunos fueron dados a amigos, otros a desconocidos. Es más, aunque lo mismo se dé, si se da a quien empiezas a conocer desde tu favor. Este tributó auxilios, aquel ornamentos, aquel consuelos. Encontrarás quien piense que nada hay más grato, nada mayor, que tener en quien la calamidad descanse: encontrarás de nuevo, quien prefiera que se atienda a su dignidad, que a su seguridad: hay quien juzga deberse más a aquel por quien está más seguro, que a aquel por quien más honroso. Por tanto, estas cosas serán mayores o menores, según haya sido el juez, inclinado de ánimo a estas cosas, o a aquellas. Además, yo mismo elijo a mi acreedor: el favor a menudo lo recibo de quien no quiero; y a veces me obligo sin saberlo. ¿Qué harás? ¿llamarás desagradecido a aquel a quien le fue impuesto un favor sin saberlo, y que, de haberlo sabido, no lo habría aceptado: no llamarás a ese, que de cualquier modo lo aceptado no devolvió?
XIII. Alguien me hizo un favor, pero luego me hizo una injuria. ¿Con un solo beneficio quedo obligado a la paciencia de todas las injurias: o será como si hubiera devuelto la gratitud, porque él mismo cortó su favor con la injuria siguiente? Luego, ¿cómo estimarás, si es mayor lo que recibió, o aquello en que fue dañado? Me faltará el día intentando seguir todas las dificultades. Se dice: hacemos más lentos a dar favores, no vindicando los dados, ni afligiendo con pena a los que los niegan. Pero también se te ocurra lo contrario: que serán mucho más lentos a recibir favores, si van a afrontar el peligro de dar su causa, y van a tener la inocencia en lugar más inquieto. Luego, por esto mismo seremos también nosotros más lentos a dar; nadie da de buen grado a los que no quieren: pero quien fue invitado a beneficiar por bondad, y por la hermosura misma de la cosa, dará aún más de buen grado, a quienes nada deberán sino lo que quieran. Pues se disminuye la gloria de ese deber, al cual se cuidó diligentemente.
XIV. Luego, serán menos favores, pero más verdaderos; ¿qué mal hay, sin embargo, en que se inhiba la temeridad de los favores? Pues esto mismo siguieron, quienes no constituyeron ninguna ley para esto: que donáramos más circunspectamente, más circunspectamente eligiéramos a aquellos en quienes los méritos se conferirían. Una y otra vez considera a quién das: no habrá ninguna acción, ninguna reclamación. Te equivocas, si piensas que te socorrerá el juez. Ninguna ley te restituirá íntegro: mira solo la fe del que recibe. De este modo los favores retienen su autoridad, y son magníficos: los corromperás, si los haces materia de litigios. Muy justa es la voz y propia del derecho de gentes: «Devuelve lo que debes». Esta es muy vergonzosa en el favor: «Devuelve». ¿Qué devolverá? ¿La vida, que debe, la dignidad, la seguridad, la salud? las cosas más grandes no pueden devolverse. O algo en lugar de estas, se dice, que valga tanto. Esto es lo que decía, que perecerá la dignidad de tan gran cosa, si hacemos mercancía del favor. No hay que irritar el ánimo hacia la avaricia, hacia las quejas, hacia la discordia: por sí solo se lleva a eso. Resistamos cuanto podamos, y al que busca ocasiones amputémoslas.
XV. Ojalá pudiéramos convencer a la gente de que aceptara el dinero prestado solo de quienes lo den de buena gana. Ojalá ningún contrato obligara al comprador frente al vendedor. Ojalá los pactos y acuerdos no se custodiaran con sellos impresos. Que la buena fe los guardara, y el ánimo que ama lo justo. Pero han preferido lo necesario a lo mejor, y prefieren forzar la confianza antes que observarla. Se llama a testigos por ambas partes; uno, mediante documentos, acumula muchos nombres, interponiendo testaferros; el otro no se contenta con interrogar si no toma posesión física de las cosas. ¡Qué confesión tan vergonzosa para el género humano de fraude y maldad pública! Se confía más en nuestros anillos que en nuestros ánimos. ¿Para qué se llama a esos hombres respetables? ¿Para qué imprimen sus sellos? Sin duda, para que aquel no niegue haber recibido lo que recibió. ¿Crees que estos son hombres incorruptibles y garantes de la verdad? Pero a estos mismos, inmediatamente después, no se les confiará dinero sin las mismas garantías. Así, ¿no era más honroso que algunos engañaran nuestra confianza, a que todos temiéramos la deslealtad? Esto es lo único que le falta a la avaricia: que no demos favores sin fiador. Es propio de un ánimo generoso y magnífico ayudar y hacer el bien. Quien da favores imita a los dioses; quien los reclama, a los usureros. ¿Por qué, cuando los reclamamos, los rebajamos al grupo más sórdido?
XVI. «Habrá más desagradecidos», dice, «si no se da ninguna acción legal contra el desagradecido». Al contrario, habrá menos, porque se darán los favores con mayor selección. Además, no conviene que se sepa públicamente cuántos desagradecidos hay; la multitud de los que pecan quitará la vergüenza del asunto, y dejará de ser un reproche lo que es un insulto común. ¿Acaso se avergüenza ya del repudio alguna mujer, después de que ciertas ilustres y nobles damas cuentan sus años no por el número de cónsules, sino de maridos, y se divorcian para casarse, se casan para divorciarse? Esto se temía mientras era raro; pero como no hay acta que no lleve divorcio, aprendieron a hacer lo que oían con frecuencia. ¿Acaso hay ya vergüenza del adulterio, después de que se ha llegado al punto de que ninguna tiene marido sino para excitar al amante? La castidad es prueba de fealdad. ¿A cuál encontrarás tan miserable, tan sórdida, que le baste un solo par de adúlteros? ¿Que no divida las horas asignando uno a cada una? ¿Que no le baste el día para todos? ¿Que no viaje en coche de uno y pase la noche con otro? Es una estúpida y anticuada la que no sabe que matrimonio se llama a un solo adulterio. Así como la vergüenza de estos delitos ya se esfumó, una vez que la cosa se extendió más ampliamente, así harás más numerosos y atrevidos a los desagradecidos si empiezan a contarse.
XVII. ¿Entonces qué? ¿Quedará impune el desagradecido? ¿Entonces qué? ¿Quedará impune el impío? ¿Y el malvado? ¿Y el avaro? ¿Y el insolente? ¿Y el cruel? ¿Crees que quedan impunes las cosas odiosas? ¿O crees que existe algún castigo más grave que el odio público? Es castigo que no se atreva a aceptar un favor de nadie, que no se atreva a dar ninguno a nadie, que sea señalado por los ojos de todos o que se juzgue señalado, que haya perdido la comprensión de la cosa más buena y dulce. ¿Acaso llamas desgraciado al que carece de vista, al que una enfermedad le obstruyó los oídos, y no llamas miserable al que perdió el sentido de los favores? Teme a los dioses como testigos de todos los desagradecidos; le quema y angustia la conciencia del favor interceptado; finalmente, es castigo bastante grande este mismo: que no percibe el fruto de la cosa más agradable, como decía. Pero al que le alegra haber recibido, disfruta con placer continuo y perpetuo; y contemplando no la cosa, sino el ánimo de quien la recibió, se goza. Al hombre agradecido el favor lo deleita siempre; al desagradecido, una sola vez. Puede compararse la vida de uno y otro: cuando uno es triste y ansioso, como suele ser el que niega y defrauda, para quien no hay honor debido a los padres, ni al maestro, ni a los educadores; el otro es alegre, jovial, esperando la ocasión de devolver la gratitud y percibiendo gran gozo de este mismo afecto; y no buscando cómo defraudar, sino cómo responder más plena y abundantemente, no solo a padres y amigos, sino también a personas más humildes. Pues incluso si recibió un favor de su esclavo, valora no de quién, sino qué recibió.
XVIII. Sin embargo, algunos se preguntan, como Hecatón, si un esclavo puede dar un favor a su amo. Hay quienes distinguen así: que unas cosas son favores, otras deberes, otras servicios; que favor es lo que da un extraño; extraño es el que pudo abstenerse sin reproche; que deber es lo del hijo, la esposa y aquellas personas a quienes la relación obliga y manda llevar ayuda; que servicio es lo del esclavo, a quien su condición puso en el lugar de no imputar a su superior nada de lo que presta. Además, quien niega que los esclavos puedan dar alguna vez un favor al amo, desconoce el derecho humano; importa, en efecto, de qué ánimo sea el que lo presta, no de qué condición. La virtud no está cerrada a nadie: está abierta a todos, admite a todos, invita a todos, a los nacidos libres, a los libertos, a los esclavos, a los reyes y a los desterrados; no elige casa ni patrimonio: se contenta con el hombre desnudo. ¿Qué habría de seguro contra lo repentino, qué se prometería el ánimo a sí mismo de grande, si la fortuna cambiara la virtud cierta? Si el esclavo no da favor al amo, tampoco nadie a su rey, ni el soldado a su general. Pues ¿qué diferencia hay en por qué clase de mando esté sujeto uno, si está sujeto por un mando supremo? Porque si al esclavo le impide llegar al nombre del mérito la necesidad y el temor a sufrir lo peor, esto mismo lo impedirá tanto al que tiene rey como al que tiene general, puesto que bajo título distinto se les permite a estos lo mismo. Y sin embargo dan favores a sus reyes, los dan a sus generales: luego también a sus amos. Puede el esclavo ser justo, puede ser valiente, puede ser magnánimo: luego también puede dar un favor. Pues esto también es propio de la virtud; y hasta tal punto pueden los esclavos dar favores a sus amos, que muchas veces los han hecho objeto de su favor. No hay duda de si el esclavo puede dar un favor a cualquiera; ¿por qué, entonces, no podría también a su amo?
XIX. «Porque no puede», dice, «hacerse acreedor de su amo si le dio dinero. De otro modo obligaría a su amo cada día: lo sigue cuando viaja, lo atiende enfermo, y cultiva su tierra con sumo trabajo. Sin embargo, todas estas cosas que, prestadas por otro, se llamarían favores, cuando las presta un esclavo son servicios. Pues favor es aquello que alguien dio cuando le era lícito no darlo también; pero el esclavo no tiene poder de negarse: así no presta, sino obedece; ni se jacta de haber hecho aquello que no pudo no hacer». Incluso bajo esta ley venceré, y llevaré al esclavo al punto de que sea libre en muchas cosas. Mientras tanto dime: si te muestro algún esclavo que lucha por la salvación de su amo sin mirarse a sí mismo y es atravesado por heridas, y derramando los restos de sangre desde las mismas entrañas busca con su muerte la demora para que aquel tenga tiempo de huir: ¿negarás que este dio un favor porque es esclavo? Si te muestro alguno que no fue corrompido por ninguna promesa del tirano para revelar los secretos de su amo, que no fue aterrado por ninguna amenaza, que no fue vencido por ningún tormento, que apartó cuanto pudo las sospechas del que indagaba, y entregó su vida a la lealtad: ¿negarás que este dio un favor al amo porque es esclavo? Mira que no sea tanto mayor cuanto más raro es el ejemplo de virtud en los esclavos; y tanto más grato cuanto que, siendo casi odiosos los mandos y pesada toda necesidad, el afecto al amo venció en alguien el odio común de la servidumbre. Así, no por eso no es favor porque procedió de un esclavo; sino por eso es mayor, porque ni siquiera la esclavitud pudo apartarlo de él.
XX. Se equivoca quien cree que la esclavitud desciende al hombre entero: la parte mejor está exceptuada. Los cuerpos están sometidos y adscritos a los amos; pero la mente es de su propio derecho; esta es tan libre y errante que ni siquiera por esta cárcel en que está encerrada puede ser retenida, para que no use su impulso, emprenda cosas ingentes y salga al infinito como compañera de las cosas celestes. Es el cuerpo, pues, lo que la fortuna entregó al amo. Este lo compra, este lo vende; aquella parte interior no puede ser dada en propiedad. De ella viene todo lo que es libre; pues ni nosotros podemos mandarlo todo, ni los esclavos están obligados a obedecer en todo: no harán lo ordenado contra la república; no prestarán manos a ningún crimen.
XXI. Hay ciertas cosas que las leyes ni mandan ni prohíben hacer: en estas el esclavo tiene materia de favor. Mientras se presta lo que suele exigirse de los esclavos, es servicio; cuando es más de lo que es necesario para un esclavo, es favor. Cuando pasa al afecto de un amigo, deja de llamarse servicio. Hay algo que el amo debe prestar al esclavo, como alimento, como vestido: nadie llamó a esto favor. Pero si lo consintió, lo educó con mayor generosidad, le transmitió las artes con que se instruyen los nacidos libres: es favor. Lo mismo se hace a la inversa en la persona del esclavo. Todo lo que excede la fórmula del deber servil, lo que se presta no por mandato sino por voluntad, es favor; con tal de que sea tanto que haya podido llamarse así, prestándolo cualquier otro.
XXII. El esclavo, según le parece a Crisipo, es un jornalero perpetuo. Así como aquel da favor cuando presta más de aquello por lo que contrató su trabajo, así el esclavo cuando la benevolencia hacia su amo ha rebasado el límite de su fortuna, y se ha atrevido a algo más elevado, que sería decoroso incluso para uno nacido más feliz, y ha superado la esperanza del amo, es un favor hallado dentro de casa. ¿Te parece justo que a aquellos con quienes nos enojamos si hacen menos del deber, no se les tenga gratitud si han hecho más del deber y de lo acostumbrado? ¿Quieres saber cuándo no es favor? Cuando puede decirse: «¿Y si no hubiera querido?» Pero cuando prestó aquello que le era lícito no querer, es laudable haberlo querido. Son contrarios entre sí el favor y la injuria. Puede dar favor al amo si del amo recibe injuria; sin embargo, fue establecido quien escuche sobre las injurias de los amos a los esclavos, quien reprima la crueldad y la lujuria, y en lo que toca a suministrar lo necesario para el sustento, la avaricia. ¿Entonces qué? ¿Recibe el amo un favor del esclavo? Más bien un hombre de un hombre. Luego, lo que estuvo en su poder, lo hizo: dio favor al amo; que no lo hayas recibido de un esclavo está en tu poder. ¿Pero quién es tan grande que la fortuna no lo obligue a necesitar incluso de los más humildes? Referiré ya muchos ejemplos de favores, diferentes entre sí, y algunos contrarios unos a otros. Alguien dio la vida a su amo, dio la muerte, salvó al que iba a perecer; y si esto es poco, lo salvó pereciendo; otro ayudó a la muerte de su amo, otro la engañó.
XXIII. Claudio Cuadrigario cuenta en el libro decimoctavo de los Anales que, cuando se sitiaba Grumento y ya se había llegado a la suma desesperación, dos esclavos desertaron al enemigo e hicieron un buen servicio. Luego, tomada la ciudad, corriendo el vencedor por todas partes, aquellos por caminos conocidos se adelantaron corriendo a la casa en que habían servido y echaron ante sí a su ama; y a los que preguntaban quién era, profesaron que conducían a castigo a su ama, y por cierto crudelísima. Sacada luego fuera de las murallas, la ocultaron con sumo cuidado hasta que se calmara la ira hostil; después, cuando el soldado saciado regresó pronto a las costumbres romanas, también aquellos regresaron a las suyas, y se entregaron ellos mismos a su ama. Ella liberó a ambos en el acto; ni se indignó de haber recibido la vida de aquellos sobre quienes había tenido poder de vida y muerte. Pudo felicitarse por esto incluso más. Pues si hubiera sido salvada de otro modo, habría tenido el don de una clemencia conocida y vulgar; salvada así, fue fábula notable y ejemplo de dos ciudades. En tanta confusión de ciudad tomada, cuando cada cual se cuidaba a sí mismo, todos huyeron de ella excepto los desertores. Pero estos, para mostrar con qué ánimo se había hecho aquella primera deserción, de los vencedores desertaron hacia la cautiva, llevando la apariencia de parricidas. Lo que fue máximo en aquel favor, lo juzgaron tan grande que, para que la ama no fuera asesinada, parecieran haber asesinado a la ama. No es, créeme, no es, digo, de ánimo servil haber comprado un hecho egregio con la fama de un crimen. Cayo Vecio, pretor de los Marsos, era conducido al general romano. Su esclavo sacó la espada al soldado mismo que lo arrastraba, y primero mató a su amo; luego dijo: «Es tiempo de ocuparme de mí mismo también, ya que he liberado a mi amo»; y así se atravesó de un solo golpe. Dame a alguien que haya salvado a su amo más magníficamente.
XXIV. César sitiaba Corfinio; estaba encerrado Domicio. Ordenó a su médico, que era también esclavo suyo, que le diera veneno. Cuando lo vio vacilante dijo: «¿Por qué titubeas, como si todo eso estuviera en tu poder? Pido la muerte armado». Entonces aquel prometió, y le dio a beber un medicamento inofensivo; cuando quedó adormecido, se acercó al hijo de este: «Ordena que me custodien», dijo, «hasta que por el resultado comprendas si di veneno a tu padre». Vivió Domicio, y fue salvado por César; pero el esclavo lo había salvado primero.
XXV. En la guerra civil, un esclavo escondió a su amo proscrito; y cuando se había puesto sus anillos y se había vestido su ropa, salió al encuentro de los asesinos: dijo que no pedía nada sino que cumplieran lo ordenado; y luego ofreció el cuello. ¡Cuánto vale el varón que quiso morir por su amo en tiempo en que era rara la lealtad, no querer que el amo muriera! Encontrar clemencia en la crueldad pública, lealtad en la deslealtad pública, cuando se muestran premios ingentes por la traición, desear la muerte como premio de la lealtad.
XXVI. No pasaré por alto los ejemplos de nuestro siglo. Bajo Tiberio César hubo rabia frecuente y casi pública de acusar, que destrozó a la ciudadanía togada más gravemente que cualquier guerra civil. Se recogía la conversación de los ebrios, la sencillez de los que bromeaban; nada era seguro: toda ocasión placía para ensañarse. Ni se esperaba ya el resultado de los acusados, pues era uno solo. Cenaba Paulo, de rango pretorio, en cierto banquete, llevando un anillo con la imagen de Tiberio César en relieve, con una gema prominente. Haré una cosa muy necia si ahora busco palabras para decir cómo cogió la bacinilla. El hecho fue notado al mismo tiempo por Marón, de aquellos investigadores conocidos de ese tiempo. Pero su esclavo, contra quien se tendían las trampas, le sacó el anillo al ebrio; y cuando Marón puso a los comensales por testigos de que la imagen había sido acercada a cosas obscenas, y ya componía la acusación, el esclavo mostró el anillo en su propia mano. Si alguien llama esclavo a este, también llamará comensal a aquel.
XXVII. Bajo el divino Augusto sus palabras todavía no eran peligrosas para los hombres, pero ya molestas. Rufo, varón del orden senatorial, entre cena había deseado que César no regresara sano de aquel viaje que preparaba, y había añadido que lo mismo deseaban todos los toros y terneros. Hubo quienes escucharan aquello diligentemente. Apenas amaneció, el esclavo que había estado a sus pies durante la cena le narra lo que había dicho ebrio entre cena; lo anima a que se adelante a César y se delate él mismo. Usando el consejo, salió al encuentro de César cuando bajaba. Y cuando hubo jurado que tuvo mal pensamiento el día anterior, deseó que aquello recayera sobre sus hijos, y rogó a César que le perdonara y volviera a su gracia con él. Cuando César dijo que lo hacía, dijo: «Nadie creerá que has vuelto a mi gracia conmigo si no me das algo»; y pidió una suma no desdeñable de uno propicio, y la obtuvo. César dijo: «Por mi causa me ocuparé de no encolerme nunca contigo». Honradamente César, que perdonó, que añadió la generosidad a la clemencia. Quienquiera que escuche este ejemplo, es necesario que alabe a César, pero después de haber alabado al esclavo. ¿Acaso esperas que te cuente que fue manumitido el que había hecho esto? Y sin embargo no gratuitamente; César había pagado el dinero por su libertad.
XXVIII. Después de tantos ejemplos, ¿hay duda de que alguna vez el amo recibe favor del esclavo? ¿Por qué preferir que la persona rebaje el asunto, a que el asunto mismo honre a la persona? Todos tenemos los mismos principios, el mismo origen; nadie es más noble que otro, sino aquel que tiene un carácter más recto y más apto para las buenas artes. Los que exponen imágenes en el atrio, y los nombres de su familia en largo orden y atados en los muchos pliegues de los árboles genealógicos, los colocan en la parte primera de la casa: son más conocidos que nobles. Uno es el padre de todos, el mundo; ya sea por grados espléndidos, ya por sórdidos, a este conduce el primer origen de cada cual. No hay por qué te engañen los que cuando repasan sus antepasados, dondequiera que faltó un nombre ilustre, lo refuerzan con un dios. No desprecies a nadie, aunque en torno a él estén los nombres olvidados y poco ayudados por una fortuna indulgente: ya sea que se tengan por delante libertos, o esclavos, o hombres de naciones extranjeras, alzad audazmente los ánimos, y saltad por encima de cualquier cosa sórdida que yace en medio: os espera en lo alto una gran nobleza. ¿Por qué la soberbia nos eleva a tanta vanidad que nos indignemos de recibir favores de los esclavos, y miremos su suerte olvidando sus méritos? ¿Tú llamas esclavo a alguien, esclavo de la lujuria y la gula, y de la adúltera, o más bien propiedad común de las adúlteras? ¿Tú llamas esclavo a alguien? ¿Adónde te arrastran finalmente esos que llevan tu lecho cargándolo? ¿Adónde esos vestidos con capucha, ataviados en hábito de soldados y no de los vulgares? ¿Adónde, digo, te llevan estos? A la puerta de algún portero, a los jardines de alguien que ni siquiera tiene cargo ordinario. Y luego niegas que te pueda dar un favor tu esclavo, cuando el beso del esclavo ajeno es para ti un favor. ¿Qué discordia de ánimo es esta tan grande? Al mismo tiempo desprecias a los esclavos y los honras. Imperioso dentro del umbral e insolente, humilde fuera; y tan despreciado como despreciador. Pues a nadie abaten más los ánimos que a quienes los levantan impropiamente; y nadie está más preparado para pisotear a otros que quienes aprendieron a hacer injurias recibiéndolas.
XXIX. Había que decir esto para doblegar la arrogancia de quienes penden de la fortuna y para reivindicar el derecho de los esclavos a dar favores, a fin de que se reivindique también el de los hijos. Porque se pregunta si acaso los hijos pueden en alguna ocasión dar a sus padres favores mayores que los que recibieron. Se concede que muchos hijos han resultado mayores y más poderosos que sus padres; e igualmente, que han sido mejores. Si esto es cierto, puede ocurrir que hayan otorgado favores mejores, puesto que tanto su fortuna fue mayor, como su voluntad mejor. «Todo lo que da un hijo a su padre —dice alguien— en cualquier caso es menor, porque le debe a su padre esta misma facultad de dar. Así, nunca es vencido por el favor de aquel cuyo favor es el propio ser vencido.» En primer lugar, ciertas cosas toman su comienzo de otras y sin embargo son mayores que sus comienzos. Y no por ello algo deja de ser mayor que aquello con lo que empezó, porque no hubiera podido llegar tan lejos si no hubiera empezado. Toda cosa sobrepasa sus principios con un gran paso. Las semillas son la causa de todas las cosas, y sin embargo son las partes más pequeñas de lo que engendran. Contempla el Rin, contempla el Éufrates, en fin, todos los ríos célebres: ¿qué son, si los juzgas allí de donde brotan? Todo aquello por lo que se los teme, por lo que se los nombra, lo alcanzaron en su avance. Quita la raíz: no se alzarán los bosques; ni se vestirán los montes tan altos. Contempla los árboles, sean altísimos si juzgas su altura, sean extendidísimos si juzgas el grosor y la amplitud de las ramas: ¡qué pequeño es, comparado con ellos, aquello que la raíz abarca con su delgada fibra! Los templos se apoyan en sus cimientos, y las murallas de la ciudad: sin embargo, aquellas piedras echadas como firmamento de toda la obra permanecen ocultas. Lo mismo ocurre en lo demás: la magnitud que viene detrás siempre sepulta sus principios. No hubiera podido conseguir nada si no me hubiera precedido el favor de mis padres: pero no por ello todo lo que conseguí es menor que aquello sin lo cual no lo hubiera conseguido. Si mi nodriza no me hubiera alimentado de niño, nada de lo que llevo a cabo con la razón y con la mano hubiera podido hacerlo, ni emerger a esta claridad de nombre que merecí con mi actividad civil y militar: ¿pero acaso por ello antepondrás el servicio de la nodriza a las mayores obras? Pues ¿qué diferencia hay, si igualmente sin el favor de mi padre que sin el cuidado de mi nodriza no hubiera podido avanzar a cosas ulteriores?
XXX. Ahora bien, si debo a mi comienzo todo lo que ya puedo, considera que mi padre no es mi comienzo, ni siquiera mi abuelo. Pues siempre habrá algo más atrás de lo cual desciende el origen del origen próximo. Sin embargo, nadie dirá que debo más a los antepasados desconocidos y situados más allá de la memoria que a mi padre: pero debo más si esto mismo, que mi padre me engendró, se lo debe a sus mayores. ¿Todo lo que he prestado a mi padre, aunque sea grande, está por debajo de la estimación del don paterno porque yo no existiría si no me hubiera engendrado? De ese modo, incluso si alguien sanó a mi padre enfermo y a punto de morir, no podré ofrecerle nada que no sea menor que su favor; pues mi padre no me hubiera engendrado si no hubiera sanado. Pero mira si no es más cierto juzgar si aquello que pude y aquello que hice es mío, de mis fuerzas, de mi voluntad. Contempla en sí mismo cómo es aquello de que nací: advertirás que es exiguo e incierto, materia común de lo bueno y de lo malo, sin duda el primer paso para todo; pero no por ello mayor que todo, porque sea primero. Salvé a mi padre, lo llevé a la más alta dignidad, lo hice el primero de su ciudad; no solo lo ennoblecí con mis hechos, sino que también le di materia ingente y fácil para realizar los suyos, no menos segura que gloriosa. Amontoné honores, riquezas, todo lo que arrastra hacia sí los ánimos humanos; y aun estando yo por encima de todos, me situé por debajo de él. Di ahora: «Esto mismo que pudiste hacer es don de tu padre». Te responderé: es totalmente cierto, si para hacer estas cosas basta haber nacido; pero si para vivir bien el vivir es la porción mínima, y me concediste lo que comparto con las fieras y con ciertos animales diminutos, con algunos incluso feísimos, no te atribuyas lo que no surge de tus favores, aunque no sea sin ellos. Supón que devuelvo vida por vida. Aun así vencí tu don, cuando yo lo di a quien tenía conciencia, cuando yo mismo tenía conciencia al darlo; cuando te di la vida no por causa de mi placer, o al menos mediante placer; cuando es tanto mayor conservar el aliento que recibirlo, cuanto más ligero es morir antes del miedo a la muerte.
XXXI. Yo di la vida a quien iba a usarla de inmediato: tú a quien no sabía si vivía; yo di la vida a quien temía la muerte: tú diste la vida para que yo pudiera morir; yo te di la vida consumada, perfecta: tú me engendraste privado de razón, carga ajena. ¿Quieres saber cuán poco importante es dar así la vida? Me hubieras expuesto: desde luego habría sido una injuria engendrarme. Por lo cual concluyo que es mínimo el favor del ayuntamiento del padre y la madre, a menos que concurran otras cosas que sigan a este inicio del don y lo ratifiquen con otros servicios. No es un bien vivir, sino vivir bien. Pero yo vivo bien: aunque pude vivir mal también. Así que solo es tuyo esto: que vivo. Si me imputes la vida en sí misma, desnuda, carente de juicio, y la proclames como un gran bien, piensa que me imputes el bien de las moscas y de los gusanos. Luego, para no decir otra cosa sino que me dediqué a las buenas artes, que dirigí mi curso hacia el camino recto de la vida: en tu propio favor, recibiste mayor de lo que diste. Pues tú me diste a mí rudo e imperito: yo te di un hijo de quien te gozaras de haber engendrado.
XXXII. Mi padre me alimentó. Si yo hago lo mismo, devuelvo más: porque no solo se alegra de ser alimentado, sino de ser alimentado por un hijo, y recibe mayor placer de mi ánimo que de la cosa misma. Sus alimentos solo llegaron a mi cuerpo. ¿Y qué, si alguien avanzó tanto que se hizo célebre entre las gentes por su elocuencia, o por su justicia, o por sus hazañas guerreras, y derramó sobre su padre también una fama inmensa, y disipó con luz clara las tinieblas de su nacimiento? ¿No confirió a sus padres un favor inestimable? ¿Acaso alguien conocería a Aristón y a Grilo si no fuera por sus hijos Jenofonte y Platón? Sócrates no deja expirar a Sofrónisco. Enumerar a los demás sería largo, quienes viven por ninguna otra causa sino porque la virtud eximia de sus hijos los entregó a la posteridad. ¿Dio un favor mayor el padre a Marco Agripa, ni siquiera conocido después de Agripa, o se lo dio Agripa a su padre, ilustre con la corona naval, único adorno alcanzado entre las recompensas militares? ¿Él que erigió tantas obras en la ciudad máxima, que vencían la magnificencia anterior y ninguna vencería después? ¿Dio Octavio algún favor mayor a su hijo, o se lo dio al padre el divino Augusto, aunque lo oculte la sombra del padre adoptivo? ¡Qué placer hubiera recibido si lo hubiera visto, tras concluidas las guerras civiles, presidiendo una paz segura, sin reconocer su propio bien, sin creer suficientemente, cada vez que se miraba a sí mismo, que pudo nacer aquel hombre en su casa! ¿Qué caso tiene ahora perseguir a los demás, a quienes ya hubiera consumido el olvido si la gloria de los hijos no los hubiera sacado de las tinieblas y los retuviera todavía en la luz? Luego, cuando preguntamos, no es qué hijo ha devuelto a su padre favores mayores que los que recibió del padre, sino si alguno puede devolverlos mayores; aunque los ejemplos que referí todavía no satisfacen ni brillan más que los favores de sus padres, sin embargo la naturaleza admite esto, que todavía ninguna época produjo. Si cada uno de los méritos paternos no pueden superar en magnitud, varios reunidos en uno sí los superarán.
XXXIII. Escipión salvó en batalla a su padre, y con la pretexta lanzó el caballo contra los enemigos: ¿es poco que para llegar a su padre despreciara tantos peligros que oprimían gravísimamente a los mayores jefes, tantas dificultades interpuestas? ¿Que, a punto de salir al primer combate, un novato corrió entre los cuerpos de los veteranos? ¿Que saltó por encima de sus años? Añade que defendió después a su padre acusado y lo arrancó de la conspiración de poderosos enemigos; que le amontonó un segundo consulado y un tercero, y otros honores codiciables incluso para los consulares; que al pobre le entregó riquezas arrebatadas por derecho de guerra; y, lo que es lo más glorioso para los hombres militares, que lo hizo rico incluso con despojos enemigos. Si todavía es poco, añade que prolongó sus provincias y mandos extraordinarios; añade que, destruidas las mayores ciudades, defensor y fundador de un imperio romano que ha de llegar sin rival de oriente a occidente, agregó mayor nobleza a un hombre noble. Di «padre de Escipión»: no hay duda de que la piedad eximia y la virtud vencieron el favor vulgar de engendrar, llevando a la ciudad misma no sé si mayor protección o mayor esplendor.
XXXIV. Luego, si esto es poco, finge que alguien apartó los tormentos de su padre; finge que los trasladó sobre sí. Te está permitido extender cuanto quieras los favores del hijo, puesto que el don paterno es tanto simple como fácil; pero también placentero para quien lo da, lo cual es necesario, pues lo dio también a muchos, incluso a quienes no sabe que lo dio; en lo cual tiene un compañero; en lo cual miró la ley de la patria, las recompensas de los padres, la perpetuidad de la casa y la familia, todo antes que a aquel a quien daba. ¿Y si alguien, alcanzada la sabiduría, la transmitió a su padre? ¿Todavía disputaremos si dio algo mayor que lo que recibió, cuando devolvió a su padre la vida bienaventurada y solo recibió la vida? Pero, dice alguien, es favor del padre todo lo que haces, todo lo que puedes ofrecerle. También es favor de mi maestro el que prosperé con las enseñanzas liberales. Sin embargo, superamos a los mismos que transmitieron aquellas; ciertamente a aquellos que enseñaron los primeros elementos. Y aunque sin ellos nadie podría lograr nada, sin embargo, quien ha logrado algo, por grande que sea, no está por debajo de ellos; hay mucha diferencia entre lo primero y lo máximo. Y no por ello lo primero equivale a lo máximo, porque sin lo primero lo máximo no puede existir.
XXXV. Ya es tiempo de presentar ciertas cosas de nuestra moneda, por así decirlo. Quien dio aquel favor del que otro es mejor, puede ser vencido: el padre dio al hijo la vida; pero hay algo mejor que la vida: así el padre puede ser vencido, porque dio un favor del que hay algo mejor. Todavía más: quien dio a alguien la vida, si fue liberado del peligro de muerte una y otra vez, recibió mayor favor que el que dio: pero el padre dio la vida: puede, por tanto, si fue liberado del peligro de muerte varias veces por el hijo, recibir mayor favor que el que dio. Quien recibió un favor recibe mayor cuanto más lo necesita: pero necesita más la vida quien vive que quien no ha nacido, ya que este no puede siquiera necesitar. Por tanto, recibe mayor favor el padre si recibió la vida del hijo que el hijo del padre por haber nacido. Los favores del padre no pueden ser vencidos por los favores del hijo: ¿por qué? Porque recibió la vida del padre, y si no la hubiera recibido, no hubiera podido dar favor alguno. Esto es común al padre con todos quienes dieron la vida a alguien: pues no hubieran podido devolver el agradecimiento si no hubieran recibido la vida. Luego tampoco puede devolverse al médico un agradecimiento mayor; pues también suele el médico dar la vida; ni al marinero, si recogió a un náufrago. Sin embargo, los favores tanto de estos como de otros que de algún modo nos dieron la vida pueden ser vencidos: por tanto, también pueden serlo los de los padres. Si alguien me dio un favor que debía ser ayudado por los favores de muchos, pero yo le di un favor que no necesitó ayuda de nadie, di mayor de lo que recibí: el padre dio al hijo la vida que perecería a menos que concurrieran muchas cosas que la protegieran; el hijo, si dio la vida al padre, se la dio de modo que no echara en falta ayuda de nadie para que permaneciera: por tanto, recibió mayor favor del hijo el padre que recibió la vida que el que él mismo le había dado.
XXXVI. Estas cosas no destruyen la veneración de los padres ni hacen peores a los hijos en comparación con ellos, sino incluso mejores; pues la virtud es gloriosa por naturaleza y desea adelantarse a los anteriores. La piedad será más ágil si viene a devolver los favores con esperanza de vencerlos. Esto ocurrirá con la voluntad y alegría de los mismos padres; puesto que son muchas las cosas en las que somos vencidos para nuestro bien. ¿De dónde vendrá una disputa tan deseable, de dónde tanta felicidad para los padres, sino que confiesen ellos mismos ser desiguales ante los favores de sus hijos? A menos que juzguemos así, damos una excusa a los hijos: y los hacemos más perezosos para devolver el agradecimiento, a quienes debemos añadir estímulos y decirles: «Obrad así, jóvenes excelentes. Se ha propuesto entre padres e hijos una competencia honesta: si dieron mayores favores o si los recibieron. No vencieron por haberlos ocupado primero. Tomad solo el ánimo que conviene y no queráis fallar, para que venzáis a quienes lo desean. Y no faltan en tan hermosa disputa guías que os exhorten a cosas semejantes y os manden ir por sus huellas hacia la victoria, a menudo ya obtenida sobre los padres.»
XXXVII. Venció Eneas a su padre, cuando él mismo, llevado en la infancia liviano y seguro, lo transportó pesado por la vejez por en medio de las filas enemigas y por las ruinas de la ciudad que caía en torno suyo, cuando el religioso anciano, abrazando los objetos sacros y los dioses penates, oprimía a quien caminaba con una carga no simple: lo llevó a través de los fuegos y, ¿qué no puede la piedad?, lo condujo hasta el final, y lo puso para ser venerado entre los fundadores del imperio romano. Vencieron los jóvenes sicilianos cuando el Etna, agitado con mayor violencia, derramó el incendio sobre las ciudades, sobre los campos, sobre gran parte de la isla, y ellos cargaron a sus padres. Se creyó que los fuegos se apartaron y que la llama retrocedió de uno y otro lado abriendo un límite por el cual pudieran pasar los jóvenes, dignísimos de atreverse a cosas grandes con seguridad. Venció Antígono, quien, tras haber vencido al enemigo en gran batalla, transfirió el premio de la guerra a su padre y le entregó el imperio de Chipre. Esto es el reino: no querer reinar cuando puedes. Venció a su padre, ciertamente imperioso, Tito Manlio: quien, tras haber sido relegado antes de tiempo por su padre a causa de una adolescencia torpe y obtusa, vino ante el tribuno de la plebe que había citado a su padre, y pedida una entrevista, que aquel concedió esperando que fuera traidor de un padre odiado, y creyendo haber merecido bien del joven cuyo exilio reprochaba a Manlio entre otras cosas como gravísimo crimen, el adolescente, conseguido el encuentro secreto, desenvaina el hierro oculto en el seno y dice: «A menos que jures que dejarás sin efecto la citación de mi padre, te atravesaré con esta espada. En tu poder está de qué modo mi padre no tenga acusador.» Juró el tribuno, y no lo engañó, y rindió a la asamblea la causa de haber abandonado la acción. A ningún otro le fue permitido impunemente poner en orden a un tribuno.
XXXVIII. Unos tras otros son los ejemplos de aquellos que arrancaron a sus padres de los peligros, que los llevaron de lo más bajo a lo más alto, y de la plebe y del montón de los sin nombre los entregaron a los siglos para nunca ser callados. Por ninguna fuerza de palabras, por ninguna facultad de ingenio puede expresarse cuán grande es la obra, cuán laudable, cuán nunca destinada a salir de la memoria de los hombres: poder decir esto: «Obedecí a mis padres, les cedí; a su mando, fuera justo, fuera injusto y duro, me mostré obsequioso y sumiso; en esto solo fui obstinado: en no ser vencido por sus favores.» Disputad, os lo ruego, y aun derrotados restituid la formación. Felices quienes venzan; felices quienes sean vencidos. ¿Qué más preclaro que aquel adolescente que podrá decirse a sí mismo (pues no es lícito que lo diga otro): «Vencí a mi padre en favores»? ¿Qué más afortunado que aquel anciano que proclamará a todos en todas partes que fue vencido en favores por su hijo? Pero ¿qué es más feliz que cederse a sí mismo?
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