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Acto quinto

Tartufo · Molière · 18 min de lectura

Escena1Orgón, Cleanto

CLEANTO.— ¿Adónde quiere ir corriendo?

ORGÓN.— ¡Ay! ¿Qué sé yo?

CLEANTO.— Me parece que antes de nada deberíamos deliberar juntos sobre lo que se puede hacer ante semejante acontecimiento.

ORGÓN.— Ese cofre me tiene completamente trastornado. Más aún que todo lo demás me desespera.

CLEANTO.— ¿Así que ese cofre es un misterio de importancia?

ORGÓN.— Es un depósito que Argas, ese amigo al que compadezco, me confió en persona y con gran secreto. Para eso quiso elegirme cuando huyó; y son unos papeles, según me dio a entender, de los que dependen su vida y sus bienes.

CLEANTO.— ¿Y por qué haberlos soltado en otras manos?

ORGÓN.— Fue por un motivo de caso de conciencia. Fui derecho a mi traidor a hacerle la confidencia; y su razonamiento logró persuadirme de que era mejor darle a guardar el cofre, a fin de que, para negar en caso de alguna investigación, tuviera yo a mano la ventaja de una escapatoria, con la que mi conciencia pudiera tener plena seguridad para jurar en contra de la verdad.

CLEANTO.— Pues está usted mal, al menos si me fío de las apariencias: tanto la donación como esa confidencia son, para hablarle según mi criterio, pasos dados por usted a la ligera. Con prendas semejantes pueden llevarle lejos; y teniendo ese hombre tales ventajas sobre usted, azuzarle es todavía una gran imprudencia de su parte; y debía usted haber buscado algún rodeo más suave.

ORGÓN.— ¡Cómo! ¡Bajo una hermosa apariencia de fervor tan conmovedor ocultar un corazón tan doble, un alma tan malvada! Y yo que lo acogí cuando mendigaba y no tenía nada… ¡Se acabó, renuncio a toda la gente de bien! De ahora en adelante les tendré un horror espantoso y voy a volverme, para ellos, peor que un diablo.

CLEANTO.— ¡Pero bueno! ¡Ya están ahí sus arrebatos! Usted no guarda en nada los dulces temperamentos. En la recta razón jamás entra la suya; y siempre de un exceso se arroja al otro. Ve su error, y ha reconocido que por un celo fingido fue engañado; pero, para corregirse, ¿qué razón exige que vaya a caer en un error más grande, y que con el corazón de un pérfido canalla confunda los corazones de toda la gente de bien? ¡Cómo! ¿Porque un bribón lo engaña con audacia, bajo el pomposo esplendor de una austera mueca, quiere usted que en todas partes todo el mundo sea como él, y que ningún devoto verdadero se encuentre hoy en día? Deje a los libertinos esas consecuencias necias: distinga la virtud de sus apariencias, no arriesgue jamás su estima demasiado pronto, y manténgase para eso en el término medio que hace falta. Guárdese, si puede, de honrar la impostura; pero tampoco vaya a hacer injuria al celo verdadero, y si ha de caer en una extremidad, peque mejor aún por ese otro lado.

Escena2Orgón, Cleanto, Damis

DAMIS.— ¡Cómo! Padre, ¿es cierto que un canalla lo amenaza? ¿Que no hay beneficio que en su alma no borre, y que su cobarde orgullo, demasiado digno de cólera, hace de sus bondades armas contra usted?

ORGÓN.— Sí, hijo mío; y siento unos dolores sin par.

DAMIS.— Déjeme, que quiero cortarle las dos orejas. Contra su insolencia no hay que andarse con rodeos: a mí me toca liberarlo de un golpe; y, para salir del apuro, tengo que machacarlo.

CLEANTO.— Eso es exactamente hablar como un verdadero joven. Modere, por favor, esos transportes estridentes. Vivimos bajo un reinado y estamos en un tiempo en que por la violencia se arreglan mal los asuntos.

Escena3La señora Pernelle, Orgón, Elmira, Cleanto, Mariana, Damis, Dorina

LA SEÑORA PERNELLE.— ¿Qué pasa? ¡Me entero aquí de misterios terribles!

ORGÓN.— Son novedades de las que mis ojos son testigos, y usted ve el precio con que se pagan mis desvelos. Acojo con celo a un hombre en su miseria, lo alojo y lo trato como a mi propio hermano; de beneficios cada día es por mí colmado; le doy a mi hija y todos los bienes que tengo: y, al mismo tiempo, el pérfido, el infame, intenta el negro designio de seducir a mi mujer; y, no contento aún con esas viles tentativas, osa amenazarme con mis propios beneficios, y quiere, para mi ruina, usar de las ventajas con que acaban de armarlo mis bondades demasiado poco sabias, echarme de mis bienes adonde lo he trasladado, y reducirme al punto del que lo he sacado.

DORINA.— ¡El pobre hombre!

LA SEÑORA PERNELLE.— Hijo mío, no puedo en absoluto creer que haya querido cometer una acción tan negra.

ORGÓN.— ¿Cómo?

LA SEÑORA PERNELLE.— La gente de bien siempre es envidiada.

ORGÓN.— ¿Qué quiere decir con su discurso, madre?

LA SEÑORA PERNELLE.— Que en su casa se vive de extraña manera, y que no se ignora el odio que le tienen.

ORGÓN.— ¿Qué tiene que ver ese odio con lo que se le dice?

LA SEÑORA PERNELLE.— Se lo he dicho cien veces cuando era pequeño: la virtud en el mundo siempre es perseguida; los envidiosos morirán, pero la envidia nunca.

ORGÓN.— ¿Pero qué hace ese discurso con las cosas de hoy?

LA SEÑORA PERNELLE.— Le habrán forjado cien cuentos necios sobre él.

ORGÓN.— Ya le he dicho que lo he visto todo yo mismo.

LA SEÑORA PERNELLE.— De los espíritus maldicientes la malicia es extrema.

ORGÓN.— ¡Me va a hacer condenar, madre! Le digo que he visto con mis ojos un crimen tan osado.

LA SEÑORA PERNELLE.— Las lenguas siempre tienen veneno que esparcir, y nada hay aquí abajo que pueda defenderse de ello.

ORGÓN.— Eso es sostener un discurso muy falto de sentido. Lo he visto, digo, visto, con mis propios ojos visto, lo que se llama visto. ¿Hace falta que se lo machaque a los oídos cien veces, y que grite a voz en cuello?

LA SEÑORA PERNELLE.— ¡Dios mío! Muy a menudo la apariencia engaña: no hay que juzgar siempre por lo que se ve.

ORGÓN.— ¡Me enfurezco!

LA SEÑORA PERNELLE.— A las falsas sospechas la naturaleza es propensa, y a menudo el bien se interpreta a mal.

ORGÓN.— ¿Debo interpretar como solicitud caritativa el deseo de abrazar a mi mujer?

LA SEÑORA PERNELLE.— Es necesario, para acusar a la gente, tener causas justas; y usted debía haber esperado a estar seguro de las cosas.

ORGÓN.— ¡Ah, diablos! ¿Y cómo podía yo estar más seguro? ¿Debía haber esperado, madre mía, a que delante de mis ojos él…? Va a hacerme usted decir alguna tontería.

LA SEÑORA PERNELLE.— En fin, se ve que su alma está poseída por un celo demasiado puro, y no puedo meter en la cabeza que haya querido intentar las cosas que se dicen.

ORGÓN.— Vaya, no sé lo que le diría si no fuera usted mi madre, tal es mi indignación.

DORINA, a Orgón.— Justo pago, señor, de las cosas de este mundo: usted no quería creer, y ahora no le creen a usted.

CLEANTO.— Estamos perdiendo el tiempo en puras bagatelas cuando habría que emplearlo en tomar medidas. Ante las amenazas del farsante no hay que dormir tranquilos.

DAMIS.— ¿Cómo? ¿Su desfachatez llegaría hasta ese punto?

ELMIRA.— Yo, por mi parte, no creo posible tal instancia, y su ingratitud es aquí demasiado visible.

CLEANTO, a Orgón.— No se fíe usted: él tendrá recursos para dar razón a sus esfuerzos contra usted, y con menos que esto el peso de una intriga enreda a la gente en un enojoso laberinto. Se lo repito: armado como está, no debió usted empujarlo hasta ese extremo.

ORGÓN.— Es cierto; pero ¿qué hacer? Ante la soberbia de ese traidor, no he sido dueño de mi resentimiento.

CLEANTO.— Yo desearía de todo corazón que entre ustedes dos pudiera recomponerse alguna sombra de paz.

ELMIRA.— Si yo hubiera sabido que tiene en su poder tales armas, no habría dado materia a tantas alarmas, y mis…

ORGÓN, a Dorina, viendo entrar al señor Loyal.— Y mis… ¿Qué quiere ese hombre? Vaya pronto a averiguarlo, ¡estoy en buen estado para que vengan a verme!

Escena4Orgón, la señora Pernelle, Elmira, Mariana, Cleanto, Damis, Dorina, el señor Loyal

EL SEÑOR LOYAL, a Dorina, al fondo del teatro.— Buenos días, mi querida hermana; haga usted, se lo suplico, que pueda hablar con el señor.

DORINA.— Está en compañía; y dudo que pueda ver a nadie en este momento.

EL SEÑOR LOYAL.— No vengo a ser importuno en estos lugares. Mi llegada no tendrá nada, creo, que le desagrade; y vengo por un asunto del que se alegrará.

DORINA.— ¿Su nombre?

EL SEÑOR LOYAL.— Dígale solamente que vengo de parte del señor Tartufo, para su bien.

DORINA, a Orgón.— Es un hombre que viene, con suave manera, de parte del señor Tartufo, por un asunto del que usted se alegrará, dice.

CLEANTO, a Orgón.— Tiene usted que ver qué es ese hombre y qué puede querer.

ORGÓN, a Cleanto.— Tal vez viene a reconciliarnos: ¿qué sentimientos he de hacerle ver?

CLEANTO.— Su ressentimiento no debe estallar; y si habla de acuerdo, hay que escucharlo.

EL SEÑOR LOYAL, a Orgón.— Salud, señor. El Cielo pierda a quien quiera perjudicarle, y le sea tan favorable como yo deseo.

ORGÓN, bajo, a Cleanto.— Este dulce comienzo se ajusta a mi parecer y augura ya alguna avenencia.

EL SEÑOR LOYAL.— Toda su casa me ha sido siempre querida, y yo era servidor del señor su padre.

ORGÓN.— Señor, tengo gran vergüenza y pido perdón por no conocerlo ni saber su nombre.

EL SEÑOR LOYAL.— Me llamo Loyal, natural de Normandía, y soy alguacil de vara, a despecho de la envidia. Tengo, desde hace cuarenta años, gracias al Cielo, la dicha de ejercer el cargo con mucho honor, y vengo, señor, con su venia, a notificarle el auto de cierta ordenanza…

ORGÓN.— ¿Cómo! ¿Usted está aquí…?

EL SEÑOR LOYAL.— Señor, sin pasión. No es más que una intimación, una orden de desalojar de aquí, usted y los suyos, sacar sus muebles fuera y hacer sitio a otros, sin demora ni prórroga, como es necesario.

ORGÓN.— ¿Yo? ¿Salir de mi casa?

EL SEÑOR LOYAL.— Sí, señor, si le place. La casa ahora, como usted sabe de sobra, pertenece sin disputa al buen señor Tartufo. De sus bienes en adelante él es dueño y señor, en virtud de un contrato del cual soy portador. Está en buena forma, y no hay nada que objetar.

DAMIS, al señor Loyal.— ¡Ciertamente esta impudencia es grande, y la admiro!

EL SEÑOR LOYAL, a Damis.— Señor, yo no debo tener nada que ver con usted; (Señalando a Orgón.) Es con el señor: él es razonable y dulce, y de hombre de bien sabe demasiado bien el oficio como para querer oponerse en absoluto a la justicia.

ORGÓN.— Pero…

EL SEÑOR LOYAL.— Sí, señor, sé que ni por un millón querría usted hacer rebelión, y que permitirá como persona honesta que yo ejecute aquí las órdenes que me dan.

DAMIS.— Bien podría usted, sobre su jubón negro, señor alguacil de vara, atraerse el bastón.

EL SEÑOR LOYAL, a Orgón.— Haga usted que su hijo se calle o se retire, señor. Sentiría verme obligado a escribir, y verlo a usted asentado en mi acta.

DORINA, aparte.— Este señor Loyal tiene un aire bien desleal.

EL SEÑOR LOYAL.— Por toda la gente de bien tengo grandes ternuras, y no he querido, señor, encargarme de las diligencias sino para obligarlo a usted y hacerle un favor; para evitar con ello que otros eligieran a quien, no teniendo por usted el celo que a mí me impulsa, hubieran podido proceder de una manera menos suave.

ORGÓN.— ¿Y qué puede ser peor que ordenar a la gente que salga de su casa?

EL SEÑOR LOYAL.— Se les da tiempo; y hasta mañana suspenderé, señor, la ejecución de la ordenanza. Vendré solamente a pasar aquí la noche con diez de mis hombres, sin escándalo ni ruido. Por la forma, será preciso, si le place, que me traigan, antes de acostarse, las llaves de su puerta. Tendré cuidado de no turbar su reposo, y de no permitir nada que no sea apropiado. Pero mañana, desde por la mañana, habrá de ser usted diligente en desalojar de aquí hasta el menor utensilio; mis hombres lo ayudarán, y los he elegido fuertes para hacerle el servicio de sacarlo todo fuera. No se puede proceder mejor que como yo lo hago, creo; y como lo trato con gran indulgencia, le ruego también, señor, que proceda bien, y que en el cumplimiento de mi oficio no se me estorbe en nada.

ORGÓN, aparte.— De lo mejor de mi corazón daría ahora mismo los cien luises más hermosos que me quedan por poder, a mi gusto, estamparle en ese jeta el mayor puñetazo que pueda darse.

CLEANTO, bajo, a Orgón.— Déjelo, no echemos nada a perder.

DAMIS.— Con semejante descaro extraño me cuesta contenerme, y me pica la mano.

DORINA.— Con una espalda tan buena, a fe mía, señor Loyal, unos cuantos bastonazos no le sentarían mal.

EL SEÑOR LOYAL.— Bien podría castigarse esas palabras infames, querida; y también se dicta auto contra las mujeres.

CLEANTO, al señor Loyal.— Acabemos con todo esto, señor; ya basta. Dénos pronto ese papel, por favor, y déjenos.

EL SEÑOR LOYAL.— Hasta la vista. ¡Que el cielo los tenga a todos en dicha!

ORGÓN.— ¡Que te confunda a ti, y al que te envía!

Escena5Orgón, la señora Pernelle, Elmira, Cleanto, Mariana, Damis, Dorina

ORGÓN.— ¡Pues bien! Ya lo ve usted, madre; ¿tengo razón o no? Y puede juzgar el resto por la citación. Sus traiciones, ¿las reconoce ya por fin?

LA SEÑORA PERNELLE.— Estoy atónita, ¡caigo de las nubes!

DORINA, a Orgón.— Se queja usted sin razón, sin razón lo culpa, y con esto quedan confirmados sus piadosos designios. En el amor al prójimo se consuma su virtud: sabe que muy a menudo los bienes corrompen al hombre, y por pura caridad quiere quitarle a usted todo cuanto pueda hacerle obstáculo para salvarse.

ORGÓN.— Cállese. Es la palabra que hay que decirle siempre.

CLEANTO, a Orgón.— Vayamos a ver qué recurso debemos hacerle elegir.

ELMIRA.— Vaya a denunciar la audacia del ingrato. Este proceder anula la validez del contrato; y su deslealtad va a parecer demasiado negra para consentir que obtenga el éxito que se pretende.

Escena6Valerio, Orgón, la señora Pernelle, Elmira, Cleanto, Mariana, Damis, Dorina

VALERIO.— Con pesar, señor, vengo a afligirlo; pero me veo obligado por el peligro apremiante. Un amigo unido a mí por una amistad muy tierna, y que sabe el interés que tengo en ocuparme de usted, ha violado para mí, con un paso delicado, el secreto que se debe a los asuntos de Estado, y acaba de enviarme un aviso cuya consecuencia lo reduce al partido de una fuga repentina. El bribón que durante tanto tiempo ha podido engañarlo hace una hora que supo acusarlo ante el príncipe, y poner en sus manos, entre los dardos que le lanza, la importante arqueta de un criminal de Estado, cuyo culpable secreto usted ha conservado, dice él, en desprecio del deber de un súbdito. Ignoro el detalle del crimen que se le imputa; pero se ha dado una orden contra su persona; y él mismo está encargado, para ejecutarla mejor, de acompañar a quien debe arrestarlo.

CLEANTO.— Ahí tiene sus derechos armados; y es así como el traidor pretende hacerse dueño de sus bienes.

ORGÓN.— El hombre es, se lo confieso, un malvado animal.

VALERIO.— La menor demora puede serle fatal. Tengo, para llevarlo, mi coche a la puerta, con mil luises que le traigo. No perdamos tiempo: el golpe es fulminante; y estos son de esos golpes que se evitan huyendo. Me ofrezco a conducirlo a lugar seguro, y quiero acompañar, hasta el final, su fuga.

ORGÓN.— ¡Ay! ¡Cuánto no debo a sus cuidados solícitos! Para darle las gracias necesito otro momento; y pido al cielo que me sea bastante propicio para reconocer algún día este generoso servicio. Adiós: ocupaos de todo, vosotros.

CLEANTO.— Vaya pronto. Ya nos ocuparemos, hermano, de hacer lo que haga falta.

Escena7Tartufo, un alguacil, la señora Pernelle, Orgón, Elmira, Cleanto, Mariana, Valerio, Damis, Dorina

TARTUFO, deteniendo a Orgón.— Poco a poco, señor, poco a poco, no corra tanto: no irá usted muy lejos para encontrar su alojamiento; y de parte del príncipe se le hace prisionero.

ORGÓN.— ¡Traidor! Me guardabas este golpe para el final: es el golpe, canalla, con que me rematas; y con esto coronas todas tus perfidias.

TARTUFO.— Sus injurias no tienen nada que pueda irritarme; y estoy, para el Cielo, enseñado a sufrirlo todo.

CLEANTO.— La moderación es grande, lo confieso.

DAMIS.— ¡Cómo juega el infame impúdicamente con el Cielo!

TARTUFO.— Todos sus arrebatos no pueden conmoverme; y no pienso en otra cosa que en cumplir con mi deber.

MARIANA.— Puede usted pretender gran gloria de esto; y ese empleo es muy honroso de aceptar para usted.

TARTUFO.— Un empleo solo puede ser glorioso cuando parte del poder que me envía a estos lugares.

ORGÓN.— Pero ¿te has acordado de que mi mano caritativa, ingrato, te sacó de un estado miserable?

TARTUFO.— Sí, sé qué socorros he podido recibir de ella; pero el interés del príncipe es mi primer deber. De ese deber sagrado la justa violencia sofoca en mi corazón todo reconocimiento: y sacrificaría a tan poderosos lazos amigo, mujer, parientes, y a mí mismo con ellos.

ELMIRA.— ¡El impostor!

DORINA.— Cómo sabe, de manera traidora, hacerse un hermoso manto de todo lo que se venera.

CLEANTO.— Pero si es tan perfecto como usted lo declara, ese celo que lo impulsa y del que se precia, ¿de dónde viene que para mostrarlo se le ocurra esperar a que lo sorprenda cortejando a su mujer, y que solo piense en ir a denunciarlo cuando su honor lo obliga a echarlo? No le hablo, porque no debo distraerle con ello, de la donación de todos sus bienes que acababa de hacerle; pero, al quererlo tratar hoy como culpable, ¿por qué consentía en aceptar algo de él?

TARTUFO, al alguacil.— Líbreme, señor, de la gritería; y dígnese cumplir su orden, se lo ruego.

UN ALGUACIL.— Sí, ya es demasiado tardar, sin duda, en cumplirla; su boca me invita a propósito a realizarla: y para ejecutarla, sígame ahora mismo a la prisión que deben darle por morada.

TARTUFO.— ¿Quién? ¿Yo, señor?

UN ALGUACIL.— Sí, usted.

TARTUFO.— ¿Por qué, pues, la prisión?

UN ALGUACIL.— No es a usted a quien debo dar razón. (A Orgón.) Recobrese, señor, de una alarma tan ardiente. Vivimos bajo un príncipe enemigo del fraude, un príncipe cuyos ojos hacen luz en los corazones, y a quien no puede engañar todo el arte de los impostores. De un fino discernimiento provista su gran alma, sobre las cosas siempre arroja una recta vista; en ella jamás nada sorprende con demasiado acceso, y su firme razón no cae en ningún exceso. Da a las gentes de bien una gloria inmortal: mas sin ceguera hace brillar ese celo, y el amor por los verdaderos no cierra su corazón a todo cuanto los falsos deben dar de horror. Este no era para poderlo sorprender, y de trampas más finas se le ve defenderse. Desde el principio perforó, con sus vivas claridades, todos los recovecos de su corazón todas las bajezas. Viniendo a acusarlo a usted, se ha traicionado él mismo, y por un justo rasgo de la equidad suprema se ha descubierto ante el príncipe un bribón renombrado del que bajo otro nombre estaba informado; y es un largo detalle de acciones todas negras del que podrían formarse volúmenes de historias. Este monarca, en una palabra, ha detestado hacia usted su cobarde ingratitud y su deslealtad; a sus otros horrores ha unido esta secuela, y solo me ha sometido hasta aquí a su conducta para ver la impudencia llegar hasta el final, y hacerle, por él, obtener razón de todo. Sí, de todos sus papeles, de los que él se dice dueño, quiere que entre sus manos despoje al traidor. De un poder soberano, rompe los lazos del contrato que le hace donación de todos sus bienes, y le perdona por fin esa ofensa secreta en la que lo hizo caer el refugio de un amigo; y este es el precio que da al celo que antaño se le vio testimoniar apoyando sus derechos, para mostrar que su corazón sabe, cuando menos se piensa, verter la recompensa de una buena acción; que jamás el mérito con él pierde nada; y que mejor que del mal, se acuerda del bien.

DORINA.— ¡Loado sea el Cielo!

LA SEÑORA PERNELLE.— ¡Loado sea el Cielo! Ahora sí respiro.

ELMIRA.— ¡Éxito favorable!

MARIANA.— ¡Éxito favorable! ¿Quién se hubiera atrevido a decirlo?

ORGÓN, a Tartufo, a quien se lleva el alguacil.— ¡Conque ahí estás, traidor!…

Escena8La señora Pernelle, Orgón, Elmira, Mariana, Cleanto, Valerio, Damis, Dorina

CLEANTO.— Conque ahí estás, traidor… Ah, hermano, deténgase, y no descienda usted a indignidades. Deje al miserable con su mal destino, y no se sume al remordimiento que lo aplasta. Desee más bien que su corazón, en este día, haga un dichoso retorno al seno de la virtud; que corrija su vida detestando su vicio, y pueda ablandar la justicia del gran príncipe; mientras usted irá, de rodillas, ante su bondad, a rendir lo que exige un trato tan dulce.

ORGÓN.— Sí, bien dicho. Vayamos gozosos a sus pies a alabar las bondades que su corazón nos despliega: luego, cumplido un poco este primer deber, habrá que ocuparse de los justos cuidados de otro asunto, y coronar en Valerio, con un dulce himeneo, la llama de un amante generoso y sincero. Fin de Tartufo

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