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Libro VII

La Eneida · Virgilio · 41 min de lectura

Parte1versos 1-100

También tú, nodriza de Eneas, al morir en nuestras costas, Cayeta, dejaste una fama eterna; y ahora tu honor guarda tu tumba, y tu nombre señala tus huesos en la gran Hesperia, si es que esa gloria vale algo. Pero el piadoso Eneas, cumplidos debidamente los ritos funerarios, levantado el túmulo, cuando las aguas profundas se calmaron, despliega las velas y zarpa, dejando atrás el puerto. Las brisas soplan en la noche y la luna brillante no niega su ayuda a la travesía, el mar resplandece bajo su luz trémula.

Bordean las costas cercanas de la tierra de Circe, donde la rica hija del Sol en sus bosques inaccesibles resuena con su canto incesante, y en sus soberbios palacios quema cedro perfumado para luz nocturna, recorriendo con peine sonoro sus finas telas. Desde ahí se oían gemidos y rugidos de leones que se resistían a las cadenas y bramaban en la noche cerrada, y jabalíes erizados y osos en sus jaulas enfurecidos, y aullidos de enormes lobos, a los que la diosa cruel con sus poderosas hierbas había transformado de rostros humanos en bestias salvajes.

Para que los piadosos troyanos no padecieran tales monstruos al ser arrastrados al puerto ni pisaran costas tan funestas, Neptuno llenó sus velas con vientos favorables y les dio una huida veloz, llevándolos más allá de las aguas hirvientes. Ya enrojecía el mar con los rayos y desde el alto cielo la Aurora dorada brillaba en su carro de rosas, cuando los vientos cesaron y de repente se apagó todo soplo, y los remos luchan en un mar de plomo. Y aquí Eneas divisa desde el mar un bosque inmenso.

Por en medio de él el Tíber ameno con rápidos remolinos y amarillento de arena abundante irrumpe hacia el mar. Alrededor y encima, diversas aves acostumbradas a las riberas y al cauce del río acariciaban el aire con su canto y volaban por el bosque. Ordena a sus compañeros cambiar el rumbo y volver las proas a tierra, y alegre se adentra en el río sombreado. Ahora vamos, Erato, qué reyes, qué tiempos, qué estado de cosas había en el antiguo Lacio cuando un ejército extranjero arribó por primera vez con su flota a las costas ausonias, lo expondré, y traeré de vuelta los comienzos de la primera guerra.

Tú inspira al poeta, tú, diosa. Diré guerras atroces, diré batallas y reyes lanzados con furia a la muerte, la hueste tirrena y toda Hesperia forzada a tomar las armas. Me nace un orden mayor de los acontecimientos, emprendo una obra mayor. El rey Latino gobernaba ya anciano, en larga paz, los campos y ciudades tranquilas. Sabemos que fue engendrado por Fauno y la ninfa laurentina Marica; Pico fue padre de Fauno, y él declara ser tu hijo, Saturno; tú eres el ancestro último de la estirpe.

No tuvo hijo varón por designio de los dioses, la descendencia masculina le fue arrebatada en su temprana juventud. Solo una hija guardaba el palacio y tan grandes dominios, ya madura para el matrimonio, ya núbil en la plenitud de sus años. Muchos la pretendían desde el gran Lacio y toda Ausonia; la cortejaba antes que todos, el más hermoso de todos, Turno, poderoso por abuelos y antepasados, a quien la reina su esposa ansiaba unir como yerno con admirable amor; pero los presagios de los dioses lo impiden con terrores diversos.

Había un laurel en medio del palacio, en los altos aposentos sagrados, venerado en su follaje y guardado con temor durante muchos años, que el padre Latino, según se decía, cuando fundó la primera ciudadela, lo había consagrado a Febo al encontrarlo, y de él había dado el nombre de laurentinos a los colonos. En su copa, un denso enjambre de abejas (maravilla de contar) transportado con gran zumbido por el aire límpido se posó en la cima, y con las patas entrelazadas unas con otras colgó súbitamente del ramaje frondoso.

Al instante el adivino dijo: "Vemos venir un varón extranjero, y una tropa que busca las mismas regiones desde las mismas regiones y que dominará en la cumbre de la ciudadela". Además, mientras encendía los altares con antorchas castas y junto a su padre estaba la virgen Lavinia, se vio (¡oh horror!) que el fuego le prendía en los largos cabellos y que todo su adorno ardía con llama crepitante, encendida su cabellera regia, encendida la corona insignia de gemas; luego envuelta en luz humeante rojiza esparcía el fuego de Vulcano por todo el palacio.

Esto en verdad se consideró portentoso y asombroso de ver: pues profetizaban que ella sería ilustre en fama y destinos, pero que presagiaba una gran guerra para el pueblo. El rey, inquieto por los portentos, acude a los oráculos de Fauno, su padre profético, y consulta los bosques bajo la alta Albunea, que es la mayor de las selvas sagradas, resuena con su fuente y exhala en la sombra un vapor maligno. De aquí los pueblos itálicos y toda la tierra enotria buscan respuestas en sus dudas; aquí el sacerdote, cuando trajo ofrendas y en la noche silenciosa se recostó sobre pieles extendidas de ovejas sacrificadas y buscó el sueño, ve muchas visiones que revolotean de modos extraños y oye voces variadas y goza del coloquio con los dioses y habla con el Aqueronte en lo profundo del Averno.

También allí entonces el padre Latino en persona, buscando respuestas, sacrificaba debidamente cien ovejas lanudas, y recostado sobre sus lomos y tendido en sus vellones yacía: súbitamente una voz llegó desde lo profundo del bosque: "No busques casar a tu hija con pretendientes latinos, hijo mío, ni confíes en las bodas preparadas; vendrán yernos extranjeros que elevarán nuestro nombre hasta las estrellas con su sangre, y cuyos descendientes verán todo bajo sus pies, dondequiera que el sol en su recorrido

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contempla uno y otro océano, girar y ser regido por ellos". Estas respuestas del padre Fauno y advertencias dadas en la noche silenciosa, Latino no las guarda para sí, sino que la Fama, volando ya en círculos amplios por las ciudades ausonias, las había llevado cuando la juventud descendiente de Laomedonte amarró su flota al talud herboso de la orilla. Eneas y los jefes principales y el hermoso Yulo reclinan sus cuerpos bajo las ramas de un árbol alto, preparan el banquete y colocan tortas de trigo sobre la hierba como base de la comida (así lo había indicado Júpiter mismo) y coronan el suelo de Ceres con frutos silvestres.

Consumido lo demás por casualidad, cuando la escasez de alimento los obligó a volver sus bocados hacia el escaso pan de Ceres y a violar con la mano y audaces mandíbulas el disco de la corteza fatídica sin perdonar las amplias porciones: "Eh, ¿también nos comemos las mesas?", dijo Yulo, sin más, bromeando. Esa palabra oída puso fin a los trabajos, y el padre la arrebató de la boca del que hablaba y la retuvo asombrado por el presagio divino. Enseguida dice: "Salve, tierra que me debían los hados, y vosotros, fieles penates de Troya, salve: aquí está el hogar, esta es la patria.

Pues mi padre Anquises (ahora lo recuerdo) me dejó estos secretos de los hados: 'Cuando, hijo, el hambre te obligue, llevado a costas desconocidas, consumidos los manjares, a comerte las mesas, entonces, agotado, espera un hogar, y allí acuérdate de establecer con tu mano los primeros asentamientos y construir murallas'. Esta era aquella hambre, esta nos esperaba como última para poner fin a nuestras desgracias. Así pues vamos, y alegres con la primera luz del sol exploremos qué lugares hay, qué hombres los habitan, dónde están las murallas del pueblo, y desde el puerto salgamos en direcciones distintas.

Ahora haced libaciones a Júpiter con copas e invocad con plegarias a mi padre Anquises, y volved a poner vino en las mesas". Así habló, y se ciñe las sienes con rama frondosa e invoca al genio del lugar y a la primera de los dioses, la Tierra, y a las Ninfas y a los ríos aún desconocidos, luego a la Noche y a los signos nacientes de la Noche, e invoca en orden a Júpiter Ideo y a la Madre frigia, y a sus dos progenitores, en el cielo y en el Érebo.

Aquí el padre omnipotente tres veces desde el alto cielo tronó resplandeciente, y con su propia mano agitó y mostró desde el éter una nube ardiente con rayos de luz y oro. Aquí de repente se difunde el rumor por las filas troyanas de que ha llegado el día en que deben fundar las murallas prometidas. Rivalizan en reanudar el banquete y, por el gran presagio, alegres colocan crateras y coronan los vinos. Cuando el día siguiente con su primera antorcha iluminaba las tierras al nacer, exploran en distintas direcciones la ciudad, los límites y las costas del pueblo: estas son las lagunas de la fuente Numicio, este Tíber río, aquí los valientes latinos habitan.

Entonces el hijo de Anquises ordena que de entre todos, elegidos, cien embajadores vayan a las murallas augustas del rey, velados todos con ramas de Palas, y lleven presentes al hombre y pidan paz para los troyanos. Sin demora, obedecen presurosos y van con pasos rápidos. Él mismo traza las murallas con un humilde foso y dispone el lugar, y las primeras sedes en la costa, al modo de un campamento, las ciñe con almenas y terraplén. Y ya cumplido el camino, las torres y techos escarpados de los latinos divisaban los jóvenes y se acercaban al muro.

Ante la ciudad los muchachos y la juventud en flor temprana se ejercitan con caballos y doman carros en el polvo, o tensan arcos potentes o lanzan con los brazos jabalinas flexibles, y compiten en carrera y golpe: cuando un mensajero, adelantándose a caballo, a los oídos del rey anciano lleva la noticia de que han llegado hombres imponentes con vestimenta desconocida. Él ordena que sean llamados dentro del palacio y se sentó en medio en el solio ancestral. El palacio augusto, inmenso, elevado con cien columnas, estaba en lo alto de la ciudad, palacio de Pico el laurentino, pavoroso por los bosques y la veneración de los antepasados.

Aquí recibir los cetros y alzar los primeros haces era augurio para los reyes; esto era para ellos curia y templo, estas las sedes para los banquetes sagrados; aquí, sacrificado un carnero, acostumbraban los padres sentarse a mesas perpetuas. Y además las efigies de los antiguos ancestros en orden, de cedro antiguo, tanto Ítalo como el padre Sabino cultivador de la vid, que conserva bajo su imagen la hoz curva, y el viejo Saturno y la imagen de Jano bifronte, estaban de pie en el vestíbulo, y otros reyes desde el origen, y los que sufrieron heridas marciales luchando por la patria.

Y además muchas armas en los postes sagrados, carros capturados cuelgan y hachas curvas y crestas de cabezas y enormes cerrojos de puertas y jabalinas y escudos y espolones arrancados de las proas. El mismo Pico, domador de caballos, estaba sentado con el lituo quirinal ceñido con una toga corta y llevaba en la izquierda el ancile, a quien su esposa, presa de deseo, con vara áurea golpeado y con venenos transformado Circe hizo ave y esparció colores en sus alas. En tal templo de los dioses y en la sede patria, Latino, sentado, llamó a los troyanos hacia sí al palacio, y esto primero pronunció con boca serena cuando entraron: 'Decid, dardanios (pues no ignoramos ni la ciudad ni la estirpe, y habiendo oído dirigís el curso por el mar), ¿qué buscáis?

¿Qué causa o qué necesidad condujo las naves a la costa ausonia por tantas aguas cerúleas? Ya sea por error del camino o impulsados por tempestades, cosas que muchas sufren los marinos en el mar profundo,

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habéis entrado en las riberas del río y os asentáis en el puerto, no huyáis de la hospitalidad, ni ignoréis que los latinos son gente de Saturno, justa no por cadenas ni leyes, sino que se contiene por voluntad propia y por costumbre del antiguo dios. Y en verdad recuerdo (la fama es más oscura por los años) que así contaban los ancianos auruncos, que nacido en estos campos Dárdano penetró hasta las ciudades frigias del Ida y la Samos tracia, que ahora se llama Samotracia.

Desde aquí, partido de la sede tirrena de Corito, ahora el palacio áureo del cielo estrellado lo acoge en su trono y aumenta el número de los dioses en los altares.' Había hablado, y a sus palabras Ilioneo así respondió con su voz: 'Rey, estirpe egregia de Fauno, ni empujados por olas negra tormenta nos obligó a arribar a vuestras tierras, ni astro ni rumbo del camino o costa nos engañó: con propósito todos y con ánimos voluntariosos a esta ciudad llegamos, expulsados de reinos que antaño fueron los más grandes que el sol contemplaba viniendo desde el extremo Olimpo.

De Júpiter es el origen de la estirpe, en Júpiter se goza la juventud dardania como abuelo, el rey mismo es de la suprema estirpe de Júpiter: el troyano Eneas nos envió a tus umbrales. Cuán grande tempestad desatada por las feroces Micenas cayó sobre los campos ideos, por qué hados impulsados uno y otro mundo, Europa y Asia, chocaron, lo oyó hasta quien la tierra extrema apartada por el Océano rechazado separa y quien la extensa zona de las cuatro en medio separa la zona del sol inclemente.

Desde aquel diluvio por tantos mares vastos llevados pedimos para los dioses patrios sede exigua y costa inocua y para todos agua y aire abiertos. No seremos indignos del reino, ni vuestra fama será llevada como leve ni se borrará la gratitud de tan gran acción, ni a Ausonia pesará haber acogido a Troya en su regazo. Por los hados de Eneas juro y por su diestra poderosa, sea probado en lealtad sea quien en guerra y armas: muchos pueblos, muchas (no desprecies que espontáneamente presentamos con las manos vendas y palabras suplicantes) naciones nos buscaron para sí y quisieron unirse; pero los hados de los dioses con sus mandatos nos obligaron a buscar vuestras tierras.

De aquí Dárdano nació, aquí regresa y con órdenes imponentes Apolo urge hacia el Tíber tirreno y las aguas sagradas de la fuente Numicio. Te da además pequeños dones de su anterior fortuna, reliquias rescatadas de Troya en llamas. Con este oro el padre Anquises hacía libaciones en los altares, este era el ornamento de Príamo cuando conforme al rito daba leyes a los pueblos convocados, y el cetro y las tiaras sagradas y vestiduras, labor de las mujeres de Ilión.' Con tales palabras de Ilioneo, Latino mantiene el rostro fijo con la mirada y permanece inmóvil en su asiento, volviendo los ojos atentos.

Ni la púrpura bordada conmueve al rey ni tanto los cetros de Príamo cuanto se demora en el matrimonio de su hija y el tálamo, y revuelve en su pecho el oráculo del viejo Fauno: este es aquel que los hados anuncian partido de sede externa como yerno y llamado al reino con iguales auspicios, para él una descendencia que será futura en virtud egregia y que con sus fuerzas ocupará el mundo entero. Por fin alegre dice: '¡Que los dioses secunden nuestros propósitos y su augurio!

Se te dará, troyano, lo que deseas. No desprecio los dones: no os faltará bajo el rey Latino la ubérrima riqueza del campo ni la opulencia de Troya. Que el mismo Eneas, si tan grande es el deseo de nosotros, si se apresura a unirse en hospitalidad y ser llamado aliado, venga, y no se horrorice de rostros amigos: parte de mi paz será haber tocado la diestra del caudillo. Vosotros en cambio llevad al rey estos mandatos míos: tengo una hija, a la cual unir con varón de nuestra gente no permiten ni los oráculos del santuario patrio ni los muchos prodigios del cielo; cantan que yernos vendrán de costas externas, esto le resta al Lacio, que con su sangre nuestro nombre lleven a los astros.

Este es el que los hados reclaman, así lo creo y, si la mente augura algo verdadero, lo deseo.' Habiendo hablado así, el padre escoge caballos de todo el número (estaban trescientos lustrosos en los establos altos); ordena que al punto para todos los teucros sean conducidos en orden corceles enjaezados con púrpura y tapices bordados (colgantes collares de oro penden en los pechos, cubiertos de oro mastican oro fulvo bajo los dientes), para el ausente Eneas un carro y dos yeguas yugales de simiente etérea, que respiran fuego por las narices, de aquella raza del padre que la ingeniosa Circe, con madre sustituida, bastardos hurtados creó.

Con tales dones y palabras de Latino los enéadas, sublimes en los caballos, regresan y traen la paz. Pero he aquí que la feroz esposa de Júpiter regresaba de Argos inaquio y sostenida por las auras iba, y al alegre Eneas y la flota dardania divisó desde el éter, desde el Paquino sículo. Ve que ya construyen techos, ya confían en la tierra, han abandonado las naves: se detuvo clavada por agudo dolor. Entonces sacudiendo la cabeza derrama del pecho estas palabras: '¡Ay, estirpe odiosa y hados contrarios a nuestros hados los frigios!

¿Acaso pudieron sucumbir en los campos sigeos, acaso pudieron ser capturados los cautivos? ¿Acaso Troya incendiada cremó a sus hombres? Por en medio de las batallas y por en medio de los fuegos hallaron camino. Pero, creo, mis poderes al fin yacen exhaustos, o saciada de odios descansé. Más aún, arrojados de la patria, hostil por las ondas osé perseguir y por todo el ponto oponerme a los fugitivos.

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Gastadas contra los troyanos las fuerzas del cielo y del mar. ¿De qué me sirvieron las Sirtes o Escila, de qué la inmensa Caribdis? Se instalan en el cauce ansiado del Tíber seguros del mar y de mí. Marte pudo destruir la raza inmensa de los lápitas, el mismo padre de los dioses cedió a la ira de Diana la antigua Calidón, ¿qué crimen merecieron tanto los lápitas o Calidón? Pero yo, la gran esposa de Júpiter, que nada dejé sin intentar, yo, desdichada, que me volví hacia todo, soy vencida por Eneas.

Si mi poder divino no es suficientemente grande, no dudaré en implorar lo que sea que exista: si no puedo doblegar a los de arriba, moveré el Aqueronte. No me será dado, está bien, impedir que reine en el Lacio, y Lavinia permanece inmóvil como esposa por los hados: pero sí puedo alargar y agregar demoras a tan grandes acontecimientos, sí puedo aniquilar a los pueblos de ambos reyes. Que con este precio de los suyos se unan yerno y suegro: con sangre troyana y rútula serás dotada, virgen, y Belona te aguarda como madrina.

Y no solo la hija de Ciseo preñada parió fuegos nupciales; sino que también Venus tiene el mismo parto y otro Paris, y de nuevo antorchas funestas renacidas para Pérgamo. Cuando dijo esto, horrenda se lanzó a las tierras; a Alecto portadora de luto desde la morada de las diosas infernales la convoca de entre las tinieblas, a ella para quien son queridas las guerras tristes y las iras y las insidias y los crímenes nocivos. La odia el mismo padre Plutón, la odian las hermanas tartáreas, monstruo: en tantos rostros se transforma, tan salvajes aspectos, tantas serpientes negras brotan.

A ella Juno la incita con estas palabras y le dice: Concédeme este trabajo propio, virgen nacida de la Noche, esta tarea, para que nuestro honor no ceda quebrantado ni nuestra fama retroceda, y los enéadas no puedan pretender con bodas a Latino ni ocupar las fronteras itálicas. Tú puedes armar en batallas a hermanos unidos y trastornar casas con odios, tú traer azotes a los techos y antorchas funerarias, tú tienes mil nombres, mil artes de dañar. Sacude tu pecho fecundo, disuelve la paz establecida, siembra crímenes de guerra; que la juventud quiera y pida y arrebate las armas a la vez.

Entonces Alecto infectada de venenos gorgóneos primero busca el Lacio y los altos techos del tirano laurentino, y acecha el umbral silencioso de Amata, a quien por la llegada de los teucros y las bodas de Turno cocían ardiente cuidados femeninos e iras. A ella la diosa le arroja una serpiente de sus cabellos azules y la mete en su seno hasta lo más íntimo del pecho, para que enfurecida con el monstruo trastorne toda la casa. Aquella entre las ropas y el pecho liso se desliza y se enrosca sin ningún contacto, y engaña a la enloquecida inspirándole aliento de víbora; se vuelve collar retorcido en el cuello la enorme serpiente, se vuelve cinta de la larga venda y se enreda en los cabellos y lubrica vaga por los miembros.

Y mientras la primera peste deslizada con húmedo veneno penetra los sentidos y enreda fuego en los huesos y el ánimo aún no ha percibido la llama en todo el pecho, habló con suavidad y a la manera acostumbrada de las madres, llorando mucho por su hija y por las bodas frigias: ¿Se entrega Lavinia para ser casada con teucros exiliados, oh padre, y no te apiadas de tu hija ni de ti mismo? ¿Ni te apiadas de la madre, a quien al primer Aquilón abandonará el pérfido saqueador buscando alta mar con la virgen raptada?

¿Acaso no así el pastor frigio penetró Lacedemonia y llevó a Helena de Leda a las ciudades troyanas? ¿Qué hay de tu sagrada lealtad? ¿Qué del antiguo cuidado por los tuyos y la diestra tantas veces dada a Turno consanguíneo? Si se busca un yerno de gente externa para los latinos, y eso está decidido, y te apremian las órdenes de Fauno tu padre, toda tierra que libre de nuestros cetros se separa la considero externa y así creo que hablan los dioses. Y para Turno, si se remonta el primer origen de su casa, Ínaco y Acrisio son sus padres y la central Micenas.

Cuando tras probar en vano con estos dichos ve que Latino se mantiene firme, y el mal furioso de la serpiente deslizado profundo en las entrañas la recorre toda, entonces verdaderamente la infeliz excitada por inmensos monstruos enloquecida desvaría sin medida por la inmensa ciudad. Como alguna vez un trompo volando bajo el látigo retorcido, que los niños en gran círculo por los atrios vacíos atentos en el juego ejercitan, él impulsado por la correa es llevado por espacios curvos; se asombra arriba la inexperta y púber turba admirada del boj giratorio; los golpes le dan impulso: no más lenta que aquella carrera por en medio de las ciudades es arrastrada y por los pueblos feroces.

Es más, incluso a los bosques fingiendo el poder de Baco intentando mayor sacrilegio y comenzando mayor locura vuela lejos y oculta a su hija en los montes frondosos, para arrebatarle el tálamo a los teucros y demorar las antorchas, gritando euhoe Baco, solo tú eres digno de la virgen vociferando: pues ella puede tomar tus suaves tirsos, honrarte en el coro, alimentar para ti su cabellera sagrada. Vuela la fama, y el mismo ardor encendidas las madres en el pecho a todas a la vez las impulsa a buscar nuevos techos.

Abandonaron sus casas, entregan al viento cuellos y cabelleras; otras llenan el éter con trémulos ulular y llevan lanzas ceñidas con pieles de pámpano. Ella misma en medio ferviente sostiene en alto un pino llameante y canta las bodas de su hija y Turno torciendo la mirada sanguinaria, y de repente torva grita: Oh madres, escuchad, dondequiera que estéis, latinas:

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si alguna gratitud queda en vuestros almas piadosas por la infeliz Amata, si el cuidado del derecho materno os remuerde, soltad las vendas de los cabellos, tomad las orgías conmigo. Así entre los bosques, entre los desiertos de fieras a la reina Alecto la impulsa por todas partes con aguijones de Baco. Después que le pareció haber avivado suficientemente los primeros furores y trastocado todo el propósito y toda la casa de Latino, enseguida de allí con oscuras alas la triste diosa se eleva hacia los muros del audaz rútulo, ciudad que se dice Dánae fundó con colonos acrisioneos llevada por el precipitado Noto.

El lugar antiguamente se llamó Ardea de los ancestros, y ahora permanece el gran nombre de Ardea, pero su fortuna pasó. Aquí Turno en altos techos ya a media noche negra gozaba del reposo. Alecto depone su torvo rostro y sus miembros furiosos, se transforma en aspecto de anciana y surca de arrugas su frente obscena, se pone blancos cabellos con venda, luego entrelaza un ramo de olivo; se vuelve Calibe anciana de Juno y sacerdotisa del templo, y ante los ojos del joven se presenta con estas palabras: Turno, ¿tolerarás que tantos trabajos derramados sean en vano, y tu cetro sea transferido a colonos dardanios?

El rey te niega el matrimonio y las dotes ganadas con sangre, y se busca un heredero externo para el reino. Anda ahora, burlado, ofrécete a peligros ingratos; anda, abate las filas tirrenas, protege con paz a los latinos. Esto precisamente a ti, cuando yacías en la noche plácida, me ordenó decirte abiertamente la misma omnipotente Saturnia. Por tanto vamos y alégrate de preparar que se arme la juventud y se mueva por las puertas a los campos, y quema a los jefes frigios que se han asentado en el hermoso río y las pintadas naves.

La gran fuerza de los celestiales lo ordena. El mismo rey Latino, si no admite dar el matrimonio y obedecer lo dicho, que sienta y finalmente pruebe a Turno en armas. Aquí el joven burlándose de la vidente así a su vez responde con la boca: Que una flota ha entrado en la onda del Tíber no ha escapado, como crees, de mis oídos la noticia; no me inventes tan grandes miedos. Ni la regia Juno está olvidada de nosotros. Pero a ti la vejez vencida por la herrumbre y agotada de verdad, oh madre, en vano te fatiga con preocupaciones, y con armas de reyes te burla con falso temor de vidente.

Tu cuidado es guardar las efigies de los dioses y los templos; los varones llevarán la guerra y la paz, quienes deben llevar la guerra. Con tales palabras de Alecto se encendió en iras. Pero al joven que habla un súbito temblor ocupa sus miembros, se quedaron rígidos sus ojos: tantas hidras silba la Erinia y tan grande rostro se revela; luego retorciendo sus ojos llameantes al que vacila y busca decir más lo rechazó, y dos serpientes irguió desde sus cabellos, y golpeó con el látigo y añadió esto con boca rabiosa: 'Mírame a mí, vencida por la inacción, a quien la vejez agotada de verdad entretiene con falso miedo entre las armas de los reyes.

Mira esto: aquí estoy, vengo desde la morada de las terribles hermanas, guerra y muerte traigo en mi mano.' Dicho esto lanzó la antorcha al joven y le clavó bajo el pecho las teas humeantes de luz negra. A él un miedo enorme le rompe el sueño, y el sudor brotado de todo el cuerpo baña sus huesos y miembros. Enloquecido grita por las armas, busca armas en el lecho y la casa; se enfurece el amor del hierro y la insania criminal de la guerra, y encima la ira: igual que cuando la llama con gran estruendo se alimenta de varas bajo los flancos del caldero hirviente y saltan por el calor los líquidos, hierve dentro el agua humeante y el río se desborda en alto con espumas, y ya no se contiene la onda, vuela negro el vapor a los aires.

Así que rota la paz marcha donde el rey Latino con los primeros jóvenes y ordena preparar las armas, defender Italia, expulsar al enemigo de las fronteras; dice que él basta para enfrentarse a troyanos y latinos juntos. Cuando dijo esto e invocó a los dioses como testigos de sus votos, compitiendo entre sí los rútulos se exhortan a las armas. A este lo mueve el egrégio esplendor de su forma y juventud, a aquel sus reyes antepasados, a otro su mano famosa por claras hazañas.

Mientras Turno llena de ánimos audaces a los rútulos, Alecto contra los troyanos se lanza con alas estigias, con arte nuevo, habiendo espiado el lugar donde en la costa el hermoso Iulo acosaba a las fieras con trampas y cacería. Aquí la virgen del Cocito arroja a los perros una rabia súbita y toca sus narices con olor conocido, para que persiguieran al ciervo ardientes; esto fue la primera causa de las penas y encendió los ánimos campesinos para la guerra. Había un ciervo de forma notable y cuernos enormes, que los hijos de Tirreo, arrebatado de la ubre de su madre, criaban, y el padre Tirreo, a quien obedecen los rebaños del rey y se confió la custodia de los anchos campos.

Su hermana Silvia, acostumbrado a sus órdenes, con todo cuidado adornaba sus cuernos entretejiendo suaves guirnaldas, peinaba a la fiera y la bañaba en la fuente pura. Él, tolerante de la mano y acostumbrado a la mesa del amo, vagaba por los bosques y de vuelta a los umbrales conocidos volvía solo a casa aunque fuera noche avanzada. A este, errante lejos, los perros de Iulo cazando rabiosos lo levantaron, cuando casualmente bajaba por el río a favor de la corriente y se refrescaba en la orilla verde.

El propio Ascanio también, encendido por amor de gloria extraordinaria, apuntó la flecha con el arco curvo; y no faltó el dios a su mano errante, y lanzada con mucho estruendo vino la caña por el vientre y por los ijares. Herido el cuadrúpedo huyó dentro del conocido techo

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y se metió gimiendo en los establos, y sangrante como una queja y semejante a alguien que implora llenaba toda la casa. Silvia, la hermana, primero golpeándose los brazos con las palmas pide auxilio y convoca a gritos a los duros campesinos. Ellos (pues la peste cruel acecha en los bosques silenciosos) se presentan de improviso, este armado con un tizón quemado, aquel con un tronco pesado de nudos; lo que cada uno encontró hurgando la ira lo hace arma. Tirreo convoca las tropas, respirando fuerte, arrebatada el hacha, mientras casualmente hendía un roble en cuatro partes con cuñas apretadas.

Pero la diosa cruel desde su atalaya, conseguida la ocasión de dañar, alcanza lo alto del techo del establo y desde la cima toca la señal pastoral y con el cuerno curvo lanza una voz tartárea, con la que de inmediato todo el bosque tembló y resonaron las selvas profundas; lo oyó a lo lejos el lago de Trivia, lo oyó el río Nar blanco de agua sulfúrea y las fuentes Velinas, y las madres asustadas apretaron a los hijos contra el pecho. Entonces verdaderamente hacia la voz veloces, donde la trompeta terrible dio la señal, acuden de todas partes con armas arrebatadas los indomables campesinos, y también la juventud troyana sale en auxilio de Ascanio desde el campamento abierto.

Desplegaron las filas. Ya no se lucha en combate campesino con troncos duros y estacas afiladas al fuego, sino que combaten con hierro de doble filo y a lo ancho se eriza negra la mies de espadas desenvainadas, y los bronces fulgen heridos por el sol y lanzan luz bajo las nubes: como cuando primero empezó a blanquear el mar con el viento, poco a poco se alza y más alto levanta las olas y después se eleva hasta el cielo desde el fondo profundo.

Aquí un joven ante la primera fila con flecha silbante, Almo, que era el mayor de los hijos de Tirreo, es derribado; pues se clavó la herida bajo la garganta y cerró el camino de la voz húmeda y la tenue vida con sangre. Muchos cuerpos de hombres alrededor y el anciano Galeso, mientras se ofrece como mediador de paz, el más justo que hubo y antaño el más rico en campos ausonios: cinco rebaños tenía de ovejas balantes, cinco volvían manadas de ganado, y volteaba la tierra con cien arados.

Y mientras esto se desarrolla por los campos con Marte igual, la diosa, cumplida su promesa, cuando con sangre la guerra manchó y entregó los primeros muertos del combate, abandona Hesperia y vuelta por los aires del cielo se dirige victoriosa a Juno con voz soberbia: 'Mira, completada para ti la discordia con guerra cruel; diles que se unan en amistad y junten pactos. Puesto que salpiqué de sangre ausonia a los troyanos, esto también les añadiré, si tu voluntad me es segura: llevaré a la guerra con rumores las ciudades vecinas, y encenderé los ánimos con amor de Marte insano para que vengan de todas partes como auxilio; esparciré armas por los campos.' Entonces en respuesta Juno: 'De terrores y fraude hay bastante: están las causas de guerra, se lucha cuerpo a cuerpo con armas, las armas que el azar dio primero las mancha sangre fresca.

Tales bodas y tales himeneos celebren el egrégio linaje de Venus y el propio rey Latino. Que vagues con demasiada libertad por los aires etéreos no lo querría aquel padre, soberano del alto Olimpo. Retírate de estos lugares. Yo, si queda alguna fortuna de trabajos, la dirigiré yo misma.' Tales palabras había dado la Saturnia; pero ella levanta las alas silbantes de serpientes y busca la morada del Cocito dejando las alturas de arriba. Hay un lugar en medio de Italia bajo montes altos, noble y recordado por la fama en muchas tierras, los valles de Amsancto; a este oscuro con frondas espesas lo oprimen por ambos lados las paredes del bosque, y en medio un torrente da estruendo con las rocas y remolino tortuoso.

Aquí se muestran una cueva horrible y los respiraderos del cruel Dite, y un abismo enorme con el Aqueronte roto abre sus fauces pestíferas, donde oculta la Erinia, numen odioso, aliviaba las tierras y el cielo. Y no menos mientras tanto la reina Saturnia a la guerra pone la mano final. Corre hacia la ciudad toda la multitud de pastores desde la línea de combate, y traen de vuelta al muchacho Almo muerto y la cara desfigurada de Galeso, e imploran a los dioses y suplican a Latino.

Turno está presente y en medio del crimen de matanza y fuego redoblá el terror: que se llama a los troyanos al reino, que se mezcla la estirpe frigia, que él es expulsado del umbral. Entonces aquellos cuyas madres enloquecidas por Baco en bosques remotos danzan en tiasas (pues no es leve el nombre de Amata) reunidos de todas partes se juntan y fatigan a Marte. Al instante todos contra los presagios piden la guerra infame, contra los hados de los dioses con numen perverso.

Compitiendo rodean la morada del rey Latino; él como roca inmóvil resiste al mar, como roca del mar cuando viene con gran fragor, que se mantiene firme en su mole rodeada de muchas olas ladrantes; en vano los escollos y las rocas espumosas alrededor braman y el alga golpeada en el flanco refluye. Pero cuando no se le da poder para superar el ciego designio, y las cosas van por la voluntad de la cruel Juno, el padre invocando mucho a los dioses y a los aires vanos 'Somos quebrados ay por los hados' dice 'y arrastrados por la tormenta!

Vosotros mismos pagaréis estas penas con sangre sacrílega, oh miserables. A ti, Turno, el crimen, a ti te espera el triste castigo, y venerarás a los dioses con votos tardíos. Pues para mí la paz conseguida, y en el umbral mismo del puerto soy despojado de muerte feliz.' No dijo más y se encerró en la casa y abandonó las riendas de las cosas.

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Había una costumbre en el Lacio hesperio, que desde siempre las ciudades albanas guardaron como sagrada, y ahora Roma, la más grande, la guarda, cuando por primera vez despiertan a Marte para el combate, ya sea que se dispongan a llevar con sus manos la guerra lacrimosa a los getas o a los hircanios o a los árabes, o a dirigirse hacia los indios y seguir a la Aurora y reclamar a los partos las enseñas: hay dos puertas de la Guerra (así las llaman por su nombre) consagradas por la religión y por el terror del salvaje Marte; cien barras de bronce las cierran y el eterno vigor del hierro, y el guardián Jano no se aparta del umbral.

Cuando se asienta en los padres la firme decisión del combate, el cónsul mismo, distinguido con la trabea quirinal y el ceñido gabino, abre las puertas chirriantes, él mismo convoca las batallas; entonces lo sigue la demás juventud, y las trompetas de bronce conspiran con ronco asentimiento. También entonces se ordenaba a Latino que declarara la guerra a los enéadas según esta costumbre y que abriera las tristes puertas. El padre se abstuvo del contacto y apartándose rehuyó el repugnante oficio, y se escondió en las sombras ciegas.

Entonces la reina de los dioses, descendiendo del cielo, empujó ella misma con su mano las puertas que demoraban, y girando el gozne la Saturnia rompe los postes herrados de la Guerra. Arde Ausonia, antes inmóvil y sin excitación; unos se preparan para ir a pie por los campos, otros furiosos sobre altos caballos envueltos en polvo; todos buscan las armas. Unos pulen con grasa espesa los escudos lisos y las lanzas relucientes y afilan las hachas en la piedra; les place llevar estandartes y escuchar el sonido de las trompetas.

Cinco grandes ciudades renuevan armas colocando los yunques: la poderosa Atina y la soberbia Tíbur, Ardea y Crustumerio y Antemnos, la de las torres. Excavan protecciones seguras para las cabezas y trenzan los entramados de mimbre de los escudos; otros martillan corazas de bronce o grebas ligeras de plata maleable; a esto ha cedido el honor de la reja y la hoz, a esto todo amor por el arado; refunden las espadas paternas en los hornos. Ya suenan las trompetas, pasa la contraseña como señal de guerra; este nervioso arrebata de su casa el yelmo, aquel unce los caballos temblorosos al yugo, y se viste el escudo y la coraza triple de oro y se ciñe la espada fiel.

Abrid ahora el Helicón, diosas, y moved el canto: qué reyes excitados para la guerra, qué tropas siguiendo a cada uno llenaron los campos, con qué hombres ya entonces floreció la tierra nutricia de Italia, con qué armas ardió; pues vosotras lo recordáis, diosas, y podéis narrarlo; a nosotros apenas llega un tenue soplo de fama. Primero avanza a la guerra desde las costas tirrenas el áspero Mezencio, despreciador de los dioses, y arma sus tropas. Junto a él su hijo Lauso, del que no hubo otro más hermoso excepto el cuerpo de Turno el laurentino; Lauso, domador de caballos y vencedor de fieras, conduce mil hombres que lo siguieron en vano desde la ciudad agilina, digno de ser más feliz bajo el mando paterno y de que Mezencio no fuera su padre.

Tras estos muestra por la hierba su carro insigne por la palma y sus caballos vencedores el nacido del hermoso Hércules, el hermoso Aventino, y lleva en el escudo la insignia paterna, cien serpientes y la Hidra ceñida de víboras; a quien Rea sacerdotisa en la selva del monte Aventino dio a luz furtivamente a las orillas de la luz, mujer mezclada con un dios, después de que el Tirintio vencedor llegó a los campos laurentinos tras matar a Gerión, y lavó en el río tirreno los bueyes iberos.

Llevan en la mano venablos y salvajes dolones para la guerra, y luchan con punta afilada y jabalina sabela. Él mismo va a pie, blandiendo la enorme piel de león, terrible con su cerda erizada y con los dientes blancos, cubriéndose la cabeza, y así entraba al palacio real, hirsuto y ceñidos los hombros con el manto de Hércules. Luego dos hermanos gemelos dejan las murallas tiburtinas, el pueblo llamado con el nombre de su hermano Tíbur, Catilo y el ardiente Coras, juventud argiva, y se lanzan delante de la primera línea entre las densas armas: como dos Centauros nacidos de nubes cuando desde lo alto de un monte descienden dejando atrás el Homole y el nevado Otris en veloz carrera; la inmensa selva les da paso y los matorrales ceden con gran estrépito.

Ni faltó el fundador de la ciudad prenestina, Céculo, rey engendrado por Vulcano entre rebaños campestres y hallado en los hogares, a quien toda época creyó tal. Lo acompaña una legión campesina que se extiende a lo ancho: los hombres que habitan el alto Preneste y los campos de la Juno gabina y el frío Aniene y las rocas hernias húmedas de arroyos, los que tú alimentas, rica Anagnia, los que alimentas tú, padre Amaseno. No todos ellos tienen armas ni resuenan escudos o carros; la mayor parte esparce proyectiles de plomo lívido, otros llevan dos venablos en la mano, y por casco tienen sobre la cabeza pieles leonadas de lobo; con el pie izquierdo dejan huellas desnudas, el otro lo cubre cuero sin curtir.

Pero Mesapo, domador de caballos, prole de Neptuno, a quien ni con fuego ni con hierro es lícito abatir, convoca de pronto a las armas a pueblos sedentarios hace tiempo y a tropas desacostumbradas a la guerra y vuelve a empuñar el hierro. Estos tienen las filas fesceninas y los ecuos faliscos, estos poseen las alturas del Soracte y los campos flavinios y el lago del Cimino con su monte y los bosques capenos. Marchaban igualados en número y cantaban a su rey: como cuando los níveos cisnes entre las líquidas nubes vuelven del pasto y emiten melodiosos

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cantos por sus largos cuellos, resuena el río y a lo lejos retumba la laguna asiática. Nadie pensaría que se mezclan líneas de bronce en tan gran enjambre, sino que desde el profundo abismo es empujada hacia las playas una nube aérea de aves roncas. Mira, de la antigua sangre sabina Clauso conduce una inmensa columna, y él mismo es como una gran columna, de quien ahora se extiende por el Lacio la tribu y la gens Claudia, después de que Roma se entregó en parte a los sabinos.

Una cohorte ingente de Amiterno y los antiguos quirites, toda la tropa de Éreto y de la Mutusca olivífera; los que habitan la ciudad de Nomento, los que las campiñas rosadas del Velino, los que las horribles rocas de Tétrica y el monte Severo y Casperia y Forulos y el río Himela, los que beben del Tíber y del Fábaris, los que envió la fría Nursia, y las divisiones ortinas y los pueblos latinos, y a quienes al cortarlos baña el Alia, de nombre infausto: tan numerosos como las olas que ruedan en el mármol libio cuando el cruel Orión se hunde en las ondas invernales, o como las espigas densas que se tuestan bajo el nuevo sol ya en el campo del Hermo ya en los rubios campos de Licia.

Resuenan los escudos y la tierra se estremece con el golpe de los pies. De aquí Haleso el agamemnonio, enemigo del nombre troyano, unce al carro los caballos y arrastra para Turno mil pueblos feroces, los que voltean con rastrillos las tierras másicas felices para Baco, y a quienes desde las altas colinas enviaron los padres auruncos y las llanuras sidicinas vecinas, y los que abandonan Cales y el habitante del vadoso río Volturno, y junto a ellos el áspero satículo y la tropa de los oscos.

Tienen como armas áclides pulidas, pero es costumbre de estos atarlas con correa flexible. Una cetra protege el lado izquierdo, espadas curvas para el combate cercano. Ni tú te irás sin mención en nuestros cantos, Ébalo, a quien cuentan que engendró Telón con la ninfa Sebétide cuando ya anciano tenía el reino teleboo de Capreas; pero el hijo, no contento con los campos paternos, ya entonces sometía con su amplio dominio a los pueblos sarrastios y las llanuras que riega el Sarno, y a los que tienen Rufras y Bátulo y los campos de Celemna, y a quienes contemplan desde arriba las murallas de Abela, la malifera, acostumbrados a arrojar cateas al modo teutónico; su protección de cabeza es corteza arrancada del corcho y relucen sus escudos de bronce, reluce la espada de bronce.

Y a ti te envió a las batallas la montañosa Nerse, Ufente, insigne por tu fama y por tus armas afortunadas, tú cuya gente es especialmente ruda y acostumbrada a mucha caza en los bosques, los ecuículos de duras terrazas. Trabajan la tierra armados y siempre les place acarrear botines frescos y vivir del saqueo. Más aún, viene de la estirpe marruvia un sacerdote con follaje sobre el yelmo y engalanado con el olivo propicio, enviado del rey Arquipo, el fortísimo Umbro, de la estirpe de las víboras y de las hidras de aliento grave, que solía esparcir el sueño con su canto y su mano, y calmaba sus iras y aliviaba sus mordeduras con su arte.

Pero no pudo curar el golpe de la lanza dardania ni lo ayudaron contra la herida sus cantos somníferos ni las hierbas buscadas en los montes marsos. A ti te lloró el bosque de Angitia, a ti la onda vítrea del Fucino, a ti te lloraron los lagos transparentes. Iba también a la guerra el hijo hermosísimo de Hipólito, Virbio, a quien su madre Aricia envió, ilustre, criado en los bosques de Egeria, junto a las húmedas riberas, donde se alza el ara pingüe y apacible de Diana.

Pues cuentan que Hipólito, después de que por arte de su madrastra muriera y cumpliera con su sangre el castigo paterno, despedazado por sus caballos enloquecidos, volvió nuevamente a los astros etéreos y llegó a las auras superiores del cielo, revocado por las hierbas de Peón y por amor de Diana. Entonces el padre omnipotente, indignado de que alguien desde las sombras, mortal, ascendiera de los infiernos a la luz de la vida, al mismo descubridor de tal medicina y tal arte, al hijo de Febo, lo arrojó con su rayo a las ondas estigias.

Pero la nutricia Trivia esconde a Hipólito en sus secretas moradas y lo relega al bosque y a la ninfa Egeria, para que solo en los bosques itálicos, sin gloria, pasara su vida y con nombre cambiado fuera Virbio. Por eso también del templo de Trivia y de los bosques sagrados se apartan los caballos de cascos córneos, porque en la orilla el carro y al joven los caballos aterrados volcaron ante los monstruos marinos. No menos su hijo por la llanura ardiente del campo ejercitaba los caballos y se lanzaba en su carro a la guerra.

El mismo Turno entre los primeros, con cuerpo destacado, gira blandiendo las armas y los sobrepasa a todos por la cabeza. Su alto yelmo coronado de triple cresta sostiene a la Quimera exhalando por sus fauces fuegos del Etna; tanto más furiosa ella y feroz con sus llamas tristes cuanto más se ensañan las batallas con sangre derramada. Pero en su escudo bruñido Ío con cuernos alzados resplandecía en oro, ya cubierta de cerdas, ya vaca, gran tema, y Argos guardián de la virgen, y su padre Ínaco cincelado vertiendo el río desde su urna.

Sigue una nube de infantes y las columnas con escudos se aprietan por todos los campos, la juventud argiva y las tropas auruncias, los rútulos y los antiguos sicanos, y las filas sacranias y los escudos pintados de los labicos; los que aran tus bosques, oh Tíber, y la ribera sagrada del Numicio y labran con el arado las colinas rútulas y el monte Circeo, sobre cuyos campos preside Júpiter Anxur y Feronia gozosa en su verde bosque;

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por donde yace la negra laguna de Satura y el gélido Ufente busca su camino por los valles profundos y se sumerge en el mar. Sobre estos viene del pueblo volsco Camila conduciendo un escuadrón de jinetes y tropas florecientes de bronce, guerrera, ella no acostumbrada a la rueca ni a los cestos de Minerva ni a las labores femeninas, sino virgen dispuesta a soportar los duros combates y a aventajar con la carrera de sus pies a los vientos. Ella podría volar sobre las espigas intactas de la mies por las hierbas más altas sin dañar en su carrera las tiernas aristas, o llevar su camino suspendida sobre la mitad del mar en la ola hinchada y no mojaría en el agua sus plantas veloces.

A ella toda la juventud salida de las casas y los campos y la multitud de madres la contempla admirada y mira su paso, con ánimos atónitos, boquiabiertos, cómo el honor regio con púrpura vela sus suaves hombros, cómo la fíbula entreteje su cabello con oro, cómo lleva ella misma la aljaba licia y el mirto pastoril rematado con punta de lanza.

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