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Capítulo 89La dueña Dolorida llega

Don Quijote de la Mancha · Miguel de Cervantes · 4 min de lectura

Capítulo XXXVII. Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida

Enormemente se alegraron el duque y la duquesa de ver cuán bien iba respondiendo a su intención don Quijote, y en ese momento dijo Sancho:

—No querría yo que esta señora dueña pusiese algún tropiezo a la promesa de mi gobierno, porque yo he oído decir a un boticario toledano que hablaba como un jilguero que donde intervinieran dueñas no podía suceder cosa buena. ¡Válgame Dios, y qué mal estaba con ellas ese boticario! De lo que yo saco que, pues todas las dueñas son fastidiosas e impertinentes, de cualquier calidad y condición que sean, ¿qué serán las que son doloridas, como han dicho que es esta condesa Tres Faldas, o Tres Colas?; que en mi tierra faldas y colas, colas y faldas, todo es uno.

—Calla, Sancho amigo —dijo don Quijote—, que, pues esta señora dueña de tan lejanas tierras viene a buscarme, no debe ser de aquellas que el boticario tenía en su cuenta, y más aún que esta es condesa, y cuando las condesas sirven de dueñas, será sirviendo a reinas y a emperatrices, que en sus casas son señorísimas que se sirven de otras dueñas.

A esto respondió doña Rodríguez, que se hallaba presente:

—Dueñas tiene mi señora la duquesa en su servicio, que pudieran ser condesas si la fortuna quisiera, pero allá van leyes donde quieren reyes; y nadie diga mal de las dueñas, y más de las antiguas y doncellas; que, aunque yo no lo soy, bien se me alcanza y se me trasluce la ventaja que hace una dueña doncella a una dueña viuda; y quien a nosotras esquiló, las tijeras le quedaron en la mano.

—Con todo eso —replicó Sancho—, hay tanto que esquilar en las dueñas, según mi barbero, que será mejor no menear el arroz, aunque se pegue.

—Siempre los escuderos —respondió doña Rodríguez— son enemigos nuestros; que, como son duendes de las antesalas y nos ven a cada paso, los ratos que no rezan, que son muchos, los gastan en murmurar de nosotras, desenterrándonos los huesos y enterrándonos la fama. Pues mándoles yo a los leños movibles, que, mal que les pese, hemos de vivir en el mundo, y en las casas principales, aunque muramos de hambre y cubramos con un negro monjil nuestras delicadas o no delicadas carnes, como quien cubre o tapa un muladar con un tapiz en día de procesión. A fe que si me fuera dado, y el tiempo lo pidiera, que yo diera a entender, no solo a los presentes, sino a todo el mundo, cómo no hay virtud que no se encierre en una dueña.

—Yo creo —dijo la duquesa— que mi buena doña Rodríguez tiene razón, y muy grande; pero conviene que aguarde tiempo para volver por sí y por las demás dueñas, para confundir la mala opinión de aquel mal boticario, y desarraigar la que tiene en su pecho el gran Sancho Panza.

A lo que Sancho respondió:

—Después que tengo humos de gobernador se me han quitado los vértigos de escudero, y no se me da por cuantas dueñas hay un higo.

Adelante pasaran con el coloquio de dueñas, si no oyeran que el pífano y los tambores volvían a sonar, por donde entendieron que la dueña Dolorida entraba. Preguntó la duquesa al duque si sería bien ir a recibirla, pues era condesa y persona principal.

—Por lo que tiene de condesa —respondió Sancho, antes que el duque respondiese—, bien estoy en que vuestras grandezas salgan a recibirla; pero por lo de dueña, soy de parecer que no se muevan un paso.

—¿Quién te mete a ti en esto, Sancho? —dijo don Quijote.

—¿Quién, señor? —respondió Sancho—. Yo me meto, que puedo meterme, como escudero que ha aprendido los términos de la cortesía en la escuela de vuestra merced, que es el más cortés y bien criado caballero que hay en toda la cortesanía; y en estas cosas, según he oído decir a vuestra merced, tanto se pierde por carta de más como por carta de menos; y al buen entendedor, pocas palabras.

—Así es, como Sancho dice —dijo el duque—: veremos el talle de la condesa, y por él tantearemos la cortesía que se le debe.

En esto, entraron los tambores y el pífano, como la vez primera.

Y aquí, con este breve capítulo, dio fin el autor, y comenzó el otro, siguiendo la misma aventura, que es una de las más notables de la historia.

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