Acto segundo
(Campo. Una vieja capilla abandonada, torcida desde hace tiempo; junto a ella un pozo, grandes piedras que en otro tiempo fueron, al parecer, lápidas sepulcrales, y un viejo banco. Se ve el camino a la finca de Gáyev. A un lado, alzándose, oscurecen los álamos: allí empieza el jardín de los cerezos. A lo lejos una hilera de postes de telégrafo, y muy lejos en el horizonte se perfila vagamente una gran ciudad, que solo puede verse con tiempo muy bueno y claro. Pronto se pondrá el sol. Charlotta, Yasha y Duniasha están sentados en el banco; Epijódov está de pie cerca y toca la guitarra; todos están sentados pensativos. Charlotta lleva una vieja gorra; se ha quitado la escopeta del hombro y arregla la hebilla de la correa.)
CHARLOTTA (pensativa).— No tengo pasaporte de verdad, no sé cuántos años tengo, y siempre me parece que soy jovencita. Cuando yo era una niña pequeña, mi padre y mi mamá iban por las ferias y daban representaciones, muy buenas. Y yo saltaba salto mortale y varias cositas. Y cuando papá y mamá murieron, me acogió una señora alemana y empezó a enseñarme. Bien. Crecí, después me hice institutriz. Y de dónde soy y quién soy, no lo sé... Quiénes son mis padres, puede que no estuvieran casados... no lo sé. (Saca un pepino del bolsillo y lo come.) No sé nada.
(Pausa.)
Tantas ganas de hablar, y no hay con quién... No tengo a nadie.
EPIJÓDOV (toca la guitarra y canta).— «Qué me importa el mundo ruidoso, qué me importan amigos y enemigos...» ¡Qué agradable es tocar la mandolina!
DUNIASHA.— Eso es una guitarra, no una mandolina. (Se mira en un espejito y se empolva.)
EPIJÓDOV.— Para un loco que está enamorado, es una mandolina... (Canturrea.) «Con tal de que el corazón se calentara con el ardor del amor mutuo...»
(Yasha acompaña.)
CHARLOTTA.— Horriblemente cantan estas personas... ¡fui! Como chacales.
DUNIASHA (A Yasha).— De todas formas, qué felicidad haber estado en el extranjero.
YASHA.— Sí, desde luego. No puedo sino estar de acuerdo con usted. (Bosteza, luego enciende un cigarro.)
EPIJÓDOV.— Naturalmente. En el extranjero todo está desde hace tiempo en plena complección.
YASHA.— Eso mismo.
EPIJÓDOV.— Yo soy un hombre desarrollado, leo diversos libros notables, pero de ninguna manera puedo entender la dirección, qué es lo que yo quiero propiamente, vivir o pegarme un tiro, propiamente hablando, pero de todas maneras llevo siempre conmigo un revólver. Aquí está... (Muestra el revólver.)
CHARLOTTA.— He terminado. Ahora me voy. (Se cuelga la escopeta.) Tú, Epijódov, eres un hombre muy inteligente y muy terrible; debes de gustar muchísimo a las mujeres. ¡Brrr! (Se va.) Estos listos son todos tan tontos, no tengo con quién hablar... Siempre sola, sola, no tengo a nadie y... y quién soy, para qué soy, se desconoce... (Sale sin prisa.)
EPIJÓDOV.— Propiamente hablando, sin tocar otros temas, debo expresarme sobre mí mismo, entre otras cosas, que el destino se comporta conmigo sin compasión, como una tormenta con un barquito. Si, supongamos, me equivoco, entonces ¿por qué esta mañana me despierto, por ejemplo, miro, y tengo en el pecho una araña de tamaño espantoso...? Así de grande. (Muestra con ambas manos.) Y también coges kvas para beber y allí, miras, hay algo en sumo grado indecente, como una cucaracha.
(Pausa.)
¿Ha leído usted a Buckle?
(Pausa.)
Deseo molestarla, Avdotia Fiódorovna, un par de palabras.
DUNIASHA.— Hable.
EPIJÓDOV.— Yo desearía con usted a solas... (Suspira.)
DUNIASHA (turbada).— Bien... pero antes tráigame mi talmita... Está junto al armario... aquí está un poco húmedo...
EPIJÓDOV.— Bien, señora... la traeré, señora... Ahora ya sé qué hacer con mi revólver... (Coge la guitarra y se va rasgueando.)
YASHA.— ¡Veintidós desgracias! Hombre estúpido, entre nosotros hablando. (Bosteza.)
DUNIASHA.— No quiera Dios que se pegue un tiro.
(Pausa.)
Me he vuelto nerviosa, me preocupo por todo. Me llevaron a casa de los señores cuando aún era una niña, ahora me he desacostumbrado de la vida sencilla, y ahora tengo las manos blancas-blancas, como una señorita. Me he vuelto delicada, tan fina, distinguida, todo me da miedo... Tanto miedo. Y si usted, Yasha, me engaña, no sé qué será de mis nervios.
YASHA (la besa).— ¡Pepinito! Claro, toda muchacha debe acordarse de sí misma, y yo lo que más detesto es que una muchacha sea de mala conducta.
DUNIASHA.— Me he enamorado apasionadamente de usted, usted es instruido, puede razonar sobre todo.
(Pausa.)
YASHA (bosteza).— Sí, señora... A mi modo de ver, es así: si una muchacha ama a alguien, entonces, quiere decir, es inmoral.
(Pausa.)
Es agradable fumar un cigarro al aire libre... (Escucha.) Por aquí vienen... Son los señores...
(Duniasha lo abraza impetuosamente.)
Vaya a casa, como si hubiera ido al río a bañarse, vaya por este caminito, que si no se encontrarán con nosotros y pensarán de mí que he estado con usted en una cita. Eso no lo puedo tolerar.
DUNIASHA (tose bajito).— Me duele la cabeza del cigarro... (Sale.)
(Yasha se queda sentado junto a la capilla. Entran Liubov Andréyevna, Gáyev y Lopajin.)
LOPAJIN.— Hay que decidir definitivamente; el tiempo no espera. La cuestión es del todo simple. ¿Está de acuerdo en ceder la tierra para dachas o no? Conteste una palabra: ¿sí o no? ¡Solo una palabra!
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Quién está fumando aquí esos cigarros repugnantes...? (Se sienta.)
GÁYEV.— Ahora que han construido el ferrocarril, se ha vuelto cómodo. (Se sienta.) Fuimos a la ciudad y almorzamos... ¡amarilla al centro! A mí me gustaría primero ir a casa, jugar una partida...
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Llegarás a tiempo.
LOPAJIN.— ¡Solo una palabra! (Suplicante.) ¡Deme una respuesta!
GÁYEV (bostezando).— ¿A quién?
LIUBOV ANDRÉYEVNA (mira su monedero).— Ayer tenía mucho dinero y hoy muy poco. Mi pobre Varia, por economía, alimenta a todos con sopa de leche, en la cocina a los viejos les dan solo guisantes, y yo gasto de un modo tan absurdo… (Deja caer el monedero, se desparraman las monedas de oro.) Ay, se cayeron… (Contrariada.)
YASHA.— Permita, ahora mismo las recojo. (Recoge las monedas.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Haga el favor, Yasha. ¿Y para qué fui a desayunar?… Ese restaurante suyo tan horroroso con música, los manteles huelen a jabón… ¿Para qué beber tanto, Lenia? ¿Para qué comer tanto? ¿Para qué hablar tanto? Hoy en el restaurante has hablado otra vez mucho y todo fuera de lugar. De los años setenta, de los decadentes. ¿Y a quién? ¡Hablarles de decadentes a los camareros!
LOPAJIN.— Sí.
GÁYEV (hace un gesto con la mano).— Soy incorregible, es evidente… (Irritado, a Yasha.) ¿Qué pasa, siempre andas dando vueltas delante de mis ojos…?
YASHA (ríe).— No puedo oír su voz sin reírme.
GÁYEV (a su hermana).— O yo, o él…
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Retírese, Yasha, váyase…
YASHA (devuelve el monedero a Liubov Andréyevna).— Ahora mismo me voy. (Apenas contiene la risa.) Al momento… (Sale.)
LOPAJIN.— Su finca va a comprarla el ricachón Deriganóv. Al remate, dicen, vendrá él mismo en persona.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Y usted de dónde lo ha oído?
LOPAJIN.— En la ciudad lo dicen.
GÁYEV.— La tía de Yaroslavl ha prometido mandar dinero, pero cuándo y cuánto mandará, no se sabe…
LOPAJIN.— ¿Cuánto mandará? ¿Cien mil? ¿Doscientos?
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Bueno… Diez o quince mil, y demos gracias por eso.
LOPAJIN.— Perdonen, pero gente tan ligera de cascos como ustedes, señores, tan poco práctica, tan extraña, no he conocido todavía. Se les dice en lengua rusa que su finca se vende, y ustedes como si no lo entendieran.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Qué hemos de hacer, entonces? Enséñenos, ¿qué?
LOPAJIN.— Les enseño todos los días. Todos los días digo una y otra vez lo mismo. Tanto el jardín de los cerezos como la tierra hay que arrendarlos para casas de campo, hacerlo ahora mismo, cuanto antes —¡el remate está encima! ¡Entiendan! En cuanto decidan definitivamente que habrá casas de campo, les darán dinero cuanto quieran, y entonces se salvan.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Casas de campo y veraneantes… eso es tan vulgar, perdone.
GÁYEV.— Estoy completamente de acuerdo contigo.
LOPAJIN.— Voy a echarme a llorar, o a gritar, o me voy a desmayar. ¡No puedo más! ¡Me han martirizado! (A Gáyev.) ¡Es usted una vieja!
GÁYEV.— ¿A quién?
LOPAJIN.— ¡Una vieja! (Quiere irse.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA (asustada).— No, no se vaya, quédese, queridito. Se lo ruego. Quizá se nos ocurra algo.
LOPAJIN.— ¿Qué hay que pensar aquí?
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— No se vaya, se lo ruego. Con usted, al menos, es más alegre…
(Pausa.)
Estoy siempre esperando algo, como si la casa fuera a derrumbarse sobre nosotros.
GÁYEV (absorto en sus pensamientos).— Doblete al rincón… Cruazé al centro…
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Hemos pecado demasiado…
LOPAJIN.— ¿Qué pecados pueden tener ustedes…?
GÁYEV (se mete un caramelo en la boca).— Dicen que me he comido toda mi fortuna en caramelos… (Ríe.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Oh, mis pecados… Siempre he derrochado el dinero sin freno, como una loca, y me casé con un hombre que no hacía más que deudas. Mi marido murió del champán —bebía terriblemente—, y por desgracia me enamoré de otro, nos juntamos, y justo entonces —fue el primer castigo, un golpe en plena cabeza— aquí, en el río… se ahogó mi niño, y me fui al extranjero, me fui del todo, para no volver nunca, para no ver ese río… Cerré los ojos, huí, fuera de mí, y él detrás de mí… sin piedad, brutalmente. Compré una casa de campo cerca de Mentón, porque enfermó allí, y durante tres años no conocí el descanso ni de día ni de noche; el enfermo me agotó, se me secó el alma. Y el año pasado, cuando vendieron la casa de campo por las deudas, me fui a París, y allí me despojó de todo, me abandonó, se fue con otra, yo intenté envenenarme… Tan estúpido, tan vergonzoso… Y de pronto sentí el deseo de volver a Rusia, a mi patria, con mi niña… (Se seca las lágrimas.) ¡Señor, Señor, sé misericordioso, perdona mis pecados! ¡No me castigues más! (Saca un telegrama del bolsillo.) He recibido esto hoy de París… Pide perdón, me suplica que vuelva… (Rompe el telegrama.) Es como si en alguna parte hubiera música. (Escucha.)
GÁYEV.— Es nuestra famosa orquesta judía. ¿Te acuerdas?, cuatro violines, flauta y contrabajo.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Todavía existe? Habría que hacerlos venir alguna vez, organizar una velada.
LOPAJIN (presta atención).— No se oye nada… (Tararea en voz baja.) «Y por dinero los alemanes afrancessan al ruso». (Ríe.) Qué obra vi ayer en el teatro, muy divertida.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Y seguramente no tiene nada de divertido. No deberían ustedes ver obras, sino mirarse a sí mismos más a menudo. Cómo viven todos tan gris, cuánto hablan de lo que no hace falta.
LOPAJIN.— Es verdad. Hay que hablar claro, nuestra vida es de idiotas…
(Pausa.)
Mi padre era un mujik, un idiota, no entendía nada, no me enseñaba, sólo me pegaba borracho, y siempre con el palo. En el fondo, yo soy el mismo zoquete e idiota. No he aprendido nada, tengo una letra malísima, escribo de un modo que me da vergüenza delante de la gente, como un cerdo.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Tiene usted que casarse, amigo mío.
LOPAJIN.— Sí… Es verdad.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Con nuestra Varia. Es una buena chica.
LOPAJIN.— Sí.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Es de familia sencilla, trabaja todo el día, y lo principal, le quiere a usted. Y a usted hace tiempo que le gusta.
LOPAJIN.— ¿Y qué? No me opongo… Es una buena chica.
(Pausa.)
GÁYEV.— Me ofrecen un puesto en el banco. Seis mil al año… ¿Te has enterado?
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¡Dónde vas tú! Quédate quieto…
(Entra Firs; trae el abrigo.)
FIRS (A Gáyev.).— Hágame el favor, señorito, de ponérselo, que hay humedad.
GÁYEV (se pone el abrigo).— Qué pesado eres, hermano.
FIRS.— No hay de qué… Esta mañana se marcharon sin avisar. (Lo mira de arriba abajo.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¡Cómo has envejecido, Firs!
FIRS.— ¿Qué manda la señora?
LOPAJIN.— ¡Dice que has envejecido mucho!
FIRS.— Llevo viviendo mucho tiempo. Me iban a casar cuando su padre todavía no había nacido… (Ríe.) Y cuando llegó la libertad, yo ya era ayuda de cámara mayor. Entonces no acepté la libertad, me quedé con los señores…
(Pausa.)
Y recuerdo, todos contentos, pero de qué contentos, ni ellos mismos lo sabían.
LOPAJIN.— Antes se estaba muy bien. Por lo menos, azotaban.
FIRS (sin oír bien).— Ya lo creo, claro está. Los mujiks con los señores, los señores con los mujiks, y ahora todo desparramado, no se entiende nada.
GÁYEV.— Cállate, Firs. Mañana tengo que ir a la ciudad. Me han prometido presentarme a un general que puede prestar con pagaré.
LOPAJIN.— No les va a salir nada. Y los intereses no los pagarán, estén tranquilos.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Está delirando. No hay tales generales.
(Entran Trofímov, Ánia y Varia.)
GÁYEV.— Y aquí vienen los nuestros.
ÁNIA.— Mamá está sentada.
LIUBOV ANDRÉYEVNA (con ternura).— Venid, venid… Hijos míos… (Abrazando a Ánia y a Varia.) Si supierais las dos cuánto os quiero. Sentaos aquí al lado, así.
(Todos se sientan.)
LOPAJIN.— Nuestro eterno estudiante siempre va con las señoritas.
TROFÍMOV.— No es asunto suyo.
LOPAJIN.— Pronto va a cumplir cincuenta años, y sigue siendo estudiante.
TROFÍMOV.— Déjese de bromas idiotas.
LOPAJIN.— ¿Por qué te enfadas, chiflado?
TROFÍMOV.— Y tú no te metas.
LOPAJIN (ríe).— Permítame que le pregunte, ¿qué opinión tiene usted de mí?
TROFÍMOV.— Yo, Yermolái Alekséyevich, lo entiendo así: usted es un hombre rico, pronto será millonario. Pues del mismo modo que en el ciclo de la materia hace falta una fiera depredadora que devore todo lo que se cruza en su camino, así también hace falta usted.
(Todos ríen.)
VARIA.— Petia, mejor cuéntanos de los planetas.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— No, sigamos con la conversación de ayer.
TROFÍMOV.— ¿Sobre qué?
GÁYEV.— Sobre el hombre orgulloso.
TROFÍMOV.— Ayer hablamos largo rato, pero no llegamos a nada. En el hombre orgulloso, en el sentido en que ustedes lo entienden, hay algo místico. Puede que tengan razón a su manera, pero si se razona con sencillez, sin rodeos, ¿qué orgullo ni qué sentido tiene, si el hombre está mal hecho fisiológicamente, si en su inmensa mayoría es tosco, poco inteligente, profundamente desgraciado? Hay que dejar de admirarse a uno mismo. Habría que trabajar, nada más.
GÁYEV.— De todos modos te morirás.
TROFÍMOV.— ¿Quién sabe? ¿Y qué significa morirse? Quizá el hombre tenga cien sentidos y con la muerte perezcan sólo los cinco que conocemos, y los otros noventa y cinco sigan vivos.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¡Qué inteligente eres, Petia!...
LOPAJIN (irónicamente).— ¡Prodigioso!
TROFÍMOV.— La humanidad avanza, perfeccionando sus fuerzas. Todo lo que ahora le resulta inalcanzable algún día será cercano, comprensible, sólo que hay que trabajar, hay que ayudar con todas las fuerzas a quienes buscan la verdad. En Rusia, por ahora, trabajan muy pocos. La inmensa mayoría de la inteligencia que yo conozco no busca nada, no hace nada y de momento no es capaz de trabajar. Se llaman a sí mismos inteligencia, pero tratan de «tú» a la servidumbre, con los mujiks se portan como con animales, estudian mal, no leen nada serio, no hacen absolutamente nada, de ciencias sólo hablan, de arte entienden poco. Todos son serios, todos tienen caras graves, todos hablan sólo de lo importante, filosofan, y entre tanto a la vista de todos los obreros comen horrores, duermen sin almohadas, de treinta a cuarenta en una habitación, por todas partes chinches, hedor, humedad, inmundicia moral… Y, evidentemente, todas las bellas conversaciones entre nosotros sirven sólo para engañarnos a nosotros mismos y a los demás. Indíqueme dónde están las guarderías de las que tanto y tan a menudo se habla, dónde las salas de lectura. De ellas sólo se escribe en las novelas, pero en la realidad no existen en absoluto. Sólo hay suciedad, vulgaridad, asiatismo… Temo y no me gustan las caras muy serias, temo las conversaciones serias. ¡Mejor callemos!
LOPAJIN.— ¿Sabe?, yo me levanto a las cinco de la mañana, trabajo de la mañana a la noche, bueno, tengo constantemente dinero, mío y ajeno, y veo qué clase de gente hay alrededor. Basta con empezar a hacer algo para comprender qué poca gente honrada y decente hay. A veces, cuando no puedo dormir, pienso: Señor, tú nos diste bosques inmensos, campos ilimitados, horizontes profundísimos, y viviendo aquí nosotros mismos deberíamos ser de verdad gigantes…
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— A usted le hacen falta gigantes… Sólo en los cuentos son buenos, pero así dan miedo.
(Al fondo de la escena pasa Epijódov tocando la guitarra.)
(Pensativa.) Epijódov viene…
ÁNIA (pensativa).— Epijódov viene…
GÁYEV.— El sol se ha puesto, señores.
TROFÍMOV.— Sí.
GÁYEV (en voz baja, como si declamara).— Oh naturaleza, maravillosa, tú resplandeces con fulgor eterno, hermosa e indiferente, tú, a quien llamamos madre, conjugas en ti el ser y la muerte, tú das vida y destruyes…
VARIA (suplicante).— ¡Tío!
ÁNIA.— ¡Tío, otra vez!
TROFÍMOV.— Mejor doblete al centro de amarilla.
GÁYEV.— Me callo, me callo.
(Todos están sentados, pensativos. Silencio. Sólo se oye cómo murmura bajito Firs. De pronto suena un ruido lejano, como venido del cielo, el sonido de una cuerda que se rompe, apagándose, triste.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Qué es eso?
LOPAJIN.— No sé. En algún sitio lejos, en las minas, se habrá soltado una cuba. Pero en algún sitio muy lejos.
GÁYEV.— O quizá algún pájaro… una garza o algo así.
TROFÍMOV.— O un búho…
LIUBOV ANDRÉYEVNA (se estremece).— Desagradable, no sé por qué.
(Pausa.)
FIRS.— Antes de la desgracia también pasó: chilló la lechuza y el samovar hervía sin parar, claro está.
GÁYEV.— ¿Antes de qué desgracia?
FIRS.— Antes de la libertad, claro está.
(Pausa.)
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Sabéis, amigos, vamos, ya anochece. (A Ánia.) Tienes lágrimas en los ojos… ¿Qué te pasa, niña? (La abraza.)
ÁNIA.— Es verdad, mamá. No pasa nada.
TROFÍMOV.— Viene alguien.
(Aparece el transeúnte con una gorra blanca gastada, en abrigo; está ligeramente borracho.)
EL TRANSEÚNTE.— Permítanme que les pregunte, ¿puedo pasar por aquí directamente a la estación?
GÁYEV.— Puede. Vaya por este camino.
EL TRANSEÚNTE.— Profundamente agradecido. (Tosiendo.) Qué tiempo más espléndido… (Declama.) Hermano mío, hermano que sufre… sal al Volga, cuyo gemido… (A Varia.) Mademoiselle, permita a un ruso hambriento treinta kopeks…
(Varia se asusta, grita.)
LOPAJIN (enfadado).— ¡Cualquier indecencia tiene su medida!
LIUBOV ANDRÉYEVNA (aturdida).— Tome… aquí tiene… (Busca en el monedero.) No tengo plata… Da igual, aquí tiene una moneda de oro…
EL TRANSEÚNTE.— ¡Profundamente agradecido! (Sale.)
(Risas.)
VARIA (asustada).— Me voy… me voy… Ay, mamita, en casa la gente no tiene qué comer, y tú le has dado una moneda de oro.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— ¿Qué se puede hacer conmigo, qué tonta soy! En casa te daré todo lo que tengo. Yermolái Alekséyevich, ¿me prestará usted otra vez?..
LOPAJIN.— A la orden.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Vamos, señores, ya es hora. Y aquí, Varia, te hemos casado del todo, felicidades.
VARIA (entre lágrimas).— Con eso, mamá, no se puede bromear.
LOPAJIN.— Ohmelia, vete al convento…
GÁYEV.— Me tiemblan las manos: hace tiempo que no juego al billar.
LOPAJIN.— Ohmelia, oh ninfa, acuérdate de mí en tus oraciones.
LIUBOV ANDRÉYEVNA.— Vamos, señores. Pronto es la cena.
VARIA.— Me ha asustado. El corazón me late que late.
LOPAJIN.— Les recuerdo, señores: el veintidós de agosto se venderá el jardín de los cerezos. ¡Piensen en eso!.. ¡Piensen!..
(Salen todos, excepto Trofímov y Ánia.)
ÁNIA (riendo).— Gracias al transeúnte, ha asustado a Varia, ahora estamos solos.
TROFÍMOV.— Varia tiene miedo de que de pronto nos enamoremos, y días enteros no se aparta de nosotros. Con su cabeza estrecha no puede comprender que estamos por encima del amor. Esquivar lo mezquino y lo ilusorio, que impide ser libre y feliz, ése es el fin y el sentido de nuestra vida. ¡Adelante! ¡Vamos irresistiblemente hacia la estrella luminosa que arde allá a lo lejos! ¡Adelante! ¡No te quedes atrás, amigos!
ÁNIA (batiendo palmas).— ¡Qué bien habla usted!
(Pausa.)
¡Hoy aquí es maravilloso!
TROFÍMOV.— Sí, un tiempo asombroso.
ÁNIA.— ¿Qué ha hecho usted conmigo, Petia, por qué ya no amo el jardín de los cerezos como antes? Lo quería tan tiernamente, me parecía que en la tierra no había lugar mejor que nuestro jardín.
TROFÍMOV.— Toda Rusia es nuestro jardín. La tierra es vasta y hermosa, hay en ella muchos lugares maravillosos.
(Pausa.)
Piense, Ánia: su abuelo, su bisabuelo y todos sus antepasados eran propietarios de siervos, dueños de almas vivas, y ¿acaso no la miran a usted desde cada cerezo del jardín, desde cada hoja, desde cada tronco, seres humanos?, ¿acaso no oye las voces?… Poseer almas vivas, eso los ha transformado a todos ustedes, los que vivieron antes y los que viven ahora, de modo que su madre, usted, su tío ya no se dan cuenta de que viven en deuda, a costa ajena, a costa de aquellas personas a las que no dejan pasar de la antesala… Nos hemos retrasado por lo menos doscientos años, no tenemos todavía absolutamente nada, no hay una relación definida con el pasado, sólo filosofamos, nos quejamos de la melancolía o bebemos vodka. Y es tan claro que para empezar a vivir en el presente hay que expiar primero nuestro pasado, acabar con él, y expiarlo sólo se puede con sufrimiento, sólo con un trabajo extraordinario, incesante. Comprenda esto, Ánia.
ÁNIA.— La casa en la que vivimos hace tiempo que dejó de ser nuestra casa, y me iré, le doy mi palabra.
TROFÍMOV.— Si tiene las llaves de la hacienda, tírelas al pozo y váyase. Sea libre como el viento.
ÁNIA (entusiasmada).— ¡Qué bien lo ha dicho!
TROFÍMOV.— Créame, Ánia, ¡créame! Aún no tengo treinta años, soy joven, todavía soy estudiante, ¡pero ya he pasado tanto! En cuanto llega el invierno tengo hambre, estoy enfermo, inquieto, pobre como un mendigo, y ¡adónde no me ha llevado el destino, dónde no he estado! Y sin embargo mi alma siempre, a cada minuto, de día y de noche, ha estado llena de presentimientos inexplicables. Presiento la felicidad, Ánia, ya la veo…
ÁNIA (pensativa).— Sale la luna.
(Se oye cómo Epijódov toca en la guitarra la misma canción triste. Sale la luna. En algún sitio cerca de los álamos Varia busca a Ánia y llama: «¡Ánia! ¿Dónde estás?»)
TROFÍMOV.— Sí, sale la luna.
(Pausa.)
Ahí está la felicidad, ahí viene, se acerca cada vez más y más, ya oigo sus pasos. Y si no la vemos, si no la reconocemos, ¿qué importa? ¡La verán otros!
(Voz de Varia: «¡Ánia! ¿Dónde estás?»)
Otra vez esa Varia. (Con enojo.) ¡Es indignante!
ÁNIA.— ¿Y qué? Vayamos al río. Allí se está bien.
TROFÍMOV.— Vayamos.
(Se van.)
(Voz de Varia: «¡Ánia! ¡Ánia!»)
(Telón)
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