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Capítulo 102Los encantadores y el paje mensajero

Don Quijote de la Mancha · Miguel de Cervantes · 17 min de lectura

Capítulo L. Donde se declara quiénes fueron los encantadores y verdugos que azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso que tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza

Dice Cide Hamete Benengeli, puntualísimo escudriñador de los átomos de esta verdadera historia, que en el momento en que doña Rodríguez salió de su aposento para ir a la estancia de don Quijote, otra dueña que dormía con ella lo sintió, y que, como todas las dueñas son amigas de saber, entender y oler, se fue tras ella, con tanto silencio, que la buena Rodríguez no lo notó; y, así como la dueña la vio entrar en la estancia de don Quijote, porque no faltase en ella la costumbre general que todas las dueñas tienen de ser chismosas, al momento fue a contárselo a pico a su señora la duquesa, de cómo doña Rodríguez se quedaba en el aposento de don Quijote.

La duquesa se lo dijo al duque, y le pidió permiso para que ella y Altisidora viniesen a ver lo que aquella dueña quería con don Quijote; el duque se lo dio, y las dos, con gran cuidado y sosiego, paso a paso, llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento, y tan cerca, que oían todo lo que dentro hablaban; y, cuando oyó la duquesa que Rodríguez había echado a la calle el Aranjuez de sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni tampoco Altisidora; y así, llenas de cólera y deseosas de venganza, entraron de golpe en el aposento, y acribillaron a don Quijote y vapulearon a la dueña del modo que queda contado; porque las afrentas que van directas contra la hermosura y presunción de las mujeres, despiertan en ellas en gran manera la ira y encienden el deseo de vengarse.

Contó la duquesa al duque lo que le había pasado, de lo que se alegró mucho, y la duquesa, prosiguiendo con su intención de burlarse y recibir pasatiempo con don Quijote, despachó al paje que había hecho la figura de Dulcinea en el concierto de su desencanto —que tenía bien olvidado Sancho Panza con la ocupación de su gobierno— a Teresa Panza, su mujer, con la carta de su marido, y con otra suya, y con una gran sarta de corales ricos como regalo.

Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo de servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de Sancho; y, antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres, a quienes preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer llamada Teresa Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en pie una mozuela que estaba lavando, y dijo:

—Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho, mi señor padre, y el tal caballero, nuestro amo.

—Pues venid, doncella —dijo el paje—, y mostradme a vuestra madre, porque le traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.

—Eso haré yo de muy buena gana, señor mío —respondió la moza, que mostraba tener edad de catorce años, poco más o menos.

Y, dejando la ropa que lavaba a otra compañera, sin tocarse ni calzarse, que estaba en piernas y despeinada, saltó delante de la cabalgadura del paje, y dijo:

—Venga vuestra merced, que a la entrada del pueblo está nuestra casa, y mi madre en ella, con mucha pena por no haber sabido en muchos días de mi señor padre.

—Pues yo le llevo tan buenas noticias —dijo el paje— que tiene que dar bien gracias a Dios por ellas.

Finalmente, saltando, corriendo y brincando, llegó al pueblo la muchacha, y, antes de entrar en su casa, dijo a voces desde la puerta:

—Salga, madre Teresa, salga, salga, que viene aquí un señor que trae cartas y otras cosas de mi buen padre.

A cuyas voces salió Teresa Panza, su madre, hilando un copo de estopa, con una saya parda. Parecía, según era de corta, que se la habían cortado por vergonzoso lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos. No era muy vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte, tiesa, nervuda y avellanada; la cual, viendo a su hija, y al paje a caballo, le dijo:

—¿Qué es esto, niña? ¿Qué señor es éste?

—Es un servidor de mi señora doña Teresa Panza —respondió el paje.

Y, diciendo y haciendo, se arrojó del caballo y se fue con mucha humildad a ponerse de hinojos ante la señora Teresa, diciendo:

—Déme vuestra merced sus manos, mi señora doña Teresa, bien así como mujer legítima y particular del señor don Sancho Panza, gobernador propio de la ínsula Barataria.

—¡Ay, señor mío, quítese de ahí; no haga eso! —respondió Teresa—. Que yo no soy nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un rompe-terrones y mujer de un escudero andante, y no de gobernador alguno.

—Vuestra merced —respondió el paje— es mujer dignísima de un gobernador archidignísimo; y, para prueba de esta verdad, reciba vuestra merced esta carta y este presente.

Y sacó al instante de la faltriquera una sarta de corales con extremos de oro, y se la echó al cuello y dijo:

—Esta carta es del señor gobernador, y otra que traigo y estos corales son de mi señora la duquesa, que a vuestra merced me envía.

Quedó pasmada Teresa, y su hija ni más ni menos, y la muchacha dijo:

—Que me maten si no anda por aquí nuestro señor amo don Quijote, que debe de haber dado a padre el gobierno o condado que tantas veces le había prometido.

—Así es la verdad —respondió el paje—: que, por respeto del señor don Quijote, es ahora el señor Sancho gobernador de la ínsula Barataria, como se verá por esta carta.

—Léamela vuestra merced, señor gentilhombre —dijo Teresa—, porque, aunque yo sé hilar, no sé leer ni pizca.

—Ni yo tampoco —añadió Sanchica—; pero espérenme aquí, que yo iré a llamar a quien la lea, ora sea el cura mesmo, o el bachiller Sansón Carrasco, que vendrán de muy buena gana, por saber noticias de mi padre.

—No hay para qué se llame a nadie, que yo no sé hilar, pero sé leer, y la leeré.

Y así, se la leyó toda, que, por quedar ya referida, no se pone aquí; y luego sacó otra de la duquesa, que decía de esta manera:

Amiga Teresa:

Las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho me movieron y obligaron a pedir a mi marido el duque que le diese un gobierno de una ínsula, de muchas que tiene. Tengo noticia de que gobierna como un gerifalte, de lo que yo estoy muy contenta, y el duque mi señor, por consiguiente; por lo que doy muchas gracias al cielo de no haberme engañado en haberle escogido para el tal gobierno; porque quiero que sepa la señora Teresa que con dificultad se halla un buen gobernador en el mundo, y tal me haga a mí Dios como Sancho gobierna.

Ahí le envío, querida mía, una sarta de corales con extremos de oro; yo me alegraría de que fuera de perlas orientales, pero quien te da el hueso, no te querría ver muerta: tiempo vendrá en que nos conozcamos y nos comuniquemos, y Dios sabe lo que será. Encomiéndeme a Sanchica, su hija, y dígale de mi parte que se prepare, que la tengo de casar altamente cuando menos lo piense.

Dícenme que en ese lugar hay bellotas gordas: envíeme hasta dos docenas, que las estimaré en mucho, por ser de su mano, y escríbame largo, avisándome de su salud y de su bienestar; y si hubiere menester alguna cosa, no tiene más que hacer que abrir la boca: que su boca será medida, y Dios me la guarde. De este lugar.

Su amiga, que bien la quiere,

La Duquesa.

—¡Ay! —dijo Teresa al oír la carta—. Y qué buena y qué llana y qué humilde señora. Con estas tales señoras me entierren a mí, y no las hidalgas que en este pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con tanta fantasía como si fuesen las mismas reinas, que no parece sino que tienen a deshonra el mirar a una labradora; y veis aquí donde esta buena señora, con ser duquesa, me llama amiga, y me trata como si fuera su igual, que igual la vea yo con el más alto campanario que hay en la Mancha. Y, en lo que toca a las bellotas, señor mío, yo le enviaré a su señoría un celemín, que por gordas las pueden venir a ver por admiración y maravilla. Y por ahora, Sanchica, atiende a que se regale este señor: pon en orden este caballo, y saca de la caballeriza huevos, y corta tocino de sobra, y démosle de comer como a un príncipe, que las buenas noticias que nos ha traído y la buena cara que él tiene lo merece todo; y, en tanto, saldré yo a dar a mis vecinas las noticias de nuestro contento, y al padre cura y a maese Nicolás el barbero, que tan amigos son y han sido de tu padre.

—Sí haré, madre —respondió Sanchica—; pero mire que me ha de dar la mitad de esa sarta; que no tengo yo por tan boba a mi señora la duquesa, que se la había de enviar a ella toda.

—Toda es para ti, hija —respondió Teresa—, pero déjamela traer algunos días al cuello, que verdaderamente parece que me alegra el corazón.

—También se alegrarán —dijo el paje— cuando vean el lío que viene en este portamanteo, que es un vestido de paño finísimo que el gobernador sólo un día llevó a caza, el cual todo lo envía para la señora Sanchica.

—Que me viva él mil años —respondió Sanchica—, y el que lo trae, ni más ni menos, y aun dos mil, si fuere necesidad.

Salió con esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al cuello, y iba tocando las cartas como si fuera un pandero; y, encontrándose por casualidad con el cura y Sansón Carrasco, comenzó a bailar y a decir:

—¡A fe que ahora que no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos! ¡No, sino que se meta conmigo la más pintada hidalga, que yo la pondré como nueva!

—¿Qué es esto, Teresa Panza? ¿Qué locuras son éstas, y qué papeles son ésos?

—No es otra la locura sino que éstas son cartas de duquesas y de gobernadores, y estos que traigo al cuello son corales finos; las avemarías y los padrenuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.

—De Dios para abajo, no te entendemos, Teresa, ni sabemos lo que dices.

—Ahí lo podrán ver ellos —respondió Teresa.

Y les dio las cartas. Las leyó el cura de modo que las oyó Sansón Carrasco, y Sansón y el cura se miraron el uno al otro, como admirados de lo que habían leído; y preguntó el bachiller quién había traído aquellas cartas. Respondió Teresa que se viniesen con ella a su casa y verían al mensajero, que era un mancebo como un pino de oro, y que le traía otro presente que valía más de tanto. Quitóle el cura los corales del cuello, y los miró y remiró, y, certificándose de que eran finos, volvió a admirarse de nuevo, y dijo:

—Por el hábito que tengo, que no sé qué decir ni qué pensar de estas cartas y de estos presentes: por una parte, veo y toco la fineza de estos corales, y por otra, leo que una duquesa envía a pedir dos docenas de bellotas.

—¡Arréglame esas medidas! —dijo entonces Carrasco—. Ahora bien, vamos a ver al portador de este pliego, que de él nos informaremos de las dificultades que se nos ofrecen.

Hiciéronlo así, y volvió Teresa con ellos. Hallaron al paje cribando un poco de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un torrezno para empedrarlo con huevos y dar de comer al paje, cuya presencia y buen adorno contentó mucho a los dos; y, después de haberle saludado cortésmente, y él a ellos, le preguntó Sansón que les dijese noticias así de don Quijote como de Sancho Panza; que, puesto que habían leído las cartas de Sancho y de la señora duquesa, todavía estaban confusos y no acababan de atinar qué sería aquello del gobierno de Sancho, y más de una ínsula, siendo todas o las más que hay en el mar Mediterráneo de Su Majestad. A lo que el paje respondió:

—De que el señor Sancho Panza sea gobernador, no hay de qué dudar en ello; de que sea ínsula o no la que gobierna, en eso no me entremeto, pero basta que sea un lugar de más de mil vecinos; y, en cuanto a lo de las bellotas, digo que mi señora la duquesa es tan llana y tan humilde, que no sólo envía a pedir bellotas a una labradora, sino que le sucede enviar a pedir un peine prestado a una vecina suya. Porque quiero que sepan vuestras mercedes que las señoras de Aragón, aunque son tan principales, no son tan puntillosas y engreídas como las señoras castellanas; con más llaneza tratan con las gentes.

Estando en la mitad de estas conversaciones, saltó Sanchica con un halda de huevos, y preguntó al paje:

—Dígame, señor: ¿mi señor padre trae por ventura calzas atacadas después que es gobernador?

—No he mirado en ello —respondió el paje—, pero sí debe de traer.

—¡Ay, Dios mío! —replicó Sanchica—. Y qué será de ver a mi padre con pedorreras. ¿No es bueno sino que desde que nací tengo deseo de ver a mi padre con calzas atacadas?

—Como con esas cosas lo verá vuestra merced si vive —respondió el paje—. Por Dios, términos lleva de caminar con papahígo, con sólo dos meses que le dure el gobierno.

Bien echaron de ver el cura y el bachiller que el paje hablaba socarronamente, pero la fineza de los corales y el vestido de caza que Sancho enviaba lo deshacía todo; que ya Teresa les había mostrado el vestido. Y no dejaron de reírse del deseo de Sanchica, y más cuando Teresa dijo:

—Señor cura, eche un vistazo por ahí si hay alguien que vaya a Madrid, o a Toledo, para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea a la usanza y de los mejores que hubiere; que en verdad en verdad que tengo de honrar el gobierno de mi marido en cuanto yo pudiere, y aun que si me enojo, me tengo de ir a esa corte, y echar un coche, como todas; que la que tiene marido gobernador muy bien lo puede traer y sustentar.

—Y ¡cómo, madre! —dijo Sanchica—. ¡Pluguiera a Dios que fuese antes hoy que mañana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi señora madre en aquel coche: «¡Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cómo va sentada y tendida en el coche, como si fuera una papisa!». Pero pisen ellos los lodos, y ande yo en mi coche, levantados los pies del suelo. ¡Mal año y mal mes para cuantos murmuradores hay en el mundo, y ande yo caliente, y ríase la gente! ¿Digo bien, madre mía?

—Y ¡cómo que dices bien, hija! —respondió Teresa—. Y todas estas venturas, y aun mayores, me las tiene profetizadas mi buen Sancho, y verás tú, hija, cómo no para hasta hacerme condesa: que todo es comenzar a ser venturosas; y, como yo he oído decir muchas veces a tu buen padre, que así como lo es tuyo lo es de los refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con soguilla: cuando te dieren un gobierno, cógelo; cuando te dieren un condado, agárralo, y cuando te hicieren tus, tus, con alguna buena dádiva, envásala. ¡No, sino dormíos, y no respondáis a las venturas y buenas dichas que están llamando a la puerta de vuestra casa!

—Y ¿qué se me da a mí —añadió Sanchica— que diga el que quisiere cuando me vea entonada y fantasiosa: «Viose el perro en bragas de cerro...», y lo demás?

Oyendo lo cual el cura, dijo:

—Yo no puedo creer sino que todos los de este linaje de los Panzas nacieron cada uno con un costal de refranes en el cuerpo: ninguno de ellos he visto que no los derrame a todas horas y en todas las conversaciones que tienen.

—Así es la verdad —dijo el paje—, que el señor gobernador Sancho a cada paso los dice, y, aunque muchos no vienen a propósito, todavía dan gusto, y mi señora la duquesa y el duque los celebran mucho.

—¿Que todavía se afirma vuestra merced, señor mío —dijo el bachiller—, ser verdad esto del gobierno de Sancho, y de que hay duquesa en el mundo que le envíe presentes y le escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los presentes y hemos leído las cartas, no lo creemos, y pensamos que ésta es una de las cosas de don Quijote, nuestro compatrioto, que todas piensa que son hechas por encantamento; y así, estoy por decir que quiero tocar y palpar a vuestra merced, por ver si es embajador fantástico o hombre de carne y hueso.

—Señores, yo no sé más de mí —respondió el paje— sino que soy embajador verdadero, y que el señor Sancho Panza es gobernador efectivo, y que mis señores duque y duquesa pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que he oído decir que en él se porta valentísimamente el tal Sancho Panza; si en esto hay encantamento o no, vuestras mercedes lo disputen allá entre ellos, que yo no sé otra cosa, por el juramento que hago, que es por vida de mis padres, que los tengo vivos y los amo y los quiero mucho.

—Bien podrá ser así —replicó el bachiller—, pero dubitat Augustinus.

—Dude quien dudare —respondió el paje—, la verdad es la que he dicho, y ésta ha de andar siempre sobre la mentira, como el aceite sobre el agua; y si no, operibus credite, et non verbis: véngase alguno de vuestras mercedes conmigo, y verán con los ojos lo que no creen por los oídos.

—Esa ida a mí me toca —dijo Sanchica—: lléveme vuestra merced, señor, a las ancas de su rocín, que yo iré de muy buena gana a ver a mi señor padre.

—Las hijas de los gobernadores no han de ir solas por los caminos, sino acompañadas de carrozas y literas y de gran número de sirvientes.

—Por Dios —respondió Sancha—, tan bien me va yo sobre una pollina como sobre un coche. ¡Hallado la habéis la melindrosa!

—Calla, mochacha —dijo Teresa—, que no sabes lo que te dices, y este señor está en lo cierto: que tal el tiempo, tal el tiento; cuando Sancho, Sancha, y cuando gobernador, señora, y no sé si digo algo.

—Más dice la señora Teresa de lo que piensa —dijo el paje—; y denme de comer y despáchenme luego, porque pienso volverme esta tarde.

A lo que dijo el cura:

—Vuestra merced se vendrá a hacer penitencia conmigo, que la señora Teresa más tiene voluntad que alhajas para servir a tan buen huésped.

Lo rehusó el paje; pero, en efecto, lo hubo de conceder por su mejora, y el cura lo llevó consigo de buena gana, por tener ocasión de preguntarle con calma por don Quijote y sus hazañas.

El bachiller se ofreció a escribir las cartas a Teresa de la respuesta, pero ella no quiso que el bachiller se metiese en sus cosas, que lo tenía por algo burlón; y así, dio un bollo y dos huevos a un monacillo que sabía escribir, el cual le escribió dos cartas, una para su marido y otra para la duquesa, dictadas de su mismo caletre, que no son las peores que en esta grande historia se ponen, como se verá adelante.

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