Libro 1Sobre el desprecio de la muerte
LIBRO PRIMERO. Sobre el desprecio de la muerte.
I. 1 Cuando me vi liberado alguna vez, del todo o en gran parte, de los trabajos de las defensas y de las tareas senatoriales, volví, Bruto, sobre todo por tu exhortación, a aquellos estudios que, conservados en el ánimo pero apartados por las circunstancias, retomé tras un largo intervalo de interrupción. Y como la razón y la disciplina de todas las artes que atañen al recto camino de la vida se contienen en el estudio de la sabiduría, que se llama filosofía, pensé que debía ilustrar esto con las letras latinas, no porque la filosofía no pudiera aprenderse con las letras y los maestros griegos, sino porque siempre fue mi juicio que los nuestros o bien descubrieron por sí mismos todas las cosas con más sabiduría que los griegos, o bien las recibidas de ellos las hicieron mejores, en aquellas al menos que consideraron dignas de que se esforzaran en ellas. 2 Pues en cuanto a las costumbres e instituciones de la vida, y a los asuntos domésticos y familiares, nosotros sin duda los mantenemos mejor y con más dignidad; y en cuanto a la república, nuestros mayores ciertamente la organizaron mejor con instituciones y leyes. ¿Qué diré del arte militar? En él los nuestros valieron mucho por el valor, pero todavía más por la disciplina. En cuanto a aquellas cosas que alcanzaron por naturaleza, no por letras, ni con Grecia ni con ninguna nación son comparables. Pues ¿qué tanta gravedad, qué tanta constancia, grandeza de ánimo, honradez, lealtad, qué virtud tan excelente en todo género hubo en algunos que pueda compararse con nuestros mayores? 3 Grecia nos superaba en doctrina y en toda clase de letras; en lo cual era fácil vencer a quienes no resistían. Pues como entre los griegos el género más antiguo de los hombres doctos es el de los poetas, ya que Homero y Hesíodo existieron antes de la fundación de Roma, y Arquíloco reinando Rómulo, nosotros recibimos la poesía más tarde. Aproximadamente quinientos diez años después de fundada Roma, Livio presentó una obra teatral, siendo cónsules Cayo Claudio, hijo del Ciego, y Marco Tuditano, un año antes de que naciera Ennio, quien fue de mayor edad que Plauto y Nevio.
II. Tarde, pues, fueron los poetas conocidos o recibidos por los nuestros. Aunque en los Orígenes se encuentra que solían cantar en los banquetes los comensales al son de la flauta sobre las virtudes de los hombres ilustres, sin embargo el discurso de Catón declara que no había honor para este género, en el cual acusó como un oprobio a Marco Nobilior de que había llevado poetas a su provincia; pues aquel cónsul había llevado a Etolia, como sabemos, a Ennio. Así pues, cuanto menos honor había para los poetas, tanto menores fueron los estudios; sin embargo, si algunos de grandes talentos sobresalieron en ese género, respondieron suficientemente a la gloria de los griegos. 4 ¿Acaso pensamos que, si a Fabio, varón nobilísimo, se le hubiera dado por alabanza el que pintara, no hubieran existido también entre nosotros muchos Policletos y Parrasios? El honor alimenta las artes, y todos se encienden en los estudios por la gloria, y siempre yacen aquellas cosas que entre cada pueblo se desaprueban. Los griegos consideraban que la suma erudición residía en los cantos de cuerdas y voces; por eso también Epaminondas, a mi juicio el primero de Grecia, se dice que tocó la lira de manera excelente, y Temístocles algunos años antes, cuando en un banquete rehusó la lira, fue tenido por más ignorante. Así pues, en Grecia florecieron los músicos, y todos aprendían esto, ni quien no lo sabía era considerado suficientemente cultivado en doctrina. 5 En sumo honor estuvo entre ellos la geometría, y así nada fue más ilustre que los matemáticos; pero nosotros hemos limitado la extensión de este arte a la utilidad de medir y calcular.
III. En cambio al orador lo abrazamos rápidamente, y no al erudito en un principio, sino al apto para hablar, pero después sí al erudito. Pues se transmite que fueron doctos Galba, Africano y Lelio, y estudioso aquel que los precedía en edad, Catón, y después Lépido, Carbón, los Gracos, desde ahí tan grandes hasta nuestra edad, que no cedieron mucho o nada en absoluto a los griegos. La filosofía yació hasta esta época y no tuvo ninguna luz de las letras latinas; la cual debe ser ilustrada y despertada por nosotros, para que, si en nuestras ocupaciones aprovechamos algo a nuestros ciudadanos, les aprovechemos también, si podemos, en nuestro ocio. 6 En lo cual tanto más debemos esforzarnos cuanto que ya se dice que hay muchos libros latinos escritos sin consideración por aquellos varones óptimos, ciertamente, pero no suficientemente eruditos. Pero puede suceder que alguien piense rectamente y no pueda expresar con pulcritud lo que piensa; mas confiar a las letras sus pensamientos quien no puede ordenarlos ni ilustrarlos ni atraer al lector con algún deleite es propio de un hombre que abusa intemperadamente tanto del ocio como de las letras. Y así sus libros los leen ellos mismos con los suyos, y nadie los toca excepto aquellos que quieren que se les permita la misma licencia de escribir. Por lo cual, si alguna alabanza oratoria trajo nuestra aplicación, con mucho más celo abriremos las fuentes de la filosofía, de las cuales también manaba aquella.
IV. 7 Pero así como Aristóteles, varón de sumo ingenio, ciencia y copia, cuando fue movido por la gloria del rétor Isócrates, también empezó a enseñar a hablar a los jóvenes y a unir la prudencia con la elocuencia, así nos place a nosotros no deponer el antiguo estudio del decir y ocuparnos en este arte mayor y más abundante. Pues siempre juzgué perfecta aquella filosofía que pudiera hablar copiosamente y con ornato sobre las mayores cuestiones; a cuyo ejercicio nos dedicamos con tanto estudio que ya osamos incluso tener escuelas al modo de los griegos. Como hace poco, después de tu partida, en mi finca de Túsculo, cuando estaban conmigo varios amigos, ensayé qué podía en ese género. Pues así como antes declamaba causas, cosa que nadie hizo por más tiempo que yo, así esta es ahora mi declamación senil. Mandaba que propusieran sobre qué quería alguien oír; sobre ello disertaba sentado o caminando. 8 Y así reuní en otros tantos libros las escuelas, como las llaman los griegos, de cinco días. Se hacía de este modo: cuando aquel que quería oír había dicho lo que le parecía, entonces yo hablaba en contra. Pues esta es, como sabes, la antigua y socrática manera de disertar contra la opinión de otro. Porque así pensaba Sócrates que podía encontrarse muy fácilmente lo que fuera más verosímil. Pero para que nuestras disputaciones se expliquen más cómodamente, las expondré así, como si se tratara de un asunto en acto, no como si se narrara. Así pues, nacerá este exordio:
V. 9 — Me parece que la muerte es un mal.
—¿Para aquellos que han muerto o para aquellos que deben morir?
—Para ambos.
—¿Es miserable entonces, puesto que es un mal?
—Ciertamente.
—Luego tanto aquellos a quienes ya les sucedió morir como aquellos a quienes ha de sucederles son miserables.
—Así me parece.
—¿Nadie, entonces, no es miserable?
—Absolutamente nadie.
—Y por cierto, si quieres ser coherente contigo mismo, todos, cuantos han nacido o nacerán, no solo son miserables, sino también siempre miserables. Pues si dijeras que solo son miserables aquellos que deben morir, a ninguno de los que viven exceptuarías tú, ciertamente —pues todos deben morir—, pero habría un fin de la miseria en la muerte. Pero puesto que también los muertos son miserables, nacemos para una miseria sempiterna. Pues es necesario que sean miserables aquellos que murieron hace cien mil años, o más bien todos cuantos han nacido.
—Así lo estimo absolutamente.
10 — Dime, por favor: ¿acaso te aterran aquellas cosas, el tricéfalo Cerbero en los infiernos, los bramidos del Cocito, el paso del Aqueronte,
Tántalo extenuado de sed tocando con el mentón la superficie del agua;
luego aquello de que
Sísifo hace rodar la piedra sudando en su esfuerzo y no consigue nada?
¿Quizá también los jueces inexorables, Minos y Radamanto? ¿Ante los cuales ni Lucio Craso te defenderá ni Marco Antonio ni, puesto que el asunto se tratará ante jueces griegos, podrás valerte de Demóstenes? Tú mismo deberás defender tu causa ante una grandísima corona. ¿Acaso temes estas cosas y por ello consideras que la muerte es un mal sempiterno?
VI. — ¿Consideras que deliro tanto como para creer que esas cosas existen?
—¿Tú no crees estas cosas?
—En absoluto.
—Por Hércules, me lo cuentas mal.
—¿Por qué, te ruego?
—Porque podría ser elocuente si hablara contra esas cosas.
11 Pues ¿quién no lo sería en semejante causa? ¿O qué dificultad hay en refutar estos portentos de poetas y pintores? Y sin embargo los libros están llenos de filósofos que disertan precisamente contra esas cosas. Insensatamente, sin duda. Pues ¿quién es tan insensato que le muevan esas cosas? Si, pues, no son miserables en los infiernos, ni siquiera existen algunos en los infiernos. Así lo estimo absolutamente. ¿Dónde están entonces aquellos que dices miserables, o qué lugar habitan? Pues si existen, no pueden no estar en ninguna parte. Yo pienso que no están en ninguna parte. ¿Luego ni siquiera existen? Absolutamente de ese modo, y sin embargo son miserables precisamente por esto, porque no son nadie. 12 Ya preferiría que temieras a Cerbero a que dijeras estas cosas tan inconsideradamente. ¿Qué, al fin? A aquel que niegas que existe, al mismo dices que existe. ¿Dónde está tu agudeza? Pues cuando dices que es miserable, entonces dices que existe aquel que no existe. No soy tan torpe como para decir eso. ¿Qué dices, entonces? Que es miserable, por ejemplo, Marco Craso, que perdió con la muerte aquellas fortunas; miserable Cneo Pompeyo, que fue privado de tanta gloria; todos, en fin, miserables, los que carecen de esta luz. Vuelves a lo mismo. Pues deberían existir, si son miserables; pero tú hace poco negabas que existieran los que habían muerto. Si, pues, no existen, nada pueden ser; así ni siquiera son miserables. Quizá no digo ni siquiera lo que siento; pues pienso que eso mismo, no existir, cuando has existido, es lo más miserable. 13 ¿Qué? ¿Más miserable que nunca haber existido en absoluto? Así, los que todavía no han nacido ya son miserables porque no existen, y nosotros, si después de la muerte vamos a ser miserables, fuimos miserables antes de haber nacido. Pero yo no recuerdo que antes de haber nacido fuera miserable; si tienes tú mejor memoria, quisiera saber si recuerdas algo de ti.
VII. Bromeas así, como si yo dijera que son miserables los que no han nacido y no los que han muerto. ¿Dices, pues, que existen? Al contrario, porque no existen, habiendo existido, por eso son miserables. ¿No ves que hablas cosas contradictorias? Pues ¿qué tan contradictorio como no solo ser miserable, sino en absoluto ser algo, quien no existe? ¿O tú, cuando saliendo por la puerta Capena ves los sepulcros de los Calatinos, de los Escipiones, de los Servilios, de los Metelos, piensas que aquellos son miserables? Puesto que me aprietas con la palabra, en adelante no diré así, que son miserables, sino solo miserables, por esto mismo, porque no existen. No dices, pues, «es miserable Marco Craso», sino solo «miserable Marco Craso». Así exactamente. 14 ¡Como si no fuera necesario que cualquier cosa que pronuncies de ese modo, o exista o no exista! ¿O es que ni siquiera estás instruido en la dialéctica? Pues entre las primeras cosas se enseña esto: todo enunciado (pues así se me ocurre de momento llamar al axioma —después usaré otro término, si encuentro uno mejor—), ese enunciado, pues, es lo que es verdadero o falso. Cuando, pues, dices «miserable Marco Craso», o dices esto: «es miserable Craso», de modo que pueda juzgarse si eso es verdadero o falso, o no dices nada en absoluto. Vamos, ya concedo que no son miserables los que han muerto, puesto que has arrancado que confesara que quienes en absoluto no existen ni siquiera pueden ser miserables. ¿Qué? Nosotros que vivimos, puesto que debemos morir, ¿no somos miserables? Pues ¿qué placer puede haber en la vida cuando día y noche ha de pensarse que ya, ya debe morirse?
VIII. 15 ¿Entiendes, pues, cuánto mal has apartado de la condición humana?
—¿De qué modo?
—Porque, si la muerte fuera miserable también para los muertos, tendríamos en la vida un mal infinito y sempiterno; ahora veo una meta, a la cual cuando se ha corrido, nada hay que temer más allá. Pero tú me pareces seguir la sentencia de Epicarmo, hombre agudo y no insulso, como siciliano.
—¿Cuál? Pues no la conozco.
—La diré, si puedo, en latín. Pues sabes que no suelo hablar en griego en un discurso latino más que en latín en uno griego.
—Y con razón, ciertamente. Pero ¿cuál es esa sentencia de Epicarmo?
—«No quiero morir, pero no me importa nada estar muerto».
—Ya reconozco al griego. Pero puesto que me has forzado a conceder que los que han muerto no son miserables, logra, si puedes, que ni siquiera piense que deber morir es miserable.
16 — Ya eso, ciertamente, no tiene ninguna dificultad, pero yo apunto a cosas mayores.
—¿Cómo es que esto no tiene ninguna dificultad? ¿O cuáles son, al fin, esas cosas mayores?
—Porque, puesto que después de la muerte nada hay de mal, ni siquiera la muerte es un mal, a la cual próximo es el tiempo después de la muerte, en el cual concedes que nada hay de mal: así ni siquiera deber morir es un mal; pues eso es deber llegar a aquello que confesamos que no es un mal.
—Eso más copiosamente, te ruego. Pues estas cosas espinosas me fuerzan a confesar antes de que asiente. Pero ¿cuáles son esas que dices que apuntas mayores?
—Que enseñe, si puedo, que no solo no es un mal, sino que incluso es un bien la muerte.
—No pido eso, ciertamente, pero ansío oírlo. Pues aunque no logres lo que quieres, sin embargo lograrás que la muerte no sea un mal. Pero no te interrumpiré en nada; prefiero oír un discurso continuo.
17 — ¿Qué? Si te preguntara algo, ¿no responderías?
—Eso sería soberbio, pero, a no ser que sea algo necesario, prefiero que no preguntes.
IX. Te complaré y explicaré lo que quieres, como pueda, pero no como el Apolo Pitio, de modo que sean ciertas y fijas las cosas que diga, sino como un hombrecillo, uno de muchos, que sigue lo probable por conjetura. Pues más allá de que vea lo verosímil, no tengo adónde avanzar; cosas ciertas dirán aquellos que dicen que pueden percibirse y profesan ser sabios.
—Tú, como parece; nosotros estamos preparados para escuchar.
18 La muerte misma, pues, que parece ser cosa muy conocida, qué sea, primero debe verse. Pues hay quienes piensan que la muerte es la partida del alma del cuerpo; hay quienes opinan que no se hace ninguna partida, sino que juntamente perecen el alma y el cuerpo, y el alma se extingue en el cuerpo. Quienes opinan que el alma se aparta, unos creen que se disipa inmediatamente, otros que permanece mucho tiempo, otros que siempre. Qué sea, además, el alma misma, o dónde, o de dónde, hay gran desacuerdo. A unos el alma les parece ser el corazón mismo, de donde se dice «excordes», «vecordes», «concordes», y aquel Nasica prudente, cónsul dos veces, «Cordezuelo», y
varón egregiamente cordato, el sagaz Elio Sexto.
19 Empédocles opina que el alma es la sangre difundida en el corazón; a otros cierta parte del cerebro les ha parecido que tiene la supremacía del alma; a otros ni les place que el corazón mismo ni cierta parte del cerebro sea el alma, sino que unos dijeron que la sede y el lugar del alma está en el corazón, otros en el cerebro; y el alma es para otros el ánimo vital, como declara el nombre entre los nuestros: pues decimos «alentar el ánimo vital» y «exhalarlo», y «animosos» y «bien animados» y «según el sentir del ánimo»; y el ánimo mismo ha sido dicho del ánimo vital. A Zenón el estoico el alma le parece fuego.
X. Pero estas cosas que he dicho, el corazón, el cerebro, el ánimo vital, el fuego, son del vulgo; las demás casi cada uno por separado. Así como mucho antes los antiguos, pero recientemente Aristóxeno, músico y al mismo tiempo filósofo, cierta tensión del cuerpo mismo, como en el canto y en las cuerdas lo que se llama armonía: así por la naturaleza y figura del cuerpo entero se suscitan variados movimientos como en el canto los sonidos. 20 Este no se apartó de su oficio y sin embargo dijo algo que, tal como era, había sido mucho antes dicho y explicado por Platón. Jenócrates negó que el alma tuviera figura y como cuerpo alguno, dijo que era número, cuya fuerza, como ya antes le había parecido a Pitágoras, era máxima en la naturaleza. Su maestro Platón forjó un alma triple, cuya supremacía, esto es la razón, colocó en la cabeza como en una ciudadela, y quiso que las dos partes obedecieran, la ira y el deseo, que separó en lugares: la ira la colocó en el pecho, el deseo bajo las entrañas. 21 Dicearco, en cambio, en aquel diálogo que expone en tres libros tenido en Corinto, en el primer libro hace hablar a muchos hombres doctos que disputan; en los dos introduce disertando a cierto Ferecretes, anciano ftiotense, del cual dice que descendía de Deucalión, enseñando que el alma no existe en absoluto, y que este nombre es totalmente vacío, y en vano se llaman «animales» y «animantes», ni en el hombre hay alma o ánimo vital ni en la bestia, y toda aquella fuerza por la cual o hacemos algo o sentimos está difundida uniformemente en todos los cuerpos vivos y no es separable del cuerpo, dado que no es nada, ni hay nada salvo un cuerpo único y simple, de tal modo figurado que por la templanza de la naturaleza tiene vigor y siente. 22 Aristóteles, sobresaliente lejos de todos —siempre exceptúo a Platón— tanto en ingenio como en diligencia, habiendo abarcado aquellos cuatro géneros conocidos de principios de los cuales nacen todas las cosas, opina que hay cierta quinta naturaleza de la cual procede la mente; pues pensar y prever y aprender y enseñar y descubrir algo y recordar tantas cosas, amar, odiar, desear, temer, angustiarse, alegrarse, estas cosas y otras semejantes a ellas piensa que no están en ninguno de estos cuatro géneros; añade un quinto género carente de nombre y así llama al alma misma «endelejía», con un nombre nuevo, como cierto movimiento continuado y perenne.
XI. Si no se me escapa alguna, estas son en general las opiniones sobre el alma. Dejemos de lado a Demócrito, un gran hombre sin duda, pero que forma el alma mediante el choque fortuito de corpúsculos lisos y redondos; pues en esa gente no hay nada que no produzca una turba de átomos. 23 Cuál de estas opiniones sea verdadera, que lo vea algún dios; cuál sea la más verosímil es una gran cuestión. ¿Queremos entonces decidir entre estas opiniones o volver a nuestro tema?
—Sin duda querría ambas cosas, si fuera posible, pero es difícil mezclarlas. Por tanto, si podemos liberarnos del miedo a la muerte sin discutir esas opiniones, hagámoslo; pero si no se puede sino una vez explicada esta cuestión sobre las almas, ahora, si te parece, esto, y aquello otro día.
—Comprendo que prefieres lo primero, y pienso que es más conveniente; pues la razón conseguirá que, cualquiera que sea la verdadera de las opiniones que he expuesto, la muerte no sea un mal, o más bien sea un bien. 24 Pues si el alma es el corazón, la sangre o el cerebro, ciertamente, puesto que es un cuerpo, perecerá con el resto del cuerpo; si es aire, quizá se dispersará; si es fuego, se extinguirá; si es la armonía de Aristóxeno, se disolverá. ¿Qué decir de Dicearco, que afirma que el alma no existe en absoluto? Según todas estas opiniones, nada puede importar a nadie después de la muerte; pues junto con la vida se pierde la sensibilidad, y para quien no siente nada hay en ningún aspecto algo que le importe. Las demás opiniones traen esperanza, si acaso te agrada, de que las almas, cuando han salido de los cuerpos, puedan llegar al cielo como a su propia morada.
—Me agrada sin duda, y quisiera en primer lugar que fuera así, y luego, aunque no lo sea, que se me persuadiera de ello.
—¿Entonces para qué necesitas mi ayuda? ¿Acaso podemos superar en elocuencia a Platón? Lee con atención ese libro suyo que trata del alma: nada más te faltará.
—Lo he hecho, por Hércules, y varias veces; pero no sé de qué modo, mientras leo, asiento, mas cuando he dejado el libro y he empezado a pensar por mí mismo sobre la inmortalidad de las almas, todo aquel asentimiento se me escapa. 25 ¿Qué? ¿Concedes esto: o que las almas permanecen después de la muerte o que perecen en la muerte misma?
—Lo concedo.
—¿Y si permanecen?
—Concedo que son felices.
—¿Pero si perecen?
—Que no son desgraciadas, puesto que ni siquiera existen; eso ya lo concedimos antes, obligados por ti.
—¿Cómo entonces, o por qué dices que la muerte te parece un mal? Pues o nos hará felices, si las almas permanecen, o no desgraciados, si carecemos de sensación.
XII. 26 Expón entonces, si no es molesto, primero, si puedes, que las almas permanecen después de la muerte; luego, si no consigues esto —pues es arduo—, me enseñarás que la muerte carece de todo mal. Pues yo justamente temo que sea un mal no digo carecer de sensación, sino haber de carecer.
—Por autoridades para esa opinión que quieres que prevalezca podemos valernos de las mejores, lo cual en todas las causas debe y suele valer muchísimo, y primero de toda la antigüedad, que cuanto más cercana estaba al origen y a la progenie divina, tanto mejor discernía quizá las cosas verdaderas. 27 Así pues, aquello estaba arraigado en aquellos antiguos, a quienes Ennio llama los Cascos, que hay sensación en la muerte y que con la salida de la vida el hombre no se borra de manera que perezca del todo; y esto puede entenderse tanto por muchas otras cosas como por el derecho pontificio y por las ceremonias de las sepulturas, las cuales hombres dotados de grandísimos talentos ni habrían cultivado con tanto cuidado ni habrían sancionado su violación con religión tan inexpiable, si no hubiera estado fijo en sus mentes que la muerte no es un fin que todo lo suprime y destruye, sino una especie de migración y cambio de vida, que en los varones y mujeres ilustres solía conducir al cielo, y en los demás era retenida en la tierra, pero permanecía sin embargo. 28 De aquí, según la creencia de los nuestros, «Rómulo pasa su vida en el cielo con los dioses», como dijo Ennio asintiendo a la fama, y entre los griegos, y desde allí llegado hasta nosotros y hasta el Océano, Hércules es tenido por dios tan grande y tan presente; de aquí Líber nacido de Sémele y por la misma celebridad de la fama los hermanos Tindáridas, que no solo se dice que fueron auxiliadores de la victoria del pueblo romano en las batallas, sino también mensajeros. ¿Qué? Ino, hija de Cadmo, ¿no es llamada Leucótea por los griegos y tenida como Matuta por los nuestros? ¿Qué? Casi todo el cielo, por no seguir con más ejemplos, ¿no está lleno del género humano?
XIII. 29 Mas si quiero escudriñar en las cosas antiguas y sacar de ellas las que transmitieron los escritores de Grecia, se encontrará que esos mismos dioses que se tienen por de las naciones mayores partieron de aquí hacia el cielo. Pregunta de quiénes se muestran sepulcros en Grecia; recuerda, puesto que estás iniciado, qué se transmite en los misterios: entonces comprenderás finalmente cuán ampliamente se extiende esto. Pero quienes aún no habían aprendido las cosas de la física que los hombres empezaron a tratar muchos años después, tanto se habían persuadido cuanto habían conocido con la advertencia de la naturaleza, no conocían las razones y causas de las cosas, eran movidos a menudo por ciertas visiones, y sobre todo nocturnas, de modo que les parecía que vivían quienes habían salido de la vida. 30 Por otro lado, parece aducirse como prueba muy firme de por qué creemos que hay dioses el hecho de que no hay pueblo tan salvaje, nadie de todos tan inhumano, en cuya mente no se haya infundido la idea de los dioses (muchos piensan cosas falsas sobre los dioses —eso suele producirse por una costumbre viciosa—, pero todos juzgan que hay una fuerza y naturaleza divina, y esto ciertamente no lo produce la conversación de los hombres ni la reunión, no se confirma la opinión por instituciones, no por leyes; mas en todo asunto el consenso de todas las naciones debe considerarse ley de la naturaleza). ¿Quién hay entonces que no llore primero la muerte de los suyos porque juzga que están privados de las comodidades de la vida? Quita esta opinión, habrás quitado el duelo. Pues nadie se duele por su propia incomodidad: tal vez sienten dolor y angustia, pero aquella lamentación luctuosa y llanto lloroso viene de que juzgamos que aquel a quien amamos ha sido privado de las comodidades de la vida y que lo siente. Y estas cosas las sentimos así con la naturaleza como guía, sin ninguna razón ni ninguna enseñanza.
XIV. 31 Pero el mayor argumento es que la naturaleza misma juzga tácitamente sobre la inmortalidad de las almas, porque a todos importan, y muchísimo en verdad, las cosas que han de ser después de la muerte. «Planta árboles que aprovecharán a otra generación», como dice Estacio en los Synephebi, ¿con qué mira sino a que también las épocas futuras le pertenecen? Entonces, ¿el labrador cuidadoso plantará árboles cuya baya él nunca verá, y el varón grande no plantará leyes, instituciones, la república? ¿Qué significan la procreación de hijos, la propagación del nombre, las adopciones de hijos, la diligencia de los testamentos, los propios monumentos de los sepulcros, los elogios, sino que pensamos también en lo futuro? 32 ¿Qué? ¿Acaso dudas de que debe tomarse muestra de la naturaleza en cada naturaleza mejor? ¿Cuál es entonces mejor en el género humano que la de aquellos que creen haber nacido para ayudar, proteger y conservar a los hombres? Hércules se fue a los dioses: nunca se habría ido, si, cuando estaba entre los hombres, no se hubiera preparado ese camino. Viejas son ya esas cosas y consagradas por la religión de todos.
XV. ¿Qué pensamos que consideraron en esta república tantos y tan grandes varones muertos por la república? ¿Que su nombre se acabara en los mismos límites que su vida? Nadie jamás se ofreció a la muerte por la patria sin gran esperanza de inmortalidad. 33 Temístocles pudo vivir ocioso, pudo Epaminondas, pude yo, por no buscar ejemplos antiguos y extranjeros; pero no sé de qué modo está arraigado en las mentes como cierto presagio de siglos futuros, y esto en los máximos ingenios y en las almas más elevadas existe más y aparece más fácilmente. Quitado esto, ¿quién sería tan demente que viviera siempre en trabajos y peligros? 34 Hablo de los principales; ¿qué? Los poetas, ¿no quieren hacerse célebres después de la muerte? ¿De dónde entonces esto:
«Mirad, oh ciudadanos, la forma de la imagen del viejo Ennio: este narró los máximos hechos de vuestros padres»?
Reclama recompensa de gloria de aquellos cuyos padres había colmado de gloria, y el mismo:
«Nadie me honre con lágrimas ni celebre los funerales con llanto. ¿Por qué? Vuelo vivo por las bocas de los hombres».
Pero ¿qué decir de los poetas? Los artesanos quieren hacerse célebres después de la muerte. Pues ¿qué hizo Fidias al incluir una imagen semejante a sí mismo en el escudo de Minerva, cuando no estaba permitido inscribir el nombre? ¿Qué? Nuestros filósofos, ¿no inscriben sus propios nombres en esos libros mismos que escriben sobre el desprecio de la gloria? 35 Y si el consenso de todos es la voz de la naturaleza, y todos los que están en cualquier parte consienten en que hay algo que pertenece a los que han salido de la vida, también nosotros debemos pensar lo mismo, y si juzgamos que aquellos cuya alma destaca por ingenio o virtud, por ser de naturaleza óptima, ven más la fuerza de la naturaleza, es verosímil que, como cada uno de los mejores sirve más a la posteridad, hay algo de lo cual ha de tener sensación después de la muerte.
XVI. 36 Pero así como pensamos que hay dioses por naturaleza, y cuáles sean los conocemos por razón, así juzgamos que las almas permanecen por consenso de todas las naciones, pero en qué sede permanezcan y cuáles sean debe aprenderse por razón. Su ignorancia forjó los infiernos y aquellos temores que parecías despreciar no sin causa. Pues, cayendo los cuerpos en la tierra y quedando cubiertos con el suelo, de donde se dijo humari, pensaban que la vida restante de los muertos transcurría bajo tierra; y a esta opinión suya siguieron grandes errores, que aumentaron los poetas. 37 Pues la frecuente asamblea del teatro, en la que hay mujercillas y niños, se conmueve al oír un verso tan grandioso:
«Estoy presente y vengo desde el Aqueronte apenas por vía alta y ardua por cavernas construidas con rocas ásperas, colgantes, máximas, donde rígida se alza la espesa niebla de los infiernos».
Y tanto pudo el error —que a mí ciertamente me parece ya eliminado— que, aunque sabían que los cuerpos eran cremados, sin embargo fingían que se hacían en los infiernos cosas que sin cuerpos ni podían hacerse ni entenderse. Pues no podían abarcar con la mente almas vivientes por sí mismas, buscaban alguna forma y figura. De ahí toda la necuia de Homero, de ahí esas necromantias que hacía mi amigo Apio, de ahí en nuestra vecindad el lago Averno, de donde las almas son evocadas cubiertas de oscura sombra, imágenes de los muertos, desde la boca profunda del Aqueronte, con falsa sangre. Sin embargo, quieren que estas imágenes hablen, lo cual no puede hacerse sin lengua ni sin paladar ni sin la fuerza y figura de gargantas, costados, pulmones. Pues nada podían ver con el alma, todo lo referían a los ojos. 38 Pero es propio de un gran ingenio apartar la mente de los sentidos y llevar el pensamiento lejos de la costumbre. Así pues, creo que también otros en tantos siglos, pero, en cuanto a lo que consta por escrito, Ferécides de Siros dijo primero que las almas de los hombres son sempiternas, antiguo ciertamente; pues vivió cuando reinaba mi gentil. Esta opinión la confirmó muchísimo su discípulo Pitágoras, quien, habiendo venido a Italia cuando reinaba Tarquino el Soberbio, dominó aquella Magna Grecia tanto con el honor de su enseñanza como también con su autoridad, y muchos siglos después floreció de tal modo el nombre de los pitagóricos que ningún otro parecía sabio.
XVII. Pero vuelvo a los antiguos. Ellos no solían dar razón de su opinión, salvo cuando había que explicar algo con números o descripciones. 39 Se dice que Platón, para conocer a los pitagóricos, vino a Italia y aprendió todas las doctrinas pitagóricas, y que no solo sintió lo mismo que Pitágoras sobre la eternidad de las almas, sino que también aportó la razón. A esta, a no ser que digas algo, pasémosla por alto y dejemos toda esta esperanza de inmortalidad.
—¿Tú, después de haberme llevado a la mayor expectación, me abandonas? Prefiero, por Hércules, errar con Platón, a quien sé cuánto aprecias y a quien admiro por tus palabras, que sentir la verdad con esos.
40 — ¡Bravo! Pues yo mismo habré errado de buena gana con él. ¿Dudamos entonces —o como la mayoría—? Aunque esto ciertamente en absoluto; pues los matemáticos persuaden de que la tierra, situada en medio del mundo, ocupa respecto al abrazo de todo el cielo como el lugar de un punto, que ellos llaman centro; y que además es tal la naturaleza de los cuatro cuerpos que todo lo engendran, que, como si tuvieran repartidos entre sí y divididos los momentos, las cosas terrenas y húmedas se llevan por su propio impulso y peso en ángulos iguales hacia la tierra y hacia el mar, y las dos partes restantes, una ígnea, otra anímica, así como aquellas superiores son llevadas al lugar medio del mundo por gravedad y peso, así estas a su vez vuelan hacia arriba en líneas rectas hacia el lugar celeste, sea porque la propia naturaleza apetece las cosas superiores, sea porque las más ligeras son repelidas por las más pesadas por naturaleza. Siendo esto así, debe ser evidente que las almas, cuando han salido del cuerpo, sea que sean anímicas, esto es, espirables, sea que sean ígneas, son llevadas hacia lo alto. 41 Mas si en verdad el alma es cierto número, lo cual se dice más sutilmente que con claridad, o aquella quinta naturaleza no nombrada más que no entendida, mucho más íntegras y puras son, de modo que se eleven lejísimos de la tierra. Una de estas cosas es entonces el alma, para que una mente tan vigorosa no yazca sumergida en el corazón o en el cerebro o en la sangre de Empédocles.
XVIII. Dejemos de lado a Dicearco y a Aristóxeno, su coetáneo y condiscípulo, hombres sabios ciertamente; uno de los cuales parece que nunca se dolió de tener alma, pues no siente que la tiene, el otro está tan encantado con sus cantos que intenta transferirlos también a estas cosas. Mas podemos conocer la armonía por los intervalos de los sonidos, cuya variada composición produce también varias armonías; pero cómo pueda producir armonía la disposición de los miembros y la figura del cuerpo vacante de alma, no lo veo. Pero este, aunque sea erudito, como lo es, conceda estas cosas al maestro Aristóteles, que él enseñe a cantar; pues bien se enseña en aquel proverbio de los griegos: «que cada uno se ejercite en el arte que conoce». 42 Pero echemos de raíz aquel choque fortuito de corpúsculos indivisibles, lisos y redondos, que sin embargo Demócrito quiere que, calentado y espirable, esto es, animado, sea. Mas aquella alma que, si es de esos cuatro géneros de los que se dice que constan todas las cosas, consta de aire inflamado, como parece principalmente a Panecio, necesariamente busca las cosas superiores. Pues estos dos géneros no tienen nada que tienda hacia abajo y siempre buscan lo de arriba. Así, sea que se disipan, lejos de las tierras sucede eso, sea que permanecen y conservan su constitución, aún más necesariamente deben ser llevadas al cielo y debe ser atravesada y dividida por ellas este aire espeso y concreto que está próximo a la tierra. Pues el alma es más caliente, o más bien más ardiente, que este aire que acabo de llamar espeso y concreto; lo cual puede saberse por esto: porque nuestros cuerpos, hechos del género terreno de principios, se calientan con el ardor del alma.
XIX. 43 Se añade que con tanta mayor facilidad el alma escapa y atraviesa este aire, al que a menudo llamo, cuanto que nada hay más veloz que el alma, no hay rapidez que pueda competir con la rapidez del alma. Que si permanece incorrupta y semejante a sí misma, necesariamente es llevada de modo que penetra y divide todo este cielo en que se forman nubes, lluvias y vientos, que es húmedo y nebuloso a causa de las exhalaciones de la tierra. Cuando el alma ha superado esta región y ha tocado y reconocido una naturaleza semejante a sí, unidos los fuegos de aire tenue y de ardor del sol templado, se detiene y pone fin a elevarse más alto. Pues cuando ha alcanzado la ligereza y el calor semejante a sí, como equilibrada con pesos iguales, no se mueve hacia ninguna parte, y esa es finalmente su sede natural, cuando ha penetrado hasta lo semejante a sí; en la cual, no careciendo de cosa alguna, será alimentada y sustentada por las mismas cosas por las que los astros son sustentados y alimentados. 44 Y como solemos inflamarnos con las antorchas del cuerpo hacia casi todas las pasiones y encendernos más porque emulamos a los que tienen lo que nosotros deseamos tener, ciertamente seremos felices cuando, dejados los cuerpos, carezcamos de pasiones y de emulaciones; y lo que ahora hacemos, cuando estamos libres de cuidados, que deseamos contemplar y ver algo, eso lo haremos entonces mucho más libremente y nos entregaremos por completo a contemplar y examinar las cosas, porque tanto hay innatamente en nuestras mentes cierta insaciable pasión de ver la verdad, como las mismas regiones de aquellos lugares a los que hayamos llegado, cuanto más fácil conocimiento de las cosas celestes nos den, mayor pasión de conocer darán. 45 Pues esta belleza incluso en las tierras despertó aquella filosofía «patricia» y «avita», como dice Teofrasto, encendida con la pasión de conocer. Mas gozarán de ella especialmente quienes, incluso entonces, cuando habitando estas tierras estaban rodeados de niebla, sin embargo deseaban discernir con la agudeza de la mente.
XX. En efecto, si ahora creen conseguir algo quienes han visto la entrada del Ponto y aquellos estrechos por donde penetró la nave que lleva el nombre de Argo,
porque en ella los varones escogidos de Argos, navegando, buscaban el vellocino dorado del carnero,
o quienes han contemplado aquellos angostos del Océano,
donde la ola impetuosa separa a Europa de Libia,
¿qué espectáculo pensamos que se ofrecerá cuando sea posible contemplar la tierra entera y su posición, su forma, sus límites, y además las regiones habitables y, de nuevo, las que están vacías de todo cultivo a causa de la fuerza del frío o del calor? 46 Porque, en efecto, ni siquiera ahora vemos con nuestros ojos lo que vemos; pues no hay sensación alguna en el cuerpo, sino que, como enseñan no solo los físicos sino también los médicos, que han observado estas cosas abiertas y manifiestas, existen unas vías como perforadas desde la sede del alma hasta los ojos, los oídos, las narices. Por eso a menudo, impedidos por una preocupación o por alguna enfermedad, aunque tengamos los ojos y los oídos abiertos e intactos, no vemos ni oímos, de modo que se puede entender fácilmente que es el alma la que ve y oye, no esas partes que son como ventanas del alma, pues sin embargo la mente no puede percibir nada a menos que actúe y esté presente. ¿Qué decir de que con la misma mente comprendemos cosas completamente distintas, como el color, el sabor, el calor, el olor, el sonido? El alma nunca podría conocer estas cosas por cinco mensajeros si todas no se refirieran a ella y si ella no fuera el único juez de todas. Y esas cosas, sin duda, se percibirán mucho más puras y claras cuando el alma haya llegado, libre, adonde la naturaleza la lleva. 47 Pues ahora, aunque la naturaleza fabricó aquellas aberturas que van del cuerpo al alma con el arte más hábil, están de algún modo obstruidas por los cuerpos terrenos y compactos: pero cuando no haya nada salvo el alma, ninguna cosa interpuesta impedirá que perciba la cualidad de cada cosa.
XXI. Podríamos hablar copiosamente de esto, si el asunto lo exigiera: cuántos, cuán variados, cuán grandes espectáculos habría de tener el alma en los lugares celestes. 48 Pensando en esto, suelo a menudo asombrarme de la arrogancia de algunos filósofos que admiran el conocimiento de la naturaleza y, exultantes, dan gracias a su descubridor y fundador, y lo veneran como a un dios; dicen, en efecto, que han sido liberados por él de los más graves señores, del terror eterno y del miedo diurno y nocturno. ¿Qué terror? ¿Qué miedo? ¿Qué vieja hay tan chocha que tema esas cosas que vosotros, evidentemente, temeríais si no hubierais aprendido física?:
Los templos Aquerusios, la alta morada de Orco, pálida de muerte, los lugares nublados de tinieblas.
¿No da vergüenza que un filósofo se gloríe de que no teme esto y de que ha descubierto que es falso? De aquí puede entenderse cuán agudos son por naturaleza, puesto que iban a creer estas cosas sin instrucción. 49 Por lo demás, no sé qué cosa magnífica han conseguido con haber aprendido que, cuando llegue el tiempo de la muerte, perecerán por completo. Aunque sea así —pues no discuto—, ¿qué tiene ese hecho de alegre o glorioso? Y, sin embargo, no se me ocurre a mí ciertamente ninguna razón por la cual no sea verdadera la sentencia de Pitágoras y de Platón. Pues aunque Platón no aportara ninguna razón —mira lo que concedo a ese hombre—, me vencería con su sola autoridad: pero ha aportado tantas razones que parece haber querido persuadir a los demás y haberse persuadido ciertamente a sí mismo.
XXII. 50 Pero muchísimos se oponen y castigan a las almas, condenadas como por un crimen capital, con la muerte, y no hay ninguna otra razón por la cual parezca increíble esa eternidad de las almas, salvo que no pueden entender ni comprender con el pensamiento cómo es el alma sin el cuerpo. Como si realmente entendieran cómo es en el propio cuerpo, cuál es su conformación, su magnitud, su lugar; de modo que, si ya pudieran verse en un hombre vivo todas las cosas que ahora están ocultas, ¿parecería que el alma va a caer bajo la mirada, o será tan grande su tenuidad que escape a la vista? 51 Repasen esto quienes niegan poder entender el alma sin el cuerpo: verán cómo la entienden en el propio cuerpo. A mí, al menos, cuando contemplo la naturaleza del alma, se me presenta un pensamiento mucho más difícil, mucho más oscuro: cómo es el alma en el cuerpo, como en casa ajena, que cómo será cuando haya salido y llegado al cielo libre, como a su propia casa. Pues si no podemos entender cómo es aquello que nunca hemos visto, ciertamente podemos abarcar con el pensamiento tanto a dios mismo como al alma divina liberada del cuerpo. Dicearco y Aristóxeno, en efecto, como era difícil entender qué era el alma o de qué tipo era, dijeron que no había alma alguna en absoluto. 52 Es, desde luego, algo muy importante ver el alma con el alma misma, y sin duda este es el sentido del precepto de Apolo, por el cual aconseja que cada uno se conozca a sí mismo. Pues no creo que aconseje que conozcamos nuestros miembros o nuestra estatura y figura; ni somos cuerpos, ni yo, al decirte esto, se lo digo a tu cuerpo. Así pues, cuando dice «conócete a ti mismo», dice esto: «conoce tu alma». Pues el cuerpo es como un vaso o algún tipo de receptáculo del alma; lo que se hace por tu alma, eso lo haces tú. Conocer esto, entonces, si no fuera divino, no se habría atribuido a un dios ese precepto propio de un alma más penetrante. 53 Pero si el alma misma no sabe cómo es el alma, dime, por favor, ¿tampoco sabrá que existe, ni siquiera que se mueve? De aquí nació aquel razonamiento de Platón que fue expuesto por Sócrates en el Fedro, y que yo he incluido en el libro sexto de la República:
XXIII. «Lo que siempre se mueve es eterno; pero lo que aporta movimiento a algo y es impulsado desde otro lugar, cuando tiene fin el movimiento, necesariamente tiene el fin de la vida. Solo aquello, entonces, que se mueve a sí mismo, porque nunca es abandonado por sí, nunca cesa de moverse; más aún, para las demás cosas que se mueven, esta es la fuente, este es el principio del movimiento. 54 Pero del principio no hay origen alguno; pues todas las cosas nacen del principio, pero él mismo no puede nacer de ninguna otra cosa; pues no sería principio lo que se engendra desde otro lugar. Y si nunca nace, tampoco muere jamás; pues un principio extinguido ni renacerá de otro, ni creará de sí mismo otra cosa, si es verdad que todas las cosas deben nacer del principio. Así sucede que el principio del movimiento procede de aquello que se mueve a sí mismo; pero esto no puede nacer ni morir, o de lo contrario sería necesario que se derrumbara todo el cielo y toda la naturaleza, se detuvieran y no consiguieran ninguna fuerza por la cual, impulsados desde un primer impulso, se movieran. Puesto que queda claro, pues, que es eterno lo que se mueve a sí mismo, ¿quién hay que niegue que esta naturaleza ha sido atribuida a las almas? Pues es inanimado todo lo que es agitado por un impulso exterior; pero lo que es un ser animado se mueve por un movimiento interior y propio; pues esta es la naturaleza propia y la fuerza del alma. Si es la única entre todas las cosas que se mueve a sí misma, ciertamente no ha nacido y es eterna». 55 Que acudan todos los filósofos plebeyos —pues así parece que deben llamarse quienes disienten de Platón y Sócrates y de esa familia—, no solo nunca explicarán nada con tanta elegancia, sino que ni siquiera entenderán cuán sutilmente está formulado esto. El alma, pues, siente que se mueve; cuando lo siente, siente a la vez que se mueve por su propia fuerza, no por la de otro, y que no puede ocurrir que ella sea abandonada alguna vez por sí misma. De ahí se sigue la eternidad, a no ser que tengas algo que oponer a esto.
—Yo, por mi parte, fácilmente consentiría en que no se me viniera a la mente nada en contra; tanto favorezco a esa sentencia.
XXIV. 56 ¿Qué más? ¿Acaso consideras más ligeras aquellas cosas que muestran que hay algo divino en las almas de los hombres? Si yo viera cómo pueden nacer, vería también cómo pueden morir. Pues la sangre, la bilis, la pituita, los huesos, los nervios, las venas, toda la figura de los miembros y del cuerpo entero creo poder decir de dónde se han formado y cómo se han hecho: en cuanto al alma misma, si no hubiera en ella más que aquello por lo cual vivimos, creería que la vida del hombre se sustenta por naturaleza tanto como la vid, como el árbol; pues decimos que estas cosas también viven. Igualmente, si el alma del hombre no tuviera más que apetecer o rechazar, también esto sería común con las bestias. 57 Tiene, en primer lugar, la memoria, y ésta infinita de cosas innumerables. Y Platón quiere, ciertamente, que sea recuerdo de una vida anterior. Pues en aquel libro que se titula Menón, Sócrates interroga a cierto muchacho sobre algunas cuestiones geométricas acerca de la medida del cuadrado. A ellas responde como un niño, y sin embargo las preguntas son tan fáciles que, respondiendo gradualmente, llega al mismo punto al que habría llegado si hubiera aprendido geometría. De ahí quiere Sócrates que se deduzca que aprender no es otra cosa que recordar. Este tema lo explica mucho más cuidadosamente en aquel diálogo que tuvo el mismo día en que salió de la vida; pues enseña que cualquiera que parezca ignorante de todas las cosas, al responder a quien le interroga bien, muestra que no aprende entonces aquello, sino que lo reconoce recordándolo, y que de ningún modo podría suceder que desde niños tuviéramos nociones innatas y como grabadas en las almas de tantas y tan grandes cosas, que llaman ennoiai, si el alma, antes de entrar en el cuerpo, no hubiera estado viva en el conocimiento de las cosas. 58 Y como nada es, según se razona por Platón en todos los lugares —pues piensa que nada es lo que nace y muere, y que solo es lo que siempre es tal como es (lo llama él idea, nosotros especie)—, el alma no pudo reconocer estas cosas encerrada en el cuerpo, sino que trajo consigo conocimientos ya adquiridos; de ahí se suprime la admiración ante el conocimiento de tantas cosas. Y el alma no ve claramente esas cosas cuando de repente ha emigrado a una morada tan insólita y perturbada, sino que cuando se ha recogido y recreado, entonces las reconoce recordándolas. Así, aprender no es otra cosa que recordar. 59 Pero yo admiro la memoria de un modo aún mayor. Pues ¿qué es aquello por lo cual recordamos, o qué fuerza tiene o de dónde procede su naturaleza? No pregunto cuán grande se dice que fue la memoria de Simónides, cuán grande la de Teodectes, cuán grande la de Cíneas, que fue enviado por Pirro como embajador al senado, cuán grande la de Cármadas hace poco, cuán grande la de Metrodoro de Escepsis, que existió hace poco, cuán grande la de nuestro Hortensio: hablo de la memoria común de los hombres, y sobre todo de quienes se dedican a algún estudio o arte mayor, de los cuales es difícil estimar cuán grande es su inteligencia; tanto es lo que recuerdan.
XXV. 60 ¿Adónde apunta, pues, este discurso? Creo que debe entenderse cuál es aquella fuerza y de dónde procede. Ciertamente no es del corazón, ni de la sangre, ni del cerebro, ni de los átomos; si es del aire o del fuego no lo sé, ni me avergüenzo, como a esos, confesar que no sé lo que no sé: esto, si pudiera afirmar sobre cualquier otra cosa oscura, sea el alma aire o sea fuego, juraría que es divino. Pues dime, por favor, ¿te parece que esta fuerza tan grande de la memoria ha sido sembrada o formada de esta tierra con cielo nebuloso y neblinoso? Si no ves qué es esto, ves cómo es; si ni siquiera eso, ciertamente ves cuán grande es. ¿Qué entonces? 61 ¿Acaso pensamos que hay alguna capacidad en el alma, como en algún recipiente, donde se vierten aquellas cosas que recordamos? Eso es absurdo; pues ¿qué fondo o qué figura tal del alma puede entenderse, o qué capacidad tan grande en absoluto? ¿O pensamos que el alma es impresa como cera, y que la memoria es las huellas de las cosas grabadas en la mente? ¿Qué huellas pueden ser de las palabras, qué de las cosas mismas, qué magnitud tan inmensa, además, que pueda imprimir tantas cosas? 62 ¿Qué más? Aquella fuerza, entonces, que investiga lo oculto, que se llama descubrimiento e invención, ¿te parece formada de esta naturaleza terrena, mortal y caduca? ¿O quien primero, lo que pareció de suprema sabiduría a Pitágoras, impuso nombres a todas las cosas? ¿O quien congregó a los hombres dispersos y los convocó a la sociedad de la vida? ¿O quien delimitó con pocas marcas de letras los sonidos de la voz que parecían infinitos? ¿O quien observó los cursos, los retrocesos, las estaciones de las estrellas errantes? Todos grandes; también los anteriores, que descubrieron las cosechas, el vestido, los techos, el cuidado de la vida, las defensas contra las fieras, por quienes, domesticados y cultivados, hemos pasado de las artes necesarias a las más elegantes. Pues se ha procurado también gran deleite para los oídos al descubrir y templar la variedad y naturaleza de los sonidos, y hemos contemplado los astros, tanto los que están fijos en lugares determinados, como aquellos que no en realidad sino en el nombre son errantes, cuyas revoluciones y todos sus movimientos quien los vio con el alma, enseñó que su alma era semejante a la de aquel que los había fabricado en el cielo. 63 Pues cuando Arquímedes encerró en una esfera los movimientos de la luna, del sol y de los cinco errantes, hizo lo mismo que aquel dios de Platón que en el Timeo edificó el mundo, de modo que con una sola rotación gobernara movimientos completamente distintos en lentitud y velocidad. Y si esto no puede ocurrir en este mundo sin un dios, tampoco en la esfera pudo Arquímedes imitar esos mismos movimientos sin un ingenio divino.
XXVI. 64 A mí, en verdad, ni siquiera estas cosas más conocidas e ilustres me parecen carecer de fuerza divina, de modo que yo creo que ni un poeta puede derramar un poema grave y pleno sin alguna inspiración celeste de la mente, ni la elocuencia puede fluir abundante, resonante en palabras y rica en pensamientos, sin una fuerza mayor. La filosofía, por su parte, madre de todas las artes, ¿qué otra cosa es sino, como dice Platón, un don, como digo yo, un descubrimiento de los dioses? Esta nos educó primero para el culto de aquellos, después para el derecho de los hombres, que está fundado en la sociedad del género humano, luego para la modestia y la grandeza del alma, y también disipó la niebla del alma como de los ojos, para que viéramos todas las cosas superiores, inferiores, primeras, últimas, intermedias. 65 En verdad, me parece divina esta fuerza que realiza tantas y tan grandes cosas. Pues ¿qué es la memoria de las cosas y de las palabras? ¿Qué además el descubrimiento? Ciertamente aquello que ni siquiera en un dios puede entenderse nada mayor. Pues no creo que los dioses se alegren con ambrosía o néctar o con las copas servidas por Juventud, ni escucho a Homero, que dice que Ganimedes fue raptado por los dioses a causa de su belleza, para que sirviera la bebida a Júpiter; no es justa causa para que se hiciera tan gran injuria a Laomedonte. Homero fingió estas cosas y transfirió a los dioses las cosas humanas: yo preferiría que las divinas se transfirieran a nosotros. ¿Cuáles son, pues, las divinas? Estar vigoroso, ser sabio, descubrir, recordar. Por tanto, el alma, que, como yo digo, es divina, como se atreve a decir Eurípides, es dios. Y ciertamente, si dios es alma o fuego, lo mismo es el alma del hombre. Pues como aquella naturaleza celeste carece de tierra y de humedad, así el alma humana carece de ambas cosas; pero si hay una quinta naturaleza, introducida primero por Aristóteles, esta es tanto de los dioses como de las almas.
XXVII. Siguiendo esta sentencia, lo hemos expresado con estas mismas palabras en la Consolación: 66 «No puede hallarse en la tierra ningún origen de las almas; pues nada hay en las almas mezclado y formado, ni que parezca nacido y modelado de la tierra, nada ni siquiera húmedo o soplo o ígneo. Pues en estas naturalezas no hay nada que tenga la fuerza de la memoria, de la inteligencia, del pensamiento, que retenga el pasado y prevea el futuro y pueda abarcar el presente. Solo estas cosas son divinas, y nunca se descubrirá de dónde puedan venir al hombre si no es de dios. Por tanto, la naturaleza y fuerza del alma es singular, separada de estas naturalezas usuales y conocidas. Así, cualquier cosa que sea aquello que siente, que es sabio, que vive, que está vigoroso, es celeste y divino y por esa razón es necesario que sea eterno. Ni tampoco el dios mismo, que es entendido por nosotros, puede ser entendido de otro modo que como una mente cierta suelta y libre, separada de toda agregación mortal, que siente y mueve todas las cosas y está ella misma dotada de movimiento sempiterno».
XXVIII. La mente humana procede de este género y de esta misma naturaleza. 67 Entonces, ¿dónde está esa mente o cuál es su naturaleza?
—¿Dónde está la tuya o cuál es? ¿Puedes decirlo? ¿Acaso, si no tengo todo lo que quisiera tener para comprender, no me será lícito por tu culpa usar ni siquiera lo que tengo?
—El alma no tiene fuerza suficiente para verse a sí misma; pero, como el ojo, así el alma, sin verse a sí misma, contempla otras cosas. No ve, ciertamente, lo que es mínimo, su propia forma (aunque quizá esto también, pero dejémoslo); pero sin duda ve su fuerza, su sagacidad, su memoria, su movimiento, su rapidez. Estas cosas son grandes, son divinas, son eternas; no es necesario ni siquiera preguntar qué aspecto tiene o dónde habita. 68 Así como cuando vemos primero la belleza y el fulgor del cielo, luego la velocidad de su rotación, tan grande que no podemos siquiera concebirla, después la alternancia de los días y las noches y los cambios cuádruples de las estaciones, adecuadas para la maduración de los frutos y para el equilibrio de los cuerpos, y el moderador y guía de todas estas cosas, el sol, y la luna, que con el crecimiento y disminución de su luz marca y señala los días como un calendario, después en esa misma órbita, distribuida en doce partes, cinco estrellas que recorren los mismos cursos guardando constancia absoluta a pesar de sus movimientos desiguales entre sí, y el aspecto nocturno del cielo, adornado por todas partes de astros, después el globo de la tierra, que emerge del mar, fijo en el lugar central del universo entero, habitable y cultivado en dos zonas apartadas, una de las cuales nosotros habitamos,
situada bajo el eje, hacia las siete estrellas, de donde el terrible estridor del Aquilón mueve las gélidas nieves,
y la otra austral, desconocida para nosotros, que los griegos llaman antictona, 69 siendo las demás partes incultivables porque o bien se hielen de frío o se abrasen de calor; aquí, en cambio, donde habitamos, no deja en su tiempo
el cielo de resplandecer, los árboles de cubrirse de frondas, las vides fecundas de ataviarse con pámpanos, las ramas de inclinarse por la abundancia de frutos, las mieses de ofrecer cosechas, de florecer todo, las fuentes de manar, los prados de vestirse de hierba,
después la multitud de ganados, en parte para alimento, en parte para el cultivo de los campos, en parte para transporte, en parte para vestir los cuerpos, y al hombre mismo como contemplador del cielo y adorador de los dioses, y todos los campos y los mares obedientes a la utilidad del hombre:
XXIX. 70 Cuando vemos estas cosas y otras innumerables, ¿podemos acaso dudar de que las presida alguien, ya sea como creador, si han nacido, como le parece a Platón, ya sea, si han existido siempre, como le agrada a Aristóteles, como moderador de tan gran obra y función? Así, la mente del hombre, aunque no la veas, como no ves a dios, sin embargo, como reconoces a dios por sus obras, así reconoce la fuerza divina de la mente por la memoria de las cosas, por su capacidad inventiva, por la rapidez de su movimiento y por toda la belleza de la virtud. ¿En qué lugar está, entonces? Creo en verdad que en la cabeza, y puedo aducir por qué lo creo. Pero para otra ocasión dónde está el alma; ciertamente está en ti. ¿Cuál es su naturaleza? Propia, pienso, y suya. Pero supón que es ígnea, supón que es aérea: nada importa esto para lo que tratamos. Entiende solamente esto: que así como debes conocer a dios aunque ignores su lugar y su aspecto, así debes conocer tu propia alma aunque ignores su lugar y su forma. 71 En el conocimiento del alma, a menos que seamos completamente torpes en física, no podemos dudar de que nada hay mezclado en las almas, nada concreto, nada copulado, nada ensamblado, nada doble; siendo esto así, ciertamente no puede ser seccionada, ni dividida, ni despedazada, ni separada, ni perecer tampoco. Pues la muerte es como la partida, la separación y el desmembramiento de aquellas partes que antes de la muerte se mantenían unidas mediante algún enlace. Movido por estas y semejantes razones, Sócrates no buscó defensor para su juicio capital ni suplicó a los jueces, y adoptó una altiva libertad nacida de la grandeza de su alma, no de la soberbia; y en el último día de su vida disertó largamente sobre este mismo tema, y pocos días antes, cuando podía fácilmente ser sacado de la cárcel, no quiso, y entonces, sosteniendo ya casi en su mano aquella copa mortal, habló de tal modo que parecía no ser empujado a la muerte, sino ascender al cielo.
XXX. 72 Pues así lo creía y así lo expuso: que hay dos vías y dobles cursos para las almas que salen del cuerpo; porque quienes se hubieran contaminado con vicios humanos y se hubieran entregado del todo a las pasiones, cegados por ellas, ya fuera que se hubieran manchado con vicios y deshonras domésticas, ya fuera que al violar la república hubieran concebido fraudes inexpiables, para esos hay cierto camino apartado, excluido del consejo de los dioses; pero quienes se hubieran conservado íntegros y castos, para quienes hubiera habido mínimo contacto con los cuerpos y siempre se hubieran apartado de ellos y en los cuerpos humanos hubieran imitado la vida de los dioses, para esos está abierto y fácil el regreso hacia aquellos de quienes habían partido. 73 Y por eso recuerda que, como los cisnes, que no sin razón están consagrados a Apolo, sino porque parece que tienen de él adivinación, con la cual previendo lo que hay de bueno en la muerte mueren con canto y placer, así deben hacerlo todos los hombres buenos y doctos. (Y en verdad nadie podría dudar de esto, si no nos ocurriera, al pensar con atención sobre el alma, lo que a menudo les sucede por experiencia a quienes, habiendo contemplado intensamente con los ojos el sol que se oculta, pierden del todo la vista; así la agudeza de la mente al contemplarse a sí misma a veces se embota, y por esta causa perdemos la atención de la contemplación. Y por eso, dudando, mirando alrededor, vacilando, temiendo muchos contratiempos, como en una balsa en el mar inmenso es llevado nuestro discurso). 74 Pero estas cosas son antiguas y proceden de los griegos; Catón, en cambio, se marchó de la vida de tal modo que se alegraba de haber encontrado motivo para morir. Pues aquel dios que domina en nosotros nos prohíbe partir de aquí sin su orden; pero cuando el propio dios ha dado justa causa, como entonces a Sócrates, ahora a Catón, a menudo a muchos, por Júpiter que el varón sabio salió con alegría de estas tinieblas hacia aquella luz; y sin embargo no rompió las cadenas de la cárcel —pues las leyes lo prohíben—, sino que salió como convocado y liberado por dios, como si lo fuera por un magistrado o por algún poder legítimo. Pues toda la vida de los filósofos, como dice el mismo, es una preparación para la muerte.
XXXI. 75 Pues ¿qué otra cosa hacemos cuando apartamos el alma del placer, es decir del cuerpo, cuando la apartamos del patrimonio, que es ministro y servidor del cuerpo, cuando la apartamos de la república, de todo negocio, qué, digo, hacemos entonces sino convocar el alma hacia sí misma, obligarla a estar consigo y sobre todo separarla del cuerpo? Ahora bien, separar el alma del cuerpo, y nada distinto, es aprender a morir. Por tanto practiquemos esto, créeme, y separémonos de los cuerpos, esto es, acostumbrémonos a morir. Esto, tanto mientras estemos en la tierra, será semejante a aquella vida celestial, como cuando seamos llevados allá liberados de estas cadenas, será menos retardado el curso de las almas. Pues quienes siempre han estado en los grilletes del cuerpo, incluso cuando son liberados, caminan más lentamente, como aquellos que han estado encadenados con hierro muchos años. Cuando lleguemos allí, entonces finalmente viviremos. Pues esta vida es en verdad muerte, que podría lamentar si me placiera. 76 Bastante la has lamentado en la Consolación; cuando la leo, nada prefiero más que dejar estas cosas; pero después de haber escuchado esto ahora, mucho más. Vendrá el tiempo, y sin duda con rapidez, ya sea que te detengas, ya sea que te apresures; pues vuela el tiempo. Pero tan lejos está de que la muerte sea un mal, lo que hace poco te parecía, que temo que nada haya para el hombre más cierto que no sea un mal, nada más preferible que no sea un bien, si es cierto que o bien seremos los propios dioses o bien habremos de estar con los dioses.
—¿Qué importa? Pues hay quienes no aprueban estas cosas.
—Yo, sin embargo, nunca te dejaré ir de esta conversación de modo que la muerte pueda parecerte un mal por razón alguna.
—¿Cómo puede, habiendo conocido yo estas cosas? 77 ¿Cómo puede, preguntas? Vienen en tropel los que dicen lo contrario, y no solo los epicúreos, a quienes ciertamente no desprecio, pero no sé por qué todo el que es más docto los desprecia, sino que muy vehementemente mi querido Dicearco disertó contra esta inmortalidad. Pues escribió tres libros que se llaman Lesbíacos, porque la conversación se desarrolla en Mitilene, en los cuales quiere probar que las almas son mortales. Los estoicos, en cambio, nos conceden un usufructo como a las cornejas: dicen que las almas permanecerán largo tiempo, niegan que para siempre.
XXXII. ¿Quieres entonces oír por qué, aunque así sea, la muerte sin embargo no está entre los males?
—Como quieras, pero nadie me apartará de la inmortalidad. 78 Alabo esto ciertamente, aunque no conviene confiar en exceso; pues a menudo somos conmovidos por algo concluido agudamente, nos tambaleamos y cambiamos de opinión incluso en asuntos más claros; en estos hay en efecto cierta oscuridad. Por tanto, si esto ocurriera, estemos armados.
—Desde luego, pero para que no ocurra, me ocuparé yo.
—¿Hay entonces alguna razón para que no despidamos a nuestros amigos los estoicos? Me refiero a los que dicen que las almas permanecen cuando han salido del cuerpo, pero no siempre.
—A esos, que desde luego asumen lo que en toda esta cuestión es más difícil, que el alma puede permanecer sin el cuerpo, pero aquello que no solo es fácil de creer, sino que, una vez concedido lo que quieren, es consecuente, eso verdaderamente no lo conceden: que, cuando haya permanecido largo tiempo, no perezca. 79 Bien críticas, y así están las cosas. ¿Creeremos entonces a Panecio cuando disiente de su Platón? Pues a quien llama en todos los lugares divino, sapientísimo, santísimo, el Homero de los filósofos, esta única sentencia suya sobre la inmortalidad de las almas no la aprueba. Quiere en efecto, lo que nadie niega, que todo lo que ha nacido perezca; que las almas nacen, según declara la semejanza de los que las procrean, que aparece incluso en los talentos, no solo en los cuerpos. Y aduce otra razón: que nada hay que sufra sin que también pueda enfermar; pero lo que cae en enfermedad, también ha de perecer; las almas sufren, luego también perecen.
XXXIII. 80 Esto puede ser refutado: pues es propio de quien ignora que, cuando se habla de la eternidad de las almas, se habla de la mente, que siempre carece de toda turbación, no de aquellas partes en las que se mueven las aflicciones, las iras, las pasiones, que aquel contra quien se dice esto considera separadas y apartadas de la mente. Ya la semejanza aparece más bien en las bestias, cuyos ánimos carecen de razón; en los hombres, en cambio, la semejanza se manifiesta más bien en la figura de los cuerpos, y al alma misma le importa mucho en qué cuerpo esté situada. Pues muchas cosas surgen del cuerpo que aguzan la mente, muchas que la embotan. Aristóteles dice incluso que todos los ingeniosos son melancólicos, de modo que yo no llevo a mal ser más lento. Enumera a muchos, y como si esto constara, aduce la razón de por qué es así. Pero si tan grande es la fuerza para el estado de la mente en aquellas cosas que se generan en el cuerpo, y estas son, cualesquiera que sean, las que producen la semejanza, nada necesario aporta para que nazcan las almas la semejanza. Omito las diferencias. 81 Quisiera que Panecio pudiera estar presente —vivió con Escipión—; le preguntaría a cuál de los suyos se pareció el sobrino del hermano de Escipión, parecido en el rostro a su padre, en la vida semejante a todos los perdidos, de modo que fue fácilmente el peor; a cuál se pareció también el nieto de Publio Craso, hombre sabio, elocuente y principal, y los nietos e hijos de muchos otros varones ilustres, que no hace falta nombrar. Pero ¿qué hacemos? ¿Hemos olvidado que ahora nos habíamos propuesto esto: habiendo dicho bastante sobre la eternidad, mostrar que, aun si las almas perecieran, no hay mal alguno en la muerte?
—Yo en verdad lo recordaba, pero te permitía con gusto desviarte del propósito mientras hablabas de la eternidad.
XXXIV. 82 Veo que aspiras alto y quieres emigrar al cielo. Espero que eso nos suceda. Pero supón, como quieren esos, que las almas no permanecen después de la muerte: veo que nosotros, si así fuera, seríamos privados de la esperanza de una vida más feliz; ¿pero qué mal aporta esa opinión? Supón en efecto que el alma perece como el cuerpo: ¿acaso hay algún dolor o en absoluto sensación después de la muerte en el cuerpo? Nadie dice esto ciertamente, aunque Epicuro acusa a Demócrito, los demócritos lo niegan. Tampoco permanece sensación en el alma; pues ella misma no está en ninguna parte. ¿Dónde está entonces el mal, puesto que no hay nada tercero? ¿Acaso en que la propia separación del alma del cuerpo no se produce sin dolor? Aunque crea que es así, ¡cuán exiguo es eso! Pero pienso que es falso, y ocurre en su mayor parte sin sensación, a veces incluso con placer, y todo esto es leve, cualquiera que sea; pues se produce en un punto del tiempo. 83 «Lo que angustia o más bien atormenta es la separación de todas aquellas cosas que son bienes en la vida». Considera si no puede decirse con más verdad «de los males». ¿Por qué he de lamentar ahora la vida de los hombres? Con verdad y justicia puedo hacerlo; pero ¿qué necesidad hay, cuando trato de que no pensemos que seremos miserables después de la muerte, de hacer la vida aún más miserable deplorándola? Hicimos esto en aquel libro en el que nos consolamos a nosotros mismos cuanto pudimos. La muerte, pues, aparta de los males, no de los bienes, si buscamos la verdad. Y sin duda esto lo discute tan copiosamente el cirenaico Hegesías que se dice que fue prohibido por el rey Tolomeo decir aquellas cosas en las escuelas, porque muchos, después de oírlas, se daban muerte a sí mismos. 84 Hay incluso un epigrama de Calímaco sobre el ambraciota Teómbroto, de quien dice que, no habiéndole sucedido nada adverso, se arrojó desde un muro al mar después de leer el libro de Platón. Pero hay un libro de aquel Hegesías que he dicho, el Inanicioso, en el cual, retirándose de la vida por inanición, es llamado de vuelta por sus amigos; al responderles enumera las incomodidades de la vida humana. Podría hacer lo mismo yo, aunque menos que aquel que piensa que a nadie le conviene en absoluto vivir. Omito a los demás: ¿acaso a nosotros nos conviene? Que, privados de consuelos y ornamentos tanto domésticos como forenses, ciertamente si hubiéramos muerto antes, la muerte nos habría arrancado de males, no de bienes.
XXXV. 85 Supongamos entonces alguien que no tenga mal alguno, que no haya recibido herida alguna de la fortuna: aquel Metelo de los cuatro hijos honrados o Príamo de los cincuenta, de los cuales diecisiete nacidos de legítima esposa; en ambos tuvo la fortuna el mismo poder, pero lo usó en uno: a Metelo muchos hijos, hijas, nietos, nietas lo colocaron en la pira, a Príamo, privado de tan gran descendencia, cuando se había refugiado en el altar, la mano hostil lo mató. Este, si hubiera muerto viviendo sus hijos, con el reino incólume, estando presente la opulencia bárbara,
en techos artesonados recubiertos de oro,
¿se habría separado entonces de bienes o de males? Entonces sin duda habría parecido de bienes. Pero ciertamente le habría sucedido mejor y no se cantarían aquellas cosas tan dignamente de llanto:
Todo esto vi inflamarse, a Príamo por violencia ser privado de la vida, el altar de Júpiter mancharse de sangre.
Como si por aquella violencia pudiera haberle sucedido entonces algo mejor. Pero si hubiera muerto antes, habría perdido por completo aquel acontecimiento; en cambio en este momento perdió la sensación de los males. 86 A Pompeyo, nuestro amigo, cuando enfermó gravemente en Nápoles, se puso mejor. Los napolitanos fueron coronados, sin duda también los puteolanos; por todas partes desde las ciudades felicitaban públicamente: negocio ciertamente necio y griego, pero sin embargo afortunado. ¿Se habría separado entonces, si hubiera muerto en aquel tiempo, de cosas buenas o de males? Ciertamente de miserias. Pues no habría hecho guerra con su suegro, no habría tomado las armas sin preparación, no habría abandonado su casa, no habría huido de Italia, no habría caído, perdido el ejército, desnudo en el hierro y las manos de esclavos, no habrían sido llorados sus hijos, no poseerían los vencedores todas sus fortunas. Quien, si hubiera sufrido entonces la muerte, habría muerto en las más amplias fortunas, con la prolongación de su vida ¡cuántas, cuán grandes, cuán increíbles calamidades bebió!
XXXVI. Estas cosas se evitan con la muerte, aun si no han sucedido, sin embargo, porque pueden suceder; pero los hombres no piensan que puedan sucederles a ellos: cualquiera espera para sí la fortuna de Metelo, como si fueran más los afortunados que los infelices o como si hubiera algo cierto en las cosas humanas o fuera más prudente esperar que temer. 87 Pero concédase esto mismo: que los hombres son privados por la muerte de cosas buenas; ¿acaso también carecen los muertos de las comodidades de la vida y eso es miserable? Ciertamente es necesario que digan así. ¿Acaso puede carecer de alguna cosa quien no existe? Pues es triste el nombre mismo de carecer, porque se insinúa este sentido: tuvo, no tiene; echa de menos, busca, necesita. Estas, pienso, son las incomodidades del que carece: carece de ojos, odiosa ceguera; de hijos, orfandad. Esto vale en los vivos; pero nadie carece de las comodidades de la vida, ni siquiera de la vida misma, de los muertos que no existen. Hablo de los muertos, que no son nadie: nosotros, que somos, ¿acaso carecemos de cuernos o de alas? ¿Lo ha dicho alguien? Ciertamente nadie. ¿Por qué así? Porque, cuando no tienes lo que no te es apropiado ni por uso ni por naturaleza, no careces, aunque sientas que no lo tienes. 88 Esto debe ser subrayado una y otra vez y urgido, confirmado aquello de lo que, si las almas son mortales, no podemos dudar: que tan grande es la extinción en la muerte que no queda ni la más mínima sospecha de sensación; confirmado entonces y fijado esto con firmeza, debe ser examinado aquello para que se sepa qué es carecer, no sea que quede algún error en la palabra. Carecer significa esto: necesitar aquello que quisieras tener; pues está presente el querer en el carecer, a menos que se diga así como en la fiebre con otra acepción de la palabra. Pues se dice también carecer de otro modo cuando no tienes algo y sientes que no lo tienes, aunque lo soportes fácilmente. Así no se dice carecer en la muerte; pues no sería de lamentar; se dice aquello: «carecer de un bien», lo cual es un mal. Pero ni siquiera el vivo carece de un bien si no lo necesita; pero en el vivo sin embargo puede entenderse que carezcas de un reino —aunque esto no puede decirse de ti con suficiente sutileza; podría decirse de Tarquinio, cuando fue expulsado del reino—; pero en el muerto ni siquiera puede entenderse. Pues carecer es propio del que siente; y no hay sensación en el muerto: tampoco hay pues carecer en el muerto.
XXXVII. 89 Aunque ¿para qué filosofar sobre esto, cuando vemos que el asunto no requiere mucha filosofía? ¡Cuántas veces no solo nuestros generales, sino incluso ejércitos enteros se lanzaron a una muerte segura! Y si se la temiera, no habría caído en combate Lucio Bruto impidiendo que regresara el tirano al que él mismo había expulsado; no se habrían arrojado contra las armas del enemigo el padre Decio luchando contra los latinos, el hijo contra los etruscos, el nieto contra Pirro; España no habría visto a los Escipiones caer por la patria en una sola guerra, ni Cannas a Paulo y Gemino, Venusa a Marcelo, Litana a Albino, Lucania a Graco. ¿Hay alguno de ellos que sea hoy desgraciado? Ni siquiera lo fue entonces después del último aliento; pues nadie puede ser desgraciado una vez destruida la sensibilidad. 90 «Pero eso mismo es odioso, existir sin sensibilidad.» Sería odioso si se tratara de una carencia. Pero cuando es evidente que nada puede existir en quien él mismo no existe, ¿qué puede haber de odioso en quien ni carece ni siente? Aunque esto lo repito demasiado a menudo, pero es porque en ello radica toda la angustia del alma nacida del miedo a la muerte. Pues quien haya visto con suficiente claridad —y es más claro que la luz— que una vez consumidos alma y cuerpo, destruido todo el ser vivo y producida la aniquilación total, aquel ser animado que existió se ha convertido en nada, comprenderá con toda evidencia que no hay ninguna diferencia entre el Hipocentauro, que nunca existió, y el rey Agamenón, ni que ahora, después de esta guerra civil, haya más interés en Marco Camilo del que yo, viviendo él, tuve en la toma de Roma. ¿Por qué, entonces, iba Camilo a dolerse si pensara que esto iba a suceder después de unos trescientos cincuenta años, y por qué habría de dolerme yo si pienso que dentro de diez mil años algún pueblo se apoderará de nuestra ciudad? Porque tan grande es el amor a la patria que lo medimos no por nuestro sentimiento, sino por su propia salvación.
XXXVIII. 91 Así pues, la muerte no disuade al sabio —la muerte que por los azares inciertos acecha cada día y que por la brevedad de la vida nunca puede estar lejos— de velar en todo momento por la república y por los suyos, ya que considera que le concierne incluso la posteridad, cuya experiencia no habrá de tener. Por eso es lícito que incluso quien juzga que el alma es mortal emprenda obras eternas, no por deseo de gloria, que no habrá de sentir, sino de virtud, a la que necesariamente sigue la gloria, aunque tú no la busques. Y en realidad la naturaleza es tal que, así como nuestro nacimiento nos trae el comienzo de todas las cosas, así la muerte el final, de modo que nada nos concernió antes del nacimiento y así nada nos concernirá después de la muerte. ¿En qué puede haber aquí algo malo, cuando la muerte no concierne ni a los vivos ni a los muertos? 92 Los unos no existen, a los otros no alcanza. Algunos, para hacerla más llevadera, quieren que sea muy semejante al sueño: como si alguien quisiera vivir noventa años de tal modo que, después de haber cumplido sesenta, durmiera los restantes; ni siquiera los suyos querrían eso, no digamos él mismo. Endimión, en verdad —si queremos escuchar fábulas—, que en cierto momento se durmió en el Latmo, que es un monte de Caria, todavía no se ha despertado, creo. ¿Piensas acaso que le preocupa cuando la Luna trabaja, ella que se supone que lo adormeció para besarlo mientras dormía? Pero ¿qué le puede preocupar a quien ni siquiera siente? Tienes el sueño como imagen de la muerte y te revistes de él cada día: ¿y dudas de que no haya ninguna sensación en la muerte, cuando ves que en su simulacro no hay sensación ninguna?
XXXIX. 93 Desechemos, pues, esas necedades casi seniles de que morir antes de tiempo es una desgracia. ¿Qué tiempo, en fin? ¿El de la naturaleza? Pero ella nos ha dado un préstamo como de dinero sin fijar día alguno de pago. ¿De qué te quejas entonces si te lo reclama cuando quiere? Pues con esa condición lo habías recibido. Igualmente, si muere un niño pequeño, piensan que hay que llevarlo con ánimo sereno, pero si es en la cuna, que ni siquiera hay que quejarse. Y sin embargo, de este la naturaleza reclamó más duramente lo que había dado. «No había probado todavía», se dice, «la dulzura de la vida; pero aquel ya esperaba cosas grandes de las que había empezado a disfrutar.» Pero en las demás cosas se considera mejor alcanzar alguna parte que ninguna: ¿por qué en la vida al revés? (Aunque no dice mal Calímaco: «Príamo lloró mucho más a menudo que Troilo».) Mas de quienes mueren en edad cumplida se alaba la fortuna. 94 ¿Por qué? Pues creo que a ninguno, si se le diera una vida más larga, podría serle más placentera; nada es en verdad más dulce para el hombre que la prudencia, la cual, aunque quite lo demás, ciertamente trae consigo la vejez. Y ¿qué edad es larga, o qué es largo en absoluto para el hombre? ¿Acaso no es la vejez la que
«Tan pronto a los niños, tan pronto a los jóvenes, persiguiendo en la carrera por detrás, alcanzó sin que se dieran cuenta»?
Pero porque no tenemos más allá, llamamos largo a esto. Todas esas cosas se llaman largas o breves según la porción que a cada uno le ha sido dada. Aristóteles dice que junto al río Hípanis, que fluye desde la parte europea hacia el Ponto, nacen unos animalillos que viven un solo día. De estos, pues, el que muere a la octava hora ha muerto en edad avanzada; el que muere al ponerse el sol, decrépito, más aún si es en el día del solsticio. Compara nuestra vida más larga con la eternidad: seremos hallados casi en la misma brevedad que aquellos animalillos.
XL. 95 Despreciemos, pues, todas las necedades —pues ¿qué nombre más leve impondré a esta frivolidad?— y pongamos toda la fuerza del buen vivir en el vigor y la grandeza del alma, en el desprecio y desdén de todas las cosas humanas, y en toda virtud. Porque ahora nos afeminamos con pensamientos blandísimos, de modo que, si la muerte llega antes de que hayamos alcanzado las promesas de los caldeos, parecemos despojados de grandes bienes, burlados y abandonados. 96 Pero si quedamos en suspenso con la espera y el deseo, si somos atormentados, angustiados, ¡dioses inmortales!, ¡cuán gozoso debe ser aquel viaje tras el cual no nos quede ninguna preocupación, ninguna inquietud! ¡Cuánto me deleita Terámenes! ¡Cuán elevado su ánimo! Pues aunque lloramos cuando lo leemos, sin embargo no muere miserablemente aquel hombre ilustre: quien, arrojado a la cárcel por orden de los Treinta tiranos, bebió el veneno como si tuviera sed, y lanzó el resto de la copa de tal modo que resonara, y al oír el sonido dijo sonriendo: «Brindo esto al bello Critias», que había sido el más cruel con él. Pues los griegos en los banquetes suelen nombrar a quien van a entregar la copa. Bromeó aquel hombre extraordinario con el último aliento, cuando ya tenía la muerte concebida en las entrañas, y verdaderamente auguró a aquel con quien había brindado el veneno aquella muerte que poco después se cumplió. 97 ¿Quién alabaría esta ecuanimidad de ánimo tan grande en la muerte misma, si juzgara que la muerte es un mal? Pues camina hacia la misma cárcel y hacia la misma copa pocos años después Sócrates, por el mismo crimen de los jueces que Terámenes por el de los tiranos. ¿Cuál es, pues, aquel discurso suyo que Platón lo hace pronunciar ante los jueces ya condenado a muerte?
XLI. «Una gran esperanza me sostiene, jueces: que me suceda bien al ser enviado a la muerte. Pues es necesario que sea una de dos cosas: o bien que la muerte quite del todo todas las sensaciones, o bien que se emigre de estos lugares a algún otro lugar. Por lo cual, si la sensación se extingue y la muerte es semejante a aquel sueño que a veces, incluso sin visiones de ensueños, trae un reposo placidísimo, dioses buenos, ¡qué ganancia es morir! ¿O cuántos días pueden encontrarse que se antepongan a tal noche? Y si la perpetuidad de todo el tiempo siguiente es semejante a ella, ¿quién más dichoso que yo? 98 Pero si es verdad lo que se dice, que la muerte es una emigración a aquellas regiones que habitan los que han salido de la vida, eso es ya mucho más dichoso. ¿Puede pareceros mediocre esta peregrinación: cuando tú, tras haberte librado de aquellos que quieren ser tenidos por jueces, llegues a aquellos que verdaderamente se llaman jueces, Minos, Radamanto, Éaco, Triptólemo, y te encuentres con los que vivieron justa y lealmente? Pero ¿en cuánto estimaríais poder conversar con Orfeo, Museo, Homero, Hesíodo? Yo querría morir muchas veces, si fuera posible, para que me fuera lícito contemplar lo que digo. ¡Con qué deleite me sentiría afectado cuando me encontrara con Palamedes, con Áyax, con otros rodeados por un juicio inicuo! Probaría también la prudencia del rey supremo, que condujo los mayores ejércitos a Troya, y la de Ulises y Sísifo, y no sería condenado a muerte por investigar estas cosas como hacía aquí. Vosotros tampoco, jueces que me absolvisteis, temáis la muerte. 99 Pues a ningún hombre bueno puede sucederle nada malo, ni vivo ni muerto, ni nunca serán desatendidos sus asuntos por los dioses inmortales, ni me ha ocurrido esto a mí mismo por azar. Y verdaderamente no tengo por qué estar resentido con aquellos por quienes fui acusado o por quienes fui condenado, salvo porque creían hacerme daño.» Y esto ciertamente así; pero nada mejor que el final: «Pero ya es hora», dice, «de irnos de aquí, yo para morir, vosotros para vivir. Cuál sea mejor, lo saben los dioses inmortales; pero que lo sepa ningún hombre, creo que no.»
XLII. Yo preferiría sin duda este ánimo al de las fortunas de todos los que lo juzgaron. Aunque, lo que niega que nadie sepa salvo los dioses, él mismo lo sabe, si es mejor —pues lo dijo antes—, pero mantiene hasta el final aquello suyo de no afirmar nada; 100 mas nosotros mantengamos que no consideremos mal alguno lo que ha sido dado por la naturaleza a todos, y comprendamos que, si la muerte es un mal, es un mal sempiterno. Pues la muerte parece ser el fin de la vida miserable; pero si la muerte es miserable, no puede haber ningún fin. Pero ¿por qué recuerdo yo a Sócrates o a Terámenes, varones excelentes por su gloria de virtud y sabiduría, cuando cierto lacedemonio, cuyo nombre ni siquiera ha sido transmitido, despreció tanto la muerte que, cuando era conducido a ella condenado por los éforos y tenía el rostro alegre y gozoso, le dijo un enemigo: «¿Desprecias las leyes de Licurgo?», y respondió: «Yo en verdad le doy la mayor gratitud por haberme multado con una pena que puedo pagar sin préstamo ni deuda»? ¡Oh varón digno de Esparta! Tanto que me parece que quien tuvo ánimo tan grande fue condenado siendo inocente. Innumerables varones así produjo nuestra ciudad. 101 Pero ¿por qué nombrar a jefes y príncipes, cuando Catón escribe que legiones marcharon a menudo con ánimo alegre a aquel lugar del que no creían que fueran a regresar? Con igual ánimo cayeron los lacedemonios en las Termópilas, sobre los cuales dice Simónides:
«Di, huésped, a Esparta que nos viste aquí yaciendo, mientras obedecemos las santas leyes de la patria.»
¿Qué dice aquel jefe Leónidas? «Marchad con ánimo fuerte, lacedemonios, quizá hoy cenaremos en los infiernos.» Fuerte fue esta raza mientras estuvieron en vigor las leyes de Licurgo. De estos, uno, cuando un enemigo persa le dijo jactándose en un coloquio: «No veréis el sol por la multitud de dardos y flechas», respondió: «Entonces lucharemos a la sombra.» 102 Recuerdo varones: ¿cuál fue, en fin, la laconia? Cuando envió a su hijo al combate y oyó que había muerto, dijo: «Para esto lo engendré, para que fuera uno que no dudara en sucumbir por la patria.»
XLIII. Sea: los espartiatas son fuertes y duros; grande es la fuerza de la disciplina del estado. ¿Qué? A Teodoro de Cirene, filósofo no ignoto, ¿no lo admiramos? Cuando el rey Lisímaco le amenazaba con la cruz, dijo: «A tus cortesanos purpurados, te lo ruego, amenázalos con esas cosas horribles; a Teodoro en verdad nada le importa si se pudre en tierra o en alto.» Este dicho me recuerda que debo decir también algo sobre el entierro y la sepultura, asunto nada difícil, sobre todo conocidas las cosas que poco antes se han dicho sobre el no sentir. Sobre esto, qué pensó Sócrates se ve en aquel libro en que muere, del que ya hemos hablado tanto. 103 Pues cuando había discutido sobre la inmortalidad de las almas y ya apremiaba el momento de morir, preguntado por Critón cómo quería ser sepultado, dijo: «Mucho trabajo, amigos, he consumido en vano; pues no he persuadido a nuestro Critón de que volaré de aquí y no dejaré nada de mí. Sin embargo, Critón, si puedes alcanzarme o si me encuentras en alguna parte, sepúltame como te parezca. Pero, créeme, ninguno de vosotros, cuando me haya ido de aquí, me seguirá.» Espléndidamente él, que permitió a su amigo y mostró que de todo este asunto no se preocupaba nada. 104 Más duro Diógenes, y él desde luego pensaba lo mismo, pero con mayor aspereza como cínico: mandó que se le arrojara insepulto. Entonces los amigos: «¿A las aves y las fieras?» «De ningún modo», dijo, «sino poned junto a mí un palo con que espantarlas.» «¿Cómo podrás?», le dijeron, «pues no sentirás.» «¿Qué daño me hará entonces el desgarro de las fieras si no siento nada?» Espléndidamente Anaxágoras, quien cuando moría en Lámpsaco, preguntándole los amigos si quería ser llevado a Clazómenas, su patria, si algo le ocurría, dijo: «No hay necesidad alguna; pues de todas partes hay el mismo camino a los infiernos.» Y sobre toda la cuestión del entierro debe tenerse una sola cosa: que aquello concierne al cuerpo, sea que el alma haya perecido o esté viva. Pero es evidente que en el cuerpo, extinguida el alma o habiendo escapado, no queda sensación alguna.
XLIV. 105 Pero todo está lleno de errores. Aquiles arrastra a Héctor atado a su carro: creo que piensa que aquel es desgarrado y siente. Así pues este se venga, según a él le parece; pero aquella lo llora como cosa acerbísima:
«Vi, lo que soporté con gran dolor ver, a Héctor ser arrastrado por la cuadriga.»
¿Qué Héctor, o cuánto tiempo será aquel Héctor? Mejor Accio y por fin un Aquiles sabio:
«Más bien en verdad el cuerpo devolví a Príamo, a Héctor me lo llevé.»
No arrastraste, pues, a Héctor, sino el cuerpo que había sido de Héctor. 106 He aquí que otro surge de la tierra y no deja dormir a su madre:
«Madre, a ti apelo, tú que en el sueño suspendes el cuidado, y no te compadeces de mí, levántate y sepulta a tu hijo.»
Cuando estos versos se cantan con melodías oprimidas y lúgubres que infunden tristeza en teatros enteros, es difícil no juzgar desgraciados a quienes están insepultos.
«Antes de que las fieras y aves...»
Teme que, desgarrados los miembros, los use peor; de que sean quemados, no se aterra.
«Ni que los despojos medio devorados, con los huesos desnudos, manchados de pus por la tierra, sean arrastrados vilmente.»
No entiendo qué teme, cuando recita tan buenos septenarios al son de la flauta. Debe tenerse, pues, que nada ha de preocuparnos después de la muerte, aunque muchos castigan incluso a los enemigos muertos. Maldice con versos espléndidos ciertamente en Ennio Tiestes, primero que Atreo perezca en un naufragio: dura es esta muerte sin duda; pues tal muerte no ocurre sin grave sensación; pero aquello es vano:
«Él mismo, fijado en las rocas más ásperas, destripado, colgando del costado, salpicando las rocas de podredumbre, pus y sangre negra.»
107 No estarán las rocas mismas más vacías de toda sensación que aquel «colgando del costado», para quien este cree desear el suplicio. Cosas que serían duras si sintiera, nada son sin sensación. Pero aquello es muy vano:
«Ni tenga sepulcro que lo reciba, puerto del cuerpo, donde la vida humana liberada repose el cuerpo de los males.»
Ves en cuánto error se mueven estas cosas: piensa que el sepulcro es puerto del cuerpo y que el muerto reposa en él; gran culpa de Pélope, que no instruyó a su hijo ni le enseñó hasta dónde había que preocuparse de cada cosa.
XLV. 108 Pero ¿por qué observo las opiniones de unos pocos, cuando es posible conocer los varios errores de las naciones? Los egipcios embalsaman a los muertos y los conservan en casa; los persas incluso los recubren de cera para que los cuerpos permanezcan lo más duraderos posible. Costumbre de los magos es no enterrar los cuerpos de los suyos, si no han sido antes desgarrados por las fieras; en Hircania el pueblo mantiene perros públicos, los nobles domésticos: sabemos que aquel género de perros es noble, pero cada uno según su capacidad procura por cuáles ser desgarrado, y consideran que esa es la mejor sepultura. Muchísimas otras cosas reúne Crisipo, pues es curioso en toda la historia, pero algunas son tan espantosas que la palabra las huye y rehúye. Todo este asunto, pues, es despreciable en nosotros, no descuidable en los nuestros, de tal modo, sin embargo, que nosotros los vivos sintamos que los cuerpos de los muertos no sienten nada; 109 pero cuánto haya que conceder a la costumbre y a la opinión, que lo cuiden los vivos, mas de tal modo que comprendan que nada de esto concierne a los muertos. Pero sin duda la muerte se afronta entonces con el ánimo más sereno cuando la vida que se termina puede consolarse con sus propias alabanzas. Nadie vivió poco tiempo quien cumplió con perfección el deber de la virtud perfecta. Muchas cosas fueron para mí mismo oportunas para la muerte. ¡Ojalá hubiera podido alcanzarla! Pues ya nada se adquiría, los deberes de la vida estaban colmados, cuando quedaban guerras con la fortuna. Por eso, si la razón misma consigue menos para que podamos desdeñar la muerte, que la vida vivida consiga que parezca que hemos vivido suficiente y de sobra. Aunque en efecto la sensación haya desaparecido, sin embargo los muertos no carecen de sus bienes propios de alabanza y gloria, aunque no los sientan. Pues aunque la gloria no tenga en sí nada por lo cual deba buscarse, sin embargo sigue a la virtud como una sombra. 110 Pero si el juicio de la multitud sobre los buenos es alguna vez bueno, hay que alabarlo más que considerar dichosos a aquellos por esa razón.
XLVI. No puedo decir, sea como sea que se entienda esto, que Licurgo y Solón carezcan de gloria por sus leyes y su ordenamiento público, ni Temístocles y Epaminondas por su valor guerrero. Antes sepultará Neptuno la propia Salamina que el recuerdo del trofeo de Salamina, y antes desaparecerá Leuctra de Beocia que la gloria de la batalla de Leuctra. Mucho más tarde abandonará la fama a Curio, Fabricio, Calatino, a los dos Escipiones, los dos Africanos, a Máximo, Marcelo, Paulo, Catón, Lelio y a otros innumerables; quien capte algún parecido con ellos, midiéndolo no por la fama popular sino por la verdadera alabanza de los buenos, se encaminará a la muerte con ánimo confiado, si así lo traen las circunstancias; en ella hemos conocido que está o el bien supremo o ningún mal. Pero en medio de la buena fortuna querrá incluso morir, pues entonces no puede ser agradable la acumulación de bienes tanto como molesta la despedida. Parece significar esta opinión aquella frase del lacedemonio que, cuando el rodio Diágoras, célebre vencedor olímpico, vio en un solo día a sus dos hijos vencedores en Olimpia, se acercó al anciano y, felicitándolo, le dijo: «Muere, Diágoras, pues no vas a subir al cielo». Los griegos consideran esto grande, y tal vez exagerado, o mejor dicho lo consideraban entonces, y aquel que se lo dijo a Diágoras, estimando importantísimo que tres vencedores olímpicos salieran de una sola casa, pensaba que era inútil para el propio Diágoras vacilar más tiempo en la vida, expuesto a la fortuna. Yo, por mi parte, te había respondido en pocas palabras, como me parecía, lo que bastaba —pues habías concedido que los muertos no están en ningún mal—; pero me esforcé en decir más cosas por esta razón: porque en el deseo y el luto esta es la mayor consolación. Pues el dolor que nos hemos echado encima y por nosotros mismos debemos llevarlo con moderación, para no parecer que nos amamos a nosotros mismos; aquella sospecha nos atormenta con dolor intolerable, si creemos que aquellos de quienes hemos quedado privados tienen alguna sensación en esos males en los que vulgarmente se cree que están. Quise arrancar de raíz esta opinión de mí mismo, y por eso quizá fui más extenso.
XLVII. —¿Más extenso tú? A mí no me lo parece. Pues la primera parte de tu discurso me hacía desear morir, la segunda me hacía a veces no rechazarlo, a veces no preocuparme por ello; pero en todo el discurso ciertamente se ha conseguido esto: que yo no considerara la muerte un mal. ¿Acaso necesitamos también el epílogo de los rétores? ¿O dejamos ya por completo ese arte?
—Tú no dejes ese arte que siempre has cultivado, y con razón; pues ella te había cultivado a ti, si queremos hablar con verdad. Pero ¿cuál es ese epílogo? Pues deseo oír lo que sea.
—En las escuelas suelen exponer los juicios de los dioses inmortales sobre la muerte, y no los inventan ellos mismos, sino con Heródoto como fuente y con otros muchos. Primero se citan Cleobis y Bitón, hijos de la sacerdotisa argiva. Es conocida la fábula. Como ella tenía derecho a ser llevada en carro a un sacrificio solemne y regular bastante lejos de la ciudad al templo, y los animales se retrasaran, entonces estos jóvenes que acabo de nombrar, dejada la ropa, se ungieron el cuerpo con aceite y se pusieron bajo el yugo. Así, conducida la sacerdotisa al templo, cuando el carro fue arrastrado por sus hijos, se dice que rogó a la diosa que les diera como premio por su piedad lo máximo que un dios puede dar a un hombre; que después de haber cenado con su madre los jóvenes se entregaron al sueño y por la mañana fueron encontrados muertos. Se dice que Trofonio y Agamedes usaron una súplica semejante; estos, después de haber construido para Apolo el templo de Delfos, venerando al dios le pidieron una recompensa nada pequeña por su obra y su esfuerzo: nada concreto, sino lo que fuera lo mejor para el hombre. Apolo les mostró que les daría eso al tercer día después de aquel día; cuando este amaneció, fueron encontrados muertos. Dicen que juzgó el dios, y precisamente aquel dios a quien los demás dioses habían concedido que adivinara más que los otros.
XLVIII. Se cuenta también cierta fábula sobre Sileno: que, cuando fue capturado por Midas, se escribe que le dio esto como regalo por su liberación: enseñó al rey que con mucho lo mejor para el hombre es no nacer, y lo segundo morir cuanto antes. Esta sentencia empleó Eurípides en el Cresfonte:
«Pues debiera llorar la reunión que celebra en casa el nacimiento de alguien a la luz, considerando los diversos males de la vida humana; pero al que puso fin a graves trabajos con la muerte, a este acompañarlo todos los amigos con alabanza y alegría».
Algo parecido hay en la Consolación de Crántor: dice que cierto Terineyo Elisio, como llorara gravemente la muerte de su hijo, vino a un necromanteion preguntando cuál había sido la causa de tan gran calamidad; que se le dieron en unas tablillas tres versitos de este tipo:
«Los hombres yerran en la vida con mentes ignorantes: Eutinoo obtuvo la muerte por el poder de los hados. Así fue más útil terminar para él mismo y para ti».
Usando estos y tales testimonios, confirman la causa juzgada por los dioses inmortales. Alcidamas, ciertamente, rétor antiguo entre los más célebres, incluso escribió una alabanza de la muerte, que consiste en la enumeración de los males humanos; a la cual le faltaron aquellas razones que son recopiladas con más delicadeza por los filósofos, pero no le faltó abundancia de discurso. Las muertes ilustres afrontadas por la patria no solo suelen parecer gloriosas a los rétores, sino también felices. Se remontan a Erecteo, cuyas hijas incluso buscaron ansiosamente la muerte por la vida de los ciudadanos; recuerdan a Codro, que se lanzó en medio de los enemigos con vestido de esclavo, para no poder ser reconocido si llevaba vestidura real, porque se había dado un oráculo de que, si el rey era asesinado, Atenas saldría vencedora; no se omite a Meneceo, que igualmente, dado un oráculo, entregó su sangre a la patria; Ifigenia ordena que la lleven a Áulide para ser inmolada, para que se atraiga con su sangre a los enemigos.
XLIX. Vienen luego a ejemplos más cercanos: están en boca de todos Harmodio y Aristogitón; está vigente el lacedemonio Leónidas, el tebano Epaminondas. No conocen a los nuestros, que es grande enumerarlos: tan numerosos son aquellos para quienes vemos que las muertes con gloria fueron deseables. Siendo esto así, sin embargo hay que usar de gran elocuencia y hay que arengar así como desde un lugar elevado, para que los hombres empiecen a desear la muerte o al menos dejen de temerla. Pues si aquel día supremo no trae extinción sino cambio de lugar, ¿qué más deseable? Pero si destruye y aniquila del todo, ¿qué mejor que dormirse en medio de los trabajos de la vida y así, cerrando los ojos, quedar adormecido con sueño sempiterno? Si esto ocurre, mejor es el discurso de Ennio que el de Solón. Pues el nuestro dice: «Que nadie me honre con lágrimas ni haga funerales con llanto». Pero aquel sabio: «Que mi muerte no carezca de lágrimas: dejemos a los amigos el duelo, para que celebren los funerales con gemido». Nosotros, si algo tal ocurre que parezca anunciado por un dios que salgamos de la vida, obedezcamos alegres y dando gracias, y pensemos que somos liberados de la custodia y aliviados de las cadenas, para que o regresemos a la casa eterna y verdaderamente nuestra o carezcamos de toda sensación y molestia; pero si no se nos anuncia nada, estemos de todas formas con tal ánimo que consideremos aquel día horrible para otros pero fausto para nosotros, y no consideremos un mal lo que fue establecido o por los dioses inmortales o por la naturaleza madre de todos. Pues no fuimos sembrados y creados al azar ni por fortuna, sino que sin duda hubo cierta fuerza que velara por el género humano y no engendrara ni alimentara lo que, después de haber soportado todos los trabajos, cayera luego en el mal sempiterno de la muerte: pensemos más bien que hay preparado para nosotros un puerto y un refugio. ¡Ojalá nos fuera permitido llegar allí con velas desplegadas! Pero si somos rechazados por vientos contrarios, de todas formas es necesario que seamos llevados al mismo lugar un poco más tarde. ¿Y lo que es necesario para todos puede ser miserable para uno solo? Tienes el epílogo, para que no pienses que algo ha sido omitido o dejado atrás.
—Yo sí lo tengo, y además este epílogo me ha hecho más firme.
—Muy bien —dije—. Pero ahora concedamos algo a la salud; mañana, sin embargo, y todos los días que estemos en Túsculo, tratemos estos temas y especialmente aquellos que traigan alivio de las aflicciones, los temores y los deseos, que es el fruto más abundante de toda la filosofía.
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