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Acto tercero

Tartufo · Molière · 17 min de lectura

Escena1Damis, Dorina

DAMIS.— Que el rayo me parta ahora mismo, que me traten en todas partes del mayor canalla que haya, si hay respeto o poder que me detenga, y si no hago algo por mi cuenta.

DORINA.— Por favor, modere ese arrebato: su padre no ha hecho más que hablar de ello. No se ejecuta todo lo que se propone; y del proyecto a la cosa hay mucho trecho.

DAMIS.— Tengo que detener las maquinaciones de ese farsante, y decirle un par de cosas al oído.

DORINA.— Ay, con calma. Con él, igual que con su padre, deje que actúe su madrastra. Sobre el espíritu de Tartufo ella tiene algún crédito, él se vuelve complaciente con todo lo que ella dice, y bien podría tener dulzura de corazón por ella. ¡Pluguiera a Dios que fuera verdad! La cosa sería hermosa. En fin, su interés la obliga a hacerlo llamar: sobre el matrimonio que lo inquieta a usted, ella quiere sondearlo, saber sus sentimientos, y hacerle ver qué enredos desagradables podría provocar si es que él presta alguna esperanza a ese designio. Su criado dice que está rezando, y yo no he podido verlo; pero ese criado me ha dicho que iba a bajar. Salga entonces, se lo ruego, y déjeme esperarlo.

DAMIS.— Puedo estar presente en toda esta conversación.

DORINA.— No. Tienen que estar solos.

DAMIS.— No le diré nada.

DORINA.— Se burla usted: se conocen sus arrebatos ordinarios, y esa es la mejor manera de estropearlo todo. Salga.

DAMIS.— No; quiero ver, sin enfurecerme.

DORINA.— ¡Qué pesado eres! Ya viene. Retírate. Damis va a esconderse en un gabinete que está al fondo del teatro.

EscenaScène 2Tartuffe, Laurent, Dorine

TARTUFO, hablando en voz baja a su criado, que está dentro de la casa, apenas ve a Dorina.— Laurent, guarde mi cilicio con mi disciplina, y ruegue para que el Cielo lo ilumine siempre. Si viene alguien a verme, voy a repartir entre los prisioneros las limosnas que tengo.

DORINA, aparte.— ¡Qué afectación y qué fanfarronería!

TARTUFO.— ¿Qué desea usted?

DORINA.— Decirle…

TARTUFO, sacando un pañuelo de su bolsillo.— ¡Ay, Dios mío, se lo ruego! Antes de hablar, tome este pañuelo.

DORINA.— ¿Cómo?

TARTUFO.— Cubra ese seno que no puedo ver. Con semejantes objetos las almas quedan heridas, y eso hace venir pensamientos culpables.

DORINA.— Conque usted es muy sensible a la tentación, ¿eh? ¡Y la carne le hace gran impresión sobre los sentidos! Cierto que no sé qué calor le sube a usted: pero yo, para codiciar, no soy tan pronta; y lo vería desnudo de arriba abajo, que toda su piel no me tentaría.

TARTUFO.— Ponga un poco de modestia en sus palabras, o voy a dejarla ahora mismo.

DORINA.— No, no, soy yo quien va a dejarlo en paz, y solo tengo que decirle dos palabras. La señora va a venir a esta sala baja, y le pide la gracia de una conversación.

TARTUFO.— ¡Ay! Con mucho gusto.

DORINA, aparte.— ¡Cómo se ablanda! A fe mía, sigo pensando lo que he dicho.

TARTUFO.— ¿Vendrá pronto?

DORINA.— Me parece que la oigo. Sí, es ella en persona, y los dejo juntos.

Escena3Elmira, Tartufo

TARTUFO.— Que el Cielo, por su bondad infinita, le dé para siempre salud de alma y de cuerpo, y bendiga sus días tanto como lo desea el más humilde de aquellos a quienes inspira su amor.

ELMIRA.— Muy obligada por ese deseo piadoso. Pero tomemos una silla, para estar un poco mejor.

TARTUFO, sentándose.— ¿Cómo se siente usted de su mal?

ELMIRA, sentándose.— Muy bien; y esa fiebre me ha soltado enseguida.

TARTUFO.— Mis plegarias no tienen el mérito que hace falta para haber atraído esa gracia de lo alto; pero no he hecho al Cielo súplica devota alguna que no haya tenido por objeto su convalecencia.

ELMIRA.— Su celo por mí se ha inquietado demasiado.

TARTUFO.— No se puede apreciar demasiado su querida salud; y para restablecerla, habría dado la mía.

ELMIRA.— Eso es llevar muy lejos la caridad cristiana; y le debo mucho por todas esas bondades.

TARTUFO.— Hago mucho menos por usted de lo que merece.

ELMIRA.— Quería hablarle en secreto de un asunto, y me complace que aquí nadie nos escuche.

TARTUFO.— Yo también me regocijo; y sin duda me es dulce, señora, verme a solas con usted. Es una ocasión que he pedido al Cielo, sin que, hasta esta hora, me la haya concedido.

ELMIRA.— Lo que yo quiero es una conversación franca, en la que su corazón se abra y no me oculte nada. Damis, sin dejarse ver, entreabre la puerta del gabinete en el que se había retirado, para escuchar la conversación.

TARTUFO.— Y yo tampoco quiero, como gracia singular, más que mostrarle a sus ojos mi alma entera, y jurarle que los escándalos que he hecho por las visitas que aquí reciben sus atractivos no son hacia usted efecto de odio alguno, sino más bien de un arrebato de celo que me arrastra, y de un puro movimiento…

ELMIRA.— Yo también lo tomo así, y creo que mi salvación le da a usted ese cuidado.

TARTUFO, tomando la mano de Elmira y apretándole los dedos.— Sí, señora, sin duda, y mi fervor es tal…

ELMIRA.— ¡Ay! Me aprieta demasiado.

TARTUFO.— ¡Uf! Me aprieta usted demasiado. Es por exceso de celo. Jamás tuve intención de hacerle ningún otro daño, y antes habría… (Le pone la mano en las rodillas a Elmira.)

ELMIRA.— ¿Qué hace ahí su mano?

TARTUFO.— Toco su vestido: la tela es deliciosa.

ELMIRA.— Ah ! de grâce, laissez, je suis fort chatouilleuse. (Elmire recule son fauteuil, et Tartuffe rapproche d’elle.)

TARTUFO, manoseando el pañolín de Elmira.— ¡Dios mío! ¡Qué maravillosa es la labor de este encaje! Hoy se trabaja de manera milagrosa: nunca, en cosa alguna, se ha visto hacer tan bien.

ELMIRA.— Es cierto. Pero hablemos un poco de nuestro asunto. Dicen que mi marido quiere faltar a su palabra y darle a usted su hija. ¿Es verdad? Dígamelo.

TARTUFO.— Me ha dicho dos palabras al respecto; pero, señora, a decir verdad, no es esa la dicha que anhelo; y veo en otra parte los maravillosos atractivos de la felicidad que colma todos mis deseos.

ELMIRA.— Es que no ama usted nada de las cosas de la tierra.

TARTUFO.— Mi pecho no encierra un corazón de piedra.

ELMIRA.— Yo creo que todos sus suspiros se elevan al Cielo y que nada de aquí abajo detiene sus deseos.

TARTUFO.— El amor que nos ata a las bellezas eternas no ahoga en nosotros el amor por las temporales: nuestros sentidos fácilmente pueden quedar cautivados por las obras perfectas que el Cielo ha formado. Sus atractivos reflejados brillan en vuestras semejantes; pero en usted despliega sus más raras maravillas: ha derramado sobre vuestro rostro tales bellezas que los ojos quedan sorprendidos y los corazones arrebatados; y no he podido veros, criatura perfecta, sin admirar en usted al autor de la naturaleza, y sin sentir mi corazón herido de un amor ardiente ante el más bello de los retratos en que Él mismo se ha pintado. Al principio temí que ese ardor secreto fuera una hábil trampa del espíritu maligno, e incluso mi corazón se resolvió a huir de vuestros ojos, creyendo que erais un obstáculo para lograr mi salvación. Pero al fin comprendí, oh belleza enteramente amable, que esta pasión puede no ser en absoluto culpable, que puedo conciliarla con el pudor, y eso es lo que me hace abandonarle mi corazón. Es, lo confieso, una audacia muy grande la de osar dirigiros la ofrenda de este corazón: pero espero todo en mis votos de vuestra bondad, y nada de los vanos esfuerzos de mi flaqueza. En usted está mi esperanza, mi bien, mi quietud; de usted depende mi pena o mi beatitud; y voy a ser al fin, por vuestra sola sentencia, dichoso, si lo queréis; desgraciado, si os place.

ELMIRA.— La declaración es de lo más galante; pero es, a decir verdad, un poco sorprendente. Debería usted, me parece, armar mejor su pecho y reflexionar un poco sobre semejante propósito. Un devoto como usted, y que en todas partes es conocido…

TARTUFO.— ¡Ah! Por ser devoto no soy menos hombre: y cuando se llegan a ver vuestros celestiales encantos, un corazón se deja prender y no razona. Sé que tal discurso de mi parte parece extraño: pero, señora, al fin y al cabo, yo no soy un ángel; y si condenáis la confesión que os hago, debéis achacarlo a vuestros cautivadores atractivos. Desde que vi brillar su esplendor más que humano, fuisteis soberana de mi interior; la inefable dulzura de vuestras miradas divinas forzó la resistencia en que se obstinaba mi corazón; lo venció todo, ayunos, oraciones, lágrimas, y volvió todos mis votos hacia vuestros encantos. Mis ojos y mis suspiros os lo han dicho mil veces; y para explicarme mejor empleo aquí la voz. Si contempláis con un alma un poco benigna las tribulaciones de vuestro esclavo indigno; si es preciso que vuestras bondades quieran consolarme y hasta mi nada se dignen rebajarse, tendré siempre para vos, oh suave maravilla, una devoción sin igual. Vuestro honor conmigo no corre ningún riesgo y no tiene desgracia alguna que temer de mi parte. Todos esos galanes de corte, de quienes las mujeres están locas, son ruidosos en sus hechos y vanos en sus palabras; de sus progresos sin cesar se los ve jactarse; no tienen favor que no vayan a divulgar; y su lengua indiscreta, en quien se confía, deshonra el altar donde su corazón sacrifica. Pero los hombres como nosotros arden con un fuego discreto, con el que, para siempre, se está segura del secreto. El cuidado que ponemos en nuestra reputación responde de todas las cosas a la persona amada; y es en nosotros donde se encuentra, aceptando nuestro corazón, el amor sin escándalo y el placer sin temor.

ELMIRA.— Le escucho hablar, y su retórica en términos bastante fuertes se explica a mi alma. ¿No teme que yo sea de humor para contarle a mi marido ese galante ardor, y que la pronta noticia de un amor semejante pudiera alterar la amistad que le tiene?

TARTUFO.— Sé que tiene usted demasiada benignidad, y que perdonará mi temeridad; que me excusará, por la flaqueza humana, de los violentos arrebatos de un amor que la hiere, y considerará, mirando vuestro aspecto, que uno no es ciego y que un hombre es de carne.

ELMIRA.— Otras tomarían eso de otra manera quizá; pero mi discreción quiere mostrarse. No le repetiré el asunto a mi esposo; pero quiero, en cambio, una cosa de usted: que favorezca sin rodeos y sin ningún subterfugio la unión de Valerio con Mariana, que renuncie usted mismo al injusto poder que quiere con el bien de otro enriquecer su esperanza; y…

Escena4Elmira, Damis, Tartufo

DAMIS, saliendo del gabinete donde se había retirado.— Y… No, señora, no; esto debe difundirse. Estaba yo en ese lugar, desde donde he podido oírlo todo; y la bondad del Cielo me parece haberme conducido allí para confundir el orgullo de un traidor que me perjudica, para abrirme un camino con que tomar venganza de su hipocresía y de su insolencia, desengañar a mi padre y mostrarle a plena luz el alma de un canalla que le habla de amor.

ELMIRA.— No, Damis, basta con que se vuelva más sensato y trate de merecer la gracia a la que me comprometo. Puesto que lo he prometido, no me lo desmintáis. No es mi carácter hacer escándalos; una mujer se ríe de semejantes tonterías y jamás turba con ellas los oídos de un marido.

DAMIS.— Usted tiene sus razones para proceder así; y para hacerlo de otra manera, yo tengo las mías también. Querer ahorrárselo es una burla; y el insolente orgullo de su beatería ha triunfado demasiado sobre mi justa cólera, y ha excitado demasiado desorden en nuestra casa. El impostor, durante demasiado tiempo, ha gobernado a mi padre y ha dañado mis amores como los de Valerio. Es preciso que sea desengañado del pérfido; y el Cielo, para ello, me ofrece un medio fácil. De esta ocasión le soy deudor, y para desaprovecharla es demasiado favorable: merecería que viniera a arrebatármela tenerla en la mano y no servirme de ella.

ELMIRA.— Damis…

DAMIS.— No, si me lo permite, tengo que creerme. Mi alma está ahora en el colmo de su gozo; y vuestras palabras en vano pretenden obligarme a renunciar al placer de poder vengarme. Sin ir más lejos, voy a zanjar el asunto; y he aquí justamente con qué satisfacerme.

Escena5Orgón, Elmira, Damis, Tartufo

DAMIS.— Vamos a obsequiarlo, padre, con una novedad recién salida del horno que lo va a sorprender muchísimo. Bien pagado queda usted de todas sus caricias, y el señor le reconoce sus ternezas con un precio magnífico. Su gran celo por usted acaba de manifestarse: nada menos que deshonrándolo; y lo he sorprendido haciéndole a la señora el injurioso aveu de una pasión culpable. Ella tiene un carácter dulce, y su corazón, demasiado discreto, quería a toda costa guardar el secreto; pero yo no puedo tolerar semejante desvergüenza, y creo que callárselo sería ofenderlo a usted.

ELMIRA.— Sí, yo sostengo que jamás con todas esas vanas palabras se debe turbar el reposo de un marido; que no es de ahí de donde puede depender el honor, y que a nosotras nos basta con saber defendernos. Esos son mis principios; y usted no habría dicho nada, Damis, si yo hubiera tenido algún crédito sobre usted.

Escena6Orgón, Damis, Tartufo

ORGÓN.— Lo que acabo de escuchar, ¡oh Cielo!, ¿es posible?

TARTUFO.— Sí, hermano mío, soy un malvado, un culpable, un desdichado pecador, lleno de iniquidad, el mayor canalla que jamás haya existido. Cada instante de mi vida está cargado de inmundicias; no es más que un cúmulo de crímenes y de porquerías; y veo que el Cielo, para mi castigo, quiere mortificarme en esta ocasión. Sea cual fuere el gran delito del que puedan acusarme, no tengo intención de tener el orgullo de defenderme. Crean lo que les dicen, armen su cólera, y como a un criminal expúlsenme de su casa; no puedo tener tanta vergüenza en mi haber sin haber merecido todavía más.

ORGÓN, a su hijo.— ¡Ah, traidor!, ¿te atreves acaso con esa falsedad a querer empañar la pureza de su virtud?

DAMIS.— ¡Cómo! ¿La fingida dulzura de esa alma hipócrita lo hará desmentir…?

ORGÓN.— Cállate, peste maldita.

TARTUFO.— ¡Ah, déjelo hablar; lo acusa usted sin razón, y haría mucho mejor en creer su relato! ¿Por qué, ante un hecho semejante, serme tan favorable? ¿Sabe usted, después de todo, de qué soy capaz? ¿Se fía usted, hermano mío, de mi exterior? ¿Y por todo lo que se ve, me cree usted mejor? No, no: se deja usted engañar por la apariencia, y yo no soy nada, ¡ay!, de lo que se piensa. Todo el mundo me toma por un hombre de bien; pero la pura verdad es que no valgo nada. (Dirigiéndose a Damis.) Sí, hijo mío querido, hable; tráteme de pérfido, de infame, de perdido, de ladrón, de homicida; abrúmeme con nombres aún más detestables: no lo contradigo en nada, me los he ganado; y quiero de rodillas sufrir la ignominia, como una vergüenza debida a los crímenes de mi vida.

ORGÓN, a Tartufo.— Hermano mío, es demasiado. (A su hijo.) ¡Tu corazón no cede, traidor!

DAMIS.— ¡Cómo! ¿Sus discursos lo seducirán hasta el punto…?

ORGÓN, levantando a Tartufo.— Cállate, canalla. ¡Hermano, eh, levántese, por favor! (A su hijo.) ¡Infame!

DAMIS.— ¡Él puede…!

ORGÓN.— Cállate.

DAMIS.— Me indigno. ¡Cómo, yo paso por…!

ORGÓN.— Si dices una sola palabra, te rompo los brazos.

TARTUFO.— ¡Hermano mío, en nombre de Dios, no se exalte! Preferiría sufrir el castigo más duro antes que él recibiera por mí el menor rasguño.

ORGÓN, a su hijo.— ¡Ingrato!

TARTUFO.— Déjelo en paz. Aunque tenga que pedirle su gracia de rodillas…

ORGÓN, arrojándose también de rodillas, y abrazando a Tartufo.— ¡Ay, se está burlando! (A su hijo.) ¡Bribón, mira su bondad!

DAMIS.— ¿Entonces…?

ORGÓN.— ¡Paz!

DAMIS.— ¿Cómo, yo…?

ORGÓN.— ¡Paz, te digo! Sé bien qué motivo te obliga a atacarlo. Lo odian todos ustedes, y veo hoy a mujer, hijos y criados desencadenados contra él. Se pone en uso impúdicamente toda clase de recursos para alejar de mi casa a este devoto personaje: pero cuanto más se esfuerzan en desterrarlo, más voy a esforzarme yo en retenerlo aquí; y voy a apresurarme a darle a mi hija en matrimonio, para confundir el orgullo de toda mi familia.

DAMIS.— ¿Piensa obligarla a recibir su mano?

ORGÓN.— Sí, traidor, y esta misma noche, para hacerlos rabiar. ¡Ah, los desafío a todos, y les haré saber que hay que obedecerme y que yo soy el amo! Vamos, que se retracte; y al instante, bribón, que se eche a sus pies para pedirle perdón.

DAMIS.— ¿Yo? ¿De ese canalla que, con sus imposturas…?

ORGÓN.— ¡Ah, te resistes, miserable, y le dices injurias! (A Tartufo.) ¡Un bastón, un bastón! No me detengan. (A su hijo.) ¡Vamos, que salgas de mi casa ahora mismo, y que no tengas jamás la audacia de volver!

DAMIS.— Sí, saldré; pero…

ORGÓN.— Rápido, deja el sitio. Te privo, canalla, de mi herencia, y te doy, además, mi maldición.

Escena7Orgón, Tartufo

ORGÓN.— ¡Ofender de esa forma a una santa persona!

TARTUFO.— ¡Oh Cielo, perdónalo como yo lo perdono! (A Orgón.) ¡Si usted pudiera saber con qué disgusto veo que hacia mi hermano se intente ennegrecerme…!

ORGÓN.— ¡Ay!

TARTUFO.— El solo pensar en esta ingratitud hace sufrir a mi alma un suplicio tan rudo… El horror que me produce… Tengo el corazón tan oprimido que no puedo hablar, y creo que voy a morir.

ORGÓN, corriendo lloroso hasta la puerta por donde ha echado a su hijo.— ¡Bribón! Me arrepiento de que mi mano te haya perdonado y no te haya destrozado ahí mismo. (A Tartufo.) Sosiéguese, hermano mío, y no se enfade.

TARTUFO.— Rompamos, rompamos el curso de estos penosos debates. Veo aquí qué grandes trastornos causo, y creo que es necesario, hermano mío, que me vaya.

ORGÓN.— ¿Cómo? ¿Se está burlando?

TARTUFO.— Me odian aquí, y veo que buscan darle a usted sospechas sobre mi fe.

ORGÓN.— ¡Qué importa! ¿Acaso ve que mi corazón les hace caso?

TARTUFO.— No dejarán de insistir, sin duda; y esos mismos informes que usted rechaza ahora, quizá otra vez sean escuchados.

ORGÓN.— No, hermano mío, jamás.

TARTUFO.— Ay, hermano mío, una mujer fácilmente puede sorprender el alma de un marido.

ORGÓN.— No, no.

TARTUFO.— Déjeme entonces, alejándome de aquí cuanto antes, quitarles todo motivo de atacarme así.

ORGÓN.— No, se quedará usted; me va en ello la vida.

TARTUFO.— ¡Bien! Entonces tendré que mortificarme. Aunque, si usted quisiera…

ORGÓN.— ¡Ah!

TARTUFO.— Sea: no hablemos más de eso. Pero yo sé cómo hay que proceder en estas cosas. El honor es delicado, y la amistad me obliga a prevenir los rumores y los motivos de sospecha. Huiré de su esposa y usted no me verá…

ORGÓN.— No, a despecho de todos la frecuentará usted. Hacer rabiar al mundo es mi mayor alegría; y quiero que a todas horas se le vea con ella. Y aún hay más: para desafiarlos mejor a todos, no quiero tener más heredero que usted; y voy ahora mismo, en debida forma, a hacerle donación entera de mis bienes. Un amigo bueno y leal, a quien tomo por yerno, me es mucho más querido que hijo, que esposa y que parientes. ¿No aceptará usted lo que le propongo?

TARTUFO.— ¡Hágase la voluntad del Cielo en todas las cosas!

ORGÓN.— ¡Pobre hombre! ¡Vamos pronto a redactar la escritura: y que reviente la envidia de despecho! Fin del tercer acto.

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