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Parte 6La mañana

Noches blancas · Fiódor Dostoievski · 4 min de lectura

La mañana

Mis noches terminaron con la mañana. El día era malo. Llovía y la lluvia golpeaba tristemente contra mis cristales; la habitación estaba oscura, el patio nublado. Me dolía la cabeza y me daba vueltas; una fiebre se deslizaba por mis miembros.

—Hay carta para ti, padrecito, por el correo de la ciudad, la trajo el cartero —dijo Matriona inclinándose sobre mí.

—¡Una carta! ¿De quién? —grité, saltando de la silla.

—Pues no sé, padrecito, mira, tal vez ahí diga de quién es.

Rompí el sello. ¡Era de ella!

«¡Ay, perdóname, perdóname! —me escribía Nástenka—. ¡De rodillas te suplico que me perdones! Te engañé a ti y me engañé a mí misma. Fue un sueño, una aparición… Hoy sufrí tanto por ti; perdóname, perdóname…

No me culpes, porque no he cambiado en nada ante ti; te dije que te amaría, y ahora también te amo, más que amo. ¡Ay, Dios mío! ¡Si pudiera amaros a los dos a la vez! ¡Ay, si tú fueras él!»

«¡Ay, si él fueras tú!», pasó volando por mi cabeza. Recordé tus propias palabras, Nástenka.

«Dios ve lo que haría ahora por ti. Sé que es duro y triste para ti. Te ofendí, pero tú sabes: cuando se ama, ¿acaso se recuerda por mucho tiempo la ofensa? ¡Y tú me amas!

¡Gracias! ¡Sí! Gracias por ese amor. Porque en mi memoria quedó impreso como un dulce sueño que se recuerda mucho tiempo después del despertar; porque siempre recordaré aquel instante en que tú, como un hermano, me abriste tu corazón y aceptaste tan generosamente como un don el mío, herido, para cuidarlo, mimarlo, curarlo… Si me perdonas, el recuerdo de ti se elevará en mí con un sentimiento eterno y agradecido hacia ti, que nunca se borrará de mi alma… Guardaré este recuerdo, le seré fiel, no lo traicionaré, no traicionaré a mi corazón: es demasiado constante. Ya ayer regresó tan rápido a aquel a quien pertenecía para siempre.

Nos veremos, vendrás a visitarnos, no nos abandonarás, serás eternamente mi amigo, mi hermano… Y cuando me veas, me darás la mano… ¿sí? Me la darás, me perdonaste, ¿verdad? ¿Me amas como antes?

¡Ay, ámame, no me abandones, porque yo te amo tanto en este momento, porque soy digna de tu amor, porque me lo ganaré… ¡amigo mío querido! La semana que viene me caso con él. Ha vuelto enamorado, nunca se olvidó de mí… No te enojes porque te escribo sobre él. Pero quiero ir a verte con él; lo amarás, ¿verdad?

Perdóname pues, recuerda y ama a tu

Nástenka».

Releí la carta durante mucho tiempo; las lágrimas pugnaban por salir de mis ojos. Finalmente se me cayó de las manos y me cubrí el rostro.

—Queridito… ¡ay, queridito! —comenzó Matriona.

—¿Qué, vieja?

—Pues quité todas las telarañas del techo; ahora puedes casarte, invitar a los huéspedes, todo está listo…

Miré a Matriona… Era aún una vieja vigorosa y joven, pero, no sé por qué, de pronto se me apareció con la mirada apagada, con arrugas en el rostro, encorvada, decrépita… No sé por qué, de pronto se me figuró que mi habitación había envejecido igual que la vieja. Las paredes y los suelos se habían descolorido, todo se había empañado; se habían multiplicado aún más las telarañas. No sé por qué, cuando miré por la ventana, me pareció que la casa que estaba enfrente también había envejecido y se había empañado a su vez, que el yeso de las columnas se había descascarado y caído, que las cornisas se habían ennegrecido y agrietado y que las paredes habían pasado del amarillo oscuro brillante a estar manchadas…

¿O acaso un rayo de sol, al asomar de pronto tras las nubes, volvió a esconderse bajo la nube de lluvia, y todo volvió a empañarse ante mis ojos? ¿O tal vez pasó ante mí de manera tan inhóspita y triste toda la perspectiva de mi futuro, y me vi a mí mismo tal como estoy ahora, exactamente dentro de quince años, envejecido, en la misma habitación, igual de solo, con la misma Matriona, que no se ha vuelto más lista en todos estos años?

¡Pero que yo recuerde mi ofensa, Nástenka! ¿Que yo arroje una nube oscura sobre tu felicidad clara y serena? ¿Que yo, reprochándote amargamente, llene de tristeza tu corazón, lo hiera con un remordimiento secreto y lo obligue a latir angustiado en el momento de la dicha? ¿Que yo marchite aunque sea una de esas flores delicadas que has trenzado en tus rizos negros cuando vayas con él al altar?… ¡Ay, nunca, nunca! Que tu cielo sea claro, que tu dulce sonrisa sea luminosa y serena, que seas bendita por el instante de dicha y felicidad que diste a otro corazón solitario y agradecido.

¡Dios mío! ¡Un instante entero de dicha! ¿Acaso es poco aunque sea para toda una vida humana?

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