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Parte 7Psique abre la caja prohibida

Amor y Psique · Apuleyo · 4 min de lectura

Y tras saludar y adorar aquella resplandeciente luz, aunque tenía prisa por cumplir su encargo, su mente fue dominada por una temeraria curiosidad y dijo: «Aquí me tienes, tonta de mí, llevando la belleza divina y sin tomar de ella ni siquiera una pizca para mí, aunque así podría gustar más a mi hermoso amante». Y al decir esto abrió la cajita. Pero allí no había ninguna cosa ni belleza alguna, sino un sueño infernal y auténticamente estigio que, al retirar la tapa, la invadió inmediatamente, y una espesa niebla de sopor se derramó por todos sus miembros y la poseyó derrumbada en el mismo lugar, en el mismo camino.

Y yacía inmóvil, y no era otra cosa que un cadáver dormido. Pero Cupido, ya repuesto gracias a la cicatriz sólida y sin soportar por más tiempo la ausencia de su Psique, se deslizó por la altísima ventana del dormitorio donde estaba encerrado, y con las alas recobradas, tras un poco de descanso, voló muchísimo más rápido y acudió a su Psique; le limpió el sueño cuidadosamente y, tras guardarlo de nuevo en el lugar original de la cajita, despertó a Psique con un inofensivo pinchazo de su flecha y dijo: «Mira, de nuevo estuviste a punto de perderte, pobrecita mía, por una curiosidad semejante.

Pero ahora termina diligentemente la tarea que te fue encargada por orden de mi madre; yo me ocuparé del resto». Dichas estas palabras, el ligero amante se lanzó sobre sus alas, mientras Psique enseguida llevó a Venus el regalo de Prosérpina. Entretanto Cupido, consumido por un amor desmedido y temiendo la repentina sobriedad de su madre de rostro enfermo, regresó al cielo y, penetrando con sus veloces alas la bóveda celeste, suplica al gran Júpiter y defiende su causa.

Entonces Júpiter, tomando la mejilla de Cupido y llevando su mano a su propia boca, lo besó y le dijo: «Aunque tú, hijo señor, nunca me has guardado el honor decretado por acuerdo de los dioses, sino que has herido este pecho mío, que dispone las leyes de los elementos y las revoluciones de los astros, con golpes continuos, y lo has manchado con frecuentes episodios de lujuria terrena, y has dañado mi reputación y mi fama con vergonzosos adulterios contrarios a las leyes, a la propia disciplina julia y al orden público, transformando vilmente mis serenos rasgos en serpientes, en fuegos, en fieras, en aves y en ganados, sin embargo, en memoria de mi moderación y porque creciste entre estas manos mías, lo haré todo, con tal de que sepas protegerte de tus rivales, y si hay ahora en la tierra alguna muchacha que sobresalga en belleza, debes pagarme a través de ella el favor del presente beneficio».

Dicho esto, ordenó a Mercurio convocar inmediatamente a todos los dioses a asamblea y proclamar que si alguno faltase a la reunión de los celestiales, sería condenado a una multa de diez mil monedas. Por miedo a esto, una vez llenado enseguida el teatro celeste, el alto Júpiter, sentado en su elevado trono, proclamó así: «Dioses inscritos en el registro de las Musas, todos sabéis sin duda que este joven fue criado por mis propias manos. He considerado que era necesario frenar con algún tipo de rienda los ardientes impulsos de su primera juventud; basta ya de que esté infamado cada día por rumores sobre adulterios y toda clase de corrupciones.

Debe eliminarse toda ocasión y su capricho juvenil debe quedar atado con las cadenas matrimoniales. Ha elegido una muchacha y la ha privado de su virginidad: que la retenga, que la posea, y que abrazando a Psique disfrute siempre de sus amores». Y dirigiéndose a Venus: «Y tú, hija, no te aflijas en absoluto ni temas por tu tan alto linaje y rango a causa de un matrimonio con una mortal. Haré ahora que las nupcias no sean desiguales, sino legítimas y conformes al derecho civil».

Y enseguida ordenó por medio de Mercurio que Psique fuera tomada y conducida al cielo. Ofreciéndole una copa de ambrosía, dijo: «Toma, Psique, y sé inmortal, y nunca se separará Cupido de tu abrazo, sino que estas serán vuestras nupcias perpetuas». Y sin demora se sirvió un abundante banquete nupcial. El esposo se reclinó en el lugar de honor abrazando a Psique en su regazo. Así también Júpiter con su Juno, y luego por orden todos los dioses.

Entonces la copa de néctar, que es el vino de los dioses, a Júpiter se la servía aquel rústico muchacho, su copero, pero a los demás les servía Líber; Vulcano cocinaba la cena; las Horas teñían de púrpura todas las cosas con rosas y demás flores; las Gracias esparcían bálsamos; las Musas también resonaban con sus cantos. Entonces Apolo cantó con la cítara; Venus, adentrándose en la dulce música, bailó hermosamente; la escena estaba dispuesta de tal manera que las Musas cantaban en coro, un Sátiro soplaba las flautas y Panisco tocaba la flauta pastoril. Así Psique pasó ritualmente a manos de Cupido, y les nace con un parto a término una hija, a la que llamamos Voluptuosidad.

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