Parte 1El dios llega a Tebas
LAS BACANTES.
PERSONAJES REPRESENTADOS:
DIONISO. CORO. TIRESIAS. CADMO. PENTEO. SIRVIENTE. MENSAJERO. OTRO MENSAJERO. ÁGAVE.
EL ARGUMENTO.
Dioniso, hijo de Zeus y Sémele, había hecho de Tebas, lugar de nacimiento de su madre, su morada y sitio de culto favoritos. Penteo, el rey entonces reinante, quien, según dicen algunos, prefería el culto de Atenea, despreció al nuevo dios y persiguió a quienes celebraban sus ritos. Ante esto, Dioniso provocó la locura en su madre Ágave, junto con las hermanas de Sémele, Autónoe e Ino, y visitando a Penteo disfrazado de bacante, fue al principio encarcelado, pero, escapando fácilmente de sus ataduras, persuadió a Penteo de que se entrometiera en los ritos de las bacantes. Mientras las observaba desde un árbol elevado, se oyó la voz de Dioniso incitando a las bacantes a vengarse del intruso, y estas despedazaron al desdichado Penteo. El duelo y destierro de Ágave por su ofensa involuntaria concluyen la obra.
LAS BACANTES.
DIONISO.— Yo, Dioniso, hijo de Zeus, he venido a esta tierra de los tebanos, a la que en otro tiempo Sémele, hija de Cadmo, dio a luz, alumbrada por la llama portadora del rayo. Y habiendo tomado forma mortal en vez de divina, me presento junto a las fuentes de Dirce y las aguas del Ismeno. Y veo aquí, cerca del palacio, la tumba de mi madre fulminada por el rayo, y los restos de la casa humeante, y el nombre aún vivo del fuego de Zeus, el eterno insulto de Hera contra mi madre. Mas alabo a Cadmo, quien ha hecho de este lugar un espacio sagrado, el santuario de su hija; y yo lo he cubierto todo en torno con la hoja portadora de racimos de la vid. Y habiendo dejado las opulentas tierras de los lidios y frigios, y las llanuras abrasadas por el sol de los persas, y las murallas bactrianas; y habiendo cruzado la tierra tormentosa de los medos, y la Arabia feliz, y toda el Asia que se extiende a lo largo de la costa del mar salado, con hermosas ciudades de torres donde se mezclan griegos y bárbaros; y allí habiendo danzado y establecido mis misterios, para manifestarme como dios entre los hombres, he venido primero a esta ciudad de las [ciudades] griegas, y he lanzado mi grito primero en Tebas, en esta tierra de Grecia, ciñendo mi cuerpo con piel de ciervo y tomando en mi mano un tirso, arma cubierta de hiedra, porque las hermanas de mi madre, a quienes menos convenía, dijeron que yo, Dioniso, no había nacido de Zeus; sino que Sémele, habiendo concebido de algún mortal, cargó el pecado de su lecho sobre Zeus, un ardid de Cadmo; por lo cual decían que Zeus la había matado, porque ella mintió acerca de su matrimonio. Por eso ahora las he expulsado de la casa con frenesí, y moran en la montaña, enloquecidas; y las he obligado a vestir el atuendo de mis misterios. Y a toda la estirpe femenina de los cadmeos, a cuantas son mujeres, las he sacado de la casa enloquecidas. Y ellas, mezcladas con los hijos de Cadmo, se sientan sobre las rocas sin techo bajo los verdes pinos. Pues esta ciudad debe saber, aunque no lo quiera, que no está iniciada en mis ritos báquicos, y que yo defiendo la causa de mi madre, Sémele, manifestándome a los mortales como el dios que ella dio a luz de Zeus. Cadmo entonces cedió su honor y poder a Penteo, nacido de su hija, quien combate contra los dioses en lo que a mí respecta, y me aparta de los sacrificios, y en sus plegarias no hace mención de mí; por eso le mostraré a él y a todos los tebanos que soy un dios. Y habiendo arreglado aquí los asuntos, manifestándome, me trasladaré a otra tierra. Pero si la ciudad de los tebanos intenta con ira hacer bajar de la montaña por las armas a las bacantes, yo, general de las ménades, trabaré batalla. Por eso he cambiado mi forma a la de un mortal, y transformado mi figura en naturaleza de hombre. Mas vosotras, oh, que habéis dejado el Tmolo, baluarte de Lidia; mujeres, asamblea mía, a quienes he traído de entre los bárbaros como asistentes y compañeras; tomad vuestros tambores, instrumentos nativos de las ciudades frigias, invención de la madre Rea y mía, y venid a tocarlos alrededor de este palacio real de Penteo, para que la ciudad de Cadmo lo vea. Y yo, con las bacantes, yendo a los valles del Citerón, donde están, compartiré sus danzas.
CORO.— Viniendo de la tierra de Asia, habiendo dejado el sagrado Tmolo, danzo en honor de Bromio, dulce labor y fatiga fácil de llevar, celebrando al dios Dioniso. ¿Quién está en el camino? ¿Quién está en el camino? ¿Quién está en las salas? Que parta. Y que todos purifiquen su boca hablando palabras propicias; pues ahora cantaré con himnos a Dioniso según la costumbre: Feliz aquel que siendo favorecido, conociendo los misterios de los dioses, mantiene su vida pura, y tiene su alma iniciada en los ritos báquicos, danzando por las montañas con santas purificaciones, y venerando los misterios de la gran madre Cibeles, y blandiendo el tirso, y siendo coronado con hiedra, sirve a Dioniso. ¡Id, bacantes; id, bacantes, escoltando a Bromio, un dios, hijo de un dios, desde las montañas frigias hasta las amplias calles de Grecia! ¡Bromio! a quien en otro tiempo, estando en los dolores del parto, el trueno de Zeus cayendo sobre ella, su madre arrojó de su vientre, abandonando la vida por el golpe del rayo. E inmediatamente Zeus, hijo de Crono, lo recibió en una cámara dispuesta para el nacimiento; y cubriéndolo en su muslo, lo encierra con broches de oro oculto de Hera. Y lo dio a luz, cuando las Moiras habían perfeccionado al dios cornudo, y lo coronaron con coronas de serpientes, de donde las ménades portadoras del tirso acostumbran cubrir su presa con sus cabellos. Oh Tebas, nodriza de Sémele, corónate de hiedra, florece, florece con el tejo verde que da fruto dulce, y sed coronados en honor de Dioniso con ramas de roble o pino, y adornad vuestras vestiduras de piel de ciervo moteada con vellones de ovejas de blanco pelo, y jugad en santos juegos con los varas insultantes, enseguida toda la tierra danzará, cuando Bromio conduzca las bandas a la montaña, a la montaña, donde mora la multitud femenina, lejos del huso y la lanzadera, enloquecidas por Dioniso. Oh morada de los Curetes, y vosotras divinas cuevas cretenses, progenitoras de Zeus, donde los Coribantes de triple casco inventaron para mí en sus cuevas este círculo extendido con piel; y con el constante aliento de dulce voz de las flautas frigias mezclaron un sonido de Dioniso, y pusieron el instrumento en la mano de Rea, resonante con los dulces cantos de las bacantes. Y junto a ellos los sátiros furiosos proseguían los ritos sagrados de la diosa madre. Y añadieron las danzas de las Trietéridas; en las cuales Dioniso se regocija; complacido en las montañas, cuando tras la danza veloz cae sobre la llanura, teniendo una vestidura sagrada de piel de ciervo, buscando un sacrificio de cabras, deleite comido crudo, de camino a las montañas frigias, las lidias; y el conductor es Bromio, ¡Evohé! mas la llanura fluye con leche, y fluye con vino, y fluye con el néctar de las abejas; y el humo es como de incienso sirio. Pero Dioniso portando una antorcha llameante de pino en su tirso, corre de un lado a otro despertando en su curso los coros errantes, y agitándolos con gritos, lanzando sus ricos cabellos sueltos en el aire, y con sus cantos clama tales palabras como estas: Oh salid, bacantes; oh salid, bacantes, delicia del Tmolo de fluir dorado. Cantad a Dioniso bajo los fuertes tambores, Evohé, celebrando al dios Evio con gritos y clamores frigios. Cuando la dulce flauta sagrada suena un son sagrado y juguetón apropiado para las errantes frenéticas, a la montaña, a la montaña, y la bacante regocijándose como un potro con su madre en el pasto, mueve su pie veloz en la danza.
TIRESIAS.— ¿Quién a las puertas llamará a Cadmo fuera de la casa, el hijo de Agenor, quien, dejando la ciudad de Sidón, erigió esta ciudad de los tebanos? Que alguien vaya, que le diga que Tiresias lo busca; mas él mismo sabe por qué motivo vengo, y qué acuerdo yo, un anciano, he hecho con él, aún más viejo; de entrelazar los tirsos, y ponernos las pieles de ciervo, y coronar la cabeza con ramas de hiedra.
CADMO.— ¡Oh queridísimo amigo! cómo yo, estando en la casa, me alegré, oyendo tu voz, la sabia voz de un hombre sabio; y vengo preparado, teniendo este equipo del dios; pues debemos ensalzarlo, a él que es el hijo surgido de mi hija, Dioniso, quien ha aparecido como dios a los hombres, tanto como esté en nuestro poder. ¿Adónde danzaré, adónde dirigiré el pie, y moveré la canosa cabeza? Condúceme tú, tú, un anciano. Oh Tiresias, dirígeme a mí, un anciano; pues tú eres sabio. Ya que nunca me cansaré, ni de noche ni de día, golpeando la tierra con el tirso. Gustosos olvidamos que somos viejos.
TIRESIAS.— Tienes los mismos sentimientos que yo; pues yo también me siento joven, e intentaré la danza.
CADMO.— Entonces iremos a la montaña en carros.
TIRESIAS.— Pero así el dios no tendría igual honor.
CADMO.— Yo, un anciano, te conduciré a ti, un anciano.
TIRESIAS.— El dios sin esfuerzo nos guiará hasta allí.
CADMO.— Pero ¿danzaremos nosotros solos de la ciudad en honor de Dioniso?
TIRESIAS.— [Sí,] pues nosotros solos pensamos correctamente, mas los demás mal.
CADMO.— Nos demoramos largo tiempo; pero toma mi mano.
TIRESIAS.— Mira, toma, y une tu mano a la mía.
CADMO.— Yo no desprecio a los dioses, siendo un mortal.
TIRESIAS.— No mostramos demasiada sabiduría acerca de los dioses. Nuestras tradiciones ancestrales, y aquellas que hemos guardado a lo largo de nuestra vida, ningún argumento las derribará; ni aunque alguien descubriera sabiduría con el más alto genio. Alguno dirá que no respeto la ancianidad, estando a punto de danzar, habiendo coronado mi cabeza con hiedra; pues el dios no ha hecho distinción alguna sobre si conviene al joven danzar, o al anciano; sino que desea tener honores comunes de todos; mas no desea en absoluto ser ensalzado por unos pocos.
CADMO.— Puesto que tú, oh Tiresias, no ves esta luz, yo seré para ti intérprete de las cosas. Hacia aquí viene Penteo a la casa con prisa, el hijo de Equión, a quien yo cedo el poder sobre la tierra. ¡Qué agitado está! ¿Qué cosa extraña dirá?
PENTEO.— Sucedió que yo estaba a distancia de esta tierra, y oigo de extraños males en esta ciudad, que las mujeres han dejado nuestro palacio en ritos báquicos de loca errancia; y que corren por las umbrosas montañas, honrando con danzas a este nuevo dios Dioniso, quienquiera que sea; y que cálices llenos están en medio de sus asambleas, y que huyendo cada cual por distintos caminos hacia el secreto, ceden a los abrazos de los hombres, con el pretexto, en efecto, de [ser] ménades adoradoras; pero que consideran a Afrodita antes que a Dioniso. A cuantas he capturado, entonces, los sirvientes las mantienen atadas de las manos en las prisiones públicas, y a cuantas están ausentes las cazaré desde la montaña, Ino, y Ágave que me dio a luz de Equión, y la madre de Acteón, quiero decir Autónoe; y habiéndolas atado con cadenas de hierro, pronto las detendré de este jolgorio maligno. Y dicen que algún extranjero ha venido aquí, un prestidigitador, un hechicero, de la tierra lidia, fragante de cabellos con rizos dorados, florido, teniendo en sus ojos las gracias de Afrodita, que día y noche está con ellas, seduciendo a las jóvenes doncellas con misterios báquicos; pero si lo atrapo bajo este techo, lo detendré de hacer ruido con el tirso, y de agitar su cabello, cortándole el cuello de su cuerpo. Dice que él es el dios Dioniso, [que en otro tiempo fue cosido en el muslo de Zeus,] quien fue quemado en la llama del rayo, junto con su madre, porque ella falsamente reclamó nupcias con Zeus. ¿No son estas cosas merecedoras de un terrible dogal, que un extranjero nos insulte con estos insultos, quienquiera que sea? Pero aquí hay otra maravilla: veo a Tiresias el adivino, en pieles de ciervo moteadas, y al padre de mi madre, grandísimo absurdo, delirando con un tirso. Lo deploro, oh padre, viendo tu vejez desprovista de juicio; ¿no desecharás la hiedra? ¿no dejarás, oh padre de mi madre, tu mano vacía del tirso? ¿Tú lo has persuadido a esto, oh Tiresias? ¿deseas, introduciendo este nuevo dios entre los hombres, examinar aves y recibir recompensas por presagios de fuego? Si tu canosa vejez no te defendiera, deberías sentarte como prisionero en medio de las bacantes, por introducir estos ritos perversos; pues donde la alegría del racimo está presente en un festín de mujeres, ya no digo nada bueno de sus misterios.
CORO.— ¡Ay de su impiedad! Oh huésped, ¿no reverencias a los dioses? y siendo hijo de Equión, ¿deshonras tu linaje y a Cadmo, quien sembró la cosecha nacida de la tierra?
TIRESIAS.— Cuando algún hombre sabio toma una buena ocasión para su discurso, no es gran tarea hablar bien; pero tú tienes una lengua rápida, como si fueras sabio, mas en tus palabras no hay sabiduría; pero un hombre poderoso, cuando es osado, y capaz de hablar, es un mal ciudadano si no tiene juicio. Y este nuevo dios, a quien tú ridiculizas, no puedo expresar cuán grande será en Grecia. Pues, oh joven, dos cosas son primeras entre los hombres; Deméter, la diosa, y ella es la tierra, llámala con cualquier nombre que quieras. Ella nutre a los mortales con alimento seco; pero él que ha venido como pareja suya, el hijo de Sémele, ha inventado la bebida líquida de la uva, y la ha introducido entre los mortales, la cual libera a los miserables mortales del dolor, cuando están llenos del flujo de la vid; y da el sueño, olvido de los males diarios: ni hay otra medicina para las aflicciones. Él que es un dios es vertido en libaciones a los dioses, para que por su medio los hombres tengan cosas buenas. Y tú te ríes de él, en cuanto a cómo fue cosido en el muslo de Zeus; yo te enseñaré que esto está bien: cuando Zeus lo arrebató de la llama del rayo, y lo llevó, un tierno infante, hasta el Olimpo, Hera deseaba arrojarlo del cielo; pero Zeus tuvo una estratagema contraria, como siendo un dios. Habiendo roto una parte del aire que rodea la tierra, lo colocó en él, dándolo como prenda, a Dioniso, a salvo de la enemistad de Hera; y con el tiempo, los mortales dicen que fue nutrido en el muslo de Zeus; cambiando su nombre, porque un dios lo dio antiguamente como prenda a una diosa, habiendo ellos hecho pacto. Pero este dios es profeta, pues la excitación báquica y el frenesí tienen mucha adivinación en ellos. Pues cuando el dios entra violento en el cuerpo, hace que los frenéticos predigan el futuro; y también posee alguna cualidad de Ares; pues el terror agita a veces a un ejército bajo las armas y en sus filas, antes de que toquen la lanza; y este también es un frenesí de Dioniso. Entonces lo verás también sobre las rocas délficas, saltando con antorchas a lo largo del distrito de doble punta, lanzando y agitando la rama báquica, poderoso por toda Grecia. Pero déjate persuadir por mí, oh Penteo; no te jactes de que la soberanía tiene poder entre los hombres, ni, aunque así pienses, y tu mente esté perturbada, creas que eres en absoluto sabio. Mas recibe al dios en la tierra, y sacrifícale, y sé bacante, y corónate la cabeza. Dioniso no obligará a las mujeres a ser modestas respecto a Afrodita, sino que en su naturaleza la modestia en todas las cosas es siempre innata. Esto debes considerar, pues quien es modesta no será corrompida por estar en ritos báquicos. ¿Ves? Tú te regocigas cuando muchos están a tus puertas, y la ciudad ensalza el nombre de Penteo; y él, creo, se complace, cuando es honrado. Yo, entonces, y Cadmo a quien te burlas, nos coronaremos con hiedra, y danzaremos, un par canoso; pero aún así debemos danzar; y no combatiré contra los dioses, persuadido por tus palabras, pues tú deliras de la manera más grave; ni puedes procurarte cura alguna de la medicina, ni estás ahora afligido más allá de su poder.
CORO.— Anciano, no deshonras a Apolo con tus palabras, y al honrar a Bromio, el dios poderoso, demuestras cordura.
CADMO.— Hijo mío, bien te ha aconsejado Tiresias; vive con nosotros, no al margen de las leyes. Ahora andas revoloteando y, aunque eres sabio, no lo eres en nada; pues aunque este no sea un dios, como tú dices, proclama que lo es; di una mentira gloriosa, para que Sémele parezca haber dado a luz a un dios y así el honor alcance a toda nuestra estirpe. Ves el destino aciago de Acteón, a quien sus propios perros sedientos de sangre, que él mismo había criado, despedazaron en los prados por haberse jactado de ser superior en la caza a Ártemis. Que esto no te suceda a ti; ven, déjame coronar tu cabeza con hiedra, honra al dios con nosotros...
PENTEO.— ¡No me pongas la mano encima! Vete a celebrar tus bacanales y no me contagies tu locura; pero yo castigaré al maestro de vuestra demencia. Que alguien vaya de inmediato a su sitial desde donde observa los pájaros, y con palancas lo derribe y lo destruya, poniéndolo todo patas arriba; arrojad sus coronas a los vientos y las tempestades, pues así es como más le dañaré. Y vosotros, id por la ciudad y rastreád a ese extranjero afeminado que trae esta nueva enfermedad a las mujeres y contamina nuestros lechos. Si lo capturáis, traedlo aquí encadenado, para que, sentenciado a muerte por lapidación, muera habiendo conocido un amargo festejo de Dioniso en Tebas.
TIRESIAS.— ¡Hombre desgraciado! ¡Qué poco sabes lo que dices! Estás loco ahora, y antes estabas fuera de ti. Vayamos, oh Cadmo, y supliquemos al dios, por él, aunque sea salvaje, y por la ciudad, que no le haga ningún mal; pero sígueme con el bastón cubierto de hiedra, e intenta sostener mi cuerpo, y yo el tuyo; sería vergonzoso que dos ancianos cayeran. Pero dejemos eso, debemos servir a Dioniso, el hijo de Zeus; mas cuídate de que Penteo no traiga el dolor a tu casa, oh Cadmo. No hablo profetizando, sino juzgando por el estado de las cosas, pues un hombre insensato dice insensateces.
CORO.— ¡Oh santa y venerable diosa! ¡Santa, que llevas tus doradas alas por la tierra! ¿Oyes estas palabras de Penteo? ¿Oyes su impía insolencia contra Bromio, el hijo de Sémele, la primera deidad entre los dioses, en los banquetes donde los comensales llevan hermosas coronas? Él tiene este oficio: unirse a las danzas, reír con la flauta y poner fin a las penas cuando el jugo de la uva llega a la fiesta de los dioses, y en los banquetes cubiertos de hiedra la copa derrama el sueño sobre el hombre. De bocas desenfrenadas y locura sin ley, la desdicha es el final, pero la vida de quietud y prudencia permanece inconmovible y sostiene una casa; pues las potencias celestiales están lejos, sí, pero aun así, habitando en el aire, contemplan las obras de los mortales. Pero la astucia no es sabiduría, ni lo es pensar en cosas impropias para mortales. La vida es breve; y en ella, ¿quién, persiguiendo grandes cosas, no disfrutaría del presente? Estas son las costumbres de los locos y de los hombres mal dispuestos, en mi opinión. Ojalá pudiera ir a Chipre, la isla de Afrodita, donde moran los Amores que apaciguan las mentes de los mortales, y a Pafos, que las aguas de un río extranjero que fluye con cien bocas fertilizan sin lluvia, y a la tierra de Pieria, donde está la hermosa morada de las Musas, la colina sagrada del Olimpo. Llévame allí, oh Bromio, Bromio, oh señor de las bacantes. Allí están las Gracias, y allí está el Amor, y allí es lícito que las bacantes celebren sus orgías; el dios, el hijo de Zeus, se deleita en los banquetes y ama a la Paz, dadora de riquezas, la diosa que nutre a los jóvenes. Y tanto al rico como al pobre les ha concedido disfrutar de un deleite igual con el vino, desterrando el dolor; y quien no se preocupa por estas cosas odia llevar una vida feliz de día y de noche amistosa; pero es prudente mantener alejados la mente y el intelecto de los hombres excesivamente curiosos; lo que la multitud más humilde piensa y adopta, eso diré yo.
SIRVIENTE.— Penteo, aquí estamos; hemos cazado esta presa por la que nos enviaste, y no hemos ido en vano; la bestia fue dócil en nuestras manos, no retiró el pie huyendo, sino que se entregó de buena gana; no palideció ni cambió el color sonrosado de vino de sus mejillas, sino que, riendo, nos permitió atarlo y llevarlo; y permaneció quieto, facilitándome el trabajo; y yo, avergonzado, dije: «Oh extranjero, no te llevo por mi propia voluntad, sino por orden de Penteo que me envió». Y las bacantes que encerraste, que apresaste y encadenaste en las cárceles públicas, liberadas han escapado y danzan en los prados, invocando a Bromio como su dios, y por sí mismos los grilletes se soltaron de sus pies, y las llaves abrieron las puertas sin mano mortal, y lleno de muchos prodigios ha llegado este hombre a Tebas; pero lo demás debe ser tu preocupación.
PENTEO.— Sujetadle las manos; pues estando en las redes, no es tan veloz como para escapar de mí; pero en tu cuerpo no estás mal formado, oh extranjero, para propósitos de mujeres, por lo cual has venido a Tebas. Pues tu cabello es largo, no por la lucha, esparcido sobre tus mejillas, lleno de deseo, y tienes la piel blanca por cuidadosa preparación; cazando a Afrodita con tu belleza no expuesta a los golpes del sol, sino guardada bajo la sombra. Primero dime entonces quién eres de familia.
DIONISO.— No hay jactancia; pero esto es fácil de decir; conoces de oídas el florido Tmolo.
PENTEO.— Lo conozco, la colina que rodea la ciudad de Sardes.
DIONISO.— De allí soy, y Lidia es mi patria.
PENTEO.— ¿Y de dónde traes estos ritos a Grecia?
DIONISO.— Dioniso nos persuadió, el hijo de Zeus.
PENTEO.— ¿Hay entonces un Zeus que engendra nuevos dioses?
DIONISO.— No, sino que desposó aquí a Sémele...
PENTEO.— ¿Te obligó de noche, o ante tu vista de día?
DIONISO.— Viéndome a mí que le veía; y me dio las orgías.
PENTEO.— ¿Y qué aspecto tienen esas orgías?
DIONISO.— Es sacrílego que los no iniciados entre los mortales lo sepan.
PENTEO.— ¿Y aportan algún beneficio a quienes sacrifican?
DIONISO.— No te es lícito oírlo, pero vale la pena conocerlas.
PENTEO.— Has acuñado bien esta historia, para que yo desee oír.
DIONISO.— Las orgías del dios odian al que obra impíamente.
PENTEO.— Pues dices, ciertamente, que viste al dios claramente, ¿cómo era?
DIONISO.— Como él quiso; yo no ordené esto.
PENTEO.— Esto también lo has urdido bien, diciendo puras tonterías.
DIONISO.— Uno puede parecer, hablando sabiamente a un ignorante, no ser sabio.
PENTEO.— ¿Y viniste aquí primero, trayendo al dios?
DIONISO.— Todos los bárbaros celebran estas orgías.
PENTEO.— Sí, pues son mucho menos sabios que los griegos.
DIONISO.— En estas cosas son más sabios, pero sus leyes son diferentes.
PENTEO.— ¿Practicas estos ritos de noche o de día?
DIONISO.— La mayoría de noche; la oscuridad transmite reverencia.
PENTEO.— Esto es traicionero hacia las mujeres, e insano.
DIONISO.— Incluso de día algunos pueden maquinar cosas viles.
PENTEO.— Debes pagar la pena por tus malos artificios.
DIONISO.— Y tú por tu ignorancia, siendo impío hacia el dios.
PENTEO.— ¡Qué osado es este bacante, y no falto de práctica en el habla!
DIONISO.— Di qué debo sufrir, ¿qué mal me harás?
PENTEO.— Primero cortaré tu delicado cabello.
DIONISO.— El cabello es sagrado, lo conservo para el dios.
PENTEO.— Luego entrega ese tirso de tus manos.
DIONISO.— Quítamelo tú mismo, lo llevo como insignia de Dioniso.
PENTEO.— Y guardaremos tu cuerpo dentro, en prisión.
DIONISO.— El dios mismo me liberará cuando yo quiera.
PENTEO.— Sí, cuando lo invoques, de pie entre las bacantes.
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