
Siglo de Oro
h. 1579 – 1648 · Madrid
Fraile mercedario que escribió trescientas comedias con seudónimo, se ganó una reprimenda oficial por escribirlas, y de paso inventó a don Juan.
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Se llamaba Gabriel Téllez y entró de mercedario hacia 1600, con unos veinte años. «Tirso de Molina» fue el nombre con el que firmó las comedias, y no era un capricho: un fraile que escribía para los corrales tenía un problema, y lo tuvo.
Estuvo dos años en Santo Domingo, enseñando teología, y volvió a España a escribir sin parar. Él decía haber compuesto trescientas comedias; se conservan unas ochenta. En 1625 la Junta de Reformación le llamó al orden por escribir «comedias profanas y de malos incentivos» y pidió que se le desterrara a un convento apartado y se le prohibiera seguir.
Obedeció a medias. Fue comendador en Trujillo y en Soria, cronista oficial de su orden, y siguió escribiendo. Murió en Almazán en 1648, y la obra que lo hizo universal se había impreso dieciocho años antes con su nombre encima y sin que él la reclamara nunca.
Escribe en el momento más alto del teatro español: los corrales de comedias llenan Madrid, Lope de Vega ha fijado la fórmula y hay público para varias funciones al día. Es también la España de la Contrarreforma, donde una comedia sobre un pecador que aplaza el arrepentimiento no es un entretenimiento: es una advertencia.
Aquí está «El burlador de Sevilla», la comedia de la que sale don Juan.
Su invención mayor, y no la firmó como tal. Un hombre que engaña por gusto y que aplaza el arrepentimiento hasta que se le acaba el plazo. De ahí salen Molière, Mozart, Byron y Zorrilla.
«Tan largo me lo fiáis» es la frase que repite don Juan y la idea teológica de la obra: el pecado no es desear, es dar por hecho que uno elige cuándo pagar.
Es lo que más se le reconoce hoy. Sus protagonistas femeninas —doña Juana en «Don Gil de las calzas verdes», la reina María de Molina en «La prudencia en la mujer»— llevan la acción, se disfrazan, gobiernan y ganan.
Catalinón avisa en cada acto de lo que va a pasar, y pasa. El criado cómico de Tirso no está solo para hacer reír: es la voz sensata a la que nadie hace caso.
Empieza por «El burlador de Sevilla», que es lo que hay aquí y además su obra capital. Tres actos en verso; se lee en una tarde larga.
Léelo en voz alta si puedes: está escrito para oírse. Y ve contando las veces que aparece «tan largo me lo fiáis», que es el reloj de la obra.
Después, el Don Juan Tenorio de Zorrilla, que toma el mismo personaje y le cambia el final. Los dos juntos se entienden el doble.
Aquí está «El burlador de Sevilla». Falta el resto de su teatro, que es abundante: «Don Gil de las calzas verdes», la mejor comedia de enredo del Siglo de Oro; «El condenado por desconfiado», que también se le atribuye y discute; «La prudencia en la mujer» y «El vergonzoso en palacio».
Para seguir por la época están aquí Lope de Vega y Calderón, y para ver qué fue de su don Juan, Zorrilla.
Dónde aparece su obra frente a la de otro autor, con lo que aporta cada una y cuál conviene leer antes.
También: frases de Tirso de Molina, comprobadas una a una contra el texto publicado.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
Es la atribución habitual desde que se imprimió en 1630 con su nombre, pero se discute. Hay quien la atribuye a Andrés de Claramonte, y existe una versión gemela titulada «Tan largo me lo fiáis». La crítica no ha cerrado el asunto.
Porque el teatro era el gran entretenimiento de la época y muchos religiosos escribieron para los corrales. Pero le costó caro: en 1625 la Junta de Reformación le censuró por ello y pidió que se le apartara.
Él dijo que trescientas. Se conservan unas ochenta, y no todas con atribución segura.
El de Zorrilla, de 1844, toma el personaje y le cambia el destino: allí lo salva el amor de doña Inés. El de Tirso se condena. Es la comparación escolar clásica y aquí tienes los dos textos completos.
Menos de lo que parece. Está escrito para entenderse a la primera desde un corral de comedias, y los octosílabos avanzan solos. Esta edición además moderniza lo que ya no se entiende.