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Capítulo 88La dueña Dolorida y la carta de Sancho

Don Quijote de la Mancha · Miguel de Cervantes · 11 min de lectura

Capítulo XXXVI. Donde se cuenta la extraña y jamás imaginada aventura de la dueña Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una carta que Sancho Panza escribió a su mujer Teresa Panza

Tenía el duque un mayordomo de ingenio muy burlón y desenvuelto, el cual hizo el papel de Merlín y preparó todo el aparato de la aventura pasada, compuso los versos e hizo que un paje hiciese de Dulcinea. Finalmente, con intervención de sus señores, organizó otra del más gracioso y extraño artificio que pueda imaginarse.

Preguntó la duquesa a Sancho al día siguiente si había comenzado la tarea de la penitencia que tenía que hacer para el desencanto de Dulcinea. Dijo que sí, y que aquella noche se había dado cinco azotes. Le preguntó la duquesa que con qué se los había dado. Respondió que con la mano.

—Eso —replicó la duquesa— es más darse palmadas que azotes. Yo creo que el sabio Merlín no estará contento con tanta blandura; será necesario que el buen Sancho haga alguna disciplina de abrojos, o de las de ramales gruesos, que se dejen sentir; porque la letra con sangre entra, y no se ha de dar tan barata la libertad de una tan gran señora como lo es Dulcinea por tan poco precio; y advierta Sancho que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada.

A lo que respondió Sancho:

—Déme vuestra señoría alguna disciplina o ramal conveniente, que yo me daré con él con tal de que no me duela demasiado, porque hago saber a vuesa merced que, aunque soy rústico, mis carnes tienen más de algodón que de esparto, y no será bien que yo me destroce por el provecho ajeno.

—Sea en buena hora —respondió la duquesa—: yo te daré mañana una disciplina que te venga muy al justo y se acomode a la ternura de tus carnes, como si fueran sus hermanas propias.

A lo que dijo Sancho:

—Sepa vuestra alteza, señora mía de mi alma, que yo tengo escrita una carta a mi mujer Teresa Panza, dándole cuenta de todo lo que me ha sucedido desde que me aparté de ella; aquí la tengo en el pecho, que no le falta más que ponerle el sobrescrito; querría que vuestra discreción la leyese, porque me parece que va conforme a lo de gobernador, digo, al modo en que deben escribir los gobernadores.

—¿Y quién la compuso? —preguntó la duquesa.

—¿Quién la había de componer sino yo, pecador de mí? —respondió Sancho.

—¿Y la escribiste tú? —dijo la duquesa.

—Ni por pienso —respondió Sancho—, porque yo no sé leer ni escribir, aunque sí sé firmar.

—Veámosla —dijo la duquesa—, que a buen seguro que tú muestres en ella la calidad y suficiencia de tu ingenio.

Sacó Sancho una carta abierta del pecho, y, tomándola la duquesa, vio que decía de esta manera:

Carta de Sancho Panza a Teresa Panza, su mujer

Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba; si buen gobierno me tengo, buenos azotes me cuesta. Esto no lo entenderás tú, Teresa mía, por ahora; otra vez lo sabrás. Has de saber, Teresa, que tengo determinado que andes en coche, que es lo que hace al caso, porque cualquier otro andar es andar a gatas. Mujer de un gobernador eres, ¡mira si te roerá nadie los zancajos! Ahí te envío un vestido verde de cazador, que me dio mi señora la duquesa; arréglalo de modo que sirva de saya y jubón a nuestra hija. Don Quijote, mi amo, según he oído decir en esta tierra, es un loco cuerdo y un mentecato gracioso, y yo no le voy en zaga. Hemos estado en la cueva de Montesinos, y el sabio Merlín ha echado mano de mí para el desencanto de Dulcinea del Toboso, que por allá se llama Aldonza Lorenzo: con tres mil trescientos azotes, menos cinco, que me he de dar, quedará desencantada como la madre que la parió. No dirás de esto nada a nadie, porque pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro. De aquí a pocos días partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mismo deseo; le tomaré el pulso, y te avisaré si has de venir a estar conmigo o no. El rucio está bueno, y se te encomienda mucho; y no pienso dejarlo, aunque me llevaran a ser Gran Turco. La duquesa mi señora te besa mil veces las manos; devuélvele el retorno con dos mil, que no hay cosa que menos cueste ni valga más barata, según dice mi amo, que los buenos cumplimientos. No ha sido Dios servido de depararme otra maleta con otros cien escudos, como la de marras, pero no te dé pena, Teresa mía, que en salvo está el que repica, y todo saldrá en la colada del gobierno; sino que me ha dado gran pena que me dicen que si una vez lo pruebo, me tengo de comer las manos tras él; y si así fuese, no me costaría muy barato, aunque los estropeados y mancos ya tienen su canonjía en la limosna que piden; así que, por una vía o por otra, tú has de ser rica, de buena ventura. Dios te la dé, como puede, y a mí me guarde para servirte. De este castillo, a veinte de julio de 1614.

Tu marido el gobernador,

Sancho Panza.

Al acabar la duquesa de leer la carta, dijo a Sancho:

—En dos cosas anda un poco descaminado el buen gobernador: la una, en decir o dar a entender que este gobierno se le ha dado por los azotes que se ha de dar, sabiendo él, que no lo puede negar, que cuando el duque, mi señor, se lo prometió, no se soñaba que hubiera azotes en el mundo; la otra es que se muestra en ella muy codicioso, y no querría que orégano fuese, porque la codicia rompe el saco, y el gobernador codicioso hace la justicia desgobernada.

—Yo no lo digo por tanto, señora —respondió Sancho—; y si a vuesa merced le parece que la tal carta no va como ha de ir, no hay sino rasgarla y hacer otra nueva, y podría ser que fuese peor si me lo dejan a mi caletre.

—No, no —replicó la duquesa—, buena está esta, y quiero que el duque la vea.

Con esto se fueron a un jardín, donde tenían que comer aquel día. Mostró la duquesa la carta de Sancho al duque, del que recibió grandísimo contento. Comieron, y después de levantados los manteles, y después de haberse entretenido un buen espacio con la sabrosa conversación de Sancho, de repente se oyó el son tristísimo de un pífano y el de un ronco y destemplado tambor. Todos mostraron alborotarse con la confusa, marcial y triste armonía, especialmente don Quijote, que no cabía en su asiento de puro alborotado; de Sancho no hay que decir sino que el miedo lo llevó a su acostumbrado refugio, que era el lado o faldas de la duquesa, porque real y verdaderamente el son que se escuchaba era tristísimo y melancólico.

Y, estando todos así suspensos, vieron entrar por el jardín adelante dos hombres vestidos de luto, tan largo y tendido que les arrastraba por el suelo; estos venían tocando dos grandes tambores, asimismo cubiertos de negro. A su lado venía el pífano, negro y tiznado como los demás. Seguía a los tres un personaje de cuerpo gigantesco, envuelto, no vestido, con una negrísima loba, cuya falda era asimismo desaforadamente grande. Por encima de la loba le ceñía y atravesaba un ancho tahalí, también negro, del que pendía un desmesurado alfanje de guarniciones y vaina negra. Traía cubierto el rostro con un transparente velo negro, por el que se entreveía una larguísima barba, blanca como la nieve. Movía el paso al son de los tambores con mucha gravedad y reposo. En fin, su grandeza, su contoneo, su negrura y su acompañamiento pudieron y pudieron suspender a todos aquellos que sin conocerlo lo miraron.

Llegó, pues, con el espacio y pompa referidos a hincarse de rodillas ante el duque, que en pie, con los demás que allí estaban, lo aguardaba; pero el duque de ninguna manera le consintió hablar hasta que se levantase. Lo hizo así el espantajo prodigioso, y, puesto en pie, alzó el antifaz del rostro e hizo patente la más horrenda, la más larga, la más blanca y más poblada barba que hasta entonces humanos ojos habían visto, y luego desencajó y arrancó del ancho y dilatado pecho una voz grave y sonora, y, poniendo los ojos en el duque, dijo:

—Altísimo y poderoso señor, a mí me llaman Trifaldín el de la Barba Blanca; soy escudero de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la Dueña Dolorida, de parte de la cual traigo a vuestra grandeza una embajada, y es que vuestra magnificencia sea servida de darle facultad y licencia para entrar a decirle su cuita, que es una de las más nuevas y más admirables que el más acuitado pensamiento del orbe pueda haber pensado. Y primero quiere saber si está en este vuestro castillo el valeroso y jamás vencido caballero don Quijote de la Mancha, en cuya busca viene a pie y sin desayunarse desde el reino de Candaya hasta este vuestro estado, cosa que se puede y debe tener por milagro o por fuerza de encantamiento. Ella queda a la puerta de esta fortaleza o casa de campo, y no aguarda para entrar sino vuestro beneplácito. Dije.

Y tosió luego y se manoseó la barba de arriba abajo con ambas manos, y con mucho sosiego estuvo aguardando la respuesta del duque, que fue:

—Ya, buen escudero Trifaldín de la Blanca Barba, hace muchos días que tenemos noticia de la desgracia de mi señora la condesa Trifaldi, a quien los encantadores hacen llamar la Dueña Dolorida; bien podéis, estupendo escudero, decirle que entre y que aquí está el valiente caballero don Quijote de la Mancha, de cuya condición generosa puede prometerse con seguridad todo amparo y toda ayuda; y asimismo le podréis decir de mi parte que si mi favor le fuere necesario, no le ha de faltar, pues ya me tiene obligado a dárselo el ser caballero, a quien es anejo y concerniente favorecer a toda suerte de mujeres, en especial a las dueñas viudas, menoscabadas y doloridas, cual lo debe estar su señoría.

Oyendo lo cual Trifaldín, inclinó la rodilla hasta el suelo, y, haciendo al pífano y tambores señal de que tocasen, al mismo son y al mismo paso con que había entrado, se volvió a salir del jardín, dejando a todos admirados de su presencia y compostura. Y, volviéndose el duque a don Quijote, le dijo:

—En fin, famoso caballero, no pueden las tinieblas de la malicia ni de la ignorancia encubrir y oscurecer la luz del valor y de la virtud. Digo esto porque apenas hace seis días que vuestra bondad está en este castillo, cuando ya os vienen a buscar de lejanas y apartadas tierras, y no en carrozas ni en dromedarios, sino a pie y en ayunas, los tristes, los afligidos, confiados en que han de hallar en ese fortísimo brazo el remedio de sus cuitas y trabajos, merced a vuestras grandes hazañas, que corren y rodean todo lo descubierto de la tierra.

—Quisiera yo, señor duque —respondió don Quijote—, que estuviera aquí presente aquel bendito religioso que a la mesa el otro día mostró tener tan mal talante y tan mala ojeriza contra los caballeros andantes, para que viera por vista de ojos si los tales caballeros son necesarios en el mundo: tocara, por lo menos, con la mano que los extraordinariamente afligidos y desconsolados, en casos grandes y en desdichas enormes no van a buscar su remedio a las casas de los letrados, ni a la de los sacristanes de las aldeas, ni al caballero que nunca ha acertado a salir de los términos de su lugar, ni al perezoso cortesano que antes busca nuevas para referirlas y contarlas, que procura hacer obras y hazañas para que otros las cuenten y las escriban; el remedio de las cuitas, el socorro de las necesidades, el amparo de las doncellas, el consuelo de las viudas, en ninguna suerte de personas se halla mejor que en los caballeros andantes, y de serlo yo doy infinitas gracias al cielo, y doy por muy bien empleado cualquier desmán y trabajo que en este tan honroso ejercicio pueda sucederme. Venga esta dueña y pida lo que quisiere, que yo le libraré su remedio en la fuerza de mi brazo y en la intrépida resolución de mi animoso espíritu.

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