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Parte 3El robo del capote

El capote · Nikolái Gógol · 15 min de lectura

A lo lejos, Dios sabe dónde, parpadeaba una lucecita en alguna garita que parecía estar en el fin del mundo. La alegría de Akaki Akákievich de algún modo disminuyó aquí considerablemente. Entró en la plaza no sin cierto temor involuntario, como si su corazón presintiera algo malo. Miró hacia atrás y a los lados: un auténtico mar alrededor de él. «No, mejor no mirar», pensó, y siguió con los ojos cerrados, y cuando los abrió para saber si estaba cerca el final de la plaza, vio de pronto que ante él, casi delante de sus narices, estaban unas personas con bigotes; quiénes exactamente, eso ya no pudo ni distinguirlo. Se le nubló la vista y el pecho empezó a latirle con fuerza. «¡Pero si el capote es mío!», dijo uno de ellos con voz atronadora, agarrándolo por el cuello. Akaki Akákievich ya iba a gritar «socorro», cuando el otro le puso en la misma boca un puño del tamaño de la cabeza de un funcionario, añadiendo: «¡A ver si gritas ahora!». Akaki Akákievich solo sintió cómo le quitaban el capote, le daban un rodillazo, y caía de espaldas en la nieve sin sentir ya nada más. Al cabo de unos minutos recobró el sentido y se puso en pie, pero ya no había nadie. Sintió que en el descampado hacía frío y que no tenía el capote, se puso a gritar, pero la voz, parecía, ni pensaba en llegar hasta los confines de la plaza. Desesperado, sin dejar de gritar, echó a correr a través de la plaza derecho hacia la garita, junto a la cual estaba el vigilante apoyado en su alabarda, mirando, al parecer, con curiosidad, queriendo saber qué demonios era aquello de que un hombre corriera hacia él desde lejos y gritara. Akaki Akákievich, al llegar a él, empezó a gritar con voz entrecortada que dormía y que no prestaba atención a nada, que no veía cómo robaban a una persona. El vigilante respondió que él no había visto nada, que había visto cómo lo detenían en medio de la plaza dos personas, pero pensó que eran amigos suyos; y que en vez de maldecir en vano, fuera mañana donde el comisario, y el comisario encontraría quién se había llevado el capote. Akaki Akákievich llegó a casa en completo desorden: el pelo, que todavía le quedaba en pequeña cantidad en las sienes y la nuca, completamente revuelto; el costado y el pecho y todos los pantalones llenos de nieve. La vieja, dueña de su piso, al oír el golpe espantoso en la puerta, saltó apresuradamente de la cama y con una zapatilla en un solo pie corrió a abrir la puerta, sujetándose la camisa sobre el pecho con la mano, por pudor; pero al abrir retrocedió al ver a Akaki Akákievich en aquel estado. Cuando él le contó de qué se trataba, ella juntó las manos y dijo que había que ir directamente al comisario del distrito, que el comisario de barrio lo engañaría, prometería y lo haría dar vueltas; y que lo mejor era ir directamente al comisario del distrito, que incluso lo conocía, porque Anna, la finesa que había trabajado antes como cocinera en su casa, se había colocado ahora de niñera en casa del comisario del distrito, que ella lo veía a menudo cuando pasaba frente a su casa, y que también iba todos los domingos a la iglesia, rezaba, y al mismo tiempo miraba a todos alegremente, y que, en fin, por todo se veía que debía de ser buena persona. Tras escuchar tal conclusión, Akaki Akákievich se arrastró tristemente a su habitación, y cómo pasó allí la noche, queda a juicio de quien pueda imaginarse aunque sea un poco la situación de otro. Por la mañana temprano fue donde el comisario del distrito; pero le dijeron que dormía; fue a las diez —le dijeron de nuevo: duerme; fue a las once —le dijeron: pues no, el comisario del distrito no está en casa; fue a la hora de comer —pero los escribientes del recibidor no querían de ninguna manera dejarlo pasar y querían sin falta saber qué asunto lo traía y qué necesidad tenía y qué había ocurrido. Así que al fin Akaki Akákievich por primera vez en su vida quiso mostrar carácter y dijo tajantemente que necesitaba ver personalmente al propio comisario del distrito, que no se atrevían a no dejarlo pasar, que venía del departamento por un asunto oficial, y que a ver si se quejaba de ellos, entonces sí que iban a ver. Contra esto los escribientes no se atrevieron a decir nada y uno de ellos fue a llamar al comisario del distrito. El comisario del distrito recibió de manera extraordinariamente extraña el relato del robo del capote. En vez de prestar atención al punto principal del asunto, se puso a preguntar a Akaki Akákievich: pero por qué volvía tan tarde, y si no había entrado o había estado en alguna casa indecente, de manera que Akaki Akákievich se turbó por completo y salió de allí sin saber si el asunto del capote seguiría el curso debido o no. Todo ese día no estuvo en la oficina (caso único en su vida). Al día siguiente se presentó todo pálido y con su viejo capote, que se había vuelto aún más lamentable. El relato del robo del capote, a pesar de que se encontraron funcionarios que no dejaron pasar ni siquiera esa ocasión de burlarse de Akaki Akákievich, conmovió sin embargo a muchos. Decidieron al momento hacer una colecta para él, pero recogieron una verdadera nimiedad, porque los funcionarios ya habían gastado mucho, habiéndose suscrito para el retrato del director y para no sé qué libro, por propuesta del jefe de sección, que era amigo del autor —así que la suma resultó la más insignificante. Uno, movido por la compasión, decidió al menos ayudar a Akaki Akákievich con un buen consejo, diciéndole que no fuera al comisario de barrio, porque aunque podía ocurrir que el comisario de barrio, queriendo ganarse la aprobación de sus superiores, encontrara de alguna manera el capote, el capote de todos modos quedaría en la policía si él no presentaba pruebas legales de que le pertenecía; y que lo mejor era que se dirigiera a una persona importante, que la persona importante escribiendo y relacionándose con quien correspondiera podría hacer que el asunto avanzara con más éxito. Qué remedio, Akaki Akákievich decidió ir a ver a la persona importante. Qué puesto exactamente y en qué consistía la función de la persona importante, eso ha quedado hasta ahora desconocido. Hay que saber que una persona importante se había convertido hacía poco en persona importante, y hasta ese momento había sido persona no importante. Por lo demás, su puesto tampoco ahora se consideraba importante en comparación con otros aún más importantes. Pero siempre se encontrará un círculo de personas para quienes lo no importante a los ojos de los demás ya es importante. Por lo demás, procuraba aumentar su importancia con muchos otros medios, concretamente: estableció que los funcionarios inferiores lo recibieran todavía en la escalera, cuando llegaba a su despacho; que nadie se atreviera a presentarse directamente ante él, sino que todo fuera según el orden más estricto: el registrador colegiado informara al secretario provincial, el secretario provincial al titular, o a quien correspondiera, y que ya de esa manera llegara el asunto hasta él. Así ya en la santa Rusia todo está contagiado de imitación, todos imitan y remedan a su superior. Dicen incluso que un consejero titular, cuando lo nombraron jefe de no sé qué pequeña oficina separada, inmediatamente se separó una habitación especial, llamándola «sala de despacho», y puso en la puerta a unos porteros con cuellos rojos, con galones, que agarraban el picaporte y abrían la puerta a cada visitante, aunque en la «sala de despacho» apenas cabía un escritorio corriente. Los modales y costumbres de la persona importante eran sólidos y majestuosos, pero no complejos. El fundamento principal de su sistema era la severidad. «Severidad, severidad y —severidad», solía decir, y en la última palabra solía mirar muy significativamente a la cara de aquel a quien hablaba. Aunque por lo demás no había ninguna razón para ello, porque la decena de funcionarios que componía todo el mecanismo administrativo de la oficina ya estaba en el debido temor: al verlo desde lejos ya dejaban el trabajo y esperaban en posición de firmes hasta que el jefe pasara por la habitación. Su conversación habitual con los inferiores rezumaba severidad y consistía casi en tres frases: «¿cómo te atreves? ¿sabes con quién estás hablando? ¿comprendes quién está delante de ti?». Por lo demás, en el fondo era buena persona, amable con los compañeros, servicial; pero el grado de general lo había descarriado por completo. Al recibir el grado de general, de algún modo se confundió, se desorientó y no sabía absolutamente cómo comportarse. Si le tocaba estar con sus iguales, todavía era una persona como es debido, una persona muy decente, en muchos aspectos incluso no tonta; pero en cuanto le tocaba estar en una reunión donde hubiera personas aunque fuera un solo grado por debajo de él, entonces sencillamente no había quien lo aguantara: callaba, y su situación daba lástima tanto más cuanto que él mismo sentía que podía pasar el tiempo incomparablemente mejor. En sus ojos a veces se veía el fuerte deseo de unirse a alguna conversación interesante y al grupo, pero lo detenía el pensamiento: ¿no sería eso demasiado por su parte, no sería familiar, y no perdería con ello su importancia? Y como consecuencia de tales razonamientos permanecía eternamente en el mismo estado silencioso, pronunciando solo de vez en cuando unos sonidos monosilábicos, y adquirió así el título del hombre más aburrido. Ante esa persona importante se presentó nuestro Akaki Akákievich, y se presentó en el momento más desfavorable, muy inoportuno para sí, aunque por lo demás oportuno para la persona importante. La persona importante se encontraba en su despacho y conversaba muy, muy alegremente con un viejo conocido y compañero de infancia recién llegado, con quien no se había visto durante varios años. En ese momento le comunicaron que había llegado un tal Bashmachkin. Preguntó secamente: «¿quién es?». Le respondieron: «algún funcionario». «¡Ah! Puede esperar, ahora no es el momento», dijo la persona importante. Aquí hay que decir que la persona importante mintió del todo: tenía tiempo, hacía rato que con el amigo ya habían hablado de todo y hacía rato que intercalaban la conversación con muy largos silencios, solo dándose palmaditas el uno al otro en el muslo y diciendo: «¡Así es, Iván Abrámovich!» —«¡Efectivamente, Stepán Varlámovich!». Pero a pesar de todo sin embargo ordenó que el funcionario esperara, para mostrar al amigo, hombre que hacía tiempo no servía y vivía instalado en el campo, cuánto tiempo esperaban los funcionarios en su antesala. Por fin, tras haber hablado, y más aún tras haber callado a placer y fumado un cigarro en muy cómodas butacas con respaldos reclinables, al fin como si de pronto recordara, le dijo al secretario que se había detenido en la puerta con papeles para el informe: «Ah sí, por cierto, allí hay, me parece, un funcionario; dile que puede entrar». Viendo el aspecto humilde de Akaki Akákievich y su viejo uniforme, se volvió hacia él de pronto y le dijo: «¿qué deseas?», con voz seca y firme, que había ensayado a propósito de antemano en su habitación, a solas y ante el espejo, todavía una semana antes de recibir su puesto actual y el grado de general. Akaki Akákievich ya había sentido con antelación el debido temor, se turbó un poco y, como pudo, cuanto le permitió la libertad de lengua, explicó con la adición incluso de más partículas «ese» que de costumbre, que había sido pues un capote completamente nuevo, y ahora lo habían robado de manera inhumana, y que se dirigía a él para que intercediera de alguna manera, ese, se pusiera en contacto con el señor jefe superior de policía u otro, y encontrara el capote. Al general, no se sabe por qué, le pareció tal trato familiar. «¿Qué dices, mi estimado señor?», continuó secamente, «¿no conoces el procedimiento? ¿adónde has venido? ¿no sabes cómo se tramitan los asuntos? Sobre esto deberías haber presentado primero una solicitud en la oficina; habría pasado al jefe de mesa, al jefe de sección, luego habría sido transmitida al secretario, y el secretario me la habría entregado ya a mí…».

«Pero, Excelencia», dijo Akaki Akákievich, tratando de reunir todo el pequeño puñado de presencia de ánimo que tenía, y sintiendo al mismo tiempo que sudaba de manera espantosa, «me atreví a molestarlo, Excelencia, porque los secretarios ese… son gente poco fiable…».

«¿Qué, qué, qué?», dijo la persona importante. «¿De dónde has sacado tal atrevimiento? ¿de dónde has sacado tales ideas? ¡qué insolencia semejante se ha extendido entre la gente joven contra los jefes y superiores!». La persona importante, al parecer, no notó que Akaki Akákievich ya había pasado de los cincuenta años. De manera que si podía llamarse joven, sería solo relativamente, es decir, en relación con quien ya tenía setenta años. «¿Sabes a quién le estás diciendo esto? ¿comprendes quién está delante de ti? ¿comprendes esto, lo comprendes? Te lo pregunto yo». Aquí dio un pisotón, alzando la voz a una nota tan fuerte que hasta a alguien que no fuera Akaki Akákievich le habría dado miedo. Akaki Akákievich se quedó helado, se tambaleó, tembló con todo el cuerpo y no podía tenerse en pie: si no hubieran corrido entonces los porteros a sostenerlo, se habría desplomado en el suelo; lo sacaron casi sin sentido. Y la persona importante, satisfecha de que el efecto hubiera superado incluso su expectativa y completamente embriagada por el pensamiento de que su palabra podía privar hasta de sentido a una persona, miró de reojo al amigo para saber cómo miraba esto, y no sin placer vio que su amigo se encontraba en el estado más indefinido e incluso empezaba a sentir miedo él también.

Cómo bajó la escalera, cómo salió a la calle, nada de eso ya lo recordaba Akaki Akákievich. No sentía ni manos ni pies. En su vida lo había reprendido así de fuerte un general, y además ajeno. Iba por la ventisca que silbaba en las calles, con la boca abierta, saliéndose de las aceras; el viento, según costumbre petersburguesa, soplaba sobre él desde los cuatro lados, desde todos los callejones. En un instante le inflamó la garganta, y llegó a casa sin fuerzas para decir ni una palabra; se hinchó todo y se metió en la cama. ¡Así de fuerte es a veces la debida reprimenda! Al día siguiente se le declaró una fiebre violenta. Gracias al generoso auxilio del clima petersburgués, la enfermedad avanzó más rápido de lo que se podía esperar, y cuando se presentó el doctor, este, tras tomarle el pulso, no encontró nada que hacer salvo recetar una cataplasma, únicamente para que el enfermo no quedara sin la benéfica ayuda de la medicina; pero por lo demás le anunció que en un día y medio, sin falta, kaput. Después de lo cual se dirigió a la dueña y le dijo: «Y usted, madrecita, no pierda el tiempo, encárguele ahora mismo un ataúd de pino, porque el de roble le saldrá caro». Si oyó Akaki Akákievich estas palabras pronunciadas fatales para él, y si las oyó, si produjeron en él un efecto estremecedor, si lamentó su desdichada vida —nada de esto se sabe, porque estuvo todo el tiempo en delirio y fiebre. Visiones, una más extraña que la otra, se le aparecían sin cesar: ya veía a Petróvich y le encargaba hacer un capote con unas trampas para ladrones que se le aparecían sin cesar debajo de la cama, y a cada momento llamaba a la dueña para que sacara a uno de los ladrones incluso de debajo de la manta; ya preguntaba por qué colgaba ante él su viejo capote, si tenía uno nuevo; ya se le figuraba que estaba ante el general, escuchando la debida reprimenda y diciendo: perdone, Excelencia; ya, finalmente, incluso blasfemaba, pronunciando las palabras más terribles, de modo que la vieja dueña hasta se santiguaba, jamás en su vida había oído de él nada semejante, y más aún porque esas palabras seguían inmediatamente a las palabras «Excelencia». Más adelante decía completos desatinos, de modo que no se podía entender nada; solo se podía ver que las palabras y pensamientos desordenados giraban alrededor de un mismo capote. Por fin, el pobre Akaki Akákievich expiró. No sellaron ni su habitación ni sus cosas, porque, en primer lugar, no había herederos, y en segundo lugar, quedaba muy poca herencia, concretamente: un manojo de plumas de ganso, una resma de papel blanco oficial, tres pares de calcetines, dos o tres botones arrancados de los pantalones, y el capote ya conocido del lector. A quién fue todo esto a parar, Dios lo sabe: de esto, lo confieso, ni siquiera se interesó el que narra esta historia. A Akaki Akákievich lo llevaron y lo enterraron. Y Petersburgo quedó sin Akaki Akákievich, como si nunca hubiera estado en él. Desapareció y se esfumó un ser no defendido por nadie, no querido por nadie, no interesante para nadie, que ni siquiera atrajo la atención del naturalista que no deja de clavar en un alfiler a una mosca común y examinarla en el microscopio; un ser que soportaba dócilmente las burlas de la oficina y bajó a la tumba sin ningún asunto extraordinario, pero para quien de todos modos, aunque justo antes del fin de la vida, relumbró un huésped luminoso en forma de capote que vivificó por un instante su pobre vida, y sobre quien luego se abatió la desgracia de manera tan insoportable como se abatía sobre los zares y señores del mundo… Unos días después de su muerte fue enviado a su domicilio desde el departamento un portero, con la orden de presentarse inmediatamente: el jefe pues lo requiere; pero el portero tuvo que volver con las manos vacías, dando el informe de que ya no podía venir, y a la pregunta «¿por qué?» se expresó con las palabras: «pues así, ya murió, hace cuatro días lo enterraron». Así se enteraron en el departamento de la muerte de Akaki Akákievich, y al día siguiente ya en su puesto se sentaba un funcionario nuevo, mucho más alto de estatura y que trazaba las letras ya no con letra tan recta, sino mucho más inclinada y oblicua.

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