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Capítulo 3Actúa tu papel con excelencia

Enquiridión · Epicteto · 6 min de lectura

Recuerda que eres un actor en un drama del tipo que el Autor elige: si es corto, entonces en uno corto; si es largo, entonces en uno largo. Si es su voluntad que representes a un hombre pobre, o a un lisiado, o a un gobernante, o a un ciudadano común, procura actuar bien. Pues esto es tu tarea: actuar bien el papel que te ha sido dado, pero elegirlo pertenece a otro.

Cuando un cuervo graznara de forma desafortunada, no te dejes vencer por las apariencias, sino discrimina y di: «Nada me es presagiado a mí, ni a mi mísero cuerpo, ni a mi propiedad, ni a mi reputación, ni a mis hijos, ni a mi esposa. Pero para mí todos los presagios son afortunados si así lo quiero. Pues suceda lo que suceda, me corresponde a mí obtener provecho de ello».

Puedes ser invencible si no entras en ningún combate en el que no esté en tu propio poder vencer. Por lo tanto, cuando veas a alguien eminente en honores o poder, o en alta estima por cualquier otro motivo, ten cuidado de no dejarte desconcertar por las apariencias y de declararlo feliz; pues si la esencia del bien consiste en las cosas que están en nuestro propio poder, no habrá lugar para la envidia ni la emulación. Pero, por tu parte, no desees ser general, ni senador, ni cónsul, sino ser libre; y el único camino hacia esto es el desprecio de las cosas que no están en nuestro propio poder.

Recuerda que no es quien da el insulto o los golpes quien afrenta, sino la opinión que tenemos de estas cosas como insultantes. Por lo tanto, cuando alguien te provoque, ten la seguridad de que es tu propia opinión la que te provoca. Intenta, por tanto, en primer lugar, no dejarte desconcertar por las apariencias. Pues si logras ganar tiempo y respiro, te dominarás más fácilmente a ti mismo.

Que la muerte y el exilio, y todas las demás cosas que parecen terribles, estén diariamente ante tus ojos, pero principalmente la muerte; y nunca albergarás un pensamiento abyecto, ni codiciarás nada con demasiado ahínco.

Si tienes un deseo sincero de filosofía, prepárate desde el primer momento para que la multitud se ría y se burle, y diga: «¡Ha vuelto a nosotros convertido en filósofo de repente!»; y «¿De dónde viene ese aire desdeñoso?». Ahora bien, por tu parte, no tengas en verdad un aire desdeñoso, sino mantente firme en aquellas cosas que te parezcan mejores, como alguien designado por Dios para esta estación particular. Pues recuerda que, si persistes, esas mismas personas que al principio se burlaron te admirarán después. Pero si eres vencido por ellos, incurrirás en una doble burla.

Si alguna vez ocurre que dirijas tu atención a las cosas externas, por complacer a alguien, ten la seguridad de que has arruinado tu plan de vida. Conténtate, entonces, en todo, con ser un filósofo; y si deseas parecerlo también ante alguien, aparenta serlo ante ti mismo, y eso te bastará.

Que no te angustien consideraciones como estas: «Viviré en descrédito y no seré nadie en ninguna parte». Pues si el descrédito es un mal, no puedes verte envuelto en un mal por medio de otro más de lo que puedes en la bajeza. ¿Acaso es asunto tuyo, entonces, obtener poder o ser admitido a un banquete? De ningún modo. ¿Cómo, entonces, después de todo, es esto un descrédito? ¿Y cómo es cierto que no serás nadie en ninguna parte cuando debes ser alguien solo en aquellas cosas que están en tu propio poder, en las cuales puedes ser de la mayor importancia? «Pero mis amigos quedarán sin ayuda». ¿Qué quieres decir con «sin ayuda»? No recibirán dinero de ti, ni los harás ciudadanos romanos. ¿Quién te dijo, entonces, que estas son cosas que están en nuestro propio poder, y no más bien asuntos de otros? ¿Y quién puede dar a otro las cosas que él mismo no tiene? «Bien, pero consíguelas, entonces, para que nosotros también tengamos una parte». Si puedo conseguirlas preservando mi propio honor, fidelidad y respeto propio, muéstrame el camino y las conseguiré; pero si me exiges que pierda mi propio bien particular para que tú puedas ganar lo que no es un bien, considera cuán irrazonable e insensato eres. Además, ¿qué preferirías tener: una suma de dinero o un amigo fiel y honorable? Ayúdame, entonces, más bien a conseguir este carácter que exigirme hacer aquellas cosas por las cuales pueda perderlo. Bien, pero mi país, dices, en cuanto dependa de mí, quedará sin ayuda. Aquí, de nuevo, ¿qué ayuda es esa a la que te refieres? No tendrá pórticos ni baños provistos por ti. ¿Y qué significa eso? Pues tampoco un herrero lo provee de zapatos, ni un zapatero de armas. Es suficiente si cada uno desempeña plenamente su propia tarea. Y si le proveyeras de otro ciudadano fiel y honorable, ¿no le sería útil? Sí. Por lo tanto, tampoco tú mismo le eres inútil. «¿Qué lugar, entonces —dices—, ocuparé en el estado?». El que puedas ocupar preservando tu fidelidad y honor. Pero si, por desear serle útil, pierdes estos, ¿cómo puedes servir a tu país cuando te has vuelto infiel y desvergonzado?

¿Alguien es preferido antes que tú en un banquete, o en cortesías, o en conversación confidencial? Si estas cosas son buenas, debes alegrarte de que él las tenga; y si son malas, no te aflijas de que tú no las tengas. Y recuerda que no se te puede permitir rivalizar con otros en cosas externas sin usar los mismos medios para obtenerlas. Pues ¿cómo puede quien no rondará la puerta de ningún hombre, no lo atenderá, no lo alabará, tener una parte igual con quien hace estas cosas? Eres injusto, entonces, e irrazonable si no estás dispuesto a pagar el precio por el cual se venden estas cosas, y las quisieras gratis. Pues ¿a cómo se venden las lechugas? A un óbolo, por ejemplo. Si otro, entonces, pagando un óbolo, toma las lechugas, y tú, sin pagarlo, te quedas sin ellas, no imagines que él ha obtenido ventaja alguna sobre ti. Pues así como él tiene las lechugas, tú tienes el óbolo que no diste. Así, en el caso presente, no has sido invitado al banquete de tal persona porque no le has pagado el precio por el cual se vende una cena. Se vende por alabanza; se vende por servilismo. Dale, entonces, el valor si es para tu ventaja. Pero si quieres al mismo tiempo no pagar lo uno y sin embargo recibir lo otro, eres irrazonable e insensato. ¿No tienes nada, entonces, en lugar de la cena? Sí, ciertamente lo tienes: no alabar a quien no quieres alabar; no soportar la insolencia de sus lacayos.

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