Libro IV
Parte1versos 1-100
Pero la reina, herida desde hace tiempo por una honda inquietud, alimenta la llaga en sus venas y la consume un fuego ciego. Le vuelve al alma una y otra vez el gran valor del héroe y la gloria de su estirpe: su rostro y sus palabras quedaron clavados en su pecho y la inquietud no deja reposo tranquilo a sus miembros. La aurora siguiente bañaba las tierras con la antorcha de Febo y había apartado del cielo la sombra húmeda, cuando así, fuera de sí, habla a su hermana del mismo corazón: 'Ana, hermana, ¿qué insomnios me aterran dejándome en vilo?
¿Qué huésped tan insólito ha llegado a nuestra morada, qué porte muestra en su rostro, qué valor en su pecho y sus armas! Creo de verdad, y no es vana mi fe, que es de linaje divino. El miedo delata a los ánimos débiles. ¡Ay, por cuántos destinos fue sacudido! ¡Qué guerras agotadoras contaba! Si no estuviera fijo e inamovible en mi ánimo no querer unirme a nadie con el lazo conyugal, después de que el primer amor me engañó defraudándome con la muerte; si no estuviera harta del lecho y de las antorchas nupciales, tal vez a esta única falta habría podido sucumbir.
Ana, lo confesaré: después de la muerte del desdichado Siqueo, mi esposo, y de que quedaran manchados los penates por la sangre fraterna, solo este hombre ha quebrado mis sentidos y ha empujado mi espíritu vacilante. Reconozco las huellas de la antigua llama. Pero preferiría que se abriera antes la tierra en sus profundidades o que el padre omnipotente me arrojara con su rayo a las sombras, las pálidas sombras del Érebo y la noche profunda, antes, pudor mío, de que yo te viole o rompa tus leyes.
Aquel que primero me unió a él se llevó mis amores; que él los guarde consigo y los conserve en la tumba.' Así habló y llenó su pecho de lágrimas que brotaban. Ana responde: 'Oh tú, más amada por tu hermana que la luz misma, ¿sola y afligida vas a consumirte en perpetua juventud sin conocer los dulces hijos ni los dones de Venus? ¿Crees que eso le importa a la ceniza o a los Manes enterrados? Sea: ningún pretendiente doblegó tu ánimo enfermo en otro tiempo, ni en Libia ni antes en Tiro; despreciaste a Jarbas y a otros caudillos que cría la rica tierra africana con sus triunfos: ¿vas a luchar también contra un amor que te place?
¿No te viene a la mente en qué campos te has establecido? De un lado te rodean las ciudades gétulas, pueblo invencible en guerra, y los númidas sin freno y la inhóspita Sirte; de otro, una región desierta de sed y los barceos que se enfurecen a lo ancho. ¿Por qué hablar de las guerras que surgen en Tiro y de las amenazas de tu hermano? Yo creo que con los auspicios de los dioses y el favor de Juno las naves de Ilión han mantenido con el viento este rumbo.
¡Qué ciudad verás levantarse aquí, hermana, qué reinos con tal matrimonio! ¡Con las armas troyanas acompañándola, a qué altura se alzará la gloria púnica con sus empresas! Solo pide perdón a los dioses y, ofrecidos los sacrificios, entrégate a la hospitalidad y teje razones para que se demore, mientras la tormenta se enfurece en el mar y el acuoso Orión, y las naves están destrozadas, mientras el cielo es intratable.' Con estas palabras encendió su ánimo con un amor intenso, dio esperanza a su mente indecisa y disolvió su pudor.
Primero se acercan a los santuarios y buscan la paz en los altares; sacrifican según la costumbre ovejas escogidas a Ceres la legisladora, a Febo y al padre Lieo, a Juno ante todos, que cuida de los vínculos conyugales. Dido misma, bellísima, sosteniendo con la diestra la copa, la derrama entre los cuernos de una vaca blanca, o camina solemnemente ante la presencia de los dioses hacia los ricos altares, y renueva el día con ofrendas, y sobre los pechos abiertos de las reses, anhelante, consulta las entrañas palpitantes.
¡Ay, mentes ignorantes de los adivinos! ¿De qué sirven votos y templos a quien delira? Entre tanto la llama devora sus tiernas médulas y vive callada bajo su pecho la herida. Arde la infeliz Dido y vaga enloquecida por toda la ciudad, como una cierva atravesada por la flecha que desde lejos un pastor, persiguiéndola con sus dardos, hirió desprevenida entre los bosques cretenses y dejó el hierro volador sin saberlo: ella recorre en su huida los bosques y desfiladeros del Dicte; la caña mortal queda clavada en su costado.
Ahora conduce a Eneas consigo por el centro de las murallas y le muestra las riquezas sidonias y la ciudad preparada, empieza a hablar y se detiene a mitad de la voz; ahora, al declinar el día, busca de nuevo los banquetes, y enloquecida pide oír otra vez los trabajos de Ilión y cuelga otra vez de los labios del que narra. Después, cuando se han marchado, y la luna oscura a su vez apaga la luz y los astros al caer invitan al sueño, sola se lamenta en la casa vacía y se reclina en el lecho abandonado.
A él, ausente, ausente lo oye y lo ve, o retiene en su regazo a Ascanio, cautivada por la imagen del padre, por si pudiera engañar el amor inefable. Ya no se alzan las torres comenzadas, la juventud no ejercita las armas ni prepara puertos o defensas seguras para la guerra: quedan suspendidas las obras interrumpidas y las amenazantes murallas enormes y las máquinas que igualan el cielo. Tan pronto como la querida esposa de Júpiter percibió que ella estaba presa de tal peste y que la fama no detenía su frenesí, la Saturnia se dirige a Venus con estas palabras: 'Verdaderamente una gloria egregia y despojos abundantes obtenéis tú y tu hijo (gran nombre y memorable), si una sola mujer ha sido vencida por el engaño de dos divinidades.
Ni se me oculta que, temiendo nuestras murallas, tuviste bajo sospecha las casas de la alta Cartago. Pero ¿cuál será el límite o hasta dónde llega ahora una rivalidad tan grande? ¿Por qué no acordamos más bien una paz eterna y un himeneo pactado? Tienes lo que buscabas con toda tu mente:
Parte2versos 101-200
Dido arde de amor y el frenesí le ha corrido por los huesos. Gobernemos entonces este pueblo común con iguales auspicios; que le sea lícito servir a un marido frigio y entregar los tirios a tu diestra como dote.' A ella (pues advirtió que había hablado con ánimo fingido para desviar el reino de Italia hacia las costas libias) Venus le respondió así: '¿Quién sería tan demente que rechazara tales cosas o prefiriera contender contigo en guerra, si es que la fortuna acompaña lo que propones?
Pero soy llevada incierta por los hados: si Júpiter quiere que haya una sola ciudad para los tirios y los salidos de Troya, o aprueba que se mezclen los pueblos o se unan en alianza. Tú eres su esposa, a ti te es lícito tantear su ánimo rogándole. Prosigue, yo te seguiré.' Entonces la regia Juno replicó: 'Esa tarea será mía. Ahora en pocas palabras te explicaré de qué manera puede cumplirse lo que urge (atiende): Eneas y la muy desdichada Dido se disponen a ir de cacería al bosque, cuando mañana el Titán temprano se alce y con sus rayos descubra el orbe.
Sobre ellos yo derramaré desde arriba una nube negra mezclada con granizo, mientras las tropas se afanan y rodean con redes los claros, y conmoveré con truenos todo el cielo. Huirán dispersos los compañeros y quedarán cubiertos por la noche oscura: Dido y el caudillo troyano llegarán a la misma cueva. Yo estaré presente y, si tu voluntad me es firme, los uniré en matrimonio estable y la consagraré como suya. Este será el himeneo.' Sin oponerse a la petición asintió la Citerea y se rió de los engaños descubiertos.
Entre tanto la Aurora, surgiendo, dejaba atrás el Océano. Sale por las puertas, con el resplandor ya nacido, una juventud selecta, se precipitan redes de malla abierta, trampas, venablos de ancho hierro, y jinetes masílicos y la fuerza vigorosa de los perros. Los primeros entre los púnicos aguardan a la reina que se demora en su alcoba, ante el umbral; su caballo, insigne por el oro y la púrpura, se yergue y feroz masca el freno espumante. Por fin ella avanza rodeada de una gran multitud, envuelta en una clámide sidonia de borde bordado; su carcaj es de oro, sus cabellos se anudan con oro, una fíbula de oro sujeta su vestido purpúreo.
También avanzan los compañeros frigios y el alegre Iulo. Él mismo, Eneas, el más hermoso de todos, delante de los demás, se presenta como compañero y une las columnas. Como cuando Apolo abandona la Licia invernal y las corrientes del Janto y visita Delos, su madre, y renueva los coros, y mezclados en torno a los altares claman cretenses y dríopes y agatirsios pintados; él mismo avanza por las cumbres del Cinto y sujeta su cabellera fluyente modelándola con suave follaje y la entreteje con oro, y las armas resuenan en sus hombros: no iba menos ágil Eneas, tanta hermosura brilla en su egregio rostro.
Después de llegar a las altas montañas y a las guaridas sin sendero, he aquí que unas cabras salvajes despeñadas desde la cima de una roca bajan corriendo por las crestas; por otra parte, ciervos atraviesan a la carrera los campos abiertos y apiñan sus manadas polvorientas en la huida y abandonan los montes. Pero el joven Ascanio en medio de los valles se divierte con su fogoso caballo y ya adelanta a unos en la carrera, ya a otros, y desea que entre estas bestias mansas le concedan sus votos un jabalí espumante, o que baje del monte un leonado león.
Mientras tanto el cielo empieza a agitarse con gran estruendo, sigue una tormenta mezclada con granizo, y los compañeros tirios aquí y allá, y la juventud troyana y el nieto dardanio de Venus por los campos dispersos buscaron refugio atemorizados; torrentes se precipitan de los montes. Dido y el caudillo troyano llegan a la misma cueva. La Tierra primigenia y Juno la pronuba dan la señal; brillaron fuegos y el éter cómplice de las nupcias, y en la más alta cima aullaron las Ninfas. Aquel día fue el primero de la muerte y el primero de las desgracias; pues ni por las apariencias ni por la fama se conmueve ni ya medita Dido un amor furtivo: lo llama matrimonio, con este nombre encubre su culpa.
Al instante la Fama va por las grandes ciudades de Libia, la Fama, mal que ningún otro es más veloz: se vigoriza con el movimiento y adquiere fuerzas al andar, pequeña al principio por miedo, pronto se eleva a los aires y camina por el suelo y esconde la cabeza entre las nubes. A ella la Tierra madre, irritada por la ira de los dioses, la engendró como última hermana, según cuentan, de Ceo y Encélado, veloz de pies y de alas rápidas, monstruo horrible, enorme, que por cada pluma que tiene en el cuerpo, tiene otros tantos ojos vigilantes debajo (cosa asombrosa de decir), otras tantas lenguas, otras tantas bocas suenan, levanta otras tantas orejas.
De noche vuela por el medio del cielo y por la sombra de la tierra chillando, y no entorna los ojos al dulce sueño; de día se sienta de guardia ya en la cumbre de un alto techo o en torres elevadas, y aterroriza las grandes ciudades, tan aferrada a lo falso y a lo torcido como mensajera de lo verdadero. Ella entonces llenaba a los pueblos con múltiples rumores gozosa, y cantaba por igual lo hecho y lo no hecho: que había venido Eneas, nacido de sangre troyana, con quien la hermosa Dido se dignaba unirse como esposo; que ahora entre ellos fomentan el invierno en el lujo, qué largo, olvidados de sus reinos y cautivos por vergonzosa pasión.
Esto la diosa repugnante difunde aquí y allá en boca de los hombres. Enseguida tuerce su rumbo hacia el rey Yarbas y le enciende el ánimo con sus palabras y amontona iras. Éste, nacido de Amón tras raptar a una ninfa garamante, había levantado a Júpiter cien templos inmensos en sus vastos reinos, había puesto cien altares y había consagrado un fuego vigilante,
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guardia eterna de los dioses, y el suelo pingüe de sangre de las víctimas y los umbrales florecientes con variadas guirnaldas. Y él, enloquecido en su ánimo e inflamado por el amargo rumor, se dice que ante los altares en medio de las presencias de los dioses suplicó mucho a Júpiter con las manos extendidas hacia arriba: 'Júpiter omnipotente, a quien ahora la gente maurusia que banquetea en lechos bordados vierte el honor del vino de Leneo, ¿ves estas cosas? ¿O acaso a ti, padre, cuando lanzas los rayos te tememos en vano, y los fuegos ciegos en las nubes aterrorizan nuestros ánimos y mezclan murmullos vacíos?
Una mujer que errante por nuestras fronteras fundó una ciudad diminuta a precio, a quien dimos una costa para arar y las leyes del lugar, ha rechazado nuestras bodas y ha recibido a Eneas como señor en su reino. Y ahora ese Paris con su séquito afeminado, sujetándose el mentón con una mitra meonia y el pelo perfumado, posee lo robado: nosotros llevamos ofrendas a tus templos por supuesto y alimentamos una fama vacía.' Al que oraba con tales palabras y se aferraba a los altares lo oyó el Omnipotente, y volvió los ojos a las murallas regias y a los amantes olvidados de su mejor fama.
Entonces habla así a Mercurio y le encomienda estas cosas: 'Anda ve, hijo, convoca a los Céfiros y deslízate con tus alas y al caudillo dardanio, que ahora en la Cartago tiria se demora y no mira las ciudades dadas por los hados, háblale y lleva mis palabras por los aires veloces. No tal nos lo prometió su hermosísima madre y por eso dos veces lo salvó de las armas de los griegos; sino que sería quien gobernaría a Italia, grávida de imperios y estruendosa de guerra, que transmitiría una estirpe desde la alta sangre de Teucro y sometería todo el orbe bajo sus leyes.
Si ninguna gloria de tan grandes hazañas lo enciende y no emprende por su propia gloria el esfuerzo, ¿acaso el padre envidia a Ascanio las ciudadelas romanas? ¿Qué trama? ¿O con qué esperanza se demora en una gente enemiga y no mira a la prole ausonia ni los campos lavinios? ¡Que navegue! Esto es lo esencial, sé tú nuestro mensajero.' Había dicho. Aquél se disponía a obedecer el mandato del gran padre; y primero ata a sus pies las sandalias áureas, que lo llevan en alto con sus alas sobre los mares o sobre la tierra igualmente con rapidez de viento.
Luego toma la vara: con ella evoca del Orco las almas pálidas, envía otras al triste Tártaro, da sueños y los quita, y abre los ojos cerrados por la muerte. Confiado en ella impulsa los vientos y atraviesa las nubes turbulentas. Y ya volando distingue la cima y las duras laderas del Atlas, que sostiene el cielo con su vértice, el Atlas, cuya cabeza cubierta de pinos ceñida siempre de nubes negras es azotada por el viento y la lluvia, la nieve derramada cubre sus hombros, luego torrentes se precipitan del mentón del viejo, y su barba hirsuta se eriza de hielo.
Aquí primero el Cilenio, sosteniéndose con alas equilibradas, se detuvo; desde aquí se lanzó de cabeza con todo el cuerpo hacia las olas semejante a un ave, que alrededor de las costas, alrededor de los peñascos piscosos vuela baja junto a las aguas. No de otro modo volaba entre las tierras y el cielo hacia la costa arenosa de Libia, y cortaba los vientos la prole cilenia viniendo desde su abuelo materno. Tan pronto como tocó con sus plantas aladas las cabañas, divisa a Eneas fundando ciudadelas y levantando nuevas construcciones.
Y él tenía una espada tachonada de jaspe leonado y un manto ardía de púrpura tiria colgando de sus hombros, ricos regalos que Dido había hecho, y había separado las telas con fino oro. Al punto lo increpa: 'Tú ahora de la alta Cartago pones los cimientos y, sometido a tu esposa, levantas una hermosa ciudad? ¡Ay, olvidado de tu reino y de tus propios asuntos! El propio soberano de los dioses me envía a ti desde el claro Olimpo, él que hace girar el cielo y las tierras con su poder, él mismo me ordena llevar estos mandatos por los aires veloces: ¿Qué tramas?
¿O con qué esperanza pierdes el tiempo en tierras libias? Si no te conmueve la gloria de tan grandes hazañas [ni emprendes por tu propia gloria el esfuerzo,] mira a Ascanio que crece y las esperanzas del heredero Iulo, a quien se debe el reino de Italia y la tierra romana.' Habiendo hablado con tal boca el Cilenio abandonó la vista de los mortales a mitad del discurso y se desvaneció lejos de sus ojos en tenue aire. Pero en verdad Eneas enmudeció atónito ante la visión, se erizaron sus cabellos de horror y la voz se le pegó a la garganta.
Arde por marcharse huyendo y dejar las dulces tierras, aturdido por tan grande advertencia y mandato de los dioses. ¡Ay, qué hacer! ¿Con qué discurso ahora se atreve a abordar a la reina enloquecida? ¿Qué preámbulos tomar? Y divide su mente veloz ahora hacia aquí, ahora hacia allá, y la arrebata a varias partes y la vuelve por todo. Esta decisión le pareció mejor mientras vacilaba: llama a Mnesteo y a Sergesto y al valiente Seresto, que preparen la flota en silencio y reúnan a los compañeros en la costa, que alisten las armas y que disimulen cuál sea la causa del cambio; él mientras tanto, ya que la óptima Dido no lo sabe y no espera que se rompan tan grandes amores, intentará las aproximaciones y cuáles los momentos más suaves para hablar, cuál la manera favorable para las cosas.
Pronto todos alegres obedecen al mando y cumplen las órdenes. Pero la reina presintió los engaños (¿quién puede engañar a quien ama?) y captó anticipadamente los movimientos futuros, temiéndolo todo aunque estaba segura. La misma impia Fama a ella enloquecida le trajo que se armaba la flota y se preparaba la partida. Se enfurece impotente de ánimo y encendida va por toda la ciudad
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delira, como cuando las Tíades salen disparadas en las ceremonias sacudidas por el frenesí, cuando el Baco cada tres años las espolea con su grito y el Citerón nocturno las llama a gritos. Por fin se dirige a Eneas por su cuenta con estas palabras: '¿También esperaste, traidor, poder ocultar semejante crimen y largarte en silencio de mi tierra? ¿No te retiene nuestro amor ni la mano que te di un día ni Dido que va a morir de muerte cruel? ¿Es más, te apresuras a armar la flota bajo el astro invernal y a navegar por el mar en medio de los vientos del norte, cruel?
¿Qué pasaría si no buscaras campos extraños y casas desconocidas, y si la antigua Troya siguiera en pie? ¿Irías a buscar Troya con tus naves por el mar encrespado? ¿Huyes de mí? Por estas lágrimas y por tu mano derecha te lo pido (ya que no me he dejado a mí misma, pobre de mí, nada más), por nuestra unión, por las bodas que empezamos, si alguna vez merecí algo bueno de ti, si alguna vez te fue dulce lo mío, compadécete de esta casa que se derrumba y abandona, te lo ruego, si aún hay lugar para los ruegos, esa resolución.
Por tu culpa me odian los pueblos libios y los jefes nómadas, los tirios son mis enemigos; por tu culpa también se extinguió mi honor y mi fama de antes, con la que sola llegaba a las estrellas. ¿A quién me abandonas moribunda, huésped (pues solo este nombre queda ya del de esposo)? ¿Por qué me demoro? ¿Hasta que mi hermano Pigmalión destruya mis murallas o el gétulo Yarbas me lleve cautiva? Al menos si antes de tu huida hubiera concebido de ti algún hijo, si algún pequeño Eneas jugara en mi palacio, que al menos en su rostro te devolviera, no me sentiría del todo atrapada y abandonada.' Había hablado.
Él, siguiendo las advertencias de Júpiter, mantenía los ojos inmóviles y con esfuerzo reprimía la angustia en su pecho. Por fin responde brevemente: 'Yo nunca negaré, reina, que mereces todo cuanto puedas enumerar con palabras, ni me pesará acordarme de Elisa mientras me acuerde de mí mismo, mientras el aliento rija estos miembros. Sobre el asunto hablaré poco. No esperé ocultar con engaño esta partida (no te lo inventes), ni nunca esgrimí antorchas nupciales ni entré en ese pacto. Si los hados me permitieran llevar mi vida según mis propios auspicios y resolver mis preocupaciones a mi gusto, cuidaría ante todo la ciudad troyana y los dulces restos de los míos, [las altas techumbres de Príamo seguirían en pie], y habría reconstruido con mis manos una Pérgamo renacida para los vencidos.
Pero ahora el Apolo de Grinias me ordena tomar la gran Italia, Italia me ordenan tomar los oráculos de Licia; aquí está mi amor, aquí está mi patria. Si a ti, fenicia, te retienen las torres de Cartago y la vista de la ciudad libia, ¿por qué entonces envidias que los teucros se asienten en tierra ausonia? También a nosotros nos está permitido buscar reinos extranjeros. La imagen de mi padre Anquises, cada vez que la noche cubre las tierras con sombras húmedas, cada vez que surgen los astros de fuego, me advierte en sueños y me aterra turbada; me preocupa el niño Ascanio y la injusticia contra esa cabeza querida, a quien defraudo del reino de Hesperia y de los campos destinados por el hado.
Ahora también el mensajero de los dioses enviado por el mismo Júpiter (lo juro por nuestras dos cabezas) me trajo sus órdenes a través del aire veloz: vi yo mismo al dios con luz manifiesta entrando en las murallas y bebí su voz con estos oídos. Deja de encendernos a mí y a ti con tus quejas; no voy a Italia por mi propia voluntad.' Mientras él habla así, ella lo mira de reojo desde hace rato girando los ojos de un lado a otro y lo recorre entero con mirada silenciosa y así, encendida, le responde: 'No fue una diosa tu madre ni Dárdano el fundador de tu estirpe, traidor, sino que te engendró el horrible Cáucaso en sus rocas duras y las tigres hircanias te dieron el pecho.
¿Para qué disimulo o para qué me reservo para cosas mayores? ¿Acaso gimió ante mi llanto? ¿Acaso movió los ojos? ¿Acaso derramó lágrimas vencido o se compadeció de quien lo ama? ¿Qué antepongo a qué? Ya ni la gran Juno ni el padre Saturnio miran esto con ojos justos. No hay lealtad segura en ninguna parte. Lo recibí arrojado a la playa, necesitado, y loca lo instalé en parte de mi reino. Le devolví la flota perdida, traje de vuelta a sus compañeros de la muerte (ay, ardo sacudida por las furias): ahora el augur Apolo, ahora los oráculos de Licia, ahora también el mensajero de los dioses enviado por el mismo Júpiter trae terribles órdenes a través del aire.
Claro que esa es la tarea de los de arriba, esa preocupación inquieta a los tranquilos. No te retengo ni refuto tus palabras: vete, persigue Italia con los vientos, busca tu reino por las olas. Espero, sin embargo, que en medio del mar, si los dioses justos pueden algo, apures el castigo en los escollos y invoques muchas veces el nombre de Dido. Te seguiré ausente con fuegos negros y cuando la muerte fría haya separado el alma de mis miembros, mi sombra estará presente en todos los lugares.
Pagarás, malvado, tu pena. Lo sabré y la noticia me llegará hasta los manes del fondo.' Con estas palabras corta a la mitad la conversación y el aire y huye enferma y se aparta de su vista y se marcha, dejándolo vacilante de temor y preparando muchas cosas que decir. Las siervas la sostienen y llevan su cuerpo desmayado de vuelta a la alcoba de mármol y la recuestan en el lecho. Pero el piadoso Eneas, aunque desea calmar a la que sufre consolándola y apartar sus penas con palabras, gimiendo mucho y con el ánimo quebrantado por el gran amor, cumple sin embargo las órdenes de los dioses y vuelve a la flota.
Entonces sí los teucros se entregan a fondo y por toda la playa botan las altas naves. Flota la quilla untada de pez, y traen remos con follaje y maderos de los bosques sin labrar por el afán de la huida.
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Podrías verlos emigrando y saliendo en masa de toda la ciudad: como cuando las hormigas saquean un enorme montón de trigo pensando en el invierno y lo almacenan bajo techo, avanza por los campos la columna negra y transportan el botín por las hierbas en un sendero estrecho; unas empujan los grandes granos con los hombros haciendo fuerza, otras agrupan las filas y castigan las demoras, todo el camino hierve de actividad. ¿Qué sentiste entonces, Dido, al ver tales cosas, qué gemidos dabas, cuando desde lo alto de la ciudadela veías hervir la playa a lo lejos, y veías ante tus ojos todo el mar agitarse con tantos gritos!
Cruel Amor, ¿a qué no obligas los corazones mortales! Se ve obligada a echarse a llorar de nuevo, a intentar de nuevo con ruegos y a someter suplicante su orgullo al amor, para no dejar nada sin probar y morir en vano. 'Ana, ves que se apresuran por toda la playa alrededor: han venido de todas partes; ya la lona llama a los vientos, y alegres los marineros han colocado guirnaldas en las popas. Si pude prever este dolor tan grande, también podré, hermana, soportarlo.
Pero este único favor hazme, Ana, desgraciada de mí; pues a ti sola el traidor cultivaba, a ti incluso te confiaba sus pensamientos secretos; solo tú conocías los momentos propicios y los accesos suaves del hombre. Ve, hermana, y dirígete suplicante al enemigo soberbio: yo no juré con los dánaos en Áulide exterminar la raza troyana ni envié la flota contra Pérgamo, ni profané las cenizas ni los manes de su padre Anquises: ¿por qué se niega a dejar entrar mis palabras en sus duros oídos?
¿Adónde corre? Que dé este último regalo a su amante desgraciada: que espere una huida fácil y vientos favorables. Ya no pido el antiguo matrimonio que traicionó, ni que renuncie al hermoso Lacio y abandone su reino: pido un tiempo vacío, un descanso y un plazo para mi locura, hasta que la fortuna me enseñe a mí, vencida, a sufrir. Este último favor pido (compadécete de tu hermana), que cuando me lo haya concedido se lo devolveré acumulado con mi muerte.' Así rogaba, y tales llantos, los más miserables, lleva y trae la hermana.
Pero él no se conmueve con ningún llanto ni escucha con docilidad voz alguna; los hados se oponen y un dios obstruye los oídos apacibles del hombre. Como cuando los bóreas alpinos se esfuerzan en arrancar de cuajo con sus soplos de un lado y de otro un roble robusto por su madera añeja; viene el estrépito, y las altas hojas cubren la tierra sacudidas del tronco golpeado; el árbol mismo se aferra a las rocas y tanto se extiende con la copa hacia el aire del éter, como se hunde con la raíz hacia el Tártaro: no de otro modo el héroe es golpeado con voces insistentes de un lado y de otro, y siente las penas en su gran pecho; la mente permanece inmóvil, las lágrimas ruedan en vano.
Entonces sí, la infeliz Dido, aterrada por los hados, pide muerte; le repugna mirar la bóveda del cielo. Para acabar lo que ha decidido y abandonar la luz, vio, cuando depositaba ofrendas en los altares del incienso, (horrible de decir) ennegrecerse los líquidos sagrados y el vino derramado convertirse en sangre obscena. Esta visión a nadie se la contó, ni siquiera a su hermana. Además había en palacio un templo de mármol a su antiguo esposo, que honraba con admirable veneración, ceñido de vellones blancos como nieve y follaje festivo: de allí le pareció oír voces y palabras de su marido que la llamaba, cuando la noche oscura cubría las tierras, y sola en los tejados un búho con su canto fúnebre solía quejarse largamente y prolongar su voz en llanto; y además muchos vaticinios de antiguos profetas la aterraban con terribles advertencias.
En sueños el mismo Eneas feroz la acosa enloquecida, y siempre le parece que la dejan sola, siempre que va sin compañía por un largo camino y busca a los tirios en tierra desierta, como Penteo delirante ve los escuadrones de las Euménides y dos soles y Tebas doble aparecérsele, o como Orestes el hijo de Agamenón perseguido en escena cuando huye de su madre armada con antorchas y negras serpientes y las Diosas vengadoras se sientan en el umbral. Así pues cuando concibió la furia vencida por el dolor y decidió morir, calcula consigo misma el momento y el modo, y dirigiéndose con palabras a su triste hermana oculta su plan en el rostro y serena la esperanza en su frente: «He encontrado, hermana, un camino (felicita a tu hermana) que me lo devuelva a él o me libere de este amor.
Junto al confín del Océano y al sol poniente está el último lugar de los etíopes, donde el grandísimo Atlas hace girar sobre su hombro el eje tachonado de estrellas ardientes: de allí me han indicado una sacerdotisa de la raza masilia, guardiana del templo de las Hespérides, que daba alimento al dragón y conservaba las ramas sagradas en el árbol, esparciendo húmeda miel y adormidera soporífera. Esta promete con sus conjuros liberar las mentes que ella quiera, y a otras infundirles duras penas, detener el agua de los ríos y hacer retroceder los astros, y mueve a los Manes nocturnos: verás mugir la tierra bajo tus pies y descender fresnos de los montes.
Pongo por testigos, querida, a los dioses y a ti, hermana, y a tu dulce persona, de que me ciño a regañadientes a las artes mágicas. Tú levanta en secreto una pira en el patio interior bajo el cielo, y coloca encima las armas del héroe que dejó colgadas en el tálamo el impío y todos sus despojos y el lecho conyugal donde perecí: conviene destruir todos los recuerdos del hombre infame, así lo indica la sacerdotisa.» Dicho esto calla, y al mismo tiempo la palidez invade su rostro. Sin embargo Ana no cree que su hermana encubra
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su funeral con nuevos ritos, ni concibe en su mente tales furores ni teme nada peor que cuando murió Siqueo. Así que prepara lo mandado. Pero la reina, levantada en el interior del palacio bajo el cielo una pira enorme con teas y encina cortada, adorna el lugar con guirnaldas y lo corona con follaje fúnebre; encima coloca los despojos y la espada abandonada y una imagen de él en el lecho, no ignorando el futuro. Hay altares alrededor y la sacerdotisa con los cabellos sueltos invoca con su boca a trescientos dioses, al Érebo y al Caos y a Hécate triple, los tres rostros de la virgen Diana.
Había esparcido también aguas simuladas de la fuente Averno, se buscan hierbas vellosas cortadas a la luz de la luna con hoces de bronce y negro jugo venenoso; se busca también el amor arrancado de la frente de un potro recién nacido y robado a su madre. Ella misma con harina sagrada y manos pías junto a los altares con un pie descalzo, desceñidas sus vestiduras, invoca a los dioses antes de morir y a los astros conocedores del destino; luego, si existe algún poder divino justo y que recuerde a quienes aman sin pacto igual, lo implora.
Era de noche y los cuerpos fatigados por las tierras gozaban plácido sueño, y los bosques y los fieros mares descansaban, cuando los astros giran en medio de su curso, cuando calla todo el campo, los ganados y las pintadas aves, y las que habitan los anchos lagos líquidos y las que los campos ásperos de espinos, yacen dormidas bajo la noche silenciosa. [Aliviaban sus penas y los corazones olvidados de sus trabajos.] Pero no la infeliz fenicia de ánimo, que nunca se abandona al sueño ni recibe la noche en sus ojos o en su pecho: sus penas se redoblaban y de nuevo resurge el amor feroz y fluctúa en la gran marea de su ira.
Así pues insiste y revuelve en su corazón esto consigo misma: «¿Qué hago? ¿De nuevo probaré, para que se burlen, a mis antiguos pretendientes? ¿Suplicaré las bodas de los nómadas, a quienes yo ya tantas veces desdeñé como maridos? ¿Entonces seguiré las flotas ilianas y las últimas órdenes de los teucros? ¿Porque les alegra haber sido ayudados antes y entre ellos que tienen memoria permanece bien la gratitud del viejo favor? ¿Pero quién me permitirá, aunque yo quiera, o me recibirá, odiosa, en sus soberbias naves?
¿No sabes, ay perdida, ni aún percibes los perjurios de la raza de Laomedonte? ¿Qué entonces? ¿Acompañaré sola en la huida a los marineros exultantes? ¿O me lanzaré rodeada de tirios y de toda mi gente y a quienes apenas arranqué de la ciudad sidonia los empujaré de nuevo al mar y les ordenaré desplegar las velas a los vientos? Mejor muere como mereces y aparta el dolor con el hierro. Tú, vencida por mis lágrimas, tú la primera cargaste a tu hermana enloquecida con estos males y me expusiste al enemigo.
No me fue permitido llevar una vida libre de bodas y sin culpa como las fieras, ni tocar tales penas; no guardé la fidelidad prometida a las cenizas de Siqueo.» Tales lamentos arrancaba de su pecho: Eneas en la alta popa ya decidido a partir gozaba el sueño con todo ya debidamente preparado. A este se le apareció en sueños la forma del dios con el mismo rostro volviendo y de nuevo pareció advertirle, en todo semejante a Mercurio, la voz y el color y los cabellos rubios y los miembros hermosos de juventud: «Hijo de diosa, ¿puedes en esta situación entregarte al sueño, y no ves qué peligros te rodean ya, demente, ni oyes soplar propicios los Céfiros?
Ella revuelve engaños y nefando crimen en su pecho resuelta a morir, y agita diversas oleadas de ira. ¿No huyes de aquí precipitado, mientras tienes poder de precipitarte? Pronto verás el mar turbarse de maderos y verás brillar crueles antorchas, ya arder las playas en llamas, si te sorprende la Aurora demorándote en estas tierras. Ea vamos, rompe las demoras. Varia y mudable siempre es la mujer.» Así hablando se mezcló con la noche oscura. Entonces Eneas aterrorizado por las súbitas sombras arranca su cuerpo del sueño y apremia a sus compañeros precipitadamente: «Despertad, hombres, y sentaos en los bancos; soltad las velas rápido.
Un dios enviado desde el alto éter de nuevo nos incita a apresurar la huida y cortar las maromas retorcidas. Te seguimos, santo entre los dioses, quienquiera que seas, y obedecemos de nuevo jubilosos tu mandato. Asístenos oh y ayúdanos propicio y trae favorables los astros del cielo.» Dijo y arranca de la vaina la espada fulgurante y con el hierro desnudo golpea las amarras. El mismo ardor los toma a todos al mismo tiempo, arrebatan y se precipitan; han abandonado las playas, el mar se oculta bajo las naves, esforzándose remueven las espumas y barren el azul mar.
Y ya la primera Aurora esparcía con nueva luz las tierras dejando el lecho azafrán de Titono. La reina desde las atalayas apenas vio blanquear la primera luz y la flota avanzar con las velas desplegadas, y percibió las playas y los puertos vacíos sin remero, tres y cuatro veces golpeó su hermoso pecho con la mano y arrancándose los rubios cabellos dijo: «¡Por Júpiter! ¿Se irá este, y se habrá burlado el extranjero de nuestro reino? ¿No prepararán las armas y lo perseguirán desde toda la ciudad, y otros arrancarán las naves de los astilleros?
Id, traed rápido las llamas, dad las armas, impulsad los remos! ¿Qué digo? ¿O dónde estoy? ¿Qué locura cambia mi mente? Infeliz Dido, ¿ahora te conmueven los actos impíos? Entonces convenía, cuando entregabas el cetro. Ahí está la lealtad y la fe de quien dicen que lleva consigo los penates paternos, de quien dicen que cargó sobre sus hombros al padre agotado por la edad! ¿No pude arrancar su cuerpo despedazado y echarlo a las olas
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esparcirla? ¿No consumir con el hierro a sus compañeros, no al propio Ascanio y ponerlo a que lo devoren en las mesas de su padre? Pero el resultado de la batalla habría sido incierto. ¡Que lo fuera! ¿A quién iba a temer, si estaba destinada a morir? Habría llevado antorchas al campamento y habría llenado de llamas los pasillos, y al hijo y al padre habría aniquilado junto con toda su estirpe, y a mí misma encima me habría entregado. Sol, tú que con tus llamas iluminas todas las obras de la tierra, y tú, Juno, intérprete y cómplice de estas angustias, y Hécate, invocada con aullidos en las encrucijadas nocturnas por las ciudades, y las Furias vengadoras y los dioses de Elisa que muere, acoged esto, volved vuestra justa divinidad hacia estos males y escuchad mis súplicas.
Si es necesario que esa cabeza infame toque los puertos y llegue nadando a tierra, y si así lo exigen los hados de Júpiter, si este término permanece fijo, que al menos, acosado por la guerra de un pueblo audaz y por las armas, expulsado de sus fronteras, arrancado del abrazo de Iulo, implore auxilio y vea las indignas muertes de los suyos; y que, cuando se haya entregado bajo las leyes de una paz injusta, no disfrute del reino ni de la luz ansiada, sino que caiga antes de tiempo y quede insepulto en medio de la arena.
Esto suplico, esta última voz derramo con mi sangre. Después vosotros, oh tirios, perseguid con odios a su estirpe y a toda su descendencia futura, y enviad estas ofrendas a mi ceniza. Que no haya amor entre los pueblos ni pactos. Que surja algún vengador de nuestros huesos que persiga con fuego y hierro a los colonos dardanios, ahora, en el futuro, en cualquier tiempo en que se presenten las fuerzas. Costas contra costas, olas contra olas invoco, armas contra armas: que luchen ellos mismos y sus descendientes.
Dijo esto, y volvía su ánimo hacia todos lados, buscando romper cuanto antes la odiosa luz. Entonces se dirigió brevemente a Barce, nodriza de Siqueo, pues a la suya un negro polvo la retenía en la antigua patria: "Nodriza querida, trae aquí a mi hermana Ana: dile que se apresure a rociar su cuerpo con agua del río, y que traiga consigo las reses y las expiaciones prescritas. Que así venga, y tú misma cúbrete las sienes con la cinta sagrada. Los sacrificios a Júpiter Estigio, que preparé comenzados según el rito, tengo la intención de completarlos y poner fin a mis angustias y entregar a las llamas la pira de esa cabeza dardania".
Así dijo. Ella aceleraba su paso con celo de anciana. Pero Dido, temblorosa y enloquecida por el monstruoso plan, girando sus ojos inyectados en sangre, con las mejillas trémulas manchadas y pálida por la muerte futura, irrumpe en los umbrales interiores de la casa y sube furiosa a la alta pira y desenvaina la espada dardania, regalo no pedido para este uso. Aquí, después de que contempló las vestiduras ilianas y el lecho conocido, demorada un poco entre lágrimas y pensamientos, se recostó sobre el lecho y dijo sus últimas palabras: "Dulces despojos, mientras el hado y el dios lo permitían, recibid esta alma y liberadme de estas angustias.
He vivido y he completado el curso que la Fortuna me dio, y ahora mi gran imagen irá bajo tierra. He fundado una ciudad ilustre, he visto mis murallas, he vengado a mi esposo y obtuve castigo de mi enemigo hermano, feliz, ay, demasiado feliz, si tan solo nuestras costas nunca hubieran tocado las naves dardanias". Dijo, y con la boca hundida en el lecho: "Moriré sin venganza, pero muramos", dice. "Así, así place ir bajo las sombras. Que el cruel dardanio beba con sus ojos este fuego desde alta mar y lleve consigo los presagios de mi muerte".
Había dicho, y en medio de tales palabras la ven sus compañeras desplomada sobre el hierro, y la espada espumante de sangre y las manos salpicadas. Un clamor sube a los altos atrios: la Fama enloquece por la ciudad conmocionada. Las casas resuenan con lamentos y gemidos y aullidos de mujer, el éter resuena con grandes golpes de pecho, no de otra forma que si, lanzados los enemigos, toda Cartago o la antigua Tiro se derrumbara, y las llamas furiosas rodaran por las cumbres de los hombres y de los dioses.
Escuchó sin aliento y aterrada por la temblorosa carrera la hermana, desgarrándose el rostro con las uñas y el pecho con los puños, se precipita por entre la multitud y llama por su nombre a la moribunda: "¿Era esto, hermana? ¿Me buscabas con engaño? ¿Esto me preparaban esa pira, esos fuegos y altares? ¿Qué lamentaré primero, abandonada? ¿Despreciaste a tu hermana como compañera al morir? Me habrías llamado al mismo destino, el mismo hierro, el mismo dolor y la misma hora nos habría llevado a ambas.
¿Incluso la construí con estas manos e invoqué con mi voz a los dioses patrios, para estar ausente así, cruel, mientras yacías? Te has destruido a ti y a mí, hermana, y al pueblo y a los padres sidonios y a tu ciudad. Dadme agua para lavar las heridas y, si algún último aliento aún vaga, lo recogeré con mi boca". Habiendo dicho esto había subido los altos escalones, y acunaba en su regazo a su hermana moribunda, abrazándola, con gemidos y secando con su vestido los negros regueros de sangre.
Ella, intentando alzar sus ojos pesados de nuevo, desfallece; la herida clavada silba bajo su pecho. Tres veces alzándose y apoyándose en el codo se levantó, tres veces rodó de vuelta sobre el lecho y con ojos errantes buscó en lo alto del cielo la luz y gimió al encontrarla. Entonces Juno omnipotente, compadecida del largo dolor y del difícil tránsito, envió a Iris desde el Olimpo para que liberara el alma luchadora y los miembros atados. Pues como no moría por el destino merecido ni por muerte natural, sino mísera antes de tiempo y encendida por súbito furor, aún no Proserpina le había arrancado del vértice el rubio cabello ni había condenado su cabeza al Orco estigio. Así pues Iris, cubierta de rocío por el cielo con sus alas azafranadas, arrastrando mil colores variados frente al sol,
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desciende en vuelo y se detuvo sobre su cabeza. "Esto, que es sagrado para Dite, llevo por orden y te libero de ese cuerpo": así dice y con la diestra corta el cabello, y al instante todo el calor se disipó y la vida se retiró hacia los vientos. dīlāpsus calor atque in uentōs uīta recessit.
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