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Libro 2Sobre cómo soportar el dolor

Disputaciones tusculanas · Cicerón · 47 min de lectura

LIBRO SEGUNDO. Sobre el hecho de soportar el dolor.

I. 1 Neoptólemo, en la obra de Ennio, dice que «filosofar es para él necesario, pero poco; pues en absoluto le place hacerlo en exceso». Yo, sin embargo, Bruto, creo que para mí es necesario filosofar; pues ¿qué puedo hacer mejor, sobre todo no haciendo nada? Pero no poco, como aquel. Porque es difícil en la filosofía que uno conozca poco si no conoce la mayor parte o todo. Pues ni lo poco puede escogerse sino de lo mucho, ni quien haya aprendido poco dejará de perseguir lo restante con el mismo empeño. 2 Pero en una vida ocupada y, como lo era entonces la de Neoptólemo, militar, lo poco mismo ayuda con frecuencia mucho y trae frutos, si no tan grandes cuanto pueden recogerse de la filosofía entera, sin embargo sí aquellos con los que alguna vez nos liberamos en cierta medida del deseo, de la aflicción o del miedo; así como de aquella discusión que mantuve hace poco en mi finca de Túsculo pareció producirse un gran desprecio de la muerte, cosa que tiene gran valor para liberar el alma del miedo. Pues quien teme lo que no puede evitarse no puede de ningún modo vivir con el alma tranquila; pero quien no teme la muerte, no solo porque es necesario morir, sino también porque la muerte no tiene nada que sea horrible, ese se procura una gran defensa para la vida feliz. 3 Aunque no ignoramos que muchos van a hablar con empeño en contra; cosa que no pudimos evitar de ningún modo, a menos que no escribiéramos absolutamente nada. Pues si los discursos, que nosotros queríamos que fueran aprobados por el juicio de la multitud (pues popular es aquella facultad, y el efecto de la elocuencia es la aprobación de los oyentes), pero si se encontraban algunos que no alababan nada sino lo que confiaban poder imitar, y que proponían como límite del buen decir aquello mismo que esperaban para sí, y cuando eran abrumados por la abundancia de pensamientos y palabras, decían que preferían la sequedad y el hambre a la exuberancia y la copia (de donde había surgido un género de áticos desconocido para aquellos mismos que profesaban seguirlo, que ya han callado, ridiculizados casi desde el mismo foro); ¿qué pensamos que va a suceder, cuando vemos que ahora no podemos servirnos del apoyo del pueblo del que antes nos servíamos? Pues la filosofía se contenta con pocos jueces, huyendo a propósito de la multitud y siendo para ella misma sospechosa y odiosa, de modo que, o bien si alguien quisiera vituperar toda la filosofía, podría hacerlo con el pueblo a favor, o bien si intentara atacar aquella que nosotros seguimos principalmente, podría tener grandes auxilios de las doctrinas de los demás filósofos. Nosotros, sin embargo, respondimos a los que vituperan toda la filosofía en el Hortensio.

II. En cuanto a lo que debía decirse en pro de la Academia, creemos que quedó explicado con suficiente exactitud en los cuatro libros Académicos; pero, con todo, tan lejos estamos de no querer que se escriba contra nosotros, que incluso lo deseamos muchísimo. Pues en la misma Grecia la filosofía nunca habría estado en tanto honor si no hubiera florecido gracias a las controversias y disensiones de los más doctos. 5 Por lo cual exhorto a todos los que puedan hacerlo a que arrebaten también esta gloria de este género a la ya decadente Grecia y la trasladen a esta ciudad, así como nuestros mayores trasladaron con su dedicación e industria todas las demás cosas que eran dignas de buscarse. Y en verdad la gloria de los oradores, conducida desde lo humilde, llegó a lo más alto, de modo que ya, como suele suceder por naturaleza en casi todas las cosas, está envejeciendo y parece que en breve tiempo va a llegar a la nada, mientras que la filosofía nazca ahora en las letras latinas en estos tiempos, y que nosotros la ayudemos y soportemos ser refutados y rebatidos. Cosa que llevan a mal aquellos que están como adictos y consagrados a ciertas opiniones determinadas y establecidas y constreñidos por esa necesidad, de modo que incluso se ven obligados a defender por causa de la coherencia aquello que no suelen aprobar; nosotros, que seguimos lo probable y no podemos avanzar más allá de lo que se presenta como verosímil, estamos preparados para refutar sin terquedad y para ser refutados sin ira. 6 Y si estos estudios fueran trasladados a los nuestros, ni siquiera necesitaríamos las bibliotecas griegas, en las que hay una multitud infinita de libros debido a la multitud de los que escribieron. Pues las mismas cosas son dichas por muchos, razón por la cual han llenado todo de libros. Lo cual sucederá también con los nuestros, si más personas confluyeran a estos estudios. Pero excitemos, si podemos, a aquellos que, educados liberalmente y con elegancia de razonamiento añadida, filosofan con método y camino.

III. 7 Pues existe cierto género de los que quieren ser llamados filósofos, de quienes se dice que hay muchos libros latinos; que yo no desprecio, ciertamente, puesto que nunca los he leído; pero como aquellos mismos que los escriben profesan que no escriben ni con distinción ni con orden ni con elegancia ni con ornato, descuido su lectura sin ningún placer. Pues qué dicen y qué piensan los que pertenecen a esa disciplina, nadie, ni siquiera medianamente docto, lo ignora. Por lo cual, puesto que ellos mismos no se preocupan de cómo lo dicen, no entiendo por qué hayan de ser leídos sino entre ellos mismos, los que piensan lo mismo. 8 Pues así como todos leen a Platón y a los demás socráticos y a continuación a los que de ellos procedieron, incluso quienes no aprueban aquellas cosas o no las siguen con mucho entusiasmo, y a Epicuro y Metrodoro casi nadie los toma en las manos salvo los suyos, así estos latinos solo los leen aquellos que piensan que esas cosas están bien dichas. A nosotros, sin embargo, nos parece que todo lo que se confía a las letras conviene que sea recomendado a la lectura de todos los eruditos; y si nosotros mismos podemos conseguir eso menos, no por ello pensamos que deba hacerse menos así. 9 Por eso a mí siempre me agradó la costumbre de los peripatéticos y de la Academia de discutir sobre todas las cosas en sentidos contrarios, no solo por aquella causa de que de otro modo no podría encontrarse lo que es verosímil en cada cosa, sino también porque era el máximo ejercicio del hablar. De ella se sirvió el primero Aristóteles, después los que lo siguieron. En nuestro tiempo Filón, a quien nosotros escuchamos con frecuencia, estableció enseñar en un momento los preceptos de los rétores, en otro los de los filósofos: llevados por nuestros allegados a esta costumbre en mi finca de Túsculo, consumimos en ella el tiempo que nos fue dado. Y así, como antes del mediodía nos habíamos dedicado a la oratoria, igual que habíamos hecho el día anterior, después del mediodía bajamos a la Academia; la discusión mantenida en ella no la exponemos como si la narráramos, sino con casi las mismas palabras con que se actuó y se discutió.

IV. 10 Así pues, mientras paseábamos fue instituido aquel diálogo nuestro de este modo y conducido por un principio de este tipo:

—No se puede decir cuánto me deleitó, o más bien me ayudó, tu discusión de ayer. Pues aunque tengo conciencia de que nunca he sido demasiado ávido de la vida, sin embargo a veces se presentaba en mi ánimo cierto miedo y dolor al pensar que algún día habría un fin de esta luz y una pérdida de todas las comodidades de la vida. De este género de molestia he quedado tan liberado, créeme, que pienso que nada debe preocuparme menos.

11 —Nada extraño hay en eso, por cierto. Pues esto lo produce la filosofía: cura las almas, arranca las vanas inquietudes, libera de los deseos, expulsa los miedos. Pero esta fuerza suya no puede lo mismo ante todos; tiene mucho valor cuando ha abrazado una naturaleza idónea. Pues «a los valientes» no solo «la fortuna los ayuda», como está en el antiguo proverbio, sino mucho más la razón, que con ciertos preceptos confirma la fuerza de la valentía. A ti te engendró la naturaleza, evidentemente, elevado y sublime y despreciador de las cosas humanas, de modo que fácilmente se asentó en tu ánimo valiente el razonamiento mantenido contra la muerte. Pero ¿acaso crees que estas mismas cosas valen entre aquellos mismos por quienes han sido descubiertas, discutidas y escritas, salvo muy pocos? Pues ¿cuántos filósofos se encuentran que sean de tal carácter, constituidos en ánimo y vida de tal modo que la razón exige? ¿Que consideren su doctrina no ostentación de ciencia, sino ley de vida? ¿Que se obedezcan a sí mismos y acaten sus propias decisiones? 12 Se puede ver a unos con tanta ligereza y jactancia que les habría sido mejor no haber aprendido, a otros codiciosos de dinero, a algunos de gloria, a muchos esclavos de los placeres, de modo que su discurso choca de modo admirable con su vida. Lo cual me parece que es lo más vergonzoso. Pues así como, si alguien que ha profesado ser gramático hablara bárbaramente, o si cantara absurdamente el que quisiera ser tenido por músico, sea más vergonzoso por pecar en aquello mismo cuya ciencia profesa, así el filósofo que peca en el modo de vida es más vergonzoso porque resbala en el deber del que quiere ser maestro y, habiendo profesado el arte de la vida, falla en la vida.

V. —¿No hay que temer, entonces, si es así como dices, que adornes la filosofía con falsa gloria? Pues ¿qué mayor argumento hay de que ella no sirve de nada que el hecho de que algunos filósofos perfectos vivan vergonzosamente?

13 —Ese no es argumento ninguno. Pues así como no todos los campos que se cultivan son fructíferos, y es falso aquello de Accio:

Aunque las semillas sean dadas a un sembrado inferior, sin embargo ellas mismas por su propia naturaleza brillan,

así no todos los ánimos cultivados dan fruto. Y, por seguir en el mismo símil, así como un campo, por fértil que sea, no puede ser fructuoso sin cultivo, así sin doctrina el ánimo; de tal modo que cada cosa es débil sin la otra. Ahora bien, el cultivo del ánimo es la filosofía; esta arranca los vicios de raíz y prepara los ánimos para recibir las semillas y les confía y, por así decir, siembra aquellas que, una vez crecidas, den frutos abundantísimos. Actuemos, pues, como hemos comenzado. Di, si quieres, sobre qué quieres que se discuta.

14 —Considero que el dolor es el mayor de todos los males.

—¿Incluso peor que el deshonor?

—No me atrevo a decir eso, y me avergüenzo de haber sido expulsado de mi opinión tan rápido.

—Sería más vergonzoso que permanecieras en tu opinión. Pues ¿qué es menos digno que te parezca peor cualquier cosa que el deshonor, la infamia, la bajeza? Para escapar de ellas, ¿qué dolor no debe no solo no rehusarse, sino incluso buscarse voluntariamente, someterse a él, recibirlo?

—Así lo pienso completamente.

—Por tanto, aunque el dolor no sea el mal supremo, ciertamente es un mal.

—¿Ves, pues, cuánto has descendido del terror del dolor con una breve advertencia?

15 —Lo veo claramente, pero deseo más.

—Lo intentaré, por cierto; pero necesito de tu ánimo no resistiéndose.

—Lo tendrás ciertamente. Pues así como hice ayer, ahora seguiré la razón adonde ella me lleve.

VI. Hablaré, pues, en primer lugar de la debilidad de muchos y de las diversas doctrinas de los filósofos. De ellos el primero, tanto por autoridad como por antigüedad, Aristipo el socrático, no dudó en decir que el dolor es el mal supremo. Luego a esta opinión afeminada y enervada se mostró bastante dócil Epicuro. Después de este, Jerónimo de Rodas dijo que el bien supremo es carecer de dolor; tan grande consideró el mal en el dolor. Los demás, excepto Zenón, Aristón y Pirrón, más o menos lo mismo que tú hace poco: que es un mal, ciertamente, pero que hay otros peores. 16 Así pues, aquello que la naturaleza misma y cierta virtud generosa rechaza de inmediato, es decir, que no dijeras que el dolor es el mal supremo y, opuesto el deshonor, te apartaras de esa opinión, en eso la filosofía, maestra de la vida, permanece tantos siglos. ¿Qué deber, qué alabanza, qué gloria será tan grande que quiera conseguirla con dolor del cuerpo quien se haya persuadido de que el dolor es para él el mal supremo? Y por otra parte, ¿qué ignominia, qué bajeza no soportará para escapar del dolor, si ha decidido que eso es el mal supremo? Y ¿quién no será desgraciado no solo entonces, cuando sea oprimido por los mayores dolores, si en ellos está el mal supremo, sino también cuando sepa que eso puede sucederle? Y ¿quién hay a quien no pueda? Así sucede que absolutamente nadie pueda ser feliz. 17 Metrodoro, desde luego, considera completamente feliz a aquel cuyo cuerpo esté bien constituido y se haya comprobado que así va a estar siempre. Pero ¿quién es ese a quien pueda comprobársele eso?

VII. Pero Epicuro dice tales cosas que a mí, al menos, me parece que busca la risa. Afirma, en efecto, en cierto lugar que si el sabio es quemado, si es torturado —quizá esperas que diga: «lo soportará, lo aguantará, no sucumbirá»; grande alabanza, por Hércules, y digna de ese mismo por quien he jurado, Hércules—, pero para Epicuro, hombre áspero y duro, esto no es suficiente; aunque esté en el toro de Falaris, dirá: «¡Qué dulce es, qué poco me importa esto!» ¿Dulce incluso? ¿O no basta con «no amargo»? Pero en verdad aquellos mismos que niegan que el dolor sea un mal no suelen decir que a nadie le sea dulce ser torturado; dicen que es áspero, difícil, odioso, contra la naturaleza, pero no un mal. Este que dice que solo esto es un mal y el extremo de todos los males, considera que el sabio va a decir que es dulce. 18 Yo no exijo de ti que apliques al dolor las mismas palabras con que Epicuro al placer, hombre, como sabes, voluptuoso. Que él diga, por cierto, lo mismo en el toro de Falaris que si estuviera en un lecho; yo no atribuyo tanta fuerza a la sabiduría contra el dolor. Que sea valiente en soportarlo, basta con el deber; que además se alegre, no lo exijo. Pues es cosa triste sin duda, áspera, amarga, enemiga de la naturaleza, difícil de padecer y tolerar. 19 Mira a Filoctetes, a quien hay que concederle gemir; pues él mismo había visto a Hércules en el Eta clamando por la magnitud de los dolores. Nada, pues, consolaban entonces a este varón las flechas que había recibido de Hércules cuando

de la mordedura de la víbora las venas de las entrañas, imbuidas de veneno, excitan crueles tormentos.

Y así exclama buscando auxilio, deseando morir:

¡Ay! ¿Quién me lanzará desde el alto vértice de la roca a las saladas olas? Ya, ya me consumo, agota mi espíritu la fuerza de la herida, el ardor de la úlcera.

Parece difícil decir que él no está en un mal, y grande ciertamente, él que es obligado a gritar así.

VIII. 20 Pero veamos al mismo Hércules que entonces era quebrantado por el dolor, cuando buscaba la inmortalidad con la muerte misma. ¡Qué voces emite este en las Traqueñas de Sófocles! Cuando Deyanira le hubo puesto la túnica teñida con la sangre del Centauro y esta se adhirió a sus entrañas, él dice:

¡Oh, muchas cosas graves de decir, ásperas de soportar, que he agotado con el cuerpo y el ánimo! Ni el terror de Juno implacable ni me trajo tanto mal el triste Euristeo cuanto la que sola, insensata, engendró del parto de Eneo. Esta me envolvió, incauto, con el vestido de Furia, que, adherido al costado, desgarra las entrañas con su mordedura y, oprimiendo gravemente, aspira los espíritus de los pulmones; ya sorbió toda mi sangre descolorida. Así el cuerpo consumido se marchita con horrible desgracia, yo mismo, atado, soy destruido por la peste textil. Estos males no me los infligió diestra hostil, ni Mole nacida de la Tierra de los Gigantes, ni con ímpetu bifronte el Centauro con sus golpes a mi cuerpo, ni fuerza griega, ni bárbara inhumanidad alguna, ni raza salvaje relegada a las últimas tierras, que recorriendo de todas partes expulsé toda ferocidad, sino una mujer, un varón muero por mano femenil. ¡Oh, hijo! Usa este nombre verdaderamente de padre, que no te supere el amor de la madre a mí que muero. Trae aquí a ella, arrebatada con tus manos pías; ya veremos si me prefieres a mí o a ella.

21 Sigue, atrévete, hijo, llora las pestes de tu padre, apiádate! Las gentes llorarán nuestras miserias. ¡Ay! Yo, emitir con la boca llanto virginal, a quien nadie vio gimiendo por ningún mal! La virtud afeminada perece afligida.

IX. Acércate, hijo, asiste, mira el cuerpo lamentable, destripado, lacerado de tu padre! Ved, todos, y tú, padre de los celestes, ¡lanza, te lo suplico, contra mí la fuerza fulgurante del rayo! Ahora, ahora los vértices de los dolores angustíferos me atormentan, ahora el ardor se arrastra. ¡Oh, manos antes vencedoras,

22 oh pechos, oh espaldas, oh músculos de los brazos! ¿Con vuestra presión el león Nemeano en otro tiempo, fremente, exhaló gravemente el último aliento? ¿Esta diestra, matadas las tétricas Hidras, pacificó Lerna? ¿Esta abatió la mano bicorpórea? ¿Esta derribó la bestia vastificadora del Erimanto? ¿Esta sacó de la región tartárea tenebrosa, arrancado, al perro tricéfalo engendrado por la Hidra? ¿Esta mató con múltiple enrollamiento al Dragón que custodiaba con la mirada el árbol aurífero? Muchas otras cosas recorrió victoriosa nuestra mano, y nadie quitó despojos a nuestras glorias.

¿Podemos nosotros despreciar el dolor, cuando vemos al mismo Hércules dolerse tan intolerablemente?

X. 23 Venga Esquilo, no solo poeta, sino también pitagórico; pues así lo hemos oído. ¿De qué modo soporta en su obra Prometeo el dolor que recibe por el robo Lemnio?

De donde se dice que el fuego fue dividido en secreto para los mortales; el sabio Prometeo fue castigado por haberlo hurtado con engaño y por haber pagado las penas a Júpiter con destino supremo.

Así pues, pagando estas penas, clavado al Cáucaso, dice esto:

Descendencia de los Titanes, compañera de nuestra sangre, engendrada del Cielo, mirad atado con ásperos vínculos y encadenado a rocas, como los marineros temerosos del horrísonante estrecho atan la nave de noche. Así Júpiter Saturnio me clavó, y el numen de Júpiter requirió las manos de Mulcíber. Este, insertando estas cuñas con cruel fábrica, me traspasó los miembros; con qué miserable arte atravesado habito este castillo de Furias.

24 Ya al tercer día el satélite de Júpiter, con triste vuelo desgarrándome con uncinadas garras, me despedaza con festín feroz. Luego, hinchado y saciado más que suficiente de mi opimo hígado, lanza vasto clamor y, volando alto, con alada cola acaricia nuestra sangre. Pero cuando el hígado devorado se ha renovado con el henchimiento, entonces de nuevo, ávida, se dirige a los tétricos pastos. Así alimento a esta guardiana de mi triste suplicio, que me afeara vivo con perpetua miseria. Pues, como veis, constreñido por los vínculos de Júpiter, no puedo apartar la terrible ave de mi pecho.

25 Así yo mismo, viudo, recibo ansiosas pestes, buscando en el amor de la muerte el término del mal, pero lejos de la muerte soy rechazado por el numen de Júpiter. Y esta vieja calamidad, acumulada por horribles siglos, luctuosa, está clavada en nuestro cuerpo, del cual caen gotas licuadas por el ardor del sol, que instilan continuamente las rocas del Cáucaso.

XI. Así pues, parece que apenas podemos decir que alguien en tal estado no es desgraciado, y, si es desgraciado, el dolor es ciertamente un mal. 26 —Por ahora estás defendiendo mi causa; pero eso lo veré luego. Mientras tanto, ¿de dónde son esos versos? No los reconozco.

—Te lo diré, por Hércules; pues preguntas con razón. ¿Ves que nado en ocio?

—¿Y qué?

—A menudo, supongo, cuando estabas en Atenas, asistías a las escuelas de los filósofos.

—Así es, y con gusto.

—Entonces habrás notado que, aunque ninguno era demasiado copioso, sin embargo mezclaban versos en su discurso.

—Y muchos, desde luego, el estoico Dionisio.

—Bien dices. Pero él los añadía como al dictado, sin selección alguna ni elegancia; Filón, en cambio, incorporaba el ritmo apropiado, poemas escogidos y los colocaba en el momento oportuno. Así que, después de que me aficioné a esta suerte de declamación propia de la vejez, ciertamente uso con celo a nuestros poetas; pero donde ellos faltaron, traduje mucho de los griegos, para que el discurso latino no careciera de ningún ornamento en este género de discusión. 27 Pero ¿no ves qué daño traen los poetas? Presentan lamentándose a los varones más valientes, ablandan nuestros ánimos, y luego son tan dulces que no solo se leen, sino que incluso se aprenden de memoria. Así, cuando a la mala educación doméstica y a la vida de reclusión y molicie se añaden además los poetas, destruyen todos los nervios de la virtud. Con razón, pues, Platón los expulsa de aquella ciudad que él imaginó cuando buscaba las mejores costumbres y el mejor estado de la república. Pero nosotros, por supuesto instruidos por Grecia, leemos y aprendemos estas cosas desde la niñez, y consideramos que esto es educación liberal y cultura.

XII. 28 Pero ¿por qué nos irritamos con los poetas? Se han encontrado filósofos, maestros de la virtud, que dijeron que el dolor es el mal supremo. Pero tú, joven, cuando poco antes me dijiste que te lo parecía, al preguntarte yo si acaso era mayor que el deshonor, te apartaste de tu opinión con una sola palabra. Pregúntale esto mismo a Epicuro; dirá que un dolor mediano es un mal mayor que el máximo deshonor; pues en el deshonor mismo no hay nada de malo, a menos que le sigan dolores. ¿Qué dolor, pues, persigue a Epicuro cuando dice esto mismo, que el dolor es el mal supremo? No espero de un filósofo mayor deshonor que este. Por eso me bastaste cuando respondiste que te parecía mayor mal el deshonor que el dolor. Pues si mantienes esto mismo, comprenderás cuánto hay que resistir al dolor; y no hay que preguntarse tanto si el dolor es un mal, como fortalecer el ánimo para soportar el dolor. 29 Los estoicos urden razonamientos para demostrar que no es un mal; como si se trabajara sobre la palabra, no sobre la cosa. ¿Por qué me engañas, Zenón? Pues cuando lo que me parece horrible tú niegas en absoluto que sea mal, soy atrapado y ansío saber de qué modo lo que yo considero lo más miserable ni siquiera sea un mal. «Nada es», dice, «mal, excepto lo que es torpe y vicioso». Vuelves a las necedades. Pues no quitas aquello que me angustiaba. Sé que el dolor no es depravación; deja de enseñarme eso; enséñame esto: que no importa nada si sufro o no sufro. «Nunca importa», dice, «para vivir felizmente, desde luego, que está puesto en la sola virtud; pero sin embargo es rechazable». ¿Por qué? «Es áspero, contra la naturaleza, difícil de soportar, triste, duro».

XIII. 30 Esta es tu riqueza de palabras: lo que todos llamamos con una sola palabra, mal, poder decirlo de tantos modos. Tú me defines el dolor, no lo quitas, cuando dices que es áspero, contra la naturaleza, que apenas puede llevarse y tolerarse; y no mientes; pero no debías sucumbir en la realidad tras jactarte con palabras. «Con tal de que nada sea bueno sino lo honesto, nada malo sino lo torpe». Esto es ciertamente desear, no enseñar. Aquello es mejor y más verdadero: que todas las cosas que la naturaleza rechaza están en los males, las que acoge, en los bienes. Puesto esto y suprimida la disputa de palabras, sin embargo sobresaldrá tanto aquello que abrazan rectamente esos, lo que llamamos honesto, recto, decoroso, lo que a veces abarcamos también con el nombre de virtud, que todo lo demás, que se considera bienes del cuerpo y de la fortuna, parezca muy exiguo y diminuto, y ni siquiera ningún mal, aunque todos se acumularan en un solo lugar, pueda compararse con el mal de la torpeza. 31 Por lo cual, si, como concediste al principio, la torpeza es peor que el dolor, el dolor claramente no es nada. Pues mientras te parecerá torpe e indigno de un varón gemir, aullar, lamentarte, quebrarte, debilitarte por el dolor, mientras esté presente lo honesto, la dignidad, el decoro, y tú, mirando hacia ellas, te contengas, el dolor ciertamente cederá ante la virtud y languidecerá por la tensión del ánimo. Pues o no hay virtud alguna o todo dolor debe ser despreciado. ¿Quieres que haya prudencia, sin la cual ninguna virtud puede siquiera entenderse? ¿Qué, entonces? ¿Acaso ella te permitirá hacer algo sin conseguir nada y trabajando en vano, o la templanza consentirá que hagas algo inmoderado, o podrá honrarse la justicia por parte de un hombre que por la fuerza del dolor delata lo que le fue confiado, traiciona a los cómplices, abandona muchos deberes? 32 ¿Qué? A la fortaleza y a sus compañeras, la grandeza de ánimo, la gravedad, la paciencia, el desprecio de las cosas humanas, ¿cómo les responderás? ¿Abatido y postrado y lamentándote con voz plañidera oirás: «¡Oh, varón valiente!»? A ti en tal estado nadie te llamará ni siquiera varón. Luego hay que perder la fortaleza o hay que sepultar el dolor.

XIV. ¿Acaso sabes que, si pierdes algo de tus corintios, puedes conservar salvo el resto de tu ajuar, pero si pierdes una sola virtud (aunque la virtud no puede perderse), pero si confesares no poseer una sola, no poseerás ninguna? 33 ¿Puedes, entonces, llamar varón valiente, o de gran ánimo, o paciente, o grave, o despreciador de las cosas humanas, a aquel Filoctetes —pues prefiero apartarme de ti—; pero él ciertamente no es valiente, él que yace en un lecho húmedo,

Que con aullido, queja, gemido, estremecimientos, resonando devuelve mudas voces lastimeras.

Yo no niego que el dolor sea dolor (pues ¿por qué se desearía la fortaleza?), pero digo que es reprimido por la paciencia, si es que existe alguna paciencia; si no existe, ¿por qué adornamos la filosofía o por qué nos jactamos con su nombre? Punza el dolor, o que horade, ciertamente; si estás desnudo, ofrece la garganta; pero si estás cubierto «con las armas de Vulcano», esto es, con la fortaleza, resiste; pues esta, si no lo haces así, te abandonará y te dejará sin la custodia de la dignidad. 34 Las leyes de Creta, en verdad, que instituyó Júpiter o Minos según la voluntad de Júpiter, al menos, como cuentan los poetas, y asimismo las de Licurgo, educan a la juventud con trabajos, cazando, corriendo, pasando hambre, sed, frío y calor. En Esparta, en verdad, los niños son azotados junto al altar de tal modo

Que mucha sangre de sus entrañas sale,

y no pocas veces, como oía cuando estuve allí, hasta la muerte; de los cuales no solo ninguno gritó jamás, sino que ni siquiera gimió. ¿Qué, entonces? ¿Esto pueden los niños y no podrán los varones? ¿Y valdrá la costumbre y no valdrá la razón?

XV. 35 Hay alguna diferencia entre trabajo y dolor. Son completamente vecinos, sin embargo difieren en algo. El trabajo es cierta función del ánimo o del cuerpo en una tarea y oficio más grave; el dolor, en cambio, un movimiento áspero en el cuerpo ajeno a los sentidos. Estos dos los griegos, cuya lengua es más rica que la nuestra, los llaman con un solo nombre. Así que a los hombres laboriosos ellos los llaman amantes o mejor dicho amantes del dolor; nosotros, más apropiadamente, laboriosos; pues una cosa es trabajar, otra sufrir. ¡Oh Grecia, pobre de palabras a veces, tú que siempre te crees que abundas en ellas! Una cosa, repito, es sufrir, otra trabajar. Cuando a Cayo Mario le cortaban las varices, sufría; cuando conducía la columna en gran calor, trabajaba. Hay, sin embargo, cierta semejanza entre estas cosas; pues la costumbre de los trabajos hace más fácil el soportar los dolores. 36 Así que aquellos que dieron forma a las repúblicas de Grecia quisieron que los cuerpos de los jóvenes se fortalecieran con el trabajo. Lo cual los espartanos lo extendieron también a las mujeres, que en las demás ciudades «se ocultan con vestido muy suave en las sombras de las paredes». Ellos, en cambio, quisieron que nada de esto fuera semejante entre las vírgenes lacedemonias,

Para quienes más la palestra, el Eurota, el sol, el polvo, el trabajo, el ejercicio militar está en su interés que la molicie bárbara.

Por tanto, con estos ejercicios laboriosos también el dolor irrumpe no pocas veces, son empujados, golpeados, derribados, caen, y el trabajo mismo pone cierto callo al dolor.

XVI. 37 Pero el servicio militar —hablo del nuestro, no del de los espartanos, cuyo ejército avanza al modo de su flauta y no se emplea ninguna exhortación sin pies anapestos—; nuestros ejércitos, primero ves de dónde tienen su nombre; luego, ¡qué trabajo, cuán grande el de la marcha!: llevar víveres para más de medio mes, llevar lo que quieran para el uso, llevar la estaca; pues nuestros soldados no cuentan como peso el escudo, la espada, el casco más que los hombros, los brazos, las manos. Pues dicen que las armas son los miembros del soldado; y ciertamente se llevan tan apropiadamente que, si fuera necesario, arrojadas las cargas, puedan luchar con las armas dispuestas como con miembros. ¿Qué? El ejercicio de las legiones, ¿qué? Aquella carrera, encuentro, clamor, ¡de cuánto trabajo es! De esto aquel ánimo preparado para las heridas en los combates. Trae un soldado de igual ánimo pero sin ejercitar, parecerá una mujer. 38 ¿Por qué hay tanta diferencia entre un ejército nuevo y uno veterano como la que hemos experimentado? La edad de los reclutas es generalmente mejor, pero soportar el trabajo, despreciar la herida, la costumbre lo enseña. Incluso vemos que a menudo son sacados heridos de la línea de batalla, y ciertamente aquel inexperto y sin ejercitar, por ligero que sea el golpe, profiere llantos vergonzosísimos; pero aquel ejercitado y veterano y por eso más valiente, requiriendo solo un médico para que lo vende:

Oh, Patrocles, dice, viniendo a vosotros auxilio y vuestras manos pido, antes de que encuentre la mala peste enviada por mano hostil, ni la sangre de ningún modo puede, fluyendo, detenerse, si por vuestra sabiduría la muerte puede ser evitada. Pues los heridos llenan los pórticos de los hijos de Esculapio; no se puede acceder.

XVII. Este ciertamente es Eurípilo, ¡un hombre, un ejército! 39 Donde tanto lamento se continúa, mira cuán sin lamentos responde, aporta incluso una razón de por qué debe llevarlo con ánimo tranquilo:

Quien prepara la muerte a otro, debe saber que para sí está preparada la peste para participar igual.

Patrocles lo llevará, creo, para colocarlo en el lecho, para vendarle la herida. Si fuera un hombre, sí; pero no vi nada menos. Pues pregunta qué se ha hecho:

Habla, habla, la causa de los argivos, cómo se sostiene en el combate.

No puede expresar tanto con palabras cuanto hay de trabajo en los hechos.

Reposa, pues, y venda la herida.

Aunque Eurípilo pudiese, Esopo no podría:

Donde la fortuna de Héctor nuestra línea aguerrida ha inclinado

—y lo demás lo explica en el dolor. Pues así es desmedida la gloria militar en un varón valiente. Así pues, ¿esto podrá hacerlo un soldado veterano, y no podrá un varón docto y sabio? Ciertamente mejor, y no poco. 40 Pero hasta ahora hablo de la costumbre del ejercicio, aún no de la razón y la sabiduría. Las viejecillas a menudo soportan el ayuno de dos o tres días. Quítale la comida un día a un atleta: a Júpiter, a Júpiter Olímpico, a aquel mismo para quien se ejercitará, implorará, gritará que no puede soportar. Grande es la fuerza de la costumbre. Los cazadores pasan la noche en la nieve, en las montañas se dejan quemar, luego los púgiles golpeados con los cestos ni siquiera gimen. 41 Pero ¿qué de estos a quienes la victoria en los Juegos Olímpicos parece aquel antiguo consulado? Los gladiadores, o bien hombres perdidos o bárbaros, ¡qué golpes soportan! De qué modo aquellos que están bien entrenados prefieren recibir un golpe antes que evitarlo vergonzosamente. Cuán a menudo se ve que nada prefieren más que satisfacer a su amo o al pueblo. Envían incluso, agotados por las heridas, a sus amos para preguntar qué quieren; si están satisfechos de ellos, que quieren caer. ¿Qué gladiador mediocre ha gemido, qué gladiador ha cambiado jamás el rostro? ¿Quién no solo se mantuvo en pie, sino que incluso cayó vergonzosamente? ¿Quién, habiendo caído, cuando se le ordenó recibir el hierro, contrajo el cuello? Tanto puede el ejercicio, la meditación, la costumbre. Así pues, ¿esto podrá hacerlo el samnita, un hombre sucio, digno de aquella vida y lugar, y el varón nacido para la gloria tendrá alguna parte del ánimo tan blanda que no la fortalezca con la meditación y la razón? El espectáculo de los gladiadores a algunos suele parecerles cruel e inhumano, y no sé si lo es, tal como se hace ahora. Pero cuando los culpables luchaban con la espada, para los oídos quizá había muchas lecciones, para los ojos ciertamente ninguna podía ser más vigorosa contra el dolor y la muerte.

XVIII. 42 —He hablado del ejercicio, de la costumbre y de la práctica; vamos, ahora veamos acerca de la razón, a menos que quieras añadir algo a esto.

—¿Que yo te interrumpa? Ni siquiera esto querría; de tal modo me conduce tu discurso a creer.

Si sufrir es un mal o no, que lo vean los estoicos, que con ciertas conclusiones retorcidas y minuciosas y que no llegan a los sentidos quieren conseguir que el dolor no sea un mal. Yo pienso que aquello, sea lo que sea, no es tanto cuanto parece, y digo que los hombres son movidos más vehementemente por su falsa visión y apariencia, y que todo dolor es tolerable. ¿De dónde partiré, pues? ¿Tocaré brevemente las mismas cosas que acabo de decir, para que el discurso pueda avanzar más lejos? 43 Así pues, entre todos se conviene esto, no solo entre los hombres doctos, sino también entre los indoctos, que es propio de varones valientes y magnánimos y pacientes y vencedores de lo humano soportar el dolor tolerablemente; y ciertamente nadie hubo que pensara que no debía ser alabado el que así lo soportara. Así pues, lo que se exige de los valientes y se alaba cuando se hace, ¿no es acaso torpe temerlo cuando viene o no soportarlo cuando está presente? Pero mira que, aunque todas las afecciones rectas del ánimo se llamen virtudes, no sea este el nombre propio de todas, sino que todas se nombraron por aquella que sobresalía sola por encima de las demás. Pues se llamó virtud de varón; y lo propio del varón es máximamente la fortaleza, cuyos dos oficios máximos son el desprecio de la muerte y del dolor. Hay que usar, pues, estos, si queremos ser dueños de la virtud, o más bien si queremos ser varones, puesto que la virtud tomó su nombre de varón.

XIX. Quizá preguntarás de qué modo, y con razón; pues tal medicina profesa la filosofía. 44 Viene Epicuro, hombre en absoluto malo o más bien varón óptimo; solo advierte cuanto entiende. «Desprecia», dice, «el dolor». ¿Quién dice esto? El mismo que dice que el dolor es el mal supremo. Apenas con bastante coherencia. Escuchemos. «Si el dolor es supremo», dice, «es necesario que sea breve». «¡Repíteme lo mismo!» Pues no entiendo bastante qué llamas supremo, qué breve. «Supremo, del cual no hay nada superior; breve, del cual no hay nada más breve. Desprecio la magnitud del dolor, de la cual la brevedad del tiempo me liberará casi antes de que llegue». Pero si hay tanto dolor como el de Filoctetes... «Desde luego me parece bastante grande, pero sin embargo no supremo; pues nada duele sino el pie; pueden los ojos, puede la cabeza, los costados, los pulmones, puede todo. Luego está lejos del dolor supremo. Así pues, dice, el dolor duradero tiene más alegría que molestia». 45 Ahora yo no puedo decir que un hombre tan grande no sepa nada, pero pienso que nos ridiculiza. Yo no digo que el dolor supremo («supremo», digo, aunque otro sea mayor por diez átomos) sea en seguida breve, y puedo nombrar a muchos varones buenos que durante varios años son atormentados por los máximos dolores de la gota. Pero el hombre astuto nunca fija el límite ni de la magnitud ni de la duración, para que yo sepa qué llama supremo en el dolor, qué breve en el tiempo. Dejemos, pues, a este que no dice absolutamente nada y obliguémoslo a confesar que no deben buscarse de él remedios del dolor, él que ha dicho que el dolor es el máximo de todos los males, aunque el mismo se muestre valerosito en sus retortijones y en su estranguria. De otro lugar, pues, debe buscarse la medicina, y máximamente, si buscamos qué es lo más consecuente, de aquellos a quienes lo honesto parece el bien supremo, lo torpe, el mal supremo. En presencia de estos ciertamente no te atreverás a gemir ni a agitarte; pues hablará con su voz la Virtud misma contigo.

XX. 46 ¿Acaso, cuando has visto a los niños en Lacedemonia, a los jóvenes en Olimpia, a los bárbaros en la arena recibir los más duros golpes y soportarlos en silencio, si por casualidad un dolor te pellizca, gritarás como una mujer en lugar de soportarlo con entereza y serenidad? «No se puede soportar; la naturaleza no lo permite». Ya te oigo. Los niños lo soportan llevados por la gloria, otros por el pudor, muchos por el miedo, y sin embargo ¿nos preocupa que la naturaleza permita esto que tantos y en tantos lugares soportan? Pues no solo lo permite, sino que lo exige; pues nada tiene más excelente, nada busca más que lo honesto, que la alabanza, que la dignidad, que el decoro. Con estos varios nombres quiero designar una sola cosa, pero uso varios para significarla con la mayor fuerza posible. Quiero decir que aquello es con mucho lo mejor para el hombre, lo que por sí mismo debe desearse, lo que procede de la virtud o está situado en la virtud misma, lo que es digno de alabanza por su propia naturaleza, y más aún diría que es el único bien antes que no el supremo. Y como esto se dice de lo honesto, así al contrario de lo vergonzoso: nada tan repugnante, nada tan despreciable, nada más indigno del hombre. 47 Y si estás convencido de esto (pues al principio dijiste que te parecía haber más mal en el deshonor que en el dolor), lo que queda es que te domines a ti mismo; aunque no sé de qué modo se dice esto. Como si fuéramos dos, para que uno mande y otro obedezca; sin embargo, no se dice sin acierto.

XXI. Pues el alma está dividida en dos partes, una de las cuales participa de la razón, la otra carece de ella. Así que cuando se prescribe que nos dominemos a nosotros mismos, se prescribe que la razón refrene la temeridad. Hay en el alma de casi todos por naturaleza algo blando, abatido, humilde, de algún modo enervado y lánguido. Si no hubiera nada más, nada habría más deforme que el hombre; pero ahí está, señora y reina de todo, la razón, que esforzándose por sí misma y avanzando más lejos se convierte en virtud perfecta. Que esta mande a aquella parte del alma que debe obedecer, eso es lo que debe procurar un hombre. 48 «¿De qué modo?», dirás. Pues como el amo al esclavo o el general al soldado o el padre al hijo. Si aquella parte del alma que he dicho que es blanda se conduce de la manera más vergonzosa, si se entrega a lamentaciones y lágrimas como una mujer, que sea vencida y contenida por la custodia de amigos y parientes; pues a menudo vemos quebrados por el pudor a quienes no vencería ninguna razón. Así que a estos hay que vencerlos con cadenas casi y custodia como a esclavos, pero a quienes sean más firmes, aunque no los más robustos, habrá que exhortarlos para que como buenos soldados vueltos en sí defiendan su dignidad. En su Niptro aquel sapientísimo de Grecia, herido, no se lamenta en exceso, o más bien con moderación:

Poco a poco, dice, caminad y con paso sosegado, No sea que con la sacudida se apodere de mí un dolor mayor.

49 Pacuvio lo hizo mejor que Sófocles (pues en este Ulises se lamenta muy lastimosamente de su herida); sin embargo, a este que gime levemente, aquellos mismos que llevan al herido, considerando la gravedad del personaje, no dudan en decirle:

También tú, Ulises, aunque seriamente Vemos que has sido golpeado, tienes el ánimo Demasiado blando, tú que has acostumbrado en las armas Pasar tu vida...

El poeta, prudente, entiende que el hábito de soportar el dolor es una maestra nada despreciable. 50 Y aquel, no con inmoderacia en su gran dolor:

¡Sujetad, tened firme! ¡Apretáis la llaga! ¡Desnudad! ¡Ay, desdichado yo! ¡Me destrozan!

Empieza a debilitarse, luego enseguida se detiene:

¡Cubrid, apartaos, ya, ya Dejad! pues con el tacto y la sacudida Aumentáis un dolor cruel.

¿Ves cómo ha enmudecido el dolor, no apaciguado en el cuerpo sino castigado en el alma? Y así al final de Niptro reprende también a otros, y esto al morir:

Quejarse de la fortuna adversa es decoroso, no lamentarse. Esta es la obligación del varón; el llanto ha sido añadido al carácter femenino.

Aquella parte más blanda de su alma obedeció a la razón así como el soldado pudoroso a un general severo.

XXII. 51 En aquel varón en que haya sabiduría perfecta (que hasta ahora ciertamente no hemos visto a ninguno; pero se explica en las opiniones de los filósofos cómo será este, si es que alguna vez llega a ser), así pues, o bien aquella razón que habrá en él perfecta y completa mandará a aquella parte inferior como un padre justo a sus buenos hijos; con un gesto conseguirá lo que quiera, sin trabajo alguno, sin molestia alguna; se levantará a sí mismo, se despertará, se pertrechará, se armará para oponerse al dolor como a un enemigo. ¿Cuáles son esas armas? El esfuerzo, la firmeza y la conversación íntima, cuando se dice a sí mismo: «Cuida de no hacer nada vergonzoso, lánguido, poco viril». 52 Acudan a tu ánimo las imágenes de lo honesto, propongan a Zenón de Elea, que sufrió todo antes que denunciar a los cómplices de la destrucción de la tiranía; piénsese en Anaxarco de Abdera, que cuando cayó en manos del rey Timocronte de Chipre, no pidió salvarse de ningún género de suplicio ni lo rechazó. Calano el indio, hombre sin educación y bárbaro, nacido en las faldas del Cáucaso, se quemó vivo voluntariamente; ¿nosotros, si nos duele el pie o una muela, no podemos soportarlo? Pues es una opinión afeminada y ligera —y no más en el dolor que en el placer— por la cual nos derretimos y nos ablandamos de tal modo que no podemos soportar sin gritos el aguijón de una abeja. 53 Pero en verdad Cayo Mario, hombre rústico, pero claramente un hombre, cuando era operado, como dije antes, desde el principio prohibió que lo ataran, y no se dice que antes de Mario nadie fuera operado sin ataduras. ¿Por qué entonces después otros sí? Valió su autoridad. ¿Ves entonces que el mal es de la opinión, no de la naturaleza? Y sin embargo el mismo Mario mostró que había una mordida aguda del dolor; pues no ofreció la otra pierna. Así soportó el dolor como un varón, y como un hombre no quiso soportar uno mayor sin causa necesaria. Todo está, pues, en que te domines a ti mismo. He mostrado ya cuál debe ser el tipo de dominio; y esta meditación sobre qué es lo más digno de la paciencia, de la fortaleza, de la grandeza de ánimo, no solo contiene el alma sino que de algún modo hace también más suave el mismo dolor.

XXIII. 54 Pues como sucede en el combate, que el soldado cobarde y temeroso, en cuanto ve al enemigo, arroja el escudo y huye cuanto puede, y por esa causa a veces perece incluso con el cuerpo intacto, mientras que al que ha resistido no le sucede nada semejante, así quienes no pueden soportar la apariencia del dolor se abandonan y así yacen abatidos y exánimes; pero quienes han resistido, a menudo salen victoriosos. Pues hay ciertas semejanzas del alma con el cuerpo. Como las cargas se llevan más fácilmente con los cuerpos tensos y oprimen a los relajados, de modo muy semejante el alma con su tensión repele toda presión de los pesos, pero con la relajación es oprimida de tal modo que no puede levantarse. 55 Y, si buscamos la verdad, en el cumplimiento de todos los deberes debe aplicarse la tensión del alma; ella sola es como la guardiana del deber. Pero esto mismo debe procurarse especialmente en el dolor, para que no hagamos nada de manera abyecta, temerosa, cobarde, servil o femenina, y ante todo debe rechazarse y apartarse aquel grito de Filoctetes. Al varón se le concede gemir a veces, y eso raramente; el alarido ni siquiera a la mujer. Y este sin duda es el «lamento» que las doce tablas prohibieron que se usara en los funerales. 56 Pero en verdad el varón fuerte y sabio ni siquiera gime nunca, a no ser acaso para tensarse a sí mismo hacia la firmeza, como en el estadio los corredores gritan con toda la fuerza que pueden. Hacen lo mismo los atletas cuando se ejercitan, y los boxeadores, incluso cuando golpean al adversario, gimen al lanzar los cestos, no porque les duela o sucumba su ánimo, sino porque al derramar la voz todo el cuerpo se tensa y el golpe llega más violento.

XXIV. ¿Qué? Quienes quieren gritar más alto, pues tienen bastante con tensar los flancos, la garganta, la lengua, de donde vemos que se arranca y vierte la voz, se sirven de todo el cuerpo y con todas las uñas, como se dice, para la tensión de la voz. 57 Vi por Hércules a Marco Antonio, cuando se defendía a sí mismo enérgicamente bajo la ley Varia, tocar la tierra con la rodilla. Pues como las balistas de piedras y los demás disparadores de proyectiles tienen lanzamientos más violentos cuanto más están tensados y estirados, así la voz, así la carrera, así el golpe es tanto más violento cuanto más tenso ha sido enviado. Siendo tan grande la fuerza de esta tensión, si el gemido en el dolor valiera para fortalecer el ánimo, usémoslo; pero si ese gemido fuera lastimero, débil, abyecto, plañidero, apenas llamaría varón al que se entrega a él. Y si ese gemido trajera algún alivio, sin embargo veríamos qué es propio del varón fuerte y animoso; pero cuando en nada disminuye el dolor, ¿por qué queremos ser vergonzosos en vano? Pues ¿qué hay más vergonzoso para un varón que el llanto femenino? 58 Y este precepto que se da sobre el dolor se extiende más ampliamente. Pues con semejante tensión del alma debe resistirse a todas las cosas, no solo al dolor. La ira se inflama, la pasión se agita; debe refugiarse uno en la misma ciudadela, deben tomarse las mismas armas. Pero puesto que hablamos del dolor, dejemos aquello de lado. Así pues, para soportar el dolor plácida y serenamente, contribuye muchísimo meditar con todo el pecho, como se dice, cuán honesto es esto. Pues somos por naturaleza, como dije antes (y debe decirse con frecuencia), muy estudiosos y deseosos de lo honesto; si hemos visto algo así como su luz, no hay nada que no estemos dispuestos a soportar y sufrir para alcanzarlo. Por esta carrera e ímpetu de los ánimos hacia la verdadera alabanza y lo honesto se afrontan aquellos peligros en los combates; los varones fuertes en la línea de batalla no sienten las heridas, o las sienten pero prefieren morir antes que ser movidos siquiera del grado de su dignidad. 59 Los Decios veían las espadas relucientes de los enemigos cuando se lanzaban contra su línea de batalla. Los aliviaba de todo temor de las heridas la nobleza de la muerte y la gloria. Pues ¿piensas que Epaminondas gimió cuando sentía que la vida se le escapaba junto con la sangre? Pues dejaba a su patria mandando sobre los lacedemonios, cuando la había recibido esclava. Estos son los consuelos, estos los bálsamos de los mayores dolores.

XXV. 60 Dirás: ¿qué en la paz, qué en casa, qué en el lecho? Me devuelves a los filósofos, que no salen a menudo al campo de batalla. De ellos, un hombre ciertamente ligero, Dionisio de Heraclea, cuando había aprendido de Zenón a ser fuerte, fue desenseñado por el dolor. Pues cuando sufría de los riñones, en el mismo alarido gritaba que eran falsas aquellas cosas que antes él mismo había pensado sobre el dolor. Como su condiscípulo Cleantes le preguntara qué razón lo había hecho cambiar de opinión, respondió: «Porque, habiendo dedicado tanto trabajo a la filosofía, si sin embargo no pudiera soportar el dolor, habría bastante argumento de que el dolor es un mal. Pero he consumido muchísimos años en la filosofía y no puedo soportarlo; luego el dolor es un mal». Entonces dicen que Cleantes, golpeando el suelo con el pie, dijo el verso de Los epígonos:

¿Oyes esto, Anfiarao, escondido bajo tierra?

Significaba a Zenón, de quien se dolía que aquel degenerara. 61 Pero no así nuestro Posidonio; yo mismo lo vi a menudo y diré lo que solía narrar Pompeyo: que cuando había venido a Rodas al partir de Siria, quiso oír a Posidonio; pero cuando supo que estaba gravemente enfermo porque sus articulaciones sufrían mucho, quiso sin embargo visitar al nobilísimo filósofo; cuando lo vio y lo saludó y lo trató con palabras honoríficas y dijo que le pesaba no poder oírlo, aquel dijo: «Pero puedes ciertamente, y no permitiré que el dolor del cuerpo consiga que un hombre tan grande haya venido a mí en vano». Y así narró que él, acostado, disputó grave y copiosamente sobre esto mismo, que nada es bueno sino lo que es honesto, y que, cuando como antorchas le aplicaban el dolor, a menudo dijo: «Nada logras, dolor. Aunque seas molesto, nunca confesaré que eres un mal». 62 Y en general todos los trabajos ilustres y renombrados se vuelven enseguida también tolerables.

XXVI. ¿No vemos cómo, entre aquellos maestros de aquellos juegos que se llaman gimnásticos, donde hay gran honor, no es evitado ningún dolor por quienes descienden a aquella competición? ¿Y entre quienes florece la alabanza de la caza y la equitación, quienes buscan esto no huyen ningún dolor? ¿Qué diré de nuestras ambiciones, qué del deseo de honores? ¿Qué llama hay por la que no hayan corrido quienes antiguamente reunían estas cosas punto por punto? Y así Africano tenía siempre en sus manos al socrático Jenofonte, cuya alabanza de aquel dicho era especialmente estimada, que decía que los mismos trabajos no son igualmente graves para el general y para el soldado, porque el honor mismo hace más ligero el trabajo del general. 63 Pero sin embargo sucede que en el vulgo de los insipientes vale la opinión de lo honesto, cuando no pueden ver lo honesto mismo. Y así se mueven por la fama y el juicio de la multitud, cuando piensan que es honesto aquello que es alabado por los más. Pero a ti, aunque estés ante los ojos de la multitud, sin embargo no quisiera que estés firme en su juicio ni que pienses que es hermosísimo lo que ella piensa. Debes usar tu propio juicio; si te complaces cuando apruebas lo recto, entonces no solo te habrás vencido a ti mismo, lo que poco antes prescribía, sino a todos y todo. 64 Proponle esto, pues: que la amplitud de alma y como cierta elevación grandísima del alma, que más sobresale en despreciar y desdeñar los dolores, es la cosa más hermosa de todas, y tanto más hermosa si se mantiene alejada del pueblo y no buscando el aplauso se deleita sin embargo en sí misma. Es más, me parecen más dignas de alabanza todas las cosas que se hacen sin ostentación y sin el pueblo por testigo, no porque deba evitarse este (pues todas las cosas bien hechas quieren colocarse en la luz), pero sin embargo ningún teatro es más grande para la virtud que la conciencia.

XXVII. 65 Y ante todo meditemos aquello: que esta paciencia de los dolores que tantas veces he dicho que debe fortalecerse con la tensión del alma, se muestre igual en todo género de situaciones. Pues a menudo muchos que o por el deseo de victoria o por la gloria o incluso para mantener su derecho y libertad recibieron valientemente las heridas y las soportaron, sin embargo abandonada la tensión no pueden soportar el dolor de la enfermedad; pues no soportaron aquel que soportaron fácilmente por razón o sabiduría, sino más bien por empeño y gloria. Y así algunos bárbaros y salvajes pueden combatir ferozmente con la espada, pero no pueden enfermar virilmente. Pero los griegos, hombres no bastante animosos, prudentes, según es el carácter de los hombres, bastante, no pueden ver al enemigo, pero soportan las enfermedades con tolerancia y humanidad. Pero los cimbrios y los celtíberos exultan en los combates, se lamentan en la enfermedad. Pues nada puede ser equilibrado que no proceda de una razón determinada. 66 Pero cuando veas que quienes son conducidos o por el empeño o por la opinión, en perseguir y alcanzar aquello no son quebrados por el dolor, debes juzgar que o el dolor no es un mal o, aun cuando plazca llamar mal a cualquier cosa áspera y ajena a la naturaleza, sin embargo es tan pequeño que es sepultado por la virtud de tal modo que no aparece en ninguna parte. Medita esto, te ruego, días y noches. Pues esta razón se extenderá más ampliamente y ocupará un lugar bastante mayor que el del solo dolor. Pues si haremos todas las cosas por causa de huir de la vergüenza y alcanzar lo honesto, nos será permitido despreciar no solo los aguijones del dolor, sino también los rayos de la fortuna, especialmente cuando esté preparado aquel refugio de la disputa de ayer. 67 Pues como, si alguien navegando es perseguido por piratas, un dios le dijera: «Arrójate de la nave; está dispuesto quien te reciba, o un delfín, como a Arión de Metimna o los caballos de Neptuno de aquel Pélope, que se dice que arrebataron "el carro suspendido por las olas", te recibirán y te llevarán a donde quieras», abandonaría todo temor, así cuando apremian los dolores ásperos y odiosos, si fueren tan grandes que no puedan soportarse, adónde debe refugiarse uno, tú lo ves. Esto me pareció que debía decirse en este momento. Pero tú quizá permaneces en tu opinión. —En absoluto, y espero haberme liberado en estos dos días del miedo de dos cosas que más temía. —Mañana entonces a la clepsidra; pues así lo dijimos, y veo que esto no puede debérsete a ti. —Completamente así, y aquello ciertamente antes del mediodía, esto a esta misma hora. —Así lo haremos y cumpliremos tus excelentes estudios.

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