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Libro X

La Eneida · Virgilio · 46 min de lectura

Parte1versos 1-100

Se abre entonces la casa del Olimpo todopoderoso y el padre de los dioses y rey de los hombres convoca asamblea en su sede estrellada, desde donde en lo alto contempla todas las tierras y el campamento de los dardanios y los pueblos latinos. Se sientan en el recinto de dobles puertas, y él mismo comienza: "Grandes habitantes del cielo, ¿por qué vuestra decisión ha dado marcha atrás y disputáis tanto con ánimos hostiles? Yo había prohibido que Italia chocara en guerra con los teucros.

¿Qué discordia es esta contra mi veto? ¿Qué miedo persuadió a unos o a otros a seguir las armas y provocar el hierro? Llegará el tiempo justo de la guerra (no lo adelantéis), cuando la feroz Cartago un día lance contra las ciudadelas romanas una enorme destrucción y abra los Alpes: entonces será lícito competir en odios, entonces arrebatar botines. Ahora desistid y componed contentos el pacto acordado." Júpiter dice esto en pocas palabras; pero Venus la dorada en cambio responde no con pocas: "Oh padre, oh eterno poder sobre hombres y cosas (pues ¿qué otra cosa nos queda ya para implorar?), ¿ves cómo los rútulos insultan, y Turno es llevado por en medio, destacado sobre sus caballos, y se precipita hinchado con Marte a su favor?

Ya las murallas cerradas no protegen a los teucros; más aún, dentro de las puertas y sobre los mismos terraplenes de los muros mezclan combates y las fosas se inundan de sangre. Eneas está ausente, sin saberlo. ¿Nunca permitirás que se alivie el asedio? De nuevo amenaza las murallas un enemigo de la Troya naciente, y además otro ejército, y de nuevo desde Arpis etolia se alza contra los teucros el Tidida. Creo sin duda que me esperan mis heridas y tu descendencia me retrasa ante armas mortales.

Si sin tu consentimiento y contra tu voluntad divina los troyanos buscaron Italia, que paguen sus culpas y no los ayudes con tu auxilio; pero si siguieron tantos oráculos que dieron los de arriba y los manes, ¿por qué ahora alguien puede cambiar tus órdenes o por qué forjar nuevos destinos? ¿Por qué recordar las naves quemadas en la costa de Érice, por qué al rey de las tempestades y los vientos furiosos desatados desde Eolia, o a Iris impulsada por las nubes? Ahora también mueve a los manes (esta parte del mundo quedaba sin tocar) y de pronto enviada desde arriba Alecto enloquece por en medio de las ciudades de Italia.

No me conmuevo ya por el dominio. Esperábamos eso mientras hubo fortuna. Que venzan quienes prefieres que venzan. Si no hay región alguna que tu dura esposa conceda a los teucros, por las ruinas humeantes de la destruida Troya, te suplico, padre: que se me permita apartar de las armas incólume a Ascanio, que se me permita que sobreviva mi nieto. Que Eneas sea lanzado, está bien, por olas desconocidas y que siga el camino que la Fortuna le dé: a este pueda yo protegerlo y sustraerlo del terrible combate.

Tengo Amato, tengo la alta Pafos y Citera y la mansión de Idalia: que pase aquí su vida sin gloria, depuestas las armas. Ordena con gran mandato que Cartago oprima Ausonia; nada de allí obstaculizará a las ciudades tirias. ¿De qué sirvió escapar a la peste de la guerra y huir por en medio de los fuegos argólicos y agotar tantos peligros del mar y de la vasta tierra, mientras los teucros buscan el Lacio y una Pérgamo renacida? ¿No hubiera sido mejor haberse asentado sobre las últimas cenizas de la patria y el suelo donde estuvo Troya?

Devuelve el Janto y el Simois, te ruego, a los desdichados, y permite que los teucros revivan otra vez los desastres ilíacos, padre." Entonces la regia Juno, movida por grave furor: "¿Por qué me fuerzas a romper mi profundo silencio y exponer con palabras el dolor encubierto? ¿Acaso algún hombre o dios obligó a Eneas a seguir guerras o presentarse como enemigo al rey Latino? Buscó Italia por mandato de los hados, sea así, impulsado por los furores de Casandra: ¿acaso le aconsejamos abandonar el campamento o confiar su vida a los vientos?

¿Acaso confiar a un niño la dirección de la guerra, las murallas, la lealtad tirrena, o agitar pueblos tranquilos? ¿Qué dios, qué duro poder nuestro lo empujó al engaño? ¿Dónde está aquí Juno o Iris enviada desde las nubes? Es indigno que los ítalos rodeen con llamas una Troya naciente y que Turno se mantenga en tierra patria, cuyo abuelo es Pílumno, cuya madre la diosa Venilia: ¿qué hay de que los troyanos lleven violencia con antorcha negra a los latinos, opriman con yugo campos ajenos y se lleven botines?

¿Qué hay de elegir suegros y arrebatar de sus senos a las prometidas, pedir paz con la mano, clavar armas en las popas? Tú puedes sustraer a Eneas de las manos de los griegos y en lugar del hombre extender niebla y vientos vacíos, y puedes convertir la flota en otras tantas ninfas: ¿es nefasto que nosotros hayamos ayudado en algo a los rútulos? 'Eneas está ausente sin saberlo': que sin saberlo esté ausente. Tienes Pafos e Idalia, tienes la alta Citera: ¿por qué tentas una ciudad grávida de guerras y corazones ásperos?

¿Acaso intentamos nosotros derribar desde los cimientos los asuntos precarios de Frigia? ¿Nosotros? ¿O quien lanzó a los míseros troyanos contra los aqueos? ¿Qué causa hubo para alzarse en armas y desatar Europa y Asia y romper los pactos con un rapto? ¿Acaso bajo mi guía el adúltero dardanio asaltó Esparta, o yo le di armas o alimenté guerras con Cupido? Entonces convenía temer por los tuyos: ahora tardíamente te levantas con quejas injustas y lanzas reproches vanos." Así imploraba Juno, y todos los habitantes del cielo murmuraban con asentimiento variado, como cuando los primeros soplos atrapados braman en los bosques y revuelven ciegos murmullos que anuncian a los navegantes los vientos venideros. Entonces el padre todopoderoso, que tiene el poder primero sobre las cosas,

Parte2versos 101-200

comienza (al hablar él la alta casa de los dioses calla y la tierra sacudida tiembla, calla el alto éter, luego los céfiros se detienen, el ponto aplaca sus aguas tranquilas): "Recibid pues en vuestros ánimos y fijad estas palabras mías. Ya que no fue lícito unir con pacto a los ausonios y los teucros, ni vuestra discordia alcanza fin, la fortuna que cada uno tenga hoy, la esperanza que cada uno siga, sea troyano o rútulo, sin distinción los tendré, ya sea que por destinos de Italia el campamento esté bajo asedio o por error funesto de Troya y avisos siniestros.

Tampoco absuelvo a los rútulos. A cada uno sus propias empresas le traerán esfuerzo y fortuna. El rey Júpiter es el mismo para todos. Los hados encontrarán el camino." Por los ríos estigios de su hermano, por las riberas de torrentes de pez y negra vorágine asintió y con su gesto hizo temblar todo el Olimpo. Aquí el fin de hablar. Entonces Júpiter del trono áureo se levanta, y los habitantes del cielo lo conducen en medio al umbral. Mientras tanto los rútulos insisten en torno a todas las puertas en tender hombres con matanza y ceñir las murallas de llamas.

Pero la legión de los enéadas se mantiene sitiada en las empalizadas sin esperanza alguna de huida. Míseros están en las altas torres en vano y han ceñido los muros con rala corona: Asio Imbrasida e Hicetaonio Timetes y los dos Asarácos y el anciano Timbris con Cástor, primera fila; a estos los dos hermanos de Sarpedón y Claro y Temón los acompañan desde la alta Licia. Lleva una enorme piedra, esforzándose con todo el cuerpo, no pequeña porción de monte, el lirnésio Acmón, no menor que su padre Clitio ni que su hermano Menesteo.

Estos compiten en defender con jabalinas, aquellos con piedras y en lanzar fuego y adaptar flechas al nervio. Él mismo en medio, el más justo cuidado de Venus, mira, el niño dardanio, descubierta la hermosa cabeza, como brilla una gema que divide el pálido oro, o adorno del cuello o de la cabeza, o como a través del arte encerrado en boj o terebinto de Órico reluce el marfil; su cuello lácteo recibe los cabellos sueltos y un círculo los sujeta rodeándolos con blando oro.

También a ti te vieron, Ismaro, los pueblos magnánimos dirigir heridas y armar dardos con veneno, noble por casa meonia, donde los hombres trabajan campos fértiles y el Pactolo riega con oro. Estuvo presente también Mnesteo, a quien la gloria de haber rechazado a Turno del terraplén de las murallas eleva sublime, y Capis: de aquí se deriva el nombre de la ciudad campana. Ellos entre sí habían trabado combates de dura guerra: Eneas en medio de la noche surcaba el mar. Pues luego de que desde Evandro ingresó a los campamentos etruscos, se acerca al rey y relata al rey su nombre y linaje y qué pide y qué él mismo aporta, qué armas Mezencio que concilie a su causa, y las pasiones violentas de Turno le instruye, le advierte cuán poca es la confianza en las cosas humanas y mezcla ruegos; no hay demora, Tarcón une sus fuerzas y sella el pacto; entonces, libre por mandato del destino, el pueblo lidio embarca en la flota bajo órdenes de los dioses, entregado a un jefe extranjero.

La nave de Eneas va al frente, con leones frigios unidos a su proa, se alza encima el Ida, gratísimo a los teucros fugitivos. Aquí está sentado el gran Eneas y revuelve consigo los variados azares de la guerra, y Palante adherido a su costado izquierdo ya pregunta por las estrellas, el camino de la noche oscura, ya por lo que ha sufrido en tierra y en el mar. Abrid ahora el Helicón, diosas, y moved el canto sobre qué tropa acompaña desde las costas tirrenas a Eneas y arma las naves y surca el mar.

Másico el primero surca las aguas en el Tigre de bronce, bajo él mil manos de jóvenes que dejaron las murallas de Clusio y los que abandonaron la ciudad de Cosas, cuyas armas son flechas y ligeras aljabas al hombro y arco letal. Junto a él va el torvo Abante: toda su tropa brillaba con armas insignes y su popa resplandecía con un Apolo de oro. A él le dio Populonia como madre seiscientos jóvenes expertos en la guerra, y la isla de Elba trescientos, generosa en los inagotables metales de los calibes.

Tercero va Asilas, intérprete de hombres y dioses, a quien obedecen las entrañas de los ganados, los astros del cielo y las lenguas de las aves y los fuegos del rayo presago, arrastra mil apretados en formación y erizados de lanzas. A estos ordena obedecer Pisa de origen alfeo, ciudad etrusca en suelo. Sigue el hermosísimo Astur, Astur confiado en su caballo y en armas de colores cambiantes. Trescientos se añaden (a todos una misma voluntad de seguirlo) los que tienen casa en Cere, los que están en los campos del Minio, y la antigua Pirgi y la insalubre Gravisca.

Tampoco a ti, fortísimo líder de los ligures en la guerra, pasaré, Cúnaro, ni a ti acompañado de pocos, Cupavo, de cuya cabeza surgen plumas de cisne (culpa vuestra, Amor) e insignia de la forma paterna. Pues cuentan que Cicno, por el duelo del amado Faetonte, entre los álamos y la sombra de las hermanas mientras cantaba y con su Musa consolaba un triste amor, al cantar se cubrió de suave plumaje en la vejez abandonando las tierras y siguiendo los astros con su voz.

Su hijo acompañado de una tropa de compañeros de su edad impulsa con los remos al enorme Centauro: este se yergue sobre el agua y con inmensa roca amenaza las olas altivo, y surca los mares profundos con larga quilla. Aquel también convoca una tropa desde las costas patrias, Ocno, hijo de la profética Manto y del río Toscano, que te dio murallas, Mantua, y el nombre de tu madre,

Parte3versos 201-300

Mantua rica en ancestros, pero no todos de un mismo linaje: la gente es triple, cuatro pueblos bajo cada gente, ella misma cabeza de los pueblos, su fuerza de sangre etrusca. De aquí también Mezencio arma quinientos contra sí, a quienes el Mincio, velado de verde junco, hijo del padre Benaco, conducía al mar hostil en pino. Va el pesado Aulestes y con cien árboles azota la ola alzándose, espumean los vados con el mármol revuelto. Lo lleva el inmenso Tritón y con su caracola azul espanta los mares; nadando, hasta los flancos su erizada frente muestra un hombre, en pez termina su vientre, bajo el pecho semifierno murmura espumosa la onda.

Tantos nobles escogidos iban en treinta naves en auxilio de Troya y hendían los campos de sal con el bronce. Iamque diēs caelō concesserat almaque currū Y ya el día había cedido del cielo y la nutricia Febe en su carro nocturno pulsaba el centro del Olimpo: Eneas (pues la inquietud no da quietud a sus miembros) él mismo sentado gobierna el timón y atiende las velas. Y he aquí que en medio del trayecto le sale al encuentro un coro de sus compañeras: las ninfas que la nutricia Cibeles ordenó que tuvieran poder de divinidades del mar y de naves fueran ninfas, nadaban juntas y hendían las olas, tantas como antes habían estado proas de bronce en la playa.

Reconocen desde lejos al rey y lo rodean en danzas; de ellas la más docta en hablar, Cimodócea, siguiéndolo por detrás sujeta la popa con la diestra y ella misma emerge con su espalda y con la izquierda rema bajo las aguas calladas. Entonces así habla al que ignora: '¿Estás despierto, estirpe de los dioses, Eneas? Despierta y suelta las escotas de las velas. Nosotras somos, del sagrado vértice del Ida pinos, ahora ninfas del mar, tu flota. Cuando el pérfido rútulo nos apremió precipitadas con hierro y llama, rompimos contra nuestra voluntad tus ataduras y te buscamos por el mar.

Esta forma nos rehizo la madre compadecida y nos dio ser diosas y pasar la vida bajo las olas. Pero el niño Ascanio está retenido por muro y fosos entre las armas y los latinos erizados de Marte. Ya ocupan los puestos asignados mezclados con el etrusco el jinete árcade; interponer entre ellos las escuadras, para que no se unan al campamento, es la firme decisión de Turno. Levántate pues y al venir la Aurora ordena primero que tus compañeros sean llamados a las armas, y toma el escudo que te dio él mismo el señor del fuego invicto y cuyo borde ciñó de oro.

La luz de mañana, si no crees vanas mis palabras, contemplará enormes montones de matanza rútula.' Había dicho y al partir con la diestra impulsó la alta popa conocedora del modo: esta huye por las olas más rápida que un dardo y que una flecha que iguala los vientos. Luego las demás aceleran sus cursos. Atónito está el propio Troyano hijo de Anquises, mas sin embargo el presagio le levanta el ánimo. Entonces brevemente mirando la bóveda de arriba reza: 'Madre nutricia del Ida de los dioses, a quien son gratos el Díndimo y las ciudades coronadas de torres y los leones uncidos al freno, tú sé ahora para mí guía en la lucha, tú favorece debidamente este augurio y asiste con pie propicio a los frigios, diosa.' Tanto dijo, y mientras tanto volvía rodando el día ya con madura luz y había ahuyentado la noche; primero ordena a los compañeros que sigan las señales y dispongan los ánimos para las armas y se preparen para la batalla.

Y ya tiene a los teucros a la vista y su campamento de pie en la alta popa, cuando entonces con la izquierda alzó el escudo ardiente. Los dardánidas elevan clamor a los astros desde los muros, la esperanza añadida aviva las iras, lanzan armas con la mano, como bajo nubes oscuras las grullas del Estrimón dan señales y cruzan el éter con estruendo, y huyen de los Notos con grito favorable. Pero al rey rútulo y a los jefes ausonios esto les pareció asombroso, hasta que mirando hacia las playas ven vueltas las popas y todo el mar acercarse con las flotas.

Arde la cimera en su cabeza y desde el penacho se derrama llama y el áureo umbo vomita vastos fuegos: no de otro modo que si cuando en noche líquida los cometas sanguíneos brillan lúgubres, o el ardor de Sirio aquel que trae sed y enfermedades a los mortales dolientes nace y entristece el cielo con su luz siniestra. Mas sin embargo a Turno audaz no abandonó la confianza de ocupar las playas primero y rechazar a los que llegan desde tierra. [incluso levanta los ánimos con palabras e incluso los increpa:] 'Lo que habéis pedido en votos está aquí, romperlo con la diestra.

En las manos Marte mismo está de los hombres. Ahora recuerde cada uno a su esposa y su hogar, ahora traed a la memoria los grandes hechos, las glorias de los padres. Vayamos al encuentro a la orilla mientras están temblorosos y vacilan sus primeros pasos al desembarcar. La Fortuna ayuda a los audaces.' Esto dice, y vuelve consigo a quiénes conducir al frente o a quiénes puede confiar los muros sitiados. Mientras tanto Eneas desembarca a los compañeros desde las altas popas por puentes.

Muchos observan los retrocesos del mar que mengua y se confían al salto en los bajos, otros por los remos. Tarcón, habiendo explorado las playas donde no espumean los bajos ni remurmura la ola rota, sino el mar inofensivo se desliza con marea creciente, vuelve de pronto las proas y ruega a los compañeros: 'Ahora, oh mano escogida, inclinaos sobre los poderosos remos; levantad, llevad las naves, hendid con las proas esta tierra enemiga, y que la misma quilla se abra su surco. No rehúso romper la nave en tal fondeadero una vez aferrada la tierra.' Después que tales cosas dijo Tarcón, los compañeros se levantan sobre los remos cortantes

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hasta que las proas tocan tierra firme y las quillas reposan todas ilesas. Pero no tu nave, Tarcón: porque encallada en los bajíos, mientras cuelga del lomo desigual sostenida en vilo largo tiempo y se agota contra las olas, se rompe y arroja a los hombres en medio de las aguas, mientras los fragmentos de remos y los bancos flotantes los estorban y la ola al retirarse les arrastra los pies. A Turno no lo detiene ninguna demora perezosa, sino que veloz lanza toda su línea de batalla contra los teucros y la despliega frente a ellos en la playa.

Suenan las trompetas. Eneas el primero arremetió contra las escuadras campesinas, augurio de la batalla, y derribó a los latinos tras matar a Terón, el guerrero más grande que de frente atacó a Eneas. A este le abre el costado desguarnecido con la espada a través de las mallas de bronce, a través de la túnica áspera de oro. Luego hiere a Licas, sacado del vientre de su madre ya muerta y consagrado a ti, Febo: ¿de qué le sirvió escapar al hierro cuando era pequeño?

No lejos de allí abatió en la muerte al duro Ciseo y al enorme Gías que derribaban las filas con su maza; de nada les sirvieron las armas de Hércules ni sus manos poderosas ni su padre Melampus, compañero del Alcida mientras la tierra le ofreció trabajos. Mira, a Faro, mientras lanzaba palabras vacías, le clava una jabalina que le para la boca mientras gritaba. Tú también, mientras seguías a Clitio de mejillas rubias con su primera pelusa, infeliz Cidón, nuevas delicias, tendido por la diestra dardania, yacerías despreocupado de esos amores de jóvenes que siempre fueron tuyos, digno de lástima, si no hubiera salido al encuentro la apretada escuadra de los hermanos, hijos de Forco, siete en número, que arrojan siete dardos; unos rebotan inútiles en el casco y el escudo, otros Venus protectora los desvió apenas rozando el cuerpo.

Eneas se dirige al fiel Acates: 'Dame armas, mi diestra no arrojará ninguna en vano contra los rútulos, de las que se clavaron en cuerpos de griegos en los campos troyanos.' Entonces toma una gran lanza y la arroja: ella volando atraviesa el bronce del escudo de Meón y rompe a la vez la coraza junto con el pecho. Su hermano Alcanor acude y con la diestra sostiene al hermano que cae: atravesándole el brazo la lanza lanzada sigue su vuelo directamente y conserva sangriento su camino, y la diestra colgó moribunda del hombro por los nervios.

Entonces Númitor con una jabalina arrebatada del cuerpo de su hermano atacó a Eneas: pero no le fue permitido herirlo a su vez, y rozó el muslo del gran Acates. Aquí llega Clauso confiando en su cuerpo juvenil desde Cures y hiere de lejos a Dríope con su lanza rígida bajo el mentón presionándola con fuerza, y a la vez que hablaba le arranca la voz y el alma atravesándole la garganta; pero aquel golpea la tierra con la frente y vomita espesa sangre por la boca.

También a tres tracios de la altísima estirpe de Bóreas y a tres que Idas su padre y la patria Ísmara envían, los derriba por diversas suertes. Acude Haleso y las tropas auruncias, llega también la prole de Neptuno, Mesapo ilustre por sus caballos. Intentan expulsarlos ahora estos, ahora aquellos: se combate en el umbral mismo de Ausonia. Como cuando en el gran éter los vientos discordes levantan batallas con ánimos y fuerzas iguales; ni ellos entre sí, ni las nubes, ni el mar ceden; incierta la lucha largo tiempo, todo permanece trabado frente a frente: no de otro modo las filas troyanas y las filas latinas chocan, pie con pie se traba y apretado guerrero contra guerrero.

Pero en otra parte, donde un torrente había arrastrado ampliamente rocas rodantes y arbustos arrancados de las riberas, cuando Palante vio que los árcades no acostumbrados a batallar a pie daban la espalda ante el empuje latino, áspera siendo la naturaleza del lugar que los persuadió a desmontar de los caballos, única opción que queda en la necesidad, ahora con ruegos, ahora con palabras amargas enciende su valor: '¿Adónde huís, compañeros? Por vosotros y vuestras hazañas valientes, por el nombre del jefe Evandro y las batallas vencidas y mi esperanza, que ahora se alza rival del honor patrio, confiad, no en los pies.

Con el hierro hay que abrirse paso por entre los enemigos. Por donde aquella masa de guerreros más densa presiona, por allí os reclama la alta patria a vosotros y a Palante vuestro jefe. Ningún dios nos oprime, mortales somos acosados por un enemigo mortal; tenemos igual número de almas y de manos. Mira, el mar nos cierra con su gran barrera de agua, ya nos falta tierra para huir: ¿buscaremos el mar o Troya?' Dice esto, y se lanza en medio de los enemigos apretados.

De frente se le presenta primero conducido por hados adversos Lago. A este, mientras levanta una piedra de gran peso, lo clava con su dardo arrojado, por donde la espina daba separación a las costillas por el medio, y recupera la lanza clavada en los huesos. Pero no lo sorprende por encima Hisbo, aunque él así lo esperaba; pues Palante antes de que se abalanzara, mientras enloquece, incauto por la cruel muerte de su compañero lo recibe y le hunde la espada en el pulmón hinchado.

De allí ataca a Estenio y a Anquémolo de la antigua estirpe de Reto que se atrevió a profanar el lecho de su madrastra. Vosotros también, gemelos, caísteis en los campos rútulos, Dauco, Láride y Timbre, prole muy semejante, indistinguibles para los suyos y dulce confusión para vuestros padres; pero ahora Palante os dio duras diferencias. Pues a ti, Timbre, la espada de Evandro te arrancó la cabeza; a ti cortada, Láride, tu diestra te busca y los dedos semianimados se agitan y alcanzan el hierro.

A los árcades encendidos por la exhortación y contemplando los hechos preclaros del héroe, dolor mezclado con vergüenza los arma contra los enemigos. Entonces Palante atraviesa con su biga a Reteo que huía pasando junto a él. Este espacio y esta demora hubo para Ilo;

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pues a Ilo de lejos había dirigido su poderosa lanza, que en medio la intercepta Reteo, noble Teutra, huyendo de ti y de tu hermano Tires, y rodando del carro golpea moribundo con los talones los campos rútulos. Y como cuando en el verano deseado se levantan los vientos el pastor esparce incendios dispersos por los bosques, prendidos súbitamente en el medio se extiende una horrenda línea volcánica por los anchos campos, él sentado victorioso contempla las llamas triunfantes: no de otro modo todo el valor de tus compañeros converge en uno y te asiste, Palante.

Pero Haleso fogoso en la guerra se lanza contra los adversarios y se repliega en sus armas. Aquí mata a Ladón y a Ferete y a Demódoco, con la espada brillante le arranca a Estrimonio la diestra levantada hacia su garganta, golpea con una piedra el rostro de Toante y dispersa los huesos mezclados con el cerebro sangriento. Su padre cantando los hados había ocultado a Haleso en los bosques; cuando el anciano cerró en la muerte sus ojos encendidos, las Parcas echaron mano sobre él y lo consagraron a las armas de Evandro.

A quien Palante ataca así tras rezar antes: 'Da ahora, padre Tíber, al hierro que lanzo y balanceo, fortuna y camino a través del duro pecho de Haleso. Tu encina tendrá estas armas y despojos del guerrero.' El dios lo oyó; mientras Haleso protegía a Imáon, infeliz entrega el pecho desarmado al dardo arcadio. Pero Lauso, no aterrado por tan gran matanza del guerrero, parte enorme de la guerra, no permite que cedan las filas: primero a Abante que se le opone lo mata, nudo y demora de la batalla.

Cae la prole de Arcadia, caen los etruscos y vosotros, oh teucros, cuerpos no destruidos por los griegos. Chocan las líneas de batalla iguales en jefes y en fuerzas; los extremos aprietan las filas y la multitud no deja que se muevan las armas ni las manos. De un lado Palante ataca y presiona, del otro Lauso, y no difieren mucho en edad, egregios en belleza, pero a quienes la Fortuna había negado el retorno a la patria. Que chocaran entre sí sin embargo no lo permitió el soberano del gran Olimpo; pronto les aguardan sus destinos bajo un enemigo mayor.

Mientras tanto la hermana protectora advierte a Turno que acuda en auxilio de Lauso, quien con su veloz carro parte la batalla por el medio. Cuando vio a sus aliados: 'Es tiempo de cesar la lucha; solo yo me lanzo contra Palante, solo a mí Palante me es debido; desearía que el propio padre estuviera presente como espectador.' Dice esto, y los aliados se retiraron del campo ordenados. Pero ante la retirada de los rútulos el joven entonces ante las órdenes soberbias asombrado se queda atónito mirando a Turno y por su cuerpo enorme pasea los ojos y desde lejos examina todo con mirada feroz, y con tales palabras va contra las palabras del tirano: 'O seré alabado ahora por los despojos opimos arrebatados o por una muerte ilustre: mi padre está conforme con una u otra suerte.

Guarda tus amenazas.' Dicho esto avanza hasta el centro del llano; la sangre se congela en el pecho de los arcadios. Turno salta de su biga, se prepara para ir a pie cuerpo a cuerpo; y como un león, cuando desde un alto peñasco ve a lo lejos en los campos a un toro meditando el combate, se abalanza, tal es la imagen de Turno viniendo. Cuando Palas creyó que estaba al alcance de su lanza arrojada, avanza primero, por si el azar ayuda su atrevimiento contra fuerzas desiguales, y así habla hacia el alto cielo: 'Por la hospitalidad de mi padre y la mesa a la que te acercaste como huésped, te ruego, Alcides, acompáñame en esta empresa inmensa.

Que vea él, medio muerto, cómo le arranco sus armas sangrientas y que sus ojos moribundos lleven la imagen de Turno vencido.' Alcides oyó al joven y en lo hondo de su pecho oprime un gemido y derrama lágrimas inútiles. Entonces el padre con palabras amables se dirige a su hijo: 'A cada uno le está fijado su día, breve e irrecuperable es el tiempo de la vida para todos; pero extender la fama con las hazañas, esa es la obra del valor. Bajo las altas murallas de Troya cayeron tantos hijos de dioses, hasta murió junto a ellos Sarpedón, mi propia descendencia; también a Turno lo llaman sus hados y ha llegado al término de su tiempo asignado.' Así habla, y aparta los ojos de los campos rútulos.

Pero Palas arroja su lanza con grandes fuerzas y de la profunda vaina arranca su espada reluciente. Aquella volando cae donde se levantan las defensas más altas del hombro y tras abrirse paso por los bordes del escudo finalmente hasta rozó el gran cuerpo de Turno. Entonces Turno, blandiendo largo rato un roble de punta de hierro agudo, lo lanza contra Palas y así habla: 'Mira si acaso nuestra arma es más penetrante.' Había hablado; pero el escudo, tantas capas de hierro, tantas de bronce, que tantas veces rodea la piel extendida del toro, lo atraviesa por el centro la punta vibrante con su golpe y perfora las defensas de la coraza y traspasa el pecho inmenso.

Él arranca en vano el dardo caliente de la herida: por un mismo e idéntico camino siguen la sangre y el aliento. Se desploma sobre la herida (resonaron encima las armas) y moribundo busca con su boca ensangrentada la tierra enemiga. Turno, plantándose sobre él: 'Arcadios,' dice, 'llevad estas palabras mías, recordadlas bien, a Evandro: tal como lo mereció, le devuelvo a Palas. Cualquier honor de tumba, cualquier consuelo que haya en enterrarlo, se lo concedo. No le saldrá barata la hospitalidad de Eneas.' Y diciendo tales cosas pisó con el pie izquierdo al cadáver y le arrancó el peso enorme del tahalí y el crimen grabado: en una sola noche nupcial la turba de jóvenes asesinada vilmente y las cámaras nupciales ensangrentadas, que Clono Euritida había cincelado en oro abundante; con ese botín ahora Turno se enorgullece y se alegra de haberlo conquistado.

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¡Mente humana ignorante del destino y de la suerte futura y de guardar medida cuando te elevan las cosas prósperas! Para Turno llegará el tiempo en que habrá deseado haber pagado mucho por un Palas intacto, y en que odiará ese botín y ese día. Pero los compañeros con mucho gemido y lágrimas traen de vuelta a Palas tendido sobre su escudo, en multitud. Oh dolor y gran gloria que volverás a tu padre, este primer día te dio a la guerra, este mismo te arrebata, ¡aunque dejas atrás enormes montones de rútulos!

Y ya no es rumor de tan gran desgracia, sino un mensajero más cierto vuela hasta Eneas de que los suyos están a un hilo delgado de la muerte, que es tiempo de socorrer a los teucros derrotados. Siega con la espada cuanto tiene más cerca y en amplia formación abre ardiendo un sendero con el hierro, buscándote a ti, Turno, soberbio por la matanza reciente. Palas, Evandro, todo está ante sus ojos, las mesas a las que como huésped por primera vez se acercó entonces, y las diestras dadas.

A cuatro jóvenes nacidos de Sulmón aquí, a otros tantos que cría Ufente, los captura vivos, para inmolarlos como víctimas a las sombras y rociar con sangre de cautivos las llamas de la pira. Luego había apuntado desde lejos su lanza hostil contra Mago: este se agacha con astucia, y la lanza temblorosa pasa por encima, y abrazando sus rodillas le habla así suplicante: 'Por los manes de tus padres y las esperanzas del creciente Iulo te ruego, conserva esta vida para un hijo y un padre.

Tengo una casa alta, yacen enterrados en lo profundo talentos de plata cincelada, hay pesos de oro trabajado y en bruto para mí. No aquí se decide la victoria de los teucros ni una sola vida hará tan gran diferencia.' Había hablado. Eneas en respuesta le devuelve estas palabras: 'Los muchos talentos de plata y oro que mencionas guárdalos para tus hijos. Turno suprimió esos tratos de guerra ya antes cuando mató a Palas. Así lo sienten los manes de mi padre Anquises, así lo siente Iulo.' Dicho esto sujeta el casco con la izquierda y doblándole hacia atrás el cuello al suplicante hunde la espada hasta el puño.

No lejos estaba el Hemónida, sacerdote de Febo y de Diana, a quien una ínfula con sagrada cinta le ceñía las sienes, todo resplandeciente con su vestidura e insignias blancas. A este tras enfrentarlo lo empuja por el campo, y plantándose sobre él caído lo inmola y lo cubre con enorme sombra, Seresto recoge las armas y las lleva en sus hombros como trofeo para ti, rey Gradivo. Recomponen las filas Céculo, nacido de la estirpe de Vulcano, y Umbro que viene de los montes de los marsos.

Contra ellos se enfurece el Dardánida: con la espada le había cortado el brazo izquierdo a Anxur y todo el disco del escudo con el hierro (aquel había dicho algo grande y había creído que a su palabra seguiría la fuerza, y quizá elevaba su ánimo al cielo y se había prometido canas y largos años); Tarquito saltando al frente con armas resplandecientes, a quien la ninfa Dríope había dado a luz del silvestre Fauno, se opuso al encuentro del ardiente. Este con la lanza retirada atraviesa la coraza y el enorme peso del escudo, luego cuando la cabeza ruega en vano y prepara muchas cosas para decir, la derriba a tierra, y empujando el tronco aún tibio habla sobre él con pecho enemigo: 'Quédate ahí ahora, temible.

No te enterrará tu excelente madre ni cubrirá tus miembros con el sepulcro patrio: te dejará para las aves salvajes, o sumergido en el remolino te llevará la corriente y peces hambrientos lamerán tus heridas.' En seguida persigue a Anteo y a Luca, primeras filas de Turno, y al fuerte Numa y al rubio Camerte, nacido del magnánimo Volcente, el más rico en tierras de los ausónidas y que reinó en la silenciosa Amiclas. Como Egeón, a quien dicen que tuvo cien brazos y cien manos, que ardió fuego por cincuenta bocas y pechos, cuando contra los rayos de Júpiter hacía resonar tantos escudos iguales, desenvainaba tantas espadas: así Eneas victorioso se desencadena en todo el campo una vez que su espada se calentó.

Mira, se lanza incluso contra los cuatro caballos de Nifeo y contra su pecho que viene de frente. Y ellos cuando lo vieron avanzar a grandes pasos y rugiendo horrores, vueltos por el miedo y precipitándose hacia atrás derriban al conductor y arrastran el carro hacia las costas. Mientras tanto se introduce en medio Lúcago en su biga de caballos blancos con su hermano Liger; pero el hermano con las riendas guía los caballos, el impetuoso Lúcago blande la espada desenvainada. No soportó Eneas que se enfurecieran con tanto ardor; se abalanzó y apareció enorme con la lanza en ristre.

A quien Liger: 'No ves los caballos de Diomedes ni el carro de Aquiles ni los campos de Frigia: ahora en estas tierras se dará el fin de la guerra y de tu vida.' Tales palabras vuelan a lo lejos del desquiciado Liger. Pero el héroe troyano no prepara palabras en respuesta, pues arroja su jabalina contra los enemigos. Cuando Lúcago, inclinado hacia delante mientras azuza con el látigo a los caballos, mientras con el pie izquierdo adelantado se prepara para el combate, la lanza penetra por los bordes inferiores del escudo reluciente, luego le perfora la ingle izquierda; derribado del carro rueda moribundo por los campos.

A quien el piadoso Eneas se dirige con palabras amargas: 'Lúcago, ninguna huida cobarde de tus caballos traicionó tu carro ni vanas sombras los apartaron de los enemigos: tú mismo saltando de las ruedas abandonas los yugos.' Diciendo así tomó los caballos; el hermano tendía sus palmas inermes, infeliz, caído del mismo carro: 'Por ti mismo, por quienes te engendraron tal, oh padres, varón troyano, perdona esta vida y compadécete del suplicante.' A quien rogaba más cosas Eneas: 'No tales palabras dabas hace poco. Muere y no abandones a tu hermano, hermano.'

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Entonces le abre el pecho de una puñalada y le descubre el escondite del alma. Tales matanzas sembraba por los campos el caudillo dardanio, furioso como un torrente de agua o un torbellino negro. Al fin irrumpen y abandonan el campamento el niño Ascanio y la juventud asediada en vano. Mientras tanto Júpiter se dirige a Juno espontáneamente: "Oh hermana mía y a la vez amadísima esposa, como pensabas, Venus (y tu opinión no se equivoca) sostiene las fuerzas troyanas, no la diestra vigorosa en la guerra de sus hombres ni su ánimo feroz y paciente ante el peligro." A él Juno sumisa: "¿Por qué, oh esposo hermosísimo, inquietas a quien está enferma y teme tus palabras tristes?

Si tuviera en el amor la fuerza que una vez hubo y debería haber, no me negarías esto, omnipotente, poder sustraer a Turno de la batalla y conservarlo incólume para su padre Dauno. Ahora que perezca y pague su castigo a los teucros con sangre piadosa. Sin embargo, él deriva su nombre de nuestra estirpe y Pílumno es su cuarto abuelo, y con tu mano generosa a menudo cargó tus umbrales con muchas ofrendas." A ella el rey del etéreo Olimpo habla así brevemente: "Si pides un aplazamiento de la muerte presente y el tiempo para el joven moribundo, y sientes que yo lo dispongo así, arrebata a Turno en la fuga y arráncalo de los hados inminentes: hasta aquí es posible complacerte.

Pero si bajo estas súplicas se esconde algún perdón más profundo y piensas que toda la guerra puede moverse o cambiarse, alimentas vanas esperanzas." Y Juno llorando: "¿Qué pasaría si lo que te cuesta decir de voz lo dieras de corazón y esta vida quedara asegurada para Turno? Ahora le aguarda un final grave siendo inocente, o yo me dejo llevar por lo falso. Ojalá más bien me burlen con un temor falso, y tú, que puedes, cambies tus planes hacia lo mejor." Cuando dijo esto, se lanzó de inmediato desde el alto cielo envuelta en una nube, impulsando una tormenta por los aires, y buscó la formación ilíaca y el campamento laurentino.

Entonces la diosa con una nube hueca forma una sombra tenue sin fuerzas con la apariencia de Eneas (prodigio admirable de ver) y la adorna con armas dardanias, e imita el escudo y los penachos de la divina cabeza, le da palabras vacías, le da sonido sin mente y reproduce los pasos de quien camina, como se dice que vuelan las figuras cuando sobreviene la muerte o como los sueños que engañan los sentidos dormidos. Pero la imagen salta alegre ante las primeras líneas y provoca al hombre y lo hostiga con dardos y palabras.

Turno se abalanza contra ella y desde lejos arroja una lanza silbante; ella da la espalda y vuelve sus pasos. Entonces verdaderamente Turno creyó que Eneas se retiraba dándole la espalda y turbado aspiró en su ánimo una esperanza vana: "¿Adónde huyes, Eneas? No abandones el tálamo pactado; esta diestra te dará la tierra que buscaste a través de las olas." Gritando tales cosas lo persigue y blande reluciente su espada, y no ve que sus alegrías se las lleva el viento. Casualmente una nave estaba amarrada junto al peñasco de una alta roca con las escaleras expuestas y el puente dispuesto, en la que el rey Osinio había llegado de las costas clusinas.

Aquí se arroja temblorosa en su escondite la imagen del Eneas que huye, y Turno no más lento la persiste, supera los obstáculos y salta sobre los altos puentes. Apenas había tocado la proa, cuando Saturnia rompe la amarra y arrastra la nave arrancada revolviéndola por las aguas. Entonces la liviana imagen ya no busca más escondites, sino que volando en lo alto se mezcla con una nube negra, mientras Eneas reclama a aquel ausente para el combate; envía a la muerte muchos cuerpos de hombres que salen al encuentro, mientras tanto un torbellino lleva a Turno por mitad del mar.

Mira atrás ignorante de lo ocurrido e ingrato por su salvación y con doble voz tiende las manos a los astros: "Padre omnipotente, ¿me juzgaste digno de tan gran crimen y quisiste que pagara tales castigos? ¿Adónde me llevan? ¿De dónde partí? ¿Qué huida o qué me devuelve? ¿Veré de nuevo los muros laurentinos o el campamento? ¿Qué hay de aquella tropa de hombres que me siguieron a mí y a mis armas? A todos (¡sacrilegio!) los he dejado en muerte infame y ahora los veo dispersos, y oigo el gemido de los que caen?

¿Qué hago? ¿O qué tierra bastante profunda se abrirá ya para mí? Vosotros, oh vientos, compadeceos más bien; a las rocas, a las peñas (Turno os lo ruega voluntariamente) llevad la nave y arrojadla a las crueles arenas de las sirtes, donde ni los rútulos ni la fama consciente me sigan." Diciendo esto fluctúa en su ánimo ora hacia aquí, ora hacia allá, si enloquecido por tanta deshonra debe atravesarse con su espada y empujar la cruda hoja por entre las costillas, o lanzarse en medio de las olas y nadando alcanzar las costas curvas y entregarse de nuevo a las armas de los teucros.

Tres veces intentó uno y otro camino, tres veces la máxima Juno contuvo al joven y lo detuvo compadecida en su corazón. Se desliza cortando las profundidades con ola y corriente favorables y es llevado a la antigua ciudad de su padre Dauno. Pero mientras tanto por advertencia de Júpiter Mezencio ardiente se incorpora al combate e invade a los teucros que se regocijan. Convergen las líneas tirrenas y todas contra uno solo, contra un solo hombre arrecian con odios y dardos frecuentes. Él (como una roca que se adentra en el vasto mar, expuesta a las furias de los vientos y a la embestida del ponto, soporta toda la fuerza y las amenazas del cielo y del mar permaneciendo inmóvil ella misma) derriba a tierra a Hebro, hijo de Dolicaón, junto con Látago y Palmo que huye, pero a Látago le aplasta la boca y el rostro con una piedra y enorme fragmento de monte, a Palmo cercenándole la rodilla lo deja rodar inerte, y las armas a Lauso

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se las da para que las lleve en los hombros y fije los penachos en la cabeza. Y también a Evantes frigio y a Mimante, igual y compañero de Paris, a quien en una sola noche Teano dio a luz siendo su padre Amico, y preñada de una antorcha la reina Ciseida a Paris; Paris yace en la ciudad paterna, la costa laurentina guarda a Mimante ignorado. Y como aquel jabalí expulsado de los altos montes por la mordedura de perros, a quien el Vésulo poblado de pinos defendió muchos años y la ciénaga laurentina alimentó en su selva de cañas, después de que llegó entre las redes, se detuvo y bramó feroz y erizó las armas, y nadie tiene el coraje de enfurecerse o acercarse más, sino que lo acosan desde lejos con jabalinas y seguros gritos; él en cambio impávido se demora hacia todas partes rechinando los dientes y sacudiéndose las lanzas del lomo: no de otro modo, quienes tienen justa ira contra Mezencio, ninguno tiene ánimo de enfrentarlo con hierro desnudo, lo hostigan desde lejos con proyectiles y vasto griterío.

Había llegado de los antiguos confines de Corito Acrón, hombre griego, dejando como fugitivo sus bodas sin consumar. Cuando lo vio mezclándose a lo lejos en medio de las formaciones, purpúreo de plumas y de púrpura de la esposa pactada, como un león hambriento que a menudo recorre los altos establos (pues lo incita el hambre voraz), si acaso divisa una cabra fugitiva o un ciervo que levanta sus cuernos, se regocija bostezando enormemente y eriza la melena y se aferra encima de las entrañas inclinándose sobre ellas; sangre repugnante lava su asquerosa boca: así se lanza impetuoso Mezencio contra los densos enemigos.

Es derribado el infeliz Acrón y expirando golpea la negra tierra con los talones y ensangrienta las armas quebradas. Y el mismo no se dignó derribar a Orodes que huía ni darle una herida a ciegas con lanza arrojada; le sale al encuentro frente a frente y hombre contra hombre se enfrentó, superior no por engaño sino por armas valientes. Luego sobre el abatido apoyando el pie y apoyándose en la lanza: "Yace alto Orodes, parte no despreciable de la guerra, oh hombres." Los compañeros gritan a coro un alegre peán secundándolo; pero él expirando: "No me quedaré sin venganza, quienquiera que seas, vencedor, ni te alegrarás mucho tiempo; a ti también te miran hados iguales y pronto ocuparás los mismos campos." A él sonriendo con ira mezclada Mezencio: "Ahora muere.

De mí que se ocupe el padre de los dioses y rey de los hombres." Diciendo esto sacó el dardo del cuerpo. A aquel el duro reposo y un férreo sueño oprime los ojos, se cierran sus pupilas en la noche eterna. Cedico mata a Alcatoo, Sacrator a Hidaspes y Partenio a Rapo y a Orses duro en fuerzas, Mesapo a Clonio y a Licaonio Erecetes, a este último yacente en tierra por la caída de un caballo sin freno, este infante. A pie también había avanzado el licio Agis, pero Valero, no carente del valor de sus antepasados, lo derriba; y Salio mata a Tronio, y a Salio lo mata Nealces con emboscada, con jabalina y flecha que engaña desde lejos.

Ya Marte, sombrío, igualaba los lutos y las muertes mutuas; mataban por igual y por igual caían vencedores y vencidos, ninguno conoce la huida. Los dioses en el palacio de Júpiter se compadecen de la ira vana de ambos y de que tales sufrimientos existan para los mortales; desde aquí Venus, desde allá la saturnia Juno observan. La pálida Tisífone se enfurece en medio de los millares. Pero entonces Mezencio, blandiendo su enorme lanza, entra turbulento en el campo. Tan grande como Orión, cuando avanza a pie por los vastos estanques del Nereo medio abriendo camino, y con el hombro sobresale de las olas, o trayendo un añoso fresno desde las cumbres de los montes avanza por el suelo y oculta la cabeza entre las nubes, así se lanza Mezencio con sus inmensas armas.

Eneas, que lo ha divisado en la larga formación, se dispone a ir a su encuentro. Él permanece impertérrito esperando al magnánimo enemigo, y se planta en su mole; y con la vista mide el espacio suficiente para la lanza: "Que mi diestra sea mi dios y el dardo que lanzo me asistan ahora. Prometo que a ti mismo, Lauso, vestido con los despojos arrancados del cuerpo del bandido, te haré trofeo de Eneas". Dijo, y arrojó a distancia la silbante lanza. Pero ella, volando, rebota en el escudo y a lo lejos atraviesa el costado del egregio Antores entre las costillas y la ingle, Antores compañero de Hércules, que enviado desde Argos se había unido a Evandro y se había establecido en la ciudad itálica.

Cae infeliz por una herida ajena, y mira el cielo y al morir recuerda la dulce Argos. Entonces el piadoso Eneas lanza su asta; ella atraviesa el orbe hueco de bronce triple, y el lino del forro y la obra tejida con tres pieles de toro, y se clava en lo profundo de la ingle, pero no le quita las fuerzas. Raudo Eneas, alegre al ver la sangre del tirreno, arranca la espada del muslo y acosa ardiente al que tiembla. Gimió profundamente por el amor de su querido padre, al verlo, Lauso, y las lágrimas rodaron por su rostro.

Aquí tu muerte dura y tus óptimas hazañas, si alguna fe va a dar la vejez a obra tan grande, no ciertamente te callaré, joven memorable. Él retrocedía inútil y trabado retirándose y arrastrando en el escudo el asta enemiga. Se lanzó el joven y se mezcló en las armas, y justo cuando la diestra de Eneas se alzaba trayendo el golpe se metió bajo la punta y lo detuvo demorándolo; lo sostienen los compañeros con gran clamor, mientras el padre protegido por el escudo del hijo se retira,

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y arrojan dardos y hostigan desde lejos al enemigo con proyectiles. Eneas se enfurece y se mantiene a cubierto. Y como cuando a veces, derramada la granizada, las nubes se precipitan, todo labrador huye de los campos, todo agricultor, y el viajero se oculta en refugio seguro o en las riberas del río o bajo la bóveda de alta roca, mientras llueve sobre la tierra, para que cuando vuelva el sol puedan reanudar el día: así sepultado por doquier bajo los dardos Eneas soporta la nube de guerra hasta que retumbe entera, e increpa a Lauso y amenaza a Lauso: "¿A dónde te lanzas a morir y osas más que tus fuerzas?

Tu piedad te engaña incauto". Pero no menos él se exalta demente, y ya más alta la ira salvaje sube en el caudillo dardanio, y las últimas hebras las Parcas hilan para Lauso. Pues Eneas hunde la poderosa espada por la mitad del joven y la esconde toda; atravesó la punta también la parma, armas ligeras del amenazante, y la túnica que su madre había tejido con oro blando, y la sangre llenó su pecho; luego la vida por los aires se fue triste a los Manes y abandonó el cuerpo.

Pero cuando el Anquisiada vio el rostro del moribundo y su cara, su cara palideciendo de modos asombrosos, gimió compadeciéndose profundamente y extendió la diestra, y la imagen de la piedad paterna entró en su mente. "¿Qué te daré ahora, muchachito miserable, por estas alabanzas, qué digno de tal naturaleza dará el piadoso Eneas? Las armas en que te alegraste tenlas, tuyas; y a ti a las sombras de tus padres y a tu ceniza, si algo es ese cuidado, te devuelvo. Con esto, sin embargo, infeliz, consuélate de tu muerte miserable: caes por la diestra del gran Eneas".

Increpa además a los compañeros que vacilan y levanta del suelo a él mismo manchando con sangre los cabellos peinados según la costumbre. Mientras tanto el padre junto a la onda del río Tíber lavaba las heridas con linfa y reclinaba el cuerpo apoyado en el tronco de un árbol. A lo lejos del bronce el yelmo cuelga de las ramas y las pesadas armas reposan en el prado. Están en torno los jóvenes escogidos; él enfermo jadeando acaricia el cuello tendido, la barba peinada sobre el pecho; mucho pregunta por Lauso, y a muchos envía para que lo llamen de vuelta y lleven los mandatos del triste padre.

Pero los compañeros traían a Lauso exánime sobre sus armas llorando, enorme y vencido por enorme herida. Reconoció desde lejos el gemido su mente presaga del mal. Deforma sus canas con mucho polvo y ambas palmas tiende al cielo y se aferra al cuerpo. "¿Tanto me retuvo, hijo, el placer de vivir, que te dejé sucumbir por mí ante la diestra enemiga, a ti que engendré? ¿Por estas heridas tuyas me salvo yo, tu padre, viviendo de tu muerte? Ay, ahora por fin para mí, miserable, el destierro infeliz, ahora la herida hundida profundo.

Yo mismo, hijo, tu nombre lo maculé con mi crimen, expulsado por el odio del trono y los cetros paternos. Debí las penas a la patria y a los odios de los míos: yo mismo habría entregado por todas las muertes mi alma culpable. Ahora vivo y todavía no abandono a los hombres y la luz. Pero la abandonaré". Al mismo tiempo diciendo esto se alza sobre su enfermo muslo y, aunque la fuerza lo retarda por la herida profunda, nada abatido ordena que traigan el caballo.

Este era su gloria, este su consuelo, en este vencedor se retiraba de todas las guerras. Se dirige al que está triste y así le habla: "Rebo, mucho tiempo, si algo es mucho tiempo para los mortales, hemos vivido. O hoy victorioso traerás los despojos de ese sangriento y la cabeza de Eneas y serás vengador de los dolores de Lauso conmigo, o si ninguna fuerza abre camino, sucumbirás igualmente; pues no creo, fortísimo, que soportes órdenes ajenas y tengas por dignos amos a los teucros".

Dijo, y recibido sobre el lomo colocó sus miembros acostumbrados y cargó ambas manos con agudas jabalinas, la cabeza fulgente de bronce y erizado con crin de caballo. Así se lanzó raudo en medio de ellos. Hierve inmenso en un solo corazón el pudor y la locura mezclada con el luto. Y aquí tres veces llamó a Eneas con gran voz. Eneas lo reconoció y alegre suplica: "Que así lo haga el padre de los dioses, que así el alto Apolo. Empieces a trabar mano".

Solo esto dijo y avanza de frente con la lanza hostil. Pero él: "¿Por qué, el más cruel, me aterras arrancándome a mi hijo? Este fue el único camino por el que podías destruirme: no tememos la muerte ni perdonamos a ninguno de los dioses. Cesa, pues vengo a morir y antes te traigo estos dones". Dijo, y arrojó un dardo contra el enemigo; luego otro encima y otro, y los clava mientras gira en círculo inmenso, pero el áureo umbo los sostiene. Tres veces cabalgó en círculos por la izquierda alrededor del que está firme arrojando dardos con la mano, tres veces el héroe troyano da vueltas consigo llevando un bosque inmenso en su coraza de bronce.

Luego cuando ya le hastía haber demorado tanto, arrancar tantas jabalinas, y es urgido en combate desigual, mucho revolviendo en su ánimo por fin irrumpe y entre las sienes huecas del caballo de guerra clava la lanza. Se alza erguido el cuadrúpedo y golpea los aires con los cascos y derribando al jinete encima él mismo luego lo enreda y se desploma con la paletilla eyectada de cuajo. Encienden el cielo con clamor troyanos y latinos. Vuela Eneas y arranca la espada de la vaina y encima esto: "¿Dónde está ahora el fiero Mezencio y aquella fuerza salvaje del ánimo?".

El tirreno, mientras mirando a lo alto aspiró los aires del cielo y recobró la mente: "Enemigo amargo, ¿por qué increpa y amenazas con la muerte? No hay crimen alguno en matarme, ni así vine a los combates,

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ni mi hijo Lauso pactó contigo estos pactos por mí. Una sola cosa te pido, si hay algún perdón para los vencidos enemigos: deja que mi cuerpo sea cubierto por la tierra. Sé que me rodean los odios crueles de los míos: defiéndeme, te lo ruego, de ese furor y concédeme compartir la tumba con mi hijo. Así habla, y consciente recibe la espada en la garganta y derrama su alma sobre las armas con la sangre que mana a borbotones.

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