Parte 2La visita al sastre Petróvich
—A ver, Petróvich, es que yo vengo aquí...
Hay que saber que Akaki Akákievich se expresaba en su mayor parte con preposiciones, adverbios y, en fin, con partículas que en verdad no tienen ningún significado. Y si la cosa era muy complicada, entonces tenía por costumbre no acabar del todo la frase, de manera que muy a menudo, empezando el discurso con las palabras «Esto en verdad es del todo así...», después ya no había nada, y él mismo se olvidaba, creyendo que ya lo había dicho todo.
—¿Qué es lo que pasa? —dijo Petróvich, y al mismo tiempo recorrió con su único ojo todo el uniforme de él, empezando por el cuello hasta las mangas, la espalda, los faldones y los ojales, todo lo cual le era muy familiar, porque era obra de su propio trabajo. Tal es la costumbre entre los sastres; es lo primero que hace al encontrarse con alguien.
—Pues verás, Petróvich... el capote, el paño... mira, por todas partes, en los otros sitios está del todo fuerte, sólo se ha llenado un poco de polvo y parece como si fuera viejo, pero es nuevo, sólo que en un sitio un poco así... en la espalda, y también en un hombro se ha desgastado un poco, y en este hombro otro poco, ¿ves?, ahí y nada más. Y de trabajo, poco...
Petróvich cogió el capote, lo extendió primero sobre la mesa, lo estuvo examinando largo rato, meneó la cabeza y alargó la mano hacia la ventana en busca de una tabaquera redonda con el retrato de no se sabe qué general, no se sabe cuál exactamente, porque el lugar donde estaba el rostro lo tenía atravesado con un dedo, y luego estaba tapado con un pedacito cuadrado de papel. Después de aspirar el tabaco, Petróvich desplegó el capote sobre los brazos y lo examinó al trasluz y volvió a menear la cabeza. Luego le dio la vuelta dejando el forro hacia arriba y volvió a menear la cabeza, volvió a quitar la tapa con el general tapado por el papel y metiéndose en la nariz el tabaco, cerró, guardó la tabaquera y por fin dijo:
—No, no se puede arreglar: mal guardarropa.
A Akaki Akákievich se le encogió el corazón al oír estas palabras. —¿Por qué no se puede, Petróvich? —dijo casi con voz suplicante de niño—: si sólo está desgastado en los hombros, seguro que tienes algunos trozos...
—Sí, trozos se pueden encontrar, trozos se encuentran —dijo Petróvich—, pero no se pueden coser: la cosa está completamente podrida, tócala con la aguja y ya ves, se deshace.
—Que se deshaga, pero tú le pones en seguida un remiendo.
—Pero no hay sobre qué poner el remiendo, no hay dónde sujetarlo, el desgaste es demasiado grande. Sólo tiene de paño el nombre, pero si sopla el viento, sale volando.
—Bueno, pues refuérzalo entonces. ¡Cómo va a ser así, de verdad!...
—No —dijo Petróvich con decisión—, no se puede hacer nada. La cosa está muy mal. Más vale que cuando llegue el tiempo frío del invierno se haga con ella unas vendas para los pies, porque las medias no dan calor. Eso lo inventaron los alemanes, para sacar más dinero para ellos (a Petróvich le gustaba pinchar a los alemanes cuando se le presentaba la ocasión); y el capote, ya se ve que tendrá que hacerse uno nuevo.
Al oír la palabra «nuevo» a Akaki Akákievich se le nubló la vista, y todo lo que había en la habitación se le puso a dar vueltas delante de los ojos. Sólo veía con claridad al general con el rostro tapado por el papel, que estaba en la tapa de la tabaquera de Petróvich. —¿Cómo que nuevo? —dijo, como si todavía estuviera en sueños—: si ni siquiera tengo dinero para eso.
—Sí, nuevo —dijo Petróvich con bárbara tranquilidad.
—Bueno, y si tuviera que ser nuevo, cómo sería eso de...
—¿Es decir, que cuánto costaría?
—Sí.
—Pues habría que poner más de tres veces cincuenta —dijo Petróvich y apretó los labios con expresión significativa. Le encantaban mucho los efectos fuertes, le gustaba dejar a alguien del todo desconcertado de repente y luego mirar de reojo qué cara ponía el desconcertado después de tales palabras.
—¡Ciento cincuenta rublos por un capote! —gritó el pobre Akaki Akákievich, gritó, quizá por primera vez en su vida, pues siempre se había distinguido por lo bajo de su voz.
—Sí señor —dijo Petróvich—, y según qué capote. Si se le pone al cuello marta cibelina y se le hace una capucha con forro de seda, hasta puede llegar a doscientos.
—Petróvich, por favor —decía Akaki Akákievich con voz suplicante, sin oír y sin intentar oír las palabras dichas por Petróvich y todos sus efectos—, arréglamelo de alguna manera, para que por lo menos sirva un poco más.
—Pues no, eso sería echar a perder el trabajo y gastar el dinero en balde —dijo Petróvich, y después de tales palabras Akaki Akákievich salió completamente aniquilado. Y Petróvich, tras su marcha, siguió de pie todavía mucho tiempo, apretando los labios con expresión significativa y sin ponerse a trabajar, satisfecho de no haberse rebajado a sí mismo ni de haber traicionado el arte de la sastrería.
Al salir a la calle, Akaki Akákievich iba como en sueños. «Así que es un asunto de esta clase —se decía a sí mismo—; la verdad es que ni siquiera pensaba que pudiera ser así...» Y luego, después de algún silencio, añadió: «¡Así que es esto! Al fin he aquí lo que ha salido, y yo en verdad no podía ni suponer que fuera de esta manera». Tras esto siguió de nuevo un largo silencio, después del cual pronunció: «¡Así que es esto! ¡Vaya cosa verdaderamente del todo inesperada, que... esto no podía de ningún modo... menuda circunstancia!» Dicho esto, en lugar de ir a casa, se fue en dirección completamente contraria, sin sospechar nada. Por el camino le rozó con todo su costado sucio un deshollinador y le puso todo el hombro negro; una gorra entera de cal se le cayó encima desde lo alto de una casa en construcción. Él no se dio cuenta de nada de esto, y sólo después, cuando se topó con un vigilante que, después de poner junto a sí su alabarda, se echaba tabaco de un cuerno sobre el calloso puño, sólo entonces se espabiló un poco, y eso porque el vigilante le dijo: «¿a qué te metes en las mismas narices, acaso no tienes tu acera?» Esto le obligó a mirar alrededor y a dirigirse a casa. Sólo aquí empezó a reunir sus pensamientos, vio en forma clara y real su situación, empezó a hablar consigo mismo ya no de forma entrecortada, sino de manera razonable y franca, como con un amigo sensato con el que se puede hablar del asunto más cordial y cercano. «Bueno, no —dijo Akaki Akákievich—, ahora no se puede hablar con Petróvich: él ahora está así... su mujer, se ve, de alguna manera le ha dado una paliza. Pero mejor voy donde él el domingo por la mañana: después del sábado de ayer estará bizqueando y adormilado, así que necesitará quitarse la resaca, pero la mujer no le dará dinero, y en ese momento yo le meto una monedita de diez kopeks y así, en la mano, y él estará más razonable y el capote entonces será así...» De este modo razonó consigo mismo Akaki Akákievich, se animó y esperó hasta el primer domingo, y viendo desde lejos que la mujer de Petróvich salía de casa a alguna parte, fue directamente donde él. Petróvich efectivamente bizqueaba mucho después del sábado, tenía la cabeza inclinada hacia el suelo y estaba completamente adormilado; pero a pesar de todo, en cuanto supo de qué se trataba, fue como si el diablo lo hubiera empujado. «No se puede —dijo—, haga el favor de encargar uno nuevo». Akaki Akákievich entonces le metió la monedita de diez kopeks. «Muchas gracias, señor, me reconfortaré un poco por su salud —dijo Petróvich—, pero no se preocupe por el capote: para nada sirve. Yo le coseré un capote nuevo a la perfección, en eso descanse».
Akaki Akákievich todavía quiso decir algo sobre el arreglo, pero Petróvich no escuchó y dijo: «Yo le coseré uno nuevo sin falta, descanse en eso, pondré todo mi empeño. Se podrá hacer incluso así, como se ha puesto de moda, el cuello se abrochará con ganchos de plata bajo una aplicación».
Entonces fue cuando vio Akaki Akákievich que sin capote nuevo no se podía pasar, y se le cayó completamente el ánimo. ¿Cómo en realidad, con qué, con qué dinero hacerlo? Por supuesto, se podía confiar en parte en la gratificación futura de las fiestas, pero ese dinero hacía tiempo que estaba colocado y distribuido de antemano. Había que conseguir unos pantalones nuevos, pagarle al zapatero una deuda vieja por haber puesto punteras nuevas a las cañas viejas de las botas, y había que encargarle a la costurera tres camisas y dos piezas de esa ropa interior que es indecoroso nombrar en letras de imprenta; en una palabra, todo el dinero debía gastarse por completo, y aunque el director fuera tan bondadoso que en lugar de cuarenta rublos de gratificación le asignara cuarenta y cinco o cincuenta, aun así quedaría alguna tontería, que en el capital para el capote sería una gota en el mar. Aunque por supuesto él sabía que a Petróvich le daba por exigir de repente el diablo sabe qué precio desmesurado, de manera que hasta su propia mujer no podía contenerse de gritar: «¿Qué te pasa, te has vuelto loco, tonto? A veces no acepta trabajar por nada y ahora el diablo lo ha empujado a pedir un precio que ni él mismo vale». Aunque, por supuesto, él sabía que Petróvich lo haría por ochenta rublos; con todo, ¿de dónde sacar esos ochenta rublos? La mitad todavía se podría encontrar: la mitad se conseguiría; puede que incluso un poco más; pero ¿de dónde sacar la otra mitad?... Pero antes el lector debe saber de dónde salió la primera mitad. Akaki Akákievich tenía la costumbre de cada rublo que gastaba apartar un kopek en una cajita pequeña cerrada con llave, con un agujerito practicado en la tapa para echar ahí el dinero. Cada seis meses pasaba revista a la suma de cobre acumulada y la cambiaba por plata menuda. Así continuó desde hacía mucho tiempo, y de este modo en el transcurso de varios años resultó que se había acumulado una suma de más de cuarenta rublos. Así que la mitad estaba en sus manos; pero ¿dónde conseguir la otra mitad? ¿De dónde sacar los otros cuarenta rublos? Akaki Akákievich pensó, pensó y decidió que tendría que disminuir los gastos ordinarios, aunque por lo menos durante un año: suprimir el consumo de té por las noches, no encender por las noches la vela, y si había que hacer algo, ir a la habitación de la patrona y trabajar con su vela; al andar por las calles, pisar lo más ligera y cuidadosamente posible sobre las piedras y las losas, casi de puntillas, para de este modo no desgastar prematuramente las suelas; darle a lavar la ropa a la lavandera lo menos posible, y para que no se estropeara, cada vez que llegara a casa quitársela y quedarse sólo con la bata de drillete, muy antigua y respetada incluso por el propio tiempo. Hay que decir la verdad, al principio le fue algo difícil acostumbrarse a tales limitaciones, pero luego de algún modo se acostumbró y todo marchó bien; hasta llegó a acostumbrarse por completo a pasar hambre por las noches; pero en cambio se alimentaba espiritualmente, llevando en sus pensamientos la idea eterna del futuro capote. Desde entonces fue como si su propia existencia se hubiera vuelto de algún modo más plena, como si se hubiera casado, como si alguna otra persona estuviera presente con él, como si no estuviera solo, sino que alguna agradable compañera de vida hubiera aceptado recorrer con él juntos el camino de la vida, y esa compañera no era otra que ese mismo capote con guata gruesa, con forro fuerte e indesgastable. Se volvió de algún modo más animado, hasta más firme de carácter, como un hombre que ya se ha fijado y se ha puesto una meta. De su rostro y de sus actos desaparecieron por sí mismas la duda, la indecisión, en una palabra todos los rasgos vacilantes e indefinidos. El fuego brillaba a veces en sus ojos, en la cabeza hasta centelleaban los pensamientos más atrevidos y audaces: ¿no poner de verdad marta cibelina en el cuello? Las reflexiones sobre esto casi lo llevaron a la distracción. Una vez, al copiar un documento, estuvo a punto incluso de cometer un error, de manera que casi gritó en voz alta «¡uf!» y se santiguó. En el transcurso de cada mes, aunque fuera una vez, iba donde Petróvich, para hablar sobre el capote, dónde sería mejor comprar el paño, y de qué color, y a qué precio, y aunque algo preocupado, siempre volvía a casa satisfecho, pensando que al fin llegaría el momento en que todo eso se compraría y cuando el capote estuviera hecho. La cosa fue incluso más rápida de lo que esperaba. Contra toda expectativa, el director le asignó a Akaki Akákievich no cuarenta o cuarenta y cinco, sino sesenta rublos completos: ¿acaso presintió que Akaki Akákievich necesitaba un capote o fue cosa del azar?, pero lo cierto es que con esto le sobraron veinte rublos. Esta circunstancia aceleró el curso del asunto. Todavía dos o tres meses más de pequeño ayuno y Akaki Akákievich había reunido exactamente cerca de ochenta rublos. Su corazón, en general muy tranquilo, empezó a latir. Al día siguiente se fue junto con Petróvich a las tiendas. Compraron paño muy bueno, y no es de extrañar, porque habían estado pensando en ello desde medio año antes y raro era el mes en que no pasaban por las tiendas para comparar los precios; en cambio el propio Petróvich dijo que no había mejor paño. Para el forro eligieron percal, pero de tal calidad y tan grueso, que, según las palabras de Petróvich, era todavía mejor que la seda e incluso en apariencia más vistoso y brillante. Marta cibelina no compraron, porque estaba ciertamente cara, sino que en su lugar eligieron un gato de los mejores que se encontraron en la tienda, un gato que desde lejos siempre se podía tomar por marta cibelina. Petróvich estuvo trabajando en el capote sólo dos semanas, porque hubo mucho acolchado, y de no ser así habría estado listo antes. Por el trabajo Petróvich cobró doce rublos, menos no podía ser de ninguna manera: todo estaba cosido decididamente con seda, con doble costura menuda, y luego Petróvich pasó por cada costura con sus propios dientes, marcando con ellos diferentes figuras. Fue... difícil decir qué día exactamente, pero, probablemente, el día más solemne en la vida de Akaki Akákievich, cuando Petróvich trajo por fin el capote. Lo trajo por la mañana, justo antes del momento en que había que ir al departamento. En ningún otro momento habría venido tan a propósito el capote, porque ya empezaban las heladas bastante fuertes y, al parecer, amenazaban con hacerse todavía más intensas. Petróvich apareció con el capote, como corresponde a un buen sastre. En su rostro apareció una expresión tan significativa, como Akaki Akákievich nunca había visto. Parecía que sentía en toda su medida que había hecho una obra no pequeña y que de repente había mostrado en sí el abismo que separa a los sastres que sólo ponen forros y hacen arreglos, de aquellos que cosen de nuevo. Sacó el capote del pañuelo en que lo había traído; el pañuelo estaba recién llegado de la lavandera; después lo dobló y se lo metió en el bolsillo para usarlo. Tras sacar el capote, miró con gran orgullo y, sosteniéndolo con ambas manos, se lo echó con mucha habilidad sobre los hombros a Akaki Akákievich; luego tiró de él y lo ajustó por detrás con la mano hacia abajo; luego lo envolvió a Akaki Akákievich un tanto abierto. Akaki Akákievich, como hombre de edad, quiso probarse las mangas; Petróvich le ayudó a ponérselo también en las mangas; resultó que también con las mangas quedaba bien. En una palabra, resultó que el capote estaba completa y exactamente a medida. Petróvich no dejó pasar la ocasión de decir que era así solamente porque vivía sin letrero en una calle pequeña y además conocía a Akaki Akákievich desde hacía tiempo, por eso había cobrado tan barato; en cambio en la avenida Nevski le habrían cobrado setenta y cinco rublos sólo por el trabajo. Akaki Akákievich no quiso discutir eso con Petróvich, y además tenía miedo de todas las sumas fuertes con las que a Petróvich le gustaba echar polvo a los ojos. Le pagó, le dio las gracias y salió enseguida con el capote nuevo puesto hacia el departamento. Petróvich salió tras él y, quedándose en la calle, siguió mirando desde lejos el capote todavía durante mucho rato, y luego se fue adrede hacia un lado, para, dando un rodeo por un callejón torcido, salir de nuevo a la calle y mirar una vez más su capote desde el otro lado, es decir, de frente. Mientras tanto, Akaki Akákievich caminaba en la disposición más festiva de todos los sentimientos. Sentía a cada instante del minuto que en sus hombros estaba el capote nuevo, y varias veces hasta sonrió de placer interior. En realidad había dos ventajas: una, que daba calor, y otra, que era bueno. Del camino no se dio cuenta en absoluto y de pronto se encontró en el departamento; en la portería se quitó el capote, lo examinó por todas partes y lo puso bajo la especial vigilancia del portero. No se sabe de qué modo todos en el departamento se enteraron de repente de que Akaki Akákievich tenía un capote nuevo y de que el capote viejo ya no existía. Todos al mismo instante salieron corriendo a la portería a ver el capote nuevo de Akaki Akákievich. Empezaron a felicitarlo, a saludarlo, de manera que él al principio sólo sonreía, y luego hasta llegó a sentir vergüenza. Cuando todos, acercándose a él, empezaron a decir que había que rociar el capote nuevo, y que por lo menos él debía darles a todos una velada, Akaki Akákievich se perdió por completo, no sabía qué hacer, qué responder ni cómo excusarse. Ya al cabo de unos minutos, completamente ruborizado, empezó a asegurar con bastante ingenuidad que no era un capote nuevo, que era así, que era el capote viejo. Por fin uno de los funcionarios, nada menos que un ayudante de jefe de sección, probablemente para demostrar que no era nada soberbio y se trataba incluso con los inferiores a él, dijo: «Pues que así sea, yo en lugar de Akaki Akákievich doy una velada y los invito hoy a tomar el té: precisamente, como a propósito, hoy es mi santo». Los funcionarios, naturalmente, enseguida felicitaron al ayudante de jefe de sección y aceptaron con entusiasmo la propuesta. Akaki Akákievich empezó a excusarse, pero todos empezaron a decir que era descortés, que era simplemente una vergüenza y una deshonra, y él ya no pudo de ningún modo negarse. Por lo demás, luego le resultó agradable, cuando recordó que tendría así ocasión de pasear incluso por la noche con el capote nuevo. Todo ese día fue para Akaki Akákievich como la fiesta más grande y solemne. Volvió a casa en la disposición de ánimo más feliz, se quitó el capote y lo colgó cuidadosamente en la pared, después de recrearse una vez más con el paño y el forro, y luego sacó adrede, para comparar, su antiguo capote, completamente deshecho. Lo miró, y él mismo hasta se echó a reír: ¡tan grande era la diferencia! Y todavía mucho tiempo después durante la comida seguía sonriendo, cada vez que le venía a la mente la situación en que se encontraba el capote viejo. Comió alegremente y después de comer ya no escribió nada, ningún documento, sino que se permitió holgazanear un poco en la cama, hasta que oscureció. Luego, sin alargar el asunto, se vistió, se echó sobre los hombros el capote y salió a la calle. Dónde vivía exactamente el funcionario que lo había invitado, no podemos decirlo por desgracia: la memoria empieza a fallarnos mucho, y todo lo que hay en San Petersburgo, todas las calles y casas se han fundido y mezclado tanto en la cabeza, que es muy difícil sacar de ahí algo con un aspecto decente. Como sea, pero por lo menos es cierto que el funcionario vivía en la mejor parte de la ciudad, por consiguiente, nada cerca de Akaki Akákievich. Al principio Akaki Akákievich tuvo que pasar por unas calles desiertas con iluminación escasa, pero a medida que se acercaba a la vivienda del funcionario, las calles se volvían más animadas, más pobladas y más iluminadas. Los peatones empezaron a pasar con más frecuencia, empezaron a aparecer también damas bien vestidas, en los hombres aparecían cuellos de castor, se veían menos cocheros rurales con sus trineos de madera enrejada, tachonados de clavitos dorados; en cambio, pasaban continuamente cocheros con gorras de terciopelo carmesí, con trineos lacados, con mantas de oso, y volaban por la calle, chirriando las ruedas sobre la nieve, coches con pescantes adornados. Akaki Akákievich miraba todo esto como una novedad. Hacía ya varios años que no salía por las noches a la calle. Se detuvo con curiosidad frente al escaparate iluminado de una tienda a mirar un cuadro, donde estaba representada una mujer hermosa que se quitaba el zapato, desnudando de este modo toda la pierna, muy hermosa; y detrás de ella, desde la puerta de otra habitación, asomaba la cabeza un hombre con patillas y una hermosa perilla debajo del labio. Akaki Akákievich meneó la cabeza y sonrió, y luego siguió su camino. ¿Por qué sonrió?, ¿porque se había encontrado con una cosa completamente desconocida, pero de la cual sin embargo todo el mundo conserva cierta intuición?, ¿o pensó, como muchos otros funcionarios, lo siguiente: «Bueno, estos franceses, ¿qué se va a decir?, si quieren algo de eso, pues seguro que de eso...»? Y tal vez ni siquiera pensó eso, porque no se puede penetrar en el alma de un hombre y saber todo lo que piensa. Por fin llegó a la casa en que vivía el ayudante de jefe de sección. El ayudante de jefe de sección vivía a lo grande: en la escalera brillaba un farol, el piso estaba en el segundo. Al entrar en el recibidor, Akaki Akákievich vio en el suelo hileras enteras de chanclos. Entre ellos, en medio de la habitación, estaba un samovar, zumbando y despidiendo nubes de vapor. En las paredes colgaban capotes y capas, entre los cuales algunos tenían incluso cuellos de castor o solapas de terciopelo. Detrás de la pared se oía ruido y conversación, que de repente se hicieron claros y sonoros, cuando se abrió la puerta y salió un lacayo con una bandeja cargada de vasos vacíos, jarrita de crema y cesto de bizcochos. Era evidente que los funcionarios llevaban mucho tiempo reunidos y ya se habían tomado el primer vaso de té. Akaki Akákievich, después de colgar él mismo su capote, entró en la habitación, y ante él centellearon de golpe velas, funcionarios, pipas, mesas de juego, y su oído quedó confusamente impresionado por la conversación que se levantaba rápidamente de todos lados y el ruido de sillas que se movían. Se detuvo muy torpemente en medio de la habitación, buscando e intentando discurrir qué hacer. Pero ya lo habían notado, lo recibieron con gritos y todos fueron al mismo momento al recibidor y examinaron de nuevo su capote. Akaki Akákievich aunque se sintió algo confundido, siendo un hombre de corazón sincero, no pudo dejar de alegrarse, viendo cómo todos elogiaban el capote. Luego, por supuesto, todos lo dejaron a él y al capote, y se volvieron, como es costumbre, hacia las mesas dispuestas para el whist. Todo esto: el ruido, la conversación y la multitud de gente, todo esto era algo extraño para Akaki Akákievich. Él, sencillamente, no sabía qué hacer, dónde poner las manos, los pies y toda su figura; por fin se sentó junto a los que jugaban, miraba las cartas, se quedaba mirando a uno y otro a la cara y al cabo de un tiempo empezó a bostezar, a sentir que se aburría, tanto más cuanto que hacía ya mucho que había llegado la hora en que, por costumbre, se iba a dormir. Quiso despedirse del anfitrión, pero no lo dejaron, diciendo que había que beber sin falta, en honor del estreno, una copa de champán. Al cabo de una hora sirvieron la cena, que consistía en ensalada rusa, ternera fría, empanada, pasteles de confitería y champán. A Akaki Akákievich lo obligaron a beber dos copas, después de las cuales sintió que en la habitación todo se había vuelto más alegre, sin embargo no podía de ningún modo olvidar que ya eran las doce y que hacía tiempo que era hora de irse a casa. Para que de algún modo no se le ocurriera al anfitrión retenerlo, salió sigilosamente de la habitación, buscó en el recibidor el capote, que no sin pena vio tirado en el suelo, lo sacudió, le quitó todas las pelusas, se lo echó sobre los hombros y bajó la escalera a la calle. En la calle todavía había luz. Algunas tienduchas, esos clubes permanentes de criados y gente de toda clase, estaban abiertas, otras, en cambio, que estaban cerradas, mostraban sin embargo una larga franja de luz por toda la rendija de la puerta, señal de que no carecían todavía de compañía y, probablemente, las criadas o los criados estaban todavía acabando sus habladurías y conversaciones, sumiendo a sus señores en completa perplejidad respecto a su paradero. Akaki Akákievich caminaba con ánimo alegre, hasta echó a correr de repente, no se sabe por qué, tras una dama que pasó como un relámpago y en la que cada parte del cuerpo estaba llena de un movimiento extraordinario. Pero sin embargo enseguida se detuvo y siguió andando otra vez como antes, muy despacio, asombrándose él mismo de la carrera surgida no se sabe de dónde. Pronto se extendieron ante él aquellas calles desiertas, que ni siquiera de día son tan alegres, y mucho menos por la noche. Ahora se habían vuelto todavía más silenciosas y solitarias: los faroles empezaron a parpadear más raramente, de aceite, como se ve, ya se daba menos; empezaron las casas de madera, las vallas; ni un alma en ninguna parte; sólo brillaba la nieve por las calles, y se veían negras y tristes, con las contraventanas cerradas, las casuchas bajas dormidas. Se acercó al lugar donde la calle era cortada por una plaza interminable con las casas apenas visibles en el otro lado, que parecía un desierto terrible.
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