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Parte 1Akaki Akákievich y su vida de copista

El capote · Nikolái Gógol · 16 min de lectura

En el departamento… pero mejor no decir en qué departamento. No hay nada más irascible que toda clase de departamentos, regimientos, oficinas y, en una palabra, toda clase de estamentos funcionariales. Ahora ya cualquier individuo particular considera ofendida en su persona a toda la sociedad. Dicen que hace muy poco llegó una solicitud de un capitán de policía, no recuerdo de qué ciudad, en la que exponía claramente que se iban a pique las instituciones del Estado y que su sagrado nombre era pronunciado en vano sin ningún reparo. Y como prueba adjuntó a la solicitud un tomo enormísimo de no sé qué obra romántica donde, cada diez páginas, aparecía el capitán de policía, en algunos pasajes incluso completamente borracho. Así que, para evitar toda clase de disgustos, mejor llamaremos al departamento del que se trata simplemente un departamento. Así pues, en un departamento servía un funcionario, un funcionario que no puede decirse que fuera muy notable, de baja estatura, algo picado de viruelas, algo rojizo, algo incluso de aspecto medio cegato, con una pequeña calva en la frente, con arrugas a ambos lados de las mejillas y de un color de cara que llaman hemorroidal… ¡Qué se le va a hacer! La culpa la tiene el clima de San Petersburgo. En cuanto al rango (porque entre nosotros lo primero de todo es declarar el rango), pues era lo que llaman un eterno consejero titular, sobre el cual, como es sabido, se han burlado y afilado sus ingenios a placer diversos escritores que tienen la loable costumbre de arremeter contra aquellos que no pueden morder. El apellido del funcionario era Bashmachkin. Ya por el nombre mismo se ve que en algún momento derivó de bashmak, zapato; pero cuándo, en qué tiempo y de qué manera derivó del zapato, nada de eso se sabe. Tanto el padre como el abuelo e incluso el cuñado y todos los Bashmachkin sin excepción llevaban botas, cambiando las suelas solo tres veces al año. Su nombre era Akaki Akákievich. Quizá al lector le parezca algo extraño y rebuscado, pero puede asegurarse que de ningún modo lo buscaron, sino que las circunstancias mismas se dieron de tal manera que fue imposible darle otro nombre, y esto sucedió exactamente así: Akaki Akákievich nació al filo de la noche, si no falla la memoria, el 23 de marzo. La difunta madre, esposa de funcionario y mujer muy buena, se dispuso, como es debido, a bautizar al niño. La madre aún estaba en la cama frente a la puerta, y a la derecha se hallaba el padrino, un hombre excelentísimo, Iván Ivánovich Yeroshkin, que servía como jefe de mesa en el Senado, y la madrina, esposa de un oficial del barrio, mujer de raras virtudes, Arina Semiónovna Belobriushkova. A la parturienta le ofrecieron a elegir cualquiera de tres nombres, el que quisiera escoger: Mokia, Sosia, o llamar al niño en nombre del mártir Jozdazat. «No —pensó la difunta—, estos nombres son todos así». Para complacerla, abrieron el calendario en otro sitio; salieron de nuevo tres nombres: Trifili, Dula y Varajasi. «Esto es un castigo —dijo la vieja—, qué nombres todos estos, yo en mi vida había oído semejantes. Que fuera al menos Varadat o Varuj, pero Trifili y Varajasi». Volvieron a pasar la página, salieron: Pavsikaji y Vajtisi. «Bueno, ya veo —dijo la vieja— que, por lo visto, ese es su destino. Ya que es así, que se llame mejor como su padre. El padre era Akaki, así que el hijo sea Akaki». De esta manera surgió Akaki Akákievich. Bautizaron al niño; durante lo cual se echó a llorar e hizo una mueca tal como si presintiera que sería consejero titular. Así pues, así fue como sucedió todo esto. Lo hemos contado para que el lector pueda ver por sí mismo que esto ocurrió por completa necesidad y que era absolutamente imposible darle otro nombre. Cuándo y en qué momento ingresó en el departamento y quién lo nombró, eso nadie pudo recordarlo. Por más que se cambiaban directores y toda clase de jefes, lo veían siempre en el mismo lugar, en la misma posición, en el mismo puesto, el mismo funcionario de escritura; de modo que después llegaron a convencerse de que él, por lo visto, había nacido ya completamente hecho, con uniforme y con calva en la cabeza. En el departamento no se le mostraba ningún respeto. Los porteros no solo no se levantaban de sus asientos cuando pasaba, sino que ni siquiera lo miraban, como si por el recibidor hubiese volado una simple mosca. Los jefes se comportaban con él de un modo fríamente despótico. Algún ayudante de jefe de mesa le metía directamente bajo la nariz los papeles, sin siquiera decir «copie esto», o «aquí hay un asuntillo interesante, bonito», o algo agradable, como se usa en las oficinas bien educadas. Y él los tomaba, mirando solo al papel, sin mirar quién se lo ponía y si tenía derecho a ello. Los tomaba y al punto se disponía a copiarlos. Los funcionarios jóvenes se burlaban de él y le gastaban bromas, en la medida en que alcanzaba el ingenio de oficina, contaban allí mismo delante de él diversas historias inventadas sobre él, sobre su patrona, una vieja de setenta años, decían que ella lo pegaba, preguntaban cuándo sería la boda, le echaban papelitos sobre la cabeza llamándolos nieve. Pero ni una sola palabra respondía a esto Akaki Akákievich, como si no hubiera nadie delante de él; aquello ni siquiera influía en sus tareas: en medio de todas esas importunaciones no cometía ni un solo error al escribir. Solo si la broma era ya demasiado insoportable, cuando lo empujaban del brazo impidiéndole ocuparse de lo suyo, pronunciaba: «Dejadme, ¿por qué me hacéis daño?». Y algo extraño se encerraba en las palabras y en la voz con que eran pronunciadas. En ellas se oía algo que movía a compasión, tanto que un joven recién incorporado, que, siguiendo el ejemplo de los demás, se había permitido burlarse de él, de pronto se detuvo como traspasado, y desde entonces fue como si todo cambiara ante él y se mostrase bajo otra luz. Una fuerza antinatural lo apartó de los compañeros con los que había trabado conocimiento tomándolos por gente decente, mundana. Y mucho tiempo después, en medio de los momentos más alegres, se le aparecía el funcionario bajito con la calvita en la frente, con sus palabras penetrantes: «Dejadme, ¿por qué me hacéis daño?», y en esas palabras penetrantes resonaban otras palabras: «soy tu hermano». Y el pobre joven se cubría el rostro con la mano, y muchas veces se estremeció después en el transcurso de su vida, viendo cuánta inhumanidad hay en el hombre, cuánta brutal crueldad se oculta en la refinada mundanidad culta y, ¡Dios mío!, incluso en aquel hombre a quien el mundo reconoce como noble y honrado.

Difícilmente podía encontrarse a un hombre que viviese tanto en su oficio. Poco es decir que servía con celo, no, servía con amor. Allí, en ese copiar, veía un mundo propio variado y agradable. El placer se expresaba en su cara; algunas letras eran sus favoritas, y cuando llegaba a ellas estaba fuera de sí: se sonreía, guiñaba el ojo y ayudaba con los labios, de modo que en su rostro parecía poder leerse cada letra que trazaba su pluma. Si le hubiesen dado recompensas proporcionadas a su entusiasmo, él, para su asombro, quizá habría llegado incluso a consejero de Estado; pero lo que ganó, como decían los bromistas, sus compañeros, fue una hebilla en el ojal y hemorroides en la cintura. Sin embargo, no puede decirse que no se le prestara ninguna atención. Un director, siendo hombre bondadoso y deseando recompensarlo por su largo servicio, ordenó darle algo más importante que el copiar ordinario; concretamente, de un expediente ya terminado le mandaron hacer un informe para otro despacho oficial; el asunto consistía solo en cambiar el título principal y cambiar aquí y allá los verbos de primera persona a tercera. Esto le dio tanto trabajo que sudó por completo, se frotó la frente y al fin dijo: «No, mejor déjenme copiar algo». Desde entonces lo dejaron para siempre copiando. Fuera de ese copiar, parecía no existir nada para él. No pensaba en absoluto en su ropa: el uniforme no era verde, sino de un color como rojizo harinoso. El cuello era estrechísimo, bajísimo, de modo que su cuello, a pesar de no ser largo, al salir del cuello parecía extraordinariamente largo, como en esos gatitos de yeso con cabeza oscilante que llevan por docenas los extranjeros rusos. Y siempre se le pegaba algo al uniforme: ya un trocito de heno, ya alguna hebra; además tenía una habilidad especial para, al caminar por la calle, llegar bajo una ventana justo en el momento en que arrojaban de ella toda clase de porquería, y por eso llevaba eternamente en el sombrero cortezas de sandía y melón y basura semejante. Ni una sola vez en su vida prestó atención a lo que sucede y ocurre cada día en la calle, a lo que, como es sabido, siempre mira su hermano el funcionario joven, que extiende hasta tal punto la perspicacia de su viva mirada que nota incluso a quién se le ha descosido en la otra acera del pavimento el estribo de los pantalones, lo que siempre provoca una sonrisa maliciosa en su rostro.

Pero Akaki Akákievich si miraba algo, veía en todo sus líneas limpias, escritas con letra pareja, y solo acaso si, apareciendo no se sabe de dónde, un hocico de caballo se le colocaba en el hombro y le soltaba por los ollares todo un viento en la mejilla, solo entonces notaba que no estaba en medio de la línea sino más bien en medio de la calle. Al llegar a casa se sentaba en seguida a la mesa, sorbía rápidamente su sopa de col y comía un trozo de carne con cebolla, sin advertir en absoluto su sabor, se lo comía todo con las moscas y con todo lo que Dios enviase en ese momento. Al notar que el estómago empezaba a hincharse, se levantaba de la mesa, sacaba el tintero y copiaba los papeles traídos a casa. Y si no los había, hacía adrede, para su propio placer, una copia para sí, especialmente si el papel era notable no por la belleza del estilo sino por estar dirigido a alguna persona nueva o importante.

Incluso en aquellas horas en que se apaga por completo el cielo gris de San Petersburgo y todo el pueblo funcionaril ha comido y almorzado, cada cual como ha podido según el sueldo que recibe y su propio capricho, cuando ya todo ha descansado del chirriar de plumas del departamento, del trajín, de las ocupaciones necesarias propias y ajenas y de todo eso que se impone voluntariamente, más incluso de lo necesario, el hombre incansable, cuando los funcionarios se apresuran a entregar al disfrute el tiempo que queda: quien es más vivo se lanza al teatro; quien a la calle, dedicándolo a examinar ciertos sombreritos; quien a la velada, a gastarlo en cumplidos a alguna muchacha mona, estrella de un pequeño círculo funcionaril; quien, y esto ocurre con mayor frecuencia, va simplemente a casa de su colega a un cuarto o tercer piso, dos habitaciones pequeñas con antesala o cocina y algunas pretensiones de moda, una lámpara u otra baratija que ha costado muchos sacrificios, renuncias a comidas, paseos; en una palabra, incluso en el momento en que todos los funcionarios se dispersan por los pisitos de sus amigos para jugar al whist de ataque, sorbiendo té de vasos con galletitas de kopek, chupando el humo de pipas largas, contando durante el reparto algún chisme traído de la alta sociedad, de la cual nunca y en ninguna circunstancia puede apartarse el hombre ruso, o incluso, cuando no hay de qué hablar, repitiendo la eterna anécdota del comandante al que vinieron a decir que habían cortado la cola del caballo del monumento a Falconet; en una palabra, incluso cuando todo el mundo busca distraerse, Akaki Akákievich no se entregaba a ninguna distracción. Nadie podía decir que alguna vez lo hubiera visto en alguna velada. Tras escribir hasta hartarse, se acostaba sonriendo de antemano al pensar en el día siguiente: qué le mandaría Dios copiar mañana. Así transcurría la vida apacible de un hombre que con cuatrocientos de sueldo sabía estar contento con su suerte, y habría transcurrido quizá hasta la vejez más profunda si no fuera por las diversas desgracias sembradas en el camino de la vida no solo a los consejeros titulares, sino incluso a los privados, efectivos, de la corte y de toda clase, incluso a aquellos que no dan consejos a nadie ni los toman de nadie.

Hay en San Petersburgo un enemigo poderoso de todos los que reciben cuatrocientos rublos al año de sueldo, o por ahí. Este enemigo no es otro que nuestro frío del norte, aunque por otra parte dicen que es muy saludable. A las nueve de la mañana, justo a la hora en que las calles se cubren de gente que va al departamento, empieza a dar unos capones tan fuertes y punzantes sin distinción en todas las narices, que los pobres funcionarios decididamente no saben dónde meterlas. En ese momento, cuando hasta a quienes ocupan altos puestos les duele la frente del frío y se les saltan las lágrimas, los pobres consejeros titulares a veces están indefensos. Toda la salvación consiste en cruzar lo más rápido posible, con el capotillo raquítico, cinco o seis calles y luego patalear bien en la portería hasta que se descongelen de ese modo todas las facultades y dones para el desempeño del cargo que se han congelado en el camino. Akaki Akákievich desde hacía algún tiempo empezó a sentir que lo traspasaba de un modo especialmente fuerte en la espalda y el hombro, a pesar de que intentaba cruzar lo más rápido posible el espacio reglamentario. Pensó, al fin, si no habría pecados en su capote. Tras examinarlo bien en casa, descubrió que en dos o tres lugares, precisamente en la espalda y en los hombros, se había vuelto una auténtica estameña: el paño estaba tan gastado que se veía a través, y el forro se deshacía. Hay que saber que el capote de Akaki Akákievich servía también de objeto de burla a los funcionarios; le habían quitado incluso el noble nombre de capote y lo llamaban batín. En efecto, tenía una hechura extraña: su cuello disminuía cada año más y más, pues servía para remendar otras partes de él. El remiendo no mostraba arte del sastre y salía verdaderamente abultado y feo. Viendo en qué consistía el asunto, Akaki Akákievich decidió que habría que llevar el capote a Petróvich, el sastre, que vivía en algún lugar del cuarto piso por la escalera de servicio, el cual, a pesar de su ojo torcido y las marcas de viruela por toda la cara, se ocupaba con bastante éxito del arreglo de pantalones y fracs de funcionarios y de toda clase de gente, por supuesto cuando estaba en estado sobrio y no albergaba en la cabeza algún otro proyecto. De este sastre, desde luego, no habría que hablar mucho, pero como ya está establecido que en un relato el carácter de cada persona debe quedar perfectamente definido, no hay más remedio, que nos traigan aquí también a Petróvich. Al principio se llamaba simplemente Grigori y era siervo de algún señor; Petróvich empezó a llamarse desde que obtuvo la libertad y se puso a beber con bastante fuerza en todas las fiestas, al principio en las grandes y después, sin distinción, en todas las de la Iglesia donde hubiera una cruz en el calendario. Por este lado era fiel a las costumbres de los abuelos y, discutiendo con su mujer, la llamaba mujer mundana y alemana. Ya que hemos mencionado a la mujer, habrá que decir también dos palabras sobre ella; pero, por desgracia, se sabía poco de ella, apenas que Petróvich tenía mujer, que llevaba incluso cofia y no pañuelo; pero de belleza, al parecer, no podía presumir; al menos, al encontrarse con ella, solo los soldados de la guardia le miraban bajo la cofia, moviendo el bigote y emitiendo alguna voz especial.

Al subir la escalera que conducía a casa de Petróvich, la cual, hay que reconocerlo, estaba toda untada de agua, desperdicios y empapada de parte a parte de ese olor alcohólico que irrita los ojos y, como es sabido, está presente indefectiblemente en todas las escaleras de servicio de las casas de San Petersburgo, al subir la escalera Akaki Akákievich ya iba pensando en cuánto pediría Petróvich y se propuso mentalmente no dar más de dos rublos. La puerta estaba abierta porque la dueña, preparando no sé qué pescado, había llenado de tanto humo la cocina que no se veía ni siquiera a las propias cucarachas. Akaki Akákievich atravesó la cocina sin ser notado ni siquiera por la dueña, y entró por fin en la habitación donde vio a Petróvich sentado en una ancha mesa de madera sin pintar con las piernas dobladas bajo él como un pachá turco. Los pies, según la costumbre de los sastres sentados trabajando, iban descalzos. Y lo primero que saltó a la vista fue el dedo gordo, muy conocido de Akaki Akákievich, con una uña deforme, gruesa y dura como caparazón de tortuga. Del cuello de Petróvich colgaba una madeja de seda e hilos, y sobre las rodillas había algún trapo viejo. Llevaba ya unos tres minutos intentando meter el hilo en el ojo de la aguja, no acertaba, y por eso se enfadaba mucho con la oscuridad e incluso con el propio hilo, refunfuñando en voz baja: «No entra, bárbara; me has molido, granuja». A Akaki Akákievich le resultó desagradable haber llegado justo en el momento en que Petróvich estaba enfadado: le gustaba encargar algo a Petróvich cuando este estaba ya algo entonado o, como decía su mujer, «empapado de aguardiente, el tuerto ese». En tal estado Petróvich solía ceder y aceptar muy de buena gana, cada vez incluso hacía reverencias y daba las gracias. Luego, es verdad, venía la mujer llorando de que su marido había estado borracho y por eso había cobrado barato; pero bastaba añadir un solo rublo de diez kopeks y el asunto estaba resuelto. Ahora, en cambio, Petróvich estaba, al parecer, en estado sobrio, y por tanto duro, intratable y propenso a pedir el diablo sabe qué precios. Akaki Akákievich comprendió esto y ya quería, como suele decirse, dar marcha atrás, pero el asunto ya estaba empezado. Petróvich fijó en él muy atentamente su único ojo y Akaki Akákievich dijo sin querer: «Buenos días, Petróvich». «Buenos días le deseo, señor», dijo Petróvich y torció el ojo hacia las manos de Akaki Akákievich queriendo divisar qué clase de botín traía.

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