Capítulo 6Moderación y coherencia interior
Si te deslumbra la apariencia de cualquier placer prometido, protégete de que no te confunda; más bien deja el asunto para cuando tengas tiempo y procúrate cierta demora. Luego trae a tu mente ambos momentos: aquel en que disfrutarás el placer, y aquel en que te arrepentirás y te reprocharás a ti mismo después de haberlo disfrutado; y coloca ante ti, en oposición a estos, cómo te alegrarás y te felicitarás si te abstienes. Y aunque te parezca una gratificación oportuna, cuídate de que sus tentaciones, atracciones y seducciones no te sometan, sino contrapón a esto cuánto mejor es ser consciente de haber obtenido una victoria tan grande.
Cuando hagas algo con el juicio claro de que debe hacerse, no te eches atrás por temor a ser visto haciéndolo, aunque el mundo lo malinterprete; pues si no actúas correctamente, evita la acción misma; pero si actúas correctamente, ¿por qué temer a quienes te censuran equivocadamente?
Así como la proposición «o es de día o es de noche» tiene mucha fuerza en un argumento disyuntivo, pero ninguna en uno conjuntivo, así también, en un banquete, elegir la porción más grande es muy adecuado para el apetito corporal, pero completamente incompatible con el espíritu social del convite. Recuerda, entonces, cuando comas con otro, no solo el valor para el cuerpo de aquello que se te presenta, sino también el valor de la cortesía apropiada hacia tu anfitrión.
Si has asumido un papel que excede tus fuerzas, te has comportado mal en él y has abandonado uno que podrías haber sostenido.
Así como al caminar cuidas de no pisar un clavo o torcerte el pie, igualmente cuida de no dañar la facultad rectora de tu mente. Y si nos precaviéramos contra esto en cada acción, emprenderíamos la acción con mayor seguridad.
El cuerpo es para cada uno la medida apropiada de sus posesiones, como el pie lo es del zapato. Por tanto, si te detienes en esto, mantendrás la medida; pero si vas más allá, necesariamente serás arrastrado hacia delante, como por un precipicio; como en el caso del zapato, si vas más allá de su ajuste al pie, primero llega a ser dorado, luego púrpura, y después tachonado de joyas. Pues para aquello que una vez excede la medida apropiada no hay límite.
Las mujeres desde los catorce años son halagadas por los hombres con el título de amantes. Por tanto, al percibir que solo se las considera aptas para dar placer a los hombres, empiezan a adornarse, y en eso ponen todas sus esperanzas. Vale la pena, por consiguiente, procurar que se perciban honradas únicamente en la medida en que aparezcan hermosas en su conducta y modestamente virtuosas.
Es señal de falta de intelecto emplear mucho tiempo en cosas relativas al cuerpo, como ser inmoderado en los ejercicios, en comer y beber, y en el cumplimiento de otras funciones animales. Estas cosas deben hacerse de paso y nuestra fuerza principal debe aplicarse a nuestra razón.
Cuando alguien te hace mal o habla mal de ti, recuerda que actúa o habla desde la impresión de que es correcto para él hacerlo. Ahora bien, no es posible que siga lo que te parece correcto a ti, sino solo lo que le parece correcto a él mismo. Por tanto, si juzga desde apariencias falsas, él es la persona perjudicada, puesto que él también es la persona engañada. Pues si alguien toma una proposición verdadera por falsa, la proposición no resulta perjudicada, sino solo el hombre es engañado. Partiendo, entonces, de estos principios, soportarás mansamente a una persona que te insulta, pues dirás en cada ocasión: «Así le pareció a él».
Todo tiene dos asas: una por la cual puede soportarse, otra por la cual no puede. Si tu hermano actúa injustamente, no agarres el asunto por el asa de su injusticia, pues por esa no puede soportarse, sino más bien por la opuesta: que es tu hermano, que se crió contigo; y así lo agarrarás de modo que pueda soportarse.
Estos razonamientos no tienen conexión lógica: «Soy más rico que tú, por tanto soy tu superior». «Soy más elocuente que tú, por tanto soy tu superior». La verdadera conexión lógica es más bien esta: «Soy más rico que tú, por tanto mis posesiones deben exceder las tuyas». «Soy más elocuente que tú, por tanto mi estilo debe superar el tuyo». Pero tú, después de todo, no consistes ni en la propiedad ni en el estilo.
¿Alguien se baña apresuradamente? No digas que lo hace mal, sino apresuradamente. ¿Alguien bebe mucho vino? No digas que lo hace mal, sino que bebe mucho. Pues a menos que comprendas perfectamente sus motivos, ¿cómo sabrías si actúa mal? Así no correrás el riesgo de ceder ante ninguna apariencia salvo aquellas que comprendes plenamente.
Nunca te proclames filósofo, ni hables mucho entre los ignorantes sobre tus principios, sino muéstralos mediante acciones. Así, en un banquete, no discurras sobre cómo debe comer la gente, sino come como debes. Pues recuerda que así también Sócrates evitaba universalmente toda ostentación. Y cuando personas venían a él y deseaban ser presentadas por él a filósofos, él las tomaba y las presentaba; tan bien soportaba ser pasado por alto. Así que si alguna vez hubiera entre los ignorantes alguna discusión de principios, permanece en su mayor parte en silencio. Pues hay gran peligro en arrojar apresuradamente lo que está mal digerido. Y si alguien te dice que no sabes nada, y no te molesta, entonces puedes estar seguro de que realmente has empezado tu trabajo. Pues las ovejas no arrojan apresuradamente la hierba para mostrar a los pastores cuánto han comido, sino que, digiriendo interiormente su alimento, lo producen exteriormente en lana y leche. Así, por tanto, no hagas una exhibición ante los ignorantes de tus principios, sino de las acciones a las que su digestión da lugar.
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