Parte 5La falsa reconciliación
MEDEA.— Te suplico, Jasón, que perdones mis palabras anteriores; es justo que disimules mi ira, ya que tanto te he servido. He reflexionado con más calma, y me he dicho lo siguiente: ¿por qué soy tan miserable que me enfurezco contra los que atienden a mi bien, y soy enemiga de los reyes de esta región y de mi propio esposo, que por nosotros hace lo que más nos conviene, casándose con la hija del rey para que mis hijos tengan hermanos? ¿No aplacaré al fin mi furor? ¿Cuánta no es mi locura rechazando estos bienes que los dioses me conceden? ¿No tengo hijos? ¿No sé que nos han desterrado de Tesalia, y que carecemos de amigos? Después de resolver esto en mi ánimo, reconocí que era insensata en sufrir tan grandes males, y que sin razón me había encolerizaDO. Ahora te alabo, y me parece prudente que te cases en beneficio nuestro; y yo me tengo por insensata, porque debía haber aprobado tus proyectos, y ayudar a tu esposa, y asistirla en su lecho, y servirla contenta. Pero somos mujeres, somos como somos (no diré más). No debo, pues, confundirte con los malvados, ni has de pagar las culpas de los necios. Cedo y confieso que hice mal entonces, y que ahora lo pienso con más prudencia. ¡Oh hijos, hijos míos!, venid aquí, dejad vuestra habitación, saludad y hablad a vuestro padre, y reconciliaos con él al mismo tiempo que vuestra madre, por el odio que antes tuvimos a los que nos amaban: la paz sea con nosotros, lejos la ira. Tomad su diestra. ¡Ay de mis males! ¡Cómo embarga mi ánimo el recuerdo de mis recientes extravíos! ¿Acaso, oh hijos, viviréis así mucho tiempo, y me ofreceréis vuestros brazos? ¡Ay, cuán mísera, cuán propensa al llanto, cuán tímida soy! Tarde se acaba el disgusto que tuve con vuestro padre. Las lágrimas surcan ahora mi rostro.
EL CORO.— Una lágrima brota también de mis ojos, y ojalá que no deplore otro mal mayor.
JASÓN.— Alabo tu conducta presente, oh mujer, y no puedo criticar la pasada; es natural que las mujeres se enfurezcan contra su marido si se casa con otra. Pero tu corazón ha cambiado favorablemente, y al fin conociste que era el mejor mi proyecto. Así es como obran las prudentes. Vuestro padre, oh hijos, no ha vacilado, con ayuda de los dioses, en mirar por vuestra futura suerte, pues creo que con vuestros hermanos seréis algún día señores de Corinto. Lo demás, obra es de vuestro padre y del dios que os favorezca. Que yo os vea bien educados llegar al término de la pubertad, superiores a mis enemigos. Mas ¿por qué corre copioso llanto de tus hinchados ojos y no oyes con satisfacción mis palabras?
MEDEA.— No es nada; pensaba en estos hijos míos.
JASÓN.— Ten confianza en mí; yo miraré por ellos.
MEDEA.— Así lo haré, y no desconfiaré de tus promesas; pero la mujer es sensible de suyo, y llorar su destino.
JASÓN.— ¿Por qué, oh desventurada, sollozas por estos hijos?
MEDEA.— Yo los di a luz, y cuando tú deseabas que vivieran, me compadecía de ellos, dudando si se realizaría o no tu deseo. Ya conoces en parte el motivo que te ha traído aquí, y yo te diré lo restante: ya que place a los reyes de esta ciudad desterrarme de ella, me parece mejor (bien lo conozco), para no servirte de impedimento, ni a los que aquí mandan (pues me miran como a enemiga de tu conyugal reposo), obedecer sus órdenes; pero a fin de que mis hijos se eduquen bajo tu vigilancia, ruega a Creonte que no compartan mi pena.
JASÓN.— No sé si podré persuadirlo; probaremos, sin embargo.
MEDEA.— Al menos rogarás a tu esposa que lo pida a su padre.
JASÓN.— Sin duda alguna, y espero conseguirlo, si es una mujer como tantas otras.
MEDEA.— También yo te ayudaré en esa empresa: le enviaré presentes que exceden en belleza a todos los humanos que he visto; a saber: un sutil vestido y una corona de oro, que llevarán mis hijos. Conviene, pues, que cuanto antes traiga aquí algún criado estas galas. Tu esposa será feliz e incomparable en su dicha, no solo porque se casa contigo, que tanto vales, sino porque poseerá ese don que en otro tiempo hizo el Sol a mis ascendientes. Tomad en vuestras manos estos nupciales dones, oh hijos, y llevadlos a la afortunada esposa, a quien debéis obedecer. Tales regalos no deben despreciarse.
JASÓN.— ¿Por qué, oh insensata, te desprendes así de ellos? ¿Crees que faltarán vestidos en el palacio del rey? ¿Crees que faltará oro? Guárdalos, no los des. Mi esposa me estima; me preferirá, sin duda, a todas las riquezas.
MEDEA.— No me digas eso; se dice que hasta los dioses se aplacan con dones; el oro entre los hombres vale más que infinitos discursos; le favorece la fortuna, el cielo le es propicio; mi vida daría gustosa porque no fuesen desterrados mis hijos, no ya oro. Vosotros, oh amados, así que entréis en ese opulento palacio, rogad a la nueva esposa de vuestro padre, hoy mi señora; suplicadle que os libre de mi pena, y presentadle esos regalos: lo que más interesa es que los reciba en su mano. Id cuanto antes; traed a vuestra madre el feliz mensaje de que ha logrado lo que desea.
(Se retira Jasón con sus hijos.)
EL CORO.— _Estrofa primera._ Ya no tengo esperanza de que vivan sus hijos, ya no; ya caminan a la muerte. Daño recibirá la esposa de la diadema de oro; daño recibirá la desdichada. Ella con sus manos adornará con el letal presente su blonda cabellera.
_Antístrofa primera._ Su belleza y divino brillo la invitarán a ponerse el vestido y la artística corona de oro, y después acabará su tocado en los infiernos. En tal lazo caerá y tal muerte sufrirá la infortunada; no, no evitará el daño que le amenaza.
_Estrofa segunda._ Y tú, oh mísero, funesto esposo, yerno de reyes; tú contribuyes también, sin saberlo, a la ruina de tus hijos y a la muerte deplorable de tu esposa. ¡Oh desdichado, qué distinta de lo que piensas será tu suerte!
_Antístrofa segunda._ Pero también me hacen gemir tus dolores, oh madre de hijos sin ventura, que les darás muerte por vengar la injusta traición que se hace a tu lecho conyugal, y la infidelidad de tu esposo, que te deja por vivir con otra esposa.
EL PEDAGOGO.— Libres, oh señora, están ya tus hijos del destierro, y la regia consorte recibió en sus manos los presentes: paz hay ya para tus hijos.
(Con los hijos de Medea.)
MEDEA.— ¡Ay de mí!
EL PEDAGOGO.— ¿A qué viene ahora tu tristeza, cuando la fortuna te es favorable? ¿A qué ocultas tu rostro y no me oyes con alegría?
MEDEA.— ¡Ay, ay de mí!
EL PEDAGOGO.— No es así como debes recibir mi grata nueva.
MEDEA.— ¡Ay, ay de mí otra vez!
EL PEDAGOGO.— ¿Acaso, sin saberlo, he anunciado alguna desdicha, creyendo falsamente que era alegre mi mensaje?
MEDEA.— Anunciaste lo que anunciaste; tú has hecho bien.
EL PEDAGOGO.— ¿Por qué bajas tus ojos y rompes en lágrimas?
MEDEA.— Mucho lo necesito, oh anciano; yo extraviada, y los dioses conmigo han pensado así.
EL PEDAGOGO.— Confíamelo: por mediación de tus hijos volverás más tarde.
MEDEA.— Y antes yo, infeliz, me llevaré otros.
EL PEDAGOGO.— No eres tú la primera que se separa de sus hijos. Los mortales han de sufrir con paciencia las desdichas.
MEDEA.— Así lo haré; pero entra en mi palacio, y cuida de mis hijos como todos los días. ¡Oh hijos, hijos!; ya tenéis ciudad y casa, en la cual viviréis siempre sin vuestra mísera madre; yo iré desterrada a otro país, antes de recoger los frutos que habéis de dar y de veros felices; antes de casaros y de engalanar yo misma a vuestra esposa, y el tálamo nupcial, y de llevar las antorchas. ¡Oh, cuán desdichada me hace mi feroz orgullo! En vano os eduqué, oh hijos, en vano trabajé, y graves molestias me consumieron, y sufrí los intolerables dolores del parto. Sin duda, infeliz, puse en vosotros en otro tiempo mi esperanza, y pensé que me sostendríais en la vejez, y que con vuestras manos cerraríais mis ojos, deseo tan natural en los mortales: ya se desvaneció ese dulce consuelo. Sin vosotros pasaré mi vida llena de tristeza y de amargura. Ya no veréis con vuestros ojos amados a vuestra madre, y viviréis en adelante de otra manera. ¡Ay, ay de mí! ¿Por qué me miráis, oh hijos? ¿Por qué me miráis y os sonreís así, con sonrisa peor para mí que la muerte? ¡Ah, ah! ¿Qué haré? Desfallece mi ánimo, oh mujeres, cuando tropiezo con las alegres miradas de mis hijos. No podré... Pero valgan los proyectos anteriores; de la tierra arrancaré a mis hijos... ¿Qué necesidad tengo de afligir a su padre con estos males, de sufrirlos yo duplicados? No seré yo... Constancia en mis propósitos... Pero ¿qué sufro? ¿Serviré yo de risa, quedando impunes mis enemigos? ¡Audacia! ¡Cuánta es mi flaqueza, cuánta debilidad revelan estas frases afeminadas! Entrad en el palacio, oh hijos; de perpetuo tormento serviréis a ese hombre, que no debe asistir a mis sacrificios. ¡No se enervará mi mano! ¡Ah, ah! ¡No cometerás este crimen, oh mujer!; déjalos, desventurada, perdona ya a tus hijos: viviendo, allá contigo serán tu encanto... No, por los dioses que moran en el Orco con los ministros de la venganza; jamás los abandonaré a los ultrajes de los que me odian. No hay más remedio; que mueran, y ya que es preciso, yo que les di la vida, yo se la quitaré. Resuelto está y se cumplirá. Y la corona orna ya las sienes de la regia esposa, y ya perece con su peplo. Ya, ya emprenderé mi funesta fuga, y les dejaré un legado aún más funesto... Quiero hablar a mis hijos. Dadme, dadme, oh hijos míos, vuestra diestra para que la bese. ¡Oh mano muy amada!, ¡oh labios queridos!, ¡oh noble rostro!, ¡oh talle gentil!; sed felices, pero allá; vuestro padre os arrebata la ventura que podríais disfrutar aquí. ¡Oh dulce abrazo!, ¡oh tez delicada!, ¡oh suavísimo hálito de mis hijos!; salid, salid; no puedo miraros más, que mis desdichas me agobian. Ya comprendo, ya conozco en toda su extensión la horrible maldad que voy a cometer; pero la ira es mi más poderosa consejera, causa entre los hombres de las mayores desventuras.
(Medea permanece en el teatro, deseosa de saber el resultado de su funesto mensaje.)
EL CORO.— _Estrofa primera._ Ya más de una vez he hecho reflexiones más profundas y estudios más serios de lo que conviene a mi sexo, y también nos favorece una musa que, para hacernos más sabias, conversa con nosotras (no con todas, que acaso encontrarás pocas a quien esto ocurra), y el don poético es don de las mujeres.
_Antístrofa primera._ Sostengo, pues, que los mortales que no conocen el himeneo ni las dulzuras de la paternidad, son más felices que los que tienen hijos. Como los célibes ignoran si aquellos sirven de placer o de pena a los hombres, se libran de muchas miserias.
_Estrofa segunda._ Los que tienen dulce prole, llenos están de cuidados, como yo observo, primero para educarla bien y dejarle medios de subsistencia, y después porque no saben si sufren esos trabajos por quienes han de ser buenos o malos.
_Antístrofa segunda._ Recordaré tan solo este mal, el más intolerable para todos los mortales: allegadas a veces abundantes riquezas, y ya hombres y buenos nuestros hijos, es tan grande nuestra desgracia que la muerte los arrebata de la tierra y los lleva al imperio de Hades. ¿Por qué los dioses, además de tantos otros, han de causar a los hombres este dolor, el más acerbo de todos?
MEDEA.— Ya, amigas, gira veloz la rueda de la fortuna; ya veo claramente el término de todo esto. Me parece desde aquí que se acerca un servidor de Jasón; diríase, por su aspecto, que viene conmovido, como a anunciar alguna desdicha.
EL MENSAJERO.— ¡Qué cruel y nefanda maldad has cometido, oh Medea! Huye, huye, ya en nave que como carro surque las ondas, ya en otro cualquier vehículo que huelle la tierra.
MEDEA.— ¿Qué ha sucedido digno de tal destierro?
EL MENSAJERO.— Han muerto ahora poco la princesa real y Creonte, su padre, envenenados por ti.
MEDEA.— Me anuncias gratísima nueva, y en adelante serás uno de mis bienhechores y amigos.
EL MENSAJERO
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