Parte 3Psique descubre a Cupido dormido
Cuenta ansiosa los días que crecen y los meses que pasan, y se maravilla ante el peso que desconoce, sorprendida de que en tan breve tiempo haya crecido tanto el abultamiento de su vientre lleno. Pero ya aquellas pestes, aquellas horribles Furias, exhalando veneno de víbora y apresurándose con sacrílega celeridad, navegaban hacia ella. Entonces su marido, fugaz como siempre, advierte de nuevo a su Psique: «Mira, ha llegado el día último y la hora extrema. Ya tu sexo hostil y tu sangre enemiga han tomado las armas, han levantado el campamento, han formado las líneas de batalla y han hecho sonar el clarín; ya tus perversas hermanas, con la espada desenvainada, buscan tu garganta.
¡Ay, con qué desgracias nos abruman, dulcísima Psique! Libera con tu lamentable pero escrupulosa continencia a tu casa, a tu marido, a ti misma y a ese hijito nuestro de la desgracia de la ruina inminente. Ni siquiera las veas ni las escuches a esas mujeres criminales, a las que después de su odio mortal y de haber pisoteado los lazos de la sangre no te está permitido llamar hermanas, cuando, asomadas al acantilado como las Sirenas, hagan resonar las rocas con sus voces funestas».
Psique acoge estas palabras entrecortando el discurso con sollozos de llanto: «Ya hace tiempo que comprobaste, según creo, las pruebas de mi lealtad y de mi discreción, y no menos se te demostrará ahora también la firmeza de mi ánimo. Tú simplemente ordena de nuevo a nuestro Zéfiro que cumpla con su servicio, y en lugar de negarme tu sacrosanta imagen devuélveme al menos la visión de mis hermanas. Por esos cabellos tuyos perfumados de canela y que caen por todas partes, por tus mejillas tiernas y suaves semejantes a las mías, por tu pecho que arde con no sé qué calor, así al menos reconozca en este pequeñito tu rostro: déjate conmover por las piadosas súplicas de una suplicante angustiada, concede el abrazo de tu hermana y devuelve con alegría el alma a tu Psique, consagrada y dedicada a ti.
Ya no pido nada más de tu rostro, ya ni siquiera las tinieblas nocturnas me dañan: te tengo a ti, mi luz». Encantado por estas palabras y por sus blandos abrazos, su marido le seca las lágrimas con sus propios cabellos, promete que lo hará y se marcha inmediatamente antes de la luz del día naciente.
Las dos hermanas, asociadas en su pacto, sin siquiera ver a sus padres, se dirigen rectas desde las naves hacia aquel acantilado con precipitada velocidad, y sin esperar siquiera la presencia del viento que las lleva, saltan al vacío con licenciosa temeridad. Pero Zéfiro, no olvidando el edicto real, aunque de mala gana, las recibe en el regazo de su brisa soplante y las devuelve al suelo. Ellas sin demora penetran inmediatamente en la casa con paso apresurado, abrazan a su presa fingiendo el nombre de hermanas, y ocultando con rostro alegre el tesoro del fraude profundamente escondido, la adulan así: «Psique, ya no eres pequeña como antes, tú misma ya eres madre.
¡Cuánto bien, imaginas, nos traes en ese vientre! ¡Con qué alegrías alegrarás toda nuestra casa! ¡Oh, qué felices somos nosotras, a quienes deleitará criar a un niño de oro! Si responde, como debe, a la belleza de sus padres, nacerá sin duda un Cupido».
Así con fingido afecto invaden poco a poco el ánimo de su hermana. E inmediatamente Psique las agasaja, después de reanimarlas del cansancio del viaje con asientos y de cuidarlas con las vaporizantes fuentes de los baños, espléndidamente en el comedor con aquellos manjares y platos maravillosos y dichosos. Ordena que la cítara hable: se toca; que las flautas actúen: suenan; que los coros canten: se canta. Todo esto, sin que nadie estuviera presente, acariciaba los ánimos de las oyentes con dulcísimas melodías.
Sin embargo, la maldad de aquellas mujeres criminales no se aplacó ni siquiera ablandada por aquella dulzura melosa del canto, sino que dirigiendo la conversación hacia el lazo del engaño que habían planeado, comienzan disimuladamente a indagar qué clase de marido tiene y de qué linaje y estirpe proviene. Entonces ella, con excesiva simplicidad y olvidada de su conversación anterior, inventa una nueva historia y dice que su marido es un comerciante de la provincia vecina que negocia con grandes sumas de dinero y que ya está en la mitad de su vida, con algunas canas dispersas. Sin demorarse nada más en esta conversación, las devuelve cargadas de nuevo con ricos regalos en el ventoso vehículo.
Pero mientras regresan a casa elevadas por el tranquilo soplo de Zéfiro, razonan entre ellas así: «¿Qué decimos, hermana, de la mentira tan monstruosa de esa tonta? Entonces es un joven que apenas forma su barba con vello floreciente, ahora está en la mitad de su vida, brillante con canas resplandecientes. ¿Quién es ese al que en un breve espacio de tiempo una vejez repentina ha transformado? No encontrarás otra cosa, mi hermana, sino que o esta pésima mujer inventa mentiras o desconoce el aspecto de su marido; cualquiera de las dos cosas que sea verdad, debe ser expulsada de esas riquezas cuanto antes.
Pues si ignora el rostro de su marido, sin duda se ha casado con un dios y nos lleva un dios en ese embarazo. Ciertamente, si esta es escuchada como madre de un niño divino —lo que no suceda—, inmediatamente me ahorcaré con una soga. Así que entretanto volvamos con nuestros padres y tramemos qué engaños coherentes tejemos con el comienzo de esta conversación».
Así inflamadas, saludando fastidiosamente a sus padres y turbadas la noche con vigilias, perdidas vuelan por la mañana al acantilado y desde allí con la ayuda acostumbrada del viento se precipitan violentamente y con lágrimas forzadas por la presión de sus párpados llaman a la muchacha con esta astucia: «Tú, ciertamente feliz y dichosa en tu ignorancia de tan gran mal, permaneces sin preocuparte de tu peligro, pero nosotras, que velamos por tus asuntos con vigilante cuidado, somos cruelmente atormentadas por tus desgracias.
Pues hemos averiguado con certeza, y no podemos ocultártelo a ti, socia por supuesto de nuestro dolor y de tu desgracia, que una inmensa serpiente de múltiples nudos enroscados, que enrojece su cuello con veneno nocivo y abre las fauces de su profunda garganta, yace secretamente contigo por las noches. Ahora recuerda el oráculo pítico, que proclamó que estabas destinada a casarte con una bestia feroz. Y muchos campesinos y cazadores de los alrededores y muchos vecinos lo vieron al atardecer regresando del pasto y nadando en los vados del río cercano.
Y todos afirman que no te seguirá alimentando mucho tiempo con halagüeñas atenciones, sino que cuando tu útero lleno haya madurado tu embarazo, te devorará dotada de un fruto más abundante. Ahora es tu decisión si quieres asentir a tus hermanas que se preocupan por tu querida salvación y vivir con nosotras segura del peligro, evitando la muerte, o ser sepultada en las entrañas de una bestia ferocísima. Pero si te deleitan la soledad sonora de este campo o los peligrosos encuentros de una Venus clandestina y fétida y los abrazos de una serpiente venenosa, al menos nosotras como hermanas piadosas habremos cumplido con nuestro deber».
Entonces la desdichada Psique, siendo simple y de ánimo tierno, es arrebatada por el miedo de palabras tan terribles: puesta completamente fuera de los límites de su razón, olvidó del todo la memoria de las advertencias de su marido y de sus propias promesas, y se precipitó en lo profundo de la calamidad, temblando y pálida con color exangüe, con voz entrecortada apenas susurrando palabras temblorosas, les dice así: «Vosotras, queridas hermanas, permanecéis como era justo en el deber de vuestra piedad, pero también aquellos que os afirman tales cosas no me parece que inventen mentiras.
Pues nunca he visto el rostro de mi marido ni sé en absoluto quién es, sino que solo oyendo sus voces nocturnas soporto a un marido de condición incierta y completamente huidizo de la luz, y consiento que es alguna bestia, con razón según vosotras decís. Y él siempre me aterroriza grandemente con sus aspectos y me amenaza con un gran mal por la curiosidad de su rostro. Ahora, si podéis traer alguna ayuda salvadora a vuestra hermana en peligro, ayudad ahora mismo; pues el descuido posterior corromperá los beneficios de la previsión anterior».
Entonces las mujeres criminales, habiendo obtenido ya las puertas abiertas del ánimo desnudo de su hermana, abandonando los escondrijos de su máquina oculta, con las espadas desenvainadas de sus engaños invaden los pensamientos temerosos de la simple muchacha.
Así pues una de ellas dice: «Puesto que el lazo de nuestro origen nos obliga a no tener ante los ojos ningún peligro por tu seguridad, te mostraremos el camino que es el único que conduce a la salvación, pensado mucho y largamente. Esconde secretamente una navaja muy afilada, afilada incluso con el toque de una mano suavizante, en la parte del lecho donde sueles acostarte, y esconde una lámpara bien preparada llena de aceite y brillando con clara luz bajo la cubierta de alguna vasija que cierre, y ocultando todo ese aparato muy tenazmente, después de que haya subido arrastrando su paso surcado al lecho acostumbrado y ya estirado y envuelto en el comienzo del sueño que lo oprime haya comenzado a exhalar un sueño profundo, deslízate del lecho y con paso descalzo disminuyendo poco a poco el paso en suspenso, liberada la lámpara de la custodia de la oscuridad ciega, toma prestada del consejo de la luz la oportunidad de tu preclaro hecho, y con aquella arma de doble filo audazmente, levantada primero la derecha hacia arriba, con un esfuerzo lo más fuerte posible, corta el nudo del cuello y la cabeza de la nociva serpiente.
No te faltará nuestra ayuda; pero tan pronto como con su muerte hayas conseguido tu salvación, volaremos inmediatamente esperando ansiosamente y después de llevar contigo rápidamente todas estas cosas te uniremos con los deseados esponsales a un hombre con un hombre».
Habiendo inflamado con tal incendio de palabras las entrañas de su hermana que ardía completamente, ellas mismas abandonándola y temiendo también extraordinariamente para sí mismas la proximidad de tan gran mal, extendidas sobre el acantilado por el impulso del ave alada acostumbrada, inmediatamente se arrojan en veloz huida y subiendo a las naves se marchan. Pero Psique, dejada sola, excepto que agitada por las Furias hostiles no está sola, fluctúa en su aflicción semejante al oleaje del mar, y aunque con su resolución decidida y su ánimo obstinado ya aplica las manos al crimen, todavía insegura en su decisión vacila y es desgarrada por muchos afectos de su calamidad.
Se apresura, aplaza, se atreve, tiembla, desconfía, se encoleriza y, lo que es último, en el mismo cuerpo odia a la bestia, ama al marido. Sin embargo, al arrastrar ya la tarde la noche, con precipitada prisa prepara el aparato del nefario crimen. Llegó la noche y llegó el marido, y después de escaramuzar en los primeros combates de Venus había caído en profundo sueño.
Entonces Psique, débil de cuerpo y de ánimo por lo demás, pero fortalecida con fuerzas por la crueldad del destino que se las suministra, trae la lámpara y toma la navaja, y con la audacia cambia de sexo. Pero tan pronto como con la presentación de la luz se iluminaron los secretos del lecho, ve a la más mansa y dulce de todas las fieras, al propio Cupido, dios hermoso, hermosamente acostado, con cuya visión hasta la luz de la lámpara se alegró y se avivó, y la navaja del sacrílego filo se arrepintió.
Pero en verdad Psique, aterrada por tal visión e incapaz de controlar su ánimo, desfalleció con pálido color marchito y temblando se dejó caer sobre las rodillas más bajas y buscó esconder el hierro, pero en su propio pecho; lo que ciertamente habría hecho, si el hierro por el miedo de tan gran crimen no se hubiera escapado cayendo de sus manos temerarias. Ya cansada, faltándole la vida, mientras contempla muchas veces la belleza del rostro divino, se reanima el ánimo.
Ve la genial cabellera de su cabeza dorada embriagada de ambrosía, los cuellos lácteos y las mejillas purpúreas que recorren los rizos de cabellos decorosamente entrelazados, unos que cuelgan por delante, otros por detrás, cuyo resplandor excesivo y fulgurante hacía vacilar hasta la propia luz de la lámpara; por los hombros del dios volador las plumas de rocío blanquean con brillo resplandeciente, y aunque las alas están quietas, las plumas extremas tiernas y delicadas, temblorosamente ondulantes, juguetean inquietas; el resto del cuerpo es terso y brillante, tal que a Venus no le pesaría haberlo parido. A los pies del lecho yacían el arco y la aljaba y las flechas, las armas propicias del gran dios.
Mientras Psique, con ánimo insaciable y bastante curiosa, examina y toca estas cosas y admira las armas de su marido, saca una flecha de la aljaba y poniendo a prueba con el pulgar el filo de la punta, al temblar todavía la articulación se pinchó con un esfuerzo demasiado fuerte, tan profundamente que por la superficie de la piel gotearon pequeñas gotas de sangre rosada.
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