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Parte 1¿Qué es la Ilustración?

¿Qué es la Ilustración? y La paz perpetua · Immanuel Kant · 15 min de lectura

Respuesta a la pregunta:

¿Qué es la Ilustración?

La Ilustración es la salida del ser humano de su minoría de edad culpable. La minoría de edad es la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la guía de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de decisión y de valor para servirse del suyo propio sin la guía de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento! Tal es, pues, el lema de la Ilustración.

La pereza y la cobardía son las causas de que una parte tan grande de los seres humanos permanezca gustosamente en minoría de edad a lo largo de toda la vida, pese a que la naturaleza los liberó hace tiempo de la guía ajena (naturaliter majorennes); y de que a otros les resulte tan fácil erigirse en sus tutores. Es tan cómodo ser menor de edad. Si tengo un libro que tiene entendimiento por mí, un director espiritual que tiene conciencia por mí, un médico que juzga por mí la dieta, y así sucesivamente, entonces no necesito esforzarme yo mismo. No tengo necesidad de pensar, siempre que pueda pagar; otros se encargarán por mí del fastidioso asunto. Que la inmensa mayoría de los seres humanos (entre ellos todo el bello sexo) considere el paso a la mayoría de edad no solo penoso, sino además muy peligroso, de eso se cuidan ya aquellos tutores que tan amablemente han tomado sobre sí la supervisión de ellos. Después de haber atontado primero a su ganado doméstico, y de haber impedido cuidadosamente que estas apacibles criaturas osen dar un solo paso fuera del andador en que los encerraron, les muestran luego el peligro que les amenaza si intentan andar solos. Ahora bien, este peligro no es en verdad tan grande, pues finalmente aprenderían a andar bien tras algunas caídas; pero un ejemplo de esa clase atemoriza y generalmente disuade de todos los intentos posteriores.

Así pues, a cada ser humano individual le resulta difícil salir trabajosamente de la minoría de edad que se ha vuelto casi natural para él. Incluso le ha tomado cariño, y por el momento es realmente incapaz de servirse de su propio entendimiento, porque nunca se le permitió hacer la prueba de ello. Estatutos y fórmulas, esos instrumentos mecánicos de un uso racional o más bien de un abuso de sus dones naturales, son los grilletes de una minoría de edad perpetua. Quien los arrojase lejos de sí daría igualmente un salto inseguro incluso sobre la zanja más estrecha, porque no está acostumbrado a semejante movimiento libre. Por eso son muy pocos los que han logrado, mediante la propia elaboración de su espíritu, desenredarse de la minoría de edad y sin embargo andar con paso seguro.

Pero que un público se ilustre a sí mismo es más posible; más aún, si se le deja en libertad, es casi inevitable. Pues siempre se encontrarán algunos que piensen por sí mismos, incluso entre los tutores establecidos de la gran masa, y que, después de haber sacudido ellos mismos el yugo de la minoría de edad, difundirán en torno a sí el espíritu de una valoración racional del propio valor y de la vocación de cada ser humano a pensar por sí mismo. Resulta especialmente notable que el público, al que ellos previamente sometieron a ese yugo, les obligue después a permanecer bajo él, si es incitado a ello por algunos de sus tutores, que son ellos mismos incapaces de toda ilustración. Tan dañino es inculcar prejuicios, pues éstos acaban vengándose de quienes fueron sus autores, o de los antecesores de estos. Por eso, un público solo puede alcanzar lentamente la ilustración. Mediante una revolución acaso se logre derrocar un despotismo personal y una opresión codiciosa o dominadora, pero nunca se conseguirá la verdadera reforma del modo de pensar; más bien nuevos prejuicios servirán, exactamente igual que los antiguos, de rienda para la gran masa irreflexiva.

Ahora bien, para esta ilustración solo se requiere libertad; y a decir verdad la más inofensiva de todas las que pueden llamarse libertad, a saber: la de hacer uso público de la propia razón en todos los terrenos. Pero ahora oigo gritar por todas partes: ¡no razonéis! El oficial dice: ¡no razonéis, sino haced la instrucción! El funcionario de hacienda: ¡no razonéis, sino pagad! El eclesiástico: ¡no razonéis, sino creed! (Solo un único señor en el mundo dice: razonad tanto como queráis y sobre lo que queráis; ¡pero obedeced!) Por todas partes hay restricción de la libertad. Pero ¿qué restricción obstaculiza la ilustración? ¿Cuál no, sino que más bien la favorece? Respondo: el uso público de la propia razón debe ser siempre libre, y solo él puede producir la ilustración entre los seres humanos; el uso privado de la razón, en cambio, puede a menudo ser muy estrechamente restringido, sin que por ello se obstaculice especialmente el progreso de la ilustración. Entiendo por uso público de la propia razón aquel que alguien hace de ella en cuanto erudito ante el gran público del mundo de los lectores. Llamo uso privado al que le está permitido hacer de su razón en un determinado puesto civil o función que le ha sido confiado. Ahora bien, para muchos asuntos que conciernen al interés de la comunidad es necesario un cierto mecanismo en virtud del cual algunos miembros de la comunidad tienen que comportarse de modo puramente pasivo, para ser orientados por el gobierno, mediante una unanimidad artificial, hacia fines públicos, o al menos para ser preservados de la destrucción de esos fines. Aquí, desde luego, no está permitido razonar, sino que hay que obedecer. Pero en la medida en que esta parte de la máquina se considera a la vez como miembro de una comunidad global e incluso de la sociedad cosmopolita, y por tanto en calidad de erudito que se dirige a un público en el sentido propio mediante escritos, puede ciertamente razonar sin que por ello sufran los asuntos en los que está empleado en parte como miembro pasivo. Así, sería muy perjudicial que un oficial a quien sus superiores ordenasen algo cavilase en voz alta, durante el servicio, sobre la conveniencia o utilidad de tal orden; tiene que obedecer. Pero no se le puede prohibir equitativamente que, como erudito, haga observaciones sobre los defectos del servicio militar y las presente a su público para su enjuiciamiento. El ciudadano no puede negarse a pagar los impuestos que le son exigidos; incluso una crítica impertinente de tales cargas, cuando deben ser pagadas por él, puede ser castigada como un escándalo (que podría ocasionar resistencias generales). Pero el mismo no actúa contra el deber de un ciudadano cuando, como erudito, expresa públicamente sus pensamientos sobre la inadecuación o incluso la injusticia de tales imposiciones. Igualmente, un eclesiástico está obligado a dar su lección a los alumnos del catecismo y a su comunidad según el símbolo de la Iglesia a la que sirve, pues ha sido aceptado bajo esa condición. Pero como erudito tiene plena libertad, e incluso la vocación de hacerlo, para comunicar al público todos sus pensamientos cuidadosamente examinados y bien intencionados sobre lo defectuoso de aquel símbolo, y sus propuestas para una mejor organización del sistema religioso y eclesiástico. Tampoco hay en ello nada que pudiera ser un cargo de conciencia. Pues lo que enseña en virtud de su cargo, como funcionario de la Iglesia, lo presenta como algo respecto de lo cual no tiene libre facultad para enseñar según su propio criterio, sino que está encargado de exponer según la prescripción y en nombre de otro. Dirá: nuestra Iglesia enseña esto o aquello; éstos son los argumentos de que se sirve. Extrae entonces todo provecho práctico para su comunidad de estatutos que él mismo no suscribiría con plena convicción, pero a cuya exposición puede sin embargo comprometerse, porque no es del todo imposible que en ellos se oculte verdad y, en todo caso, al menos no se encuentra en ellos nada contradictorio con la religión interior. Pues si creyese encontrar esto último en ellos, no podría desempeñar su cargo en conciencia; tendría que renunciar. El uso, pues, que un maestro empleado hace de su razón ante su comunidad es meramente un uso privado, porque ésta es siempre solo una reunión doméstica, aunque sea muy numerosa; y en relación con esto él, como sacerdote, no es libre y no debe serlo, porque ejecuta un encargo ajeno. En cambio, como erudito que habla mediante escritos al público propiamente dicho, es decir, al mundo, por tanto el eclesiástico en el uso público de su razón goza de una libertad ilimitada de servirse de su propia razón y de hablar en su propia persona. Pues que los tutores del pueblo (en asuntos espirituales) deban ser a su vez menores de edad es un absurdo que conduce a la perpetuación de los absurdos.

Pero ¿no debería estar autorizada una sociedad de eclesiásticos, por ejemplo una asamblea de la Iglesia o una venerable classis (como se llaman ellos mismos entre los holandeses), a obligarse mediante juramento a un determinado símbolo inmutable, para ejercer así una incesante tutela suprema sobre cada uno de sus miembros y mediante ellos sobre el pueblo, e incluso perpetuarla? Digo: eso es completamente imposible. Semejante contrato, que se cerrase para apartar para siempre toda ulterior ilustración del género humano, es absolutamente nulo y sin valor; y aunque fuese confirmado por el poder supremo, por dietas imperiales y por los más solemnes tratados de paz. Una época no puede aliarse y conjurarse para poner a la siguiente en un estado en el que le resulte imposible ampliar sus conocimientos (sobre todo los tan urgentes), depurarlos de errores y en general avanzar en la ilustración. Eso sería un crimen contra la naturaleza humana, cuyo destino originario consiste precisamente en ese progresar; y los descendientes están, pues, plenamente autorizados a rechazar aquellas decisiones como tomadas de manera incompetente y sacrílega. La piedra de toque de todo lo que puede decidirse como ley sobre un pueblo reside en la pregunta: ¿podría un pueblo imponerse a sí mismo semejante ley? Ahora bien, esto sería posible, por así decirlo en espera de algo mejor, durante un tiempo determinado y breve, con el fin de introducir un cierto orden; dejando al mismo tiempo en libertad a cada uno de los ciudadanos, principalmente al eclesiástico, para que en calidad de erudito haga públicamente, es decir, mediante escritos, sus observaciones sobre lo defectuoso de la institución vigente, mientras que el orden introducido sigue perdurando, hasta que la comprensión de la naturaleza de estos asuntos haya avanzado y se haya acreditado públicamente hasta el punto de que, mediante la unión de sus voces (aunque no de todas), pueda elevar una propuesta al trono para tomar bajo su protección a aquellas comunidades que se hayan puesto de acuerdo, según sus conceptos de una mejor comprensión, sobre una organización religiosa modificada, sin impedir sin embargo a quienes quieran dejar las cosas como están. Pero llegar a un acuerdo sobre una constitución religiosa permanente que nadie deba poner públicamente en duda, aunque sea solo durante la vida de un ser humano, aniquilando con ello, por así decirlo, un período en el progreso de la humanidad hacia la mejora, volviéndolo infructuoso y por tanto en perjuicio de la posteridad, es absolutamente inadmisible. Un ser humano puede, ciertamente, para su persona y aun entonces solo por algún tiempo, aplazar la ilustración en aquello que le incumbe saber; pero renunciar a ella, ya sea para su persona y más aún para la posteridad, significa violar y pisotear los derechos sagrados de la humanidad. Pero lo que ni siquiera un pueblo puede decidir sobre sí mismo, menos aún puede decidirlo un monarca sobre el pueblo; pues su autoridad legislativa descansa precisamente en que reúne la voluntad de todo el pueblo en la suya. Si tan solo se asegura de que toda mejora verdadera o presunta sea compatible con el orden civil, puede por lo demás dejar que sus súbditos hagan por sí mismos lo que consideren necesario hacer por causa de su salvación; eso no le concierne, pero sí le compete impedir que uno estorbe violentamente a otro en su empeño por determinar y promover esa salvación con todas sus fuerzas. Incluso daña a su propia majestad cuando se inmiscuye en esto, al dignarse someter a su supervisión gubernamental los escritos mediante los cuales sus súbditos buscan poner en claro sus conocimientos, tanto si lo hace por propia y suprema comprensión, caso en el que se expone al reproche: Caesar non est supra Grammaticos, como y mucho más aún si rebaja su poder supremo hasta el punto de apoyar el despotismo espiritual de algunos tiranos en su Estado contra el resto de sus súbditos.

Si se pregunta entonces: ¿vivimos ahora en una época ilustrada?, la respuesta es: no, pero sí en una época de ilustración. Falta todavía mucho para que los seres humanos, tal como están las cosas ahora, tomados en su conjunto, se hallen ya en situación, o puedan siquiera ser puestos en situación, de servirse segura y bien de su propio entendimiento sin guía ajena en asuntos de religión. Pero sí tenemos claros indicios de que ahora se les abre el campo para trabajar libremente en esa dirección, y de que los obstáculos para la ilustración universal, o para la salida de su minoría de edad culpable, van disminuyendo paulatinamente. En este aspecto, esta época es la época de la ilustración, o el siglo de Federico.

Un príncipe que no considera indigno de sí decir que tiene por deber no prescribir nada a los seres humanos en asuntos de religión, sino dejarles en ello plena libertad, que por tanto rechaza incluso el altivo nombre de tolerancia, es él mismo ilustrado y merece ser ensalzado por el mundo agradecido y por la posteridad como aquel que primero liberó al género humano de la minoría de edad, al menos por parte del gobierno, y dejó en libertad a cada cual para servirse de su propia razón en todo lo que es asunto de conciencia. Bajo su reinado, venerables eclesiásticos pueden, sin perjuicio de sus deberes de oficio, exponer libre y públicamente al mundo, en calidad de eruditos, sus juicios y opiniones que se desvían aquí o allá del símbolo aceptado, para su examen; y más aún cualquier otro que no esté restringido por un deber de oficio. Este espíritu de libertad se extiende también hacia fuera, incluso allí donde tiene que luchar con obstáculos externos de un gobierno que se malentiende a sí mismo. Pues ante éste resplandece un ejemplo de que con la libertad no hay lo más mínimo que temer por la tranquilidad pública y la unidad de la comunidad. Los seres humanos se liberan por sí mismos poco a poco de la rudeza, con tal de que no se haga el artificio intencionado de mantenerlos en ella.

He puesto el punto central de la ilustración, el de la salida de los seres humanos de su minoría de edad culpable, principalmente en asuntos de religión, porque respecto a las artes y las ciencias nuestros gobernantes no tienen interés en ejercer de tutores sobre sus súbditos; y además porque aquella minoría de edad es, al igual que la más dañina, también la más deshonrosa de todas. Pero el modo de pensar de un jefe de Estado que favorece la primera va más allá, y comprende que incluso respecto a su legislación no hay peligro en permitir a sus súbditos hacer uso público de su propia razón y exponer públicamente al mundo sus pensamientos sobre una mejor redacción de ella, incluso con una crítica franca de la ya dada; de ello tenemos un ejemplo brillante, por el cual ningún monarca ha precedido a aquel que veneramos.

Pero también solo aquel que, siendo él mismo ilustrado, no teme a las sombras y al mismo tiempo tiene a mano un ejército numeroso y bien disciplinado como garante de la tranquilidad pública, puede decir lo que un Estado libre no se atreve a decir: razonad tanto como queráis y sobre lo que queráis; ¡pero obedeced! Así se muestra aquí un curso extraño e inesperado de las cosas humanas; como también en general, cuando se lo considera en grande, casi todo en él es paradójico. Un mayor grado de libertad civil parece ventajoso para la libertad de espíritu del pueblo, pero le pone barreras infranqueables; un grado menor de aquella le procura en cambio a ésta el espacio para expandirse con todas sus fuerzas. Cuando la naturaleza ha desarrollado bajo esta dura cáscara el germen por el que cuida más tiernamente, a saber, la inclinación y la vocación al pensar libre, éste actúa poco a poco retroactivamente sobre el modo de sentir del pueblo (por lo cual éste se vuelve paulatinamente más capaz de la libertad de actuar), y finalmente incluso sobre los principios del gobierno, que encuentra provechoso para sí mismo tratar al ser humano, que ahora es más que una máquina, conforme a su dignidad.

Königsberg, en Prusia, 30 de septiembre de 1784. I. Kant

Nota de Kant. En las Noticias Semanales de Büsching del 13 de septiembre leo hoy, día 30 del mismo mes, el anuncio de la Revista Mensual de Berlín de este mes, donde se menciona la respuesta del señor Mendelssohn a esa misma pregunta. Aún no me ha llegado; de lo contrario habría retenido la presente, que ahora puede quedar solo como prueba de hasta qué punto la casualidad puede producir concordancia de pensamientos.

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