Parte 3El prodigio y la tentación
PENTEO.— ¿Pondrás algo más en mí además de esto?
DIONISO.— Un tirso en tu mano, y la piel moteada de un ciervo.
PENTEO.— No puedo llevar un vestido de mujer.
DIONISO.— Pero derramarás sangre si te unes en batalla con las bacantes.
PENTEO.— Es verdad; debemos ir primero y observar.
DIONISO.— Eso es más sensato al menos que cazar males con males.
PENTEO.— ¿Y cómo pasaré por la ciudad escapando a la mirada de los cadmeos?
DIONISO.— Iremos por caminos desiertos, y yo te guiaré.
PENTEO.— Todo es mejor que dejar que las bacantes se burlen de mí.
DIONISO.— Entraremos en la casa y consideraremos lo que parezca mejor.
PENTEO.— Podemos hacer lo que queramos; mi parte está completamente preparada. Vamos; pues o iré portando armas, o seré guiado por tus consejos.
DIONISO.— ¡Oh mujeres! El hombre está en las redes, e irá a las bacantes, donde, muriendo, pagará la pena. Ahora, Dioniso, es tu oficio, pues no estás lejos. Castiguémoslo; pero primero sácalo de su juicio, inspirándole un vano frenesí, puesto que, estando en su sano juicio, no estará dispuesto a ponerse un vestido femenino, pero sacándolo de sus sentidos se lo pondrá; y deseo que proporcione risa a los tebanos, siendo conducido con traje de mujer por la ciudad, después de sus anteriores amenazas, con las que era terrible. Pero iré a ajustar a Penteo el vestido, que, habiéndolo tomado, morirá, asesinado por la mano de su madre. Y conocerá a Dioniso, el hijo de Zeus, que es de hecho para los hombres a la vez la más terrible, y la más suave de las deidades.
CORO.— ¿Moveré mi blanco pie en la danza que dura toda la noche, honrando a Dioniso, exponiendo mi cuello al aire húmedo de rocío, jugando como un cervatillo en las verdes delicias del prado, cuando ha escapado a una persecución terrible más allá de la vigilancia de las redes bien tejidas, (y el cazador animando apresura el curso de sus perros,) y con esfuerzo como la veloz tormenta corre por la llanura que bordea el río, exultando en la soledad apartada de los hombres, y en los matorrales del bosque de frondoso follaje? ¿Qué es la sabiduría, qué es un don más glorioso de los dioses entre los mortales que tener la mano sobre las cabezas de los enemigos? Lo que es bueno siempre es placentero; la fuerza divina se despierta con dificultad, pero aun así es segura, y castiga a aquellos mortales que honran la locura, y no exaltan a los dioses en su mente insensata. Pero los dioses ocultan astutamente el largo pie del tiempo, y cazan al hombre impío; porque no es correcto determinar ni planear nada más allá de las leyes: pues es un ligero gasto considerar que eso tiene poder, sea lo que sea lo divino, y que lo que ha sido ley por largo tiempo tiene su origen en la naturaleza. ¿Qué es la sabiduría, qué es un don más noble de los dioses entre los hombres, que tener la mano sobre las cabezas de los enemigos? Lo que es honorable siempre es placentero. Feliz es el que ha escapado de la ola del mar, y ha llegado a puerto. Feliz, también, es el que ha superado sus labores; y uno supera a otro de diferentes maneras, en riqueza y poder. Todavía hay innumerables esperanzas para innumerables hombres, algunas resultan en riqueza para los mortales, y otras fracasan, pero llamo feliz a aquel cuya vida es feliz día a día.
DIONISO.— Tú, que estás ansioso por ver lo que no debes, y presuroso por hacer una acción sin prisa, me refiero a Penteo, sal ante la casa, déjate ver por mí, teniendo el atuendo de una mujer, de una bacante enloquecida, como espía de tu madre y su compañía. En apariencia, eres como una de las hijas de Cadmo.
PENTEO.— Y en verdad creo ver dos soles, y dos Tebas, ciudad de siete puertas; y tú pareces guiarme siendo como un toro, y parecen salirte cuernos de la cabeza. ¿Pero fuiste alguna vez una bestia? Pues te ves como un toro.
DIONISO.— El dios nos acompaña, no propicio antes, pero ahora en tregua con nosotros. Ves lo que debes ver.
PENTEO.— ¿Cómo me veo? ¿No parece mi porte como el de Ino, o el de Ágave, mi madre?
DIONISO.— Me parece verlas a ellas cuando te contemplo; pero este mechón de pelo tuyo está fuera de su sitio, no como yo lo arreglé bajo el turbante.
PENTEO.— Moviéndolo dentro de casa hacia adelante y hacia atrás, y practicando el frenesí báquico, lo descompuse.
DIONISO.— Pero nosotros, que debemos atenderte, lo arreglaremos de nuevo. Pero levanta la cabeza.
PENTEO.— Mira, arréglalo tú, pues dependemos de ti.
DIONISO.— Y tu cinturón está suelto, y los flecos de tus vestiduras no se extienden regularmente alrededor de tus piernas.
PENTEO.— Me parece así también, al menos cerca del pie derecho; pero por este lado la túnica asienta bien a lo largo de la pierna.
DIONISO.— ¿No me considerarás el primero de tus amigos cuando, contra tus expectativas, veas a las bacantes actuar con modestia?
PENTEO.— ¿Pero pareceré más una bacante sosteniendo el tirso en mi mano derecha, o en esta?
DIONISO.— Debes sostenerlo en tu mano derecha, y alzarlo al mismo tiempo con tu pie derecho; y te alabo por haber cambiado de parecer.
PENTEO.— ¿Podría cargar sobre mis hombros las cañadas del Citerón, bacantes y todo?
DIONISO.— Podrías si quisieras; pero antes tenías la mente insana; pero ahora la tienes tal como debes.
PENTEO.— ¿Llevamos palancas, o lo arranco con mis manos, poniendo mi hombro o brazo bajo las cumbres?
DIONISO.— No, no sea que arruines las moradas de las ninfas, y los asientos de Pan donde toca sus flautas.
PENTEO.— Hablas bien. No es con la fuerza como debemos vencer a las mujeres; sino que ocultaré mi cuerpo entre los pinos.
DIONISO.— Escóndete en el escondite en el que debes estar escondido, viniendo como espía astuto sobre las ménades.
PENTEO.— Y, en efecto, creo atraparlas en los matorrales, como pájaros en las dulces redes de los lechos.
DIONISO.— Vas entonces como vigía precisamente para esto; y quizás las atrapes, si no eres atrapado primero.
PENTEO.— Condúceme por el centro de la tierra tebana, pues soy el único hombre de ellos que se atrevería a estas cosas.
DIONISO.— Tú solo te afanas por esta ciudad, tú solo; por lo tanto te esperan los trabajos que te corresponden. Pero sígueme, yo soy tu guía salvador, alguien más te conducirá lejos de allí.
PENTEO.— Sí, mi madre.
DIONISO.— Siendo notable entre todos.
PENTEO.— Para ese propósito voy.
DIONISO.— Partirás siendo llevado.
PENTEO.— Aludes a mi delicadeza.
DIONISO.— En las manos de tu madre.
PENTEO.— ¿Y me obligarás a ser afeminado?
DIONISO.— Sí, con tal afeminamiento.
PENTEO.— Pongo mis manos en cosas dignas.
DIONISO.— Eres terrible, terrible: y vas hacia sufrimientos terribles; de modo que alcanzarás un renombre que llegará al cielo. Extendeos, oh Ágave, vuestras manos, y vosotras, sus hermanas, hijas de Cadmo. Conduzco a este joven a un poderoso combate; y el vencedor seré yo y Dioniso. El resto lo mostrará el asunto mismo.
CORO.— Id, veloces perros de la locura, id a la montaña donde las hijas de Cadmo celebran su reunión; empujadlas furiosas contra el frenético espía de las ménades, el que viste atuendo de mujer. Primero su madre desde alguna roca lisa o empalizada, lo verá emboscado; y clamará a las ménades: ¿Quién es este de los cadmeos que ha venido a la montaña, a la montaña, como espía contra nosotras que estamos en la montaña? ¡Io bacantes! ¿Quién lo dio a luz? Pues no nació de sangre de mujeres: sino que, en cuanto a su raza, o nació de algún león, o de las gorgonas de Libia. Que salga adelante la justicia manifiesta, que vaya con espada en mano, matando al impío, sin ley, injusto, nacido de la tierra, vástago de Equión, atravesándole la garganta; quien, con mente perversa y rabia injusta acerca de tus orgías, oh Dioniso, y las de tu madre, con corazón enloquecido y disposición demente procede como queriendo vencer por la fuerza a una deidad invencible. Poseer sin pretexto una comprensión sabia respecto a los dioses, y una disposición propia de mortales, es una vida siempre libre de dolor. Alegremente persigo la sabiduría, si está apartada de la envidia, pero la otra conducta es evidentemente siempre grande a lo largo de la vida, dirigiendo a uno rectamente todo el día, a reverenciar las cosas honorables. Aparece como un toro, o un dragón de muchas cabezas, o un león de fuego, para ser visto. ¡Ve, oh Dioniso! Tiende una trampa en torno al cazador de las bacantes, con rostro sonriente cayendo sobre la mortífera turba de las ménades.
MENSAJERO.— ¡Oh casa que antiguamente fuiste próspera en Grecia! Casa del anciano sidonio, que sembró en la tierra la cosecha nacida de la tierra del dragón: cómo te lamento, aunque soy un esclavo. Pero aun así las calamidades de sus amos son un dolor para los buenos sirvientes.
CORO.— Pero ¿qué ocurre? ¿Traes alguna noticia de las bacantes?
MENSAJERO.— Penteo ha muerto, el hijo de su padre Equión.
CORO.— ¡Oh, rey Dioniso! ¡Verdaderamente apareces como un gran dios!
MENSAJERO.— ¿Cómo dices? ¿Por qué dices esto? ¿Te deleitas, oh mujer, de que mi amo sea desgraciado?
CORO.— Yo, una extranjera, lo celebro con cantos extranjeros; pues ya no me agazapo con temor bajo mis grilletes.
MENSAJERO.— Pero ¿crees a Tebas tan vacía de hombres?
CORO.— Dioniso, Dioniso, no Tebas, tiene mi lealtad.
MENSAJERO.— Tú, en verdad, puedes ser perdonada; aun así, oh mujer, no es correcto regocijarse por las desgracias que se han consumado.
CORO.— Dime, cuenta, ¿por qué destino ha muerto el hombre malvado haciendo cosas malvadas, oh hombre?
MENSAJERO.— Cuando habiendo dejado Terapnas de esta tierra tebana, cruzamos las corrientes del Asopo, nos adentramos en las alturas del Citerón, Penteo y yo, pues yo seguía a mi amo, y el extranjero que era nuestro guía en esta búsqueda, para ver: primero, entonces, nos sentamos en un valle herboso, manteniendo nuestros pasos y lenguas en silencio, para que pudiéramos ver sin ser vistos; y había un valle rodeado por precipicios, irrigado por arroyos, sombreado alrededor por pinos, donde las ménades estaban sentadas ocupando sus manos en agradables labores, pues algunas de ellas estaban coronando de nuevo el tirso gastado, para hacerlo frondoso con hiedra; y otras, como caballos que dejan el yugo pintado, gritaban en respuesta unas a otras una melodía báquica. Y el miserable Penteo, no viendo la multitud de mujeres, habló así: «Oh extranjero, donde estamos parados, no puedo llegar al lugar donde está la danza de las ménades; pero escalando un montículo, o pino de alto cuello, podría discernir bien los vergonzosos hechos de las ménades». Y sobre esto ahora veo un hecho extraño del extranjero; pues agarrando la extrema rama elevada de un pino, la tiró hacia abajo, la tiró, la tiró hacia la tierra oscura, y se dobló como un arco, o como una rueda curvada trabajada por un torno describe un círculo mientras gira, así el extranjero, tirando de una rama de montaña con sus manos, la dobló hacia la tierra; haciendo ninguna obra de mortal; y habiendo colocado a Penteo sobre las ramas del pino, lo dejó ir erguido entre sus manos firmemente, cuidando de que no lo sacudiera; y el pino se mantuvo firme erguido hacia el cielo, llevando sobre su lomo a mi amo, sentado sobre él; y fue visto más que vio a las ménades, pues sentado en alto era visible, como no antes. Y ya no se podía ver al extranjero, pero había cierta voz desde el cielo; Dioniso, como uno podría conjeturar, gritó: «¡Oh mujeres jóvenes, os traigo a quien os ha hecho a vosotras y a mí y a mis orgías un hazmerreír: pero castigadlo!». Y al mismo tiempo gritó, y envió al cielo y a la tierra una luz de fuego sagrado; y el aire estaba silencioso, y el bello prado arbolado mantenía sus hojas en silencio, y no podías oír la voz de las bestias; pero ellas no recibiendo distintamente la voz, se irguieron, y dirigieron sus ojos alrededor. Y de nuevo proclamó su mandato. Y cuando las hijas de Cadmo reconocieron la orden distinta de Dioniso, se precipitaron adelante, teniendo en la carrera ansiosa de sus pies una velocidad no menor que la de una paloma; su madre, Ágave, y sus hermanas consanguíneas, y todas las bacantes: y frenéticas con la inspiración del dios, saltaron a través del valle surcado de torrentes, y las hendiduras. Pero cuando vieron a mi amo sentado sobre el pino, primero le arrojaron puñados de piedras, golpeando su cabeza, montando sobre una roca apilada opuesta; y con ramas de pino algunas apuntaron, y otras lanzaron sus tirsos por el aire contra Penteo, desdichado blanco; pero fallaron en su propósito; pues él teniendo una altura demasiado grande para su ansia, estaba sentado, desdichado, desamparado por la perplejidad. Pero por fin tronando juntas algunas ramas de roble, arrancaron las raíces con palancas no de hierro; y cuando no pudieron lograr el fin de sus trabajos, Ágave dijo: «Venid, poniéndoos alrededor en círculo, agarrad cada una una rama, oh ménades, para que podamos tomar a la bestia que ha trepado arriba, para que no divulgue las danzas secretas del dios». Y aplicaron sus innumerables manos al pino, y lo arrancaron de la tierra; y sentado en alto, Penteo cae al suelo desde arriba, con innumerables lamentos; pues sabía que estaba cerca del mal. Y primero su madre, como sacerdotisa, comenzó su matanza, y cae sobre él; pero él arrojó el turbante de su cabello, para que la desdichada Ágave, reconociéndolo, no lo matara; y tocando su mejilla, dice: «Yo, en verdad, oh madre, soy tu hijo, Penteo, a quien diste a luz en la casa de Equión; pero ten piedad de mí, oh madre! Y no mates a tu hijo, por mis pecados». Pero ella, echando espuma y rodando sus ojos en todas direcciones, no pensando como debía pensar, estaba posesa por Dioniso, y no la persuadió; y agarrando su mano izquierda con su mano, pisando el costado del desdichado hombre, le arrancó el hombro, no por su propia fuerza, sino que el dios dio facilidad a sus manos; e Ino completó la obra del otro lado, desgarrando su carne. Y Autónoe y toda la multitud de las bacantes se abalanzaron; y hubo un ruido de todas juntas; él, en verdad, gimiendo tanto como le quedaba vida, y ellas gritaban; y una llevaba su brazo, otra su pie, calzado y todo; y sus costados quedaron desnudos por sus desgarros, y toda la banda, con manos ensangrentadas, destrozó la carne de Penteo: y su cuerpo yace en lugares diferentes, parte bajo las rocas escarpadas, parte en la profunda sombra del bosque, no fácil de encontrar; y en cuanto a su miserable cabeza, que su madre ha tomado en sus manos, habiéndola fijado en la punta de un tirso, la lleva, como la de un león salvaje, por el centro del Citerón, dejando a sus hermanas en las danzas de las ménades; y va avanzando regocijándose en su desdichada presa, dentro de estos muros, invocando a Dioniso, su compañero de caza, su compañero de trabajo en la cacería, de gloriosa victoria, por la cual gana una victoria de lágrimas. Yo, por tanto, me apartaré del camino de esta calamidad antes de que Ágave venga al palacio; pero ser prudente, y reverenciar a los dioses, esto, pienso, es lo más honorable y sabio para los mortales que lo adoptan.
CORO.— Dancemos en honor de Dioniso; alcemos un grito por lo que le ha sucedido a Penteo, el descendiente del dragón, que asumió atuendo femenino y la vara con el hermoso tirso, una muerte segura, teniendo a un toro como guía hacia la calamidad. ¡Oh bacantes cadmeas, habéis logrado una gloriosa victoria, ilustre, aunque para el dolor y las lágrimas! Es un glorioso combate hundir la mano goteante en la sangre del propio hijo. Pero —pues veo a Ágave, la madre de Penteo, viniendo hacia la casa con ojos desorbitados— recibid el jolgorio del dios evio.
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