Libro VIII
Parte1versos 1-100
Cuando Turno alzó la señal de guerra desde la ciudadela laurentina y las trompas resonaron con canto ronco, cuando azuzó a sus caballos feroces y lanzó las armas al combate, al instante los ánimos se agitaron, y todo el Lacio a la vez conjura en tumulto convulsivo y la juventud salvaje enloquece. Los jefes, Mesapo en primer lugar y Ufente y Mezencio, el que desprecia a los dioses, reúnen por doquier refuerzos y arrasan los campos anchos dejándolos sin labradores. También es enviado Vénulo a la ciudad del gran Diomedes para que pida ayuda, y le informe que los teucros se asientan en el Lacio, que Eneas ha llegado con su flota y trae a sus vencidos penates, y proclama que los hados lo reclaman como rey, que muchos pueblos se unen al varón dardanio y su nombre crece por todo el Lacio: qué trama con estas empresas, qué desenlace de la batalla desea, si la fortuna lo acompaña, más claro a él mismo que al rey Turno o al rey Latino ha de aparecer.
Así las cosas por el Lacio. El héroe hijo de Laomedonte, viéndolo todo, fluctúa en un gran oleaje de inquietudes, y divide su ánimo veloz ora hacia aquí ora hacia allá y lo arrastra en direcciones varias y lo vuelve por todos lados, como cuando la luz trémula del agua en vasijas de bronce reflejada por el sol o por la imagen de la luna radiante revolotea por todos los espacios a lo ancho, y ya hacia el aire se eleva y golpea los artesonados del techo alto.
Era de noche y por todas las tierras un sueño profundo tenía a los animales fatigados, la estirpe de aves y ganados, cuando el padre Eneas, bajo el eje del éter frío, en la ribera, turbado el pecho por la triste guerra, se tendió y dio a sus miembros un descanso tardío. A él el dios mismo del lugar, el Tíber del río ameno, anciano entre los álamos, pareció alzarse entre las frondas (un lino tenue de color glauco lo velaba y una caña umbrosa le cubría los cabellos), luego así le habló y le quitó las inquietudes con estas palabras: 'Oh nacido de estirpe divina, tú que nos devuelves la ciudad troyana arrebatándola a los enemigos y preservas la Pérgamo eterna, esperado en el suelo laurentino y en los campos latinos, aquí tienes tu casa segura, tus penates seguros (no desistas).
Y no te atemoricen las amenazas de guerra; toda la hinchazón y las iras de los dioses han cesado. Y ahora, para que no creas que son vanas invenciones de un sueño, hallarás bajo las encinas de la ribera una enorme cerda que yace tras parir una camada de treinta cabezas, blanca recostada en el suelo, blancos sus lechones alrededor de las ubres. [Este será el lugar de la ciudad, este el descanso seguro de tus trabajos,] de aquí, cuando transcurran tres veces diez años, Ascanio fundará Alba, de nombre ilustre.
No canto cosas inciertas. Ahora de qué modo venzas lo que urge, te enseñaré en pocas palabras (atiende). Los árcades en estas costas, estirpe procedente de Palante, que como compañeros del rey Evandro, siguiendo sus estandartes, eligieron un lugar y fundaron en los montes una ciudad, Palanteo, por el nombre de Palante su antepasado. Estos hacen guerra continua con la gente latina; a estos únelos al campamento como aliados y pacta con ellos. Yo mismo te conduciré por las riberas y por el río recto, para que impulsado remontes con los remos la corriente contraria.
Levántate pues, hijo de diosa, y cuando caigan los primeros astros eleva a Juno plegarias rituales, y su ira y amenazas vence con votos suplicantes. A mí como vencedor me darás los honores. Yo soy el que ves de río caudaloso bordeando las riberas y surcando los campos fértiles, el Tíber cerúleo, río gratísimo al cielo. Aquí está mi gran morada, mi fuente nace de ciudades altas.' Dijo, y luego el río se hundió en el lago profundo buscando el fondo; la noche y el sueño abandonaron a Eneas.
Se levanta y contemplando las luces nacientes del sol etéreo, ritualmente sostiene agua del río en sus palmas huecas y eleva tales voces al éter: 'Ninfas, ninfas laurentinas, de donde nace la estirpe de los ríos, y tú, oh Tíber, padre con tu río sagrado, recibid a Eneas y por fin apartadlo de los peligros. Cualquier lago te contenga apiadándote de nuestras desgracias en su fuente, cualquier suelo del que salgas bellísimo, siempre con mi honor, siempre serás celebrado con dones, río cornígero, soberano de las aguas hesperias.
Estate presente, tan solo, y confirma más de cerca tu poder.' Así habla, y elige dos birremes de la flota y las provee de remeros, al tiempo que arma a sus compañeros. Pero he aquí un prodigio repentino y admirable a los ojos: blanca por el bosque, con su camada de igual blancura, yace una cerda y es vista en la ribera verde; la cual el piadoso Eneas, a ti sí, a ti, grandísima Juno, sacrifica trayendo ofrendas sacras y la coloca con su rebaño ante el altar.
El Tíber durante toda aquella larga noche aplacó su río crecido, y refluendo se detuvo con onda tan quieta que a modo de estanque y apacible laguna alisó la superficie de las aguas, para que faltara la lucha al remo. Así apresuran el viaje comenzado con rumor favorable: se desliza el abeto embadurnado por las aguas; se asombran las ondas, se asombra el bosque no acostumbrado a los escudos fulgurantes a lo lejos de los hombres y las quillas pintadas que navegan por el río.
Ellos se fatigan remando noche y día y superan los largos meandros, y quedan cubiertos por árboles variados, y surcan los bosques verdes por el agua plácida. El sol ígneo había ascendido al orbe medio del cielo cuando ven a lo lejos murallas y ciudadela y dispersos techos de casas, que ahora el poder romano ha igualado al cielo, entonces eran posesiones pobres que Evandro tenía.
Parte2versos 101-200
Pronto viran las proas y se acercan a la ciudad. Casualmente aquel día el rey árcade rendía honor solemne al Anfitriónida grande y a los dioses ante la ciudad en un bosque. Con él su hijo Palas, con él todos los primeros jóvenes y el pobre senado ofrecían incienso, y sangre tibia humeaba en los altares. Cuando vieron las altas naves y entre la arboleda oscura deslizarse silenciosas e inclinarse sobre los remos, se aterran ante la visión súbita y todos abandonando las mesas se levantan.
Palas audaz les prohíbe interrumpir los ritos y arrebatando una lanza vuela él mismo al encuentro, y desde lejos desde un montículo: 'Jóvenes, qué causa os obligó a intentar caminos desconocidos? ¿Adónde os dirigís?', dice. '¿De qué estirpe sois? ¿De dónde venís? ¿Traéis aquí paz o armas?' Entonces el padre Eneas así habla desde la alta popa y extiende con la mano un ramo de olivo pacífico: 'Ves a troyanos y armas enemigas de los latinos, a quienes ellos expulsaron como fugitivos con guerra arrogante.
Buscamos a Evandro. Llevad esto y decid que han venido escogidos jefes dardanios pidiendo armas aliadas.' Palas quedó estupefacto, golpeado por tan gran nombre: 'Sal, quienquiera que seas', dice, 'y habla cara a cara con mi padre y entra como huésped en nuestros penates.' Y recibió su mano derecha y la estrechó con abrazo; avanzando penetran en el bosque y dejan el río. Entonces Eneas se dirige al rey con palabras amistosas: 'El mejor de los griegos, a quien la Fortuna quiso que yo suplicara y extendiera ramos adornados con cinta, no temí ciertamente que fueras jefe dánao y árcade y que estuvieras unido por estirpe a los dos Atridas; sino mi propio valor y los sagrados oráculos de los dioses y nuestros padres emparentados, tu fama difundida por las tierras, me unieron a ti y me condujeron por los hados queriendo.
Dárdano, primer padre y fundador de la ciudad iliaca, nacido de Electra Atlántide, según cuentan los griegos, llegó a los teucros; a Electra la engendró el máximo Atlas, que sostiene sobre su hombro los orbes etéreos. Vuestro padre es Mercurio, a quien la cándida Maya concibió y parió en la helada cumbre del Cilene; pero a Maya, si algo creemos a lo oído, Atlas, el mismo Atlas la engendra, él que sostiene los astros del cielo. Así el linaje de ambos se divide de una sola sangre.
Confiando en esto no envié legados ni primeros tanteos de ti por artificio; yo, yo mismo y mi propia cabeza expuse y vine suplicante a tus umbrales. La misma gente que a ti te persigue con cruel guerra daunia nos persigue; creen que si nos expulsan nada impedirá que sometan toda Hesperia completamente bajo su yugo, y posean el mar que está arriba y el que baña abajo. Acepta y da fe. Tenemos corazones fuertes para la guerra pechos, hay ánimo y una juventud probada en los hechos.' Había hablado Eneas.
Él miraba los ojos del que hablaba desde hacía rato, y con la mirada recorría todo su cuerpo. Entonces responde con pocas palabras: '¡Cómo te recibo, el más fuerte de los teucros, y te reconozco con alegría! ¡Cómo recuerdo las palabras de tu padre y la voz del gran Anquises y su rostro! Pues recuerdo a Príamo, hijo de Laomedonte, visitando el reino de su hermana Hesíone, cuando iba hacia Salamina y enseguida se detuvo a ver las frías fronteras de Arcadia. Entonces la primera juventud cubría mis mejillas con su flor, y admiraba a los jefes teucros, admiraba también al propio hijo de Laomedonte; pero más alto que todos iba Anquises.
Mi ánimo juvenil ardía de deseo de dirigirme al héroe y unir mi diestra a su diestra; me acerqué y ansioso lo conduje bajo las murallas de Feneo. Él, al partir, me dio un carcaj insigne y flechas licias y una clámide entretejida de oro, y dos frenos dorados que ahora tiene mi hijo Palante. Así que la diestra que pedís ya está unida a mí por alianza, y cuando la luz de mañana vuelva primera a las tierras, os enviaré alegres con mi ayuda y os socorreré con mis recursos.
Mientras tanto, estas ceremonias anuales, ya que habéis venido como amigos, que es sacrilegio aplazar, celebradlas con nosotros como favorables, y desde ahora acostumbraos a las mesas de vuestros aliados.' Dicho esto, ordena que vuelvan a poner las viandas y las copas retiradas, y él mismo acomoda a los hombres en un asiento de césped, y recibe a Eneas como principal en un lecho con piel de león velludo, y lo invita a un trono de arce. Entonces jóvenes escogidos y el sacerdote del altar traen vísceras asadas de toros, amontonan en canastas los dones de Ceres elaborada, y sirven a Baco.
Se alimenta Eneas junto con la juventud troyana del lomo continuo de un buey y de las entrañas rituales. Después que se sacó el hambre y se calmó el deseo de comer, el rey Evandro dice: 'No es una vana superstición ni la ignorancia de los dioses antiguos la que nos ha impuesto estas ceremonias solemnes, estos banquetes tradicionales, este altar de tan gran divinidad: salvados de peligros terribles, huésped troyano, hacemos esto y renovamos honores merecidos. Primero mira esta roca que cuelga suspendida de peñascos, cómo a lo lejos están dispersas las moles y abandonada la morada de la montaña, y los riscos han arrastrado un derrumbe inmenso.
Aquí hubo una cueva apartada en un vasto receso, que ocupaba el rostro terrible de Caco, el semi-hombre, inaccesible a los rayos del sol; y siempre el suelo estaba tibio con sangre reciente, y clavadas en las soberbias puertas las caras de hombres colgaban pálidas en triste podredumbre. De este monstruo Vulcano era el padre: vomitando por la boca sus negros fuegos, se movía con su enorme mole. También a nosotros el tiempo nos trajo por fin, cuando lo deseábamos,
Parte3versos 201-300
el auxilio y la llegada de un dios. Pues el más grande vengador, Alcides, soberbio por la muerte del triple Gerión y sus despojos, estaba aquí y victorioso conducía toros inmensos, y los bueyes ocupaban el valle y el río. Pero la mente enfurecida de Caco, loca de furia, para que nada quedara sin atreverse o sin intentar de crimen o engaño, apartó de los establos cuatro toros de cuerpo excelente y otras tantas novillas de belleza superior. Y a estos, para que no hubiera huellas de pies en dirección correcta, los arrastró a la cueva tirándolos de la cola y con los indicios de los caminos invertidos los ocultó, robados, en la oscura roca; ninguna señal llevaba al que buscara hacia la cueva.
Mientras tanto, cuando ya el Anfitrioníada movía las manadas saciadas de los establos y preparaba la partida, al irse mugieron los bueyes y todo el bosque se llenó de quejas y dejaron las colinas resonando con clamor. Una de las vacas devolvió la voz y mugió desde lo hondo del vasto antro, y guardada defraudó la esperanza de Caco. Entonces verdaderamente a Alcides se le había encendido el dolor en negra hiel de furias: toma las armas con la mano y la maza cargada de nudos, y busca ansioso las alturas del monte aéreo.
Entonces por primera vez los nuestros vieron a Caco con miedo y turbado en los ojos; huye al instante más veloz que el Euro y busca la cueva, el temor puso alas a sus pies. Cuando se encerró y rompiendo las inmensas cadenas dejó caer la roca, que pendía por el hierro y el arte paterno, y reforzó con ese obstáculo las jambas atrancadas, he aquí que furioso en su ánimo estaba el Tirintio explorando todo acceso y llevando la cara hacia aquí y hacia allá, rechinando los dientes.
Tres veces férvido de ira recorre todo el monte Aventino, tres veces intenta en vano el umbral de piedra, tres veces cansado se sienta en el valle. Estaba en pie un peñasco agudo de rocas cortadas por todos lados que se elevaba sobre el dorso de la cueva, altísimo a la vista, morada propicia para nidos de aves siniestras. Como éste se inclinaba desde la cresta hacia la izquierda, hacia el río, empujándolo desde la derecha hacia el lado opuesto lo sacudió y lo arrancó de raíz desde lo más profundo, luego de repente lo empujó; con ese impulso el éter más grande retumba, saltan las riberas y el río espantado retrocede.
Pero la cueva y el palacio inmenso de Caco quedaron al descubierto, y las sombrías cavernas se abrieron hasta el fondo, no de otro modo que si la tierra abriéndose por alguna fuerza profunda descubriera las moradas infernales y abriera los reinos pálidos, odiosos para los dioses, y desde arriba se viera el abismo inmenso y los Manes temblaran al recibir la luz. Así pues, sorprendido por la luz inesperada de repente y encerrado en la roca hueca y bramando inusitadamente, Alcides lo oprime desde arriba con proyectiles, y convoca todas las armas y lo ataca con ramas y enormes piedras de molino.
Él, en cambio, pues ya no había escapatoria del peligro, vomita por las fauces un humo inmenso (cosa admirable de decir) y envuelve la morada en oscuridad ciega quitando la vista a los ojos, y amontona bajo el antro una noche humeante mezclando fuego con tinieblas. No lo soportó Alcides en su ánimo, y él mismo se lanzó por el fuego con un salto precipitado, por donde más espeso el humo empuja la onda y la cueva enorme hierve con negra niebla. Aquí a Caco vomitando en vano incendios en las tinieblas lo agarra enroscado en un nudo, y lo estrangula aferrándose hasta reventar los ojos y secar la garganta sin sangre.
Se abre al instante la negra morada arrancadas las puertas y los bueyes robados y el rapto negado se muestran al cielo, y el cadáver deforme es arrastrado por los pies. No pueden saciarse los corazones de contemplar los ojos terribles, el rostro y el pecho velludo de cerdas del semi-fiero y los fuegos extinguidos en las fauces. Desde entonces se celebra este honor y los descendientes alegres han guardado el día, y el primero Poticio como autor y la casa Pinaria guardiana del culto de Hércules estableció este altar en el bosque, que siempre será llamado por nosotros el más grande y siempre será el más grande.
Por eso vamos, oh jóvenes, en celebración de tan grandes glorias ceñid las cabelleras con fronda y extended las copas con las diestras, e invocad al dios común y dad vinos de buen grado.' Había hablado, cuando el álamo bicolor con la sombra de Hércules le cubrió los cabellos y colgó entretejido en hojas, y el vaso sagrado llenó su diestra. Rápidamente todos alegres liban en la mesa y rezan a los dioses. Mientras tanto el Véspero se acerca más bajo en el Olimpo descendente.
Y ya los sacerdotes y el primero Poticio iban ceñidos con pieles según la costumbre, y llevaban antorchas. Renuevan los banquetes y traen los dones gratos de la segunda mesa y amontonan las aras con platos cargados. Entonces los Salios junto a los altares encendidos alrededor están presentes con las sienes ceñidas de ramas de álamo, para los cantos, aquí un coro de jóvenes, allá de viejos, que en el canto llevan las alabanzas de Hércules y sus hazañas: cómo primero a los monstruos de su madrastra estranguló con la mano y aplastó a las dos serpientes gemelas, cómo el mismo destruyó en guerra ciudades insignes, Troya y Ecalia, cómo mil duros trabajos soportó bajo el rey Euristeo por los hados de Juno enemiga.
'Tú, invicto, matas con tu mano a los biformes nacidos de nubes, a Hileo y a Folo, tú degüellas los prodigios de Creta y al león enorme bajo la roca de Nemea. Te temblaron las lagunas Estigias, te temió el portero del Orco recostado sobre huesos medio roídos en el antro sangriento; ninguna forma te aterrorizó, no te aterró ni el propio Tifeo erguido portando armas; no te faltó razón cuando la serpiente de Lerna te rodeó con turba de cabezas.
Parte4versos 301-400
Salve, verdadera prole de Júpiter, gloria añadida a los dioses, y acércate a nosotros y a tus ritos con pie favorable y benévolo. Así celebran con cantos; sobre todo añaden la cueva de Caco y a él mismo respirando fuego. Todo el bosque resuena con el estruendo y los collados retumban. Luego todos, completados los ritos divinos, regresan a la ciudad. Iba el rey cargado de años, y llevaba junto a él como compañeros a Eneas y a su hijo, marchando, y hacía ligero el camino con variada conversación.
Eneas se asombra y dirige fáciles ojos en torno a todo, y es capturado por los lugares y alegre pregunta uno por uno y escucha los monumentos de los varones antiguos. Entonces el rey Evandro, fundador de la ciudadela romana: Estos bosques los habitaban los Faunos nativos y las Ninfas y una raza de hombres nacida de troncos y duro roble, que no tenían costumbres ni cultura, ni sabían uncir toros ni acumular riquezas ni economizar lo ganado, sino que las ramas y la áspera caza los alimentaba.
Primero vino Saturno del etéreo Olimpo huyendo de las armas de Júpiter y desterrado de su reino. Él reunió a la raza indócil y dispersa por los altos montes y le dio leyes, y prefirió que se llamara Lacio, puesto que había estado oculto seguro en estas costas. Aquellos siglos que llaman dorados fueron bajo ese rey: así gobernaba a los pueblos en plácida paz, hasta que poco a poco sobrevino una época peor y descolorida y la rabia de la guerra y el amor por poseer.
Entonces vinieron tropas ausonias y gentes sicanas, y a menudo la tierra saturnia cambió de nombre; luego reyes y el áspero Tíbris de cuerpo inmenso, de quien después nosotros los itálicos llamamos Tíber al río por su sobrenombre; perdió el verdadero nombre antiguo Álbula. A mí, expulsado de la patria y siguiendo los confines del mar, la Fortuna omnipotente y el inevitable destino me colocaron en estos lugares, y me impulsaron los tremendos consejos de Carmenta la ninfa mi madre y el dios inspirador Apolo.
Apenas dichas estas cosas, luego avanzando muestra el altar y la puerta Carmental que los romanos llaman por ese nombre, que recuerdan, antiguo honor de la ninfa Carmenta, la vate profética, que cantó primero los futuros Enéadas magnos y el noble Palanteo. De aquí el inmenso bosque que el aguerrido Rómulo convirtió en asilo, y muestra bajo la fría roca el Lupercal llamado según la costumbre del Pan parrásico Liceo. Y también muestra el bosque sagrado del Argileto y atestigua el lugar y enseña la muerte del huésped Argo.
De aquí conduce a la sede Tarpeya y al Capitolio ahora dorado, antes erizado de silvestres zarzas. Ya entonces el temor religioso aterraba a los campesinos temerosos del terrible lugar, ya entonces temblaban ante el bosque y la roca. Este bosque, este collado de frondosa cima (qué dios es incierto) lo habita un dios; los árcades creen haber visto al propio Júpiter, cuando a menudo sacudía con la diestra la negra égida y levantaba nubes. Además estas dos ciudades de muros derribados, ves reliquias y monumentos de los antiguos varones.
Esta ciudadela la fundó el padre Jano, esta Saturno; esta tuvo el nombre de Janículo, aquella de Saturnia. Con tales palabras entre sí se acercaban a la morada del pobre Evandro, y veían ganados por doquier mugir en el Foro romano y en las elegantes Carinas. Cuando llegaron a la casa: Estos umbrales, dice, el vencedor Alcides cruzó, esta mansión lo acogió. Atrévete, huésped, a despreciar las riquezas y hazte tú también digno del dios, y ven sin desdén hacia las cosas humildes. Dijo, y bajo el techo del estrecho techo condujo al inmenso Eneas y lo situó sobre un lecho mullido con hojas y piel de osa líbica: la noche se precipita y abraza la tierra con oscuras alas.
Pero Venus, madre no en vano aterrada en su ánimo y conmovida por las amenazas de Laurento y el duro tumulto, habla a Vulcano, y en el tálamo dorado del esposo comienza estas palabras e inspira divino amor: Mientras los reyes argólicos devastaban con la guerra Pérgamo, las torres debidas a caer en fuegos enemigos, no pedí auxilio alguno para los desdichados, ni armas de tu arte y ayuda, ni quise, queridísimo esposo, ejercitar en vano tus trabajos, aunque debía mucho a los hijos de Príamo y a menudo había llorado el duro trabajo de Eneas.
Ahora por mandatos de Júpiter se ha establecido en las costas de los rútulos: por tanto vengo como suplicante la misma y armas pido al numen sagrado para mi hijo, madre para su hijo. A ti la hija de Nereo, a ti pudo ablandar con lágrimas la esposa Titonia. Mira qué pueblos se reúnen, qué murallas tras las puertas cerradas afilan el hierro contra mí y la destrucción de los míos. Había dicho y la diosa con nevados brazos de aquí y de allá lo abraza vacilante con blando abrazo.
Él de repente recibió la acostumbrada llama, y el conocido calor penetró las médulas y corrió por los huesos debilitados, no de otro modo que a veces cuando rota por el trueno con relampagueante hendidura ígnea brillante recorre con su luz las nubes; sintió alegre por los engaños y consciente de su belleza la esposa. Entonces el padre atado por eterno amor habla: ¿Por qué buscas razones desde lo profundo? ¿Adónde se fue la confianza que tenías en mí, diosa? Si semejante cuidado hubiera habido, también entonces nos habría sido lícito armar a los teucros; ni el padre omnipotente ni los hados prohibían que Troya permaneciera y Príamo sobreviviera otros diez años. Y ahora, si te preparas para la guerra y esta es tu intención,
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todo lo que puedo prometer en mi arte con esmero, lo que puede hacerse con hierro o líquido electro, cuanto valen los fuegos y el soplo, deja de suplicar dudando de tus fuerzas. Dichas estas palabras dio los deseados abrazos y derramado en el regazo de su esposa buscó por los miembros plácido sueño. Luego cuando el primer descanso a mitad ya de la noche transcurrida en su curso había expulsado el sueño, cuando la mujer primero, a quien se impone tolerar la vida con el huso y la tenue Minerva, aviva la ceniza y los fuegos dormidos añadiendo la noche al trabajo, y ejercita a las esclavas a la luz en largo trabajo, para que pueda conservar casto el lecho del esposo y pueda criar a los pequeños hijos: no de otro modo el señor del fuego ni más perezoso en ese momento se levanta de los blandos lechos hacia las obras de la fragua.
Una isla junto al lado sicano y a la eolia se alza Lípari escarpada con rocas humeantes, bajo la cual una cueva y los antros etneos excavados por las fraguas de los cíclopes resuenan, y fuertes golpes en los yunques se oyen y devuelven gemidos, y silban en las cavernas las barras de acero calibio y jadea el fuego en los hornos, casa de Vulcano y tierra volcania de nombre. Allí entonces el señor del fuego descendió desde el alto cielo. El hierro trabajaban los cíclopes en la vasta cueva, Brontes y Estéropes y Piracmón de miembros desnudos.
Tenían entre las manos ya en parte pulido un rayo informe, de los muchos que el padre desde todo el cielo lanza a las tierras, quedaba una parte imperfecta. Tres rayos de lluvia retorcida, tres de nube acuosa habían añadido, tres de fuego rútilo y del Austro alado. Ahora mezclaban a la obra fulgores terroríficos y sonido y miedo y con llamas perseguidoras las iras. En otra parte para Marte se afanaban en el carro y las ruedas voladoras con que él excita a los varones, con que excita a las ciudades; y la égida horrenda, armas de Palas turbada, pugnando pulían con escamas de serpientes y oro las culebras entrelazadas y en el propio pecho de la diosa la Gorgona volviendo los ojos con cuello cercenado.
Quitad todo, dice, y llevad los trabajos comenzados, cíclopes etneos, y aplicad aquí la mente: armas deben hacerse para un varón aguerrido. Ahora se necesita fuerza, ahora manos rápidas, ahora todo el arte maestro. Precipitad las demoras. No dijo más, pero ellos más rápido se inclinaron todos y a la par el trabajo sortearon. Fluye el bronce en ríos y el metal del oro y el acero vulnerante se licúa en la vasta fragua. Un inmenso escudo forjan, uno solo contra todos los dardos de los latinos, y siete círculos con círculos ensamblan.
Unos con ventosos fuelles las auras reciben y devuelven, otros sumergen las sibilantes el bronce de los lagos; gime la cueva bajo los yunques puestos encima; ellos levantan entre sí con mucha fuerza los brazos a compás, y voltean la masa con la tenaza que aprieta. Mientras el padre de Lemnos se apresura en las costas de Eolia, la luz nutricia despierta a Evandro de su humilde techo y el canto matutino de los pájaros bajo el alero. Se levanta el anciano y se viste los miembros con la túnica y ata en torno a las plantas de los pies las correas tirrenas.
Luego se ciñe al costado y a los hombros la espada tegea echando hacia atrás la piel de pantera que cuelga de la izquierda. Y también dos perros guardianes desde el alto umbral van delante y acompañan el paso del amo. Buscaba la morada del huésped Eneas y el lugar apartado para conversar, acordándose el héroe del don prometido. Y no menos temprano se movía Eneas; con este iba su hijo Palas, con aquel su compañero Acates. Se encuentran, unen las diestras y se sientan en medio de la casa y al fin disfrutan de la conversación permitida.
El rey habla primero estas palabras: "Máximo caudillo de los teucros, mientras tú estés a salvo nunca reconoceré vencidos los asuntos de Troya ni su reino; para auxiliar en la guerra tenemos fuerzas exiguas frente a nombre tan grande; de este lado nos cierra el río toscano, de este otro el rútulo nos aprieta y rodea la muralla con sus armas. Pero yo preparo unirte pueblos inmensos y campamentos ricos en reinos, salvación inesperada que la suerte te muestra: llegas aquí porque los hados te reclaman.
No lejos de aquí se habita una ciudad fundada en roca antigua, la sede de Agilas, donde en otro tiempo el pueblo lidio, ilustre en la guerra, se asentó en las crestas etruscas. A esta ciudad floreciente durante muchos años después la tuvo el rey Mezencio con imperio soberbio y armas crueles. ¿Por qué recordar las matanzas infames, los hechos atroces del tirano? Que los dioses los reserven para su cabeza y su linaje. Incluso ataba cuerpos muertos a los vivos juntando manos con manos y bocas con bocas, género de tormento, y goteando pus y podredumbre así los mataba en abrazo miserable con muerte larga.
Pero al fin los ciudadanos cansados rodean armados al furioso cometiendo infamias, a él mismo y su casa, degüellan a sus compañeros, arrojan fuego a los techos. Él en medio de la matanza se escapa a los campos de los rútulos y se refugia y se defiende con las armas del huésped Turno. Por eso toda Etruria se ha alzado con furias justas, reclaman al rey para el suplicio con Marte presente. A estos miles te añadiré yo como jefe, Eneas. Pues las naves apretadas rugen por toda la costa y ordenan llevar las insignias, pero los retiene un viejo arúspice cantando los hados: 'Oh juventud escogida de Meonia, flor de los antiguos y valor de los hombres, a quienes el justo
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dolor lleva contra el enemigo y Mezencio enciende con ira merecida, a ningún itálico le es permitido poner bajo yugo pueblo tan grande: escoged jefes extranjeros'. Entonces el ejército etrusco se detuvo en este campo aterrado por los avisos de los dioses. El mismo Tarcón me envió embajadores y la corona del reino con el cetro y me encarga las insignias, que me una a los campamentos y tome los reinos tirrenos. Pero a mí la vejez tarda por el hielo y agotada por los años me niega el mando y las fuerzas tardías para las hazañas.
Exhortaría a mi hijo, si no fuera que mezclado con madre sabela de aquí saca parte de patria. Tú, a cuyos años y linaje el hado favorece, a quien los númenes reclaman, entra, oh fortísimo caudillo de teucros e italos. A este además, esperanza y consuelo nuestro, te uniré a Palante; que bajo ti como maestro se acostumbre a soportar la milicia y la grave obra de Marte, a observar tus hechos, y te admire desde los primeros años. Le daré doscientos jinetes arcadios, lo robusto de la juventud escogida, y otros tantos te dará Palas en su propio nombre".
Apenas había dicho esto, y mantenían fijos los rostros Eneas hijo de Anquises y el fiel Acates, y pensaban muchas cosas duras con corazón triste, si Citerea no hubiera dado señal desde el cielo abierto. Pues de improviso un relámpago vibrado desde el éter vino con estruendo y todo pareció derrumbarse de repente, y un clamor de trompeta tirrena mugir por el aire. Miran arriba, y una y otra vez resuena un fragor inmenso. Ven armas entre una nube en región del cielo serena brillar rojizas en lo despejado y tronar golpeadas.
Se quedaron atónitos los demás, pero el héroe troyano reconoció el sonido y las promesas de la diosa madre. Entonces dice: "No busques en verdad, huésped, no busques sin duda qué suceso traen los portentos: yo soy reclamado desde el Olimpo. Este signo cantó que enviaría la diosa creadora, si sobreviniera la guerra, y que traería por los aires armas de Vulcano en auxilio. Ay cuántas matanzas esperan a los míseros laurentinos. Qué castigos me pagarás, Turno. Cuántos escudos de hombres y yelmos y cuerpos fuertes harás rodar bajo las ondas, padre Tíber.
Que pidan batalla y rompan los pactos". Cuando dio estas palabras, se levanta del alto trono y primero aviva los altares adormecidos con fuegos de Hércules, y contento se acerca al lar de ayer y a los pequeños penates; sacrifica según la costumbre ovejas escogidas Evandro igualmente, igualmente la juventud troyana. Después de aquí va a las naves y visita de nuevo a los compañeros, de cuyo número escoge a los sobresalientes en valor para que lo sigan a las guerras; el resto se deja llevar por el agua en declive y fluye con la corriente favorable, mensajero para Ascanio de las cosas venideras y del padre.
Se dan caballos a los teucros que buscan los campos tirrenos; traen uno aparte para Eneas, al que cubre todo una piel leonada de león resplandeciente con garras de oro. La fama vuela de pronto divulgada por la pequeña ciudad que van más rápido los jinetes a los umbrales del rey tirreno. Las madres duplican los votos con miedo, y más cerca del peligro va el temor y ya aparece mayor la imagen de Marte. Entonces el padre Evandro abraza la diestra del que parte se aferra insaciable llorando y dice tales cosas: "Oh si Júpiter me devolviera los años pasados, como era cuando bajo la misma Preneste derribé la primera línea y vencedor quemé montones de escudos y con esta diestra envié al Tártaro al rey Érulo, a quien al nacer su madre Feronia le había dado tres almas (horrible de decir), tres armas que mover, tres veces había que tumbarlo con muerte; a quien sin embargo entonces esta diestra le quitó todas las almas y otras tantas veces lo despojó de armas: no sería yo arrancado ahora de ningún modo del dulce abrazo, hijo, tuyo, ni Mezencio vecino jamás a esta cabeza insultando habría dado tantas muertes crueles con hierro, habría dejado viuda de tantos ciudadanos la ciudad.
Pero vosotros, oh dioses de arriba, y tú máximo rector de los dioses, Júpiter, os ruego, compadeceos del rey arcadio y escuchad las preces paternas. Si vuestros númenes me reservan a Palante incólume, si los hados lo guardan, si voy a verlo vivo y vengo a reunirme con él, pido la vida, soporto cualquier trabajo que dure. Si algún caso infando, Fortuna, amenazas, ahora, ahora oh que me sea permitido romper la vida cruel, mientras las preocupaciones son ambiguas, mientras la esperanza del futuro es incierta, mientras a ti, muchacho querido, mi sola y tardía alegría, te tengo en el abrazo, y no me hiera los oídos noticia más grave".
Estas palabras el padre derramaba en la despedida suprema; los sirvientes lo llevaban desmayado a la casa. Y ya había salido por las puertas abiertas la caballería, Eneas entre los primeros y el fiel Acates, luego los demás próceres de Troya; Palas mismo va en medio de la columna visible por la clámide y las armas decoradas, como cuando el Lucero bañado en la onda del Océano, cuyo fuego Venus ama más que los otros astros, ha alzado el rostro sagrado al cielo y disuelve las tinieblas.
Están pasmadas en las murallas las madres y siguen con los ojos la nube polvorienta y las escuadras relucientes de bronce. Ellos por los matorrales, donde el atajo del camino está más cerca, avanzan armados; va un clamor, y hecha la columna con cuadrupedante estruendo el casco sacude el campo polvoriento. Hay un bosque inmenso y frío cerca del río de Cere, venerado a lo ancho como sagrado por la religión de los padres; por todas partes colinas cóncavas lo encierran y un bosque lo ciñe con abeto negro. Es fama que los antiguos pelasgos lo consagraron a Silvano,
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de rebaños y cosechas al dios, y el bosque sagrado y el día que por primera vez tuvieron los que habitaron el Lacio. No lejos de aquí Tarco y los tirrenos mantenían a salvo su campamento en las alturas, y ya desde la colina podía verse toda la legión desplegándose por las llanuras. Hacia allí se dirigen el padre Eneas y la juventud escogida para la guerra, y atienden, fatigados, a los caballos y a sus propios cuerpos. Pero Venus, diosa resplandeciente entre las nubes del éter, llegaba trayendo sus regalos; y cuando vio a su hijo apartado en un valle retirado, junto a un río de aguas frías, le habló con estas palabras y se le ofreció por propia voluntad: "Mira, cumplidas las promesas por el arte de mi esposo, sus dones.
No dudes ahora, hijo mío, en desafiar a los soberbios laurentinos o al feroz Turno en combate." Dijo, y la Citerea buscó el abrazo de su hijo, y puso las armas radiantes bajo una encina frente a él. Él, feliz con los dones de la diosa y tan gran honor, no puede saciarse y pasea los ojos por cada pieza, y las admira y las vuelve entre sus manos y brazos: el yelmo terrible con sus crestas vomitando llamas, la espada portadora de muerte, la coraza rígida de bronce, sangrienta, enorme, como cuando una nube azul se enciende con los rayos del sol y resplandece a lo lejos; luego las grebas pulidas de electro y oro refinado, la lanza y el tejido inenarrable del escudo.
Allí el señor del fuego, no ignorante de los vates ni desconocedor del tiempo venidero, había forjado las hazañas de Italia y los triunfos romanos, allí toda la estirpe futura desde Ascanio y las guerras libradas en su orden. Había forjado también a la loba parida por Marte en la verde cueva, tendida, y alrededor de sus ubres a los gemelos niños jugando colgados y lamiendo a su madre sin miedo, y a ella con el cuello redondeado vuelto acariciándolos por turno y moldeando sus cuerpos con la lengua.
No lejos de allí había añadido a Roma y el rapto sin ley de las sabinas desde las gradas del circo, en los grandes juegos circenses, y cómo de pronto surgió una nueva guerra entre los romúlidas y el viejo Tacio y los severos curios. Después los mismos reyes, cesada la disputa entre ellos, armados ante el altar de Júpiter y sosteniendo las copas, estaban de pie y sellaban el pacto con una cerda sacrificada. No lejos de allí las veloces cuadrigas habían descuartizado a Meto en direcciones opuestas (¡pero tú, albano, debieras haber cumplido tus palabras!), y Tulo arrastraba las entrañas del hombre mentiroso por el bosque, y los zarzales goteaban rociados de sangre.
Y también a Tarquino expulsado Porsena ordenaba acoger y apretaba la ciudad con enorme asedio; los enéadas se lanzaban al hierro por la libertad. Podías verlo semejante a uno indignado y amenazante porque Cocles osaba arrancar el puente y Cloelia nadar el río rotas sus cadenas. En lo alto Manlio, guardián de la roca Tarpeya, estaba de pie ante el templo y defendía el alto Capitolio, y el palacio real erizaba con su paja recién puesta de Rómulo. Y aquí un ganso plateado volando por los pórticos dorados cantaba que los galos estaban en el umbral; los galos entre las malezas habían llegado y ocupaban la ciudadela protegidos por las tinieblas y el don de la noche oscura.
Dorada su cabellera y doradas sus vestiduras, brillan con sus sayos a rayas, sus cuellos lechosos se entrelazan con oro, cada uno blande dos jabalinas alpinas en la mano, protegidos los cuerpos con largos escudos. Aquí había forjado a los salios danzantes y a los lupercos desnudos y los gorros de lana y los anciles caídos del cielo, las castas matronas conducían los ritos sagrados por la ciudad en blandos carruajes. Lejos de aquí añade también las sedes del Tártaro, las altas puertas de Dite, y los castigos de los crímenes, y a ti, Catilina, colgando de un peñasco amenazador y temblando ante los rostros de las Furias, y apartados los piadosos, a estos Catón dando leyes.
Entre estas escenas se extendía la imagen dorada del mar hinchado, pero las olas azules espumaban de blanco, y alrededor delfines de plata en círculo barrían las aguas con sus colas y cortaban las corrientes. En el centro las flotas de bronce, la batalla de Accio, se podían ver, y verías todo Leucates hervir con Marte desplegado y las olas resplandecer de oro. De un lado Augusto César conduciendo a los italianos al combate con los padres y el pueblo, los penates y los grandes dioses, de pie en la alta popa, de cuyas sienes brotan alegres llamas gemelas y se revela en su cabeza el astro paterno.
En otra parte Agripa, con vientos y dioses favorables, altivo conduce la formación, y en sus sienes brilla la corona naval con rostros, insigne soberbio de guerra. De aquí Antonio con fuerzas bárbaras y armas diversas, vencedor de los pueblos de la Aurora y la costa roja, trae consigo Egipto y las fuerzas de Oriente y la lejana Bactra, y lo sigue (¡sacrilegio!) su esposa egipcia. Todos juntos se lanzan y todo el mar espumea convulso por los remos retirados y las proas tridentadas. Buscan alta mar; creerías que las Cícladas arrancadas nadan en el piélago o que chocan altos montes con montes, con tal mole los hombres acometen en las popas torreadas.
Estopa en llamas con la mano y hierro volador con dardos se esparcen, los campos de Neptuno enrojecen con nueva matanza. La reina en medio convoca a sus tropas con el sistro patrio, y aún no vuelve la vista a las dos serpientes a su espalda. Monstruos de dioses de toda clase y el ladrador Anubis contra Neptuno y Venus y contra Minerva sostienen sus armas. Marte se enfurece en medio del combate
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cincelado en hierro, y las tristes Diras desde el éter, y la Discordia avanza gozosa con su manto rasgado, a la que sigue Belona con su látigo sangriento. Apolo Actio viendo esto tendía su arco desde arriba; ante este terror todo Egipto y los indios, todos los árabes, todos los sabeos volvían las espaldas. La reina misma parecía, invocados los vientos, desplegar las velas y ya, ya soltar las amarras. A ella entre las matanzas, pálida por la muerte futura, la había forjado el señor del fuego llevada por las olas y el Yápige, frente a ella al Nilo de gran cuerpo apenado abriendo sus senos y con toda su vestidura llamando a los vencidos al regazo azul y a los ríos escondidos.
Pero César, entrado en triunfo triple por las murallas romanas, consagraba a los dioses itálicos un voto inmortal, trescientos grandísimos templos por toda la ciudad. Las calles resonaban de alegría y juegos y aplausos; en todos los templos coros de matronas, en todos altares; ante los altares novillos sacrificados cubrían el suelo. Él mismo sentado en el níveo umbral del resplandeciente Febo reconoce los dones de los pueblos y los cuelga en las soberbias jambas; desfilan las naciones vencidas en largo orden, tan variadas en lenguas como en aspecto de vestidos y armas.
Aquí el artesano Mulcíber había forjado la raza de los nómadas y los africanos sin ceñir, aquí los léleges y los caros y los gelonos portadores de flechas; el Éufrates ya iba más manso en sus ondas, y los morinos, los más remotos de los hombres, y el Rin bicorne, y los dahas indomables, y el Araxes indignado por el puente. Tales escenas en el escudo de Vulcano, don de su madre, admira y, ignorante de las cosas, se alegra con la imagen alzando sobre el hombro la fama y los destinos de sus descendientes.
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