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Parte 4El fantasma del funcionario despojado

El capote · Nikolái Gógol · 9 min de lectura

Pero ¿quién habría podido imaginar que todavía no era todo respecto a Akaki Akákievich, que estaba destinado a vivir ruidosamente algunos días después de su muerte, como si fuera en recompensa por su vida inadvertida para nadie? Pero así sucedió, y nuestra pobre historia adquiere inesperadamente un final fantástico. De pronto se difundieron por San Petersburgo rumores de que junto al puente Kalínkin y mucho más allá empezó a aparecer por las noches un muerto en forma de funcionario que buscaba un capote robado y que con el pretexto del capote robado arrancaba de todos los hombros, sin distinguir rango ni posición, toda clase de capotes: con pieles de gato, de castor, con guata, de mapache, de zorro, abrigos de oso, en fin, toda clase de pieles y cueros que los hombres hayan inventado para cubrir los propios. Uno de los funcionarios del departamento vio con sus propios ojos al muerto y reconoció inmediatamente en él a Akaki Akákievich; pero esto sin embargo le inspiró tal espanto que echó a correr con todas sus fuerzas y por eso no pudo examinarlo bien, y vio solo cómo aquel desde lejos le amenazó con el dedo. De todas partes llegaban sin cesar quejas de que las espaldas y los hombros, y no solo de los titulares, sino incluso de los propios consejeros de Estado, sufrían un enfriamiento total a causa del despojo nocturno de capotes. En la policía se dio la orden de atrapar al muerto, costara lo que costara, vivo o muerto, y castigarlo, como ejemplo para otros, del modo más severo, y en eso casi hasta lograron tener éxito. Concretamente un vigilante de no se qué distrito del callejón Kiriushkin casi llegó a agarrar al muerto por el cuello en el mismo lugar del delito, al intentar arrancar un capote de paño a un músico retirado que en su tiempo tocaba la flauta. Tras agarrarlo por el cuello, llamó con su grito a otros dos compañeros, a quienes encargó sujetarlo, mientras él se agachó solo un minuto para sacar de su bota una cajita de rapé para refrescar su nariz, que ya seis veces en su vida se le había congelado; pero el tabaco seguramente era de tal clase que no podía soportarlo ni siquiera un muerto. No bien el vigilante, tapándose con el dedo la fosa nasal derecha, aspiró por la izquierda medio puñado, el muerto estornudó con tanta fuerza que los salpicó a los tres en los ojos. Mientras ellos levantaban los puños para frotárselos, el muerto desapareció sin dejar rastro, de modo que ni siquiera sabían si verdaderamente había estado en sus manos. Desde entonces los vigilantes adquirieron tal miedo a los muertos que hasta temían agarrar a los vivos, y solo gritaban desde lejos: «¡eh, tú, sigue tu camino!», y el funcionario muerto empezó a aparecer incluso más allá del puente Kalínkin, sembrando no poco espanto en toda la gente miedosa. Pero nosotros sin embargo hemos abandonado por completo a una persona importante, que en realidad casi fue la causa de la orientación fantástica de una historia por lo demás completamente verdadera. Ante todo el deber de justicia exige decir que la persona importante, poco después de la salida del pobre Akaki Akákievich regañado hasta convertirse en pelusa, sintió algo así como pesar. La compasión no le era ajena; su corazón era accesible a muchos buenos impulsos, a pesar de que el rango muy a menudo le impedía manifestarlos. Apenas salió de su despacho el amigo de visita, hasta se puso a pensar en el pobre Akaki Akákievich. Y desde entonces casi todos los días se le representaba el pálido Akaki Akákievich, que no había resistido la reprimenda oficial. El pensamiento de él lo inquietaba hasta tal punto que, una semana después, se decidió incluso a enviar a un funcionario a preguntar por él, a saber cómo estaba, y si no se le podía ayudar de verdad de algún modo; y cuando le informaron que Akaki Akákievich había muerto repentinamente de fiebre, hasta quedó impactado, oyó reproches de conciencia y estuvo todo el día de mal humor. Deseando distraerse un poco y olvidar la impresión desagradable, se fue a una velada a casa de uno de sus amigos, donde encontró una sociedad decente, y lo mejor de todo, allí todos eran casi del mismo rango, de modo que no podía sentirse en absoluto cohibido. Esto tuvo un efecto sorprendente en su disposición de ánimo. Se expandió, se volvió agradable en la conversación, amable, en fin, pasó la velada muy agradablemente. En la cena bebió dos copas de champaña, medio que, como es sabido, no actúa mal en materia de alegría. El champaña le comunicó inclinación a ciertas cosas extraordinarias, a saber: decidió no ir todavía a casa, sino pasar por lo de una dama conocida, Carolina Ivánovna, dama, al parecer, de origen alemán, hacia quien sentía relaciones completamente amistosas. Hay que decir que la persona importante era ya un hombre no joven, buen esposo, padre de familia respetable. Dos hijos, de los cuales uno servía ya en una cancillería, y una simpática hija de dieciséis años con la nariz algo respingona pero bonita, venían todos los días a besarle la mano, diciendo: bonjour, papa. Su esposa, mujer todavía lozana y para nada fea, le daba primero a besar su mano, y luego dándole vuelta por el otro lado, besaba la mano de él. Pero la persona importante, por lo demás completamente satisfecha con las ternuras familiares domésticas, encontró conveniente tener para relaciones amistosas una amiga en otra parte de la ciudad. Esta amiga no era para nada mejor ni más joven que su esposa; pero tales problemas existen en el mundo, y no es asunto nuestro juzgarlos. Así pues, la persona importante bajó la escalera, se sentó en el trineo y le dijo al cochero: «Adonde Carolina Ivánovna», y él mismo, arrebujándose muy lujosamente en el cálido capote, permanecía en aquel estado agradable, mejor que el cual no se puede inventar para el hombre ruso, es decir, cuando uno mismo no piensa en nada, y mientras tanto los pensamientos se meten solos en la cabeza, uno más agradable que el otro, sin dar siquiera el trabajo de perseguirlos y buscarlos. Lleno de satisfacción, recordaba levemente todos los lugares alegres de la velada transcurrida, todas las palabras que habían hecho reír al pequeño círculo; muchas de ellas incluso las repetía en voz baja y encontró que seguían siendo igual de divertidas que antes, y por eso no es extraño que él mismo se riera de corazón. De vez en cuando lo molestaba sin embargo el viento impetuoso, que, lanzándose de pronto, Dios sabe de dónde y quién sabe por qué razón, le cortaba la cara, arrojándole pedazos de nieve, abombando como una vela el cuello del capote, o de pronto con fuerza antinatural echándoselo sobre la cabeza y dándole de ese modo eternas molestias para desenredarse de él. De pronto la persona importante sintió que alguien lo agarraba muy fuerte por el cuello. Al darse vuelta, notó a un hombre de pequeña estatura con un viejo uniforme usado, y no sin horror reconoció en él a Akaki Akákievich. El rostro del funcionario estaba pálido como la nieve, y parecía un muerto completo. Pero el horror de la persona importante superó todos los límites cuando vio que la boca del muerto se torció y, echándole un espantoso aliento de tumba, pronunció estas palabras: «¡Ah! ¡Así que por fin! ¡Por fin te agarré por el cuello! ¡Tu capote es el que necesito! ¡No te ocupaste del mío, y encima me regañaste! ¡Así que dame ahora el tuyo!» La pobre persona importante casi se murió. Por más carácter que tuviera en la cancillería y en general ante los inferiores, y aunque, al mirar su aspecto varonil y su figura, cualquiera decía: «¡uf, qué carácter!», aquí sin embargo, al igual que muchísimos que tienen apariencia de bogatires, sintió tal espanto que no sin razón hasta empezó a temer algún ataque enfermizo. Hasta se quitó apresuradamente el capote de los hombros y le gritó al cochero con voz que no era la suya: «¡A toda velocidad a casa!» El cochero, al oír la voz que se pronuncia habitualmente en momentos decisivos y que hasta va acompañada por algo mucho más contundente, escondió por si acaso la cabeza entre los hombros, blandió el látigo y se lanzó como una flecha. En poco más de seis minutos, la persona importante ya estaba ante el portal de su casa. Pálido, asustado y sin capote, en lugar de ir adonde Carolina Ivánovna, llegó a su casa, se arrastró de algún modo hasta su habitación y pasó la noche en gran desorden, de modo que a la mañana siguiente, durante el té, la hija le dijo directamente: «Hoy estás completamente pálido, papá». Pero papá callaba y no le dijo a nadie ni una palabra sobre lo que le había sucedido, y dónde había estado, y adónde quería ir. Este suceso le causó una fuerte impresión. Hasta empezó a decirles mucho menos a menudo a los subordinados: «¿Cómo te atreves, entiendes quién está delante de ti?»; y si lo pronunciaba, era solo después de haber escuchado primero de qué se trataba. Pero todavía más notable es que desde entonces cesó por completo la aparición del funcionario muerto: se ve que el capote de general le quedó perfectamente bien; por lo menos, ya no se oyó en ninguna parte de casos en que le arrancaran el capote a alguien. Sin embargo muchas personas activas y preocupadas de ningún modo querían calmarse y decían que en las partes lejanas de la ciudad seguía apareciendo el funcionario muerto. Y en efecto, un vigilante de Kolomna vio con sus propios ojos cómo apareció detrás de una casa un fantasma; pero siendo por naturaleza algo débil, tanto que una vez un cerdo adulto común, que había salido corriendo de alguna casa particular, lo tiró al suelo, para gran risa de los cocheros que estaban alrededor, a quienes exigió por semejante burla una moneda para tabaco, así pues siendo débil, no se atrevió a detenerlo, sino que lo siguió así en la oscuridad hasta que por fin el fantasma de pronto se dio vuelta y, deteniéndose, preguntó: «¿Qué quieres?», y mostró un puño como no lo encontrarás ni entre los vivos. El vigilante dijo: «Nada», y dio media vuelta al instante. El fantasma sin embargo era ya mucho más alto, llevaba unos bigotes enormes, y dirigiendo los pasos, al parecer, hacia el puente Obújov, desapareció por completo en la oscuridad de la noche.

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