Parte 4Jasón y Egeo
CORO.— Antístrofa primera: Que mi recompensa sea la continencia, el más hermoso regalo de los dioses. Que jamás me obligue la poderosa Afrodita a tomar parte en luchas de resultado dudoso, ni en insaciables combates que trastornan el alma con envidia de lecho ajeno, sino que me conceda vivir en pacífico matrimonio y distinguir con claridad los lechos de las demás esposas.
CORO.— Estrofa segunda: ¡Oh patria y familia mía! Que jamás sea desterrada, teniendo que pasar la vida en la indigencia, víctima de los más miserables trabajos. Que la muerte, que la muerte me arrebate antes de que llegue ese día. No hay mayor mal que habitar lejos de la patria.
CORO.— Antístrofa segunda: Lo vemos con nuestros ojos; no hablamos por lo que otros nos dijeron. Ni tu ciudad ni ninguno de tus amigos se ha compadecido de tus gravísimos infortunios. Que perezca el miserable, sea quien sea, que no honre a sus amigos y no les entregue la llave de su puro corazón. Nunca lo será para mí.
EGEO.— Salve, Medea; no hay más bello comienzo para hablar a los que amamos.
MEDEA.— Salve tú también, Egeo, hijo del prudente Pandión. ¿De dónde vienes?
EGEO.— De visitar el antiguo oráculo de Febo.
MEDEA.— ¿Para qué has ido al fatídico centro de la tierra?
EGEO.— Llevado de mi deseo de tener hijos.
MEDEA.— Por los dioses, ¿todavía arrastras sin ellos la vida?
EGEO.— Sin hijos seguimos por decreto de algún dios.
MEDEA.— ¿Y estando casado vives sin tu esposa?
EGEO.— No carecemos de lecho conyugal.
MEDEA.— ¿Y qué te ha dicho Febo?
EGEO.— Palabras demasiado sublimes para que un hombre las entienda.
MEDEA.— ¿Podría yo conocer el oráculo del dios?
EGEO.— Sin duda, y con tanta más razón cuanto que se necesita para comprenderlo ingenio sagaz.
MEDEA.— ¿Qué respondió, pues? Dilo, si es que puedo oírlo.
EGEO.— Que no saque mi pie de los odres.
MEDEA.— ¿Antes de que hagas alguna otra cosa, o de que llegues a algún país?
EGEO.— Antes de volver al hogar paterno.
MEDEA.— ¿Y por qué causa has navegado a este país?
EGEO.— Hay aquí un cierto Piteo, rey de Trecén.
MEDEA.— Según dicen, el más piadoso de los hijos de Pélope.
EGEO.— Quiero comunicarle el oráculo del dios.
MEDEA.— Es un varón sabio, y muy perito en tales interpretaciones.
EGEO.— Y el más amado de todos mis huéspedes.
MEDEA.— Que seas feliz, y que consigas lo que deseas.
EGEO.— ¿Qué ha nublado tus ojos y consumido tu cuerpo?
MEDEA.— ¡Oh Egeo, mi esposo es el más malvado de todos los hombres!
EGEO.— ¿Qué dices? Cuéntame con franqueza tus penas.
MEDEA.— Jasón me ha cubierto de oprobio sin sufrir de mí mal alguno.
EGEO.— ¿Cuál es su crimen? Dímelo más claramente.
MEDEA.— Ha tomado otra esposa para que gobierne su casa.
EGEO.— ¿Y cómo se ha atrevido a cometer tan vergonzosa maldad?
MEDEA.— Pero no deja de ser cierta: llena estoy de ignominia, cuando antes me amaba.
EGEO.— ¿Enamorado de ella, o harto ya de tu lecho?
MEDEA.— Cediendo a su amor vehemente: no era leal con sus amigos.
EGEO.— Váyale, pues, bien si, como dices, es un malvado.
MEDEA.— Quiso casarse con hijas de reyes.
EGEO.— ¿Quién se la da en matrimonio? Acaba de decírmelo.
MEDEA.— Creonte, que reina en Corinto.
EGEO.— Disculpable era sin duda tu dolor, ¡oh mujer!
MEDEA.— No puedo soportarlo, y además me destierran de este país.
EGEO.— ¿Quién? Ese es otro nuevo mal.
MEDEA.— Creonte me destierra de Corinto.
EGEO.— ¿Y Jasón lo consiente? No alabo su conducta.
MEDEA.— Si le oyes, no es así; pero en su corazón lo desea. Imploro, pues, tu ayuda; por esta barba y por estas rodillas te suplico: compadécete, compadécete de mi desventura, no me veas desterrada y sin amigos; dame un asilo en tu reino y hospitalidad en tu palacio. Que los dioses te concedan descendencia, como se lo has pedido, y que feliz mueras. No sabes lo que puedes ganar conmigo: no solo no carecerás de hijos, sino que tendrás muchos; tales remedios conozco.
EGEO.— Por muchas razones, ¡oh mujer!, estoy dispuesto a otorgarte ese favor, ya por honrar a los dioses, ya por tener los hijos que me prometes, perdida ya por completo la esperanza de engendrarlos. Siendo este mi mayor anhelo, si vas a mi reino te hospedaré, porque soy justo. Solo te advierto, ¡oh mujer!, que no quiero llevarte de aquí; pero si te refugias en mi palacio estarás allí segura, y a nadie te entregaré. Sal de este territorio, que no quiero faltar a los que me dan hospitalidad.
MEDEA.— Así lo haré; jura cumplir lo que has prometido y me colmarás de júbilo.
EGEO.— ¿No tienes en mi palabra confianza? ¿Qué temes?
MEDEA.— No desconfío de ella; pero la familia de Pelias y Creonte son mis enemigos. No consentirás, pues, si te obligas con juramento, que estos, cuando quieran, me arranquen de tu reino: pero si solo me das tu palabra y no me lo juras por los dioses, podrás hacerte amigo de los que me odian, y acaso cedas a los ruegos de sus heraldos; yo tengo poco, ellos riquezas y palacios reales.
EGEO.— Gran previsión revelan tus palabras, ¡oh mujer!; así no rehusaré complacerte. Será para mí lo más seguro que pueda dar alguna excusa a tus enemigos, y nada tendrás que temer. ¿Por qué dioses he de jurar?
MEDEA.— Jura por la Tierra, que pisamos, y por el Sol, padre de mi padre, y al mismo tiempo por todos los dioses.
EGEO.— ¿Qué he de hacer o no he de hacer? Dilo.
MEDEA.— Que nunca me expulsarás de tu territorio, y que si alguno de mis enemigos quiere arrancarme de él, tú, mientras vivas, no lo consentirás.
EGEO.— Juro por la Tierra, por la brillante luz del Sol y por todos los dioses que haré lo que dices.
MEDEA.— Basta; ¿qué males sufrirás si no cumplieres tu juramento?
EGEO.— Los que merecen los mortales impíos.
MEDEA.— Vete contento; todo va bien; pronto iré a tu ciudad, así que ejecute lo que medito y consiga lo que deseo.
CORO.— Que te acompañe a tu palacio el hijo de Maya, regio guía, y logres lo que ahora te preocupa, porque tú, Egeo, eres conmigo generoso.
MEDEA.— ¡Oh Zeus, oh Justicia, hija de Zeus y del Sol! Ahora, ¡oh amigas!, venceremos con gloria a nuestros adversarios y entraremos en el camino recto; ahora espero que mis enemigos serán castigados. Egeo se nos ha aparecido en medio de nuestros trabajos como puerto en donde podremos realizar nuestros proyectos; en él ataré los cables de mi nave cuando vaya a la ciudad y al alcázar de Atenea. Ahora ya te descubriré mi propósito: oye, pues, mis palabras, no ordenadas para deleitar. Rogaré a Jasón, enviando uno de mis siervos, que venga a verme, y cuando llegue, lo recibiré con frases halagüeñas y le diré que me agrada cuanto ha hecho (su enlace regio y vil traición), y que es útil y está bien pensado; y le suplicaré que me deje aquí con mis hijos, no con objeto de abandonarlos en este campamento enemigo y que sirvan en él de ludibrio, sino para matar dolosamente a la hija del rey. Llevarán presentes a la esposa, le pedirán que no los expulse de aquí, y le ofrecerán un finísimo vestido y una corona de oro. Y cuando se ponga estas galas, perecerá miserablemente y todos los que la tocaren: tan poderoso y eficaz será el veneno que ha de bañarla. Nada aquí me obliga ahora a disfrazar mis pensamientos; pero gimo cuando reflexiono en la atroz maldad que he de cometer: mataré a mis hijos, nadie me los arrebatará, y después de que arruine el palacio de Jasón, me iré de aquí y expiaré en el destierro la muerte de seres tan queridos, ya que he de atreverme a consumar el más impío de los crímenes. No es tolerable, ¡oh amigas!, servir de escarnio a nuestros enemigos. Sea, pues, así; ¿qué gano yo con vivir? Ni tengo patria ni hogar, ni refugio alguno en mis males. Falté al abandonar el hogar paterno dejándome seducir de un griego, que nos pagará lo que nos debe si los dioses lo permiten. Jamás verá vivos después a los hijos que en mí ha procreado, ni los tendrá de su nueva esposa, porque es menester que esa infame perezca antes envenenada por mí. Nadie pensará entonces que yo soy débil o impotente, ni que sufro mi daño tranquila, sino, al contrario, que soy terrible contra mis enemigos y benévola con los que me aman. Solo de esta manera se adquiere mayor gloria.
CORO.— Ya que nos has participado tus proyectos, queremos servirte y defender las leyes a que obedecen los mortales, y te exhortamos, por tanto, a que no los realices.
MEDEA.— No es posible hacer otra cosa; pero te perdono tus palabras, ya que no padeces mis males.
CORO.— ¿Pero te atreverás a matar a tus hijos?
MEDEA.— Así atormentaré horriblemente a mi esposo.
CORO.— Y tú serás al mismo tiempo la madre más desventurada.
MEDEA.— Así sea; superfluo es cuanto hablemos.
(A una esclava suya.)
MEDEA.— Ve, pues, tú, y haz venir a Jasón, que me sirves en todo fielmente. No le dirás nada de lo que he pensado, si es cierto que amas a tu señora y que eres mujer.
CORO.— Estrofa primera: Desde las edades pasadas son afortunados los descendientes de Erecteo, hijos de los bienaventurados dioses; los nutre preclara sabiduría en país inexpugnable, y discurren con pompa en lucidísima atmósfera, en donde dicen que un tiempo la blonda Harmonía dio a luz a las castas Musas, a las nueve Piérides.
CORO.— Antístrofa primera: Allí dicen también que Afrodita, con las ondas del Cefiso, de cristalina corriente, refrescó las dulces y suaves auras, y visitó esa región, entretejiendo su cabellera con guirnaldas de fragantes rosas, y envió los Amores, que forman el consejo de la Sabiduría, y que son origen de todo linaje de alabanzas.
CORO.— Estrofa segunda: ¿Cómo, pues, la ciudad de los sagrados arroyos, cómo la región que tanto favorece a sus amigos, podrá acogerte como a los demás si matas impíamente a tus hijos? Piensa en su muerte, considera el castigo que mereces. No; todas te suplicamos, abrazadas a tus rodillas y con toda nuestra alma, que no mates a tus hijos.
CORO.— Antístrofa segunda: ¿Cómo tu ánimo o tu mano serán tan audaces, cómo tu corazón podrá resolverse a hacer daño a tus hijos y cometer tan horrible maldad? ¿Cómo podrás mirarlos y presenciar sin lágrimas su martirio? No será posible, cuando caigan ante ti suplicantes, matarlos sin piedad, y manchar en su sangre tu mortífera mano.
JASÓN.— A ruego tuyo vengo, aunque seas mi enemiga; no te faltaré en esto: te oiré, ¡oh mujer!, si tienes algo nuevo que decirme.
===TEXTO===
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