Capítulo 64El Caballero de los Espejos
Capítulo XII. De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos
La noche que siguió al día del encuentro de la Muerte la pasaron don Quijote y su escudero debajo de unos altos y sombríos árboles, habiendo, por persuasión de Sancho, comido don Quijote de lo que venía en las provisiones del rucio, y durante la cena dijo Sancho a su señor:
—Señor, ¡qué tonto habría andado yo si hubiera escogido como recompensa los despojos de la primera aventura que vuestra merced acabara, en vez de las crías de las tres yeguas! En efecto, en efecto, más vale pájaro en mano que buitre volando.
—Con todo —respondió don Quijote—, si tú, Sancho, me hubieras dejado acometer como yo quería, te habrían cabido en despojos, por lo menos, la corona de oro de la Emperatriz y las pintadas alas de Cupido, que yo se las habría quitado a la fuerza y te las habría puesto en las manos.
—Nunca los cetros y coronas de los emperadores de teatro —respondió Sancho Panza— fueron de oro puro, sino de oropel o de hojalata.
—Así es verdad —replicó don Quijote—, porque no sería apropiado que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es la misma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por lo mismo a los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se ven al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que hemos de ser como la comedia y los comediantes. Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia donde se presentan reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, este el mercader, aquel el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos de ella, quedan todos los actores iguales.
—Sí he visto —respondió Sancho.
—Pues lo mismo —dijo don Quijote— acontece en la comedia y trato de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden presentar en una comedia; pero, al llegar al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.
—¡Magnífica comparación! —dijo Sancho—, aunque no tan nueva que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que, mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y, al acabarse el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.
—Cada día, Sancho —dijo don Quijote—, te vas haciendo menos simple y más discreto.
—Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra merced —respondió Sancho—; que las tierras que de suyo son estériles y secas, estercolándolas y cultivándolas, vienen a dar buenos frutos: quiero decir que la conversación de vuestra merced ha sido el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que hace que le sirvo y comunico; y con esto espero dar frutos de mí que sean de bendición, tales, que no se aparten ni se desvíen de los senderos de la buena crianza que vuestra merced ha puesto en el agostado entendimiento mío.
Se rió don Quijote de las afectadas razones de Sancho, y le pareció ser verdad lo que decía de su enmienda, porque de cuando en cuando hablaba de manera que le admiraba; aunque todas o las más veces que Sancho quería hablar con presunción y a lo cortesano, acababa su razonamiento despeñándose del monte de su simplicidad al profundo de su ignorancia; y en lo que él se mostraba más elegante y memorioso era en traer refranes, vinieran o no vinieran a cuento de lo que trataba, como se habrá visto y se habrá notado en el discurso de esta historia.
En estas y en otras pláticas se les pasó gran parte de la noche, y a Sancho le vino en voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos, como él decía cuando quería dormir, y, quitando los aparejos al rucio, le dio pasto abundoso y libre. No quitó la silla a Rocinante, por ser expreso mandamiento de su señor que, en el tiempo que anduviesen en campaña, o no durmiesen bajo techado, no desensillase a Rocinante: antigua usanza establecida y guardada de los andantes caballeros, quitar el freno y colgarlo del arzón de la silla; pero, ¿quitar la silla al caballo?, ¡eso ni pensarlo!; y así lo hizo Sancho, y le dio la misma libertad que al rucio, cuya amistad con él y con Rocinante fue tan única y tan trabada, que hay fama, por tradición de padres a hijos, que el autor de esta verdadera historia hizo particulares capítulos de ella; mas que, por guardar la decencia y decoro que a tan heroica historia se debe, no los puso en ella, aunque algunas veces se descuida de este su propósito, y escribe que, así como las dos bestias se juntaban, acudían a rascarse el uno al otro, y que, después de cansados y satisfechos, cruzaba Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que le sobraba de la otra parte más de media vara), y, mirando los dos atentamente al suelo, solían estar de aquella manera tres días; al menos, todo el tiempo que les dejaban, o no les obligaba el hambre a buscar sustento.
Digo que dicen que dejó el autor escrito que los había comparado en la amistad a la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes; y si esto es así, se podía echar de ver, para universal admiración, cuán firme debió ser la amistad de estos dos pacíficos animales, y para confusión de los hombres, que tan mal saben guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se dijo:
No hay amigo para amigo:
las cañas se vuelven lanzas;
y el otro que cantó:
De amigo a amigo la chinche, etc.
Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en haber comparado la amistad de estos animales a la de los hombres, que de las bestias han recibido muchos avisos los hombres y aprendido muchas cosas de importancia, como son: de las cigüeñas, la lavativa; de los perros, el vómito y el agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las hormigas, la previsión; de los elefantes, la honestidad, y la lealtad, del caballo.
Finalmente, Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque, y don Quijote dormitando al de una robusta encina; pero, poco espacio de tiempo había pasado, cuando lo despertó un ruido que sintió a sus espaldas, y, levantándose sobresaltado, se puso a mirar y a escuchar de dónde procedía el ruido, y vio que eran dos hombres a caballo, y que el uno, dejándose caer de la silla, dijo al otro:
—Apéate, amigo, y quita los frenos a los caballos, que, a mi parecer, este sitio abunda de hierba para ellos, y del silencio y soledad que necesitan mis amorosos pensamientos.
El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue al mismo tiempo; y, al arrojarse, hicieron ruido las armas de que venía armado, manifiesta señal por donde conoció don Quijote que debía de ser caballero andante; y, llegándose a Sancho, que dormía, lo tomó del brazo, y con no pequeño trabajo lo volvió en su acuerdo, y con voz baja le dijo:
—Hermano Sancho, aventura tenemos.
—Dios nos la dé buena —respondió Sancho—; y ¿dónde está, señor mío, su merced de esa señora aventura?
—¿Dónde, Sancho? —replicó don Quijote—; vuelve los ojos y mira, y verás allí tendido un andante caballero, que, a lo que a mí me parece, no debe de estar demasiadamente alegre, porque lo vi arrojarse del caballo y tenderse en el suelo con algunas muestras de despecho, y al caer le crujieron las armas.
—Pues ¿en qué halla vuestra merced —dijo Sancho— que esta sea aventura?
—No quiero yo decir —respondió don Quijote— que esta sea aventura del todo, sino principio de ella; que por aquí se comienzan las aventuras. Pero escucha, que, según parece, templando está un laúd o vihuela, y, según escupe y se desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo.
—A buena fe que es así —respondió Sancho—, y que debe de ser caballero enamorado.
—No hay ninguno de los andantes que no lo sea —dijo don Quijote—. Y escuchémosle, que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, si es que canta; que de la abundancia del corazón habla la lengua.
Replicar quería Sancho a su amo, pero la voz del Caballero del Bosque, que no era muy mala ni muy buena, lo estorbó; y, estando los dos atónitos, oyeron que lo que cantó fue este soneto:
—Dadme, señora, un término que siga, conforme a vuestra voluntad cortado; que será de la mía así estimado, que por jamás un punto dél desdiga. Si gustáis que callando mi fatiga muera, contadme ya por acabado: si queréis que os la cuente en desusado modo, haré que el mesmo amor la diga. A prueba de contrarios estoy hecho, de blanda cera y de diamante duro, y a las leyes de amor el alma ajusto. Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho: entallad o imprimid lo que os dé gusto, que de guardarlo eternamente juro.
Con un ¡ay!, arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio fin a su canto el Caballero del Bosque, y, de allí a un poco, con voz doliente y lastimada, dijo:
—¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer del orbe! ¿Cómo que será posible, serenísima Casildea de Vandalia, que has de consentir que se consuma y acabe en continuas peregrinaciones y en ásperos y duros trabajos este tu cautivo caballero? ¿No basta ya que he hecho que te confiesen por la más hermosa del mundo todos los caballeros de Navarra, todos los leoneses, todos los tartesios, todos los castellanos, y, finalmente, todos los caballeros de la Mancha?
—Eso no —dijo en este momento don Quijote—, que yo soy de la Mancha y nunca tal he confesado, ni podía ni debía confesar una cosa tan perjudicial a la belleza de mi señora; y este tal caballero ya ves tú, Sancho, que desvaría. Pero, escuchemos: quizá se declare más.
—Sí que lo hará —replicó Sancho—, que lleva camino de quejarse un mes seguido.
Pero no fue así, porque, habiendo oído el Caballero del Bosque que hablaban cerca de él, sin pasar adelante en su lamentación, se puso en pie, y dijo con voz sonora y comedida:
—¿Quién va allá? ¿Qué gente? ¿Es por ventura de la del número de los contentos, o la del de los afligidos?
—De los afligidos —respondió don Quijote.
—Pues acérquese a mí —respondió el del Bosque—, y tenga por seguro que se acerca a la misma tristeza y a la aflicción misma.
Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se acercó a él, y Sancho igualmente.
El caballero doliente asió a don Quijote del brazo, diciendo:
—Sentaos aquí, señor caballero, que para entender que lo sois, y de los que profesan la andante caballería, me basta el haberos hallado en este lugar, donde la soledad y el sereno os hacen compañía, naturales lechos y propias estancias de los caballeros andantes.
A lo que respondió don Quijote:
—Caballero soy, y de la profesión que decís; y, aunque en mi alma tienen su propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por eso se ha ahuyentado de ella la compasión que tengo por las ajenas desdichas. De lo que cantasteis hace poco, colegí que las vuestras son enamoradas, quiero decir, del amor que tenéis a aquella hermosa ingrata que en vuestras lamentaciones nombrasteis.
Ya cuando esto pasaba estaban sentados juntos sobre la dura tierra, en buena paz y compañía, como si al romper del día no se tuvieran que romper las cabezas.
—Por ventura, señor caballero —preguntó el del Bosque a don Quijote—, ¿sois enamorado?
—Por desventura lo soy —respondió don Quijote—; aunque los daños que nacen de los bien colocados pensamientos, antes se deben tener por gracias que por desdichas.
—Así es la verdad —replicó el del Bosque—, si no nos turbasen la razón y el entendimiento los desdenes, que, siendo muchos, parecen venganzas.
—Nunca fui desdeñado de mi señora —respondió don Quijote.
—No, por cierto —dijo Sancho, que allí junto estaba—, porque es mi señora como una borrega mansa: es más blanda que la mantequilla.
—¿Es vuestro escudero este? —preguntó el del Bosque.
—Sí lo es —respondió don Quijote.
—Nunca he visto yo escudero —replicó el del Bosque— que se atreva a hablar donde habla su señor; al menos, ahí está ese mío, que es tan grande como su padre, y no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo.
—Pues a fe —dijo Sancho—, que he hablado yo, y puedo hablar delante de otro tan..., y aun quédese aquí, que es peor menearlo.
El escudero del Bosque asió por el brazo a Sancho, diciéndole:
—Vámonos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuanto quisiéremos, y dejemos a estos señores amos nuestros que se den de las astas, contándose las historias de sus amores; que a buen seguro que les ha de coger el día en ellas y no las han de haber acabado.
—Sea en buena hora —dijo Sancho—; y yo le diré a vuestra merced quién soy, para que vea si puedo entrar en docena con los más hablantes escuderos.
Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pasó un coloquio tan gracioso como fue grave el que pasó entre sus señores.
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