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Acto segundo

Tartufo · Molière · 19 min de lectura

EscenaScena 1Orgón, Mariana

ORGÓN.— ¡Mariana!

MARIANA.— Padre mío.

ORGÓN.— Acércate. Tengo que hablarte en secreto.

(a Orgón, que mira dentro de un gabinete.)

MARIANA.— ¿Qué busca usted?

ORGÓN.— Miro si no hay alguien ahí que pudiera oírnos, porque este rinconcito es perfecto para sorpresas. Ya está, aquí estamos bien. Yo he reconocido siempre en ti, Mariana, un carácter bastante dócil, y siempre también me has sido muy querida.

MARIANA.— Le debo mucho a ese amor de padre.

ORGÓN.— Muy bien dicho, hija mía; y para merecerlo, no debes tener otro cuidado que el de contentarme.

MARIANA.— En eso pongo yo también mi mayor orgullo.

ORGÓN.— Perfectamente. ¿Qué dices de Tartufo, nuestro huésped?

MARIANA.— ¿Yo?

ORGÓN.— Tú. Mira bien cómo respondes.

MARIANA.— ¡Ay! Diré de él todo lo que usted quiera.

Escena2Orgón, Mariana, Dorina, que entra en silencio y se coloca detrás de Orgón, sin que la vean

ORGÓN.— Eso es hablar con sensatez… Dime, pues, hija mía, que en toda su persona brilla un alto mérito, que te llega al corazón, y que te sería grato verlo convertirse, por elección mía, en tu esposo. ¿Eh?

MARIANA.— ¿Eh?

ORGÓN.— ¿Qué pasa?

MARIANA.— ¿Cómo dice?

ORGÓN.— ¿Qué?

MARIANA.— ¿Me he equivocado?

ORGÓN.— ¿Cómo?

MARIANA.— ¿A quién quiere usted, padre mío, que diga que me llega al corazón, y que me sería grato ver, por elección suya, convertirse en mi esposo?

ORGÓN.— Tartufo.

MARIANA.— No es cierto nada de eso, padre, se lo juro. ¿Por qué hacerme decir semejante impostura?

ORGÓN.— Pero yo quiero que eso sea una verdad; y es bastante para ti que yo lo haya decidido.

MARIANA.— ¡Cómo! ¿Usted quiere, padre mío?…

ORGÓN.— Sí, pretendo, hija mía, unir a Tartufo con mi familia mediante tu matrimonio. Él será tu esposo, lo he resuelto así; y en cuanto a tus deseos yo… ¿Qué haces ahí? La curiosidad que te acucia es muy fuerte, amiga mía, para venir a escucharnos de ese modo.

DORINA.— La verdad, no sé si es un rumor que sale de alguna conjetura o de una casualidad; pero de esta boda me han dado la noticia, y yo lo he tratado de pura tontería.

ORGÓN.— ¿Conque la cosa es increíble?

DORINA.— Hasta tal punto que ni a usted mismo, señor, le creo.

ORGÓN.— Ya sé yo el modo de hacéroslo creer.

DORINA.— ¡Sí, sí! ¡Nos cuenta usted una historia muy graciosa!

ORGÓN.— Cuento justamente lo que se verá dentro de poco.

DORINA.— ¡Cuentos!

ORGÓN.— Lo que digo, hija mía, no es ninguna broma.

DORINA.— Vamos, no le crea usted a su padre; está bromeando.

ORGÓN.— Yo os digo…

DORINA.— No, haga usted lo que haga, no le van a creer.

ORGÓN.— Al final, mi cólera…

DORINA.— ¡Está bien! Le creemos, entonces; y peor para usted. ¡Cómo! ¿Es posible, señor, que con ese aire de hombre sensato, y esa barba tan ancha en medio de la cara, sea usted tan insensato como para querer…?

ORGÓN.— Escucha: te has tomado en esta casa ciertas confianzas que no me gustan nada; te lo digo, amiga mía.

DORINA.— Hablemos sin enfadarnos, señor, se lo suplico. ¿Se está usted burlando de la gente con haber hecho este plan? Su hija no es asunto de un beato: él tiene otros empleos en los que ha de pensar. Y además, ¿qué le trae a usted semejante alianza? ¿A cuento de qué ir, con toda su fortuna, a elegir un yerno muerto de hambre?…

ORGÓN.— Cállate. Si no tiene nada, sábete que es por eso por lo que hay que venerarlo. Su miseria es, sin duda, una miseria honrada; por encima de las grandezas debe elevarlo, puesto que al fin de su hacienda se ha dejado privar por su escaso cuidado de las cosas temporales, y su poderoso apego a las cosas eternas. Pero mi ayuda podrá darle los medios de salir de apuros, y volver a entrar en sus bienes: son feudos que con justo título se nombran en la comarca; y, tal como se lo ve, es muy hidalgo.

DORINA.— Sí, es él quien lo dice; y esa vanidad, señor, no sienta nada bien con la piedad. Quien abraza la inocencia de una vida santa no debe alabar tanto su nombre y su cuna, y el humilde proceder de la devoción tolera mal los estallidos de esa ambición. ¿A qué viene ese orgullo?… Pero este discurso lo ofende: hablemos de su persona, y dejemos su nobleza. ¿Hará usted poseedor, sin algún disgusto, de una hija como ella a un hombre como él? ¿Y no debe usted pensar en las conveniencias, y prever las consecuencias de esta unión? Sepa que de una hija se arriesga la virtud, cuando en su matrimonio su gusto es contrariado; que el propósito de vivir en ella como mujer honesta depende de las cualidades del marido que se le da, y que aquellos a quienes en todas partes se señala con el dedo en la frente, hacen de sus mujeres a menudo lo que se ve que ellas son. Es muy difícil, en fin, ser fiel a ciertos maridos hechos de cierto molde; y quien da a su hija un hombre al que ella odia, es responsable ante el cielo de las faltas que ella cometa. Piense en los peligros a los que su designio lo expone.

ORGÓN.— ¡Os digo que tengo que aprender de ella a vivir!

DORINA.— No haría usted más que bien en seguir mis lecciones.

ORGÓN.— No perdamos el tiempo, hija mía, con esas músicas; yo sé lo que te hace falta, y soy tu padre. Había dado mi palabra a Valerio para ti: pero, aparte de que dicen que es propenso al juego, también sospecho que es un poco libertino; no noto que frecuente las iglesias.

DORINA.— ¿Quiere usted que corra allí a sus horas precisas, como los que sólo van para ser vistos?

ORGÓN.— No te pido tu opinión al respecto. En fin, con el Cielo el otro es lo mejor del mundo, y es una riqueza sin ninguna otra igual. Este matrimonio colmará todos tus deseos, quedará todo hecho de dulzuras y placeres. Juntos viviréis, en vuestros ardores fieles, como dos verdaderos niños, como dos tórtolas: a ningún enojoso debate llegaréis jamás; y harás de él todo lo que quieras.

DORINA.— ¿Ella? Ella no hará más que un tonto de él, se lo aseguro.

ORGÓN.— ¡Vaya! ¡Qué cosas dices!

DORINA.— ¡Vaya! ¡Qué cosas digo! Digo que tiene toda la facha y que su ascendente, señor, se impondrá a toda la virtud que pueda tener su hija.

ORGÓN.— Deja de interrumpirme y procura callarte, sin meter las narices donde no te importa.

(; le interrumpe siempre en el momento en que él se vuelve para hablar a su hija.)

DORINA.— Solo hablo, señor, por su propio interés.

ORGÓN.— Te tomas demasiadas molestias; cállate, por favor.

DORINA.— Si no se le quisiera...

ORGÓN.— No quiero que se me quiera.

DORINA.— Y yo quiero quererle, señor, aunque usted no quiera.

ORGÓN.— ¡Ah!

DORINA.— Su honor me importa, y no puedo soportar que vaya usted a ofrecerse a las burlas de todo el mundo.

ORGÓN.— ¿No vas a callarte?

DORINA.— Es cosa de conciencia dejarle hacer semejante alianza.

ORGÓN.— ¿Vas a callarte, serpiente, con tus descarados...?

DORINA.— ¡Ah! ¿Usted es devoto y se deja llevar por la cólera?

ORGÓN.— Sí, se me calienta la bilis con todas estas tonterías, y quiero resueltamente que te calles.

DORINA.— Bueno. Pero aunque no diga palabra, no por eso pienso menos.

ORGÓN.— Piensa, si quieres; pero procura no hablarme de ello, o... Basta. Como hombre sensato, he pesado maduramente todas las cosas.

DORINA, aparte.— Rabio de no poder hablar.

ORGÓN.— Sin ser ningún galán, Tartufo está hecho de tal modo...

DORINA.— ¡Sí, vaya jeta!

ORGÓN.— Que aunque no sintieras la menor simpatía por todos los demás dones...

DORINA, aparte.— ¡Bien arreglada está! (Orgón se vuelve hacia Dorina y, con los brazos cruzados, la escucha y la mira de frente.) Si yo estuviera en su lugar, un hombre ciertamente no me casaría por la fuerza impunemente; y le haría ver, poco después de la boda, que una mujer tiene siempre lista su venganza.

ORGÓN, a Dorina.— ¿Así que no se hará ningún caso de lo que digo?

DORINA.— ¿De qué se queja usted? Yo no le hablo.

ORGÓN.— ¿Y entonces qué haces?

DORINA.— Me hablo a mí misma.

ORGÓN, aparte.— Muy bien. Para castigar su extrema insolencia tendré que darle un revés con la mano. (Se pone en postura de dar una bofetada a Dorina, y a cada palabra que le dice a su hija se vuelve para mirar a Dorina, que se mantiene quieta sin hablar.) Hija mía, tú debes aprobar mi designio... Creer que el marido... que he sabido elegirte... (A Dorina) ¿Por qué no te hablas?

DORINA.— No tengo nada que decirme.

ORGÓN.— Otra palabrita.

DORINA.— A mí no me place.

ORGÓN.— Desde luego, yo te esperaba.

DORINA.— ¡Cualquier estúpida, vaya!

ORGÓN.— En fin, hija mía, hay que pagar con obediencia y mostrar entera deferencia a mi elección.

DORINA, huyendo.— Mucho me burlaría yo de tomar semejante esposo.

ORGÓN, después de haber estado a punto de dar una bofetada a Dorina.— Tienes ahí, hija mía, una peste contigo con la que no puedo seguir viviendo sin pecar. Me siento incapaz ahora de continuar; sus discursos insolentes me han puesto el ánimo en llamas, y voy a tomar el aire para serenarme un poco.

Escena3Dorina, Mariana

DORINA.— ¿Es que has perdido el habla, dime? ¿Y hace falta que yo haga tu papel en esto? ¿Soportar que te propongan un proyecto insensato sin que lo rechaces con la menor palabra?

MARIANA.— Contra un padre absoluto, ¿qué quieres que haga?

DORINA.— Lo que hace falta para evitar semejante amenaza.

MARIANA.— ¿Qué?

DORINA.— Decirle que un corazón no ama por voluntad de otro; que te casas para ti, no para él; que siendo tú aquella por quien se hace todo el asunto, es a ti, no a él, a quien el marido debe complacer, y que si su Tartufo le resulta tan encantador, puede casarse con él sin ningún impedimento.

MARIANA.— Un padre, lo reconozco, tiene sobre nosotras tanto imperio que nunca he tenido fuerzas para decir nada.

DORINA.— Pero razonemos. Valerio ha dado pasos por usted: ¿le ama, se lo ruego, o no le ama?

MARIANA.— ¡Ah, qué grande es tu injusticia con mi amor, Dorina! ¿Debes hacerme esa pregunta? ¿No te he abierto cien veces sobre eso mi corazón? ¿Y no sabes hasta dónde llega mi ardor por él?

DORINA.— ¿Qué sé yo si el corazón ha hablado por la boca, y si es de verdad que ese amante le conmueve?

MARIANA.— Me haces un gran daño, Dorina, al dudarlo; y mis verdaderos sentimientos han sabido manifestarse demasiado.

DORINA.— En fin, ¿le ama usted entonces?

MARIANA.— Sí, con un ardor extremo.

DORINA.— ¿Y, según las apariencias, él la ama del mismo modo?

MARIANA.— Eso creo.

DORINA.— ¿Y ambos arden igualmente por veros casados juntos?

MARIANA.— Sin duda.

DORINA.— ¿Qué espera usted entonces de esa otra unión?

MARIANA.— Darme la muerte, si me violentan.

DORINA.— Muy bien. Es un recurso en el que no pensaba; no tiene usted más que morir para salir del apuro. El remedio, sin duda, es maravilloso. Me saca de quicio cuando oigo hablar de ese modo.

MARIANA.— ¡Dios mío! ¡De qué humor te pones, Dorina! No te compadeces de los pesares de la gente.

DORINA.— No me compadezco de quien dice necedades y en la ocasión se ablanda como lo haces tú.

MARIANA.— Pero ¿qué quieres? Si tengo timidez...

DORINA.— Pero el amor en un corazón quiere firmeza.

MARIANA.— ¿Pero no la guardo yo para los fuegos de Valerio? ¿Y no es a él a quien corresponde obtenerme de un padre?

DORINA.— Pero ¿qué? Si tu padre es un testarudo consumado que se ha encaprichado por completo con su Tartufo y falta a la unión que había acordado, ¿debe imputársele la culpa a tu amante?

MARIANA.— Pero con un altivo rechazo y con desprecios ostensibles, ¿haré ver, en mi elección, un corazón demasiado prendado? ¿Saldré yo de él, por mucho brillo que tenga, del pudor del sexo y del deber de hija? ¿Y quieres que mis fuegos se exhiban ante el mundo...?

DORINA.— No, no, no quiero nada. Ya veo que está decidida a ser de señor Tartufo, y haría mal, ahora que lo pienso, en apartarla de semejante alianza. ¿Qué razón tendría yo para combatir sus deseos? El partido es de lo más ventajoso. ¡señor Tartufo! ¡Oh, oh! ¿Acaso es poca cosa lo que le ofrecen? Desde luego, señor Tartufo, bien mirado, no es un hombre cualquiera, no señor; y no es poca dicha ser su mitad. Todo el mundo ya lo corona de gloria; es noble en su tierra, bien plantado; tiene la oreja roja y el cutis bien florecido: vivirá usted la mar de contenta con semejante marido.

MARIANA.— ¡Dios mío!…

DORINA.— ¡Dios mío!… ¡Qué alegría sentirá en el alma cuando se vea esposa de un marido tan hermoso!

MARIANA.— ¡Ah, cesa, te lo ruego, con ese discurso; y contra esa boda dame alguna ayuda! Se acabó, me rindo, estoy dispuesta a hacer cualquier cosa.

DORINA.— No, una hija debe obedecer a su padre, aunque quiera casarla con un mono. Su suerte es envidiable: ¿de qué se queja? Irá usted en la diligencia a su pueblecito, que en tíos y primos lo encontrará fértil, y le encantará frecuentarlos. Enseguida la harán entrar en la buena sociedad. Irá usted de visita, como bienvenida, a casa de la señora alguacilesa y la señora procuradoresa, que la honrarán con una silla plegable. Allí, en carnaval, podrá aspirar al baile y la gran orquesta, es decir, dos gaitas, y a veces Títere y los titiriteros; si es que su marido…

MARIANA.— ¡Ah, me matas! Piensa mejor en socorrerme con tus consejos.

DORINA.— Soy su servidora.

MARIANA.— ¡Ay, Dorina, por favor!…

DORINA.— Hay que dejar que este asunto pase, para castigarla.

MARIANA.— ¡Hija mía!

DORINA.— No.

MARIANA.— Si mis deseos declarados…

DORINA.— Ni hablar. Tartufo es su hombre, y ya lo probará.

MARIANA.— Sabes que siempre he confiado en ti: ayúdame…

DORINA.— No, será usted, a fe mía, tartufizada.

MARIANA.— ¡Está bien! Ya que mi suerte no consigue conmoverte, déjame en adelante a solas con mi desesperación: de él sacará mi corazón el auxilio; y conozco de mis males el remedio infalible.

DORINA.— ¡Eh, vamos, vuelva! Dejo mi enfado. Hay que tenerle compasión, pese a todo.

MARIANA.— Mira, si me exponen a ese cruel martirio, te lo digo, Dorina, tendré que morir.

DORINA.— No se atormente. Se puede hábilmente impedir… Pero aquí llega Valerio, su enamorado.

Escena4Valerio, Mariana, Dorina

VALERIO.— Acaban de difundir, señora, una noticia que yo ignoraba y que sin duda es preciosa.

MARIANA.— ¿Qué?

VALERIO.— Que se casa usted con Tartufo.

MARIANA.— Cierto es que mi padre se ha metido en la cabeza ese designio.

VALERIO.— Su padre, señora…

MARIANA.— Ha cambiado de parecer: acaba de proponérmelo.

VALERIO.— ¿Cómo, en serio?

MARIANA.— Sí, en serio. Se ha declarado abiertamente a favor de esa boda.

VALERIO.— ¿Y cuál es el designio en que se fija su alma, señora?

MARIANA.— No lo sé.

VALERIO.— Honesta respuesta. ¿No lo sabe?

MARIANA.— No.

VALERIO.— ¿No?

MARIANA.— ¿Qué me aconseja usted?

VALERIO.— Yo le aconsejo que acepte a ese esposo.

MARIANA.— ¿Me lo aconseja?

VALERIO.— Sí.

MARIANA.— ¿De veras?

VALERIO.— Sin duda. La elección es gloriosa y merece considerarse.

MARIANA.— ¡Está bien! Es un consejo, señor, que acepto.

VALERIO.— No le costará mucho seguirlo, creo.

MARIANA.— No más de lo que a su alma le ha costado darlo.

VALERIO.— Yo se lo he dado para complacerla, señora.

MARIANA.— Y yo lo seguiré para darle gusto a usted.

(Retirándose al fondo del teatro.)

DORINA.— Veamos en qué para esto.

VALERIO.— ¿Así es como se ama? ¿Y era mentira cuando usted…

MARIANA.— No hablemos de eso, se lo ruego. Usted me ha dicho con toda franqueza que debo aceptar a quien quieren darme por esposo, y yo declaro que pretendo hacerlo, puesto que me da usted tan saludable consejo.

VALERIO.— No se excuse con mis intenciones. Ya había tomado usted sus decisiones; y se agarra a un pretexto frívolo para autorizarse a faltar a su palabra.

MARIANA.— Es verdad, bien dicho.

VALERIO.— Sin duda; y su corazón jamás ha sentido por mí verdadero ardor.

MARIANA.— ¡Ay! Libre es usted de tener ese pensamiento.

VALERIO.— Sí, sí, libre soy; pero mi alma ofendida quizá se le adelante en igual designio; y sé dónde llevar mis votos y mi mano.

MARIANA.— ¡Ah, no lo dudo! Y los ardores que despierta el mérito…

VALERIO.— ¡Dios mío! Dejemos el mérito. Tengo muy poco, sin duda, y usted da fe de ello. Pero espero que otra muestre bondades hacia mí; y conozco a quien el alma, abierta a mi retirada, consentirá sin vergüenza en reparar mi pérdida.

MARIANA.— La pérdida no es grande, y de ese cambio se consolará usted con bastante facilidad.

VALERIO.— Haré cuanto pueda, puede creerlo. Un corazón que nos olvida compromete nuestra honra; hay que poner también todo empeño en olvidarlo; y si no se consigue, al menos hay que fingirlo. Y jamás se perdona esa bajeza de mostrar amor por quien nos abandona.

MARIANA.— Ese sentimiento es sin duda noble y elevado.

VALERIO.— Muy bien; y todo el mundo debe aprobarlo. ¿Cómo! ¿Querría usted que guardase eternamente en mi alma por usted los ardores de mi llama, y la viese, ante mis ojos, pasar a otros brazos, sin poner en otra parte un corazón del que usted no quiere?

MARIANA.— Al contrario; por mí, eso es lo que deseo; y ya querría que la cosa estuviera hecha.

VALERIO.— ¿Usted lo querría?

MARIANA.— ¿Usted lo querría? Sí.

VALERIO.— Lo querríais así? Sí. Bastante me habéis insultado ya, señora; y ahora mismo voy a daros ese gusto. (Da un paso para irse.)

MARIANA.— Muy bien.

(Vuelve.)

VALERIO.— Muy bien. Acuérdese al menos de que es usted misma quien obliga a mi corazón a este esfuerzo extremo.

MARIANA.— Sí.

(Vuelve de nuevo.)

VALERIO.— Sí. Y que la decisión que concibe mi alma no es sino a ejemplo suyo.

MARIANA.— No es sino a ejemplo suyo. A mi ejemplo, sea.

(Saliendo.)

VALERIO.— Basta: va a ser servida en el acto.

MARIANA.— Tanto mejor.

(Vuelve de nuevo.)

VALERIO.— Tanto mejor. Me ve usted, es para toda la vida.

MARIANA.— ¡Enhorabuena!

(Se va, y cuando está cerca de la puerta se da la vuelta.)

VALERIO.— ¡Enhorabuena! ¿Eh?

MARIANA.— ¡Enhorabuena! ¿Eh? ¿Qué?

VALERIO.— ¡Enhorabuena! ¿Eh? ¿Qué? ¿No me llama usted?

MARIANA.— ¿Yo? Está usted soñando.

VALERIO.— ¿Yo? Está usted soñando. Pues bien, retiro mis pasos. Adiós, señora.

MARIANA.— Adiós, señora. Adiós, caballero.

DORINA, à Mariane.— Adiós, señora. Adiós, señor. Yo creo que han perdido la cabeza con esta extravagancia: los he dejado pelearse todo este rato para ver hasta dónde iban a llegar. ¡Eh, señor Valerio! (Detiene a Valerio del brazo.)

(Fingiendo resistirse.)

VALERIO.— ¡Eh, señor Valerio! ¡Eh! ¿Qué quieres, Dorina?

DORINA.— Venga aquí.

VALERIO.— Venga aquí. No, no, el despecho me domina. No me apartes de lo que ella ha querido.

DORINA.— Deténgase.

VALERIO.— Deténgase. No, ¿lo ves?, es un punto resuelto.

DORINA.— ¡Ah!

(Aparte.)

MARIANA.— ¡Ah! Sufre al verme, mi presencia lo espanta, y haré mejor en dejarle el sitio.

(Suelta a Valerio y corre hacia Mariana.)

DORINA.— ¡Al otro! ¿Adónde va usted?

MARIANA.— ¡Al otro! ¿Adónde va usted? Déjame.

DORINA.— ¡Al otro! ¿Adónde va usted? Déjame. Hay que volver.

MARIANA.— No, no, Dorina; en vano quieres retenerme.

(Aparte.)

VALERIO.— Veo bien que mi vista es para ella un suplicio; y, sin duda, será mejor que la libere de ello.

DORINA, quittant Mariane et courant à Valère.— Otra vez? ¡Que el diablo los lleve! Sí, yo lo quiero. Dejen ya esa payasada y vengan aquí los dos.

(A Dorina.)

VALERIO.— Pero ¿cuál es tu intención?

(A Dorina.)

MARIANA.— Pero ¿cuál es tu intención? ¿Qué quieres hacer?

DORINA.— Juntarlos bien y sacarlos del lío. (A Valerio.) ¿Está usted loco con semejante pelea?

VALERIO.— ¿No has oído cómo me ha hablado?

DORINA.— ¿Está usted loca, usted, por haberse exaltado?

MARIANA.— ¿No has visto la cosa, y cómo me ha tratado?

(A Valerio.)

DORINA.— Estupidez de ambos lados. Ella no tiene otro afán que reservarse para usted, soy testigo. (A Mariana.) Él sólo la ama a usted y no tiene otro deseo que ser su esposo; respondo con mi vida.

(A Valerio.)

MARIANA.— ¿Por qué entonces darme un consejo semejante?

(A Mariana.)

VALERIO.— ¿Por qué pedírmelo sobre un asunto igual?

DORINA.— Están locos los dos. Vamos, la mano el uno y el otro. (A Valerio.) Usted primero.

(Dándole su mano a Dorina.)

VALERIO.— Usted primero. ¿Para qué mi mano?

(A Mariana.)

DORINA.— Usted primero. ¿Para qué mi mano? ¡Vamos! La suya.

(Dando también su mano.)

MARIANA.— ¿De qué sirve todo esto?

DORINA.— De qué sirve todo esto. Dios mío, rápido, adelante. Se quieren los dos más de lo que creen. (Valerio y Mariana se quedan un rato de la mano sin mirarse.)

VALERIO, se tournant vers Mariane.— Pero entonces no haga usted las cosas con tanto sufrimiento; y mire un poco a la gente sin tanto odio.

DORINA.— A decir verdad, ¡qué locos están los enamorados!

(A Mariana.)

VALERIO.— Vamos, ¿no tengo yo motivo para quejarme de usted? Y, sin mentir, ¿no es usted mala al complacerse en decirme una cosa afligente?

MARIANA.— Pero usted, ¿no es el hombre más ingrato…?

DORINA.— Dejemos todo este debate para otra ocasión, y pensemos en parar este dichoso matrimonio.

MARIANA.— Dinos entonces qué resortes hay que poner en marcha.

DORINA.— Los haremos actuar de todas las formas. (A Mariana.) Su padre se burla, su padre se burla, (A Valerio.) su padre se burla, y son pamplinas. (A Mariana.) Pero, en cuanto a usted, será mejor que a su extravagancia le preste la apariencia de un dulce consentimiento, a fin de que en caso de alarma le sea más fácil alargar este matrimonio propuesto. Ganando tiempo, todo tiene remedio. Ya pagará usted con alguna enfermedad que vendrá de pronto y exigirá demoras; ya pagará usted con presagios malos; habrá tenido el encuentro funesto de un muerto, roto algún espejo, o soñado con agua turbia: en fin, lo bueno de todo es que a otro que no sea él no pueden atarla sin que usted diga sí. Mas, para tener más éxito, será bueno, me parece, que no los encuentren a los dos hablando juntos. (A Valerio.) Márchese; y, sin tardar, emplee a sus amigos para hacerle cumplir lo que le han prometido. Vamos a despertar los esfuerzos de su hermano y meter en nuestro bando a la madrastra. Adiós.

(A Mariana.)

VALERIO.— Adiós. Cualesquiera esfuerzos que preparemos todos, mi mayor esperanza, a decir verdad, está en usted.

(A Valerio.)

MARIANA.— No respondo de las voluntades de un padre; pero no seré de otro que de Valerio.

VALERIO.— ¡Qué colmado de dicha me deja! Y, por más que se pueda osar…

DORINA.— ¡Ah! Jamás se cansan los enamorados de parlotear. Márchese, le digo.

(Da un paso y vuelve.)

VALERIO.— Márchese, le digo. En fin…

DORINA.— Fuera, les digo. En fin… ¡Qué parloteo el de ustedes! Tire usted por aquí, y usted, tire por allá. (Dorina los empuja a cada uno por el hombro y los obliga a separarse.) Fin del segundo acto.

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