Acto tercero
(Salón comunicado con el salón de baile por un arco. Arde la araña. Se oye cómo en el recibidor toca la orquesta judía, la misma que se menciona en el segundo acto. Atardece. En el salón de baile bailan el grand-rond. La voz de Simeónov-Píschik: «Promenade à une paire!» Salen al salón: en la primera pareja Píschik y Charlotta Ivánovna, en la segunda Trofímov y Liubov Andréyevna, en la tercera Ánia con el funcionario de correos, en la cuarta Varia con el jefe de estación, etc. Varia llora en silencio y, bailando, se enjuga las lágrimas. En la última pareja Duniasha. Cruzan el salón, Píschik grita: «Grand-rond, balancez!» y «Les cavaliers à genoux et remerciez vos dames».)
(Firs, de frac, pasa con una bandeja con agua de Seltz. Entran al salón Píschik y Trofímov.)
PÍSCHIK.— Yo soy pletórico, ya me ha dado dos veces el ataque, bailar es difícil, pero, como se dice, si caíste en la jauría, ladres o no ladres, menea la cola. Yo tengo salud de caballo. Mi difunto padre, bromista él, gloria eterna, decía de nuestro origen que el antiguo linaje de los Simeónov-Píschik descendía de aquel mismo caballo al que Calígula sentó en el senado… (Se sienta.) Pero el problema es: no hay dinero. El perro hambriento solo cree en la carne… (Ronca y enseguida se despierta.) Y yo también… solo puedo pensar en dinero…
TROFÍMOV.— Y en tu figura hay, en efecto, algo equino.
PÍSCHIK.— Pues… el caballo es un buen animal… Al caballo se le puede vender…
(Se oye cómo en la habitación contigua juegan al billar. En el salón de baile, bajo el arco, aparece Varia.)
TROFÍMOV (burlándose).— ¡Madame Lopajina! ¡Madame Lopajina!..
VARIA (con enfado).— ¡Señorito raído!
TROFÍMOV.— Sí, soy un señorito raído ¡y me enorgullezco de ello!
VARIA (con amarga reflexión).— Ahí hemos contratado músicos, ¿y con qué pagarles? (Sale.)
TROFÍMOV (A Píschik.).— Si la energía que usted ha gastado a lo largo de toda su vida buscando dinero para pagar los intereses hubiera ido a parar a alguna otra cosa, entonces, probablemente, al final podría usted haber dado vuelta la tierra.
PÍSCHIK.— Nietzsche… filósofo… el más grande, el más célebre… hombre de descomunal inteligencia, dice en sus obras que se pueden hacer billetes falsos.
TROFÍMOV.— ¿Y usted ha leído a Nietzsche?
PÍSCHIK.— Bueno… Me lo contaba Dashenka. Pero yo ahora estoy en tal situación que bien podría hacer billetes falsos… Pasado mañana tengo que pagar trescientos diez rublos… Ciento treinta ya he conseguido… (Se palpa los bolsillos, alarmado.) ¡El dinero ha desaparecido! ¡He perdido el dinero! (Entre lágrimas.) ¿Dónde está el dinero? (Gozoso.) Aquí está, detrás del forro… Hasta he sudado…
(Entran Liubov Andréyevna y Charlotta Ivánovna.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA (canturreando una lezguinka).— ¿Por qué tarda tanto Leonid? ¿Qué estará haciendo en la ciudad? (A Duniasha.) Duniasha, ofrezca té a los músicos…
TROFÍMOV.— No se ha celebrado la subasta, con toda probabilidad.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Y los músicos han venido a destiempo, y el baile lo hemos organizado a destiempo… Bueno, da igual… (Se sienta y canturrea quedamente.)
CHARLOTTA (entregando a Píschik una baraja).— Aquí tiene una baraja, piense en una carta.
PÍSCHIK.— Ya está.
CHARLOTTA.— Baraje ahora la baraja. Muy bien. Démela, oh mi querido señor Píschik. Ein, zwei, drei! Ahora búsquela, la tiene usted en el bolsillo lateral…
PÍSCHIK (saca del bolsillo lateral la carta).— El ocho de picas, absolutamente exacto. (Asombrado.) ¡Fíjese!
CHARLOTTA (sostiene en la palma la baraja, a Trofímov).— Diga rápido, ¿qué carta está arriba?
TROFÍMOV.— ¿Qué? Pues, la dama de picas.
CHARLOTTA.— ¡Correcto! (A Píschik.) ¿Y bien? ¿Qué carta está arriba?
PÍSCHIK.— El as de corazones.
CHARLOTTA.— ¡Correcto!… (Golpea la palma, la baraja desaparece.) ¡Qué tiempo tan hermoso hace hoy!
(Le responde una misteriosa voz femenina, como desde debajo del suelo: «Oh sí, el tiempo es magnífico, señora».)
Usted es mi ideal tan bueno…
(La voz: «Usted, señora, también me ha gustado muchísimo».)
EL JEFE DE ESTACIÓN (aplaudiendo).— ¡Señora ventrílocua, bravo!
PÍSCHIK (asombrado).— ¡Fíjese! Encantadora Charlotta Ivánovna… estoy sencillamente enamorado…
CHARLOTTA.— ¿Enamorado? (Encogiéndose de hombros.) ¿Acaso puede usted amar? Guter Mensch, aber schlechter Musikant.
TROFÍMOV (dando una palmada en el hombro a Píschik).— Caballo es usted…
CHARLOTTA.— Atención, otro truco. (Toma una manta de la silla.) Aquí hay una manta muy buena, deseo venderla… (La sacude.) ¿Nadie desea comprarla?
PÍSCHIK (asombrado).— ¡Fíjese!
CHARLOTTA.— Ein, zwei, drei! (Levanta rápidamente la manta bajada.)
(Detrás de la manta está Ánia; hace una reverencia, corre hacia su madre, la abraza y vuelve corriendo al salón de baile entre el entusiasmo general.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA (aplaudiendo).— ¡Bravo, bravo!..
CHARLOTTA.— ¡Ahora otra vez! Ein, zwei, drei!
(Levanta la manta; detrás de la manta está Varia y hace una reverencia.)
PÍSCHIK (asombrado).— ¡Fíjense!
CHARLOTTA.— ¡Se acabó! (Arroja la manta sobre Píschik, hace una reverencia y sale corriendo al salón.)
PÍSCHIK (se apresura tras ella).— Brujilla… ¡qué mujer! ¡Qué mujer! (Sale.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Y Leonid sigue sin llegar. Qué puede estar haciendo en la ciudad tanto tiempo, no lo entiendo. A estas alturas ya habrá terminado todo, la finca vendida o la subasta no se habrá celebrado, ¿a qué viene entonces tenernos así en ascuas?
VARIA (tratando de consolarla).— Tío ha comprado, de eso estoy segura.
TROFÍMOV (con sorna).— Sí.
VARIA.— La abuela le ha mandado un poder para que compre a su nombre con traspaso de la deuda. Lo ha hecho por Ania. Y estoy segura, Dios nos ayudará, tío comprará.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— La abuela de Yaroslavl ha mandado quince mil para comprar la finca a su nombre —de nosotros no se fía—, pero ese dinero ni siquiera bastaría para pagar los intereses. (Se cubre el rostro con las manos.) Hoy se decide mi destino, mi destino…
TROFÍMOV (pinchando a Varia).— ¡Madame Lopajina!
VARIA (enfadada).— ¡Eterno estudiante! Ya te han expulsado dos veces de la universidad.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Por qué te enfadas, Varia? Te toma el pelo con lo de Lopajin, ¿y qué? Si quieres, cásate con Lopajin, es un hombre bueno, interesante. Si no quieres, no te cases; a ti, hija, nadie te obliga…
VARIA.— Yo me tomo este asunto en serio, mamá, hay que hablar claro. Es un hombre bueno, me gusta.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Pues cásate. A qué esperar, no lo entiendo.
VARIA.— Mamá, no voy a ser yo quien le haga la proposición. Ya hace dos años que todos me hablan de él, todos hablan, y él o calla o bromea. Lo entiendo. Está haciéndose rico, ocupado con sus asuntos, no tiene tiempo para mí. Si tuviera dinero, aunque fuera poco, aunque fueran cien rublos, lo dejaría todo, me iría lejos. Me iría a un convento.
TROFÍMOV.— ¡Sublime!
VARIA (A Trofímov).— ¡Un estudiante debería ser inteligente! (En tono tierno, con lágrimas.) Qué feo te has vuelto, Petia, cómo has envejecido. (A Liubov Andréyevna, ya sin llorar.) Lo que pasa es que no puedo estar sin hacer nada, mamá. Necesito estar haciendo algo a cada momento.
(Entra Yasha.)
YASHA (apenas conteniendo la risa).— ¡Epijódov ha roto un taco de billar!… (Sale.)
VARIA.— ¿Y qué hace aquí Epijódov? ¿Quién le ha dado permiso para jugar al billar? No entiendo a esta gente… (Sale.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— No la provoques, Petia, ya ves que bastante pena tiene.
TROFÍMOV.— Es que es demasiado diligente, se mete donde no la llaman. Todo el verano no nos ha dejado en paz ni a mí ni a Ania, tenía miedo de que surgiera un romance entre nosotros. ¿Y a ella qué le importa? Además, yo no he dado pie a nada, estoy muy lejos de la vulgaridad. ¡Estamos por encima del amor!
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Pues yo, al parecer, estoy por debajo del amor. (Con gran inquietud.) ¿Por qué no llega Leonid? Con tal de saber: ¿se ha vendido la finca o no? La desgracia me parece tan increíble que ya no sé ni qué pensar, estoy perdida… Puedo ponerme a gritar ahora mismo… puedo hacer una tontería. Sálvame, Petia. Di algo, di…
TROFÍMOV.— ¿Que si se ha vendido hoy la finca o no se ha vendido, qué más da? Con ella se acabó hace tiempo, no hay vuelta atrás, el camino se ha cerrado. Tranquilízate, querida. No hay que engañarse, hay que mirar de frente a la verdad al menos una vez en la vida.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Qué verdad? Tú ves dónde está la verdad y dónde la mentira, pero yo es como si hubiera perdido la vista, no veo nada. Tú resuelves con audacia todas las cuestiones importantes, pero dime, querido, ¿no será porque eres joven, porque no has tenido tiempo de sufrir ni una sola de tus cuestiones? Tú miras hacia delante con audacia, ¿y no será porque no ves ni esperas nada terrible, porque la vida aún está oculta a tus ojos jóvenes? Eres más audaz, más honrado, más profundo que nosotros, pero reflexiona, sé generoso aunque sea un poquito, ten piedad de mí. Es que yo nací aquí, aquí vivieron mi padre y mi madre, mi abuelo, yo quiero esta casa, sin el jardín de los cerezos no entiendo mi vida, y si es preciso vender, pues véndeme a mí junto con el jardín… (Abraza a Trofímov, le besa la frente.) Es que mi hijo se ahogó aquí… (Llora.) Ten piedad de mí, hombre bueno, bueno.
TROFÍMOV.— Sabes que te compadezco con toda el alma.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Pero hay que decirlo de otro modo, de otro modo… (Saca un pañuelo, cae un telegrama al suelo.) Hoy tengo el alma pesada, no puedes imaginarte cuánto. Aquí hay ruido, mi alma se estremece con cada sonido, tiemblo entera, pero irme a mi cuarto no puedo, sola en el silencio me da miedo. No me juzgues, Petia… Te quiero como a un hijo. De buena gana te daría a Ania, te lo juro, sólo que, querido, tienes que estudiar, tienes que acabar la carrera. No haces nada, sólo el destino te arroja de un sitio a otro, qué cosa más rara… ¿No es verdad? ¿Sí? Y hay que hacer algo con la barba, que crezca de algún modo… (Ríe.) ¡Qué gracioso eres!
TROFÍMOV (recoge el telegrama).— No pretendo ser un galán.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Es un telegrama de París. Los recibo cada día. Ayer también, y hoy. Ese hombre salvaje otra vez se ha puesto enfermo, otra vez le pasa algo malo… Pide perdón, me suplica que vaya, y de verdad debería ir a París, estar a su lado. Pones cara severa, Petia, pero qué voy a hacer, querido mío, qué voy a hacer, está enfermo, está solo, desgraciado, ¿y quién va a cuidar de él allí, quién lo apartará de los errores, quién le dará la medicina a tiempo? ¿Y para qué ocultarlo o callarlo, lo quiero, eso está claro. Lo quiero, lo quiero… Es una piedra al cuello, me voy con ella al fondo, pero quiero esa piedra y no puedo vivir sin ella. (Aprieta la mano a Trofímov.) No pienses mal, Petia, no me digas nada, no digas…
TROFÍMOV (entre lágrimas).— Perdona la franqueza, por el amor de Dios: ¡pero es que te ha dejado sin nada!
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— No, no, no, no hay que decir eso… (Se tapa los oídos.)
TROFÍMOV.— ¡Pero si es un canalla, sólo tú no lo sabes! Es un canalla mezquino, una nulidad…
LIUBOV ANDRÉYEVNA (enfadada, pero contenida).— ¡Tienes veintiséis o veintisiete años y todavía eres un colegial de segundo curso!
TROFÍMOV.— ¡Que sea!
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Hay que ser un hombre, a tu edad hay que entender a los que aman. Y hay que amar uno mismo… hay que enamorarse. (Con enfado.) ¡Sí, sí! Y tú no tienes pureza, eres simplemente un mojigato, un bicho raro ridículo, un fenómeno…
TROFÍMOV (en un terror).— ¿Qué dice?
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— «¡Estoy por encima del amor!» Tú no estás por encima del amor, sino que simplemente, como dice nuestro Firs, eres un zoquete. ¡A tu edad no tener una amante!...
TROFÍMOV (en un terror).— ¡Es terrible! ¿Qué dice?... (Sale rápidamente hacia el salón, cogiéndose la cabeza.) Es terrible... No puedo, me voy... (Sale, pero inmediatamente vuelve.) ¡Entre nosotros todo ha terminado! (Sale hacia el recibidor.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA (grita tras él).— ¡Petia, espera! ¡Qué hombre tan raro, era una broma! ¡Petia!
(Se oye cómo en el recibidor alguien baja corriendo por la escalera y de pronto cae estrepitosamente. Ánia y Varia gritan, pero enseguida se oyen risas.)
¿Qué ha pasado?
(Entra Ánia corriendo.)
ÁNIA (riéndose).— ¡Petia se ha caído por la escalera! (Sale corriendo.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Qué chiflado es este Petia...
(El jefe de estación se detiene en medio del salón y recita «La pecadora» de A. Tolstói. Le escuchan, pero apenas ha recitado unos versos cuando desde el recibidor llega el sonido de un vals y la recitación se interrumpe. Todos bailan. Pasan desde el recibidor Trofímov, Ánia, Varia y Liubov Andréyevna.)
Vamos, Petia... vamos, alma pura... te pido perdón... Vamos a bailar... (Baila con Petia.)
(Ánia y Varia bailan.)
(Entra Firs, deja su bastón junto a la puerta lateral. Yasha también ha entrado desde la sala, mira el baile.)
YASHA.— ¿Qué, abuelito?
FIRS.— No me encuentro bien. Antes en nuestros bailes bailaban generales, barones, almirantes, y ahora mandamos a buscar al funcionario de correos y al jefe de estación, y ni así vienen de buen grado. Me he debilitado mucho. El amo difunto, el abuelo, a todos curaba con lacre, de todas las enfermedades. Yo tomo lacre cada día desde hace ya veinte años, o más; puede que por eso esté vivo.
YASHA.— Ya me tienes harto, abuelo. (Bosteza.) A ver si te mueres de una vez.
FIRS.— Eh, tú... zoquete. (Farfulla.)
(Trofímov y Liubov Andréyevna bailan en el salón, luego en la sala.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Merci! Me sentaré un poco... (Se sienta.) Estoy cansada.
(Entra Ánia.)
ÁNIA (agitada).— Ahora mismo en la cocina un hombre decía que el jardín de los cerezos ya se ha vendido hoy.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Vendido a quién?
ÁNIA.— No ha dicho a quién. Se ha ido. (Baila con Trofímov, ambos salen hacia el salón.)
YASHA.— Era un viejo que estaba ahí diciendo tonterías. Un desconocido.
FIRS.— Y Leonid Andréyevich todavía no ha llegado, no ha venido. Lleva un abrigo ligero, de entretiempo, a ver si se constipa. Ay, joven e inexperto, claro está.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Me voy a morir ahora mismo. Ve, Yasha, averigua a quién se ha vendido.
YASHA.— Ya se fue hace rato, el viejo ese. (Ríe.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA (con ligero enojo).— Bueno, ¿de qué te ríes? ¿De qué te alegras?
YASHA.— Es que Epijódov es muy gracioso. Un hombre vacío. Veintidós desgracias.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Firs, si venden la finca, ¿adónde irás?
FIRS.— Donde usted ordene, allí iré, claro está.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Por qué tienes esa cara? ¿No estás bien? Deberías irte a dormir, sabes...
FIRS.— Sí... (Con una sonrisita.) Me voy a dormir, pero sin mí aquí quién va a servir, quién va a ocuparse de todo. Uno solo para toda la casa, claro está.
YASHA (A Liubov Andréyevna).— ¡Liubov Andréyevna! Permítame dirigirme a usted con una súplica, ¡sea tan amable! Si vuelve a irse a París, lléveme con usted, hágame ese favor. Quedarme aquí me es absolutamente imposible. (Mirando alrededor, a media voz.) Qué le voy a decir, usted misma lo ve, un país sin cultura, un pueblo sin moral, además el aburrimiento, en la cocina dan de comer de forma repugnante, y encima este Firs que anda por ahí farfullando palabras fuera de lugar. Lléveme con usted, ¡sea tan amable!
(Entra Píschik.)
PÍSCHIK.— Permítame pedirle... un valsecito, hermosísima... (Liubov Andréyevna va con él.) Encantadora, de todas formas ciento ochenta rublitos le tomaré prestados... Sí, tomaré... (Baila.) Ciento ochenta rublitos...
(Han pasado al salón.)
YASHA (canturrea en voz baja).— «¿Comprenderás el arrebato de mi alma?...»
(En el salón una figura con chistera gris y pantalones a cuadros agita los brazos y salta; gritos: «¡Bravo, Charlotta Ivánovna!»)
DUNIASHA (se ha detenido para empolvarse).— La señorita me manda bailar, —hay muchos caballeros y pocas damas—, pero a mí del baile me da vueltas la cabeza, me late el corazón, Firs Nikoláyevich, y ahora mismo el funcionario de correos me ha dicho una cosa que se me ha cortado la respiración.
(La música se apaga.)
FIRS.— ¿Qué te ha dicho?
DUNIASHA.— Usted, dice, es como una flor.
YASHA (bostezando).— Ignorancia… (Sale.)
DUNIASHA.— Como una flor… Soy una chica tan delicada, me encantan las palabras tiernas.
FIRS.— Te vas a perder.
(Entra Epijódov.)
EPIJÓDOV.— Usted, Avdotia Fiódorovna, no quiere verme… como si yo fuera un insecto. (Suspira.) ¡Ay, la vida!
DUNIASHA.— ¿Qué desea usted?
EPIJÓDOV.— Sin duda, puede, quizá usted tenga razón. (Suspira.) Pero, claro, si se mira desde el punto de vista, entonces usted, permítame expresarlo así, perdone la franqueza, me ha llevado completamente a un estado de ánimo. Conozco mi fortuna, cada día me sucede alguna desgracia, y a esto ya hace mucho que me he acostumbrado, así que miro con sonrisa mi destino. Usted me dio su palabra, y aunque yo…
DUNIASHA.— Se lo pido, después hablaremos, ahora déjeme en paz. Ahora estoy soñando. (Juguetea con el abanico.)
EPIJÓDOV.— Tengo una desgracia cada día, y yo, permítame expresarlo así, solamente sonrío, hasta me río.
(Entra del salón Varia.)
VARIA.— Todavía no te has ido, Semión. Qué hombre más irrespetuoso eres, de verdad. (A Duniasha.) Vete de aquí, Duniasha. (A Epijódov.) Ora jugando al billar y rompiendo el taco, ora paseándote por la sala como si fueras un invitado.
EPIJÓDOV.— Exigirme, permítame expresarle, usted no puede.
VARIA.— No te exijo, sino que te hablo. Solo sabes ir de un sitio a otro, pero no te ocupas del trabajo. Tenemos un contable, y no se sabe para qué.
EPIJÓDOV (ofendido).— Si trabajo o camino, si como o juego al billar, de eso solo pueden juzgar personas competentes y mayores.
VARIA.— ¡¿Te atreves a decirme esto?! (Encendiéndose.) ¡¿Te atreves?! ¿O sea que yo no entiendo nada? ¡Lárgate de aquí! ¡Ahora mismo!
EPIJÓDOV (asustado).— Le ruego que se exprese de modo delicado.
VARIA (fuera de sí).— ¡Ahora mismo fuera de aquí! ¡Fuera!
(Él se dirige a la puerta, ella tras él.)
¡Veintidós desgracias! ¡Que no haya ni rastro tuyo aquí! ¡Que mis ojos no te vean!
(Epijódov ha salido, tras la puerta se oye su voz: «Me voy a quejar de usted».)
¿Ah, vuelves? (Agarra el bastón dejado junto a la puerta por Firs.) Anda… Anda… Anda, ya te voy a enseñar yo… ¿Ah, vienes? ¿Vienes? Pues toma… (Se dispone a golpear.)
(En ese momento entra Lopajin.)
LOPAJIN.— Muy agradecido.
VARIA (enfadada y burlona).— ¡Disculpe!
LOPAJIN.— No es nada. Muy agradecido por el grato obsequio.
VARIA.— No hay de qué. (Se aleja, luego se vuelve y pregunta con dulzura.) ¿No le he hecho daño?
LOPAJIN.— No, nada. Un chichón, eso sí, va a salir enorme.
(Voces en el salón: «¡Ha llegado Lopajin! ¡Yermolái Alekséyevich!»)
PÍSCHIK.— Ver se ve, oír se oye… (Se besa con Lopajin.) A coñac hueles, querido mío, alma mía. Y nosotros aquí también nos divertimos.
(Entra Liubov Andréyevna.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Es usted, Yermolái Alekséyevich? ¿Por qué tanto tiempo? ¿Dónde está Leonid?
LOPAJIN.— Leonid Andréyevich vino conmigo, está entrando…
LIUBOV ANDRÉYEVNA (agitada).— Bueno, ¿qué? ¿Hubo subasta? ¡Hable de una vez!
LOPAJIN (confuso, temiendo mostrar su alegría).— La subasta terminó a las cuatro… Perdimos el tren, tuvimos que esperar hasta las nueve y media. (Suspirando pesadamente.) ¡Uf! Se me marea un poco la cabeza…
(Entra Gáyev; en la mano derecha lleva compras, con la izquierda se enjuga las lágrimas.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Lionia, qué? ¿Lionia, y bien? (Impaciente, con lágrimas.) Pronto, por Dios…
GÁYEV (sin contestarle nada, solo agita la mano; a Firs, llorando).— Toma, toma… Aquí hay anchoas, arenques de Kerch… Hoy no he comido nada… ¡Cuánto he sufrido!
(La puerta del billar está abierta; se oye el choque de las bolas y la voz de Yasha: «¡Siete y dieciocho!» La expresión de Gáyev cambia, ya no llora.)
Estoy terriblemente cansado. Firs, dame de cambiarme. (Sale hacia sus habitaciones a través del salón, tras él Firs.)
PÍSCHIK.— ¿Qué pasó en la subasta? ¡Cuéntanos!
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Vendido el jardín de los cerezos?
LOPAJIN.— Vendido.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Quién lo ha comprado?
LOPAJIN.— Yo lo he comprado.
(Pausa.)
(Liubov Andréyevna está abatida; caería si no estuviera junto al sillón y la mesa. Varia se quita las llaves del cinturón, las arroja al suelo, en medio del salón, y se va.)
¡Yo lo he comprado! Esperen, señores, hagan el favor, se me ha nublado la cabeza, no puedo hablar… (Ríe.) Llegamos a la subasta, allí ya estaba Derigánov. Leonid Andréyevich sólo tenía quince mil, y Derigánov de entrada sobre la deuda ofrece treinta. Veo que la cosa está así, me las agarro con él, ofrezco cuarenta. Él cuarenta y cinco. Yo cincuenta y cinco. Él, o sea, va subiendo de cinco en cinco, yo de diez en diez… Bueno, se acabó. Sobre la deuda ofrecí noventa, quedó para mí. ¡El jardín de los cerezos ahora es mío! ¡Mío! (Ríe a carcajadas.) ¡Dios mío, Señor, el jardín de los cerezos es mío! Díganme que estoy borracho, que no estoy en mis cabales, que todo esto se me figura… (Patea el suelo.) ¡No se rían de mí! Si mi padre y mi abuelo se levantaran de la tumba y vieran todo lo ocurrido, cómo su Yermolái, el apaleado, el poco instruido Yermolái, que en invierno corría descalzo, cómo ese mismo Yermolái ha comprado la finca más hermosa que hay en el mundo. He comprado la finca donde el abuelo y el padre fueron esclavos, donde no los dejaban entrar ni a la cocina. Duermo, esto sólo se me aparece, sólo lo parece… Es fruto de vuestra imaginación, cubierto por las tinieblas de lo desconocido… (Recoge las llaves, sonriendo afectuosamente.) Ha tirado las llaves, quiere mostrar que ya no es la dueña aquí… (Hace sonar las llaves.) Bueno, da lo mismo.
(Se oye afinar la orquesta.)
¡Ea, músicos, tocad, deseo oíros! ¡Venid todos a ver cómo Yermolái Lopajin le meterá el hacha al jardín de los cerezos, cómo caerán al suelo los árboles! Construiremos dachas, y nuestros nietos y bisnietos verán aquí una vida nueva… ¡Música, toca!
(Suena la música, Liubov Andréyevna se ha dejado caer en una silla y llora amargamente.)
(Con reproche.) ¿Por qué, por qué no me escuchó usted? Pobre mía, buena, ya no hay vuelta atrás. (Con lágrimas.) Ay, ojalá todo esto pase pronto, ojalá cambie de algún modo nuestra vida desencajada, desdichada.
PÍSCHIK (lo toma del brazo, en voz baja).— Está llorando. Vayamos al salón, dejémosla sola… Vayamos… (Lo toma del brazo y lo conduce al salón.)
LOPAJIN.— ¿Qué pasa? Música, ¡tocad con claridad! ¡Que sea todo como yo deseo! (Con ironía.) ¡Llega el nuevo propietario, el dueño del jardín de los cerezos! (Ha empujado sin querer la mesita, casi vuelca los candelabros.) ¡Puedo pagarlo todo! (Se va con Píschik.)
(En el salón y en la sala no hay nadie salvo Liubov Andréyevna, que está sentada, toda encogida, llorando amargamente. Suena quedamente la música. Entran rápidamente Ánia y Trofímov. Ánia se acerca a su madre y se arrodilla ante ella. Trofímov se queda junto a la entrada del salón.)
ÁNIA.— Mamá… Mamá, ¿lloras? Mamá mía querida, buena, buena, hermosa, yo te quiero… te bendigo. El jardín de los cerezos está vendido, ya no existe, es verdad, verdad, pero no llores, mamá, te queda la vida por delante, te queda tu alma buena, pura… Ven conmigo, ven, querida, salgamos de aquí, ven… Plantaremos un jardín nuevo, más suntuoso que éste, lo verás, lo comprenderás, y la alegría, una alegría tranquila, profunda, descenderá sobre tu alma como el sol a la hora del atardecer, y sonreirás, mamá. ¡Ven, querida! ¡Ven!…
(Telón)
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