Parte 2Medea ante las mujeres de Corinto
Ya no existe; merced a estos sucesos ha desaparecido. Él duerme ahora en regio lecho nupcial; la esposa se consume en su alcoba, y no tiene amigos que la consuelen.
MEDEA.— (Desde dentro.) ¡Ay, ay! ¡Que el fuego del cielo me abrase! ¿Qué gano yo con vivir? ¡Ay, ay! ¡Que la muerte me arrebate esta triste vida!
EL CORO.— ¿No habéis oído, Zeus, Tierra y Luz, las voces de la infeliz esposa? ¿No ves que tu insaciable deseo al verte sola en tu lecho, ¡oh insensata!, precipitará tu muerte? Vano será tu anhelo. Si tu marido descansa en nuevo lecho, no te enfurezcas contra él, que Zeus te vengará. No te contristes más de lo justo llorando a tu compañero.
MEDEA.— (Desde dentro.) ¡Oh magna Temis y reverenda Ártemis! ¿Veis lo que sufro a pesar de los sagrados juramentos que ligan a mi execrable esposo? Ojalá que lo vea con su esposa (ya que han osado ofenderme primero) bajo las ruinas de su palacio, ¡oh ciudad!, ¡oh padre!, a quienes abandoné torpemente después de matar a mi hermano.
LA NODRIZA.— Ya oís lo que dice, y cómo invoca a Temis y a Zeus, a quienes los hombres miran como defensores de los juramentos. No es posible que mi señora aplaque fácilmente sus iras.
EL CORO.— Ojalá que Medea se presente y atienda mis ruegos, si se ha de mitigar su furiosa ira y los ímpetus de su rabia. Nunca faltaré yo a los deberes de la amistad. Ve, pues, y sácala de su palacio, y dile que la amamos; apresúrate, antes que descargue su furor en los que están dentro; las lágrimas corren aquí con furia.
LA NODRIZA.— Así lo haré, aunque no tengo confianza en persuadir a mi señora; os complaceré, sin embargo, aunque se lanza contra sus servidores como leona recién parida, si alguno se acerca a hablarle. No errarás si llamas necios e imprudentes a los hombres de los pasados tiempos, que para regocijo de la vida inventaron los himnos en fiestas, banquetes y cenas, y ninguno intentó disipar con la música o el canto, acompañado de muchas liras, los males verdaderos, y por eso los asesinatos y las más fatales desgracias arruinan a las familias. Ventajoso hubiera sido curar con el canto los males de los hombres; porque en un alegre festín, ¿a qué modular la voz agradablemente? El festín solo, si es espléndido, deleita a los mortales.
EL CORO.— He oído lúgubres clamores, he oído lamentos; quéjase amargamente del traidor a quien dio su mano, de su malvado esposo. Llena de ignominia invoca a Temis, hija de Zeus, defensora de los juramentos, que la arrastró a la Grecia enfrente de su patria, atravesando de noche los mares hasta llegar a este salado y marino estrecho, de difícil paso.
MEDEA.— Salgo de mi palacio, ¡oh mujeres corintias!, para que no me reprochéis nada. Sé bien que algunos que viven en el extranjero, lejos de su patria, son orgullosos, y que otros, de costumbres apacibles y olvidadizos de ella, pasan tranquilamente la vida. No mora la justicia en los ojos de los hombres, pues antes de conocer a fondo a los demás, odian a la simple vista, sin ser provocados a ello por injuria alguna. El que recibe hospitalidad debe adoptar las costumbres de la ciudad que se la da, pues no alabo al ciudadano, sea el que fuere, de arrogante índole que con su necedad molesta a sus conciudadanos. Este mal, que me ha sobrevenido cuando no lo esperaba, ha desgarrado mi corazón acabando conmigo, y como la vida no tiene ya atractivo para mí, deseo morir, ¡oh amigas! Mi esposo, el peor de los hombres, me ha abandonado, cuando en él tenía cifrada mi mayor dicha; de todos los seres que sienten y conocen, nosotras las mujeres somos las más desventuradas, porque necesitamos comprar primero un esposo a costa de grandes riquezas y darle el señorío de nuestro cuerpo; y este mal es más grave que el otro, porque corremos el mayor riesgo, exponiéndonos a que sea bueno o malo. No es honesto el divorcio en las mujeres, ni posible repudiar al marido. Habiendo de observar nuevas costumbres y nuevas leyes, como son las del matrimonio, es preciso ser adivina (no habiéndolas aprendido antes, como sucede, en efecto) para saber cómo nos hemos de conducir con nuestro esposo. Si congenia con nosotras (y es la mayor dicha) y sufre sin repugnancia el yugo, es envidiable la vida; si no, vale más morir. El hombre, cuando se halla mal en su casa, se sale de ella y se liberta del fastidio o en la del amigo, o en la de sus compañeros; mas la necesidad nos obliga a no poner nuestra esperanza más que en nosotras mismas. Verdad es que dicen que pasamos la vida en nuestro hogar libres de peligros, y que ellos pelean con la lanza; pero piensan mal, que más quisiera yo empuñar tres veces el escudo que parir una sola. Pero tu suerte es distinta de la mía, y contigo no rezan mis palabras; esta es tu patria, este tu hogar paterno, y aquí disfrutas de las comodidades de la vida y del trato de los amigos; yo sin ellos, desterrada, sufriendo afrentas de mi marido, que me robó de un país bárbaro, no tengo madre, ni hermano, ni parientes que me consuelen en esta calamidad. Solo, pues, desearía que me indicases algún medio de vengarme de estos males que mi esposo me causa, y del que le dio a su hija en matrimonio, y de ella, y que lo calles. Porque la mujer es siempre tímida, cobarde en la lucha, y sin ánimo para mirar tranquilamente el acero; pero cuando la injuria que recibe afecta a su lecho conyugal, no hay nadie más cruel.
EL CORO.— Haré lo que dices; con razón debes vengarte de tu esposo, ¡oh Medea! No me admira que llores tu desgracia. Pero veo a Creonte, señor de esta tierra, que se acerca a anunciarte sin duda nuevas órdenes.
CREONTE.— Te mando, Medea de torva mirada, llena de ira contra tu esposo, que salgas desterrada, llevándote tus dos hijos, y sin dilatarlo un instante; que soy aquí soberano, y no volveré a mi palacio antes de expulsarte de los confines de este país.
MEDEA.— ¡Ay, ay! ¡Completa es mi desventura! ¡Muerta soy! Ya mis enemigos largan todas las velas y no hay remedio contra estos males. Pero dime, ¡oh Creonte!, a pesar de tu odioso comportamiento: ¿por qué me destierras?
CREONTE.— Temo (dejándome de rodeos) que infieras a mi hija algún daño irreparable. Muchas son las causas de mi temor; eres astuta, maestra en artificios, y sientes que tu esposo haya abandonado tu lecho; sé que profieres amenazas, según dicen, y que no disimulas tu propósito de vengarte de mí por haber casado a mi hija, y del esposo y de la esposa. Cuidaré, pues, de que no suceda. Más quiero incurrir en tu odio, ¡oh mujer!, que arrepentirme inútilmente de mi condescendencia.
MEDEA.— ¡Ay, ay! No ahora solo, ¡oh Creonte!, sino muchas veces, me ha perjudicado mi mala reputación y me ha acarreado graves males. Nunca conviene que el hombre de recto juicio enseñe a sus hijos demasiada sabiduría, porque además de ganar fama de holgazanes, concitan contra sí la envidia de sus conciudadanos. Si enseñas a los necios nuevas y profundas doctrinas, creerán que para nada sirves y que no eres sabio; y hasta aquellos que estiman lo que sabes, si te creen superior, te aborrecerán porque los molestas. Te ofrezco una prueba de lo que digo: por mi saber me envidian unos (estos me llaman ociosa, aquellos perversa), y para otros soy pesada carga, y sin embargo, no sé demasiado. Tú temes sufrir de mí algún daño injusto. No es ese mi pensamiento, ¡oh Creonte!; no receles que yo ofenda a tan ilustres personajes. ¿Qué iniquidades has perpetrado contra mí casando a tu hija, atento solo a su inclinación? A quien detesto es a mi marido; pero según creo, has obrado con prudencia. Y ahora no llevo a mal que salga todo a medida de tu deseo: que se casen, que aquí reinen la felicidad y el bienestar; pero déjame vivir en Corinto; yo callaré a pesar de mi afrenta, y cederé a la fuerza.
CREONTE.— Me agrada oír lo que dices; pero temo que fragües alguna maldad, y ahora tengo en ti menos confianza que antes, porque la mujer de pronta cólera, lo mismo que el hombre, es menos temible que quien calla y solapadamente forma propósito de vengarse. Vete, pues, cuanto antes y no me hables más; así lo he mandado y no hallarás medio de quedarte entre nosotros, siendo mi enemiga.
MEDEA.— ¡Oh, no, por tus rodillas y por tu hija recién casada!
CREONTE.— Hablas en balde; nunca lograrás persuadirme.
MEDEA.— ¿Y me expulsarás de aquí y desoirás mis súplicas?
CREONTE.— No te prefiero a mi familia.
MEDEA.— ¡Cuánto, ¡oh patria!, me acuerdo de ti ahora!
CREONTE.— Fuera de mis hijos, lo que más amo es mi ciudad.
MEDEA.— ¡Ay, ay! ¡Qué grave mal es el amor en los hombres!
CREONTE.— En mi juicio, según sea su fortuna.
MEDEA.— ¡Oh Zeus, no olvides al autor de estos males!
CREONTE.— Vete, insensata, y líbrame de cuidados.
MEDEA.— Bastante tengo con los míos; no necesito más.
CREONTE.— Pronto te desterrarán a la fuerza los de mi séquito.
MEDEA.— No lo hagas; yo te lo suplico, ¡oh Creonte!
CREONTE.— No me molestes más, como llevas trazas de hacerlo.
MEDEA.— Huiré; no es eso lo que te pido.
CREONTE.— ¿A qué, pues, te opones y no te alejas?
MEDEA.— Concédeme de plazo este solo día, y pensaré en dónde he de refugiarme con mis hijos, ya que su padre no se cuida de ellos; compadécete de su suerte, que tú también los tienes; míralos con agrado. Poco me curo de mí y de mi destierro, pero deploro su mala fortuna.
CREONTE.— No es tiránica mi índole natural, y muchas veces me ha perdido mi bondad. Y veo que no obro bien ahora, ¡oh mujer!, y sin embargo, lograrás lo que deseas; pero advierto que morirás si te llega a alumbrar aquí o a tus hijos la antorcha del sol que ha de lucir mañana: lo dicho dicho está, y no me volveré atrás. Ahora, si te conviene quedarte aquí, quédate por un solo día, que no podrás cometer ningún crimen de los que temo.
EL CORO.— ¡Infeliz mujer! ¡Ay, ay, cuántos son tus dolores! ¿Adónde te encaminarás al fin? ¿Quién te dará hospitalidad, qué techo te cobijará, qué tierra podrás encontrar que te libre de males? ¡En peligrosa borrasca, ¡oh Medea!, te han lanzado los dioses!
MEDEA.— Me rodean solo desdichas: ¿quién podrá contradecirlo? Pero no será como pensáis, no. Nuevas luchas aguardan a los esposos y no pocos trabajos a los suegros. ¿Crees, acaso, que yo le habría hablado nunca con tanta dulzura sino por ganar tiempo y vengarme? Me hubiera callado, absteniéndome de tocar sus manos. Tan grande es su insensatez que, pudiendo desbaratar mis proyectos, desterrándome de aquí ahora, me ha concedido el plazo de un día, que bastará para dar muerte a tres enemigos míos: al padre, a la hija y a mi esposo. Aunque tengo muchos medios de hacerlos morir, no sé, ¡oh amigas!, cuál emplearé primero: si incendiaré el palacio nupcial, o si los atravesaré con el afilado acero, entrando ocultamente en el aposento en que está preparado el lecho nupcial. Solo un obstáculo me detiene: si al cumplir mi propósito me prenden, se regocijarán con mi muerte. Lo mejor es matarlos con veneno, en cuyo arte soy maestra.
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