Parte 3La historia de Nástenka
La historia de Nástenka
—La mitad de la historia ya la sabes, es decir, ya sabes que tengo una abuela vieja…
—Si la otra mitad es igual de corta que esta… —alcancé a interrumpir entre risas.
—Cállate y escucha. Antes que nada, un trato: no me interrumpas, porque si no, voy a perder el hilo. Bueno, escucha entonces en silencio.
Tengo una abuela vieja. Llegué a su casa cuando era todavía una niña muy pequeña, porque se me murieron mi madre y mi padre. Hay que suponer que la abuela antes fue más rica, porque incluso ahora recuerda tiempos mejores. Ella me enseñó francés y después me contrató un maestro. Cuando cumplí quince años (y ahora tengo diecisiete), terminamos los estudios. Fue entonces cuando me porté mal; lo que hice no te lo voy a decir; basta con que la falta no fue grave. Solo que la abuela me llamó una mañana y me dijo que, como estaba ciega, no podía vigilarme, tomó un alfiler y me prendió mi vestido al suyo, y entonces me dijo que así nos quedaríamos sentadas toda la vida, a menos, claro está, que yo me volviera mejor. En resumen, al principio no había manera de apartarse: trabajar, leer y estudiar, todo junto a la abuela. Intenté engañarla una vez y convencí a Fiokla de que se sentara en mi lugar. Fiokla es nuestra sirvienta, es sorda. Fiokla se sentó en mi lugar; la abuela en ese momento se durmió en el sillón, y yo me fui no muy lejos, donde una amiga. Bueno, terminó mal. La abuela se despertó sin mí y preguntó algo, pensando que yo todavía estaba sentada tranquila en mi lugar. Fiokla ve que la abuela pregunta, pero ella no oye de qué se trata, pensó, pensó qué hacer, desabrochó el alfiler y salió corriendo…
Aquí Nástenka se detuvo y se echó a reír. Yo me reí con ella. Enseguida dejó de reírse.
—Escucha, no te rías de la abuela. Es que yo me río, porque es gracioso… Qué se le va a hacer, si la abuela es así, de verdad, aunque yo la quiero un poquito de todos modos. Bueno, pero entonces me las arreglé: enseguida me volvieron a sentar en mi lugar y ya no, no, no se podía mover ni un poquito.
Bueno, se me olvidó todavía decirte que nosotras, es decir, la abuela, tenemos casa propia, o sea una casita pequeña, de solo tres ventanas, toda de madera y tan vieja como la abuela; y arriba tiene un altillo; y precisamente se mudó al altillo un inquilino nuevo…
—Entonces, ¿antes hubo un inquilino viejo? —observé de pasada.
—Claro que lo hubo —respondió Nástenka—, y uno que sabía callar mejor que tú. La verdad, apenas podía mover la lengua. Era un viejito, seco, mudo, ciego, cojo, de modo que al final ya no pudo vivir más en este mundo, y se murió; y por eso hizo falta un inquilino nuevo, porque nosotras no podemos vivir sin inquilino: eso junto con la pensión de la abuela es casi todo nuestro ingreso. El inquilino nuevo resultó ser, como a propósito, un hombre joven, de fuera, de paso. Como no regateó, la abuela lo aceptó, y después pregunta: «Qué, Nástenka, ¿nuestro inquilino es joven o no?». Yo no quise mentir: «Así, digo, abuela, no es que sea del todo joven, pero tampoco es un viejo». «Bueno, ¿y de aspecto agradable?», pregunta la abuela.
De nuevo no quiero mentir. «Sí, digo, ¡de aspecto agradable, abuela!». Y la abuela dice: «¡Ay, qué castigo, qué castigo! Te digo esto, nietecita, para que no te quedes mirándolo. ¡Qué tiempos estos! Mira, un inquilino tan insignificante, y también resulta de aspecto agradable: ¡no como antes!».
Y para la abuela todo era antes. De joven era antes, el sol en los viejos tiempos calentaba más, y la crema antes no se agriaba tan rápido, —todo era antes. Yo me quedé sentada callada, pero pensé para mí: ¿Por qué la abuela me está dando ideas, pregunta si es guapo, si es joven el inquilino? Pero solo lo pensé, y enseguida volví a contar los puntos, a tejer la media, y después lo olvidé por completo.
Y he aquí que una mañana vino el inquilino a preguntar por aquello de que le habían prometido empapelar el cuarto. De una cosa a otra, la abuela es charlatana, y le dice: «Ve, Nástenka, a mi dormitorio, trae el ábaco». Yo enseguida salté, toda, sin saber por qué, enrojecida, y olvidé que estaba prendida con el alfiler; en lugar de desprenderme despacito, para que el inquilino no viera, —tiré de tal manera que el sillón de la abuela se movió. Cuando vi que el inquilino ahora ya sabía todo de mí, me puse roja, me quedé clavada en el sitio y de pronto me eché a llorar, —tan avergonzada y amargada me sentí en ese momento, que no quería ni mirar al mundo. La abuela grita: «¿Qué haces ahí parada?», y yo todavía peor… El inquilino, cuando vio, vio que me daba vergüenza delante de él, hizo una reverencia y enseguida se fue.
Desde entonces, apenas oía un ruido en el pasillo, me quedaba como muerta. Ahí está, pienso, viene el inquilino, y despacito por si acaso me desprendo el alfiler. Solo que nunca era él, no venía. Pasaron dos semanas; el inquilino manda decir con Fiokla que tiene muchos libros en francés y que todos son buenos libros, de modo que se pueden leer; así que si quería la abuela que yo se los leyera, para que no estuviera aburrida. La abuela aceptó agradecida, pero preguntaba si eran libros morales o no, porque si los libros son inmorales, entonces a ti, dice, Nástenka, no te está permitido leerlos de ninguna manera, aprenderás cosas malas.
—¿Y qué voy a aprender, abuela? ¿Qué hay escrito ahí?
—¡Ay!, dice, está descrito en ellos cómo los jóvenes seducen a muchachas virtuosas, cómo ellos, con el pretexto de que quieren casarse con ellas, las sacan de la casa paterna, cómo después abandonan a esas desdichadas muchachas a merced del destino y ellas perecen de la manera más lamentable. Yo, dice la abuela, he leído muchos de esos libros, y todo, dice, está tan hermosamente descrito, que te quedas la noche entera sentada, leyendo en silencio. Así que tú, dice, Nástenka, cuídate de no leer esos. ¿Qué libros, dice, mandó?
—Pues todas novelas de Walter Scott, abuela.
—¿Novelas de Walter Scott? Pero a ver, ¿no habrá por ahí algún romance? Fíjate bien, ¿no metió acaso alguna notita de amor?
—No, digo, abuela, no hay nota.
—Mira en el encuadernado; a veces lo meten en el encuadernado, ¡los bribones!
—No, abuela, tampoco en el encuadernado hay nada.
—Bueno, pues así está bien.
Y empezamos a leer a Walter Scott y en cosa de un mes leímos casi la mitad. Después mandó más y más, mandó a Pushkin, de modo que al final yo ya no podía estar sin libros y dejé de pensar en casarme con un príncipe chino.
Así estaba el asunto, cuando una vez me tocó encontrarme con nuestro inquilino en la escalera. La abuela me había mandado por algo. Él se detuvo, yo me puse colorada, y él se puso colorado; sin embargo se rió, me saludó, preguntó por la salud de la abuela y dice: «Qué, ¿leyeron los libros?». Yo respondí: «Los leímos». «¿Y qué, dice, les gustó más?». Y yo digo: «Ivanhoe y Pushkin fueron los que más gustaron». Por esta vez ahí quedó la cosa.
Una semana después me lo encontré de nuevo en la escalera. Esta vez la abuela no me había mandado, sino que yo misma tenía que ir por algo. Era la una de la tarde, y el inquilino a esa hora llegaba a casa.
«¡Hola!», dice. Yo le digo: «¡Hola!».
—Qué, dice, ¿no te aburres sentada todo el día con la abuela?
Cuando me preguntó eso, yo, sin saber por qué, me puse colorada, me avergoncé, y de nuevo me sentí ofendida, seguramente porque ya otros empezaron a preguntar sobre este asunto. Ya estaba por no responder e irme, pero no tuve fuerzas.
—Escucha, dice, eres una buena muchacha. Perdona que te hable así, pero, te aseguro, te deseo el bien más que tu abuela. ¿No tienes amigas a las que puedas ir de visita?
Le digo que ninguna, que hubo una, Máshenka, pero se fue a Pskov.
—Escucha, dice, ¿quieres ir conmigo al teatro?
—¿Al teatro? ¿Y la abuela?
—Pues tú, dice, sin que la abuela se entere…
—No, digo, no quiero engañar a la abuela. Adiós.
—Bueno, adiós, dice, pero él no dijo nada más.
Solo que después de comer vino a visitarnos; se sentó, habló largo rato con la abuela, le preguntó si salía a alguna parte, si tenía conocidos, —y de pronto dice: «Pues hoy iba a tomar un palco en la ópera; dan El barbero de Sevilla, unos conocidos querían ir, pero después se negaron, y me quedó el billete en las manos».
—«¿El barbero de Sevilla?», gritó la abuela, «¿pero ese no es el mismo Barbero que daban antes?».
—Sí, dice, es el mismo Barbero, —y me echó una mirada. Y yo ya lo había entendido todo, me puse colorada, ¡y el corazón me empezó a latir de expectación!
—Pero cómo, dice la abuela, cómo no saberlo. Yo misma antes hacía de Rosina en el teatro casero.
—¿Así que no quieren ir hoy?, dijo el inquilino. El billete me va a quedar perdido.
—Sí, claro, vamos, dice la abuela, ¿por qué no ir? Mira, mi Nástenka nunca ha ido al teatro.
¡Dios mío, qué alegría! Enseguida nos alistamos, nos arreglamos y fuimos. La abuela aunque es ciega, de todos modos quería escuchar la música, y, además, es una viejita buena: más que nada quería darme gusto a mí, porque nosotras solas nunca nos habríamos decidido. No te voy a decir qué impresión me causó El barbero de Sevilla, solo que durante toda la noche nuestro inquilino me miró tan bien, habló tan bien, que enseguida comprendí que él me había querido poner a prueba por la mañana, al proponerme que fuera sola con él. Bueno, ¡qué alegría! Me acosté tan orgullosa, tan feliz, el corazón me latía tanto, que me dio un poquito de fiebre y toda la noche estuve delirando con El barbero de Sevilla.
Yo pensaba que después de esto él iba a venir con más frecuencia, —pero nada de eso. Casi dejó de venir del todo. Así, una vez al mes, solía venir, y solo para invitarnos al teatro. Fuimos otras dos veces después. Solo que con esto ya estaba del todo descontenta. Yo veía que simplemente le daba lástima de mí por estar así encerrada con la abuela, y nada más. Más y más, y me vino encima algo: ni me sentaba, ni leía, ni trabajaba, a veces me reía y le hacía algo a la abuela por fastidiar, otras veces simplemente lloraba. Por fin adelgacé y casi me enfermé. La temporada de ópera pasó, y el inquilino dejó de venir del todo; cuando nos encontrábamos —siempre en la misma escalera, claro—, él hacía una reverencia tan silenciosa, tan seria, como si no quisiera hablar, y ya bajaba por completo al rellano, y yo todavía estaba en medio de la escalera, roja como una cereza, porque toda la sangre me subía a la cabeza cuando me encontraba con él.
Ahora mismo va el final. Hace exactamente un año, en el mes de mayo, el inquilino vino y le dijo a la abuela que ya había terminado aquí completamente sus asuntos y que debía irse de nuevo a Moscú por un año. Yo, cuando lo oí, palidecí y caí en la silla como muerta. La abuela no notó nada, pero él, después de anunciar que se iba de nuestra casa, nos hizo una reverencia y se fue.
¿Qué hacer? Yo pensé y pensé, me angustié y angustié, y al final decidí. Mañana él se va, y yo resolví que acabaría con todo por la noche, cuando la abuela se fuera a dormir. Y así fue. Até en un pañuelo toda la ropa que tenía, cuanta ropa interior necesitaba, y con el pañuelo en las manos, ni viva ni muerta, fui al altillo donde nuestro inquilino. Creo que tardé una hora entera en subir la escalera. Cuando le abrí la puerta, él gritó al verme. Pensó que yo era un fantasma, y corrió a traerme agua, porque apenas podía tenerme en pie. El corazón me latía tanto que me dolía la cabeza, y mi razón se oscureció. Cuando volví en mí, empecé directamente por poner mi pañuelo en su cama, me senté al lado, me tapé la cara con las manos y rompí a llorar a mares. Él, parece, entendió todo al instante y estaba de pie frente a mí pálido y mirándome tan tristemente que se me desgarró el corazón.
—Escucha, —empezó él—, escucha, Nástenka, no puedo hacer nada; soy un hombre pobre; por ahora no tengo nada, ni siquiera un trabajo decente; ¿cómo vamos a vivir, aunque me casara contigo?
Hablamos largo rato, pero yo finalmente llegué al frenesí, dije que no podía vivir con la abuela, que me escaparía de ella, que no quería que me prendieran con un alfiler, y que yo, si él quería, me iría con él a Moscú, porque sin él no podía vivir. Y la vergüenza, y el amor, y el orgullo —todo hablaba a la vez en mí, y casi caí en convulsiones sobre la cama. Tenía tanto miedo del rechazo.
Él se quedó sentado callado varios minutos, después se levantó, se acercó a mí y me tomó de la mano.
—Escucha, mi buena, mi querida Nástenka, —empezó él también entre lágrimas—, escucha. Te juro que si alguna vez estoy en condiciones de casarme, entonces serás tú sin falta quien haga mi felicidad; te aseguro que ahora solo tú puedes hacer mi felicidad. Escucha: me voy a Moscú y estaré allá exactamente un año. Espero arreglar mis asuntos. Cuando regrese, y si no has dejado de amarme, te juro que seremos felices. Ahora es imposible, no puedo, no tengo derecho de prometer nada. Pero, repito, si dentro de un año esto no se hace, entonces algún día sin falta será; por supuesto, en el caso de que no me prefieras a otro, porque atarte con alguna palabra no puedo ni debo.
Eso fue lo que me dijo y al día siguiente se fue. Quedamos de acuerdo en no decirle nada de esto a la abuela. Así lo quiso él. Bueno, ahora ya casi terminó toda mi historia. Pasó exactamente un año. Él llegó, ya lleva tres días aquí y, y…
—¿Y qué? —grité con impaciencia por oír el final.
—¡Y hasta ahora no ha aparecido! —respondió Nástenka, como reuniendo fuerzas—, ni se le oye ni se le ve…
Aquí se detuvo, calló un poco, bajó la cabeza y de pronto, cubriéndose con las manos, se echó a sollozar de tal modo que se me dio vuelta el corazón con esos sollozos.
Yo no esperaba semejante desenlace.
—Nástenka, —empecé con voz tímida y persuasiva—, Nástenka, por Dios, no llores. ¿Cómo lo sabes? Tal vez él todavía no ha…
—¡Está aquí, está aquí! —me interrumpió Nástenka—. Él está aquí, lo sé. Teníamos un acuerdo, entonces todavía, aquella noche, la víspera de su partida: cuando ya habíamos dicho todo lo que te he contado, y acordamos, salimos a caminar por aquí, precisamente por este malecón. Eran las diez; nos sentamos en este banco; yo ya no lloraba, me era dulce escuchar lo que él decía… Me dijo que apenas llegara vendría a vernos y que si yo no me negaba, le diríamos todo a la abuela. Ahora él llegó, lo sé, ¡y no está, no está!
Y volvió a romper en llanto.
—¡Dios mío! ¿Es que no se puede ayudar en nada? —grité, saltando del banco en completa desesperación—. Dime, Nástenka, ¿no sería posible que yo fuera a verlo?
—¿Acaso es posible? —dijo ella, levantando de pronto la cabeza.
—No, por supuesto que no —observé, recapacitando—. Pero mira: escribe una carta.
—No, eso es imposible, eso no se puede —respondió ella resueltamente, pero ya bajando la cabeza y sin mirarme.
—¿Cómo que no se puede? ¿Por qué no se puede? —continué, aferrándome a mi idea—. Pero, mira, Nástenka, ¡qué clase de carta! Una carta es diferente de otra y… ¡Ah, Nástenka, es así! Confía en mí, confía. No te voy a dar un mal consejo. Todo esto se puede arreglar. Tú diste el primer paso, ¿por qué ahora…?
—No se puede, no se puede. Entonces parecería que me estoy imponiendo…
—¡Ah, mi buena Nástenka! —interrumpí, sin ocultar una sonrisa—, no, no; tú, al final, tienes derecho, porque él te lo prometió. Y por todo veo que es un hombre delicado, que actuó bien —continué, entusiasmándome cada vez más por la lógica de mis propios argumentos y convicciones—. ¿Cómo actuó él? Se comprometió con una promesa. Dijo que no se casaría con nadie más que contigo, si es que se casa; pero a ti te dejó plena libertad de rechazarlo aunque sea ahora mismo… En tal caso tú puedes dar el primer paso, tienes derecho, tienes ventaja sobre él, aunque sea, por ejemplo, si quisieras liberarlo de la palabra dada…
—Escucha, ¿cómo escribirías tú?
—¿Qué?
—Pues esta carta.
—Yo escribiría así: «Distinguido señor…».
—¿Eso es indispensable, distinguido señor?
—¡Indispensable! Aunque, ¿por qué no? Yo creo…
—Bueno, bueno, ¡sigue!
—«Distinguido señor:
Perdóneme que yo…». Aunque no, no hacen falta disculpas. El mismo hecho lo justifica todo, escribe simplemente:
«Le escribo. Perdone mi impaciencia; pero todo un año fui feliz con la esperanza; ¿tengo yo la culpa de no poder soportar ahora ni un día de duda? Ahora, cuando ya ha llegado, tal vez haya cambiado sus intenciones. Entonces esta carta le dirá que no me quejo ni lo acuso. No lo acuso de que no tenga poder sobre su corazón; ese es mi destino.
Usted es un hombre noble. No sonreirá ni se molestará por mis líneas impacientes. Recuerde que las escribe una muchacha pobre, que está sola, que no tiene a nadie que la instruya ni la aconseje y que nunca supo dominar su propio corazón. Pero perdóneme que en mi alma se haya colado, aunque sea por un instante, la duda. Usted no es capaz ni siquiera en pensamiento de ofender a quien tanto lo amó y lo ama».
—¡Sí, sí! ¡Es exactamente como yo pensaba! —gritó Nástenka, y la alegría brilló en sus ojos—. ¡Oh! Has resuelto mis dudas, ¡Dios te envió a mí! Gracias, gracias.
—¿Por qué? ¿Por qué Dios me envió? —respondí, mirando con entusiasmo su carita radiante.
—Sí, aunque sea por eso.
—¡Ay, Nástenka! Es que a veces agradecemos a ciertas personas aunque sea por vivir junto a nosotros. Te agradezco por haberte encontrado, por poder recordarte toda mi vida.
—Bueno, basta, basta. Y ahora esto, escucha: entonces teníamos el acuerdo de que apenas llegara, enseguida me daría aviso de sí dejándome una carta en un lugar, en casa de unos conocidos míos, gente buena y simple, que no saben nada de esto; o si no se pudiera escribirme una carta, porque en una carta no siempre se puede contar todo, entonces el mismo día que llegara vendría aquí exactamente a las diez, donde acordamos encontrarnos. Ya sé que llegó; pero ya van tres días y no hay ni carta ni él. Salir de casa de la abuela por la mañana no puedo de ninguna manera. Entrega tú mismo mañana mi carta a esa gente buena de la que te hablé: ellos la reenviarán; y si hay respuesta, tú mismo la traes mañana por la noche a las diez.
—Pero la carta, ¡la carta! Primero hay que escribir la carta. Así que todo esto será pasado mañana.
—La carta… —respondió Nástenka, un poco confundida—, la carta… pero…
Pero no terminó. Primero volvió su carita hacia otro lado, se puso roja como una rosa, y de pronto sentí en mi mano una carta, al parecer ya escrita hace tiempo, completamente lista y sellada. Un recuerdo familiar, dulce, gracioso pasó por mi cabeza.
—R, o —Ro, s, i —si, n, a —na, —comencé.
—¡Rosina! —cantamos los dos, yo casi abrazándola de entusiasmo, ella poniéndose colorada cuanto podía ponerse colorada, y riendo entre lágrimas que, como perlas, temblaban en sus negras pestañas.
—Bueno, basta, basta. Adiós ahora —dijo precipitadamente—. Aquí tienes la carta, aquí está la dirección adonde llevarla. ¡Adiós! ¡Hasta mañana!
Me apretó con fuerza ambas manos, movió la cabeza y pasó como una flecha por su callejuela. Yo me quedé largo rato en el sitio, siguiéndola con los ojos.
«¡Hasta mañana! ¡Hasta mañana!», resonó en mi cabeza cuando desapareció de mi vista.
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