Capítulo 2Desapego y serenidad interior
Como en un viaje, cuando el barco está anclado, si bajas a tierra a buscar agua, puedes entretenerte recogiendo una concha o una trufa por el camino, pero tus pensamientos deben estar dirigidos hacia el barco y perpetuamente atentos, no sea que el capitán llame, y entonces debas dejar todas esas cosas para no tener que ser llevado a bordo de la embarcación, atado como una oveja; así también en la vida, si en lugar de una trufa o una concha se te concede algo como una esposa o un hijo, no hay objeción; pero si el capitán llama, corre al barco, deja todas estas cosas y nunca mires atrás. Pero si eres viejo, nunca te alejes demasiado del barco, no sea que faltes cuando te llamen.
No exijas que los acontecimientos sucedan como deseas; más bien desea que sucedan como suceden, y te irá bien.
La enfermedad es un impedimento para el cuerpo, pero no para la voluntad a menos que ella misma lo consienta. La cojera es un impedimento para la pierna, pero no para la voluntad; y dite esto a ti mismo con respecto a todo lo que sucede. Pues encontrarás que es un impedimento para otra cosa, pero no verdaderamente para ti mismo.
Ante cada accidente, acuérdate de volverte hacia ti mismo y preguntarte qué facultad tienes para su uso. Si te encuentras con una persona hermosa, hallarás que la continencia es la facultad necesaria; si hay dolor, entonces la fortaleza; si hay insultos, entonces la paciencia. Y cuando te hayas habituado así, los fenómenos de la existencia no te abrumarán.
Nunca digas de nada: «Lo he perdido», sino: «Lo he devuelto». ¿Ha muerto tu hijo? Ha sido devuelto. ¿Ha muerto tu esposa? Ha sido devuelta. ¿Te han quitado tu propiedad? También ella ha sido devuelta. «Pero fue un hombre malo quien la tomó». ¿Qué te importa por qué manos aquel que la dio la ha reclamado de nuevo? Mientras te permita poseerla, tenla como algo que no es tuyo, como hacen los viajeros en una posada.
Si quieres mejorar, abandona razonamientos como estos: «Si descuido mis asuntos, no tendré sustento; si no castigo a mi sirviente, no servirá para nada». Pues sería mejor morir de hambre, libre de pena y temor, que vivir en la abundancia con perturbación; y es mejor que tu sirviente sea malo a que tú seas infeliz.
Comienza, por tanto, con las cosas pequeñas. ¿Se derrama un poco de aceite o se roba un poco de vino? Dite a ti mismo: «Este es el precio que se paga por la paz y la tranquilidad; y nada se obtiene gratis». Y cuando llames a tu sirviente, considera que es posible que no acuda a tu llamada; o, si lo hace, que no haga lo que deseas. Pero no es en absoluto deseable para él, y muy indeseable para ti, que esté en su poder causarte alguna perturbación.
Si quieres mejorar, conténtate con ser considerado necio y torpe respecto a las cosas externas. No desees que se piense que sabes algo; y aunque parezcas ser alguien ante los demás, desconfía de ti mismo. Pues ten por seguro que no es fácil mantener a la vez tu voluntad en armonía con la naturaleza y asegurar las cosas externas; sino que mientras estás absorto en lo uno, debes necesariamente descuidar lo otro.
Si deseas que tus hijos y tu esposa y tus amigos vivan para siempre, eres necio, pues deseas que estén en tu poder cosas que no lo están, y que lo que pertenece a otros sea tuyo. Así también, si deseas que tu sirviente esté sin falta, eres necio, pues deseas que el vicio no sea vicio sino otra cosa. Pero si deseas no sufrir decepciones en tus deseos, eso está en tu propio poder. Ejercita, por tanto, lo que está en tu poder. El amo de un hombre es aquel que puede conferir o quitar aquello que ese hombre busca o rehúye. Quien entonces quiera ser libre, que no desee nada, que no rechace nada, que dependa de otros; de lo contrario, necesariamente será un esclavo.
Recuerda que debes comportarte como en un banquete. ¿Se te ofrece algo? Extiende la mano y toma una porción moderada. ¿Pasa de largo? No lo detengas. ¿Aún no ha llegado? No te lances con deseo hacia ello, sino espera hasta que llegue a ti. Así con respecto a los hijos, la esposa, el cargo, las riquezas; y algún día serás digno de festejar con los dioses. Y si ni siquiera tomas las cosas que se te ponen delante, sino que eres capaz incluso de renunciar a ellas, entonces no solo serás digno de festejar con los dioses, sino de gobernar con ellos también. Pues, al hacer así, Diógenes y Heráclito, y otros como ellos, merecidamente se volvieron divinos, y así fueron reconocidos.
Cuando veas a alguien llorar de pena, ya sea porque su hijo se ha marchado al extranjero o porque ha sufrido en sus asuntos, cuida de no dejarte vencer por el mal aparente, sino discrimina y estate dispuesto a decir: «Lo que hiere a este hombre no es este suceso en sí mismo —pues otro hombre podría no ser herido por él— sino la visión que elige tener de él». Sin embargo, en cuanto a la conversación, no desdeñes acomodarte a él y, si es necesario, gemir con él. Cuida, no obstante, de no gemir también interiormente.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
