Capítulo 5Sobre la adivinación y el comportamiento
Cuando recurras a la adivinación, recuerda que no sabes cuál será el resultado, y vienes a aprenderlo del adivino; pero ya sabías de qué naturaleza es antes de venir; al menos, si tienes mentalidad filosófica. Pues si está entre las cosas que no están en nuestro poder, de ningún modo puede ser bueno ni malo. No lleves, por tanto, al adivino ni deseo ni aversión —de lo contrario te acercarás temblando—, sino comprende primero claramente que todo suceso es indiferente y nada para ti, sea de la clase que sea; porque estará en tu poder hacer un uso correcto de él, y esto nadie puede impedirlo. Entonces acude con confianza a los dioses como tus consejeros; y después, cuando se te dé algún consejo, recuerda qué consejeros has asumido, y qué consejo desdeñarás si desobedeces. Acude a la adivinación como prescribió Sócrates, en casos en los que toda la consideración se refiere al resultado, y en los que no se ofrecen oportunidades mediante la razón o cualquier otro arte para descubrir el asunto en cuestión. Cuando, por tanto, sea nuestro deber compartir el peligro de un amigo o de nuestra patria, no debemos consultar el oráculo sobre si lo compartiremos con ellos o no. Pues aunque el adivino te advierta que los auspicios son desfavorables, esto no significa más que se presagia la muerte, la mutilación o el exilio. Pero tenemos la razón dentro de nosotros; y ella nos ordena, incluso con estos riesgos, mantenernos al lado de nuestro amigo y nuestra patria. Atiende, por tanto, al adivino mayor, el Dios Pitio, que una vez expulsó del templo a quien descuidó salvar a su amigo.
Comienza por prescribirte a ti mismo cierto carácter y comportamiento, que puedas preservar tanto a solas como en compañía.
Guarda silencio la mayor parte del tiempo, o habla meramente lo necesario, y con pocas palabras. Podemos, sin embargo, entrar moderadamente en conversación a veces, cuando la ocasión lo requiera; pero que no verse sobre ninguno de los temas comunes, como gladiadores, o carreras de caballos, o campeones atléticos, o comida, o bebida —los temas vulgares de conversación—, y especialmente no sobre los hombres, de modo que los censures, o alabes, o hagas comparaciones. Si eres capaz, entonces, mediante tu propia conversación, lleva la de tu compañía a temas apropiados; pero si te encuentras entre desconocidos, guarda silencio.
Que tu risa no sea ruidosa, frecuente o abundante.
Evita hacer juramentos, si es posible, por completo; o en todo caso, en la medida en que seas capaz.
Evita los entretenimientos públicos y vulgares; pero si alguna vez una ocasión te llama a ellos, mantén tu atención en tensión, para que no te deslices imperceptiblemente hacia la vulgaridad. Pues ten por seguro que si una persona es purísima en sí misma, sin embargo, si su compañero está corrompido, quien converse con él será igualmente corrompido.
Provee las cosas relativas al cuerpo no más allá de lo que la necesidad absoluta requiera, como comida, bebida, ropa, casa, séquito. Pero suprime todo lo que mire hacia la ostentación y el lujo.
Antes del matrimonio protégete con toda tu capacidad del trato ilícito con mujeres; pero no seas descaritativo ni severo con quienes se dejan llevar a esto, ni presumas frecuentemente de que tú mismo haces lo contrario.
Si alguien te dice que cierta persona habla mal de ti, no presentes excusas sobre lo que se dice de ti, sino responde: «Ignoraba mis otros defectos, de lo contrario no habría mencionado solo estos».
No es necesario que aparezcas a menudo en espectáculos públicos; pero si alguna vez hay una ocasión apropiada para que estés allí, no aparezcas más solícito por ningún otro que por ti mismo —es decir, desea que las cosas sean solo como son, y que solo gane el mejor hombre; pues así nada irá contra ti. Pero abstente por completo de aclamaciones y burlas y emociones violentas. Y cuando te retires, no discurras largamente sobre lo que ha pasado y lo que no contribuye en nada a tu propia enmienda. Pues por tal discurso parecería que quedaste deslumbrado por el espectáculo.
No seas pronto ni dispuesto a asistir a recitaciones privadas; pero si asistes, preserva tu gravedad y dignidad, y sin embargo evita hacerte desagradable.
Cuando vayas a reunirte con alguien, y especialmente con uno que parezca tu superior, represéntate a ti mismo cómo se comportaría Sócrates o Zenón en tal caso, y no estarás perdido para afrontar apropiadamente lo que pueda ocurrir.
Cuando vayas ante alguien en el poder, imagínate que puedes no encontrarlo en casa, que puedes ser excluido, que las puertas pueden no abrirse para ti, que puede no reparar en ti. Si, con todo esto, es tu deber ir, soporta lo que suceda y nunca te digas a ti mismo: «No valía tanto»; pues esto es vulgar, y propio de un hombre desconcertado por las cosas externas.
En compañía, evita una mención frecuente y excesiva de tus propias acciones y peligros. Pues por muy agradable que te sea a ti aludir a los riesgos que has corrido, no es igualmente agradable para otros oír tus aventuras. Evita igualmente un esfuerzo por provocar la risa, pues esto puede fácilmente deslizarte hacia la vulgaridad y, además, puede ser apto para rebajarte en la estima de tus conocidos. Las aproximaciones al discurso indecente son igualmente peligrosas. Por tanto, cuando suceda algo de esta clase, usa la primera oportunidad adecuada para reprender a quien haga avances en esa dirección, o, al menos, con silencio y rubor y una mirada seria muestra que te desagrada tal conversación.
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