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Acto cuarto

Tartufo · Molière · 18 min de lectura

Escena1Cleanto, Tartufo

CLEANTO.— Sí, todo el mundo habla de ello, créame usted, y el escándalo que arma este asunto no le hace ningún favor a su gloria; y lo he encontrado a usted, señor, muy a propósito para decirle con franqueza mi opinión en dos palabras. No examino a fondo lo que se expone; paso por encima de eso y tomo la cosa por lo peor. Supongamos que Damis no se haya portado bien, y que sea injusto que lo hayan acusado a usted: ¿no es propio de un cristiano perdonar la ofensa y apagar en su corazón todo deseo de venganza? ¿Y debe usted permitir, por su disputa, que un hijo sea desterrado de la casa de su padre? Se lo repito, y le hablo con franqueza, no hay chico ni grande que no se escandalice con esto; y si me hace caso, pacificará usted todo y no llevará los asuntos hasta el extremo. Sacrifique a Dios toda su cólera y devuelva al hijo a la gracia del padre.

TARTUFO.— ¡Ay! Yo lo querría, en lo que a mí toca, de todo corazón; no guardo contra él, señor, ningún rencor; le perdono todo; de nada lo culpo, y querría servirlo con lo mejor de mi alma: pero el interés del Cielo no puede consentirlo; y si él vuelve a esta casa, soy yo quien debe salir. Después de su acción, que no tuvo nunca igual, el trato entre nosotros causaría escándalo: Dios sabe lo que desde el primer momento creería todo el mundo; a pura política me lo imputarían: y se diría por todas partes que, sintiéndome culpable, finjo, para quien me acusa, un celo caritativo; que mi corazón lo teme, y quiere tratarlo con cuidado para poder, por debajo de mano, reducirlo al silencio.

CLEANTO.— Nos paga usted aquí con excusas rebuscadas; y todas sus razones, señor, son demasiado traídas. ¿De los intereses del Cielo por qué se ocupa usted? ¿Para castigar al culpable, tiene él necesidad de nosotros? Déjele, déjele a él el cuidado de sus venganzas, no piense más que en el perdón que prescribe de las ofensas, y no mire a los juicios humanos cuando sigue del Cielo las órdenes soberanas. ¡Cómo! ¿El débil interés de lo que podrán creer impedirá la gloria de una buena acción? No, no; hagamos siempre lo que el Cielo prescribe, y con ningún otro cuidado nos confundamos el espíritu.

TARTUFO.— Ya le he dicho que mi corazón le perdona; y es hacer, señor, lo que el Cielo ordena: pero, después del escándalo y la afrenta de hoy, el Cielo no ordena que viva con él.

CLEANTO.— ¿Y le ordena a usted, señor, abrir el oído a lo que un puro capricho aconseja a su padre? ¿Y aceptar la donación que le hacen de un bien sobre el que el derecho lo obliga a no pretender nada?

TARTUFO.— Los que me conozcan no tendrán el pensamiento de que sea efecto de un alma interesada. Todos los bienes de este mundo tienen para mí pocos atractivos, de su brillo engañoso no me deslumbro: y si me resuelvo a recibir del padre esta donación que ha querido hacerme, no es, a decir verdad, sino porque temo que todos estos bienes caigan en malas manos; que encuentre gente que, teniéndolos en parte, hagan de ellos en el mundo un uso criminal, y no se sirvan de ellos, como yo tengo el propósito, para la gloria del Cielo y el bien del prójimo.

CLEANTO.— ¡Eh, señor! No tenga esos delicados temores, que de un justo heredero pueden causar las quejas. Permita, sin querer embarazarse con nada, que sea, bajo su propio riesgo, poseedor de su bien; y piense que vale más aún que lo use mal, que si de privarlo de él hay que acusarlo a usted. Admiro solamente que, sin confusión, haya usted tolerado la proposición. Pues, en fin, ¿tiene el verdadero celo alguna máxima que muestre despojar al heredero legítimo? Y, si es preciso que el Cielo en su corazón haya puesto un obstáculo invencible a vivir con Damis, ¿no valdría más que como persona discreta usted hiciera de esta casa una honesta retirada, que tolerar así, contra toda razón, que se eche por usted al hijo de la casa? Créame, es dar mala muestra de su honradez, señor…

TARTUFO.— Señor… Son, señor, las tres y media: cierto deber piadoso me reclama arriba, y me excusará de dejarlo tan pronto.

CLEANTO, solo.— ¡Ah!

Escena2Elmira, Mariana, Cleanto, Dorina

DORINA.— ¡Ah! Por favor, ocúpese usted de ella con nosotras, señor: su alma sufre un dolor mortal; y el acuerdo que su padre ha concluido para esta noche la hace caer a todos momentos en la desesperación. Él va a venir. Unamos nuestros esfuerzos, se lo ruego, y tratemos de quebrantar, por fuerza o por maña, este desdichado designio que nos ha turbado a todos.

Escena3Orgón, Elmira, Mariana, Cleanto, Dorina

ORGÓN.— ¡Ah! Me alegra verlos reunidos. (A Mariana.) Traigo en este contrato de qué hacerla reír, y ya sabe usted lo que eso quiere decir.

MARIANA, de rodillas ante Orgón.— Padre mío, en nombre del Cielo, que conoce mi dolor, y por todo lo que puede conmover su corazón, afloje usted un poco los derechos de la sangre, y dispense mis votos de esta obediencia. No me reduzca, por esta dura ley, hasta quejarme al Cielo de lo que le debo; y esta vida, ¡ay!, que usted me ha dado, no me la devuelva, padre mío, desgraciada. Si, contra una dulce esperanza que yo había podido formar, me prohíbe usted ser de quien me atrevo a amar, al menos, por sus bondades, que a sus rodillas imploro, sálveme del tormento de ser de quien aborrezco; y no me lleve a alguna desesperación, usando sobre mí de todo su poder.

ORGÓN, sintiéndose ablandar.— Vamos, firme, corazón mío; nada de flaqueza humana.

MARIANA.— Sus ternuras hacia él no me causan ninguna pena; manifiéstelas, déle su bien, y, si no es bastante, añádale todo el mío; consiento en ello de buen corazón, y se lo abandono: pero, al menos, no vaya hasta mi persona; y permita que un convento, en las austeridades, consuma los tristes días que el Cielo me ha contado.

ORGÓN.— ¡Ah! Ahí tienen justamente a mis monjas, cuando un padre combate sus llamas amorosas. De pie. Cuanto más su corazón repugne aceptarlo, más será para usted materia de mérito. Mortifique sus sentidos con este matrimonio, y no me rompa más la cabeza.

DORINA.— ¿Pero qué…?

ORGÓN.— Pero ¡qué!… Cállese usted. Hable cuando le toque; le prohíbo, y bien claro, que se atreva a decir una sola palabra.

CLEANTO.— Si al menos permitiera que alguien le respondiera con algún consejo…

ORGÓN.— Hermano, sus consejos son los mejores del mundo; son muy razonables, y los tengo en mucha estima; pero comprenderá que no vaya a seguirlos.

ELMIRA, a su marido.— Viendo lo que veo, ya no sé qué decir; y su ceguera me deja maravillada. Hay que estar bien prendado, bien prevenido en su favor, para desmentir lo que hoy nos ha pasado.

ORGÓN.— Soy su servidor, y creo en las apariencias. Conozco sus debilidades por mi pícaro hijo; y ha tenido miedo de desautorizarlo por la jugada que ha querido hacerle a ese pobre hombre. Estaba demasiado tranquila, en fin, para ser creíble; y habría parecido conmovida de otra manera.

ELMIRA.— ¿Es que ante la simple confesión de un arrebato amoroso tiene nuestro honor que ponerse tan en guardia? ¿Y no se puede responder a todo lo que lo toca más que con fuego en los ojos y el insulto en la boca? Yo, de semejantes palabras me río simplemente; y el escándalo, en esto, no me gusta en absoluto. Me gusta que con dulzura nos mostremos sensatas; y no soy en absoluto de esas prudes salvajes cuyo honor está armado de garras y de dientes, y quiere al menor comentario desfigurar a la gente. ¡Que el Cielo me preserve de semejante sabiduría! Quiero una virtud que no sea endiablada, y creo que de un rechazo la discreta frialdad no es menos poderosa para rechazar un corazón.

ORGÓN.— En fin, conozco el asunto, y no me dejo engañar.

ELMIRA.— Admiro, una vez más, esta extraña debilidad: pero ¿qué me respondería su incredulidad si yo le hiciera ver que se le dice la verdad?

ORGÓN.— ¿Ver?

ELMIRA.— ¿Ver? Sí.

ORGÓN.— ¿Ver? Sí. Tonterías.

ELMIRA.— ¿Ver? Sí. Tonterías. Pero ¡qué! ¿Y si yo encontrara manera de hacérselo ver con plena claridad?…

ORGÓN.— Cuentos al aire.

ELMIRA.— Cuentos al aire. ¡Qué hombre! Al menos, respóndame. No le pido que me crea; pero supongamos aquí que, desde un lugar que se puede tomar, se le hiciera claramente verlo todo y oírlo todo: ¿qué diría entonces de su hombre de bien?

ORGÓN.— En ese caso, diría que… No diría nada, porque eso no puede ser.

ELMIRA.— Porque eso no puede ser. El error dura demasiado, y es demasiado condenar mi boca de impostura. Es preciso que, por placer, y sin ir más lejos, de todo lo que se le dice yo lo haga testigo.

ORGÓN.— Sea. Lo tomo por la palabra. Veremos su habilidad, y cómo podrá cumplir esa promesa.

ELMIRA, a Dorina.— Hágamelo venir.

DORINA, a Elmira.— Hágamelo venir. Su espíritu es astuto, y tal vez para sorprenderlo será difícil.

ELMIRA, a Dorina.— No; uno es fácilmente engañado por lo que ama, y el amor propio lleva a engañarse a uno mismo. Hágamelo bajar. Hágamelo bajar. (A Cleanto y a Mariana.) Hágamelo bajar. Y ustedes, retírense.

Escena4Elmira, Orgón

ELMIRA.— Acerquemos esta mesa, y métase usted debajo.

ORGÓN.— ¡Cómo!

ELMIRA.— ¡Cómo! Esconderse bien es un punto necesario.

ORGÓN.— ¿Por qué bajo esta mesa?

ELMIRA.— ¿Por qué bajo esta mesa? ¡Ah, Dios mío! Déjeme hacer; tengo mi plan en la cabeza, y usted juzgará. Métase ahí, le digo; y, cuando esté dentro, cuide que no lo vean ni lo oigan.

ORGÓN.— Confieso que aquí mi complacencia es grande; pero de su empresa hay que verla salir.

ELMIRA.— No tendrá, creo, nada que reprocharme. (A su marido, que está bajo la mesa.) Al menos, voy a tocar una extraña materia: no se escandalice de ninguna manera. Cualquier cosa que pueda decir, debe serme permitida; y es para convencerlo, así como he prometido. Voy por dulzuras, puesto que a eso me veo reducida, a hacer caer la máscara a esa alma hipócrita, a halagar de su amor los deseos desvergonzados, y a dar campo libre a sus temeridades. Como es para usted solo, y para confundirlo mejor, que mi alma a sus votos va a fingir responder, tendré ocasión de cesar en cuanto usted se dé por satisfecho, y las cosas no irán más que hasta donde usted quiera. A usted le toca detener su ardor insensato, cuando crea el asunto bastante adelantado; ahorrarle a su mujer, y no exponerme más que a lo que le haga falta para desengañarse. Son sus intereses, usted será el dueño; y… Vienen. Esténse quieto, y cuide de no aparecer.

Escena5Tartufo, Elmira; Orgón, bajo la mesa

TARTUFO.— Me han dicho que en este lugar deseaba hablarme.

ELMIRA.— Sí, hay secretos que revelarle aquí. Pero cierre esa puerta antes de que se los diga; y mire por todas partes por temor a una sorpresa. (Tartufo va a cerrar la puerta, y vuelve.) Un asunto parecido al de hace un rato no es seguramente aquí lo que nos hace falta: jamás se ha visto sorpresa semejante. Damis me causó por usted un temor extremo; y ha visto bien que hice mis esfuerzos por romper su designio y calmar sus arrebatos. Mi turbación, es muy cierto, me había poseído de tal modo, que no tuve la idea de desmentirlo; pero por eso, gracias al Cielo, todo ha ido mucho mejor, y las cosas están en más seguridad. La estima en que se lo tiene ha disipado la tormenta, y mi marido de usted no puede tomar sombra. Para desafiar mejor el escándalo de los malos juicios, quiere que estemos juntos a todos momentos; y es por eso que puedo, sin temor a ser reprochada, encontrarme aquí sola con usted encerrada, y lo que me autoriza a abrirle un corazón tal vez demasiado pronto a sufrir su ardor.

TARTUFO.— Este lenguaje de comprender es bastante difícil, señora; y hablaba hace un rato de otro estilo.

ELMIRA.— ¡Ah! Si de tal rechazo está enojado, ¡qué mal conocido está de usted el corazón de una mujer! ¡Y qué poco sabe lo que quiere dar a entender cuando tan débilmente se lo ve defenderse! Siempre nuestro pudor combate, en esos momentos, lo que pueden darnos de tiernos sentimientos. Por más razón que se encuentre al amor que nos domeña, se encuentra siempre un poco de vergüenza en confesarlo. Se lo defiende uno al principio; pero por el aire con que se lo hace, se da a conocer bastante que nuestro corazón se rinde; que a nuestros votos, por honor, nuestra boca se opone, y que tales rechazos prometen toda cosa. Es hacerle, sin duda, una confesión bastante libre, y de nuestro pudor cuidarme muy poco. Pero, puesto que la palabra al fin se ha soltado, ¿me habría empeñado en retener a Damis?, ¿habría, le ruego, con tanta dulzura escuchado del todo la ofrenda de su corazón?, ¿habría tomado la cosa así como se me ha visto hacer, si la ofrenda de ese corazón no hubiera tenido con qué agradarme? Y, cuando quise yo misma forzarlo a rechazar el himeneo que se acababa de anunciar, ¿qué es lo que esa insistencia ha debido hacerle entender, que el interés que en usted se nos ocurre tomar, y el fastidio que se tendría de que ese nudo que se resuelve viniera a compartir al menos un corazón que se quiere entero?

TARTUFO.— Sin duda, señora, es una dulzura extrema oír esas palabras de una boca a la que se ama; su miel corre a raudales por todos mis sentidos con una suavidad que jamás se ha probado. La dicha de complacerla es mi supremo estudio, y mi corazón hace de sus deseos su beatitud; pero este corazón le pide aquí la libertad de osar dudar un poco de su felicidad. Puedo creer que estas palabras son un artificio honesto para obligarme a romper un himeneo que se prepara; y, si he de explicarme con usted libremente, no me fiaré en absoluto de palabras tan dulces, a menos que algunos de sus favores, por los que suspiro, vengan a asegurarme todo lo que han podido decirme, y a plantar en mi alma una fe constante en las encantadoras bondades que tiene usted para conmigo.

ELMIRA, tras toser para advertir a su marido.— ¡Cómo! ¿Quiere usted ir con esa velocidad, y agotar de un corazón de golpe toda la ternura? Una se mata en hacerle a usted una confesión de las más dulces. Sin embargo, todavía no es bastante para usted; ¿y no se puede llegar a satisfacerlo sin que se lleve el asunto hasta los últimos favores?

TARTUFO.— Cuanto menos se merece un bien, menos se osa esperarlo. Nuestros deseos tienen dificultades para confiar en discursos. Fácilmente se sospecha de una suerte tan llena de gloria, y se quiere gozar de ella antes de creerla. En cuanto a mí, que creo merecer tan poco sus bondades, dudo de la dicha de mis temeridades; y no creeré nada, si usted no ha sabido convencer mi llama, señora, con realidades.

ELMIRA.— ¡Dios mío! ¡Cómo actúa su amor cual verdadero tirano! ¡Y en qué extraña turbación me arroja el espíritu! ¡Qué imperio furioso ejerce sobre los corazones! ¡Y con qué violencia quiere lo que desea! ¿Cómo? ¿No se puede uno defender de su persecución, y no da usted tiempo ni para respirar? ¿Está bien mantener un rigor tan grande? ¿Querer sin cuartel las cosas que se piden, y abusar así, con sus esfuerzos apremiantes, de la debilidad que ve usted que la gente tiene por usted?

TARTUFO.— Pero, si con ojo benigno ve usted mis homenajes, ¿por qué negarme testimonios seguros?

ELMIRA.— Pero ¿cómo consentir en lo que usted quiere, sin ofender al Cielo, del que siempre habla?

TARTUFO.— Si sólo es el Cielo lo que se opone a mis deseos, levantar tal obstáculo es para mí poca cosa; y eso no debe retener su corazón.

ELMIRA.— ¡Pero de los decretos del Cielo nos infunden tanto temor!

TARTUFO.— Puedo disiparle esos temores ridículos, señora, y conozco el arte de levantar los escrúpulos. El Cielo prohíbe, en verdad, ciertos contentamientos; pero se encuentran con él acomodamientos. Según diversas necesidades, hay una ciencia de extender los lazos de nuestra conciencia, y de rectificar el mal de la acción con la pureza de nuestra intención. De esos secretos, señora, sabrán instruirla; usted sólo tiene que dejarse conducir. Contente mi deseo, y no tenga ningún miedo; yo respondo de todo, y tomo el mal sobre mí. (Elmira tose más fuerte.) Tose usted mucho, señora.

ELMIRA.— Sí, estoy en suplicio.

TARTUFO.— ¿Le apetece un pedazo de este jarabe de regaliz?

ELMIRA.— Es un catarro obstinado, sin duda; y bien veo que todos los jarabes del mundo aquí no harán nada.

TARTUFO.— Eso, ciertamente, es enojoso.

ELMIRA.— Sí, más de lo que se puede decir.

TARTUFO.— En fin, su escrúpulo es fácil de destruir. Usted tiene aquí asegurado un secreto completo, y el mal no está nunca sino en el escándalo que se hace. El escándalo del mundo es lo que hace la ofensa, y no es pecar el pecar en silencio.

ELMIRA, tras toser de nuevo y golpear sobre la mesa.— En fin, veo que hay que resolverse a ceder; que hay que consentir en concederle todo a usted; y que, si no es así, no debo pretender que nadie pueda estar contento, y que quiera rendirse. Sin duda es enojoso llegar hasta ahí, y es muy a pesar mío que franqueo esto; pero, puesto que se obstinan en querer reducirme a ello, puesto que no quieren creer en todo lo que se puede decir, y que quieren testigos que sean más convincentes, hay que resolverse, y contentar a la gente. Si este consentimiento lleva en sí alguna ofensa, tanto peor para quien me fuerza a esta violencia; la culpa sin duda no debe ser mía.

TARTUFO.— Sí, señora, uno se hace cargo; y la cosa en sí…

ELMIRA.— Abra usted un poco la puerta, y vea, se lo ruego, si mi marido no está en esa galería.

TARTUFO.— ¿Qué necesidad hay por él del cuidado que usted se toma? Es un hombre, entre nosotros, al que se conduce de las narices. De todas nuestras conversaciones él es capaz de hacer gloria, y yo lo he puesto en el punto de verlo todo sin creer nada.

ELMIRA.— No importa. Salga usted, se lo ruego, un momento; y vea por todas partes ahí fuera exactamente.

Escena6Orgón, Elmira

ORGÓN, saliendo de debajo de la mesa.— Ahí tiene usted, lo confieso, un hombre abominable. No puedo recuperarme, y todo esto me aturde.

ELMIRA.— ¿Cómo? ¿Sale usted tan pronto? Se burla usted de la gente. Vuelva a meterse bajo el tapiz, aún no es tiempo; espere hasta el final, para ver las cosas seguras, y no se fíe de simples conjeturas.

ORGÓN.— No, nada más malvado ha salido del infierno.

ELMIRA.— ¡Dios mío! No se debe creer demasiado a la ligera. Déjese convencer bien antes de rendirse; y no se apresure, no sea que se equivoque. (Elmira hace que Orgón se ponga detrás de ella.)

Escena7Tartufo, Elmira, Orgón

TARTUFO, sin ver a Orgón.— Todo conspira, señora, a mi contento. He visitado con la mirada todo este aposento. No hay nadie; y mi alma arrebatada… (En el momento en que Tartufo avanza con los brazos abiertos para abrazar a Elmira, ella se retira, y Tartufo percibe a Orgón.)

ORGÓN, deteniendo a Tartufo.— ¡Despacio! Usted sigue demasiado su deseo amoroso, y no debe apasionarse tanto. ¡Ah! ¡Ah! ¡El hombre de bien, quiere usted dármela! ¡Cómo se abandona su alma a las tentaciones! ¡Se casaba usted con mi hija, y codiciaba a mi mujer! Dudé mucho tiempo de que fuera todo de verdad, y siempre creí que se cambiaría de tono; pero basta con haber llevado el testimonio tan adelante: me atengo a esto, y no quiero, por mi parte, nada más.

ELMIRA, a Tartufo.— Es contra mi carácter haber hecho todo esto; pero me han obligado a tratarlo de este modo.

TARTUFO, a Orgón.— ¡Cómo! ¿Usted cree…?

ORGÓN.— ¿Cómo? ¿Yo creo…? Vamos, nada de escándalo, se lo ruego. Fuera de esta casa, y sin ceremonias.

TARTUFO.— Mi propósito…

ORGÓN.— Mi propósito… Esos discursos ya no vienen al caso; tiene que salir de esta casa ahora mismo.

TARTUFO.— Es usted quien debe salir, usted que habla como si fuera el amo. La casa me pertenece, se lo haré saber, y le mostraré bien que en vano se recurre a estos ardides cobardes para buscarme pleito; que no está uno donde cree al hacerme injuria; que tengo con qué confundir y castigar la impostura, vengar al Cielo al que se ofende, y hacer arrepentirse a quienes hablan aquí de hacerme salir.

Escena8Elmira, Orgón

ELMIRA.— ¿Qué lenguaje es ese, y qué es lo que quiere decir?

ORGÓN.— A fe mía, estoy confundido, y no tengo ganas de reír.

ELMIRA.— ¿Cómo?

ORGÓN.— ¿Cómo? Veo mi falta en las cosas que me dice; y la donación me inquieta el espíritu.

ELMIRA.— La donación…

ORGÓN.— La donación… Sí. Es un asunto hecho. Pero tengo otra cosa aún que me inquieta.

ELMIRA.— ¿Y qué?

ORGÓN.— ¿Y qué? Lo sabrá todo. Pero veamos cuanto antes si cierta cajita está todavía arriba. Fin del acto cuarto.

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