Libro XI
Parte1versos 1-100
Mientras tanto, la Aurora, alzándose, dejó atrás el Océano: Eneas, aunque el deber de sepultar a los compañeros le apremia y su ánimo está turbado por la muerte, cumplía victorioso sus votos a los dioses al primer rayo del día. Levanta sobre un túmulo una enorme encina, cortadas todas sus ramas, y la viste con las armas relucientes, despojos de Mezencio, el caudillo; trofeo para ti, gran dios de la guerra; fija las cimeras chorreantes de sangre y las armas rotas del guerrero, y la coraza alcanzada y atravesada en doce sitios, y el escudo de bronce a la izquierda lo ata, y cuelga del cuello la espada de marfil.
Entonces a los compañeros (pues toda una masa apretada de jefes lo rodeaba) arenga así, alentando a los que celebran: "Hemos logrado lo más grande, guerreros; que se aleje todo temor por lo que resta; estos son los despojos del rey soberbio y las primicias, y Mezencio aquí está, obra de mis manos. Ahora nos espera el camino hacia el rey y los muros de los latinos. Preparad las armas, y con el ánimo y la esperanza anticipad la guerra, para que ninguna demora os sorprenda ignorantes, cuando los dioses permitan arrancar las enseñas y sacar la juventud de los campamentos, y ninguna opinión cobarde os retarde por miedo.
Mientras tanto, entreguemos a la tierra los cuerpos de nuestros compañeros sin sepultura, único honor en lo más hondo del Aqueronte. Id", dice, "honrad con los últimos regalos a estas almas egregias, que con su sangre nos conquistaron esta patria, y que primero sea enviado Palante a la ciudad afligida de Evandro, él a quien, sin faltarle valor, se lo llevó el día oscuro y lo sumergió en muerte amarga." Así habla llorando, y vuelve sus pasos hacia el umbral donde el cuerpo sin vida de Palante, depositado, lo guardaba el viejo Acetes, que antes fue escudero de Evandro el parrasio, pero luego, con auspicios menos felices, fue dado como compañero al querido alumno.
Alrededor, toda la servidumbre y la multitud troyana y las mujeres de Ilión con el cabello suelto, según la costumbre del duelo. Pero cuando Eneas se introdujo por las altas puertas, elevan a los astros un gemido inmenso, golpeándose los pechos, y el palacio ruge con el lamento triste. Él mismo, cuando vio la cabeza de Palante, nívea, reclinada, y el rostro, y la herida abierta en el pecho terso de la lanza ausonia, habla así entre lágrimas que brotan: "¿A ti, muchacho desgraciado, cuando llegaba la dicha, te negó la Fortuna, para que no vieras nuestro reino ni volvieras victorioso a la casa paterna?
No era esto lo que, al partir, prometí a tu padre Evandro sobre ti, cuando me abrazó mientras iba y me envió a un gran imperio, y temiendo me advertía que eran feroces los guerreros, dura la gente en combate. Y ahora él, capturado por una esperanza vana, quizá hace votos y colma de ofrendas los altares, mientras nosotros, afligidos, acompañamos al joven sin vida, que ya nada debe a ninguno de los celestiales, con un honor vacío. ¡Infeliz, verás el funeral cruel de tu hijo!
¿Este es nuestro regreso y el triunfo esperado? ¿Esta es mi gran lealtad? Pero no, Evandro, verás a tu hijo abatido por heridas vergonzosas, ni desearás, padre, la muerte funesta por un hijo a salvo. ¡Ay de mí, cuánto baluarte pierdes tú, Ausonia, y cuánto tú, Julo!" Después de llorar así, ordena que levanten el cuerpo lastimoso y envía del ejército entero mil hombres elegidos para que acompañen el último honor y compartan las lágrimas del padre, consuelos pequeños de un dolor inmenso, pero debidos al padre desdichado.
Sin tardanza otros trenzan un armazón y unas suaves andas con ramas de madroño y mimbre de encina y sobre el lecho construido extienden sombra de follaje. Aquí colocan al joven en alto sobre el rústico lecho de paja: igual que una flor cortada por un dedo virginal, violeta suave o jacinto lánguido, a la que aún no ha abandonado el fulgor ni su forma propia, pero ya la tierra madre no la nutre ni le da fuerzas. Entonces Eneas saca dos vestidos rígidos de oro y púrpura, que en otro tiempo la sidonia Dido, gozosa en su labor, le había hecho con sus propias manos y había separado las tramas con delgado oro.
Uno de estos, triste, en supremo honor al joven le pone, y cubre con el manto sus cabellos que arderán, y además amontona muchos premios de la batalla laurentina y ordena que el botín desfíle en larga procesión; añade caballos y armas con que había despojado al enemigo. Había atado las manos a la espalda de los que enviaría a las sombras como víctimas, para rociar con su sangre las llamas, y ordena que los jefes mismos lleven los troncos vestidos con armas enemigas y que se fijen los nombres hostiles.
Es conducido el infeliz Acetes, consumido por la edad, golpeándose ahora el pecho con los puños, ahora el rostro con las uñas, y se tiende y se arroja con todo el cuerpo a tierra; llevan también los carros empapados de sangre rútula. Detrás va Etón, caballo de guerra, sin sus insignias, llorando y humedeciendo el rostro con gruesas gotas. Otros llevan la lanza y el yelmo, pues lo demás lo tiene Turno, el vencedor. Luego sigue la falange triste, los teucros y todos los tirrenos y los árcades con las armas invertidas.
Después que toda la procesión de compañeros se había alejado, Eneas se detuvo y añadió estas palabras con hondo gemido: "Los mismos hados horribles de la guerra nos llaman de aquí a otras lágrimas: salve para siempre, Palante grandísimo, y para siempre adiós." Y sin decir más, hacia los altos muros se dirigía y llevaba sus pasos al campamento. Y ya habían llegado embajadores de la ciudad latina,
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velados con ramas de olivo y pidiendo clemencia: que devolviera los cuerpos que yacían derribados por el hierro por los campos y permitiera que fueran sepultados en la tierra; ninguna contienda hay con los vencidos, privados del aire; que perdonara a quienes fueron huéspedes y llamados suegros. El buen Eneas, a quienes suplican cosas no despreciables, concede el perdón y además añade estas palabras: "¿Qué fortuna tan indigna, latinos, os ha envuelto en semejante guerra, que huís de nosotros, vuestros amigos? ¿Me pedís paz para los muertos, los que cayeron por suerte de Marte?
En verdad, también a los vivos quisiera concedérsela. No vine sino porque los hados me dieron lugar y morada, ni hago guerra con vuestra gente; vuestro rey abandonó nuestra hospitalidad y prefirió confiarse a las armas de Turno. Más justo habría sido que Turno se opusiera a esta muerte. Si se propone terminar la guerra con su mano, si expulsar a los teucros, debió enfrentarse conmigo con estas armas: habría vivido aquel a quien la divinidad o su diestra diera la vida. Ahora id y poned fuego a vuestros desdichados ciudadanos." Había hablado Eneas.
Ellos se quedaron atónitos, en silencio, y vueltos entre sí, sostenían la mirada y el rostro. Entonces el anciano Drances, siempre hostil por odios y acusaciones contra el joven Turno, así a su vez responde con su boca: "Oh, de fama inmensa, más inmenso en armas, varón troyano, ¿con qué alabanzas te igualaré al cielo? ¿Admiraré primero tu justicia o tus trabajos de guerra? Nosotros, agradecidos, llevaremos estas palabras a nuestra patria y te uniremos, si la Fortuna da camino, al rey Latino. Que Turno busque alianzas por su cuenta.
Más aún, nos complacerá levantar las moles fatales de los muros y cargar sobre los hombros las piedras troyanas." Así había hablado, y todos con una sola voz murmuraban lo mismo. Acordaron doce días de tregua, y con la paz como mediadora, teucros y latinos mezclados sin peligro vagaron por los bosques y las alturas. Resuena el fresno alto bajo el hacha de doble filo, derriban pinos lanzados hacia los astros, y no cesan de hender con cuñas los robles y el cedro fragante ni de transportar en carros gimientes los fresnos.
Y ya la Fama voladora, mensajera de tan grande duelo, llena a Evandro y las casas de Evandro y sus murallas, ella que poco antes anunciaba a Palante victorioso en el Lacio. Los árcades se precipitan a las puertas y, según la antigua costumbre, arrebatan las antorchas funerarias; el camino brilla con largo orden de llamas y divide a lo ancho los campos. Enfrente, la multitud frigia que viene une sus filas plañideras. Cuando las madres las vieron acercarse a las casas, encienden con clamores la ciudad afligida.
Pero ninguna fuerza puede retener a Evandro, sino que viene en medio. Depositado Palante en el féretro, se desploma sobre él y se abraza, llorando y gimiendo, y apenas por fin se abrió paso la voz, trabada por el dolor: 'No eran estas, oh Palante, las promesas que diste a tu padre, de que serías más cauto al confiarte al feroz Marte. Yo no ignoraba cuánto pueden la gloria reciente en las armas y el honor demasiado dulce en el primer combate. Primicias miserables de tu juventud y duros aprendizajes de una guerra tan cercana, y mis votos y mis plegarias que ninguno de los dioses escuchó!
Y tú, esposa santísima, feliz por tu muerte y porque no fuiste guardada para este dolor. Yo en cambio, viviendo, he vencido mi destino, he quedado sobreviviente como padre. ¡Que los rútulos me hubieran sepultado con sus dardos cuando seguía las armas aliadas de los troyanos! Yo mismo habría entregado mi vida y este cortejo me traería a casa a mí, no a Palante. Pero no os reprocharé, teucros, ni los pactos ni las diestras que unimos en la hospitalidad: esta suerte era debida a mi vejez.
Pero si una muerte prematura aguardaba a mi hijo, me alegrará que haya caído tras matar a miles de volscos, conduciendo a los teucros al Lacio. Y no te considero digno, Palante, de otro funeral que el que te da el piadoso Eneas y los grandes frigios y los jefes tirrenos, todo el ejército tirreno. Traen grandes trofeos aquellos a quienes tu diestra dio la muerte; tú también serías ahora un tronco enorme plantado en los campos, Turno, si la edad fuera igual y el mismo vigor viniera de los años.
Pero, infeliz, ¿por qué demoro a los teucros de las armas? Id y llevad al rey estas órdenes para que las recuerde: que yo demore esta vida odiosa con Palante muerto, tu diestra es la causa; ves que a Turno lo debes tanto el hijo como el padre. Este es el único espacio que te queda para tus méritos y tu fortuna. No busco las alegrías de la vida, ni es lícito, sino llevar la noticia a mi hijo entre los manes profundos.' Mientras tanto la Aurora había levantado para los míseros mortales la luz nutricia, devolviendo las faenas y los trabajos: ya el padre Eneas, ya Tarcón en la costa curva habían levantado las piras.
Aquí cada cual llevó los cuerpos de los suyos según la costumbre de los padres, y encendidos los negros fuegos el cielo alto queda sepultado en tinieblas con la humareda. Tres veces rodearon las piras encendidas, ceñidos de armas resplandecientes, tres veces pasaron en sus caballos junto al triste fuego del funeral y lanzaron alaridos con la boca. Se rocía de lágrimas la tierra, se rocían de lágrimas las armas, sube al cielo el clamor de los hombres y el estruendo de las trompetas. Aquí unos arrojan al fuego los despojos arrancados a los latinos muertos, yelmos y espadas hermosas y frenos y ruedas ardientes; otros las ofrendas conocidas, los escudos de los mismos y sus armas infelices.
Muchos cuerpos de bueyes se inmolan alrededor a la Muerte, y degüellan cerdos erizados de cerdas y ganado tomado de todos los campos y lo arrojan a la llama. Luego por toda la costa contemplan a los compañeros ardiendo y vigilan las piras
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medio consumidas, y no pueden apartarse, hasta que la noche húmeda da vuelta al cielo tachonado de estrellas ardientes. Y no menos los míseros latinos en otra parte levantaron incontables piras, y muchos cuerpos de hombres unos los entierran en la tierra, otros los llevan a los campos vecinos y otros los devuelven a la ciudad. Los demás, un montón enorme de matanza confusa, los queman sin número ni honor; entonces por todas partes los vastos campos resplandecen a porfía con frecuentes fuegos. La tercera luz había retirado del cielo la sombra helada: los dolientes removían de los hogares la ceniza profunda y los huesos mezclados y los cargaban con un túmulo de tierra tibia.
Pero ya en los techos, en la ciudad del opulentísimo Latino, es mayor el estrépito y allí está la parte más larga del duelo. Aquí las madres y las nueras miserables, aquí los pechos queridos de las hermanas que lloran y los niños huérfanos de padres maldicen la guerra terrible y las bodas de Turno; piden que él mismo con las armas, él mismo con el hierro decida, él que reclama para sí el reino de Italia y los primeros honores. Agrava esto el feroz Drances y testifica que solo él es llamado, que solo Turno es pedido para el combate.
Muchas opiniones a la vez se dicen en sentidos diversos a favor de Turno, y lo cubre el gran nombre de la reina, mucha fama lo sostiene por sus trofeos merecidos. Entre estas conmociones, en medio del ardiente tumulto, he aquí que llegan los legados de la gran ciudad de Diomedes, sobre los afligidos, trayendo respuestas: nada se ha logrado con el gasto de tantas empresas, nada valieron los dones ni el oro ni las grandes súplicas; que los latinos deben buscar otras armas o pedir la paz al rey troyano.
Se abate el mismo rey Latino bajo el inmenso duelo: le advierte la ira de los dioses y las tumbas recientes ante sus ojos que Eneas es llevado por un hado manifiesto, por voluntad divina. Por eso convoca un gran consejo y a los primeros de los suyos, llamados por su imperio, los reúne dentro de los altos umbrales. Ellos confluyen y fluyen hacia el palacio por las calles llenas. Se sienta en medio, el mayor por la edad y primero por los cetros, Latino, con frente no alegre.
Y aquí ordena a los legados enviados de vuelta desde la ciudad etolia que digan lo que traen, y reclama las respuestas todas en su orden. Entonces se hizo silencio en las lenguas, y Vénulo, obedeciendo la orden, así comienza a hablar: 'Vimos, oh ciudadanos, a Diomedes y el campamento argivo, y recorrido el camino superamos todos los azares, y tocamos la mano con la que cayó la tierra de Ilión. Él fundaba, vencedor, la ciudad de Argiripa con el nombre de su patria en los campos yapigios del Gárgano.
Después que entramos y se nos dio ocasión de hablar en presencia, ofrecemos los dones, declaramos el nombre y la patria, quiénes trajeron la guerra, qué causa atrajo a Arpos. Oídas estas cosas, él respondió así con boca serena: 'Oh pueblos afortunados, reinos de Saturno, antiguos ausonios, ¿qué fortuna os inquieta en vuestra quietud y os persuade a provocar guerras desconocidas? Cuantos violamos con el hierro los campos de Ilión (dejo lo que se agotó guerreando bajo las altas murallas, los hombres que oprime aquel Simoente) todos por el orbe pagamos castigos infandos y penas por nuestros crímenes, una hueste digna de compasión incluso para Príamo; lo sabe el triste astro de Minerva y los peñascos eubeos y el vengador Cafareo.
De aquella campaña expulsados a costas diversas, el Atrida Menelao es exiliado hasta las columnas de Proteo, Ulises vio a los cíclopes del Etna. ¿Referiré los reinos de Neoptólemo y los penates trastornados de Idomeneo? ¿O los locros que habitan en la costa líbica? El mismo micéneo, caudillo de los grandes aqueos, pereció en el primer umbral por la diestra de su esposa infame, y un adúltero se sentó sobre la Asia vencida. ¿Envidiaron los dioses que yo, devuelto a los altares patrios, viera el matrimonio deseado y la hermosa Calidón?
Ahora incluso me persiguen prodigios horribles a la vista y los compañeros perdidos buscaron el éter con alas y como aves vagan por los ríos (ay, castigos terribles de los míos) y llenan los escollos con voces lacrimosas. Estas cosas debí esperarlas ya desde aquel momento en que, demente, ataqué con el hierro cuerpos celestiales y violé con una herida la diestra de Venus. No, no, no me impelís a tales combates. Ni tengo ya ninguna guerra con los teucros después de arrasada Pérgamo, ni recuerdo ni me alegro de los males antiguos.
Los dones que me traéis desde las orillas patrias volvédlos hacia Eneas. Nos enfrentamos con dardos crueles y trabamos las manos: creedme por experiencia cuán grande se alza sobre el escudo, con qué torbellino arroja la lanza. Si la tierra idea hubiera dado además dos hombres tales, el dárdano habría venido él mismo hasta las ciudades inaquias y Grecia lloraría con los destinos invertidos. Todo lo que se demoró junto a las murallas de la dura Troya, la victoria de los griegos se trabó por la mano de Héctor y de Eneas, y retrasó su curso hasta el décimo año.
Ambos insignes por sus ánimos, ambos sobresalientes en armas, este primero en piedad. Que las diestras se unan en pactos donde se pueda; pero evitad que las armas choquen con las armas.' Y a la vez has oído, rey excelente, qué respuestas del rey hay y qué opinión tiene sobre la gran guerra.' Apenas los legados terminaron, y un rumor variado corrió por las bocas turbadas de los ausónidas, como cuando las rocas detienen un río rápido, se hace un murmullo en el cauce cerrado y resuenan las riberas vecinas con las aguas crepitantes. Tan pronto se apaciguaron los ánimos y las bocas agitadas se callaron,
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Invocados los dioses, el rey habla desde su trono elevado: "Antes, latinos, sobre este asunto supremo hubiera querido y habría sido mejor tomar una decisión, no en un momento así convocar el concilio, cuando el enemigo asedia nuestros muros. Libramos una guerra inoportuna, ciudadanos, con la estirpe de los dioses y con hombres invictos, a quienes ningún combate fatiga ni vencidos pueden apartarse de la espada. Si tuvisteis alguna esperanza en las armas aliadas de los etolios, abandonadla. Cada uno tiene su propia esperanza; pero veis cuán estrecha es.
Todo lo demás, cómo yace golpeado en la ruina de las cosas, está ante vuestros ojos y entre vuestras manos. A nadie acuso: lo que el mayor valor pudo ser, fue; se combatió con todo el cuerpo del reino. Ahora expondré cuál es el parecer de mi mente indecisa, y en pocas palabras (prestad atención) lo explicaré. Tengo un antiguo territorio junto al río etrusco, extenso hacia occidente, más allá incluso de las fronteras sicanas; los auruncos y rútulos lo siembran, y con el arado trabajan las duras colinas y apacientan sus ganados en las más ásperas.
Que toda esta región y la franja de pinos del monte elevado se ceda a la amistad de los troyanos, y dictemos leyes equitativas de alianza y llamemos a los socios a nuestro reino: que se asienten, si tanto es su deseo, y funden sus murallas. Pero si su ánimo es dirigirse a otras fronteras y tomar otra nación y pueden abandonar nuestro suelo, tejamos veinte naves con madera itálica; o si pueden llenar más, toda la madera yace junto a la orilla: que ellos mismos determinen el número y modelo de las quillas; nosotros daremos el bronce, las manos, los astilleros.
Además, que vayan cien embajadores de la primera estirpe de los latinos para llevar las palabras y confirmar los pactos, extendiendo en sus manos los ramos de paz, portando dones, talentos de oro y marfil, y el trono real y la trabea, insignias de nuestro poder. Deliberad en común y socorred los asuntos exhaustos." Entonces Drances, el mismo, hostil, a quien la gloria de Turno agitaba con envidia oblicua y aguijones amargos, pródigo en riquezas y mejor de lengua, pero con la diestra fría para la guerra, considerado consejero no inútil, poderoso en la sedición (la nobleza materna le daba linaje soberbio, incierto lo que traía del padre), se levanta y con estas palabras acumula y amontona iras: "Consultas sobre un asunto que a nadie oscurece ni necesita de nuestra voz, oh buen rey: todos confiesan saber qué trae la fortuna del pueblo, pero callan al decirlo.
Que conceda libertad para hablar y retire su arrogancia aquel por cuyo auspicio infausto y conducta siniestra (lo diré, aunque me amenace con armas y muerte) vemos que han caído tantas lumbreras de jefes y toda la ciudad se ha hundido en el luto, mientras él intenta el campamento troyano confiando en la huida y aterra el cielo con sus armas. Una cosa más añade a esos dones que ordenas enviar y dar en gran número a los dardanios, una, oh el mejor de los reyes, y que ninguna violencia te venza para que des, padre, tu hija a un egregio yerno y dignas bodas, y unas esta paz con pacto eterno.
Pero si tanto terror ocupa las mentes y los pechos, supliquemos al propio y pidamos gracia del mismo: que ceda, que devuelva el derecho propio al rey y a la patria. ¿Por qué tantas veces arrojas a los míseros ciudadanos a peligros abiertos, oh cabeza y causa de estos males de Lacio? No hay salvación en la guerra, paz te pedimos todos, Turno, y junto con la paz su única prenda inviolable. Yo el primero, a quien tú te figuras odioso (y no me importa serlo), aquí vengo suplicante.
Apiádate de los tuyos, depón tu orgullo y vete derrotado. Bastantes funerales vimos y devastamos los inmensos campos al ser vencidos. O si te mueve la fama, si tanto vigor concibes en tu pecho y si tanto te importa el palacio dotal, atrévete y lleva confiado tu pecho contra el enemigo. Por supuesto, para que a Turno le corresponda la esposa real, nosotros, almas viles, turba insepulta y sin llanto, seremos tendidos en los campos. También tú, si tienes algún valor, si tienes algo del Marte patrio, mira de frente al que te desafía." Con tales palabras se encendió la violencia de Turno.
Lanza un gemido y arroja estas palabras desde lo hondo del pecho: "Abundante siempre, Drances, es para ti la copia del habla cuando las guerras reclaman manos, y convocados los padres eres el primero en presentarte. Pero no hay que llenar la curia de palabras que te vuelan grandiosas en seguridad, mientras el terraplén de los muros detiene al enemigo y no se inundan de sangre las fosas. Así que truena con elocuencia (lo acostumbrado en ti) y acúsame de cobardía tú, Drances, cuando tu diestra ha dado tantas pilas de cadáveres teucros, y por todas partes señalas con trofeos los campos.
Puedes probar qué puede el vigoroso valor; y sin duda no hay que buscar lejos a los enemigos; nos rodean por todos lados los muros. ¿Vamos contra ellos? ¿Qué vacílas? ¿O acaso tu Marte estará siempre en la lengua ventosa y en esos pies fugaces? ¿Yo derrotado? ¿O alguien merecidamente, vilísimo, me acusará de derrotado, quien vea el Tíber hinchado crecer con sangre ilíaca, y la casa entera de Evandro con su estirpe caída y a los árcades despojados de sus armas? No así me probaron Bitias y el inmenso Pándaro y los que en un solo día mandé vencedor bajo el Tártaro, mil, encerrado en los muros y cercado por terraplén enemigo. ¿No hay salvación en la guerra? Canta tales cosas, demente, a la cabeza dardania y a tus propios asuntos. Por tanto no ceses
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de trastornarlo todo con gran miedo y exaltar las fuerzas de una nación dos veces vencida, y por el contrario rebajar las armas latinas. Ahora también los jefes de los mirmidones tiemblan ante las armas frigias, ahora también el Tidida y el lariseo Aquiles, y el río Áufido huye hacia atrás de las olas adriáticas. O cuando se finge temeroso frente a mis reproches, artificio del criminal, y agrava su crimen con el miedo. Nunca perderás tal vida por esta diestra (deja de agitarte): habite contigo y esté en ese pecho tuyo.
Ahora vuelvo a ti, padre, y a tus grandes deliberaciones. Si no pones ninguna esperanza más en nuestras armas, si tan abandonados estamos y tras una sola línea de batalla dispersa caemos completamente y la Fortuna no tiene regreso, pidamos la paz y tendamos las diestras inertes. ¡Aunque, oh, si algo de la acostumbrada virtud estuviera presente! Afortunado ese en sus trabajos ante otros y egregio de ánimo, que para no ver tal cosa cayó muriendo y mordió el polvo una sola vez. Pero si aún tenemos recursos y juventud intacta y quedan ciudades itálicas y pueblos de auxilio, y si también a los troyanos la gloria les vino con mucha sangre (tienen sus funerales, y pareja es para todos la tempestad), ¿por qué sin decoro en el primer umbral desfallecemos?
¿Por qué antes de la trompeta el temblor ocupa los miembros? Muchas cosas el día y el mudable trabajo de la edad variable han devuelto a lo mejor, a muchos la Fortuna alternando jugó y de nuevo en lo sólido los colocó. No nos será auxilio el etolio ni Arpi: pero estará Mesapo y el dichoso Tolumnio y los que tantos pueblos enviaron como jefes, y no poca seguirá la gloria a los elegidos del Lacio y los campos laurentinos. Está también Camila de la egregia estirpe de los volscos conduciendo escuadrones de caballería y tropas florecientes de bronce.
Pero si los teucros me piden solo a mí para el combate y así place y tanto obstruyo el bien común, no ha huido tanto de estas manos la Victoria que me niegue a intentar cualquier cosa por tan gran esperanza. Iré animoso contra él, aunque supere al gran Aquiles y se vista armas iguales forjadas por las manos de Vulcano. A vosotros y al suegro Latino esta alma yo, Turno, en virtud no segundo a ninguno de los antiguos, he consagrado. ¿Solo a mí llama Eneas?
Y ruego que me llame; que no sea Drances quien, si esta es la ira de los dioses, la pague con su muerte, o si es virtud y gloria, se la lleve." Ellos debatían estas cosas entre sí sobre los asuntos dudosos, contendiendo: Eneas movía el campamento y la línea de batalla. Un mensajero, mira, irrumpe por los regios techos con inmenso tumulto y llena la ciudad de grandes terrores: que los teucros formados en línea desde el río Tiberino y la fuerza tirrena descienden por todos los campos.
Al instante los ánimos se agitan y los pechos del pueblo se sacuden y las iras se erizan con aguijones nada blandos. Piden armas con manos trémulas, la juventud ruge por armas, lloran apenados y murmuran los padres. Aquí de todas partes un clamor enorme se alza en los aires con disensión variada, no de otro modo que cuando en un alto bosque las bandadas de aves se posan por azar, o en el río piscoso del Po dan su sonido los cisnes roncos por las lagunas parlanchinas.
"Más bien," dice, "oh ciudadanos," aprovechando el momento Turno, "convocad consejo y alabad la paz sentados; ellos irrumpen armados en el reino." Y sin más palabras se arrebató a sí mismo y rápido salió de los altos techos. "Tú, Voluso, ordena que se armen los manípulos de los volscos, conduce," dice, "y a los rútulos. Mesapo con la caballería en armas, y con tu hermano Coras difundíos por los anchos campos. Que una parte asegure los accesos de la ciudad y tome las torres; el resto, donde ordene, que lleve las armas conmigo." Al punto se dispersan por los muros en toda la ciudad.
El propio padre Latino abandona el consejo y sus grandes proyectos y los aplaza turbado por el triste momento, y se acusa a sí mismo de no haber aceptado espontáneamente al dardanio Eneas y haberlo acogido como yerno de la ciudad. Otros excavan delante de las puertas o acarrean piedras y estacas. La ronca bucina da la señal sangrienta de guerra. Entonces ciñeron los muros con variada corona las matronas y los niños, el trabajo final convoca a todos. Y también al templo y a las altas cumbres de Palas es conducida la reina con gran cortejo de madres llevando ofrendas, y junto a ella como compañera la virgen Lavinia, causa de tan gran mal, con los hermosos ojos bajos.
Las madres suben y ahúman el templo con incienso y vierten tristes voces desde el alto umbral: "Poderosa en armas, regidora de la guerra, virgen tritonia, rompe con tu mano el dardo del saqueador frigio, y a él mismo derriba de bruces en el suelo y derrama bajo las altas puertas." Se ciñe él mismo Turno furioso, compitiendo por ir a los combates. Y ya había vestido la coraza rojiza con bronces erizada de escamas y había encerrado las pantorrillas en oro, las sienes aún desnudas, y había ceñido la espada al costado, y resplandecía dorado bajando de la alta ciudadela y exultaba en su ánimo y ya anticipa al enemigo con esperanza: como cuando un caballo libre, rotos los ataderos del pesebre, por fin suelto y dueño del campo abierto o bien se dirige a los pastos y las manadas de yeguas o acostumbrado al agua a bañarse en el río conocido se lanza, y relincha alto con el cuello erguido exuberante y las crines juegan por el cuello, por los hombros.
Al encuentro de él con el ejército de los volscos como escolta Camila sale al encuentro y la reina bajo las mismas puertas de su caballo desmonta, y toda la cohorte imitándola abandonó
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los caballos y fluyó a tierra; luego habla así: "Turno, si hay alguna confianza merecida para el valiente, me atrevo y prometo salir al encuentro del escuadrón de los enéadas y sola ir al frente contra los jinetes tirrenos. Déjame probar con mi mano los primeros peligros de la guerra, tú a pie quédate junto a los muros y guarda las murallas." Turno a esto con los ojos fijos en la virgen tremenda: "Oh honra de Italia, virgen, qué gracias expresar o qué devolver que iguale?
Pero ahora, cuando ese ánimo está por encima de todo, comparte conmigo el trabajo. Eneas, según cuenta la fama y refieren los exploradores enviados, ha mandado por delante descaradamente las armas ligeras de los jinetes para que sacudan los campos; él mismo por los desiertos áridos del monte superando las cumbres se acerca a la ciudad. Preparo trampas de guerra en el recodo cóncavo del bosque, para cercar armado con soldados la garganta del camino doble. Tú recibe al jinete tirreno con las enseñas reunidas; contigo estará el feroz Mesapo y los escuadrones latinos y la tropa tiburtina, y tú también asume el cuidado del mando." Así habla, y con palabras semejantes a Mesapo exhorta a los combates y a los jefes aliados y avanza contra el enemigo.
Hay un valle de curva sinuosidad, acomodado para trampas y engaños de armas, al que por ambos lados aprieta oscuro el denso follaje, por donde conduce una estrecha senda y llevan angostas gargantas y accesos mezquinos. Por encima de este en las atalayas y en la cima del monte yace una llanura desconocida y refugios seguros, ya sea que quieras atacar la batalla por derecha o por izquierda o bien apostarte en las cumbres y hacer rodar grandes rocas. Aquí el joven se dirige por la región conocida de los caminos y tomó el lugar y se instaló en los bosques traicioneros.
Mientras tanto en las moradas celestiales a la veloz Opis, una de las vírgenes compañeras y del sagrado cortejo, interpelaba y estas tristes palabras Latonia daba con su boca: "Va Camila hacia la cruel guerra, oh virgen, y en vano se ciñe con nuestras armas, querida para mí antes que otras. Pues no es nuevo este amor de Diana que ha llegado ni súbita dulzura ha movido mi ánimo. Expulsado del reino por envidia y por poder soberbio cuando Metabo salía de la antigua ciudad de Priverno, huyendo llevó a la niña como compañera por medio de los combates de guerra en el exilio, y la llamó con el nombre de la madre Casmila cambiado en parte, Camila.
Él mismo llevándola en su pecho por delante buscaba las largas cumbres de bosques solitarios: dardos feroces por todas partes lo acosaban y volaban en torno los soldados volscos derramados. He aquí que en medio de la fuga el Amaseno desbordando espumeaba por las altas riberas, tanto aguacero de nubes se había roto. Él dispuesto a nadar por amor a la niña se retrasa y teme por la carga querida. Todas las opciones sopesando apenas esta decisión se asentó de pronto: el dardo enorme que por azar llevaba en su mano poderosa el guerrero, macizo de nudos y roble endurecido al fuego, a este la hija encerrada en corteza y corcho silvestre la envuelve y hábilmente la ata alrededor de la mitad de la lanza; la cual blandiendo con la enorme diestra así habla al cielo: "Benévola, a ti esta, cultivadora de bosques, virgen latonia, yo mismo el padre la consagro como sierva; tu primera por los aires sostiene los dardos suplicante huyendo del enemigo.
Acéptala, te conjuro, diosa tuya, que ahora se confía a los aires inciertos." Dijo, y con el brazo tensado lanza el asta retorcida; sonaron las ondas, sobre el rápido río la desdichada Camila huye en el estridente dardo. Pero Metabo con la gran multitud ya más cerca apretando se lanza al río, y la lanza con la virgen victorioso del césped herboso, ofrenda de Trivia, arranca. Ninguna ciudad lo acogió bajo techos ni murallas (ni él mismo por fiereza lo habría permitido), y vivió su vida entre pastores y en montes solitarios.
Aquí a la hija en las zarzas y entre horribles guaridas la nutrió con tetas de yegua armentaria y leche salvaje ordeñando las ubres en sus tiernos labios. Y cuando la niña con las primeras plantas de los pies hubo asentado sus pasos, armó sus palmas con jabalina aguda y colgó de su pequeño hombro flechas y arco. En lugar de oro en los cabellos, en lugar de cobertura de larga túnica cuelgan pieles de tigre por la espalda desde la coronilla. Dardos ya entonces con tierna mano lanzó infantiles y la honda con lisa correa hizo girar alrededor de la cabeza y derribó la grulla estrimonia o el blanco cisne.
Muchas madres en vano por las ciudades tirrenas la desearon como nuera; sola contenta con Diana cultiva intacta el eterno amor de dardos y virginidad. Ojalá no hubiera sido arrastrada por tal campaña intentando provocar a los teucros: querida para mí sería ahora y una de mis compañeras. Pero anda, ya que es urgida por acerbos hados, desciende, ninfa, del cielo y visita las tierras latinas, donde con infausto presagio se traba el triste combate. Toma estas y saca de la aljaba la flecha vengadora: con esta, quienquiera que viole con herida su sagrado cuerpo, troyano o itálico, me dará por igual la pena con su sangre.
Después yo en hueca nube el cuerpo y las armas de la desdichada sin despojar llevaré a la tumba y devolveré a su patria." Dijo, y ella ligera deslizándose por los aires del cielo resonó con el cuerpo rodeado de negro torbellino. Pero mientras tanto la tropa troyana se acerca a los muros, y los jefes etruscos y todo el ejército de jinetes ordenados en número en escuadrones. Relincha por toda la llanura el caballo brincando y lucha contra las bridas apretadas
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Vuelto hacia aquí y hacia allá; entonces el campo de hierro se eriza de lanzas y los llanos arden con las armas alzadas. Y también Mesapo enfrente y los veloces latinos y con su hermano Coras y el escuadrón de la virgen Camila aparecen frente a frente en el campo, y las lanzas con las diestras extienden a lo lejos echadas atrás y vibran los dardos, y arde el avance de los hombres y el relincho de los caballos. Y ya dentro del alcance del disparo avanzando uno y otro se habían detenido: de pronto irrumpen con griterío furioso y azuzan a los caballos, lanzan a la vez por todas partes proyectiles espesos como la nieve, y el cielo se cubre de sombra.
Al instante frente a frente Tirreno y el feroz Aconteo cargan empeñados con las lanzas y los primeros dan la ruina con estruendo inmenso y los pechos quebrados de los cuadrúpedos revientan pecho contra pecho; arrojado Aconteo como un rayo o lanzado por el peso de una catapulta se precipita lejos y dispersa su vida en el aire. Al instante las filas se turban, y vueltos los latinos echan atrás los escudos y giran los caballos hacia las murallas; los troyanos los persiguen, Asilas conduce al frente las escuadras.
Y ya se acercaban a las puertas y otra vez los latinos levantan el clamor y tuercen los flexibles cuellos; estos huyen del todo y se dejan llevar con las riendas sueltas. Como cuando el mar avanzando con corriente alterna ora se lanza hacia tierra y arroja sobre las rocas la ola espumosa y baña con su seno la arena del extremo, ora rápido hacia atrás y arrastrando de vuelta el oleaje reabsorbe las piedras y huye y deja la orilla con la resaca deslizándose: dos veces los tuscos empujaron hasta las murallas a los rútulos vueltos, dos veces rechazados miran atrás cubriendo las espaldas con las armas.
Pero cuando por tercera vez trabados en combate las líneas enteras entrelazaron entre sí y cada hombre eligió su hombre, entonces sí y gemidos de moribundos y en la sangre alta armas y cuerpos y mezclados en la matanza de los hombres caballos semimuertos ruedan, la lucha áspera se alza. Orsiloco contra Rémulo, porque temía atacarlo a él mismo, lanzó la lanza contra el caballo y dejó el hierro bajo la oreja; con ese golpe el corcel enloquece encabritado y alza alto las patas impaciente de la herida con el pecho erguido, aquel rueda derribado al suelo.
Cetilo a Yola inmenso en ánimo, inmenso en cuerpo y armas derriba a Herminio, de cabeza desnuda con rubia cabellera y hombros desnudos y las heridas no lo aterran; tan expuesto está a las armas. La lanza a través de sus anchos hombros clavada tiembla y duplica al hombre atravesado de dolor. Se derrama la sangre negra por doquier; dan muerte con el hierro luchando y buscan la hermosa muerte a través de las heridas. Pero en medio de las matanzas salta exultante una Amazona con un costado al descubierto para la lucha, Camila portadora de aljaba, y ora con mano flexible esparce densas jabalinas, ora con la diestra incansable empuña el hacha poderosa; el arco de oro suena desde el hombro y las armas de Diana.
Ella incluso, si alguna vez empujada retrocede de espaldas, con el arco vuelto dirige las flechas en fuga. Y en torno las compañeras escogidas, la virgen Larina y Tula y Tarpeia que sacude el hacha de bronce, Itálides, que la divina Camila misma como honor para sí eligió y servidoras buenas de la paz y de la guerra: como las tracias cuando golpean las corrientes del Termodonte y batallan las Amazonas con armas pintadas, sea alrededor de Hipólita o cuando la marcial Pentesilea regresa en su carro, y con gran tumulto aullante exultan las huestes femeninas con escudos de media luna.
¿A quién primero, a quién último, virgen fiera, derribas? ¿O cuántos cuerpos moribundos tiendes en tierra? A Euneo hijo de Clitio primero, cuyo pecho expuesto atraviesa de frente con largo abeto. Aquel vomitando ríos de sangre cae y muerde la tierra ensangrentada y muriendo se retuerce en su propia herida. Luego sobre Liro y Pagaso, de los cuales uno las riendas volcado del caballo bañado en sangre mientras recoge, el otro mientras se acerca y tiende la diestra inerme al que cae, precipitados juntos caen.
A estos añade a Amastro Hipotádida, y persigue inclinándose desde lejos con la lanza a Tereo y Harpalico y Demofonte y Cromis; y cuantos dardos lanzó y retorció la mano de la virgen, tantos varones frigios cayeron. A lo lejos Ornito con armas desconocidas y en caballo yápige es llevado el cazador, a quien una piel arrancada de un novillo cubre los anchos hombros del luchador, una enorme cabeza con las fauces abiertas y quijadas de lobo con dientes blancos lo protegen, y una jabalina rústica arma las manos; él mismo entre los batallones se vuelve en medio y sobresale con toda la cabeza por encima.
A este ella interceptado (pues no fue trabajo con la fila vuelta) traspasa y sobre esto habla con pecho hostil: «¿Creíste, tirreno, que andabas cazando fieras en los bosques? Ha llegado el día que con armas de mujer refutaría vuestras palabras. Sin embargo un nombre no leve a los espíritus de tus padres llevarás esto, que caíste por el dardo de Camila.» Enseguida a Orsiloco y Butes, los dos cuerpos más grandes de los teucros, pero a Butes vuelto de espaldas lo clavó con la punta entre la coraza y el casco, donde reluce el cuello del jinete y el escudo cuelga del brazo izquierdo; a Orsiloco huyendo y agitada por el gran círculo lo elude en giro más cerrado y persigue al perseguidor; luego el hacha poderosa a través de las armas del hombre y a través de los huesos alzándose más alta al que ruega y mucho suplica duplica los golpes; la herida riega su rostro con el cerebro caliente. Se topó con esta y por la vista súbita aterrado se quedó el guerrero hijo de Auno habitante del Apenino,
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no el último de los ligurios, mientras los hados permitían engañar. Y cuando él ve que ya de ninguna manera huyendo puede escapar del combate ni apartar a la reina que lo acosa, empieza a tramar engaños con astucia y artificio y comienza esto: «¿Qué hay tan egregio, si una mujer en un fuerte caballo confía? Deja la huida y en terreno igual cuerpo a cuerpo enfréntate conmigo en el suelo y prepárate para la lucha pedestre: ya sabrás a quién la gloria vana le trae el engaño.»
Dijo, pero ella furiosa y encendida de agudo dolor entrega el caballo a una compañera y se planta con armas iguales a pie con espada desnuda y escudo puro sin miedo. Pero el joven creyendo haber vencido con engaño se marcha volando él mismo (sin demora), y fugaz se aleja con las riendas vueltas y al cuadrúpedo veloz fatiga con el talón herrado. «Vano ligur y en vano engreído con ánimos soberbios, en vano resbaladizo probaste las mañas patrias, ni el fraude te llevará indemne al falaz Auno.»
Esto dice la virgen, y con pies veloces ígnea adelanta al caballo en la carrera y asiendo las riendas de frente se enfrenta y cobra venganza de la sangre enemiga: tan fácil como el gavilán ave sagrada desde el alto peñasco alcanza con las alas a la paloma sublime en la nube y la tiene apresada y la destripa con las garras curvas; entonces sangre y plumas arrancadas caen desde el éter. Pero no sin que nadie el sembrador de hombres y dioses observando con ojos se sienta en lo alto del supremo Olimpo.
Al tirreno Tarcón el padre despierta en las batallas crueles y con aguijones no blandos le inyecta iras. Entonces entre las matanzas y las filas que ceden Tarcón se lanza a caballo e instiga con diversas voces a los escuadrones llamando a cada uno por nombre, y rehace para el combate a los rechazados. «¿Qué miedo, oh nunca doloridos, oh siempre inertes tirrenos, qué cobardía tan grande ha venido a vuestros ánimos? ¡Una mujer dispersa y vuelve estas filas dispersas! ¿Para qué el hierro o para qué llevamos estas armas inútiles en las diestras?
Pero no perezosos para Venus y las batallas nocturnas, o cuando la flauta curva ha convocado las danzas de Baco. Esperad los banquetes y las copas de la mesa llena (este el amor, esta la pasión) hasta que el arúspice favorable anuncie los ritos y la víctima pingüe os llame a los altos bosques.» Dicho esto lanza el caballo en medio dispuesto a morir él mismo y turbulento se arroja contra Vénulo y arrancado del caballo con la diestra abraza al enemigo y ante su regazo con mucha fuerza arrebatado se lo lleva.
Se alza hasta el cielo el clamor y todos los latinos volvieron los ojos. Vuela ígneo por el llano Tarcón llevando las armas y el hombre; luego de la misma punta de su lanza arranca el hierro y explora las partes abiertas, por donde llevar la herida mortal; contra él aquel resistiendo sostiene del cuello la diestra y con fuerzas evita la fuerza. Y como cuando el águila leonada vuela alto llevando atrapada una serpiente y le clava las garras y la aprieta con sus uñas, pero la sierpe herida retuerce sus anillos sinuosos y se eriza con las escamas erizadas y silba con la boca alzándose enhiesta, y el águila no afloja y oprime con el pico ganchudo a la que forcejea, y al mismo tiempo bate el aire con las alas: así Tarcón transporta triunfante su presa arrancada del ejército tiburtino.
Siguiendo el ejemplo y el éxito del jefe los meónidas acometen. Entonces Arrunte, marcado por el destino, rodea con su venablo a la veloz Camila, adelantándose con gran astucia, y tantea cuál será la ocasión más favorable. Por donde quiera que la virgen se lanza furiosa en medio de la batalla, por ahí Arrunte se acerca y en silencio espía sus pasos; por donde ella regresa victoriosa y retira el pie del enemigo, por ahí el joven taimadamente desvía sus riendas veloces. Estos accesos y luego estos otros accesos recorre por completo, todo el cerco desde todas partes, y el perverso blande su lanza certera.
Por casualidad Cloreo, sagrado para Cibeles y antaño sacerdote, resplandecía a lo lejos, insigne en sus armas frigias, y conducía un caballo espumante, al que cubría una piel tejida de escamas de bronce en forma de plumas, trabada con oro. Él mismo, brillante con su púrpura extranjera y su herrumbre, disparaba flechas gortinias con un arco licio; áureo era el arco en sus hombros y áurea la cimera del adivino; luego había recogido la clámide azafranada y los pliegues ondulantes de lino en un nudo con oro fulvo, bordado con aguja en las túnicas y los bárbaros cobertores de las piernas.
A este hombre la virgen, ya fuera para colgar sus armas en los templos troyanos, ya fuera para vestirse de oro cautivo como cazadora, lo seguía ciegamente entre todo el fragor del combate, imprudente a través de todo el ejército, y ardía con femenino amor por el botín y los despojos, cuando por fin Arrunte, aprovechando el momento desde su emboscada, lanza el venablo y así ruega a los dioses con su voz: «Supremo de los dioses, Apolo, guardián del sagrado Soracte, a quien nosotros adoramos ante todos, para quien el fuego de pino en la pira se alimenta, y confiando en nuestra piedad pisamos en medio del fuego con muchos pasos sobre las brasas nosotros los devotos, concede, padre todopoderoso, que esta vergüenza se borre con nuestras armas.
No busco despojos ni trofeo de la virgen derrotada ni botín alguno, otros hechos me traerán gloria; con tal de que esta peste atroz caiga abatida por mi golpe, volveré sin gloria a las ciudades patrias.» Febo lo escuchó y concedió en su mente que una parte del voto se cumpliera, y la otra parte la dispersó en los vientos fugaces: que derribara a Camila turbada por muerte súbita se lo concedió al que rogaba; que su alta patria lo viera de regreso no se lo concedió, y las tormentas del Noto desviaron su voz.
Así pues, cuando la lanza arrojada por su mano dio su silbido por los aires, todos los volscos volvieron sus ánimos atentos y dirigieron sus ojos
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hacia la reina. Pero ella no prestó atención ni al aire ni al silbido ni al venablo que venía desde el éter, hasta que la lanza llegó bajo su pecho descubierto y se clavó y, hundida profundo, bebió la sangre virginal. Corren alarmadas sus compañeras y sostienen a su señora que cae. Arrunte huye aterrorizado antes que todos, con alegría mezclada de miedo, y ya no se atreve a confiar en la lanza ni a enfrentar los dardos de la virgen. Y como aquel que, antes de que lo persigan las armas enemigas, enseguida se esconde apartado en los altos montes después de haber matado a un pastor o a un gran novillo, el lobo consciente de su audaz hazaña, y replegando la cola la mete palpitante bajo el vientre y busca las selvas: no de otro modo Arrunte turbado se quitó de la vista y contento con huir se mezcló en medio de las armas.
Ella moribunda con la mano intenta sacar el venablo, pero entre los huesos junto a las costillas se clava profundo el hierro de la herida. Se desvanece exangüe, se apagan fríos por la muerte sus ojos, el color purpúreo abandona su rostro. Entonces así, expirando, se dirige a Acca, una de sus iguales, la única que antes de las otras era fiel a Camila, con quien compartía sus cuidados, y así le habla: «Hasta aquí, hermana Acca, he podido: ahora la herida amarga me acaba, y todo se oscurece en tinieblas a mi alrededor.
Huye y lleva a Turno este último mensaje: que entre en la batalla y rechace a los troyanos de la ciudad. Y ahora adiós.» Al mismo tiempo con estas palabras abandonaba las riendas y se deslizaba a tierra sin quererlo. Entonces fría del todo poco a poco se desprendió de su cuerpo, y soltó el cuello lánguido y la cabeza vencida por la muerte, y dejó las armas, y la vida huyó indignada con un gemido hacia las sombras. Entonces verdaderamente un inmenso clamor surgiendo golpea los astros dorados: caída Camila la batalla se encarniza; se lanzan en masa todos los contingentes de los teucros y los jefes tirrenos y las escuadras arcadias de Evandro.
Pero la custodia de la Trivia, Opis, hace ya rato en los montes sentada en las alturas contempla impávida las batallas. Y cuando desde lejos en medio del clamor de los jóvenes furiosos vio a Camila abatida por la triste muerte, gimió y dio estas palabras desde el fondo del pecho: «Ay, demasiado, virgen, demasiado cruel castigo has pagado por haber intentado provocar con la guerra a los teucros. Y de nada te sirvió haber venerado a Diana solitaria en las espesuras ni haber llevado nuestras aljabas al hombro.
Sin embargo tu reina no te ha dejado sin honor ya en la muerte extrema, ni este fin será sin nombre entre las gentes ni sufrirás fama de no vengada. Pues quienquiera que violó tu cuerpo con la herida pagará con muerte merecida.» Había bajo un alto monte un túmulo inmenso del rey Derceno, antiguo de los laurentinos, hecho de tierra amontonada, y cubierto por la oscura encina; aquí la diosa bellísima primero con rápido impulso se detiene y desde el alto túmulo observa a Arrunte.
Cuando lo vio resplandeciente en sus armas e hinchado de vana soberbia, «¿Por qué» dijo «te alejas en otra dirección? Dirige aquí tus pasos, ven aquí a morir, para que recibas tu merecido premio por Camila. ¿Tú también morirás por los dardos de Diana?» Dijo, y sacó de su aljaba dorada la tracia veloz saeta, y tensó el arco hostil y lo estiró largamente, hasta que las puntas curvadas se juntaron entre sí y ya con las manos iguales tocaba, con la izquierda el filo del hierro, con la derecha la cuerda y su pecho.
Al instante Arrunte oyó el silbido del dardo y el aire sonoro a la vez y el hierro se clavó en su cuerpo. A él expirando y gimiendo sus últimos gemidos sus compañeros lo abandonan olvidado en el polvo desconocido del campo; Opis es llevada con sus alas al etéreo Olimpo. Primera huye la ligera escuadra de Camila perdida su señora, huyen confusos los rútulos, huye el feroz Atinas, jefes dispersos y manípulos abandonados buscan refugio y se dirigen con los caballos vueltos hacia las murallas.
Y nadie puede resistir con sus dardos o plantar cara a los teucros que atacan y traen la muerte, sino que llevan los arcos flojos sobre hombros lánguidos, y el casco de los cuadrúpedos sacude con su carrera el campo podrido. Rueda hacia los muros turbio en negra oscuridad el polvo, y desde las atalayas las madres golpeándose los pechos elevan un femenino clamor hacia los astros del cielo. A los que primero irrumpieron a la carrera por las puertas abiertas, encima les aprieta en mezclada formación la turba enemiga, y no escapan a muerte miserable, sino que en el mismo umbral, en las murallas patrias y entre la seguridad de sus casas traspasados exhalan sus almas.
Algunos cierran las puertas, y no se atreven a abrir camino a los compañeros ni a recibirlos en las murallas aunque lo rueguen, y surge la más miserable matanza de los que defienden los accesos con armas y de los que se lanzan sobre las armas. Excluidos ante los ojos y los rostros de sus padres que lloran, unos en el precipicio de las fosas se desploman arrastrados por la avalancha, otros ciegos y desbocados con las riendas sueltas embisten contra las puertas y los postes duros con sus trancas.
Las mismas madres desde las murallas en suprema lucha (el verdadero amor por la patria lo inspira, al ver a Camila) arrojan venablos con manos temblorosas y con madera dura, con estacas y picas endurecidas al fuego imitan el hierro, precipitadas, y arden por morir las primeras ante las murallas. Mientras tanto un mensajero cruel llena a Turno en las selvas con la noticia y Acca le trae al joven el inmenso tumulto: que las filas de los volscos han sido aniquiladas, que Camila ha caído, que los enemigos hostiles atacan y con Marte favorable lo han arrasado todo, que ya el terror llega hasta las murallas.
Parte10versos 901-915
Él, furioso (pues así lo exigen los crueles designios de Júpiter), abandona las colinas sitiadas, deja atrás los bosques escarpados. Apenas había salido de vista y ocupaba la llanura, cuando el padre Eneas, entrando por los desfiladeros abiertos, supera la cumbre y sale del bosque sombrío. Así ambos se lanzan veloces hacia las murallas con todo su ejército, y no están separados por largos pasos entre sí; y al mismo tiempo Eneas divisó a lo lejos los campos humeantes de polvo y vio las tropas laurentinas, y Turno reconoció al feroz Eneas en armas y oyó la llegada de la infantería y el resoplido de los caballos.
Y de inmediato trabarían combate y probarían la batalla, si el rosado Febo no tiñera ya en la corriente ibera sus caballos exhaustos y trajera de vuelta la noche al deslizarse el día. Acampan frente a la ciudad y rodean las murallas con empalizadas.
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