Parte 5Suplemento — De la garantía de la paz perpetua
Suplemento
De la garantía de la paz perpetua
Lo que presta esta garantía no es nada menos que la gran artista, la naturaleza (_natura daedala rerum_), de cuyo curso mecánico resplandece visiblemente una finalidad: hacer que de la discordia de los hombres surja la concordia incluso contra su voluntad. Por eso, considerada como coacción de una causa cuyas leyes de actuación nos son desconocidas, se la llama destino; pero al sopesar su finalidad en el curso del mundo, se la llama Providencia, como sabiduría profunda de una causa superior orientada hacia el fin objetivo final del género humano y que predetermina este curso del mundo. A decir verdad, no podemos reconocer esta Providencia en los dispositivos artísticos de la naturaleza, ni siquiera inferirla de ellos, sino que (como en toda relación de la forma de las cosas con fines en general) solo podemos y debemos pensarla adicionalmente, para hacernos un concepto de su posibilidad según la analogía de las acciones artísticas humanas. Pero representarse su relación y concordancia con el fin que la razón nos prescribe inmediatamente (el fin moral) es una idea que, si bien resulta exorbitante en intención teórica, posee en la práctica (por ejemplo, respecto al concepto de deber de la paz perpetua, para emplear con ese objetivo el mecanismo de la naturaleza) solidez dogmática y realidad bien fundada. El uso de la palabra naturaleza es también más apropiado cuando, como aquí, solo se trata de teoría (no de religión), y más conforme a los límites de la razón humana (que debe mantenerse, respecto a la relación de los efectos con sus causas, dentro de los confines de la experiencia posible), y más modesto que la expresión de una Providencia cognoscible para nosotros, con la cual uno se pone presuntuosamente alas icáricas para acercarse al misterio de su inescrutable designio.
Nota de Kant. En el mecanismo de la naturaleza, al que pertenece el hombre (como ser sensible), se muestra una forma que subyace ya a su existencia, y que no podemos hacernos comprensible de otro modo sino atribuyéndole el fin de un creador del mundo que la determina de antemano. A su predeterminación la llamamos Providencia divina en general, y en cuanto está puesta en el inicio del mundo, la Providencia fundadora (_providentia conditrix; semel iussit, semper parent, Agustín_); pero en el curso de la naturaleza, para conservar esta según leyes generales de la finalidad, la Providencia gobernante (_providentia gubernatrix_); además, para fines particulares, que el hombre no puede prever sino solo conjeturar por el resultado, la Providencia directora (_providentia directrix_); y finalmente, respecto a sucesos singulares, como designios divinos, ya no la llamamos Providencia sino disposición (_directio extraordinaria_). Pero querer reconocer esta como tal (puesto que de hecho remite a milagros, aunque los sucesos no se llamen así) es presunción insensata del hombre, ya que inferir de un solo suceso un principio particular de la causa eficiente (que este suceso sea un fin y no meramente una consecuencia lateral natural-mecánica de otro fin completamente desconocido para nosotros) es absurdo y lleno de presunción, por muy piadoso y humilde que pueda sonar el lenguaje al respecto. Del mismo modo, también es falsa y contradictoria en sí misma la división de la Providencia (considerada materialmente), según se refiera a objetos en el mundo, en general y particular (que ella sea, por ejemplo, una previsión para la conservación de las especies de criaturas, pero que abandone los individuos al azar); pues se la llama precisamente general con la intención de que no se piense ninguna cosa como excluida de ella. Probablemente aquí se ha querido decir la división de la Providencia (considerada formalmente) según el modo de ejecución de su designio: a saber, en ordinaria (por ejemplo, la muerte anual y el renacer de la naturaleza según el cambio de las estaciones) y extraordinaria (por ejemplo, el transporte de madera a las costas heladas, donde no puede crecer, mediante las corrientes marinas, para los habitantes de allí, que sin eso no podrían vivir). Ahí, aunque podemos explicarnos bien la causa físico-mecánica de estos fenómenos (por ejemplo, por las orillas de los ríos de los países templados, cubiertas de bosque, en las que caen esos árboles y que acaso son arrastrados más lejos por la corriente del Golfo), no debemos, sin embargo, pasar por alto tampoco la causa teleológica, que remite a la previsión de una sabiduría que gobierna sobre la naturaleza. Solo en lo que respecta al concepto, usual en las escuelas, de un concurso divino, o cooperación (_concursus_), a un efecto en el mundo sensible, debe este abandonarse. Pues querer aparear lo heterogéneo (_gryphes iungere equis_) y hacer que aquel que es él mismo la causa completa de las transformaciones del mundo complete su propia Providencia predeterminante durante el curso del mundo (que por tanto habría tenido que ser defectuosa), por ejemplo decir que junto a Dios el médico ha curado al enfermo, habiendo por tanto estado presente como ayudante, es en primer lugar contradictorio en sí mismo. Pues _causa solitaria non iuvat_. Dios es el autor del médico junto con todos sus remedios, y por lo tanto, si se quiere ascender hasta el fundamento originario supremo, teóricamente incomprensible para nosotros, debe atribuírsele el efecto por entero. O se puede también atribuírselo por entero al médico, en tanto perseguimos este suceso como explicable según el orden de la naturaleza en la cadena de las causas del mundo. En segundo lugar, tal modo de pensar nos priva también de todos los principios determinados para el enjuiciamiento de un efecto. Pero en intención moral-práctica (dirigida por tanto completamente a lo suprasensible), por ejemplo, en la fe de que Dios suplirá la carencia de nuestra propia justicia, si solo nuestra intención fue genuina, también mediante medios para nosotros incomprensibles, y de que por tanto no debemos aflojar en el empeño hacia el bien, el concepto del _concursus_ divino es muy apropiado e incluso necesario; pero con ello se entiende por sí mismo que nadie debe intentar explicar con esto una buena acción (como suceso en el mundo), lo cual sería un pretendido conocimiento teórico de lo suprasensible, y por tanto absurdo.
Antes de determinar más de cerca esta garantía, será necesario indagar primero el estado que la naturaleza ha dispuesto para las personas que actúan en su gran escenario, que hace finalmente necesario su aseguramiento de la paz; y solo entonces la manera en que ella lo presta.
Su disposición provisional consiste en esto: que 1) ha cuidado de que los hombres puedan vivir en todas las regiones de la Tierra; 2) los ha empujado mediante la guerra a todas partes, incluso a las regiones más inhóspitas, para poblarlas; 3) mediante esa misma guerra los ha forzado a entrar en relaciones más o menos legales. Que en los fríos desiertos del mar helado crezca aún el musgo que el reno escarba bajo la nieve para ser él mismo alimento, o también tiro del ostiaco o del samoyedo; o que los arenales salinos de los desiertos contengan todavía el camello, que parece creado como para recorrerlos, a fin de no dejarlos sin utilizar, es ya admirable. Pero el fin resplandece aún más claramente cuando uno advierte cómo, además de los animales provistos de piel en la costa del mar helado, todavía hay focas, morsas y ballenas que con su carne ofrecen alimento, y con su grasa combustible, a los habitantes de allí. Pero lo que más suscita la admiración es la previsión de la naturaleza mediante la madera de deriva que trae (sin que se sepa bien de dónde proviene) a esas regiones sin vegetación, sin cuyo material no podrían ni fabricar sus embarcaciones y armas, ni sus cabañas para refugiarse; y allí tienen ya bastante que hacer con la guerra contra los animales para vivir pacíficamente entre sí. Pero lo que probablemente los ha empujado allí no es otra cosa que la guerra. El primer instrumento de guerra entre todos los animales que el hombre, durante el tiempo de la población de la Tierra, aprendió a domesticar y hacer domésticos es el caballo (pues el elefante pertenece a un tiempo posterior, a saber, al del lujo de Estados ya constituidos), del mismo modo que el arte de cultivar ciertas especies de hierbas, llamadas cereales, cuya constitución originaria ya no nos es reconocible, así como la multiplicación y el refinamiento de las clases de frutas mediante trasplante e injerto (acaso en Europa solo de dos especies, las manzanas silvestres y las peras silvestres), solo pudo surgir en el estado de Estados ya constituidos, donde tenía lugar una propiedad territorial asegurada, después de que los hombres, previamente, en libertad sin ley, hubieran avanzado desde la vida de caza, pesca y pastoreo hasta la vida agrícola, y de que entonces se descubrieran la sal y el hierro, que acaso fueron los primeros artículos buscados de lejos y de ancho de un comercio entre pueblos diversos, mediante lo cual fueron traídos primero a una relación pacífica entre sí, y así, también con los más distantes, a entendimiento, comunidad y relación pacífica mutua.
Nota de Kant. Entre todos los modos de vida, el de caza es sin duda el más contrario a la constitución civilizada, porque las familias, que allí deben aislarse, pronto se vuelven extrañas entre sí y, dispersas por bosques extensos, también pronto hostiles, ya que cada una necesita mucho espacio para adquirir su alimento y vestido. La prohibición de sangre de Noé, Génesis IX, 4-6 (que, repetida a menudo, fue luego puesta incluso como condición por los judeocristianos a los cristianos recién venidos del paganismo, aunque en otro respecto, Hechos de los Apóstoles XV, 20, XXI, 25), parece no haber sido originariamente otra cosa que la prohibición del modo de vida de caza; porque en este debe presentarse a menudo el caso de comer la carne cruda, y con esto último se prohíbe a la vez lo primero.
Al haber cuidado la naturaleza de que los hombres pudieran vivir en todas partes de la Tierra, ha querido también despóticamente que debieran vivir en todas partes, aunque fuera contra su inclinación, e incluso sin que este deber presupusiera al mismo tiempo un concepto de deber que los obligara a ello mediante una ley moral, sino que, para alcanzar su fin, ha elegido la guerra. Vemos, en efecto, pueblos que por la unidad de su lengua dan a conocer la unidad de su origen, como los samoyedos en el mar helado por un lado, y un pueblo de lengua similar a doscientas millas de distancia, en los montes Altái, por el otro, entre los cuales se ha introducido otro pueblo, a saber, el mogol, montado a caballo y por tanto guerrero, que dispersó a aquella parte de su estirpe lejos de esta, hacia las regiones heladas más inhóspitas, donde ciertamente no se habrían extendido por inclinación propia; del mismo modo, los fineses en la región más septentrional de Europa, llamados lapones, separados de los húngaros, ahora igualmente muy distantes pero emparentados con ellos por la lengua, por pueblos góticos y sarmáticos que se introdujeron entre medias; y ¿qué otra cosa sino la guerra puede haber empujado a los esquimales (acaso antiguos aventureros europeos, una raza completamente distinta de todos los americanos) en el norte, y a los pescheres en el sur de América, hasta la Tierra del Fuego? La guerra misma no necesita ningún motivo especial, sino que parece injertada en la naturaleza humana, y valer incluso como algo noble por lo que el hombre es animado mediante el impulso del honor, sin móviles egoístas: de modo que el valor guerrero (tanto de los salvajes americanos como de los europeos en los tiempos caballerescos) se juzga de gran valor inmediato no solo cuando hay guerra (como es justo), sino también para que haya guerra, y a menudo se la emprende solo para mostrarlo, poniéndose así en la guerra misma una dignidad interior, de modo que incluso filósofos le dedican un panegírico como cierto ennoblecimiento de la humanidad, olvidando la sentencia de aquel griego: «La guerra es mala en esto: que hace más gente malvada de la que elimina». Tanto sobre lo que hace la naturaleza para su propio fin respecto al género humano como clase animal.
Nota de Kant. Se podría preguntar: si la naturaleza ha querido que estas costas heladas no permanezcan deshabitadas, ¿qué será de sus habitantes cuando algún día (como es de esperar) ya no les traiga madera de deriva? Pues es de creer que, con el avance de la cultura, los habitantes de las zonas templadas de la Tierra utilizarán mejor la madera que crece en las orillas de sus ríos, no dejarán que caiga en los ríos y así sea arrastrada al mar. Respondo: los habitantes del curso alto, del Yeniséi, del Lena, etc., se la proporcionarán mediante el comercio, y a cambio adquirirán los productos del reino animal de que el mar es tan rico en las costas heladas, cuando la naturaleza solo haya forzado primero la paz entre ellos.
Ahora bien, la pregunta que toca lo esencial del propósito de la paz perpetua es esta: «¿Qué hace la naturaleza, con esta intención, en relación con el fin que al hombre le prescribe como deber su propia razón, es decir, para favorecer su propósito moral, y cómo garantiza que aquello que el hombre debería hacer según leyes de la libertad, pero no hace, quede asegurado, sin perjuicio de esa libertad, mediante una coacción de la naturaleza, de que lo hará, y ello según las tres relaciones del derecho público: el derecho político, el derecho de gentes y el derecho cosmopolita?». Cuando digo de la naturaleza: ella quiere que suceda esto o aquello, eso no significa tanto que nos imponga un deber de hacerlo (pues esto solo puede hacerlo la razón práctica libre de coacción), sino que ella misma lo hace, queramos o no (_fata volentem ducunt, nolentem trahunt_).
1. Aunque un pueblo no se viera forzado por la discordia interna a someterse a la coacción de leyes públicas, la guerra desde fuera lo haría, ya que, según la disposición natural antes mencionada, cada pueblo encuentra ante sí a otro pueblo que lo presiona como vecino, contra el cual debe constituirse internamente como Estado para estar preparado frente a él como poder. Ahora bien, la constitución republicana es la única plenamente adecuada al derecho de los hombres, pero también la más difícil de fundar, y más aún de conservar, hasta el punto de que muchos afirman que debería ser un Estado de ángeles, porque los hombres con sus inclinaciones egoístas no serían capaces de una constitución de forma tan sublime. Pero he aquí que la naturaleza viene en auxilio de la voluntad general, respetada pero impotente para la práctica, fundada en la razón, y precisamente mediante aquellas inclinaciones egoístas, de modo que solo depende de una buena organización del Estado (que sin duda está en poder de los hombres) dirigir las fuerzas de estas unas contra otras, de tal manera que una detenga el efecto destructivo de las otras o lo anule: de modo que el resultado para la razón es como si ambas no existieran, y así el hombre, aunque no sea un hombre moralmente bueno, sin embargo se ve forzado a ser un buen ciudadano. El problema de la constitución del Estado es, por muy duro que suene, resoluble incluso para un pueblo de demonios (con tal de que tengan entendimiento), y se plantea así: «Ordenar una multitud de seres racionales que exigen todos juntos leyes generales para su conservación, pero cada uno de los cuales tiende en secreto a eximirse de ellas, y organizar su constitución de tal modo que, aunque en sus intenciones privadas se opongan entre sí, estas se contengan mutuamente de manera que en su conducta pública el resultado sea el mismo que si no tuvieran tales malas intenciones». Un problema tal debe ser resoluble. Pues no se trata de la mejora moral de los hombres, sino solo del mecanismo de la naturaleza, de cuyo uso en los hombres la tarea exige saber cómo se puede emplear, para dirigir de tal modo en un pueblo el conflicto de sus intenciones no pacíficas que se fuercen mutuamente a someterse a leyes coactivas, y así deban producir el estado de paz en el que las leyes tienen fuerza. Se puede ver esto también en los Estados realmente existentes, aunque todavía muy imperfectamente organizados: que en su conducta exterior se aproximan ya mucho a lo que prescribe la idea del derecho, aunque la interioridad de la moralidad no sea ciertamente la causa de ello (como tampoco de esta debe esperarse una buena constitución estatal, sino más bien al revés: solo de esta última cabe esperar la buena formación moral de un pueblo), de modo que el mecanismo de la naturaleza, mediante inclinaciones egoístas que naturalmente se oponen también exteriormente entre sí, puede ser usado por la razón como medio para dar espacio a su propio fin, la prescripción jurídica, y con ello también, en lo que depende del Estado mismo, promover y asegurar la paz tanto interna como externa. Aquí se dice, pues: la naturaleza quiere irresistiblemente que el derecho obtenga al final la supremacía. Lo que aquí se descuida hacer, se hace al final por sí mismo, aunque con muchas incomodidades. «Si se dobla la caña demasiado, se rompe; y quien quiere demasiado, no quiere nada». Bouterwek.
2. La idea del derecho de gentes presupone la separación de muchos Estados vecinos independientes entre sí, y aunque un estado tal es ya en sí mismo un estado de guerra (si una unión federativa de ellos no previene el estallido de las hostilidades), sin embargo, según la idea de la razón, incluso este es mejor que la fusión de ellos por un poder que sobrecrezca a los demás y pase a una monarquía universal; porque las leyes pierden cada vez más su vigor con el ámbito agrandado del gobierno, y un despotismo sin alma, después de haber extirpado los gérmenes del bien, acaba finalmente por caer en anarquía. No obstante, este es el deseo de cada Estado (o de su jefe): ponerse de este modo en el estado de paz duradero dominando, si es posible, el mundo entero. Pero la naturaleza quiere otra cosa. Se sirve de dos medios para impedir que los pueblos se mezclen y para separarlos: de la diversidad de las lenguas y de las religiones, que si bien llevan consigo la propensión al odio mutuo y pretexto para la guerra, sin embargo, con el crecimiento de la cultura y el acercamiento paulatino de los hombres, conducen a un mayor acuerdo en principios, al entendimiento en una paz que no es producida y asegurada, como aquel despotismo (en el cementerio de la libertad), mediante el debilitamiento de todas las fuerzas, sino mediante su equilibrio en la más viva competencia de estas.
Nota de Kant. Diversidad de religiones: ¡extraña expresión! Igual que si se hablara también de diversas morales. Puede haber sin duda diversas creencias históricas, que no pertenecen a la religión sino a la historia de los medios empleados para su fomento, que caen en el campo de la erudición, e igualmente diversos libros de religión (Zendavesta, Veda, Corán, etc.), pero solo una única religión válida para todos los hombres y en todos los tiempos. Aquellas, por tanto, no pueden contener otra cosa que el vehículo de la religión, lo cual es contingente, y puede ser diferente según la diversidad de tiempos y lugares.
3. Así como la naturaleza separa sabiamente a los pueblos que la voluntad de cada Estado, y precisamente según fundamentos del derecho de gentes, quisiera unir bajo sí por astucia o por fuerza; así también, por otra parte, une pueblos que el concepto del derecho cosmopolita no habría asegurado contra la violencia y la guerra, mediante el interés propio mutuo. Es el espíritu comercial, que no puede coexistir con la guerra, y que tarde o temprano se apodera de cada pueblo. Puesto que, entre todos los poderes (medios) subordinados al poder del Estado, el poder del dinero podría ser el más confiable, los Estados se ven forzados (ciertamente no precisamente por móviles de la moralidad) a promover la paz noble y, dondequiera que en el mundo amenace estallar una guerra, a impedirla mediante mediaciones, como si estuvieran por ello en alianza permanente; pues las grandes coaliciones para la guerra, por la naturaleza de la cosa, solo pueden darse muy raramente, y aún más raramente tener éxito. De este modo garantiza la naturaleza, mediante el mecanismo en las inclinaciones humanas mismas, la paz perpetua; ciertamente con una seguridad que no es suficiente para profetizar (teóricamente) su futuro, pero que en intención práctica basta, y hace un deber trabajar hacia este fin (no meramente quimérico).
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