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Libro VI

La Eneida · Virgilio · 45 min de lectura

Parte1versos 1-100

Así habla llorando, y suelta las riendas a la flota y por fin se desliza hacia las costas euboicas de Cumas. Vuelven las proas al mar; entonces con diente tenaz el ancla afirma las naves y las curvas popas bordean las playas. Un grupo de jóvenes salta ardiente a la costa hesperia; una parte busca semillas de fuego escondidas en las vetas del pedernal, otra parte las espesas guaridas de fieras arrebata a los bosques y muestra los ríos hallados. Pero el piadoso Eneas busca las alturas donde el excelso Apolo preside y lejos el santuario de la terrible Sibila, la cueva inmensa, a quien el Delio inspira gran mente y ánimo vidente y le revela el futuro.

Ya penetran en los bosques de Trivia y el dorado templo. Dédalo, según cuentan, huyendo de los reinos de Minos osó confiarse al cielo con alas veloces y por camino insólito navegó hacia las gélidas Osas, y ligero al fin se posó sobre la ciudadela calcídica. Devuelto a estas tierras primero, a ti, Febo, consagró el remo de sus alas y levantó un inmenso templo. En las puertas la muerte de Andrógeo; luego pagar el castigo los cecropidas obligados (¡miserable!) de siete cada año cuerpos de sus hijos; está la urna con las suertes echadas.

Frente a esta emerge del mar y responde la tierra cnosia: Aquí el cruel amor del toro y Pasífae sometida al engaño y la estirpe mixta y la prole biforme el Minotauro está, monumentos de un amor nefando, aquí aquel trabajo de la casa y el laberinto inextricable; pero compadecido del gran amor de la reina el mismo Dédalo resolvió los engaños y rodeos del edificio, guiando con un hilo las pisadas ciegas. Tú también una gran parte en obra tan grande tendrías, Ícaro, si el dolor lo permitiera.

Dos veces había intentado modelar tu caída en oro, dos veces cayeron las manos del padre. Y todo lo habrían recorrido con los ojos, si ya enviado por delante Acates no hubiera llegado y con él la sacerdotisa de Febo y Trivia, Deífobe de Glauco, que dice tales palabras al rey: 'No es este el momento que piden tales espectáculos; ahora del rebaño intacto sacrificar siete novillos sería mejor, y otras tantas ovejas escogidas según costumbre.' Así habla a Eneas (y no retrasan las sagradas órdenes los hombres) y la sacerdotisa llama a los teucros al alto templo.

Excavado en el costado de la roca euboica un inmenso antro, al cual llevan cien anchos accesos, cien bocas, de donde se precipitan otras tantas voces, respuestas de la Sibila. Habían llegado al umbral, cuando la virgen dice: 'Pedir los hados es tiempo; el dios, he aquí el dios.' A ella que así habla ante las puertas de repente ni el rostro, ni el color uno, ni el peinado se mantuvieron; sino el pecho jadeante, y con furor el corazón salvaje se hincha, y más grande parecer y con voz no mortal, cuando ha sido tocada por el poder divino ya más cercano del dios.

'¿Vacilas en votos y súplicas, troyano Eneas? ¿Vacilas? Pues no antes se abrirán las atónitas bocas de la gran casa.' Y habiendo dicho tales cosas enmudeció. Un escalofrío helado recorrió a los teucros por los duros huesos, y el rey derrama súplicas desde el fondo del pecho: 'Febo, que siempre te compadeciste de los graves trabajos de Troya, que guiaste los dardanios dardos y la mano de Paris al cuerpo del Eácida, recorriendo grandes tierras tantos mares penetré bajo tu guía y las muy apartadas gentes de los masilios y los campos extendidos junto a las Sirtes: ya por fin aferramos las costas de Italia que huían.

Hasta aquí la fortuna troyana nos haya seguido; ya a vosotros también es lícito perdonar a la gente de Pérgamo, dioses y diosas todos, a quienes fue obstáculo Ilión y la inmensa gloria de Dardania. Y tú, oh santísima vidente, que conoces el futuro, concede (no pido reinos no debidos a mis hados) que los teucros se asienten en el Lacio y los dioses errantes y las sacudidas deidades de Troya. Entonces a Febo y a Trivia un templo de mármol sólido levantaré y días festivos con el nombre de Febo.

También a ti te aguardan grandes santuarios en nuestros reinos: aquí yo tus suertes y los arcanos hados dichos a mi pueblo pondré, y consagraré elegidos, nutricia, varones. Solo no confíes los poemas a hojas, no sea que revueltas vuelen juguetes de los rápidos vientos; tú misma los cantes te ruego.' Puso fin al hablar con su boca. Pero la vidente, aún no soportando a Febo, en el antro desvaría inmensa, si pudiera del pecho sacudir al dios; tanto más él fatiga su boca rabiosa, domando el corazón salvaje, y la moldea oprimiéndola.

Y ya las bocas de la casa se abrieron, las cien inmensas, por sí mismas y traen las respuestas de la vidente por los aires: 'Oh tú que por fin de los grandes peligros del mar te has librado (pero más graves en tierra te esperan), al reino de Lavinio los dardánidas vendrán (desecha del pecho esta preocupación), pero no querrán haber venido. Guerras, horribles guerras, y el Tíber espumante de mucha sangre veo. No te faltarán ni Simois ni Janto ni campamento dórico; ya otro Aquiles ha nacido en el Lacio, nacido él mismo de diosa; ni Juno estará lejos de los teucros en ningún sitio, cuando tú suplicante en la necesidad ¿qué pueblos de Italia, qué ciudades no habrás implorado?

Causa de tanto mal será otra vez una esposa extranjera para los teucros y otra vez un lecho externo. Tú no cedas ante los males, sino al contrario marcha más audaz, por donde tu Fortuna te lo permita. El primer camino de salvación (lo que menos piensas) se te abrirá desde una ciudad griega.' Con tales palabras desde el santuario la Sibila cumana canta horribles enigmas y resuena en el antro, envolviendo verdades en oscuridades: tales frenos al furor agita

Parte2versos 101-200

y aguijones bajo el pecho vuelve Apolo. Apenas cesó el furor y las bocas rabiosas se calmaron, comienza el héroe Eneas: 'Ningún aspecto de trabajos, oh virgen, nuevo o inesperado surge para mí; todo lo anticipé y en mi ánimo conmigo antes lo he vivido. Una cosa ruego: puesto que aquí la puerta del rey infernal se dice y la pantanosa laguna del Aqueronte desbordado, ir a la vista del querido padre y a su rostro me sea dado; enséñame el camino y abre las puertas sagradas.

A él yo a través de las llamas y mil dardos que seguían arranqué sobre estos hombros y de en medio del enemigo rescaté; él acompañando mi viaje todos los mares conmigo y todas las amenazas del mar y del cielo soportaba, débil, más allá de las fuerzas y la suerte de la vejez. Es más, que te buscara suplicante y llegara a tus umbrales, él mismo rogando me daba el encargo. Del hijo y del padre, nutricia, te ruego, compadécete (pues puedes todo, ni en vano te puso Hécate al frente de los bosques del Averno), si pudo Orfeo llamar a los manes de su esposa confiado en la cítara tracia y las cuerdas sonoras, si Pólux redimió a su hermano con muerte alterna y va y vuelve por el camino tantas veces.

¿Por qué a Teseo, por qué al gran Alcida mencionar? También mi linaje viene del supremo Júpiter.' Con tales palabras rogaba y sostenía los altares, cuando así empezó a hablar la vidente: 'Nacido de sangre de dioses, troyano Anquisíada, fácil es el descenso al Averno: noches y días está abierta la puerta del negro Dite; pero volver el paso y escapar arriba a las brisas, este es el trabajo, esta la labor. Pocos, a quienes favorable amó Júpiter o el ardiente valor elevó al éter, nacidos de dioses pudieron.

Todo lo medio ocupan los bosques, y el Cocito serpenteando lo rodea con negro seno. Pero si tanto amor hay en tu mente, si tanto deseo dos veces nadar los lagos estigios, dos veces ver los negros Tártaros, y complace entregarse al insano trabajo, recibe lo que debe hacerse primero. Se oculta en un árbol sombrío un ramo áureo en las hojas y en el flexible vástago, dicho consagrado a la Juno infernal; lo cubre todo el bosque y lo encierran las sombras en oscuros valles.

Pero no se permite penetrar los secretos de la tierra antes de que alguien haya arrancado del árbol el fruto de cabellos dorados. Esto ha establecido la hermosa Proserpina como su regalo que le traigan. Arrancado el primero no falta otro áureo, y reverdece la rama con similar metal. Por tanto busca en lo alto con los ojos y hallado como es debido tómalo con la mano; pues él mismo voluntario y fácilmente te seguirá, si te llaman los hados; de otro modo con ninguna fuerza podrás vencerlo ni arrancarlo con duro hierro.

Además yace sin vida el cuerpo de un amigo tuyo (ay, no lo sabes) y contamina con su muerte toda la flota, mientras pides consejo y permaneces en nuestro umbral. Llévalo primero a su morada y enciérralo en la tumba. Conduce reses negras; que sean esas las primeras ofrendas expiatorias. Así por fin verás los bosques de la Estigia y los reinos impracticables para los vivos.' Habló, y enmudeció apretando los labios. Eneas, con el rostro sombrío y los ojos fijos, se aleja de la gruta, y revuelve en su mente los oscuros sucesos.

A su lado el fiel Acates lo acompaña y planta sus pasos con iguales preocupaciones. Entre ellos tejían mucha conversación variada: ¿de qué compañero sin vida, de qué cuerpo a enterrar hablaba la profetisa? Y cuando llegaron vieron en la playa seca a Miseno, arrebatado por una muerte indigna, Miseno el Eólida, al que ningún otro superaba en convocar a los hombres con el bronce y encender a Marte con el canto. Había sido compañero del gran Héctor, junto a Héctor afrontaba ilustre los combates con la trompeta y la lanza.

Después de que el vencedor Aquiles lo despojó de la vida, este fortísimo héroe se había unido como compañero al dardanio Eneas, siguiendo empresas no menores. Pero entonces, mientras por azar hacía resonar el mar con una cóncava caracola, demente, y con su canto retaba a los dioses a un certamen, Tritón, su rival, si es digno de creerse, lo había hundido entre las rocas bajo la ola espumosa. Entonces todos alrededor bramaban con gran clamor, sobre todo el piadoso Eneas. Luego, sin demora, se apresuran llorando a cumplir las órdenes de la Sibila, y se afanan en amontonar con árboles una pira funeraria y elevarla al cielo.

Van al bosque antiguo, guaridas profundas de fieras; caen los pinos, resuena la encina golpeada por las hachas, se parten con cuñas vigas de fresno y el roble hendible se raja, hacen rodar desde los montes enormes fresnos de montaña. También Eneas el primero en medio de tales labores anima a sus compañeros y se ciñe las mismas herramientas. Y esto revuelve él mismo en su corazón triste contemplando el bosque inmenso, y por casualidad ora así: '¡Si ahora aquel ramo de oro se nos mostrara en el árbol, en un bosque tan grande!

Pues todo fue demasiado verdadero, ay, lo que dijo de ti la profetisa, Miseno.' Apenas había dicho esto, cuando por casualidad dos palomas vinieron volando del cielo ante el rostro mismo del héroe, y se posaron en el suelo verde. Entonces el máximo héroe reconoció las aves de su madre y alegre ora: '¡Sed guías, oh, si hay algún camino, y dirigid el curso por los aires a los bosques donde el rico ramo sombrea la tierra fértil! ¡Y tú, oh diosa madre, no me abandones en estos momentos inciertos!' Así habló y detuvo sus pasos, observando qué señales daban, hacia dónde seguían dirigiéndose. Ellas, alimentándose, avanzaban volando solo lo que los ojos de quienes las seguían podían vigilar con la vista.

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Luego cuando llegaron a las gargantas del Averno de olor nauseabundo, se elevan veloces y deslizándose por el aire límpido se posan sobre el árbol doble en la sede deseada, desde donde el brillo bicolor del oro resplandeció por las ramas. Como en los bosques suele el muérdago con el frío invernal verdear con hoja nueva, que no siembra su propio árbol, y rodear los lisos troncos con su fruto amarillo, tal era el aspecto del oro que frondaba en la oscura encina, así la hoja crujía con el viento suave.

Eneas lo arranca al instante y ávido lo quiebra aunque vacila, y lo lleva bajo el techo de la profetisa Sibila. Y no menos entretanto los teucros en la playa lloraban a Miseno y rendían las últimas honras a sus cenizas ingratas. Primero levantaron una enorme pira con antorchas de pino y roble cortado, a cuyos flancos entretejen follajes oscuros y delante colocan cipreses fúnebres, y la adornan por arriba con armas resplandecientes. Unos preparan aguas calientes y bronces hirvientes sobre las llamas y lavan y ungen el cuerpo del que se enfría.

Se hace el lamento. Luego colocan los miembros llorados en el lecho, y encima arrojan vestiduras de púrpura, ropajes conocidos. Unos se pusieron bajo el enorme féretro, triste ministerio, y apartando el rostro sostuvieron la antorcha puesta debajo, según costumbre de los antepasados. Se queman amontonadas las ofrendas de incienso, las viandas, las crateras con aceite derramado. Después que las cenizas se derrumbaron y la llama se apaciguó, lavaron los restos con vino y la ceniza sedienta, y Coríneo encerró los huesos recogidos en una urna de bronce.

Él mismo tres veces rodeó a los compañeros con agua pura rociando con leve rocío y con rama de olivo feliz, y purificó a los hombres y pronunció las últimas palabras. Pero el piadoso Eneas levanta un sepulcro de enorme mole y pone encima las armas del héroe, su remo y su trompeta, bajo un monte aéreo, que ahora por aquel se llama Miseno y conserva su nombre eterno por los siglos. Hechas estas cosas, apresuradamente ejecuta los preceptos de la Sibila. Había una caverna profunda y monstruosa por su vasta abertura, escarpada, protegida por un lago negro y las tinieblas de los bosques, sobre la cual ningún ser volador podía impunemente tender su rumbo con las alas: tal aliento exhalándose de las negras fauces se elevaba a las bóvedas de arriba.

[Por eso los griegos llamaron al lugar con el nombre de Aorno.] Aquí primero coloca cuatro novillos de negros lomos, y la sacerdotisa vierte vino sobre sus frentes, y cortando las cerdas supremas de en medio de los cuernos las pone en los fuegos sagrados, primeras libaciones, invocando con su voz a Hécate, poderosa en el cielo y en el Érebo. Otros hunden los cuchillos y recogen en copas la sangre tibia. Eneas mismo con la espada hiere una cordera de vellón negro para la madre de las Euménides y su gran hermana, y para ti, Proserpina, una vaca estéril; luego empieza altares nocturnos para el rey estigio y pone en las llamas las vísceras enteras de los toros, vertiendo aceite espeso sobre las entrañas ardientes.

Pero he aquí que al primer umbral del sol y su salida empezó a mugir el suelo bajo los pies y las cimas boscosas a moverse, y se vieron perras aullar por la sombra al acercarse la diosa. '¡Atrás, oh atrás, profanos!', grita la profetisa, 'y retiraos del bosque entero; y tú avanza en el camino y arranca el hierro de la vaina: ahora hace falta valor, Eneas, ahora pecho firme.' Solo esto dijo y furiosa se lanzó a la gruta abierta; él iguala a la guía que avanza con pasos no tímidos.

Dioses que tenéis el imperio de las almas, y sombras silenciosas, y Caos y Flegetonte, lugares callados extensamente por la noche, séame lícito decir lo que he oído, sea con vuestro poder revelar cosas sumergidas en la tierra profunda y la oscuridad. Iban oscuros bajo la noche solitaria por la sombra y por las casas vacías de Dite y los reinos vacíos: como el camino en los bosques bajo la luna incierta, bajo luz mezquina, cuando Júpiter ha ocultado el cielo en sombra y la noche negra ha quitado el color a las cosas.

Ante el vestíbulo mismo y en las primeras fauces del Orco el Llanto y las Preocupaciones vengadoras colocaron sus lechos, y habitan allí las Enfermedades pálidas y la triste Vejez, y el Miedo y el Hambre que aconseja mal y la vergonzosa Indigencia, formas terribles a la vista, y la Muerte y el Trabajo; luego el Sueño consanguíneo de la Muerte y los Goces malos de la mente, y en el umbral opuesto la Guerra portadora de muerte, y los lechos férricos de las Euménides y la Discordia demente con su cabellera de víboras atada con vendas sangrientas.

En el medio extiende sus ramas y brazos centenarios un olmo oscuro, enorme, que se dice que los Sueños vanos ocupan como morada, y bajo todas las hojas se adhieren. Y además muchos monstruos de fieras variadas: en las puertas se establecen los Centauros y las Escilas biformes y Briareo el centigémino y la bestia de Lerna que silba horrendo, y la Quimera armada de llamas, las Gorgonas y las Harpías y la forma de la sombra tricorpórea. Aquí Eneas aterrado por el súbito miedo agarra el hierro y ofrece el filo desnudo a lo que viene, y si la docta compañera no le advirtiera que son vidas tenues sin cuerpo que revolotean bajo la hueca apariencia de forma, se lanzaría y en vano despedazaría con el hierro las sombras.

Desde aquí el camino que lleva a las aguas del Aqueronte tartáreo. Turbio aquí por el lodo y en vasta vorágine el remolino hierve y vomita toda la arena al Cocito. Un barquero horrible guarda estas aguas y ríos, Caronte de terrible suciedad, a quien abundante en el mentón yace la canicie descuidada, sus ojos están fijos de llama,

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Un manto sórdido cuelga de sus hombros atado con un nudo. Él mismo impulsa la balsa con pértiga y atiende las velas y transporta los cuerpos en su barca de color herrumbroso, ya viejo, pero en un dios la vejez es cruda y verde. Hacia aquí toda la multitud derramada se precipitaba a la orilla, madres y varones y cuerpos de héroes magnánimos que habían terminado su vida, muchachos y muchachas sin casar, y jóvenes puestos en piras ante los ojos de sus padres: tan numerosos como en los bosques con el primer frío del otoño caen las hojas desprendidas, o hacia tierra desde el mar profundo cuántas aves se agolpan, cuando la estación fría las expulsa sobre el mar y las envía a tierras soleadas.

Estaban de pie rogando ser los primeros en cruzar y extendían las manos por amor a la orilla opuesta. Pero el barquero sombrío recibe ahora a unos, ahora a otros, mientras a otros los aparta lejos, alejados de la arena. Eneas, asombrado en verdad y conmovido por el tumulto, dice: "Dime, oh virgen, qué significa esta aglomeración junto al río. ¿Qué buscan las almas? ¿O por qué distinción unas abandonan las orillas, otras barren con remos los vados lívidos?" Así le respondió brevemente la anciana sacerdotisa: "Hijo de Anquises, descendencia certísima de los dioses, ves las lagunas profundas del Cocito y la laguna Estigia, por cuyo numen temen jurar los dioses y temen engañarlo.

Toda esta multitud que ves es pobre y está insepulta; aquel barquero es Caronte; estos que lleva la corriente, sepultados. No se le permite transportar desde las orillas horribles y las aguas roncas antes de que sus huesos reposen en una tumba. Vagan cien años y revolotean alrededor de estas riberas; entonces al fin, admitidos, vuelven a ver las lagunas anheladas." El hijo de Anquises se detuvo y contuvo sus pasos, pensando mucho y compadecido en su alma por la suerte injusta. Ve allí tristes y privados del honor de la muerte a Leucaspo y a Oronte, comandante de la flota licia, a quienes juntos desde Troya, llevados por mares ventosos, el Austro los hundió, envolviendo en agua nave y hombres.

He aquí que se acercaba el piloto Palinuro, que recientemente en la travesía de Libia, mientras observaba los astros, había caído de la popa derramado en medio de las olas. Cuando apenas lo reconoció triste en la profunda sombra, así le habla primero: "¿Cuál de los dioses, Palinuro, te arrebató de nosotros y te sumergió en medio del mar? Habla, vamos. Pues a mí, nunca antes hallado engañoso, en esta única respuesta me engañó Apolo, que cantaba que llegarías ileso por el mar y que vendrías a las costas de Ausonia.

¿Es esta la fidelidad prometida?" Pero él: "Ni te engañó el trípode de Febo, capitán hijo de Anquises, ni un dios me sumergió en el mar. Pues el timón, arrancado con mucha fuerza por azar, al que yo estaba aferrado como guardián asignado y regía el rumbo, cayendo lo arrastré conmigo. Juro por los mares ásperos que no sentí ningún temor tan grande por mí, como que tu nave, despojada de armas, privada de timonel, cediera ante olas tan grandes que se levantaban. Tres noches invernales por mares inmensos me arrastró el Noto violento sobre el agua; apenas en la cuarta luz divisé Italia elevado en lo alto de la ola.

Poco a poco nadaba hacia tierra; ya me aferraba a lo seguro, si gente cruel, cuando yo estaba pesado con la ropa mojada y agarraba con manos ganchudas las cumbres escarpadas del monte, no me hubiera atacado con hierro creyéndome ignorante una presa. Ahora me tiene la corriente y los vientos me revuelven en la costa. Por eso te ruego por la dulce luz del cielo y el aire, por tu padre, por las esperanzas del creciente Iulo, sálvame de estos males, invicto: o arrójame tierra, pues puedes hacerlo, y busca los puertos de Velia; o tú, si hay algún camino, si tu diosa madre te lo muestra (pues no creo que sin voluntad de los dioses te prepares a atravesar ríos tan grandes y nadar la laguna Estigia), dame la mano al desdichado y llévame contigo a través de las olas, para que al menos en la muerte repose en lugares tranquilos." Esto había dicho cuando la profeta comenzó a hablar así: "¿De dónde te viene, oh Palinuro, tan terrible deseo?

¿Tú, insepulto, verás las aguas Estigias y el río severo de las Euménides, o te acercarás sin orden a la orilla? Deja de esperar que los destinos de los dioses se tuerzan rogando, pero recibe y recuerda mis palabras, consuelo de tu duro azar. Pues los pueblos vecinos, por todas partes a lo largo y ancho, impulsados por prodigios celestes, purificarán tus huesos y levantarán un túmulo y enviarán ritos al túmulo, y el lugar tendrá eternamente el nombre de Palinuro." Con estas palabras las preocupaciones fueron expulsadas y apartado por poco tiempo el dolor del triste corazón; se alegra por el nombre de la tierra.

Así pues continúan el camino comenzado y se acercan al río. Y cuando el barquero los vio ya desde allí, desde la onda Estigia, ir a través del bosque silencioso y dirigir el pie a la orilla, así los aborda primero con estas palabras y los increpa espontáneamente: "Quienquiera que seas, armado, que te diriges a nuestro río, habla ya, di por qué vienes, desde ahí mismo, y detén tu paso. Este es el lugar de las sombras, del sueño y la noche soporífera: es sacrilegio transportar cuerpos vivos en la barca Estigia.

Y en verdad no me alegré de haber recibido en el lago a Alcides cuando iba, ni a Teseo y Piritoo, aunque eran nacidos de dioses e invictos en fuerzas. Aquel buscó con su mano encadenar al guardián del Tártaro y lo arrastró tembloroso desde el propio trono del rey; estos intentaron raptar a la señora del lecho de Dite." A esto respondió brevemente la profeta Anfrisia: "No hay aquí tales engaños (deja de inquietarte), ni estas armas traen violencia; el enorme portero puede en su cueva

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ladrar eternamente y aterrar a las sombras exangües, la casta Proserpina puede guardar el umbral de su tío. El troyano Eneas, insigne por su piedad y sus armas, desciende hasta su padre a las profundas sombras del Érebo. Si no te conmueve la imagen de tan grande piedad, al menos este ramo" (descubre el ramo que se ocultaba en su ropa) "reconócelo." Entonces su corazón hinchado de ira se calma; y nada más que esto. Él, admirando el don venerable de la vara fatal, visto después de largo tiempo, vuelve la popa azulada y se acerca a la orilla.

Luego a otras almas que estaban sentadas en los largos bancos las echa fuera y despeja los pasillos; al mismo tiempo recibe en la bodega al enorme Eneas. Gimió bajo el peso la barca cosida y recibió, agrietada, mucha agua estancada. Al fin al otro lado del río, a salvo, a la profeta y al héroe los deposita en limo informe y verdosa espadaña. El enorme Cerbero con ladrido de tres fauces hace resonar estos reinos, yaciendo monstruoso frente a su cueva. Viéndole la profeta que ya le erizan el cuello las serpientes, le arroja una torta adormecida con miel y granos medicados.

Él, abriendo tres gargantas con hambre rabiosa, atrapa lo arrojado, y afloja su inmensa espalda tendido en el suelo y enorme se extiende por toda la cueva. Eneas ocupa la entrada con el guardián sepultado y escapa veloz de la orilla de la onda sin retorno. Al instante se oyeron voces, vagidos e inmenso llanto de almas de niños, en el umbral primero, a quienes privados de la dulce vida y arrancados del pecho el día negro les arrebató y sumergió en muerte prematura; junto a estos los condenados a muerte por falsa acusación.

Mas en verdad estas moradas no han sido dadas sin sorteo, sin juez: Minos como inquisidor mueve la urna; él de los silenciosos convoca el consejo y conoce las vidas y los crímenes. Los lugares siguientes ocupan los tristes que a sí mismos la muerte inocentes se procuraron con su mano y odiando la luz arrojaron sus almas. Cuánto querrían en el alto éter ahora soportar también la pobreza y los duros trabajos. El destino lo impide, y la triste laguna de agua repugnante los ata y la Estigia derramada nueve veces los encierra.

No lejos de aquí se muestran extendidos en toda dirección los Campos del Llanto; así los llaman con ese nombre. Aquí a quienes el amor cruel consumió con terrible consunción los ocultan senderos apartados y alrededor los cubre un bosque de mirtos; las penas no los abandonan ni en la muerte misma. En estos lugares ve a Fedra y a Procris y a la triste Erifila mostrando las heridas de su cruel hijo, y a Evadne y a Pasífae; con ellas va de compañera Laodamía y Ceneo, joven antes, ahora mujer, vuelto de nuevo y devuelto por el destino a su antigua forma.

Entre ellas la fenicia Dido, reciente aún de su herida, Vagaba por el bosque inmenso; cuando el héroe troyano se detuvo junto a ella por primera vez y la reconoció entre las sombras, borrosa, como cuando alguien que surge al comenzar el mes ve o cree haber visto a través de las nubes la luna, derramó lágrimas y le habló con dulce amor: "Desdichada Dido, ¿entonces era cierto el mensaje que me llegó de que habías muerto y buscado tu final con el hierro? ¡Ay, yo fui la causa de tu muerte!

Juro por las estrellas, por los dioses de arriba y si hay alguna fe bajo la tierra profunda, que contra mi voluntad, reina, me alejé de tu costa. Pero las órdenes de los dioses, que ahora me obligan a ir por estas sombras, por lugares descuidados y llenos de abandono y por la noche profunda, me empujaron con sus mandatos; ni pude creer que mi partida te traería un dolor tan grande. Detén tu paso y no te retires de mi vista. ¿De quién huyes?

Esta es la última vez que el destino me permite hablarte." Con tales palabras Eneas intentaba calmar su espíritu ardiente y de mirada torva, y le arrancaba lágrimas. Ella, apartada, mantenía los ojos fijos en el suelo y no movió el rostro más por el discurso comenzado que si fuera duro pedernal o se alzara una roca de Marpeso. Al fin se arrancó de allí y huyó hostil hacia el bosque umbrío, donde su antiguo esposo corresponde a sus penas e iguala su amor, Siqueo.

Y no menos Eneas, golpeado por su injusto destino, la sigue a lo lejos con lágrimas y se compadece de ella al irse. Desde allí emprende el camino señalado. Y ya ocupaban los campos últimos, que frecuentan apartados los ilustres en la guerra. Aquí se le aparece Tideo, aquí el famoso en armas Partenopeo y la imagen del pálido Adrasto, aquí los dárdanos muy llorados arriba y caídos en la guerra, a quienes él, viéndolos a todos en larga fila, gimió, a Glauco y a Medonte y a Tersiloco, los tres Antenóridas y a Polibetes consagrado a Ceres, y también a Ideo aún sosteniendo su carro, aún sosteniendo sus armas.

Las almas lo rodean numerosas a derecha e izquierda, y no basta haberlo visto una sola vez; les gusta demorarse y caminar a su lado y conocer las razones de su venida. Pero los jefes dánaos y las falanges de Agamenón, cuando vieron al hombre y sus armas resplandecientes entre las sombras, se estremecieron con miedo inmenso; unos volvieron la espalda, como cuando buscaron las naves, otros alzaron la voz débil: el grito comenzado frustra sus bocas abiertas. Y aquí ve a Deífobo, hijo de Príamo, desgarrado en todo el cuerpo y con el rostro cruelmente lacerado, el rostro y ambas manos, y las sienes mutiladas con las orejas arrancadas y la nariz truncada por vergonzosa herida.

Apenas lo reconoció mientras se encogía y ocultaba sus terribles suplicios, y lo interpela espontáneamente con palabras conocidas: "Deífobo poderoso en armas, descendiente de la alta sangre de Teucro,

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¿quién quiso imponerte castigos tan crueles? ¿A quién le fue permitido tanto contra ti? El último rumor me trajo que en la noche suprema, agotado por la vasta matanza de pelascos, caíste sobre un montón de cadáveres confusos. Entonces yo mismo erigí un túmulo vacío en la costa retea e invoqué tres veces a tu espíritu con gran voz. Tu nombre y tus armas guardan el lugar; pero a ti, amigo, no pude verte ni depositarte al partir en tierra patria." A esto el hijo de Príamo: "Nada, oh amigo, me dejaste sin hacer; todo cumpliste para Deífobo y para mi sombra funeral.

Pero mi destino y el crimen funesto de la laconia me sumergieron en estos males; ella dejó estos recuerdos. Pues cómo pasamos aquella noche suprema entre falsas alegrías lo sabes: y es necesario recordarlo demasiado. Cuando el caballo fatídico vino de un salto sobre la alta Pérgamo y trajo en su vientre grávido al soldado armado, ella, simulando un coro, conducía en círculo a las frigias que celebraban las orgías; en medio ella misma sostenía una antorcha inmensa e invocaba a los dánaos desde lo alto de la ciudadela.

Entonces a mí, consumido por las preocupaciones y abrumado por el sueño, me retuvo el desdichado tálamo, y me oprimió al yacer un sueño dulce y profundo, muy semejante a la plácida muerte. Mientras tanto mi egregia esposa retira todas las armas de la casa y había sustraído la espada fiel de bajo mi cabeza: llama a Menelao dentro de la casa y abre las puertas, esperando sin duda que esto sería un gran regalo para su amante y que así podría extinguirse la fama de sus antiguos crímenes.

¿Por qué me demoro? Irrumpen en el tálamo, y se añade como compañero el eólida, instigador de crímenes. Dioses, devolved tales cosas a los griegos si con boca piadosa reclamo castigos. Pero tú, cuéntame a tu vez qué azares te trajeron vivo aquí. ¿Vienes arrastrado por errores marinos o por advertencia de los dioses? ¿O qué fortuna te obliga a visitar estas tristes moradas sin sol, estos lugares turbulentos?" En este intercambio de palabras la Aurora con sus carros rosados ya había atravesado en su curso etéreo el eje del mediodía; y quizá hubieran consumido todo el tiempo concedido en tales cosas, pero la compañera advirtió y la Sibila le habló brevemente: "Cae la noche, Eneas; nosotros consumimos las horas llorando.

Este es el lugar donde el camino se divide en dos partes: la derecha que se extiende bajo las murallas del gran Dite, por aquí va nuestro camino al Elíseo; pero la izquierda aplica castigos a los malvados y los envía al impío Tártaro." Deífobo respondió: "No te enfurezcas, gran sacerdotisa; me iré, completaré el número y seré devuelto a las tinieblas. Ve, gloria nuestra, ve; disfruta de mejores destinos." Solo esto dijo, y con estas palabras volvió sus pasos. Eneas mira atrás de repente y bajo una roca a la izquierda ve anchas murallas rodeadas por triple muro, que un río rápido ciñe con llamas torrenciales, el Flegetonte tartáreo, y arrastra rocas resonantes.

Delante hay una puerta inmensa y columnas de sólido diamante, tal que ninguna fuerza de hombres, ni los mismos habitantes del cielo podrían destruirla en guerra; se alza una torre de hierro hacia los aires, y Tisífone sentada, ceñida con manto sangriento, guarda insomne el vestíbulo noches y días. De aquí se oyen gemidos y resuenan crueles azotes, luego el chirrido del hierro y cadenas arrastradas. Se detuvo Eneas y aterrorizado absorbió el estruendo. "¿Qué aspecto tienen los crímenes? Oh virgen, dime; ¿con qué castigos son oprimidos?

¿Qué tan grande es ese clamor que llega a los aires?" Entonces la profetisa comenzó a hablar así: "Ilustre jefe de los teucros, a ningún puro le es permitido pisar el umbral del crimen; pero cuando Hécate me puso al frente de los bosques del Averno, ella misma me enseñó los castigos de los dioses y me guió por todo. El cnosio Radamanto gobierna estos reinos durísimos, castiga y escucha los engaños y obliga a confesar aquellos crímenes que cada cual entre los vivos, gozando con vano fraude, aplazó hasta la tardía muerte su expiación.

Al punto Tisífone vengadora, ceñida con el látigo, azota insultando a los culpables, y con la izquierda amenazándolos con serpientes retorcidas convoca a las tropas crueles de sus hermanas. Entonces al fin con gozne resonante chirriando las sagradas puertas se abren. ¿Ves qué custodia se sienta en el vestíbulo, qué rostro guarda el umbral? La Hidra monstruosa con cincuenta negras fauces más feroz aún tiene su morada adentro. Luego el Tártaro mismo se abre al precipicio el doble y se extiende bajo las sombras tanto como se mira hacia el etéreo Olimpo del cielo.

Aquí la antigua raza de la Tierra, la prole titánica, derribada por el rayo, rueda en el fondo más profundo. Aquí también vi a los gemelos Alóadas, cuerpos inmensos, que intentaron con sus manos rasgar el gran cielo y expulsar a Júpiter de los reinos celestiales. Vi también a Salmoneo sufriendo crueles castigos, mientras imita las llamas de Júpiter y los truenos del Olimpo. Este llevado por cuatro caballos y blandiendo una antorcha por los pueblos de Grecia y por medio de la ciudad de Élide iba triunfante y reclamaba para sí el honor de los dioses, demente, que simulaba las nubes y el rayo inimitable con bronce y con el golpe de cascos de caballos veloces.

Pero el padre omnipotente entre densas nubes arrojó su arma, no aquellas antorchas ni luces humeantes de teas, y lo precipitó con torbellino inmenso. Y también se podía ver a Ticio, hijo de la Tierra omnipotente, cuyo cuerpo se extiende por nueve yugadas enteras, y un buitre monstruoso con pico ganchudo desgarra el hígado inmortal y las vísceras fecundas para los castigos y las escarba para sus banquetes y habita bajo el profundo pecho, y no se da ningún reposo a las fibras renacidas.

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¿Qué voy a recordar de los Lápitas, de Ixión y Pirítoo? Sobre ellos pende una roca negra, a punto ya de caer y semejante a lo que cae; brillan sobre altos lechos nupciales áureos soportes, y banquetes preparados ante sus rostros con lujo regio; la mayor de las Furias está recostada junto a ellos y con las manos les impide tocar las mesas, y se levanta alzando una antorcha y truena con la boca. Aquí, los que odiaron a sus hermanos mientras les quedaba vida, o golpearon a un padre y tramaron fraude contra un cliente, o los que se agazaparon solos sobre riquezas encontradas y no pusieron parte alguna para los suyos (que es la turba mayor), y los que fueron muertos por adulterio, y los que siguieron armas impías y no temieron traicionar la lealtad de sus señores, encerrados esperan el castigo.

No busques que te enseñen qué castigo, o qué forma o fortuna hundió a estos hombres. Unos hacen rodar una piedra inmensa, otros cuelgan atados a los radios de ruedas; está sentado y por siempre estará sentado el desdichado Teseo, y Flegias, el más miserable de todos, advierte y da testimonio con gran voz por entre las sombras: 'Aprended justicia, advertidos, y no despreciéis a los dioses.' Este vendió por oro su patria e impuso un señor poderoso; fijó leyes por precio y las refijó; este invadió el lecho de su hija y los himeneos prohibidos: todos osaron una monstruosidad nefanda y alcanzaron lo osado.

No, aunque tuviera cien lenguas y cien bocas, voz de hierro, podría abarcar todas las formas de crímenes, recorrer todos los nombres de castigos.' Cuando estas cosas dijo la anciana sacerdotisa de Febo, 'pero ya vamos, toma el camino y cumple la misión asumida; apresurémonos' dice; 'veo murallas forjadas en fraguas de Cíclopes y puertas bajo el arco de enfrente, donde nos mandan los preceptos depositar estos dones.' Había hablado y a la par caminando por las tinieblas de los senderos arrebatan el espacio intermedio y se acercan a las puertas.

Eneas ocupa la entrada y con agua reciente rocía su cuerpo y fija el ramo en el umbral de enfrente. Por fin cumplidas estas cosas, perfecta la misión de la diosa, llegaron a lugares alegres y amenos vergeles de bosques afortunados y moradas dichosas. Aquí un éter más generoso viste los campos con luz purpúrea, y conocen su propio sol, sus propias estrellas. Una parte ejercita sus miembros en palestras herbosas, compiten en el juego y luchan en la arena rubia; otra parte golpea danzas con los pies y recita cantos.

Y también el sacerdote tracio con larga vestidura acompaña con números las siete diferencias de voces, y pulsa las mismas ya con los dedos, ya con el plectro de marfil. Aquí la estirpe antigua de Teucro, hermosísima prole, héroes magnánimos nacidos en años mejores, Ilo y Asáraco y Dárdano fundador de Troya. Admira a lo lejos las armas y los carros vacíos de los hombres; las lanzas están clavadas en tierra y por doquier sueltos pacen por el campo los caballos. El mismo agrado por los carros y las armas que tuvieron vivos, el mismo cuidado de apacentar caballos relucientes, los sigue depositados en la tierra.

Mira, he aquí, a otros a derecha e izquierda por la hierba comiendo y cantando un alegre peán en coro entre un bosque fragante de laureles, desde donde arriba el copiosísimo río Erídano rueda por la selva. Aquí la grey que sufrió heridas luchando por la patria, y los que fueron sacerdotes castos mientras les quedaba vida, y los que fueron vates piadosos y hablaron cosas dignas de Febo, o los que mejoraron la vida mediante artes inventadas o los que hicieron a algunos recordarlos por merecerlo: a todos estos les ciñen las sienes con una blanca venda.

A ellos rodeándolos así habló la Sibila, a Museo antes que a todos (pues la numerosa turba lo tiene en medio y lo mira destacándose por sus altos hombros): 'Decid, almas felices, y tú, vate óptimo, qué región tiene a Anquises, qué lugar lo tiene? Por él vinimos y atravesamos los grandes ríos del Érebo.' Y a esta el héroe respondió así con pocas palabras: 'Ninguno tiene casa fija; habitamos bosques sombríos, y ocupamos lechos de riberas y prados frescos junto a arroyos. Pero vosotros, si así lo lleva vuestra voluntad en el corazón, superad esta colina, y ya por senda fácil os situaré.' Dijo, y adelanta el paso y desde arriba les muestra los campos resplandecientes; después abandonan las cumbres más altas.

Pero el padre Anquises en lo hondo de un valle verde recorría con atención reflexiva las almas encerradas que han de ir a la luz de arriba, y casualmente revisaba el número entero de los suyos, y los queridos nietos y los hados y fortunas de los hombres y costumbres y hazañas. Y él, cuando vio a Eneas viniendo hacia él por la hierba, extendió ágil ambas palmas, y las lágrimas manaron por sus mejillas y la voz salió de su boca: '¿Viniste al fin, y tu piedad esperada por tu padre venció el duro camino?

¿Se me da contemplar tu rostro, hijo, y oír y devolver voces conocidas? Así en efecto lo conducía en mi ánimo y pensaba que sería contando los tiempos, y no me engañó mi cuidado. ¡Por cuántas tierras y por cuántos mares transportado te recibo! ¡Cuánto zarandeado, hijo, por peligros! ¡Cuánto temí que te dañaran en algo los reinos de Libia!' Pero él: 'Tu imagen, padre, tu triste imagen apareciéndome a menudo me obligó a tender a estos umbrales; las naves están en el mar Tirreno.

Dame tu diestra para unirla, dame, padre, y no te sustraigas de nuestro abrazo.' Así hablando a la vez bañaba su rostro con copioso llanto. Tres veces intentó allí echar los brazos alrededor del cuello;

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tres veces en vano la imagen asida huyó de las manos, igual a los vientos ligeros y muy semejante al sueño alado. Mientras tanto ve Eneas en un valle retirado un bosque apartado y breñales sonoros de selva, y el río Leteo que fluye delante de apacibles moradas. Alrededor de este volaban innumerables gentes y pueblos: y como en los prados cuando en el verano sereno las abejas se posan en flores variadas y alrededor de cándidos lirios se derraman, resuena todo el campo con su murmullo.

Se estremece Eneas con la visión súbita y pregunta las causas, ignorante, qué son esos ríos allá a lo lejos, o qué hombres llenaron las riberas con tan gran muchedumbre. Entonces el padre Anquises: 'Almas a quienes otros cuerpos son debidos por el hado, beben junto a la onda del río Leteo aguas seguras y olvidos largos. Estas en verdad deseo recordarte y mostrarte cara a cara desde hace tiempo, ansío enumerar esta prole de los míos, para que te alegres más conmigo por Italia encontrada.' 'Oh padre, ¿hay que pensar que algunas almas van de aquí al cielo sublimes y otra vez vuelven a cuerpos tardos?

¿Qué deseo tan terrible de la luz tienen los miserables?' 'Te lo diré ciertamente y no te mantendré en suspenso, hijo' retoma Anquises y despliega cada cosa en orden. 'Primero, el cielo y las tierras y los campos líquidos y el globo brillante de la luna y los astros Titánicos los alimenta un espíritu por dentro, y una mente infundida por todos los miembros agita la mole y se mezcla con el gran cuerpo. De allí la raza de hombres y ganados y las vidas de los voladores y los monstruos que el mar lleva bajo la superficie marmórea.

Ígneo es el vigor de aquellas semillas y celeste su origen, en cuanto no los retardan cuerpos nocivos y los embotan miembros terrenales y moribundos. De allí temen y desean, se duelen y se alegran, y no divisan las auras encerradas en tinieblas y cárcel ciego. Y aun cuando con la luz suprema la vida se fue, sin embargo no se aleja todo el mal de los míseros ni todas del todo las pestes corpóreas se marchan, y es necesario profundamente que muchas cosas endurecidas largo tiempo crezcan de modos asombrosos.

Por tanto son ejercitadas con castigos y expían los suplicios de males antiguos: unas son colgadas vacías suspendidas a los vientos, de otras bajo vasto remolino se lava la infección del crimen o se quema con fuego: cada uno sufrimos nuestros manes. Luego por el amplio Elisio somos enviados y pocos tenemos los campos alegres, hasta que el largo día en el orbe completo del tiempo quita la mancha endurecida, y deja puro el sentido etéreo y el fuego del aire simple. A todas estas, cuando hicieron rodar la rueda por mil años, el dios las convoca al río Leteo en gran muchedumbre, sin duda inmemores para que revisiten las bóvedas de arriba de nuevo, y comiencen a querer volver a los cuerpos.' Había hablado Anquises y arrastra a su hijo y junto a él a la Sibila hacia el centro de la asamblea y la multitud que resuena, y ocupa un montículo desde donde pudiera verlos a todos en larga fila frente a frente y distinguir los rostros de los que vienen.

'Ahora vamos, qué gloria seguirá después a la estirpe troyana, qué descendientes aguardan de la gente itálica, almas ilustres que irán a nuestro nombre, te lo expondré con mis palabras, y te enseñaré tus destinos. Ese que ves, el joven que se apoya en la pura lanza, ocupa por suerte los lugares más cercanos a la luz, primero a las auras etéreas subirá mezclado con sangre itálica, Silvio, nombre albano, tu prole póstuma, a quien tu esposa Lavinia dará a luz tardíamente cuando seas viejo en los bosques, rey y padre de reyes, de donde nuestra raza dominará desde la Larga Alba.

El siguiente es Procas, gloria de la gente troyana, y Capys y Numitor y quien te devolverá tu nombre, Silvio Eneas, igualmente egregio en piedad o en armas, si alguna vez recibe el gobierno de Alba. ¡Qué jóvenes! Mira cuántas fuerzas ostentan y llevan las sienes sombreadas con la cívica encina! Estos te levantarán Nomento y Gabios y la ciudad de Fidenas, estos pondrán sobre los montes las fortalezas colatinas, Pometios y el Castro de Inuo y Bola y Cora; estos entonces serán nombres, ahora son tierras sin nombre.

Y más aún, como compañero al abuelo se añadirá el hijo de Marte, Rómulo, a quien la madre Ilia de la sangre de Asáraco dará a luz. ¿Ves cómo en su cabeza se alzan dos crestas gemelas y el padre mismo ya lo marca con su honor divino? Mira, hijo, bajo sus auspicios aquella Roma ilustre igualará su imperio a las tierras, su ánimo al Olimpo, y rodeará siete fortalezas con un solo muro, feliz en su prole de hombres: cual la madre Berecintia avanza en su carro torreada por las ciudades frigias alegre por su parto de dioses, abrazando a cien nietos, todos celestiales, todos habitantes de las alturas.

Ahora vuelve aquí tu doble mirada, mira esta gente y a tus romanos. Aquí César y toda la progenie de Julo que vendrá bajo el gran eje del cielo. Este varón, este es, aquel que tan a menudo oyes que te prometen, Augusto César, hijo del divino, que fundará los siglos de oro de nuevo en los campos del Lacio donde reinó Saturno antaño, y extenderá su imperio más allá de los garamantes y los indos; yace la tierra más allá de las estrellas, más allá de los caminos del año y del sol, donde Atlas portador del cielo hace girar sobre su hombro el eje tachonado de estrellas ardientes.

Ante su llegada ya ahora tanto los reinos caspios se estremecen con los oráculos de los dioses y la tierra meótida, y se agitan inquietas las siete bocas del Nilo.

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Ni siquiera Alcides recorrió tanta tierra, aunque haya clavado a la cierva de pies de bronce, o pacificado los bosques del Erimanto y hecho temblar a Lerna con su arco; ni aquel que victorioso conduce el yugo con riendas de pámpanos, Líber, guiando los tigres desde la alta cumbre de Nisa. ¿Y todavía dudamos en extender nuestro valor con hazañas, o el miedo nos prohíbe establecernos en tierra ausonia? Pero quién es aquel a lo lejos, insigne con ramas de olivo, llevando los objetos sagrados?

Reconozco los cabellos y la barba encanecida del rey romano que fundará la ciudad primera con leyes, enviado desde la pequeña Cures y la tierra pobre a un imperio grande. Luego le sucederá Tulo, que romperá el ocio de la patria y moverá a las armas a varones inactivos y ejércitos ya desacostumbrados a los triunfos. A quien sigue junto a él el más jactancioso Anco, que ya ahora también se alegra demasiado con las auras populares. ¿Quieres ver también a los reyes Tarquinios y el alma soberbia del vengador Bruto, y los fasces recuperados?

Este recibirá primero el poder consular y las crueles segures, y el padre llamará al castigo a sus hijos que mueven nuevas guerras por la hermosa libertad, infeliz, como sea que las generaciones futuras juzguen esos hechos: vencerá el amor a la patria y el inmenso deseo de gloria. Más aún, mira a lo lejos a los Decios y los Drusos y al cruel con el hacha Torcuato y a Camilo trayendo de vuelta las insignias. Pero aquellas almas que ves resplandecer con armas iguales, concordes ahora mientras las oprime la noche, ay cuánta guerra entre sí, si alcanzaran la luz de la vida, cuántos combates y matanza provocarán, el suegro descendiendo desde las murallas alpinas y la fortaleza de Moneco, el yerno dispuesto enfrente con las huestes orientales!

No, hijos, no acostumbréis vuestros ánimos a guerras tan grandes ni volváis las poderosas fuerzas contra las entrañas de la patria; y tú primero, tú perdona, tú que traes tu linaje del Olimpo, arroja las armas de tu mano, sangre mía!— Aquel conducirá victorioso el carro hasta el alto Capitolio tras triunfar sobre Corinto, insigne por los aqueos masacrados. Aquel arrasará Argos y las Micenas de Agamenón y al mismo Eácida, descendiente del poderoso en armas Aquiles, vengando a los ancestros de Troya y los templos profanados de Minerva.

¿Quién te dejaría en silencio, gran Catón, o a ti, Coso? ¿Quién al linaje de los Gracos o a los gemelos, dos rayos de guerra, los Escipiones, azote de Libia, y al poderoso en la pobreza Fabricio o a ti sembrando en el surco, Serrano? ¿Adónde me arrastráis exhausto, Fabios? Tú eres aquel Máximo, el único que nos restauras el estado demorando. Otros forjarán el bronce que respira más suavemente (lo creo ciertamente), extraerán del mármol rostros vivos, plegarán mejor las causas, y los movimientos del cielo describirán con el compás y dirán los astros que surgen: tú acuérdate, romano, de regir los pueblos con tu poder (estas serán tus artes), y de imponer la costumbre a la paz, perdonar a los sometidos y doblegar a los soberbios.' Así el padre Anquises, y a los que se maravillan añade esto: 'Mira cómo Marcelo avanza insigne con los despojos opimos y victorioso sobresale entre todos los varones.

Este jinete sostendrá el estado romano cuando un gran tumulto lo agite, abatirá a los púnicos y al galo rebelde, y colgará por tercera vez las armas capturadas al padre Quirino.' Y aquí Eneas (pues veía ir junto a él a un joven egregio en belleza y con armas resplandecientes, pero con el rostro poco alegre y los ojos en tierra abatidos): '¿Quién es, padre, aquel que acompaña así al varón que va? ¿Un hijo, o alguno de la gran estirpe de los nietos? ¡Qué estruendo de compañeros alrededor!

¡Cuánta presencia en él mismo! Pero una negra noche le vuela alrededor de la cabeza con triste sombra.' Entonces el padre Anquises comenzó con lágrimas que brotaban: 'Oh hijo, no busques el inmenso duelo de los tuyos; los hados solo mostrarán este a las tierras y no permitirán que exista más. Demasiado poderosa os habría parecido la estirpe romana, dioses del cielo, si estos dones hubieran sido permanentes. ¡Cuántos gemidos de varones llevará aquel campo a la gran ciudad de Marte! O qué funerales verás, Tíber, cuando pases junto al túmulo reciente!

Ningún niño de la gente ilíaca elevará tanto en esperanza a los abuelos latinos, ni la tierra de Rómulo jamás se jactará tanto de ningún alumno. ¡Ay, la piedad, ay, la antigua lealtad y la diestra invicta en la guerra! Nadie se le habría enfrentado impunemente armado, ya fuera cuando iba a pie contra el enemigo o cuando con las espuelas hincaba los flancos del caballo espumante. ¡Ay, niño digno de compasión, si de algún modo rompieras los hados crueles, tú serás Marcelo. Dad lirios a manos llenas, esparciré flores purpúreas y al alma de mi nieto al menos colmaré con estos dones, y cumpliré con el vano deber.' Así por toda la región vagan dispersos en los anchos campos del aire y observan todas las cosas.

Después de que Anquises condujo a su hijo por cada una de ellas e inflamó su ánimo con amor a la gloria venidera, luego le cuenta las guerras que el varón después debe librar, le enseña sobre los pueblos laurentinos y la ciudad de Latino, y de qué modo debe evitar o soportar cada trabajo. Hay dos puertas del Sueño, de las cuales se dice que una es de cuerno, por la cual se da fácil salida a las sombras verdaderas, la otra labrada reluce de resplandeciente marfil, pero los Manes envían al cielo falsos ensueños.

Allí entonces Anquises acompaña a su hijo y junto a él a la Sibila con estas palabras y los envía por la puerta de marfil, él abre camino hacia las naves y revisa a los compañeros. Luego se dirige en línea recta al puerto de Cayeta.

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El ancla se arroja desde la proa; las naves se detienen en la costa.

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