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Parte 4El mensajero y la muerte de Penteo

Las bacantes · Eurípides · 5 min de lectura

ÁGAVE.— ¡Oh bacantes asiáticas!

CORO.— ¿A qué me incitas? ¡Oh!

ÁGAVE.— Traemos de las montañas una corona recién cortada a la casa, una presa bendita.

CORO.— Lo veo, y te saludo como compañera de jolgorio. ¡Oh!

ÁGAVE.— He atrapado sin lazo a un joven león, como podéis ver.

CORO.— ¿De qué desierto?

ÁGAVE.— Citerón.

CORO.— ¿Qué hizo el Citerón?

ÁGAVE.— Lo mató.

CORO.— ¿Quién fue la primera en golpearlo?

ÁGAVE.— El honor es mío. ¡Feliz Ágave! Somos renombradas en nuestros jolgorios.

CORO.— ¿Quién más?

ÁGAVE.— Las de Cadmo.

CORO.— ¿Qué de Cadmo?

ÁGAVE.— Descendientes después de mí, después de mí pusieron manos sobre esta bestia.

CORO.— Eres afortunada en esta captura.

ÁGAVE.— Participad entonces de nuestro festín.

CORO.— ¿De qué participaré yo, desdichado?

ÁGAVE.— El cachorro es joven cerca de la barbilla; acaba de perder su suave pelo de la cabeza.

ÁGAVE.— Pues es hermoso como la melena de una bestia salvaje.

CORO.— Dioniso, sabio cazador, sabiamente lanzó a las ménades contra esta bestia.

CORO.— Pues el rey es un cazador.

ÁGAVE.— ¿Me alabas?

CORO.— ¿Qué? Te alabo.

ÁGAVE.— Pero pronto los cadmeos.

CORO.— Y tu hijo Penteo su madre...

ÁGAVE.— ...alabará, por haber atrapado esta presa nacida de león.

CORO.— Una presa excelente.

ÁGAVE.— Excelentemente.

CORO.— Te regocijas.

ÁGAVE.— Me regocijo grandemente, habiendo logrado obras grandes e ilustres para esta tierra.

CORO.— Muestra ahora, oh mujer desdichada, tu botín victorioso a los ciudadanos, que has venido trayendo contigo.

ÁGAVE.— ¡Oh, vosotros que habitáis en la ciudad de bellas torres de la tierra tebana, venid, para que podáis contemplar esta presa, oh hijas de Cadmo, de la bestia salvaje que hemos tomado; no con las jabalinas atadas con correas de los tesalios, no con redes, sino con los dedos, nuestros blancos brazos; entonces podemos jactarnos de que debemos en vano poseer los instrumentos de los fabricantes de lanzas; pero nosotras, con esta mano, matamos a esta bestia, y desgarramos sus miembros. ¿Dónde está mi anciano padre? Que se acerque; ¿y dónde está mi hijo Penteo? Que tome y levante la escalera entramada contra la casa, para que pueda sujetar a los triglifos esta cabeza del león que estoy presente habiendo atrapado!

CADMO.— Seguidme, llevando la miserable carga de Penteo; seguidme, oh siervos, ante la casa; su cuerpo aquí, trabajando con búsqueda inmedible, lo traigo, habiéndolo encontrado en los desfiladeros del Citerón, despedazado, y sin encontrar nada en el mismo lugar, yaciendo en un matorral, difícil de explorar. Pues oí de alguien las atrevidas acciones de mis hijas justo cuando llegaba a la ciudad dentro de las murallas, con el viejo Tiresias, respecto a las bacantes; y habiendo vuelto de nuevo a la montaña, traigo de regreso a mi hijo, muerto por las ménades. Y vi a Autónoe, que antes dio a luz a Acteón de Aristeo, e Ino junto a ella, todavía enloquecidas en el matorral, infelices criaturas; pero alguien me dijo que Ágave venía hacia aquí con pie frenético; ni oí un relato falso, pues la contemplo, espectáculo desgraciado.

ÁGAVE.— ¡Oh padre! Puedes jactarte de una gran jactancia: que tú, de entre los mortales, has engendrado con mucho las mejores hijas; me refiero a todas, pero particularmente a mí, que, dejando mi lanzadera en el telar, he llegado a cosas mayores, a capturar fieras salvajes con mis manos. Y habiéndolo tomado, llevo en mis brazos, como ves, estos despojos de mi valor, para que sean colgados en tu casa. Y tú, oh padre, recíbelos en tus manos; y regocijándote por mi exitosa captura, invita a tus amigos a un banquete; pues eres bendito, bendito, ya que yo he hecho tales hazañas.

CADMO.— ¡Oh, ay! Y no ha de ser visto, de quienes han cumplido una matanza que no se puede medir con manos miserables; habiendo abatido una víctima gloriosa para los dioses, invitas a Tebas y a mí a un banquete. Ay de mí, primero por tus males, luego por los míos propios; ¡cuán justamente, pero cuán severamente, nos ha destruido el rey Bromio, siendo uno de nuestra propia familia!

ÁGAVE.— ¡Qué malhumorada es la vejez en los hombres! Y hosca a la vista; ojalá que mi hijo sea aficionado a la caza, asemejándose a la disposición de su madre, cuando con los jóvenes tebanos compitiera tras las bestias. Pero él solo sirve para contender con los dioses. Debe ser amonestado, oh padre, por ti y por mí, para que no se regocije en el mal ingenioso. ¿Dónde está? ¿Quién lo llamará aquí a mi vista, para que me vea, a mí, esa mujer feliz?

CADMO.— ¡Ay, ay! Al saber lo que habéis hecho, sufriréis un triste dolor; pero si permanecéis para siempre en la condición en que estáis, sin ser afortunadas, pareceréis no ser desafortunadas.

ÁGAVE.— ¿Pero qué de estas cosas no está bien, o qué es doloroso?

CADMO.— Primero alza tus ojos a este cielo.

ÁGAVE.— Bien; ¿por qué me ordenas mirarlo?

CADMO.— ¿Es todavía el mismo, o crees que ha cambiado?

ÁGAVE.— Es más brillante que antes, y más divino.

CADMO.— ¿Está entonces todavía presente este aleteo en tu alma?

ÁGAVE.— No comprendo tu palabra; pero me vuelvo de algún modo sobria, cambiando de mi anterior mente.

CADMO.— ¿Puedes entonces oír algo, y responder claramente?

ÁGAVE.— ¡Cómo olvido lo que dijimos antes, oh padre!

CADMO.— ¿A qué casa viniste en matrimonio?

ÁGAVE.— Me diste, según dicen, al sembrado Equión.

CADMO.— ¿Qué hijo nació entonces en tu casa de tu esposo?

ÁGAVE.— Penteo, por la unión de mí misma y su padre.

CADMO.— ¿De quién es entonces la cabeza que tienes en tus brazos?

ÁGAVE.— La de un león, según dijeron quienes lo cazaron.

CADMO.— Mira ahora correctamente; breve es el esfuerzo de ver.

ÁGAVE.— ¡Ah! ¿Qué veo? ¿Qué es esto que llevo en mis manos?

CADMO.— Míralo, y aprende más claramente.

ÁGAVE.— Veo el mayor dolor, ¡desgraciada que soy!

CADMO.— ¿Te parece ser como un león?

ÁGAVE.— No: sino que yo, desgraciada, sostengo la cabeza de Penteo.

CADMO.— Sí, muy lamentado antes de que lo reconocieras.

ÁGAVE.— ¿Quién lo mató, cómo llegó a mis manos?

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