Parte 6Los regalos envenenados
¿Qué dices? ¿Estás en tu sano juicio? ¿No deliras, mujer? ¿Te alegras al saber la ruina del palacio real? ¿No temes las consecuencias?
MEDEA.— Algo podría replicarte; pero no te exasperes demasiado, amigo, sino cuéntame cómo han perecido; doble será nuestro placer si su muerte fue la más horrible.
EL MENSAJERO.— Cuando llegaron tus dos hijos con su padre y entraron en el palacio nupcial, nos alegramos todos los servidores, que deplorábamos tus desgracias; de uno en otro circuló enseguida el rumor de que te habías reconciliado con tu esposo. Uno besaba la mano, otro la rubia cabellera de tus hijos; y yo, lleno de alegría, los acompañé hasta el aposento de las mujeres. La dueña a quien ahora servimos en tu lugar, antes de que llegaran tus dos hijos miraba a Jasón con amor; después veló su rostro, y volvió a otro lado sus blancas mejillas, mostrando su disgusto al entrar tus hijos. Pero tu esposo se esforzaba en aplacar el mal humor y la ira de la doncella, diciéndole: «No seas enemiga de quienes me aman; mitiga tu ira y vuelve hacia aquí tu cabeza, y ten por amigos a quienes son amigos de tu esposo; acepta estos regalos, y ruega a tu padre que por mí revoque el destierro de mis hijos». Ella, al ver tu obsequio, no resistió más, sino que prometió a Jasón hacer cuanto deseaba, y antes de que salieran los tres del palacio, tomó en sus manos el bello vestido y se lo puso, y adornó sus rizos con la corona de oro, sonriéndose al contemplar en el espejo su hermosa imagen. Y después, levantándose del trono, se paseaba por el palacio y andaba lenta y majestuosamente, satisfecha de los regalos, y mirándose y remirándose desde los pies a la cabeza. Al poco tiempo presenciamos un espectáculo horrible: se le alteró el color, retrocedió vacilante, tembló todo su cuerpo, y apenas pudo llegar al trono, cayendo enseguida en tierra. Una de sus viejas servidoras, creyendo que le acometía el furor de Pan o de algún otro dios, dio un grito cuando observó que arrojaba por la boca blanca espuma, y que se extraviaban sus ojos y la sangre desaparecía de su cuerpo, y prorrumpió en terribles clamores. Una corrió en aquel momento al palacio de su padre, otra en busca de su esposo, a anunciarles esta desgracia; todo era confusión, voces y carreras. Un corredor ágil habría tocado con su carro la meta recorriendo seis pletros con paso rápido, mientras ella, con los ojos cerrados y sin vida, gemía con pena, despertando al fin presa de dos graves males. La corona de oro que llevaba en la cabeza despedía llamas sobrenaturales que todo lo devoraban, y el fino vestido, regalo de tus hijos, se cebaba en las blancas carnes de la desventurada. Huyó, por fin, levantándose del trono ardiendo, y sacudía sus cabellos a uno y otro lado, pugnando por arrojar la corona; pero el oro, firmemente adherido a ella, no cedía, y el fuego, después de agitar sus cabellos, estallaba con doble fuerza. Cayó, por último, en tierra, vencida por el mal y horriblemente desfigurada, hasta el punto de que solo su padre podía reconocerla. No se distinguían bien sus ojos; su rostro había perdido toda su gracia; de su cabeza corría sangre mezclada con fuego, y la carne, como gotas de pez, se desprendía a pedazos de los huesos por la fuerza invisible del veneno, ofreciendo un espectáculo horrendo. Nadie osaba tocar el cadáver, temiendo participar de su desgracia. Pero su infortunado padre, que nada sabía de su mal, entró en el aposento de repente y se abalanzó sobre la muerta, y dio grandes alaridos, y abrazándola y besándola, decía: «¡Oh hija desventurada! ¿Qué dios te ha perdido tan miserablemente? ¿Quién acompañará a tu viejo padre a la pira, si tú mueres? ¡Ay de mí! ¡Que perezca yo contigo, oh hija!». Después que cesaron sus gemidos y lágrimas y quiso levantarse, se vio adherido al fino vestido, como la hiedra a las ramas del laurel. Hubo una lucha horrible: pugnaba por alzar la rodilla, y los paños, firmemente unidos a ella, lo impedían, y cuando forcejeaba, sus viejas carnes se separaban de sus huesos. Al fin exhaló el alma el desdichado, rendido por el dolor. Yacen, pues, muertos los dos, la hija y su anciano padre, el uno junto al otro, calamidad que pide a voces lágrimas. Tú discurrirás el medio de salvarte, que yo nada puedo aconsejarte. Atormenta tu ingenio para evitar el castigo que te amenaza. No es ahora la primera vez que pienso que los proyectos de los mortales son solo humo, ni vacilo en afirmar que quienes se tienen por sabios y se consagran a investigar la razón de las cosas, son quienes más torpezas cometen. Nadie es feliz: si llega a poseer grandes riquezas, podrá serlo más que otro, pero nunca enteramente.
EL CORO.— No parece sino que un dios ha acumulado en este solo día merecidos males contra Jasón. ¡Oh hija desventurada de Creonte!, ¡cuánto deploramos tu desgracia, pues que, por casarte con Jasón, has bajado al palacio del dios de las tinieblas!
MEDEA.— He resuelto, amigas, matar cuanto antes a mis hijos y huir de esta tierra, y no perderé el tiempo encomendando su muerte a manos más enemigas; sin remedio deben morir, y como es preciso, yo que los parí, los mataré también. Ea, pues, ármate de valor. ¿Por qué titubeo en perpetrar males crueles, pero necesarios? Anda, mísera mano mía, empuña, empuña el acero, pisa la triste meta de la vida, y no seas cobarde ni te acuerdes de tus hijos, a quienes tanto amas porque los diste a luz; olvídate, en este breve día, de que los tienes y llora después, que, aunque los mates, siempre te fueron caros y siempre fuiste una mujer infeliz.
EL CORO.— Estrofa.— Invocamos a la Tierra y a los rayos del Sol, que todo lo alumbran; ved, contemplad aquella mujer desventurada antes de que llene sus manos de sangre infanticida. De ti descienden sus hijos, Febo de cabellos de oro, y es horrible que la mano de los hombres derrame sangre de dioses. Refrénala, ¡oh luz divina!, detenla; arroja de este palacio a la sanguinaria y mísera Furia, inspirada por fatídicas deidades.
Antístrofa.— En vano los dio a luz con dolores, en vano fuiste tronco de amada prole, ¡oh tú, que atravesaste los escollos inhospitalarios de las cerúleas Simplégades! ¡Oh infortunada! ¿Qué grave ira se ha apoderado de tu corazón, qué rabia fatal, sedienta de sangre, te ha trastornado? Funesta expiación amenaza a los mortales cuando riegan la tierra con sangre de sus parientes, y para castigo de los parricidas el cielo envía a las familias calamidades proporcionadas a la pena que merecen.
PRIMER NIÑO.—
(Desde dentro.)
¡Ay de mí! ¿Qué haré? ¿Adónde huiré de mi madre?
SEGUNDO NIÑO.— No lo sé, hermano muy querido; ¡vamos a morir!
EL CORO.— ¿Oyes, oyes el clamor de sus hijos? ¡Oh mísera e infeliz mujer! ¿Entraré en el palacio? Salvemos a sus hijos de la muerte.
(El coro se detiene viendo cerradas las puertas.)
LOS NIÑOS.— ¡Pero socorrednos, por los dioses! ¿Vendréis a tiempo? Ya el puñal nos amenaza de cerca.
EL CORO.— ¿Eres, ¡oh miserable!, piedra o hierro, para segar con tu mano infanticida la vida de los hijos que diste a luz? Solo sé de una, solo sé de una mujer de los pasados tiempos que matase a sus hijos; solo sé de Ino, enloquecida por orden divina, cuando la esposa de Zeus la arrojó de su palacio y trastornó su juicio, y la miserable se precipitó al mar por el impío asesinato de sus hijos, saltando desde la orilla y pereciendo al mismo tiempo que ellos. ¿Puede suceder nada más horrible? ¡Oh funestos matrimonios, cuántos males habéis acarreado a los hombres!
JASÓN.— Mujeres que rodeáis ese palacio, ¿está en él esa Medea que ha cometido tantos horrores? Necesario es que se esconda en los abismos de la tierra, o que, cual ave, se lance a las aéreas regiones, para que no pague la pena que merece por su delito contra la familia real. ¿Cree acaso, después de dar muerte a los soberanos de esta región, que podrá escapar impune? Pero no tanto vengo por ella como por mis hijos; que la castiguen quienes han sufrido esos males. Mi objetivo es salvar la vida de mis hijos, no sea que se venguen en ellos los parientes de Creonte, en represalia de la nefanda maldad que ha cometido su madre.
EL CORO.— ¡Oh infeliz Jasón!, aún ignoras, sin duda, las desgracias que te aguardan; de no ser así, no hablarías como hablas.
JASÓN.— ¿Qué hay? ¿Quiere matarme también?
EL CORO.— Tus hijos han muerto a manos de su madre.
JASÓN.— ¡Ay de mí! ¿Qué dices? ¡Oh, mujer, cómo me has afligido!
EL CORO.— No olvides que ya han muerto tus hijos.
JASÓN.— ¿Dónde los ha asesinado? ¿Dentro o fuera del palacio?
EL CORO.— Abre las puertas y los verás muertos.
JASÓN.— Abrid cuanto antes las puertas, servidores; quitad las barras para que contemple dos males a un tiempo y vea a mis dos hijos muertos, y para que los vengue y muera también a mis manos.
MEDEA.—
(Aparece en un carro tirado por dragones con los cadáveres de sus hijos.)
¿Por qué sacudes y das golpes en las puertas buscando los cadáveres de tus hijos, y a mí, que los he asesinado? No te molestes. Si me necesitas, dime lo que quieres: jamás me tocarán tus manos, porque el Sol, padre de mi padre, me ha dado un carro que me protegerá contra mis enemigos.
JASÓN.— ¡Oh, rabia! ¡Mujer odiosa, mujer la más detestada de los dioses, de mí y de toda la especie humana, que has osado hundir el puñal en el corazón de tus propios hijos, en los mismos que diste a luz, y me dejas huérfano, y ves la tierra y el sol a pesar de tu impiedad maldita! ¡Ojalá que mueras! Ahora te conozco, no cuando de un palacio y de un país bárbaro te traje a la Grecia, a ti, que eres el más terrible azote, y has hecho traición a tu padre y a la tierra que te crió. Obra es de los dioses que me arrastrara tu fatal destino cuando asesinaste a tu hermano junto a los altares y te embarcaste en la nave Argo, de bella proa. Tales fueron tus primeras hazañas: te casaste conmigo, y después que diste a luz mis hijos, los mataste llevada de tu odio y de tu envidia hacia mi segunda esposa. Ninguna griega lo habría osado jamás; te preferí a ellas, y fuiste mi compañera; enlace fatal y pernicioso para mí, que eres leona, no mujer, de índole más fiera que la tirrena Escila. Pero vanamente te insultaría con millares de lenguas, siendo tan grande tu impudencia: ojalá que mueras, infame como ninguna, y además manchada con la sangre de tus hijos. Solo puedo ahora deplorar mi suerte, porque ni he disfrutado de mi segundo himeneo, ni podré ya hablar con los hijos que engendré y eduqué, habiéndolos perdido.
MEDEA.— Largamente replicaría a cuanto acabas de decir si el padre Zeus no conociera los beneficios que de mí has recibido y tu negra ingratitud. El destino no podía permitir que, despreciándome, tú y tu real cónyuge vivierais felices, insultándome ambos, ni tampoco que Creonte, que te dio la mano de su hija, me desterrara de aquí impune. Si te agrada, llámame, pues, leona o Escila, que habita en la costa tirrena, pues te he herido en el corazón como merecías.
JASÓN.— Tú también sufres, y participas de mis males.
MEDEA.— Puedes estar seguro de ello; sin embargo, es dolor que me agrada porque no te ríes.
JASÓN.— ¡Oh hijos! ¡Qué madre tan perversa os tocó en suerte!
MEDEA.— ¡Oh hijos! ¡Cómo habéis muerto por culpa de vuestro padre!
JASÓN.— Pero seguramente no los mató mi diestra.
MEDEA.— No tu diestra, pero sí tu injusticia y tu segundo matrimonio.
JASÓN.— ¿Y te resolviste a asesinarlos para vengarte de mi enlace?
MEDEA.— ¿Es acaso leve desgracia para una mujer?
JASÓN.— Sí, si es modesta; pero para ti todo es grave.
MEDEA.— Ya murieron; bastante será tu tormento.
JASÓN.— Dioses hay vengadores que te castigarán.
MEDEA.— Ellos saben a quién debe imputarse todo.
JASÓN.— De seguro conocen a fondo tu abominable corazón.
MEDEA.— Te odio, y me burlo de tus palabras amargas.
JASÓN.— Y yo de las tuyas; fácil es nuestra separación.
MEDEA.—
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